Jóvenes se auto-responden sobre la ideología de género

Somos un grupo que simplemente buscamos hacer reflexionar sobre este tema, basándonos en el vídeo realizado por el Family Policy Institute of Washington. No representamos a ninguna organización política o social.

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Carnaval de Las Palmas. Cardenal Antonio Cañizares

Cardenal Antonio Cañizares

9 marzo 2017

Hace unos días, en los carnavales de Las Palmas de Gran Canaria acaecieron unos hechos lamentabilísimos y terribles que me dejan tristísimo y preocupado profundamente por su gravedad. Desde el primer momento, públicamente, durante la Santa Misa en una parroquia de los poblados marítimos de Valencia en la que me encontraba de visita pastoral, expresé mi rechazo y mi estrecha unión y solidaridad con el obispo querido y admirado de Canarias, monseñor Francisco Cases, y con el pueblo cristiano que él sirve con tanta entrega y empeño. Me he unido, me uno, a su dolor y sufrimiento, a su plegaria y acto de desagravio. ¡Qué carta tan preciosa, tan auténtica y verdadera, tan llena de lágrimas sinceras de un padre, pastor y obispo, que ha demostrado cómo quiere de verdad, generosa y hondamente, a su pueblo, también ofendido y vejado, como su obispo, por estos lamentabilísimos y condenables hechos! Reitero, una vez más: me uno a su dolor y sufrimiento, a su plegaria y acto de desagravio.

Pido al Señor Crucificado, como hizo desde la Cruz a quienes lo condenaron y ajusticiaron, que también perdone ahora a quienes han cometido tan grave ofensa –autores materiales desde la carroza, los que aplaudieron y los que premiaron tal ofensa a lo más Santo porque no saben lo que hacen; a los que permitieron tan deleznable acto y a quienes tratan de disculparlo de algún modo amparándose en el derecho a la libertad de expresión, que aquí se ven claramente sus límites–, en el sentido «burlesco, satírico y transgresor», se dice, del Carnaval. En verdad no saben lo que hacen aunque lo hicieren, en un supuesto, conscientemente. Que Dios les perdone y les conceda el don de la conversión. Que Jesucristo, como en la Cruz, les conceda su perdón del que a nadie excluye.

Confieso que no se entiende que a estas alturas y en un país como el nuestro sucedan tales cosas tan impunemente; debería hacernos pensar a todos por qué están sucediendo estas cosas en nuestras sociedades españolas: hoy ha sido Canarias, en otro momento ha sido Navarra, el año pasado fue Valencia; hechos semejantes están ocurriendo con total impunidad. ¿Qué nos está pasando? Han herido duramente, han atacado, sin duda, lo sentimientos de los ciudadanos cristianos, sentimientos religiosos y de conciencia –los míos y los de muchísimos otros más–. Merecedores de todo respeto, inviolable respeto, porque nos asiste tal respeto un derecho primordial entrañado en la dignidad de la persona: nos han ofendido gravemente sin razón alguna.

Pero, en este caso, más allá, incluso, de este debido respeto a sentimientos religiosos que es un derecho fundamental, hay que considerar que con estos hechos han ofendido, herido y atacado objetivamente la Realidad que es centro de todo, la realidad, la persona real de Jesucristo Crucificado, y la de su Santísima Madre, la Virgen María, que junto a la Cruz nos fue dada por madre de todos los hombres –también de los que han cometido tan execrables hechos–. Esto es lo que a mí me duele y debería doler a todos.

Sin duda nuestra sociedad está enferma y hay que detectar cuáles son los orígenes o las causas de esta enfermedad. Desde esta misma página he advertido en no pocas ocasiones que padecemos una quiebra de moralidad, expresión de una honda quiebra de humanidad, en cuyo origen está el olvido de Dios, la ausencia de Dios, vivir como si Dios no existiera. Esto origina un laicismo destructor, que tiene como aliados el relativismo generalizado y radical y el nihilismo, y alimenta ideologías destructivas de gran calado. Y esto origina, también, una sensación –se vive de sensaciones y sentimientos superficiales– de libertad, y crea una mentalidad para la que la libertad es todo y omnímoda, para la que todo es posible y todo vale.

Las repercusiones en el campo educativo y de la familia son muy notables, y en el campo moral y social ahí están a la vista de todos. Ahora que se habla del pacto escolar, que no se olviden estos temas centrales para el futuro del hombre, de la humanidad, y de la sociedad en paz. Lo que «ha sucedido, lo que está sucediendo, constituye una llamada a toda la sociedad a que cambie y gire el rumbo.

Pero, en todo caso, lo que ciertamente está siendo es una llamada a que los cristianos vivamos más honda y auténticamente nuestra fe, bien y sólidamente formada, y a que seamos capaces de ser en medio de los hombres testigos firmes de la verdad que nos hace libres: esa verdad que es Cristo Crucificado, verdad de Dios y del hombre, y de su Santísima Madre, en quienes se nos descubre y desvela el verdadero arte de vivir y ser hombres nuevos que regeneran una humanidad nueva, de lo que andamos tan necesitados. Pedimos y exigimos todo el respeto debido a las Realidades sacratísimas a las que asiente y se confía la fe de los cristianos, el mismo respeto que debemos a convicciones religiosas y humanas diversas, y rechazamos sin paliativos estos hechos tan reprobables y deleznables, actúe o no actúe la ley como debe, estén por medio los intereses –económicos, ideológicos o turísticos– que sean, o las visiones o formas de pensar que se quiera.

Pido a Dios que nos conceda el vigor de la fe vivida y la libertad y la valentía para ofrecerla a todos y defenderla, exigiendo y reclamando de todos su respeto y protección también de los poderes públicos, porque ahí está la salvación y el futuro de la humanidad.

Artículo publicado en La Razón el 7 de marzo de 2017.

Liberta de expresión – Libertad religiosa

Con frecuencia, bien en la práctica, bien en el pensamiento, no es raro que el derecho a la libertad de expresión y el derecho a la libertad religiosa aparezcan como realidades contrapuestas. Digo más, caso de conflicto entre ambos habría que darle, según la manera de ver de algunos, la prioridad al derecho a la libertad de expresión. Estos días atrás escuchaba en un medio de comunicación en el transcurso de una tertulia política, que la base de la democracia está en el derecho a la libertad de expresión, pues se trata de un derecho supremo al que otros se deben supeditar. Me produjo escalofrío escuchar tal afirmación por las posibles implicaciones que de ahí podrían derivarse. Soy consciente de que lo que acabo de afirmar no es políticamente correcto, pero espero que se me conceda ese derecho y se me respete en su ejercicio. Defiendo este derecho como el que más, pero no me atrevería nunca a decir que es el derecho máximo al que los demás deberían supeditarse en democracia, o que ésta se funda en tal derecho. Que le sea inherente, no quiere decir que no haya otros aspectos, por ejemplo, los valores humanos y morales en que se sustenta y apoya: sin principios morales no hay democracia. Creo, con toda honestidad y con el máximo respeto a la verdad y a la necesidad de la edificación de un mundo en paz y en libertad que considerar el derecho de libertad de expresión un derecho absoluto, prácticamente sin límites, es un error y es origen de muchos dolores y sufrimientos injustos que es necesario evitar.

En una sociedad vertebrada, los derechos humanos fundamentales deben ser respetados todos y por todos, y ser articulados en su unidad y mutua referibilidad por las legislaciones oportunas dentro del bien común y de la persona. La primacía que se está dando a este derecho de libertad de expresión, que sin ningún lugar a duda hay que respetar y salvaguardar, está siendo, con cierta frecuencia, fuente de cercenamiento de derechos fundamentales inviolables correspondientes a la dignidad de la persona humana. Es más, ¿puede prevalecer, me pregunto, el derecho de libertad de expresión sobre la verdad o el derecho a la verdad? Tiene su límite y está por encima el bien común, inseparable de la persona. Cuando se falla a la verdad, cuando se difunde la mentira en un proceso de libertad de expresión, cuando se va en contra del bien común y de la convivencia justa y justa paz, ¿se puede apelar al derecho a la libertad de expresión y poner por encima este derecho? Que conste que no hablo de situaciones hipotéticas, sino desde la propia experiencia, a veces sufrida.

Quiero dejar constancia aquí de mi agradecimiento a aquellos hombres de la transición, tanto del mundo civil como de la Iglesia, que tan grandemente contribuyeron a la democracia, porque en su defensa de la libertad religiosa y de la libertad de expresión, unidas e inseparables, actuaron en favor del entendimiento entre todos y de la difusión de los derechos humanos y del bien, para el establecimiento de libertades en verdadera armonía.

Por otra parte, ¿se puede expresar uno impunemente, sin que pase nada cuando se trata de defender al cristianismo, la Iglesia, o sus representantes, lo más preciado en ella por sus gentes? Sin embargo, ¿qué espacio de defensa legítima se les deja?

Por muchas razones es necesario clarificar la cuestión del derecho de libertad religiosa y el derecho de libertad de expresión. Espero que, conforme a la doctrina social de la Iglesia –que es enteramente conforme a la recta razón–, su fundamentación en que se apoya esta doctrina social sobre los derechos humanos en Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI o Francisco, en apoyo también a la razón que reconoce a la libertad religiosa como base o fundamento del edificio de los derechos humanos fundamentales inviolables. Así podremos contribuir a la vertebración y edificación de esta sociedad nuestra democráticamente genuina, en libertad, en servicio toda ella al bien común y el bien de las personas. En esto todos podemos vernos unidos, encontrarnos y edificar un nuevo y gran futuro.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

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COMUNICADO DEL ARZOBISPADO DE VALENCIA

Ante los hechos producidos tras la ceremonia religiosa presidida por el Cardenal Arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares, en la Colegiata de Gandía con motivo de la Festividad de su patrón, San Francisco de Borja, y ante la sucesión de reacciones en los días posteriores, el Arzobispado de Valencia quiere realizar las siguientes manifestaciones, y con ello cerrar, esperemos definitivamente, un capítulo de divisiones y ofensas que están desgastando la convivencia del conjunto de la sociedad valenciana.

Esperamos prudencia y poner fin a una siembra de división en la sociedad valenciana que choca con los principios de libertad, tolerancia y conciliación, con los que el Arzobispo rige esta Diócesis.

La reiterada ofensa al Arzobispo Cañizares sólo puede venir de quienes no le conocen o no le quieren conocer. El mejor desmentido son los hechos, de los que damos testimonio, de lo que transmite constantemente a la Curia.

De ahí afirmamos que ya es hora de detener la distorsión de sus palabras. Respecto a los refugiados, a los que jamás ha descalificado sino apoyado más que cualquier institución, no ha escatimado en ayuda tanto personal como institucional en la Diócesis, lo que ha dispuesto en viviendas y alojamientos, medios económicos y gestiones, también en ofrecimiento de colaboración y disponibilidad a las autoridades locales y autonómicas.

Igualmente a las acciones para combatir la pobreza, las normas y criterios que promueve desde Cáritas. De igual modo, la ayuda para combatir la desigualdad social y laboral de las mujeres y, en especial, a las mujeres víctimas de la violencia machista, y a sus familias. Resultan inauditas, pues, las acusaciones de machista a un Arzobispo entregado a defender la igualdad de hombres y mujeres.

Ponemos especial énfasis en que es rotundamente falso que se haya insultado a los colectivos homosexuales; es inconcebible atribuirle tal atrocidad. Lo que no se puede es no querer escuchar que la Iglesia forma parte de la sociedad, y que ésta no haga pública su doctrina de siempre, la suya, desde la libertad religiosa contemplada en la Constitución, y además, sin fisuras, en perfecta comunión con el Papa Francisco. No se puede criticar desde la confusión de términos, desde una simplificación que es muy grave porque que lleva al riesgo de romper la autenticidad de lo dicho.

Si esta ignorancia de lo real procede de representantes públicos, debería haber elementos democráticos que limitaran acciones claramente reprobables para evitar la indefensión de quien es objeto de sus acusaciones.
En consonancia con el Arzobispo de Valencia, que aboga constantemente por los principios de reconciliación y de unidad, simple y sencillamente solicitamos prudencia y esperamos reciprocidad.

Arzobispado
Diócesis de Valencia

Video. Conferencia, “Los monjes jerónimos y la parroquia de San Jerónimo de Valencia”.

Conferencia en la Ermita de San Jerónimo de Valencia.

martes, día 20 de septiembre

a las 18:30 h.

“Los monjes jerónimos y la parroquia de San Jerónimo de Valencia“.

Por D. Francisco Jiménez Ambel. Doctor en Derecho.

Con un propósito, divulgativo, se da a conocer la razón por la que nuestra querida parroquia está dedicada, precisamente, a San Jerónimo, que es una devoción que nos trajeron los “jerónimos” y ya se constataba en la Ermita y Fiesta del santo.

Homilía del Cardenal de Valencia, Monseñor Antonio Cañizares en la Jornada Mundial de Oración por la Paz

Día de oración por la paz: unión a la oración del Papa

El Santo Padre ha convocado hoy una Jornada Mundial de oración por la paz: ha convocado a la Iglesia entera, ha convocado a los cristianos de todas las partes, y ha convocado también a los representantes de las religiones del mundo a orar por la paz en Asís, la patria de san Francisco, hermano universal, maestro de la paz. Con el Papa nos unimos desde todas las partes del mundo para elevar al cielo una plegaria unánime que pide a Dios la paz, el cese de toda violencia, el final de todo terrorismo, la terminación de toda guerra, la aniquilación de todo odio, la implantación de toda justicia, la realización de la unidad verdadera que tiene como vínculo la caridad, el perdón, el amor. Con gran fuerza resuenan entre nosotros las palabras de Pablo a los Colosenses: “Como elegidos de Dios, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia.

Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando uno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado, haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta, Que la paz de Cristo reine en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados”. La paz es la vocación de todo hombre, especialmente de nosotros creyentes en Jesucristo. Qué gozo vivir en la paz. Sin embargo la paz está rota o amenazada en tantos lugares.

Esta tarde, uniéndonos a un clamor universal, venimos a ofrecer el sacrificio mismo de Jesucristo que derramó su sangre en ofrenda para la reconciliación y para la curación de toda herida de separación y derribar el muro del odio que separa a los hombres. Presentamos a Dios el sacrificio de propiciación por los pecados de los hombres que hemos generado la división y la injusticia, y hemos impuesto en nuestras relaciones la violencia o los intereses propios. Venimos a orar con Cristo al Padre que, desde la Cruz, pide el perdón para los que le crucifican, promete el Paraíso al arrepentido y entrega su espíritu al Padre derramando todo su amor en favor de los hombres hasta el extremo. Estamos aquí, unidos al Papa, para orar por la reconciliación y la paz. Paz en todas las partes y países donde haya conflicto cuyos nombres todos tenemos en nuestras mentes, paz donde se extienda la violencia del tipo que fuere, paz para los que están desagarrados por dentro o en su interior carecen de ella y almacenan sentimientos, de odio, de venganza, o de cerrazón en la propia.
Paz en todos los lugares del mundo donde está amenazada o rota; me atrevo a decir que está amenazada en todas partes.

Uno no sólo piensa en los países calcinados por el sufrimiento y la terrible destrucción de la guerra, sino que también piensa en tanta hambre de los países subdesarrollados, en las víctimas del hambre, en los niños de la calle y abandonados o víctimas de tanta sinrazón de los mayores, en los pueblos cada día más lejanos al desarrollo normal, en continentes enteros excluidos del progreso, en las innumerables víctimas de la injusticia, en las destrucción masiva de la familia, en la violencia callejera, en tantos jóvenes sin trabajo, explotados o degradados por la droga y sus traficantes: Ahí no hay paz. Y uno piensa también, y de una manera particular, en ese fenómeno terrible, en esa lacra corrosiva de los últimos tiempos que corroe la humanidad, el fenómeno espantoso y vil del terrorismo que nuestra patria sufrió durante tantísimo tiempo, y que países tan cercanos y de nuestra área sociocultural lo están sufriendo –sin ir más lejos ayer en Estados Unidos–. Uno piensa, todavía horrorizado, en lo que supuso el atentado de hace unos años en Madrid, o aquel 11 de septiembre en Nueva York que cambiaron el rumbo de la historia, o los acaecidos en París o Bruselas meses atrás, cuyas consecuencias aún desconocemos para un mundo que parecía seguro, tranquilo, poderoso y feliz. Esa violencia se extiende y domina otros ámbitos de periferias en ciudades o países; y no digamos nada de la violencia, que en miles de formas, atenta contra la vida, y que todos tenemos en mente; o las persecuciones religiosas que acaecen ante la pasividad de tantos sin poner ningún remedio.

Insisto en el terrorismo porque se basa en el desprecio de la vida del hombre –ese desprecio, por lo demás, por la vida que está socavando los cimientos de la sociedad con una cultura invasora de muerte, que lucha feroz batalla contra el hombre–. Precisamente por eso, el terrorismo no sólo comete crímenes intolerables, sino que en sí mismo, en cuanto recurso al terror como estrategia política y económica, es un auténtico crimen contra la humanidad, como otras formas de desprecio o de atentado contra la vida de inocentes, recordemos el aborto. Nunca, ni siquiera las injusticias existentes en el mundo pueden usarse como pretexto para justificar los atentados terroristas, y nunca otras excusas pueden ponerse para atentar contra la vida de inocentes, si queremos paz. La pretensión del terrorismo de actuar en nombre de los oprimidos o de las víctimas de las injusticias es una falsedad patente, una falacia, de modo análogo, podríamos decir de otras maneras de violencia.

Venimos a pedir la paz, porque sabemos que es un don de Dios, es la suma de los bienes que el hombre puede realizar en la vida, y eso está vinculado siempre a la misericordia de Dios y a la obediencia a Él. Porque la paz está permanentemente amenazada en el corazón de los hombres; el odio, la mentira, la no verdad, la soberbia que divide, la envidia, el resentimiento, la injusticia, y la ignominia. El primer lugar donde hay que combatir la guerra es en el propio corazón, y tenemos experiencia de cómo esas pasiones nos derrotan una y mil veces. Por lo tanto la actitud más razonable es la de suplicar a Dios el don de la paz, la gracia y la misericordia que elimine los obstáculos que hay en el corazón de cada uno, la conversión para la paz. Así podremos ser constructores de un mundo en paz, y seremos proclamados dichosos porque trabajamos por la paz como hijos de Dios.

Habrá paz en la medida en que toda la humanidad sepa redescubrir su vocación a ser hombres que tienen inscrita en su gramática personal la llamada a la paz, o su vocación a ser una familia, que constituye la base del ser humano y la primera e imprescindible matriz y escuela de paz, en la que la dignidad y grandeza del hombre en medio de sus fragilidades y con sus derechos inalienables, sean reconocidos como anteriores y por encima de cualquier diferencia. Es fundamental, y muy gozoso, cumplir el deber de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, llamados a comprometerse por la paz, a trabajar por la paz, a educar para la paz y en la paz, a desarrollar estructuras de paz e instrumentos de no violencia, a sembrar y cultivar sentimientos de amor y justicia, de verdad y auténtica libertad que generan paz, a crear, superado todo egoísmo e interés particular, una cultura de la paz, una nueva civilización de la verdad y el amor, a generar un ambiente social en todas las partes regido por la moralidad que se asienta en la búsqueda y pasión por el bien, por lo bello, lo bueno, lo verdadero, es decir por el hombre y que apueste por el hombre, como Dios ha apostado por nosotros en su Hijo.

Tenemos que oponernos juntos, con firmeza a la tentación del odio y de la violencia, que sólo dan la ilusión de resolver los conflictos y procuran pérdidas reales y permanentes. Pero, ¿cuál es el camino que conduce al pleno restablecimiento del orden moral y social, violado tan bárbaramente por los atentados terroristas o por la guerra injusta? Dijo el Papa San Juan Pablo II: “La convicción a la que he llegado es que no se restablece completamente el orden quebrantado, si no es conjugando la justicia con el perdón. Los pilares de la paz verdadera son la justicia y esa forma particular del amor que es el perdón”. Hay, pues, un camino para empezar de nuevo, para construir un mundo más justo y solidario el camino del perdón. El perdón, nota distintiva de la fe cristiana, que podría parecer debilidad presupone, sin embargo, una gran fuerza espiritual y asegura ventajas a largo plazo. Para todos, creyentes y no creyentes, vale la regla de hacer a los demás lo que queremos que nos hagan. Este principio ético, aplicado a un nivel social e internacional, constituye una vía maestra para construir un mundo más justo y solidario.

En un mundo globalizado, donde las amenazas a la justicia y a la paz tienen repercusiones a escala mundial, se impone una globalización también de las conciencias: no hay que desalentarse ante las pruebas de la Historia, sino perseverar en el compromiso de orientar en la dirección justa las opciones personales, familiares y sociales, así como las grandes líneas del desarrollo nacional e internacional.

Hoy, en Asís, el Papa Francisco, con gentes de diferente raza, cultura y religión, procedentes de todos los rincones del planeta, quieren demostrar al mundo entero que es posible convivir en paz, que es posible tener esperanza. El secreto está en pedir el don de la paz al único que puede darla. A Dios, el Señor de la paz. ¡La paz parece, a veces, una meta verdaderamente inalcanzable! En un clima hostil por la indiferencia y envenenado frecuentemente por el odio, ¿cómo esperar que venga una era de paz, que sólo los sentimientos de solidaridad y amor pueden hacer posible? Podemos y debemos esperar una verdadera paz en el mundo, habrá un futuro de paz en la tierra. ¡La paz es posible! No se trata de un slogan, sino de una certeza, de un compromiso. Es posible siempre, si se quiere verdaderamente. Y si la paz es siempre posible, es objeto de un deber imperioso.

Ante una paz tan amenazada y rota, en una situación tan difícil para la paz como la que atravesarnos, nuestra mirada se dirige a Cristo. Los que en El creemos, pensamos que problemas tan graves no se pueden resolver sin hacer referencia a Él; sin Él no es posible resolver los problemas que se complican de día en día. En Él está la fuente de la fraternidad, la abundancia de la misericordia, la capacidad para el perdón sincero y real que alcanza a los enemigos, la superación de toda división, la implantación del derecho y la justicia. No podernos cruzarnos de brazos, o permanecer atenazados por el temor o la incertidumbre. Necesitarnos intervenir. Todos. Los Papas no cesan de recordarnos que una de las intervenciones más poderosa reside en la oración. Ella entraña un enorme poder espiritual, sobre todo cuando va acompañada del sacrificio y del sufrimiento.

La oración nos ha de unir a todos ante Dios, Padre justo y rico en misericordia. La oración es la única arma de la Iglesia para lograr la paz, particularmente en manos de los pobres, de los oprimidos, de las víctimas de la injusticia. La oración, resistente como el acero cuando se templa bien en el fuego del sacrificio y del perdón, es la sola arma eficaz para penetrar hasta el corazón, que es donde nacen los sentimientos y las pasiones del hombre.

Oremos, pues, sin cesar, con toda confianza y con todo el corazón pidiendo fuerza espiritual para acabar con la guerra y la violencia, para que la paz se implante y se destierre de manera definitiva la violencia, el terrorismo, el odio, la injusticia. ¡Unámonos con toda amplitud, sin reserva alguna, al Papa que en este día ha estado rezando en Asís de manera especialísima por la paz y con él también los líderes de las confesiones religiosas!

Que Dios, dador de todo bien –y ¿qué bien es comparable a la paz y la concordia?– conceda al mundo una paz estable, fundada en la justicia, el amor, la verdad, el perdón y la libertad. Que se busquen y encuentren soluciones adecuadas a los numerosos conflictos que atormentan el mundo. Que cese todo terrorismo sobre la faz de la tierra. Que quienes han sufrido o sufren las consecuencias del terrorismo y de la guerra hallen la solidaridad necesaria y el consuelo que alivie su gran sufrimiento. Con San Francisco decirnos: “¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz! /Que allí donde haya odio, ponga yo amor; / donde haya ofensa, ponga yo perdón; / donde haya discordia ponga yo unión; /donde haya error, ponga yo verdad; /donde haya duda, ponga yo fe;/donde haya desesperación, ponga yo esperanza, /donde haya tinieblas, ponga yo luz; donde haya tristeza, ponga yo alegría. / ¡Maestro! que no busque yo tanto /ser consolado como consolar/; /ser comprendido, como comprender; / ser amado, como amar. / Porque dando es como se recibe. / olvidando, como se encuentra; / perdonando, como se es perdonado; /muriendo, como se resucita a la vida eterna”. Santa María, reina de la paz, ruega por nosotros y consíguenos la paz, la paz de tu Hijo Jesús, que no es la de este mundo, sino la suya que transforma e ilumina los corazones y las mentes.