La Castidad.

¿Es posible que no existan hoy teólogos, pastores, médicos, sociólogos que sepan ilustrar la belleza de la castidad como valor humano y, sobre todo, la virginidad por el Reino? Es desconcertante y preocupante que el Sínodo haya ignorado totalmente este aspecto.

 

Pienso que no sólo los Padres sinodales, sino también todos los católicos y las personas de buena voluntad han vivido con mucho sufrimiento interior el dilema debatido en el Sínodo, entre ser fieles a la palabra de Cristo sobre el matrimonio y, al mismo tiempo, salir al encuentro de tantas situaciones llenas de fragilidad, de fracaso, de crisis de la familia. Esta laceración interior, ciertamente presente en todos los Padres sinodales y en todos los otros participantes (parejas, religiosos y observadores de otras confesiones), impide clasificar de manera simplista las distintas posiciones contraponiendo los “conservadores” a los “abiertos”, los “rígidos” a los “misericordiosos”.

 

También la relación-síntesis de la primera semana, hecha por el cardenal Erdő, reflejaba esta laceración e indicaba los posibles caminos para afrontar los problemas de la familia, manteniendo firme la doctrina. Son muchas las cosas positivas presentes en esta relación, pero otras dejan un sentimiento de incomodidad. Entre las positivas hay que subrayar la actitud de fondo que hay que asumir frente a la crisis de la institución familiar, que es la de presentar “el Evangelio de la familia”, es decir, toda la belleza del matrimonio y de la familia cristiana, testimoniada por muchos esposos y muchas familias. Esta “belleza”, fruto de la gracia, pasa ciertamente por el camino de la cruz, hasta el heroísmo del amor oblativo. La relación del cardenal Erdő tocaba también otras muchas situaciones que están más o menos directamente vinculadas a la familia, a saber: la cohabitación (y, por consiguiente, las relaciones prematrimoniales), las uniones de hecho, los matrimonios civiles entre bautizados y la cuestión homosexual.

 

Ahora bien, nos preguntamos: en lugar de plantear soluciones ambiguas, que lo único que hacen es desorientar a los fieles, ¿por qué no se ha dedicado ni una sola palabra a la “belleza de la castidad” como valor auténticamente humano y cristiano? ¿Tal vez sea porque la castidad ya no es una virtud? ¿O es que la Iglesia ya no tiene la valentía de indicar a los jóvenes, a los prometidos y también a las parejas casadas, el valor de la castidad y de la virginidad por el Reino de Dios? ¿No sería este el verdadero mensaje profético para nuestro tiempo?

 

Después de todo, los primeros cristianos, que vivían inmersos en un mundo corrompido bajo todos los puntos de vista, se presentaron proclamando, por una parte, la belleza del matrimonio cristiano, monógamo e indisoluble, signo de la unión de Cristo con la Iglesia y, por la otra, proponiendo la superior belleza de la virginidad, abrazada por causa de Cristo y del Evangelio. ¿Acaso Jesús no era virgen? Y la Madre de Jesús, María, ¿no ha sido proclamada desde el principio “siempre virgen”? Ciertamente, los tiempos modernos exigen una presentación adecuada a las problemáticas actuales. Pero, ¿es posible que no existan hoy teólogos, pastores, médicos, sociólogos que sepan ilustrar la belleza de la castidad como valor humano y, sobre todo, la virginidad por el Reino? Este sería el trabajo que hay que hacer y esperemos que se haga en el año de la vida consagrada (noviembre 2014-2015).

 

Es desconcertante y preocupante que el Sínodo haya ignorado totalmente este aspecto. Si la Iglesia ya no sabe proponer integralmente el mensaje evangélico sobre la sexualidad, entonces significa que la mentalidad del mundo ha entrado también en la Iglesia. Y queriendo ir un poco al fondo de la cuestión, hay un motivo para esta ofuscación, que ha ocurrido en el momento en que se han querido nivelar todas las vocaciones, todos los carismas, diciendo que la elección de la virginidad por el Reino no es “mejor” que la elección matrimonial. ¿No dice Pablo que hay que “aspirar a los carismas más grandes” (1Cor 12,13)? ¿Y acaso no dice que quien se casa “hace bien”, pero que quien no se casa para ser todo él del Señor “hace mejor” (cfr. 1Cor 7,32-38)? ¿Y no ha sido siempre ésta la posición de la Iglesia católica en sus dos mil años de historia? ¿O acaso Dios no es libre de dar sus dones y de ofrecer a uno cinco talentos, a otro dos y a otro uno solo? Después, le tocará a cada uno hacer fructificar al máximo el don recibido, y sobre esto el Señor valorará la santidad de la persona.

 

Volviendo al Sínodo, debería estar claro que la crisis de la familia está causada también por la crisis de la moral sexual. Ahora bien, en lugar de rociar con un poco de agua bendita situaciones objetivas de pecado (y se ha observado que en la relación-síntesis falta precisamente este concepto), ¿por qué no plantear, también respecto a la sexualidad, esa propuesta positiva que se quiere hacer para la familia? En otras palabras, hay dos “bellezas” evangélicas que hay que presentar: la “belleza de la familia”, escuela de oblación, de fecundidad y de comunión y la “belleza de la castidad”, escuela de autodisciplina y de elevación del amor humano y cristiano.

 

Si la reflexión sobre la familia que proseguirá con el Sínodo ordinario del año que viene se reduce a copiar a los ortodoxos en lo que atañe a la comunión a los divorciados que se han vuelto a casar; a los protestantes en su consideración del Evangelio como un ideal, dejando a las conciencias de los individuos la decisión en situaciones concretas; a los anglicanos en su comprensión de la sinodalidad como un modo de resolver las cuestiones a fuerza de mayorías, entonces no se entiende dónde está esa “creatividad” sobre la que el Papa Francisco ha insistido.

 

Enrico Cattaneo

Traducción de Helena Faccia Serrano, publicado en ReL, 24-10-14

 

Conclusión final del Sínodo de la Nueva Evangelización

Mensaje final al Pueblo de Dios de la XIII Asamblea General Ordinaria de los Obispos, dedicado al tema “La nueva evangelización para la transmisión de la fe” (26-10-2012)

Hermanos y hermanas:

“Gracia a vosotros de parte de Dios, nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (Rm 1, 7). Obispos de todo el mundo, invitados por el Obispo de Roma, el Papa Benedicto XVI, nos hemos reunido para reflexionar juntos sobre “la nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana” y, antes de volver a nuestras Iglesias particulares, queremos dirigirnos a todos vosotros, para animar y orientar el servicio al Evangelio en los diversos contextos en los que estamos llamados a dar hoy testimonio.

1. Como la samaritana en el pozo

Nos dejamos iluminar por una página del Evangelio: el encuentro de Jesús con la mujer samaritana (cf. Jn 4, 5-42). No hay hombre o mujer que en su vida, como la mujer de Samaría, no se encuentre junto a un pozo con un cántaro vacío, con la esperanza de saciar el deseo más profundo del corazón, aquel que sólo puede dar significado pleno a la existencia. Hoy son muchos los pozos que se ofrecen a la sed del hombre, pero conviene hacer discernimiento para evitar aguas contaminadas. Es urgente orientar bien la búsqueda, para no caer en desilusiones que pueden ser ruinosas.
Como Jesús, en el pozo de Sicar, también la Iglesia siente el deber de sentarse junto a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, para hacer presente al Señor en sus vidas, de modo que puedan encontrarlo, porque sólo su Espíritu es el agua que da la vida verdadera y eterna. Sólo Jesús es capaz de leer hasta lo más profundo del corazón y desvelarnos nuestra verdad: “Me ha dicho todo lo que he hecho”, cuenta la mujer a sus vecinos.

Esta palabra de anuncio – a la que se une la pregunta que abre a la fe: “¿Será Él el Cristo?” – muestra que quien ha recibido la vida nueva del encuentro con Jesús, a su vez no puede hacer menos que convertirse en anunciador de verdad y esperanza para con los demás. La pecadora convertida se convierte en mensajera de salvación y conduce a toda la ciudad hacia Jesús. De la acogida del testimonio la gente pasará después a la experiencia directa del encuentro: “Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo”.

2. Una nueva evangelización

Conducir a los hombres y las mujeres de nuestro tiempo hacia Jesús, al encuentro con Él, es una urgencia que aparece en todas las regiones, tanto las de antigua como las de reciente evangelización. En todos los lugares se siente la necesidad de reavivar una fe que corre el riesgo de apagarse en contextos culturales que obstaculizan su enraizamiento personal, su presencia social, la claridad de sus contenidos y sus frutos coherentes. No se trata de comenzar todo de nuevo, sino – con el ánimo apostólico de Pablo, el cual afirma: “¡Ay de mí si non anuncio el Evangelio!” (1 Cor 9,16) – de insertarse en el largo camino de proclamación del Evangelio que, desde los primeros siglos de la era cristiana hasta el presente, ha recorrido la historia y ha edificado comunidades de creyentes por toda la tierra. Por pequeñas o grandes que sean, éstas son el fruto de la entrega de tantos misioneros y de no pocos mártires, de generaciones de testigos de Jesús, de los cuales guardamos una memoria agradecida.

Los cambios sociales, culturales, económicos, políticos y religiosos nos llaman, sin embargo, a algo nuevo: a vivir de un modo renovado nuestra experiencia comunitaria de fe y el anuncio, mediante una evangelización “nueva en su ardor, en sus métodos, en sus expresiones” (Juan Pablo II, Discurso a la XIX Asamblea del CELAM, Port-au-Prince 9 marzo 1983, n. 3) como dijo Juan Pablo II. Una evangelización dirigida, como nos ha recordado Benedicto XVI, “principalmente a las personas que, habiendo recibido el bautismo, se han alejado de la Iglesia viven sin referencia alguna a la vida cristiana […], para favorecer en estas personas un nuevo encuentro con el Señor, el único que llena de significado profundo y de paz nuestra existencia; para favorecer el redescubrimiento de la fe, fuente de gracia que lleva consigo alegría y esperanza para la vida personal, familiar y social”. (Benedicto XVI, Homilía en la celebración eucarística para la solemne inauguración de la XIII Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos, Roma 7 octubre 2012)

3. El encuentro personal con Jesucristo en la Iglesia

Antes de entrar en la cuestión sobre la forma que debe adoptar esta nueva evangelización, sentimos la exigencia de deciros, con profunda convicción, que la fe se decide, sobre todo, en la relación que establecemos con la persona de Jesús, que sale a nuestro encuentro. La obra de la nueva evangelización consiste en proponer de nuevo al corazón y a la mente, no pocas veces distraídos y confusos, de los hombres y mujeres de nuestro tiempo y, sobre todo a nosotros mismos, la belleza y la novedad perenne del encuentro con Cristo. Os invitamos a todos a contemplar el rostro del Señor Jesucristo, a entrar en el misterio de su existencia, entregada por nosotros hasta la cruz, ratificada como don del Padre por su resurrección de entre los muertos y comunicada a nosotros mediante el Espíritu. En la persona de Jesús se revela el misterio de amor de Dios Padre por la entera familia humana. Él no ha querido dejarla a la deriva de su imposible autonomía, sino que la ha unido a sí mismo por medio de una renovada alianza de amor.

La Iglesia es el espacio ofrecido por Cristo en la historia para poderlo encontrar, porque Él le ha entregado su Palabra, el bautismo que nos hace hijos de Dios, su Cuerpo y su Sangre, la gracia del perdón del pecado, sobre todo en el sacramento de la Reconciliación, la experiencia de una comunión que es reflejo mismo del misterio de la Santísima Trinidad y la fuerza del Espíritu que nos mueve a la caridad hacia los demás.

Hemos de constituir comunidades acogedoras, en las cuales todos los marginados se encuentren como en su casa, con experiencias concretas de comunión que, con la fuerza ardiente del amor, -“Mirad como se aman” (Tertulliano, Apologetico, 39, 7) – atraigan la mirada desencantada de la humanidad contemporánea. La belleza de la fe debe resplandecer, en particular, en la sagrada liturgia, sobre todo en la Eucaristía dominical. Justo en las celebraciones litúrgicas la Iglesia muestra su rostro de obra de Dios y hace visible, en las palabras y en los gestos, el significado del Evangelio.

Es nuestra tarea hoy el hacer accesible esta experiencia de Iglesia y multiplicar, por tanto, los pozos a los cuales invitar a los hombres y mujeres sedientos y posibilitar su encuentro con Jesús, ofrecer oasis en los desiertos de la vida. De esto son responsables las comunidades cristianas y, en ellas, cada discípulo del Señor. Cada uno debe dar un testimonio insustituible para que el Evangelio pueda cruzarse con la existencia de tantas personas. Por eso, se nos exige la santidad de vida.

4. Las ocasiones del encuentro con Jesús y la escucha de la Escritura

Algunos preguntarán cómo llevar a cabo todo esto. No se trata de inventar nuevas estrategias, casi como si el Evangelio fuera un producto para poner en el mercado de las religiones sino descubrir los modos mediante los cuales, ante el encuentro con Jesús, las personas se han acercado a Él y por Él se han sentido llamadas y adaptarlos a las condiciones de nuestro tiempo.

Recordamos, por ejemplo, cómo Pedro, Andrés, Santiago y Juan han sido llamados por Jesús en el contexto de su trabajo, cómo Zaqueo ha podido pasar de la simple curiosidad al calor de la mesa compartida con el Maestro, cómo el centurión pide la intervención del Señor ante la enfermedad de una persona cercana, como el ciego de nacimiento lo ha invocado como liberador de su propia marginación, como Marta y María han visto recompensada su hospitalidad con su propia presencia. Podemos continuar aún recorriendo las páginas de los Evangelios y encontrando tantos y tantos modos en los que la vida de las personas se ha abierto, desde diversas condiciones, a la presencia de Cristo. Y lo mismo podemos hacer con todo lo que la Escritura nos dice de la experiencia misionera de los apóstoles en la Iglesia naciente.

La lectura frecuente de la Sagrada Escritura, iluminada por la Tradición de la Iglesia que nos la entrega y la interpreta auténticamente, no sólo es un paso obligado para conocer el contenido mismo del Evangelio, esto es, la persona de Jesús en el contexto de la historia de la salvación, sino que, además, nos ayuda a hallar espacios nuevos de encuentro con Él, nuevas formas de acción verdaderamente evangélicas, enraizadas en las dimensiones fundamentales de la vida humana: la familia, el trabajo, la amistad, la pobreza y las pruebas de la vida, etc.

5. Evangelizarnos a nosotros mismos y disponernos a la conversión

Queremos resaltar que la nueva evangelización se refiere, en primer lugar, a nosotros mismos. En estos días, muchos obispos nos han recordado que, para poder evangelizar el mundo, la Iglesia debe, ante todo, ponerse a la escucha de la Palabra. La invitación a evangelizar se traduce en una llamada a la conversión.

Sentimos sinceramente el deber de convertirnos a la potencia de Cristo, que es capaz de hacer todas las cosas nuevas, sobre todo nuestras pobres personas. Hemos de reconocer con humildad que la miseria, las debilidades de los discípulos de Jesús, especialmente de sus ministros, hacen mella en la credibilidad de la misión. Somos plenamente conscientes, nosotros los Obispos los primeros, de no poder estar nunca a la altura de la llamada del Señor y del Evangelio que nos ha entregado para su anuncio a las gentes. Sabemos que hemos de reconocer humildemente nuestra debilidad ante las heridas de la historia y no dejamos de reconocer nuestros pecados personales. Estamos, además, convencidos de que la fuerza del Espíritu del Señor puede renovar su Iglesia y hacerla de nuevo esplendorosa si nos dejamos transformar por Él. Lo muestra la vida de los santos, cuya memoria y el relato de sus vidas son instrumentos privilegiados de la nueva evangelización.

Si esta renovación fuese confiada a nuestras fuerzas, habría serios motivos de duda, pero en la Iglesia la conversión y la evangelización no tienen como primeros actores a nosotros, pobres hombres, sino al mismo Espíritu del Señor. Aquí está nuestra fuerza y nuestra certeza, que el mal no tendrá jamás la última palabra, ni en la Iglesia ni en la historia: “No se turbe vuestro corazón y no tengáis miedo” (Jn 14, 27), ha dicho Jesús a sus discípulos.

La tarea de la nueva evangelización descansa sobre esta serena certeza. Nosotros confiamos en la inspiración y en la fuerza del Espíritu, que nos enseñará lo que debemos decir y lo que debemos hacer, aún en las circunstancias más difíciles. Es nuestro deber, por eso, vencer el miedo con la fe, el cansancio con la esperanza, la indiferencia con el amor.

6. Reconocer en el mundo de hoy nuevas oportunidades de evangelización

Este sereno coraje sostiene también nuestra mirada sobre el mundo contemporáneo. No nos sentimos atemorizados por las condiciones del tiempo en que vivimos. Nuestro mundo está lleno de contradicciones y de desafíos, pero sigue siendo creación de Dios, y aunque herido por el mal, siempre es objeto de su amor y terreno suyo, en el que puede ser resembrada la semilla de la Palabra para que vuelva a dar fruto.

No hay lugar para el pesimismo en las mentes y en los corazones de aquellos que saben que su Señor ha vencido a la muerte y que su Espíritu actúa con fuerza en la historia. Con humildad, pero también con decisión – aquella que viene de la certeza de que la verdad siempre vence – nos acercamos a este mundo y queremos ver en él una invitación del Resucitado a ser testigos de su nombre. Nuestra Iglesia está viva y afronta los desafíos de la historia con la fortaleza de la fe y del testimonio de tantos hijos suyos.

Sabemos que en el mundo debemos afrontar una batalla contra “los Principados y las Potencias” y “los espíritus del mal” (Ef 6,12). No ocultamos los problemas que tales desafíos suponen, pero no nos atemorizan. Esto lo señalamos especialmente ante los fenómenos de globalización, que deben ser para nosotros oportunidad para extender la presencia del Evangelio.

También las migraciones -aún con el peso del sufrimiento que conllevan, y con las que queremos estar sinceramente cercanos, con la acogida propia de los hermanos- son ocasiones, como ha sucedido en el pasado, de difusión de la fe y de comunión en todas sus formas. La secularización y la crisis del primado de la política y del Estado piden a la Iglesia repensar su propia presencia en la sociedad, sin renunciar a ella. Las muchas y siempre nuevas formas de pobreza abren espacios inéditos al servicio de la caridad: la proclamación del Evangelio compromete a la Iglesia a estar al lado de los pobres y compartir con ellos sus sufrimientos, como lo hacía Jesús. También en las formas más ásperas de ateísmo y agnosticismo podemos reconocer, aún en modos contradictorios, no un vacío, sino una nostalgia, una espera que requiere una respuesta adecuada.

Frente a los interrogantes que las culturas dominantes plantean a la fe y a la Iglesia, renovamos nuestra fe en el Señor, ciertos de que también en estos contextos el Evangelio es portador de luz y capaz de sanar la debilidad del hombre. No somos nosotros quienes para conducir la obra de la evangelización, sino Dios. Como nos ha recordado el Papa: “La primera palabra, la iniciativa verdadera, la actividad verdadera viene de Dios y sólo introduciéndonos en esta iniciativa divina, sólo implorando esta iniciativa divina, podemos nosotros también llegar a ser –con él y en él- evangelizadores”. (Benedicto XVI, Meditación de la primera congregación general de la XIII Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos, Roma 8 octubre 2012)

7. Evangelización, familia y vida consagrada

Desde la primera evangelización la transmisión de la fe, en el transcurso de las generaciones, ha encontrado un lugar natural en la familia. En ella – con un rol muy significativo desarrollado por las mujeres, sin que con esto queramos disminuir la figura paterna y su responsabilidad – los signos de la fe, la comunicación de las primeras verdades, la educación en la oración, el testimonio de los frutos del amor, han sido infundidos en la vida de los niños y adolescentes en el contexto del cuidado que toda familia reserva al crecimiento de sus pequeños. A pesar de la diversidad de las situaciones geográficas, culturales y sociales, todos los obispos del Sínodo han confirmado este papel esencial de la familia en la transmisión de la fe. No se puede pensar en una nueva evangelización sin sentirnos responsables del anuncio del Evangelio a las familias y sin ayudarles en la tarea educativa.

Proprio questo però ci spinge a dire che dobbiamo avere una particolare cura per la famiglia e per la sua missione nella società e nella Chiesa, sviluppando percorsi di accompagnamento prima e dopo il matrimonio. Vogliamo anche esprimere la nostra gratitudine ai tanti sposi e alle tante famiglie cristiane che, con la loro testimonianza, mostrano al mondo una esperienza di comunione e di servizio che è seme di una società più fraterna e pacificata.

No escondemos el hecho de que hoy la familia, que se constituye con el matrimonio de un hombre y una mujer que los hace “una sola carne” (Mt 19,6) abierta a la vida, está atravesada por todas partes por factores de crisis, rodeada de modelos de vida que la penalizan, olvidada de las políticas de la sociedad, de la cual es célula fundamental, no siempre respetada en sus ritmos ni sostenida en sus esfuerzos por las propias comunidades eclesiales. Precisamente por esto, nos vemos impulsados a afirmar que tenemos que desarrollar un especial cuidado por la familia y por su misión en la sociedad y en la Iglesia, creando itinerarios específicos de acompañamiento antes y después del matrimonio. Queremos expresar nuestra gratitud a tantos esposos y familias cristianas que con su testimonio continúan mostrando al mundo una experiencia de comunión y de servicio que es semilla de una sociedad más fraterna y pacífica.

Nuestra reflexión se ha dirigido también a las situaciones familiares y de convivencia en las que no se muestra la imagen de unidad y de amor para toda la vida que el Señor nos ha enseñado. Hay parejas que conviven sin el vínculo sacramental del matrimonio; se extienden situaciones familiares irregulares construidas sobre el fracaso de matrimonios anteriores: acontecimientos dolorosos que repercuten incluso sobre la educación en la fe de los hijos. A todos ellos les queremos decir que el amor de Dios no abandona a nadie, que la Iglesia los ama y es una casa acogedora con todos, que siguen siendo miembros de la Iglesia, aunque no puedan recibir la absolución sacramental ni la Eucaristía. Que las comunidades católicas estén abiertas a acompañar a cuantos viven estas situaciones y favorezcan caminos de conversión y de reconciliación.

La vida familiar es el primer lugar en el cual el Evangelio se encuentra con la vida ordinaria y muestra su capacidad de transformar las condiciones fundamentales de la existencia en el horizonte del amor. Pero no menos importante es, para el testimonio de la Iglesia, mostrar como esta vida en el tiempo se abre a una plenitud que va más allá de la historia de los hombres y que conduce a la comunión eterna con Dios. Jesús no se presenta a la mujer samaritana simplemente como aquel que da la vida sino como el que da la “vida eterna” (Jn 4, 14). El don de Dios que la fe hace presente, no es simplemente la promesa de unas mejores condiciones de vida en este mundo, sino el anuncio de que el sentido último de nuestra vida va más allá de este mundo y se encuentra en aquella comunión plena con Dios que esperamos en el final de los tiempos.

De este sentido de la vida humana más allá de lo terrenal son particulares testigos en la Iglesia y en el mundo cuantos el Señor ha llamado a la vida consagrada, una vida que, precisamente porque está dedicada totalmente a él, en el ejercicio de la pobreza, la castidad y la obediencia, es el signo de un mundo futuro que relativiza cualquier bien de este mundo. Que de la Asamblea del Sínodo de los Obispos llegue a estos hermanos y hermanas nuestros la gratitud por su fidelidad a la llamada del Señor y por la contribución que han hecho y hacen a la misión de la Iglesia, la exhortación a la esperanza en situaciones nada fáciles para ellos en estos tiempos de cambio y la invitación a reafirmarse como testigos y promotores de nueva evangelización en los varios ámbitos de la vida en que los carismas de cada instituto los sitúa.

8. La comunidad eclesial y los diversos agentes de la evangelización

La obra de la evangelización no es labor exclusiva de alguien en la Iglesia sino del conjunto de las comunidades eclesiales, donde se tiene acceso a la plenitud de los instumentos del encuentro con Jesús: la Palabra, los sacramentos, la comunión fraterna, el servicio de la caridad, la misión.
En esta perspectiva emerge sobre todo el papel de la parroquia como presencia de la Iglesia en el territorio en el que viven los hombres, “fuente de la villa”, como le gustaba llamarla a Juan XXIII, en la que todos pueden beber encontrando la frescura del Evangelio. Su función permanece imprescindible, aunque las condiciones particulares pueden requerir una articulación en pequeñas comunidades o vínculos de colaboración en contextos más amplios. Sentimos, ahora, el deber de exhortar a nuestras parroquias a unir a la tradicional cura pastoral del Pueblo de Dios las nuevas formas de misión que requiere la nueva evangelización. Éstas, deben alcanzar también a las variadas formas de piedad popular.

En la parroquia continúa siendo decisivo el ministerio del sacerdote, padre y pastor de su pueblo. A todos los presbíteros, los obispos de esta Asamblea sinodal expresan gratitud y cercanía fraterna por su no fácil tarea y les invitamos a unirse cada vez más al presbiterio diocesano, a una vida espiritual cada vez más intensa y a una formación permanente que los haga capaces de afrontar los cambios sociales.

Junto a los sacerdotes reconocemos la presencia de los diáconos así como la acción pastoral de los catequistas y de tantas figuras ministeriales y de animación en el campo del anuncio y de la catequesis, de la vida litúrgica, del servicio caritativo, así como las diversas formas de participación y de corresponsabilidad de parte de los fieles, hombres y mujeres, cuya dedicación en los diversos servicios de nuestras comunidades no será nunca suficientemente reconocida. También a todos ellos les pedimos que orienten su presencia y su servicio en la Iglesia en la óptica de la nueva evangelización, cuidando su propia formación humana y cristiana, el conocimiento de la fe y la sensibilidad a los fenómenos culturales actuales.

Mirando a los laicos, una palabra específica se dirige a las varias formas de asociación, antiguas y nuevas, junto con los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades. Todas ellas son expresiones de la riqueza de los dones que el Espíritu entrega a la Iglesia. También a estas formas de vida y compromiso en la Iglesia expresamos nuestra gratitud, exhortándoles a la fidelidad al propio carisma y a la plena comunión eclesial, de modo especial en el ámbito de las Iglesias particulares.

Dar testimonio del Evangelio no es privilegio exclusivo de nadie. Reconocemos con gozo la presencia de tantos hombres y mujeres que con su vida son signos del Evangelio en medio del mundo. Lo reconocemos también en tantos de nuestros hermanos y hermanas cristianos con los cuales la unidad no es todavía perfecta, aunque han sido marcados con el bautismo del Señor y son sus anunciadores. En estos días nos ha conmovido la experiencia de escuchar las voces de tantos responsables de Iglesias y Comunidades eclesiales que nos han dado testimonio de su sed de Cristo y de su dedicación al anuncio del Evangelio, convencidos también ellos de que el mundo tiene necesidad de una nueva evangelización. Estamos agradecidos al Señor por esta unidad en la exigencia de la misión.

9. Para que los jóvenes puedan encontrarse con Cristo

Nos sentimos cercanos a los jóvenes de un modo muy especial, porque son parte relevante del presente y del futuro de la humanidad y de la Iglesia. La mirada de los obispos hacia ellos es todo menos pesimista. Preocupada, sí, pero no pesimista. Preocupada porque justo sobre ellos vienen a confluir los embates más agresivos de estos tiempos; no pesimista, sin embargo, sobre todo porque, lo resaltamos, el amor de Cristo es quien mueve lo profundo de la historia y además, porque descubrimos en nuestros jóvenes aspiraciones profundas de autenticidad, de verdad, de libertad, de generosidad, de las cuales estamos convencidos que sólo Cristo puede ser respuesta capaz de saciarlos.

Queremos ayudarles en su búsqueda e invitamos a nuestras comunidades a que, sin reservas, entren en una dinámica de escucha, de diálogo y de propuestas valientes ante la difícil condición juvenil. Para aprovechar y no apagar la potencia de su entusiasmo. Y para sostener en su favor la justa batalla contra los lugares comunes y las especulaciones interesadas de las fuerzas de este mundo, esforzadas en disipar sus energías y a agotarlas en su propio interés, suprimiendo en ellos cualquier memoria agradecida por el pasado y cualquier planteamiento serio por el futuro.

La nueva evangelización tiene un campo particularmente arduo pero al mismo tiempo apasionante en el mundo de los jóvenes, como muestran no pocas experiencias, desde las más multitudinarias como las Jornadas Mundiales de la Juventud, a aquellas más escondidas pero no menos importantes, como las numerosas y diversas experiencias de espiritualidad, servicio y misión. A los jóvenes les reconocemos un rol activo en la obra de la evangelización, sobre todo en sus ambientes.
10. El Evangelio en diálogo con la cultura y la experiencia humana y con las religiones

La nueva evangelización tiene su centro en Cristo y en la atención a la persona humana, para hacer posible el encuentro con él. Pero su horizonte es tan ancho como el mundo y no se cierra a ninguna experiencia del hombre. Eso significa que ella cultiva, con particular atención, el diálogo con las culturas, con la confianza de poder encontrar en todas ellas las “semillas del Verbo” de las que hablaban los Santos Padres. En particular, la nueva evangelización tiene necesidad de una renovada alianza entre fe y razón, con la convicción de que la fe tiene recursos suficientes para acoger los frutos de una sana razón abierta a la trascendencia y tiene, al mismo tiempo, la fuerza de sanar los límites y las contradicciones en las que la razón puede tropezar. La fe no deja de contemplar los lacerantes interrogantes que supone la presencia del mal en la vida y la historia de los hombres, encontrando la luz de su esperanza en la Pascua de Cristo.

El encuentro entre fe y razón nutre el esfuerzo de la comunidad cristiana en el mundo de la educación y la cultura. Un lugar especial en este campo lo ocupan las instituciones educativas y de investigación: escuelas y universidades. Donde se desarrolla el conocimiento sobre el hombre y se da una acción educativa, la Iglesia se ve impulsada a testimoniar su propia experiencia y a contribuir a una formación integral de la persona. En este ámbito merecen una atención especial las escuelas y universidades católicas, en las que la apertura a la trascendencia, propia de todo itinerario cultural sincero y educativo, debe completarse con caminos de encuentro con la persona de Jesucristo y de su Iglesia. Vaya la gratitud de los obispos a todos los que, en condiciones muchas veces difíciles, desempeñan esta tarea.

La evangelización exige que se preste gran atención al mundo de las comunicaciones sociales, que son un camino, especialmente en el caso de los nuevos medios, en el que se cruzan tantas vidas, tantos interrogantes y tantas expectativas. Son el lugar donde en muchas ocasiones se forman las conciencias y se muestran los hechos de la propia vida y deben ser una oportunidad nueva para llegar al corazón de los hombres.

Un particular ámbito de encuentro entre fe y razón se da hoy en el diálogo con el conocimiento científico. Éste, por otro lado, no se encuentra lejos de la fe, siendo manifestación de aquel principio espiritual que Dios ha puesto en sus criaturas y que les permite comprender las estructuras racionales que se encuentran en la base de la creación. Cuando la ciencia y la técnica no presumen de encerrar la concepción del hombre y del mundo en un árido materialismo se convierten, entonces, en un precioso aliado para el desarrollo de la humanización de la vida. También a los responsables de esta delicada tarea se dirige nuestro agradecimiento.

Queremos, además, agradecer su esfuerzo a los hombres y mujeres que se dedican a otra expresión del genio humano: el arte en sus varias formas, desde las más antiguas a las más recientes. En sus obras, en cuanto tienden a dar forma a la tensión del hombre hacia la belleza, reconocemos un modo particularmente significativo de expresión de la espiritualidad. Estamos especialmente agradecidos cuando sus bellas creaciones nos ayudan a hacer evidente la belleza del rostro de Dios y de sus criaturas. La vía de la belleza es un camino particularmente eficaz de la nueva evangelización.

Más allá del arte, toda obra del hombre es un espacio en el que, mediante el trabajo, él se hace cooperador de la creación divina. Al mundo de la economía y del trabajo queremos recordar como de la luz del Evangelio surgen algunas llamadas urgentes: liberar el trabajo de aquellas condiciones que no pocas veces lo transforman en un peso insoportable con una perspectiva incierta, amenazada por el desempleo, especialmente entre los jóvenes, poner a la persona humana en el centro del desarrollo económico y pensar este mismo desarrollo como una ocasión de crecimiento de la humanidad en justicia y unidad. El hombre, a través del trabajo con el que transforma el mundo, está llamado a salvaguardar el rostro que Dios ha querido dar a su creación, también por responsabilidad hacia las generaciones venideras.

El Evangelio ilumina también las situaciones de sufrimiento en la enfermedad. En ellas, los cristianos están llamados a mostrar la cercanía de la Iglesia para con los enfermos y discapacitados y con los que con profesionalidad y humanidad trabajan por su salud.

Un ámbito en el que la luz de Evangelio puede y debe iluminar los pasos de la humanidad es el de la vida política, a la cual se le pide un compromiso de cuidado desinteresado y transparente por el bien común, desde el respeto total a la dignidad de la persona humana desde su concepción hasta su fin natural, de la familia fundada sobre el matrimonio de un hombre y una mujer, de la libertad educativa, en la promoción de la libertad religiosa, en la eliminación de las injusticias, las desigualdades, las discriminaciones, la violencia, el racismo, el hambre y la guerra. A los políticos cristianos que viven el precepto de la caridad se les pide un testimonio claro y transparente en el ejercicio de sus responsabilidades.

El diálogo de la Iglesia tiene su natural destinatario, finalmente, en los seguidores de las religiones. Si evangelizamos es porque estamos convencidos de la verdad de Cristo, y no porque estemos contra nadie. El Evangelio de Jesús es paz y alegría y sus discípulos se alegran de reconocer cuanto de bueno y verdadero el espíritu religioso humano ha sabido descubrir en el mundo creado por Dios y ha expresado en las diferentes religiones.

El diálogo con los creyentes de las diversas religiones quiere ser una contribución a la paz, rechaza todo fundamentalismo y denuncia cualquier violencia que se produce contra los creyentes y las graves violaciones de los derechos humanos. Las Iglesias de todo el mundo son cercanas desde la oración y la fraternidad a los hermanos que sufren y piden a quienes tienen en sus manos los destinos de los pueblos que salvaguarden el derecho de todos a la libre elección, confesión y testimonio de la propia fe.

11. En el año de la fe, la memoria del Concilio Vaticano II y la referencia al Catecismo de la Iglesia Católica

En el camino abierto por la nueva evangelización podremos sentirnos a veces como en un desierto, en medio de peligros y privados de referencias. El Santo Padre Benedicto XVI, en la homilía de la Misa de apertura del Año de la fe, ha hablado de una “desertificación espiritual” que ha avanzado en estos últimos decenios, pero él mismo nos ha dado fuerza afirmando que “a partir de esta experiencia de desierto, de este vacío, podemos nuevamente descubrir la alegría del creer, su importancia vital para nosotros, hombres y mujeres. En el desierto se descubre el valor de aquello que es esencial para vivir” (Benedicto XVI, Homilía en la celebración eucarística para la apertura del Año de la fe, Roma 11 octubre 2012). En el desierto, como la mujer la samaritana, se va en busca de agua y de un pozo del que sacarla: ¡dichoso el que en él encuentra a Cristo!

Agradecemos al Santo Padre por el don del Año de la Fe, preciosa entrada en el itinerario de la nueva evangelización. Le damos las gracias también por haber unido este Año a la memoria gozosa por los cincuenta años de la apertura del Concilio Vaticano II, cuyo magisterio fundamental para nuestro tiempo se refleja en el Catecismo de la Iglesia Católica, propuesto, a los veinte años de su publicación, como referencia segura de la fe. Son aniversarios importantes que nos permiten reafirmar nuestra plena adhesión a las enseñanzas del Concilio y nuestro convencido esfuerzo en continuar su puesta en marcha.

12. Contemplando el misterio y cercanos a los pobres

En esta óptica queremos indicar a todos los fieles dos expresiones de la vida de la fe que nos parecen de especial relevancia para incluirlas en la nueva evangelización. El primero está constituido por el don y la experiencia de la contemplación.

Sólo desde una mirada adorante al misterio de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, sólo desde la profundidad de un silencio que se pone como seno que acoge la única Palabra que salva, puede desarrollarse un testimonio creíble para el mundo. Sólo este silencio orante puede impedir que la palabra de la salvación se confunda en el mundo con los ruidos que lo invaden.Vuelve de nuevo a nuestros labios la palabra de agradecimiento, ahora dirigida a cuantos, hombres y mujeres, dedican su vida, en los monasterios y conventos, a la oración contemplativa. Necesitamos que momentos de contemplación se entrecrucen con la vida ordinaria de la gente. Lugares del espíritu y del territorio que son una llamada hacia Dios; santuarios interiores y templos de piedra que son cruce obligado por el flujo de experiencias que en ellos se suceden y en los cuales todos podemos sentirnos acogidos, incluso aquellos que no saben todavía lo que buscan.

El otro símbolo de autenticidad de la nueva evangelización tiene el rostro del pobre. Estar cercano a quien está al borde del camino de la vida no es sólo ejercicio de solidaridad, sino ante todo un hecho espiritual. Porque en el rostro del pobre resplandece el mismo rostro de Cristo: “Todo aquello que habéis hecho por uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40). A los pobres les reconocemos un lugar privilegiado en nuestras comunidades, un puesto que no excluye a nadie, pero que quiere ser un reflejo de como Jesús se ha unido a ellos. La presencia de los pobres en nuestras comunidades es misteriosamente potente: cambia a las personas más que un discurso, enseña fidelidad, hace entender la fragilidad de la vida, exige oración; en definitiva, conduce a Cristo.

El gesto de la caridad, al mismo tiempo, debe ser acompañado por el compromiso con la justicia, con una llamada que se realiza a todos, ricos y pobres. Por eso es necesaria la introducción de la doctrina social de la Iglesia en los itinerarios de la nueva evangelización y cuidar la formación de los cristianos que trabajan al servicio de la convivencia humana desde la vida social y política.

13. Una palabra a las Iglesias de las diversas regiones del mundo

La mirada de los obispos reunidos en Asamblea sinodal abraza a todas las comunidades eclesiales presentes en todo el mundo. Una mirada de unidad, porque única es la llamada al encuentro con Cristo, pero sin olvidar la diversidad.
Una consideración particular, llena de afecto y gratitud, reservamos los obispos reunidos en el Sínodo a vosotros, cristianos de las Iglesias Orientales Católicas, herederos de la primera difusión del Evangelio, experiencia custodiada por vosotros con amor y fidelidad y a vosotros, cristianos presentes en el Este de Europa. Hoy el Evangelio se os repropone como nueva evangelización a través de la vida litúrgica, la catequesis, la oración familiar diaria, el ayuno, la solidaridad entre las familias, la participación de los laicos en la vida de la comunidad y al diálogo con la sociedad. En no pocos lugares vuestras Iglesias son sometidas a prueba y tribulaciones que dan testimonio de vuestra participación en la cruz de Cristo; algunos fieles están obligados a emigrar y, manteniendo viva la pertenencia a sus propias comunidades de origen, pueden contribuir a la tarea pastoral y a la obra de la evangelización en los países de acogida. El Señor continúe bendiciendo vuestra fidelidad y que sobre vuestro futuro brillen horizontes de firme confesión y práctica de la fe en condiciones de paz y de libertad religiosa.

Nos dirigimos a vosotros, hombres y mujeres, que vivís en los países de África y resaltamos nuestra gratitud por el testimonio que ofrecéis del Evangelio muchas veces en situaciones humanas muy difíciles. Os exhortamos a relanzar la evangelización recibida en tiempos aún recientes, a edificaros como Iglesia “familia de Dios”, a reforzar la identidad de la familia y a sostener la labor de los sacerdotes y catequistas, especialmente en las pequeñas comunidades cristianas. Afirmamos, por otra parte, la exigencia de desarrollar el encuentro del Evangelio con las antiguas y nuevas culturas. Dirigimos una llamada de atención al mundo de la política y a los gobiernos de los diversos países africanos para que, con la colaboración de todos los hombres de buena voluntad, se promuevan los derechos humanos fundamentales y el continente sea liberados de la violencia y los conflictos que lo atormentan.

Los obispos de la Asamblea sinodal os invitan a los cristianos de Norteamérica a responder con gozo a la llamada de la nueva evangelización, mientras admiramos como en vuestra joven historia vuestras comunidades cristianas han dado frutos generosos de fe, caridad y misión. También conviene reconocer que muchas de las expresiones de la cultura de vuestra sociedad están lejos del Evangelio. Se hace, pues, necesario una invitación a la conversión, de la que nace un compromiso que no os coloca fuera de vuestra cultura, sino que os llama a ofrecer a todos la luz de la fe y la fuerza de la vida. Mientras acogéis en vuestras generosas tierras a nueva población de inmigrantes y refugiados, estad dispuestos a abrir las puertas de vuestras casas a la fe. Fieles a los compromisos adquiridos en la Asamblea sinodal para América, sed solidarios con la América Latina en la permanente tarea de evangelización de vuestro continente.

El mismo sentimiento de gratitud dirige la Asamblea del Sínodo a las Iglesia de América Latina y el Caribe. Nos llama la atención en particular cómo se han desarrollado a través de los siglos en vuestro países formas de piedad popular fuertemente enraizadas en los corazones de tantos de vosotros, formas de servicio en la caridad y de diálogo con las culturas. Ahora, frente a los desafíos del presente, sobre todo la pobreza y la violencia, la Iglesia en Latinoamérica y en el Caribe es exhortada a vivir en un estado permanente de misión, anunciando el Evangelio con esperanza y alegría, formando comunidades de verdaderos discípulos misioneros de Jesucristo, mostrando con vuestro testimonio como el Evangelio es fuente de una sociedad justa y fraterna. También el pluralismo religioso interroga a vuestras Iglesias y les exige un renovado anuncio del Evangelio.

También a vosotros, cristianos de Asia sentimos la necesidad de dirigiros una palabra de fortalecimiento y exhortación. Vuestra presencia, a pesar de ser una pequeña minoría en el continente en el que viven casi dos tercios de la población mundial, es una semilla profunda, confiada a la fuerza del Espíritu, que crece en el diálogo con las diversas culturas, con las antiguas religiones y con tantos pobres. Aunque a veces está situada al margen de la vida social y en diversos lugares incluso perseguida, la Iglesia de Asia, con su fe fuerte, es una presencia preciosa del Evangelio de Cristo que anuncia justicia, vida y armonía. Cristianos de Asia, sentid la cercanía fraterna de los cristianos de los demás países del mundo, los cuales no pueden olvidar que en vuestro continente, en la Tierra Santa, nació, vivió, murió y resucitó el mismo Jesús.

Una palabra de reconocimiento y de esperanza queremos dirigir los obispos a las Iglesias del continente europeo, hoy en parte marcado por una fuerte secularización, a veces agresiva, y todavía hoy herido por los largos decenios de gobiernos marcados por ideologías enemigas de Dios y del hombre. Reconocemos vuestro pasado y también vuestro presente, en el cual el Evangelio ha creado en Europa certezas y experiencias de fe concretas y decisivas para la evangelización del mundo entero, muchas veces rebosantes de santidad: riqueza del pensamiento teológico, variedad de expresiones carismáticas, formas variadas al servicio de la caridad con los pobres, profundas experiencias contemplativas, creación de una cultura humanística que ha contribuido a dar rostro a la dignidad de la persona y a la construcción del bien común. Las dificultades del presente no os pueden dejar abatidos, queridos cristianos europeos: éstas os deben desafiar a un anuncio más gozoso y vivo de Cristo y de su Evangelio de vida.

Los obispos de la Asamblea sinodal saludan, finalmente, a los pueblos de Oceanía, que viven bajo la protección de la Cruz del Sur, y les damos gracias por el testimonio del Evangelio de Jesús. Nuestra plegaria por vosotros es para que, como la mujer samaritana en el pozo, también vosotros sintáis viva la sed de una vida nueva y podáis escuchar la Palabra de Jesús que dice: “¡Si conocieras el don de Dios!” (Jn 4, 10). Comprometeos a predicar el Evangelio y a dar a conocer a Jesús en el mundo de hoy. Os exhortamos a encontrarlo en vuestra vida cotidiana, a escucharle y a descubrir, mediante la oración y la meditación, la gracia de poder decir: “Sabemos que este es verdaderamente el salvador del mundo” (Jn 4, 42).

14. La estrella de María ilumina el desierto

A punto de finalizar esta experiencia de comunión entre los obispos de todo el mundo y de colaboración con el ministerio del Sucesor de Pedro, sentimos resonar en nosotros el mandato de Jesús a sus apóstoles: “Id y haced discípulos de todos los pueblo […]. Sabed que yo estoy con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19-20). La misión de la Iglesia no se dirige a un territorio en concreto, sino que sale al encuentro de la pliegues más oscuros del corazón de nuestros contemporáneos, para llevarlos al encuentro con Jesús, el Viviente que se hace presente en nuestras comunidades.

Esta presencia llena de gozo nuestros corazones. Agradecidos por el don recibido de él en estos días le dirigimos nuestro canto de alabanza: “Proclama mi alma la grandeza del Señor […] Ha hecho obras grandes por mí” (Lc 1, 46.49). Las palabras de María son también las nuestras: el Señor ha hecho realmente grandes cosas a través de los siglos por su Iglesia en los diversos rincones del mundo y nosotros lo alabamos, con la certeza de que no dejará de mirar nuestra pobreza para desplegar la potencia de su brazo incluso en nuestros días y sostenernos en el camino de la nueva evangelización.

La figura de María nos orienta en el camino. Este camino, como nos ha dicho Benedicto XVI, podrá parecer una ruta en el desierto; sabemos que tenemos que recorrerlo llevando con nosotros lo esencial: el don del Espíritu Santo, la cercanía de Jesús, la verdad de su Palabra, el pan eucarístico que nos alimenta, la fraternidad de la comunión eclesial y el impulso de la caridad. Es el agua del pozo la que hace florecer el desierto y como en la noche en el desierto las estrellas se hacen más brillantes, así en el cielo de nuestro camino resplandece con vigor la luz de María, la Estrella de la nueva evangelización a quien, confiados, nos encomendamos.

Palabra de Dios y Eucaristía deben animar acción evangelizadora de la Iglesia, dice el Papa

Terminada la Santa Misa de clausura de la Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos, el Papa Benedicto XVI recitó el Ángelus dominical con los fieles presentes en la Plaza de San Pedro desde los pies de la Basílica Vaticana, recordando a todos en sus palabras introductorias el esfuerzo de la Iglesia para que nadie se vea privado de lo necesario para vivir y que todos puedan conducir una existencia digna del ser humano.

“Agradecemos a Dios por el impulso misionero que ha encontrado terreno fértil en numerosas diócesis y que se expresa en el envío de misioneros a otros países africanos y de diversos continentes”, dijo el Santo Padre refiriéndose a los frutos del Asamblea Especial para África.

El Pontífice destacó, entre los temas vistos durante la Asamblea, “la familia, que también en África constituye la célula primaria de la sociedad, que hoy en día es amenazada por corrientes ideológicas provenientes incluso del extranjero”.

“¿Qué decir a los jóvenes expuestos a este tipo de presión –se preguntó el Santo Padre-, influenciados por modelos de pensamiento y de comportamiento que contrastan con los valores humanos y cristianos de los pueblos africanos?”.

Más adelante se refirió también a la gran necesidad de “reconciliación, de justicia y de paz” en África, recordando que “justamente a estas necesidades responde la Iglesia re proponiendo, con renovada fuerza, el anuncio del Evangelio y la acción de promoción humana. Animada por la Palabra de Dios y por la Eucaristía, esta se esfuerza porque nadie esté privado de lo necesario para vivir y que todos puedan conducir una existencia digna del ser humano”.

Seguidamente el Papa habló brevemente del Mensaje final de la Asamblea sinodal, citándolo como “un Mensaje que parte de Roma, sede del Sucesor de Pedro, que preside la comunión universal, y que también tiene su origen en África, recogiendo las experiencias, expectativas, proyectos, y retorna a esta llevando la riqueza de un evento de profunda comunión en el Espíritu Santo”.

Dirigiéndose a los fieles en África dijo: “¡Queridos hermanos y hermanas que me escucháis desde África! Encomiendo a vuestra oración los frutos del trabajo de los padres sinodales, y os aliento con las palabras del Señor Jesús: ¡sed sal y luz en la amada tierra africana!”.

Concluyendo, Benedicto XVI recordó que para el próximo año está prevista una “Asamblea Especial para el Medio Oriente del Sínodo de los Obispos. En ocasión de mi visita a Chipre, tendré el placer de hacer entrega del Instrumentum laboris de tal encuentro. Agradezcamos al Señor que no se cansa nunca de edificar su Iglesia en la comunión, e invoquemos con confianza la maternal intercesión de la Virgen María”.

Mensaje final de la II Asamblea Especial del Sínodo para África que llama a la reconciliación

La sala de prensa de la Santa Sede ha acogido esta mañana la presentación del mensaje de la II Asamblea Especial para África, en la que intervinieron el presidente de la Comisión y arzobispo de Abuja en Nigeria, Mons. John Olorunfemi Onaiyekan; el obispo del Cairo de los caldeos de Egipto y vicepresidente de la Comisión, Mons. Youssef Ibrahim Sarraf; y el obispo de Chimoio en Mozambique y segundo vicepresidente del simposio de las conferencias episcopales de África y Madagascar y miembro de la Comisión para el mensaje, Mons. Francisco João Silota.

 Precisamente, durante esta mañana ha tenido lugar la décimo octava congregación general, con la presentación y votación del mensaje final. Sobre los trabajos realizados esta mañana en el Aula nueva del sínodo tenemos con nosotros a nuestra enviada especial Alina Tufani Diáz: 

“África no está a abandonada al fracaso. Nuestro destino esta todavía en nuestras manos. África levántate…”. Así concluye, el Mensaje Final del II Sínodo para África que fue aclamado, esta mañana, en presencia del Santo Padre Benedicto XVI, a quien describen como “un verdadero amigo de África y de los africanos”, por acompañar al continente “en sus luchas y por defender su causa con todo el peso de su autoridad moral”.

Esta vez no hubo necesidad de oprimir botones para acordar por unanimidad el documento que fue leído en los cuatro idiomas oficiales del sínodo y que fue largamente aplaudido por los padres sinodales. Una radiografía del continente, a veces dolorosa, aunque no lastimera, precisa en sus denuncias y firme en su autocrítica, pero sobre todo compacta en su propósito de ser una guía eficaz en esa reconciliación, justicia y paz que se propone la Iglesia en África.

Dividido en siete capítulos el mensaje comienza describiendo las contradicciones y profundas crisis que vive África: la trágica situación de los refugiados, una pobreza escandalosa, el hambre, la guerra y los conflictos. Una situación causada por personas que no se interesan por el bien común, y unidas en una criminal complicidad con los dirigentes locales y extranjeros. “Cualquiera sea el nivel de la responsabilidad imputable a los intereses extranjeros no es menos vergonzosa y trágica que la connivencia con los gobernantes locales: políticos que venden a sus naciones, hombres de negocios que se unen a voraces multinacionales, africanos que venden y trafican armas, sobre todo ligeras, que provocan la destrucción de vidas humanas, agencias locales de organizaciones internacionales que son pagados para difundir ideologías nocivas en las que ni ellos mismos creen”.

A las grandes potencias de este mundo, los obispos piden que “traten a África con respeto y dignidad”. Es necesario un cambio en el orden mundial pero no sobre la base de los intereses de los ricos sobre los pobres. Retomando los principios de la Caritas in veritate, de Benedicto XVI, el mensaje reclama “un cambio en relación con el peso de la deuda de las naciones pobres que literalmente está matando a los niños. Las multinacionales deben parar la devastación criminal del ambiente y la explotación insaciable de los recursos naturales. Es una táctica de corto visión fomentar guerras para lucrarse rápidamente gracias al desorden provocado, que cuesta vidas y sangre humano”

¿No existirá nadie que quiera o sea capaz de detener tales crímenes contra la humanidad?, se preguntan los padres sinodales en este mensaje, en el que también, sin dejar de reconocer la labor de la ONU en su territorio, le pide que sea coherente y transparente, que verifiquen que sus programas sean realmente buenos, y “que cesen en sus intentos de destruir y minar los valores africanos de la familia y de la vida humana”, esto refiriéndose al artículo 14 del Protocolo de Maputo sobre del derecho de las mujeres al aborto.

Sin duda, la iglesia en África fue llamada en causa desde los primeros capítulos. Conciente de su “deber de ser instrumento de paz y reconciliación según el corazón de Cristo” exhorta a sus miembros a una autentica conversión “pues sólo así se romperá el circulo vicioso de la ofensa, la venganza y la retaliación, para lo cual, el perdón y el reconocimiento de las culpas, es crucial”. En particular, llama a los sacerdotes a ser ejemplos de reconciliación, “sobrepasando las fronteras tribales y raciales”, y cumpliendo sus votos de castidad y desapego a las cosas materiales.

El mensaje pide un impulso y reconocimiento al rol de la mujer católica dentro de la iglesia, exige la formación de los laicos, en especial de los políticos en la Doctrina Social de la Iglesia, reconoce la vasta labor de los misioneros y la vida consagrada en África, llama a un mayor diálogo ecuménico e interreligioso, pero es enfático en reclamar a los países de mayoría musulmana el derecho a la libertad religiosa. “Dado que el mundo musulmán acoge con placer a los cristianos que deciden cambiar de religión, también deberían respetar la reciprocidad en este campo”.

En fin, un mensaje que en su amplitud y densidad llama ante todo a la esperanza y a la unidad. Como está escrito en sus páginas con este proverbio africano: “Un ejército de hormigas bien organizadas es capaz de abatir a un elefante”.

Los obispos africanos, contra las políticas antinatalistas

Reiteran que el problema no está en los abortos clandestinos.
 Durante la rueda de prensa que ofreció esta mañana la Santa Sede sobre la relación después de la discusión del Sínodo de Obispos de África, varios periodistas preguntaron si en el aula sinodal se ha discutido el tema del aborto.
La pregunta se realizó en el contexto de la publicación del informe del Instituto Guttmacher, publicado ayer martes, según el cual cada año mueren unas 70.000 mujeres en el mundo por practicarse abortos, de los cuales unos 20.000 se realizan de manera clandestina, por personas inexpertas en l os países donde el aborto no es permitido.
Frente a la pregunta, el cardenal Théodore-Adrien Sarr, arzobispo de Dakar en Senegal, aseguró que los obispos consideran que el aborto “no es una practica para incentivar”.
Aunque el aborto no ha sido el tema más recurrente – sino más bien el tema de la reconciliación, la paz y la evangelización -, los prelados han hablado en el aula del Sínodo de que toda vida merece ser respetada “desde el inicio hasta la fase final”.
El purpurado señaló que los agentes pastorales en África deben buscar ayudar a las mujeres embarazadas que se encuentren en dificultades, pero advirtió que “hay una salida a la maternidad difícil que no sea el aborto”.
“Es necesario que algunos pueblos de alejen de esta civilización occidental, de esto que piensan que debe ser la regla del mundo&rdq uo;, aseguró el purpurado.
Y dijo que las políticas en contra de la vida desde su concepción hasta la muerte natural. “No deben ser impuestas a todos los pueblos del mundo”·
Beijing y Maputo
Por su parte, el arzobispo de Durban en Sudáfrica, Wilfrid Fox Napier, O.F.M.,cuestionó el hecho de que Instituto Guttmacher, busque con su informe, legalizar una práctica en la que son asesinados los bebés en el vientre materno, supuestamente para salvar la vida de muchas mujeres.
“¿Qué es la muerte?”, se preguntó.“Es el fin de la vida”. “Tenemos grandes dificultades para entender esta cultura que dice que el derecho a la vida es un derecho supremo”, pero que en cambio actúa “en contra de los más indefensos”.
El cardenal Napier criticó algunos eventos mundiales como el Protocolo de Maputo, el cua l entró en vigor en el año 2005 y que, entre otras cosas, ha incentivado los derechos sexuales y reproductivos de la mujer en África.
Igualmente se refirió a la IV Conferencia sobre la mujer realizada en Beijing realizada en 1995 que “quieren minar el sistema moral judeocristiano”.
El purpurado recordó que la Iglesia ha adoptado una defensa contra políticas que aseguran “que el embarazo es una enfermedad”.
Ante esta cuestión, el portavoz de la Santa Sede, padre Federico Lombardi, recordó que el protocolo de Maputo es “mezcla de elementos buenos – como la condena de la mutilación genital femenina – y otros absolutamente inaceptables”, como la extensión del aborto.

Primer balance del Sínodo de África

Por el relator general, el cardenal Turkson
La tarde de este martes fue presentada en congregación general del Sínodo de los Obispos de África, la llamada “Relatio post disceptationem”, o relación posterior a la discusión.
Se cierra así la primera parte de la asamblea sinodal en la que los padres sinodales tuvieron la oportunidad, en 13 sesiones plenarias, de hacer sus planteamientos, que fueron recogidos en esta relación.
En la sesión plenaria estuvo presente el Papa Benedicto XVI quien siguió con atención el discurso realizado por el relator general del Sínodo, el cardenal Peter Kodwo Appiah Turkson, según ha podido testimoniar el padre David Gutierrez de “Radio Vaticano”.

El cardenal Turkson articuló la relación en 20 grandes temas que reflejaron las 195 intervenciones de padres sinodales que se sucedieron en las 13 previas congregaciones generales.
Señaló que en los planteamientos de los padres hay alusiones a muchas luces y logros obtenidos en los últimos 15 años, especialmente por la aplicación del primer Sínodo de África (1994).
Pero también mencionó que fueron muchas las sombras y las problemáticas planteadas, haciendo pensar en algún momento que la asamblea se parecía a una reunión de las Naciones Unidas, donde se presentan las quejas de las dificultades que se viven.
Por eso, en la relación el cardenal Turkson, citando a un padre sinodal, insiste en el carácter pastoral del Sínodo, que debe impulsar a la Iglesia en África a seguir su peregrinación acompañando a los pueblos, buscando la mejora de las condiciones sociales, políticas y económicas, reforzando la fe en Cristo de los habitantes de ese continente.

Los 20 temas recogidos por el relator van desde la naturaleza de la reunión, pasando por la revisión de las estructuras de comunión eclesial, y abordando las esferas socio-cultural, socio-política, socio-económica, para después detenerse a reflexionar sobre Cristo como reconciliador, como justicia y como paz.
Las partes finales de la relación después de las discusiones del Sínodo fueron dedicadas a temas específicos, como la familia, la dignidad de la mujer y su papel en la sociedad y la Iglesia, los laicos, el clero, la vida consagrada, y se reservó un apartado para evaluar la actuación de los medios de comunicación en el África.

En la e sfera socio-cultural, según recoge el relator, los padres sinodales deploran que en la sociedad africana, más allá del nomadismo y de los conflictos por el agua y zonas de pastos, se den tendencias emergentes que son divergentes e incluso opuestas a los valores tradicionales y tienen un cuestionable carácter y contenido moral.
Muchos padres sinodales lamentan el destino de la familia en África, la “destrucción de una auténtica idea de matrimonio y la noción de una familia sólida”, además consideran la institución bajo seria amenaza de inestabilidad y disolución a causa de la pobreza, los conflictos, las creencias y prácticas tradicionales, como la brujería, y las enfermedades, principalmente la malaria y el VIH SIDA.
Pero los padres sinodales describen también de varias formas el feroz ataque a la familia y la afín institución fundamen tal del matrimonio, venido desde fuera de África y atribuible a diversas fuentes: ideológica (ideología de género, nueva ética sexual global, ingeniería genética) y clínica (anticoncepción: planificación familiar y educación en salud sexual, esterilización), y emergentes estilos de vida “alternativos” (matrimonios del mismo sexo, uniones de hecho).

Las mujeres, aludidas en la Primera Asamblea Especial para África (1994) como “bestias de carga”, han comenzado a acceder en ciertos países a puestos de relevancia y liderazgo en leyes, política, economía e ingeniería.
Pero son también “recursos sin explotar” en algunos países, en los que sufren la exclusión de las funciones sociales, la herencia, la educación y la toma de decisiones. Son víctimas indefensas en zonas de conflicto: víctimas de los matrimonios polígamos, abusos, tráfico para la prostitución.

Los niños, “la parte sufriente de la población”, son descritos como maltratados (niños soldado, trabajo infantil, tráfico¼) y se les deniega su derecho a la educación. En todas partes, sin embargo, son los beneficiarios de vigorosos programas de informatización de las escuelas.

La juventud también es mencionada entre los problemas de África a causa de su exposición al abuso de drogas, infección por VIH SIDA, embarazos adolescentes, emigración, tráfico humano y viajes que los reducen a una condición servil.

En el ámbito socio-político los padres sinodales plantean la necesidad de tener gobiernos y políticos que ejerzan un liderazgo de servicio en un transparente y responsable ejercicio del poder, el respeto de los derechos humanos y la administración de la riqueza nacional para el bienestar público.
Mientras que en el ámbito socio-económico el relator señala que “pobre” y “pobreza” son dos palabras recurrentes en los padres refiriéndose a sus países, gobiernos, gentes e Iglesias. Además la pobreza ha justificado numerosas intervenciones de la Iglesia para la búsqueda de soluciones efectivas.

La relación posterior a la discusión, presentada en la tarde de este martes, termina con una serie de 25 preguntas que guiarán los trabajos de los círculos menores, quienes desde este miércoles tienen la tarea de preparar proposiciones que serán llevadas a las sesiones plenarias para su aprobación y entrega al Santo Padre.
Los círculos menores son 12 en total y se han organizado en función de las 4 lenguas oficiale s de este sínodo para África.

La aterradora violencia contra las mujeres africanas conmociona al Sínodo

Varios participantes denuncian las violaciones como arma de guerra
La violencia que sufren demasiadas mujeres de África se ha convertido en uno de los argumentos de conmoción para los participantes en el Sínodo de ese continente en su primera semana de congregaciones.
“¿Cómo hablar de reconciliación y de auténtica paz en una sociedad en la que los hijos han sido obligados a violar a sus madres y hermanas ante la mirada impotente de sus mismos padres?”, preguntó a la asamblea monseñor Théophile Kaboy Ruboneka, obispo coadjutor de Goma, en la República Democrática del Congo, según han informado los portavoces del Sínodo.
¿Qué porvenir se puede garantizar a los chicos reclutados a fuerza por grupos armadas, convertidos en carniceros de sus madres y hermanas? ¿Qué se les puede decir a los niños que han nacido de la violencia? ¿Qué armonía espera a una juventud nacida de madres traumatizadas?”, siguió preguntando el prelado.
“Los conflictos y las guerras –denunció monseñor Kaboy al tomar la palabra este lunes en la mañana–, han llevado, especialmente en el Congo, a la ‘victimización’ y la ‘cosificación’ de la mujer”.
“Se han perpetrado actos de violencia sexuales masivos contra mujeres por parte de todos los grupos armados, como un arma de guerra, una violación flagrante de las disposiciones jurídicas internacionales”.

El obispo de Goma presentó varias propuestas para aliviar las consecuencias de traumas tan brutales.
E n primer lugar, invitó al Sínodo a luchar contra la violencia sexual, “remontándonos a sus últimas causas, que son las crisis de gobierno, manifestadas en las guerras, saqueos y en la explotación anárquica de los recursos naturales, la circulación de armas, el mantenimiento de las milicias, la ausencia de un ejército fuerte y republicano, etc.”.

A continuación, propuso “la creación de casas de la mujer y de las jóvenes como centros de escucha y acompañamiento de las mujeres violadas y traumatizadas”.
En tercer lugar, pidió “la implicación directa de las mujeres en las comisiones de justicia y paz”, que en algunos países africanos se encuentran en cada diócesis o incluso parroquia, “para que promuevan y luchen contra las ideas denigratorias sobre ellas, transmitidas por la nueva ética mundial y por ciertas tradic iones culturales”.
Sugirió, también, “la formación, a través de la catequesis y la alfabetización concientizadora de las mujeres para permitirles llevar a cabo su función. Ésta se articula en tres módulos dedicados a la dignidad y vocación de la mujer; la mujer como artífice de la paz; y la mujer como agente del cambio social”.
En quinto lugar, exigió “el establecimiento de estructuras de promoción de la mujer. Podría tratarse de organizaciones de mujeres que se ocupen de diferentes actividades a nivel parroquial y diocesano, y centros de formación de las mujeres para la paz”.
Al tema de la violencia de las mujeres han dedicado sus intervenciones en particular la madre Felicia Harry, superiora general de las Hermanas Misioneras de Nuestra Señora de los Apóstoles en Ghana, y la madre Paolina Odia Bukasa, superiora general de la s Hermanas “Ba-Maria” de Buta Uele en la República Democrática del Congo, así como monseñor Telesphore George Mpundu, arzobispo de Lusaka, en Zambia.
Al tomar la palabra este sábado, el prelado reconoció que “lamentablemente con vergüenza tenemos que admitir que en Zambia, con demasiada frecuencia las mujeres son víctimas de abusos, violencia doméstica – que a veces llega hasta la muerte -prácticas culturales y de costumbre, discriminatorias y que las leyes claramente expresan prejuicios hacia la mujer”.
“Nosotros, los obispos, debemos hablar de manera mas clara y insistente en defensa de la dignidad de la mujer a la luz de las Escrituras y de la Doctrina Social de la Iglesia”, aseguró.

“Sí, fue una mujer, María, quién llevó por primero a Jesús en África como prófugo (Mt 2, 13-15). Hoy es la m ujer quien, de muchas maneras, nos trae a Jesús en Zambia. Mujeres religiosas y laicas ayudan a nuestra Iglesia a estar al servicio de la reconciliación, de la justicia y de la paz, con una especial mirada hacia los pobres”, reconoció.

Para promover el respeto a las mujeres y su integración en las estructuras eclesiales con papeles de responsabilidad, de decisión y de proyección, el prelado invitó al Sínodo “a recomendar que en todas las diócesis se instituya y consolide el apostolado familiar y también oficinas que traten el problema de la mujer haciendo que sean cada vez más operativos y funcionales”.