Carta apostólica en forma de Motu proprio Porta Fidei


Publicado en: Papa, S.S. Benedicto XVI, Santa Sede

Carta apostólica en forma de Motu proprio Porta Fidei

Lunes 17 de octubre de 2011

del Sumo Pontífice Benedicto XVI

con la que se convoca el Año de la fe

(11 de octubre 2012 – 24 noviembre 2013)

1. «La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida.

Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4), con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en él (cf. Jn 17, 22). Profesar la fe en la Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo –equivale a creer en un solo Dios que es Amor (cf. 1 Jn 4, 8): el Padre, que en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo para nuestra salvación; Jesucristo, que en el misterio de su muerte y resurrección redimió al mundo; el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a través de los siglos en la espera del retorno glorioso del Señor.

2. Desde el comienzo de mi ministerio como Sucesor de Pedro, he recordado la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo. En la homilía de la santa Misa de inicio del Pontificado decía: «La Iglesia en su conjunto, y en ella sus pastores, como Cristo han de ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud».1

Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado.2 Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas.

3. No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14). Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51).

En efecto, la enseñanza de Jesús resuena todavía hoy con la misma fuerza: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna» (Jn 6, 27). La pregunta planteada por los que lo escuchaban es también hoy la misma para nosotros: «¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?» (Jn 6, 28). Sabemos la respuesta de Jesús: «La obra de Dios es ésta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6, 29). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación.

4. A la luz de todo esto, he decidido convocar un Año de la fe. Comenzará el 11 de octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el 24 de noviembre de 2013. En la fecha del 11 de octubre de 2012, se celebrarán también los veinte años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, promulgado por mi Predecesor, el beato Papa Juan Pablo II,3 con la intención de ilustrar a todos los fieles la fuerza y belleza de la fe. Este documento, auténtico fruto del Concilio Vaticano II, fue querido por el Sínodo Extraordinario de los Obispos de 1985 como instrumento al servicio de la catequesis,4 realizándose mediante la colaboración de todo el Episcopado de la Iglesia católica.

Y precisamente he convocado la Asamblea General del Sínodo de los Obispos, en el mes de octubre de 2012, sobre el tema de La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Será una buena ocasión para introducir a todo el cuerpo eclesial en un tiempo de especial reflexión y redescubrimiento de la fe. No es la primera vez que la Iglesia está llamada a celebrar un Año de la fe. Mi venerado Predecesor, el Siervo de Dios Pablo VI, proclamó uno parecido en 1967, para conmemorar el martirio de los apóstoles Pedro y Pablo en el décimo noveno centenario de su supremo testimonio.

Lo concibió como un momento solemne para que en toda la Iglesia se diese «una auténtica y sincera profesión de la misma fe»; además, quiso que ésta fuera confirmada de manera «individual y colectiva, libre y consciente, interior y exterior, humilde y franca».5 Pensaba que de esa manera toda la Iglesia podría adquirir una «exacta conciencia de su fe, para reanimarla, para purificarla, para confirmarla y para confesarla».6

Las grandes transformaciones que tuvieron lugar en aquel Año, hicieron que la necesidad de dicha celebración fuera todavía más evidente. Ésta concluyó con la Profesión de fe del Pueblo de Dios,7 para testimoniar cómo los contenidos esenciales que desde siglos constituyen el patrimonio de todos los creyentes tienen necesidad de ser confirmados, comprendidos y profundizados de manera siempre nueva, con el fin de dar un testimonio coherente en condiciones históricas distintas a las del pasado.

5. En ciertos aspectos, mi Venerado Predecesor vio ese Año como una «consecuencia y exigencia postconciliar»,8 consciente de las graves dificultades del tiempo, sobre todo con respecto a la profesión de la fe verdadera y a su recta interpretación. He pensado que iniciar el Año de la fe coincidiendo con el cincuentenario de la apertura del Concilio Vaticano II puede ser una ocasión propicia para comprender que los textos dejados en herencia por los Padres conciliares, según las palabras del beato Juan Pablo II, «no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. […] Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX.

Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza».9 Yo también deseo reafirmar con fuerza lo que dije a propósito del Concilio pocos meses después de mi elección como Sucesor de Pedro: «Si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia».10

6. La renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó.

Precisamente el Concilio, en la Constitución dogmática Lumen gentium, afirmaba: «Mientras que Cristo, “santo, inocente, sin mancha” (Hb 7, 26), no conoció el pecado (cf. 2 Co 5, 21), sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo (cf. Hb 2, 17), la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación, y busca sin cesar la conversión y la renovación. La Iglesia continúa su peregrinación “en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios”, anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva (cf. 1 Co 11, 26). Se siente fortalecida con la fuerza del Señor resucitado para poder superar con paciencia y amor todos los sufrimientos y dificultades, tanto interiores como exteriores, y revelar en el mundo el misterio de Cristo, aunque bajo sombras, sin embargo, con fidelidad hasta que al final se manifieste a plena luz».11

En esta perspectiva, el Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31).

Para el apóstol Pablo, este Amor lleva al hombre a una nueva vida: «Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6, 4). Gracias a la fe, esta vida nueva plasma toda la existencia humana en la novedad radical de la resurrección.

En la medida de su disponibilidad libre, los pensamientos y los afectos, la mentalidad y el comportamiento del hombre se purifican y transforman lentamente, en un proceso que no termina de cumplirse totalmente en esta vida. La «fe que actúa por el amor» (Ga 5, 6) se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre (cf. Rm 12, 2; Col 3, 9-10; Ef 4, 20-29; 2 Co 5, 17).

7. «Caritas Christi urget nos» (2 Co 5, 14): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19). Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo, convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo.

Por eso, también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe. El compromiso misionero de los creyentes saca fuerza y vigor del descubrimiento cotidiano de su amor, que nunca puede faltar. La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos.

Como afirma san Agustín, los creyentes «se fortalecen creyendo».12 El santo Obispo de Hipona tenía buenos motivos para expresarse de esta manera. Como sabemos, su vida fue una búsqueda continua de la belleza de la fe hasta que su corazón encontró descanso en Dios.13 Sus numerosos escritos, en los que explica la importancia de creer y la verdad de la fe, permanecen aún hoy como un patrimonio de riqueza sin igual, consintiendo todavía a tantas personas que buscan a Dios encontrar el sendero justo para acceder a la «puerta de la fe».

Así, la fe sólo crece y se fortalece creyendo; no hay otra posibilidad para poseer la certeza sobre la propia vida que abandonarse, en un in crescendo continuo, en las manos de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su origen en Dios.

8. En esta feliz conmemoración, deseo invitar a los hermanos Obispos de todo el Orbe a que se unan al Sucesor de Pedro en el tiempo de gracia espiritual que el Señor nos ofrece para rememorar el don precioso de la fe. Queremos celebrar este Año de manera digna y fecunda. Habrá que intensificar la reflexión sobre la fe para ayudar a todos los creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa, sobre todo en un momento de profundo cambio como el que la humanidad está viviendo. Tendremos la oportunidad de confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras catedrales e iglesias de todo el mundo; en nuestras casas y con nuestras familias, para que cada uno sienta con fuerza la exigencia de conocer y transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de siempre. En este Año, las comunidades religiosas, así como las parroquiales, y todas las realidades eclesiales antiguas y nuevas, encontrarán la manera de profesar públicamente el Credo.

9. Deseamos que este Año suscite en todo creyente la aspiración a confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza. Será también una ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía, que es «la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y también la fuente de donde mana toda su fuerza».14 Al mismo tiempo, esperamos que el testimonio de vida de los creyentes sea cada vez más creíble. Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada,15 y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, es un compromiso que todo creyente debe de hacer propio, sobre todo en este Año.

No por casualidad, los cristianos en los primeros siglos estaban obligados a aprender de memoria el Credo. Esto les servía como oración cotidiana para no olvidar el compromiso asumido con el bautismo. San Agustín lo recuerda con unas palabras de profundo significado, cuando en un sermón sobre la redditio symboli, la entrega del Credo, dice: «El símbolo del sacrosanto misterio que recibisteis todos a la vez y que hoy habéis recitado uno a uno, no es otra cosa que las palabras en las que se apoya sólidamente la fe de la Iglesia, nuestra madre, sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor. […] Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre en vuestra mente y corazón y repetir en vuestro lecho; algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estáis en la calle y que no debéis olvidar ni cuando coméis, de forma que, incluso cuando dormís corporalmente, vigiléis con el corazón».16

10. En este sentido, quisiera esbozar un camino que sea útil para comprender de manera más profunda no sólo los contenidos de la fe sino, juntamente también con eso, el acto con el que decidimos de entregarnos totalmente y con plena libertad a Dios. En efecto, existe una unidad profunda entre el acto con el que se cree y los contenidos a los que prestamos nuestro asentimiento. El apóstol Pablo nos ayuda a entrar dentro de esta realidad cuando escribe: «con el corazón se cree y con los labios se profesa» (cf. Rm 10, 10). El corazón indica que el primer acto con el que se llega a la fe es don de Dios y acción de la gracia que actúa y transforma a la persona hasta en lo más íntimo.

A este propósito, el ejemplo de Lidia es muy elocuente. Cuenta san Lucas que Pablo, mientras se encontraba en Filipos, fue un sábado a anunciar el Evangelio a algunas mujeres; entre estas estaba Lidia y el «Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo» (Hch 16, 14). El sentido que encierra la expresión es importante. San Lucas enseña que el conocimiento de los contenidos que se han de creer no es suficiente si después el corazón, auténtico sagrario de la persona, no está abierto por la gracia que permite tener ojos para mirar en profundidad y comprender que lo que se ha anunciado es la Palabra de Dios.

Profesar con la boca indica, a su vez, que la fe implica un testimonio y un compromiso público. El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este «estar con él» nos lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree. La Iglesia en el día de Pentecostés muestra con toda evidencia esta dimensión pública del creer y del anunciar a todos sin temor la propia fe. Es el don del Espíritu Santo el que capacita para la misión y fortalece nuestro testimonio, haciéndolo franco y valeroso.

La misma profesión de fe es un acto personal y al mismo tiempo comunitario. En efecto, el primer sujeto de la fe es la Iglesia. En la fe de la comunidad cristiana cada uno recibe el bautismo, signo eficaz de la entrada en el pueblo de los creyentes para alcanzar la salvación. Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: «”Creo”: Es la fe de la Iglesia profesada personalmente por cada creyente, principalmente en su bautismo. “Creemos”: Es la fe de la Iglesia confesada por los obispos reunidos en Concilio o, más generalmente, por la asamblea litúrgica de los creyentes. “Creo”, es también la Iglesia, nuestra Madre, que responde a Dios por su fe y que nos enseña a decir: “creo”, “creemos”».17

Como se puede ver, el conocimiento de los contenidos de la fe es esencial para dar el propio asentimiento, es decir, para adherirse plenamente con la inteligencia y la voluntad a lo que propone la Iglesia. El conocimiento de la fe introduce en la totalidad del misterio salvífico revelado por Dios. El asentimiento que se presta implica por tanto que, cuando se cree, se acepta libremente todo el misterio de la fe, ya que quien garantiza su verdad es Dios mismo que se revela y da a conocer su misterio de amor.18

Por otra parte, no podemos olvidar que muchas personas en nuestro contexto cultural, aún no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo. Esta búsqueda es un auténtico «preámbulo» de la fe, porque lleva a las personas por el camino que conduce al misterio de Dios. La misma razón del hombre, en efecto, lleva inscrita la exigencia de «lo que vale y permanece siempre».19 Esta exigencia constituye una invitación permanente, inscrita indeleblemente en el corazón humano, a ponerse en camino para encontrar a Aquel que no buscaríamos si no hubiera ya venido.20 La fe nos invita y nos abre totalmente a este encuentro.

11. Para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe, todos pueden encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica un subsidio precioso e indispensable. Es uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II. En la Constitución apostólica Fidei depositum, firmada precisamente al cumplirse el trigésimo aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, el beato Juan Pablo II escribía: «Este Catecismo es una contribución importantísima a la obra de renovación de la vida eclesial… Lo declaro como regla segura para la enseñanza de la fe y como instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial».21

Precisamente en este horizonte, el Año de la fe deberá expresar un compromiso unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica. En efecto, en él se pone de manifiesto la riqueza de la enseñanza que la Iglesia ha recibido, custodiado y ofrecido en sus dos mil años de historia. Desde la Sagrada Escritura a los Padres de la Iglesia, de los Maestros de teología a los Santos de todos los siglos, el Catecismo ofrece una memoria permanente de los diferentes modos en que la Iglesia ha meditado sobre la fe y ha progresado en la doctrina, para dar certeza a los creyentes en su vida de fe.

En su misma estructura, el Catecismo de la Iglesia Católica presenta el desarrollo de la fe hasta abordar los grandes temas de la vida cotidiana. A través de sus páginas se descubre que todo lo que se presenta no es una teoría, sino el encuentro con una Persona que vive en la Iglesia. A la profesión de fe, de hecho, sigue la explicación de la vida sacramental, en la que Cristo está presente y actúa, y continúa la construcción de su Iglesia. Sin la liturgia y los sacramentos, la profesión de fe no tendría eficacia, pues carecería de la gracia que sostiene el testimonio de los cristianos. Del mismo modo, la enseñanza del Catecismo sobre la vida moral adquiere su pleno sentido cuando se pone en relación con la fe, la liturgia y la oración.

12. Así, pues, el Catecismo de la Iglesia Católica podrá ser en este Año un verdadero instrumento de apoyo a la fe, especialmente para quienes se preocupan por la formación de los cristianos, tan importante en nuestro contexto cultural. Para ello, he invitado a la Congregación para la Doctrina de la Fe a que, de acuerdo con los Dicasterios competentes de la Santa Sede, redacte una Nota con la que se ofrezca a la Iglesia y a los creyentes algunas indicaciones para vivir este Año de la fe de la manera más eficaz y apropiada, ayudándoles a creer y evangelizar.

En efecto, la fe está sometida más que en el pasado a una serie de interrogantes que provienen de un cambio de mentalidad que, sobre todo hoy, reduce el ámbito de las certezas racionales al de los logros científicos y tecnológicos. Pero la Iglesia nunca ha tenido miedo de mostrar cómo entre la fe y la verdadera ciencia no puede haber conflicto alguno, porque ambas, aunque por caminos distintos, tienden a la verdad.22

13. A lo largo de este Año, será decisivo volver a recorrer la historia de nuestra fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado. Mientras lo primero pone de relieve la gran contribución que los hombres y las mujeres han ofrecido para el crecimiento y desarrollo de las comunidades a través del testimonio de su vida, lo segundo debe suscitar en cada uno un sincero y constante acto de conversión, con el fin de experimentar la misericordia del Padre que sale al encuentro de todos.

Durante este tiempo, tendremos la mirada fija en Jesucristo, «que inició y completa nuestra fe» (Hb 12, 2): en él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección. En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación.

Por la fe, María acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios en la obediencia de su entrega (cf. Lc 1, 38). En la visita a Isabel entonó su canto de alabanza al Omnipotente por las maravillas que hace en quienes se encomiendan a Él (cf. Lc 1, 46-55). Con gozo y temblor dio a luz a su único hijo, manteniendo intacta su virginidad (cf. Lc 2, 6-7). Confiada en su esposo José, llevó a Jesús a Egipto para salvarlo de la persecución de Herodes (cf. Mt 2, 13-15). Con la misma fe siguió al Señor en su predicación y permaneció con él hasta el Calvario (cf. Jn 19, 25-27). Con fe, María saboreó los frutos de la resurrección de Jesús y, guardando todos los recuerdos en su corazón (cf. Lc 2, 19.51), los transmitió a los Doce, reunidos con ella en el Cenáculo para recibir el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14; 2, 1-4).

Por la fe, los Apóstoles dejaron todo para seguir al Maestro (cf. Mt 10, 28). Creyeron en las palabras con las que anunciaba el Reino de Dios, que está presente y se realiza en su persona (cf. Lc 11, 20). Vivieron en comunión de vida con Jesús, que los instruía con sus enseñanzas, dejándoles una nueva regla de vida por la que serían reconocidos como sus discípulos después de su muerte (cf. Jn 13, 34-35). Por la fe, fueron por el mundo entero, siguiendo el mandato de llevar el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16, 15) y, sin temor alguno, anunciaron a todos la alegría de la resurrección, de la que fueron testigos fieles.

Por la fe, los discípulos formaron la primera comunidad reunida en torno a la enseñanza de los Apóstoles, la oración y la celebración de la Eucaristía, poniendo en común todos sus bienes para atender las necesidades de los hermanos (cf. Hch 2, 42-47).

Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había trasformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor con el perdón de sus perseguidores.

Por la fe, hombres y mujeres han consagrado su vida a Cristo, dejando todo para vivir en la sencillez evangélica la obediencia, la pobreza y la castidad, signos concretos de la espera del Señor que no tarda en llegar. Por la fe, muchos cristianos han promovido acciones en favor de la justicia, para hacer concreta la palabra del Señor, que ha venido a proclamar la liberación de los oprimidos y un año de gracia para todos (cf. Lc 4, 18-19).

Por la fe, hombres y mujeres de toda edad, cuyos nombres están escritos en el libro de la vida (cf. Ap 7, 9; 13, 8), han confesado a lo largo de los siglos la belleza de seguir al Señor Jesús allí donde se les llamaba a dar testimonio de su ser cristianos: en la familia, la profesión, la vida pública y el desempeño de los carismas y ministerios que se les confiaban.

También nosotros vivimos por la fe: para el reconocimiento vivo del Señor Jesús, presente en nuestras vidas y en la historia.

14. El Año de la fe será también una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad. San Pablo nos recuerda: «Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de ellas es la caridad» (1 Co 13, 13). Con palabras aún más fuertes —que siempre atañen a los cristianos—, el apóstol Santiago dice: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos de alimento diario y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, abrigaos y saciaos”, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no se tienen obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: “Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe”» (St 2, 14-18).

La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. En efecto, muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender y el más importante que socorrer, porque precisamente en él se refleja el rostro mismo de Cristo. Gracias a la fe podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40): estas palabras suyas son una advertencia que no se ha de olvidar, y una invitación perenne a devolver ese amor con el que él cuida de nosotros.

Es la fe la que nos permite reconocer a Cristo, y es su mismo amor el que impulsa a socorrerlo cada vez que se hace nuestro prójimo en el camino de la vida. Sostenidos por la fe, miramos con esperanza a nuestro compromiso en el mundo, aguardando «unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia» (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1).

15. Llegados sus últimos días, el apóstol Pablo pidió al discípulo Timoteo que «buscara la fe» (cf. 2 Tm 2, 22) con la misma constancia de cuando era niño (cf. 2 Tm 3, 15). Escuchemos esta invitación como dirigida a cada uno de nosotros, para que nadie se vuelva perezoso en la fe. Ella es compañera de vida que nos permite distinguir con ojos siempre nuevos las maravillas que Dios hace por nosotros.

Tratando de percibir los signos de los tiempos en la historia actual, nos compromete a cada uno a convertirnos en un signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo. Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin.

«Que la Palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada» (2 Ts 3, 1): que este Año de la fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, pues sólo en él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero. Las palabras del apóstol Pedro proyectan un último rayo de luz sobre la fe: «Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe; la salvación de vuestras almas» (1 P 1, 6-9).

La vida de los cristianos conoce la experiencia de la alegría y el sufrimiento. Cuántos santos han experimentado la soledad. Cuántos creyentes son probados también en nuestros días por el silencio de Dios, mientras quisieran escuchar su voz consoladora. Las pruebas de la vida, a la vez que permiten comprender el misterio de la Cruz y participar en los sufrimientos de Cristo (cf. Col 1, 24), son preludio de la alegría y la esperanza a la que conduce la fe: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12, 10). Nosotros creemos con firme certeza que el Señor Jesús ha vencido el mal y la muerte. Con esta segura confianza nos encomendamos a él: presente entre nosotros, vence el poder del maligno (cf. Lc 11, 20), y la Iglesia, comunidad visible de su misericordia, permanece en él como signo de la reconciliación definitiva con el Padre.

Confiemos a la Madre de Dios, proclamada «bienaventurada porque ha creído» (Lc 1, 45), este tiempo de gracia.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 11 de octubre del año 2011, séptimo de mi Pontificado.

BENEDICTUS PP. XVI

Monseñor Mamberti en la OSCE – Preventing and Responding to Hate Incidents and Crimes against Christians

Presidente,

Excelencias.

Señoras y señores,

La Santa Sede está agradecida a la presidencia lituana de la OSCE, a la Oficina para las Instituciones Democráticas y los Derechos Humanos (ODIHR), al Gobierno italiano, a la ciudad de Roma y a todos los que han contribuido a la organización de este encuentro.

La Santa sede es un Estado que participa en la OSCE desde su puesta en macha en 1975 y busca contribuir con vigor en sus actividades y proyectos, tanto a través de la participación directa como a través de su Misión Permanente en Viena. En mayo de este año, los tres representantes personales del presidente comisionado para combatir la intolerancia y la discriminación hicieron su primera visita al Vaticano, un evento éste que ha mostrado ulteriormente la cooperación constante entre la OSCE y la Santa Sede.

Una de las razones principales de esta Mesa Redonda es el hecho de que la garantía de la libertad de religión siempre ha estado, y está aún, en el centro de las actividades de la OSCE. Desde cuando fue incluida en el Acta Final de Helsinki de 1975 y reafirmada en términos precisos en los documentos sucesivos, entre ellos el Documento Final de Viena de 1989 y el Documento del Encuentro de Copenhague sobre la Dimensión Humana del entonces CSCE en 1990, la tutela de la libertad religiosa ha seguido ocupando un lugar central en la visión total de la OSCE sobre las cuestiones relacionadas con la seguridad.

Es en este contexto donde los crímenes dictados por el odio contra los cristianos constituyen un argumento de particular interés para la OSCE en general, y para la Santa Sede en particular. En su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2011, el Papa Benedicto XVI subrayó que “los cristianos son actualmente el grupo religioso que sufre el mayor número de persecuciones a causa de su fe. Muchos sufren cada día ofensas y viven frecuentemente con miedo por su búsqueda de la verdad, su fe en Jesucristo y por su sincero llamamiento a que se reconozca la libertad religiosa. Todo esto no se puede aceptar, porque constituye una ofensa a Dios y a la dignidad humana; además es una amenaza a la seguridad y a la paz, e impide la realización de un auténtico desarrollo humano integral”.

Se podría objetar, y con razón, que los crímenes dictados por el odio contra los cristianos en el mundo, en su mayor parte, se verifican fuera del área de la OSCE. Sin embargo, hay señales preocupantes también en este área. El informe anual sobre los crímenes dictados por el odio del ODIHR ofrece una prueba irrefutable de una creciente intolerancia contra los cristianos. Ignorar este hecho bien documentado envía una señal negativa también a los países que no son Estados miembros de nuestra Organización. Es importante, por ello, suscitar en todas partes una nueva conciencia del problema. Por esto la Santa Sede acoge con favor la resolución de la Asamblea Parlamentaria de la OSCE, adoptada este año, en Belgrado, como paso importante “para lanzar un debate público sobre la intolerancia contra los cristianos”, como afirma el documento. Es de esperar que se desarrollen medidas práct icaspara combatir la intolerancia contra los cristianos como consecuencia de esta Conferencia.

Para prevenir los crímenes dictados por el odio, es esencial promover y consolidar la libertad religiosa, cuyo concepto debe estar claro desde el principio. En su discurso del 10 de enero de 2011 a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, el Santo Padre sostuvo que el derecho a la libertad religiosa “es en realidad el primer derecho, porque históricamente ha sido afirmado en primer lugar, y porque, por otra parte, tiene como objeto la dimensión constitutiva del hombre, es decir, su relación con el Creador”. Observó también que hoy, en muchas regiones delmundo, el derecho a la libertad religiosa es “puesto en discusión o violado”, y que “la sociedad, sus responsables y la opinión pública, son más conscientes, incluso aunque no siempre de manera exacta, la gravedad de esta herida contra la dignidad y la libertad del homo religiosus”.

Sobre la base de estas premisas, se sigue que la libertad religiosa no puede limitarse a la simple libertad de culto, unque esta última sea obviamente una parte importante de ella. Con el debido respeto por los derechos de todos, la libertad religiosa incluye, entre otros, el derecho a predicar, educar, convertir, contribuir al discurso político y participare plenamente en las actividades públicas.

La libertad religiosa auténtica no es sinónimo de relativismo ni de la idea post-moderna según la cual la religión es un componente marginal de la vida pública. El Papa Benedicto XVI ha subrayado a menudo el peligro de un secularismo radical que relega, a priori, todo tipo de manifestación religiosa a la esfera privada. El relativismo y el secularismo niegan dos aspectos fundamentales del fenómeno religioso, y por tanto del derecho a la libertad religiosa, que en cambio exigen respeto: las dimensiones trascendente y social de la religión, en los que la persona humana intenta ligarse, por así decirlo, a la realidad que la supera y que la rodea, según los dictámenes de su propia conciencia. La religión es más que una opinión personal o Weltanschauung. Siempre ha tenido un impacto en la sociedad y en sus principios morales.

Como subrayé antes, cuando hablamos de la negación de la libertad religiosa y de su vínculo con los crímenes dictados por el odio, normalmente pensamos en las persecuciones violentas de minorías cristianas en algunas partes del mundo. La Santa Sede está agradecida a la OSCE y a los Estados participantes que son singularmente activos en denunciar el homicidio o el arresto de ciudadanos inocentes, que son asesinados o perseguidos sólo porque creen en Cristo. Por otra parte, si bien es verdad que el riesgo de crímenes dictados por el odio está ligado a la negación de la libertad religiosa, no deberíamos olvidar que hay graves problemas en áreas del mundo donde por fortuna no hay persecuciones violentas de cristianos. Por desgracia, actos motivados por prejuicios contra los cristianos están convirtiéndose rápidamente en una realidad también en países en los que son la mayoría.

El Papa Benedicto hizo referencia a este fenómeno en el mismo discurso del pasado enero al Cuerpo Diplomático, cuando dijo que, cito, “Dirigiendo nuestra mirada de Oriente a Occidente, nos encontramos frente a otros tipos de amenazas contra el pleno ejercicio de la libertad religiosa. Pienso, en primer lugar, en los países que conceden una gran importancia al pluralismo y la tolerancia, pero donde la religión sufre una marginación creciente. Se tiende a considerar la religión, toda religión, como un factor sin importancia, extraño a la sociedad moderna o incluso desestabilizador, y se busca por diversos medios impedir su influencia en la vida social”.

Ciertamente, nadie confundiría o compararía la marginación de la religión con la verdadera y propia persecución de cristianos en otras áreas del mundo. Esta Conferencia sin embargo, contribuirá sin duda a arrojar luz sobre la incidencia de los crímenes dictados por el odio contra los cristianos también en regiones en las que la opinión pública internacional no esperaría nunca que se verificasen. De hecho, estos crímenes se alimentan en un ambiente en el que la libertad religiosa no es plenamente respetada y la religión es discriminada.

En la región de la OSCE, estamos ampliamente bendecidos por el consenso sobre la importancia de la libertad religiosa. Por esto es importante seguir hablando de la sustancia de la libertad religiosa, de su vínculo fundamental con la idea de verdad, y de la diferencia entre la libertad de religión y el relativismo que simplemente tolera la religión aún considerándola con un cierto grado de hostilidad. Cito de nuevo del mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2011: “Por tanto, la libertad religiosa se ha de entender no sólo como ausencia de coacción, sino antes aún como capacidad de ordenar las propias opciones según la verdad… Una libertad enemiga o indiferente con respecto a Dios termina por negarse a sí misma y no garantiza el pleno respeto del otro. Una voluntad que se cree radicalmente incapaz de buscar la verdad y el bien no tiene razones objetivas y motivos para obrar, sino aquellos queprovienen de sus intereses momentáneos y pasajeros; no tiene una “identidad” que custodiar y construir a través de las opciones verdaderamente libres y conscientes. No puede, pues, reclamar el respeto por parte de otras “voluntades”, que también están desconectadas de su ser más profundo, y que pueden hacer prevalecer otras “razones” o incluso ninguna “razón”. La ilusión de encontrar en el relativismo moral la clave para una pacífica convivencia, es en realidad el origen de la división y negación de la dignidad de los seres humanos”.

Precisamente esta visión que identifica la libertad con el relativismo o con el agnosticismo militante y que hace surgir dudas sobre la posibilidad de conocer jamás la verdad, podría ser un factor base del aumento de la verificación de estos incidentes y crímenes dictados por el odio, que serán el argumento del debate de hoy. Que esta mesa redonda, y espero que se llevarán a cabo eventos similares con regularidad, dé nuevo impulso a la obra de la OSCE y del ODHIR en este campo.

ONU: La Santa Sede afirma el derecho de los padres a enseñar sexualidad

Las políticas de la ONU sobre la juventud deberían respetar el derecho de los padres a educar a sus hijos, incluido el tema de la sexualidad humana y de la “salud reproductiva”, dijo el representante de la Santa Sede.

Monseñor Francis Chullikatt, observador permanente de la Santa Sede en Naciones Unidas, afirmó esto en su discurso en el encuentro de alto nivel de las Naciones Unidas sobre la juventud.

“Cada uno de los jóvenes debería poder ser educado en el entorno en el que es capaz de crecer y aprender, esto es, en una comunidad y sociedad caracterizadas por la paz y la armonía, libres de toda violencia y discordia. Cada uno de los niños, con el fin de poder disfrutar de un desarrollo completo y armonioso de su personalidad, debería crecer en el entorno de una familia, en una atmósfera de felicidad, amor y comprensión”, afirmó el arzobispo.

El representante de la Santa Sede dijo que este tipo de entorno “promoverá el bien y la responsabilidad del ciudadano que es esencial para el bien común de la humanidad”.

La responsabilidad y el respeto a los demás se aprende en una familia, continuó monseñor Chullikatt. “La familia tiene un importante papel que desempeñar en la educación de los niños para desarrollar sus facultades y en la formación y adquisición de los valores éticos y espirituales para que estén arraigados profundamente en la paz, la libertad y la dignidad e igualdad de todos los hombres y mujeres”, afirmó. “La familia, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, es el grupo de unión fundamental de la sociedad y el estado y la sociedad deben garantizar su protección”.

Educación

El prelado, de 58 años de edad, recordó a las Naciones Unidas que “los padres, padre y madre unidos, tienen la responsabilidad primaria de educar y ayudar a crecer a sus hijos para ayudarles a convertirse en buenos ciudadanos y líderes”.

“Los padres no pueden eludir esta responsabilidad”, dijo.

Y los estados, añadió el prelado, “están llamados, de acuerdo a los instrumentos internacionales, a respetar estas responsabilidades, derechos y deberes de los padres a este respecto”.

“Las políticas de juventud, programas, planes de acción y compromisos aprobados por los estados miembros debería respetar totalmente el papel de los padres en el bienestar de sus hijos y su educación”, dijo el representante de la Santa Sede, “incluyendo el tema de la sexualidad humana y la llamada ‘salud sexual y reproductiva’,(que) no debería incluir el aborto”.

Zenit

La Santa Sede sobre el derecho a la educación

 Santa Sede en las Naciones Unidas

Señor presidente,
1. El tema de esta Revisión Ministerial Anual, “Aplicación de los compromisos y objetivos internacionalmente acordados en materia de educación”, es de urgente importancia para la realización global del desarrollo integral humano para el futuro de la familia humana. La educación es, antes que nada, un derecho fundamental de la persona humana y la validez de todas las políticas de desarrollo se miden por su respeto al derecho humano de la educación.

De hecho, la educación juega un papel fundamental en la realización de un crecimiento económico sostenible y equitativo, la erradicación de la pobreza, el desarrollo sostenible y la reducción de la inequidad y la desigualdad. Es indispensable proteger y afirmar la dignidad trascendente de todos los hombres y mujeres.

La comunidad internacional ha hecho grandes progresos en la reducción del número de niños que no tienen acceso a la educación primaria. Sin embargo, en 2008, unos 67’5 millones de niños se quedaron fuera de las escuelas, y de acuerdo al Informe de Monitorización Global, si la actual trayectoria se mantiene, la comunidad internacional no será capaz de alcanzar la meta de la educación primaria universal para 2015. Entre los países menos desarrollados, tres países han informado de que tienen una tasa de escolarización inferior al 50% y sólo 17 países tienen una tasa superior al 80%.

Este año se cumple el 25 aniversario de la Declaración del Derecho al Desarrollo. En esta ocasión, deberíamos recordar que un contexto social más justo, incluyendo un profundo compromiso de esfuerzo para erradicar la pobreza, influiría positivamente en el acceso a la educación, especialmente para los niños que viven en condiciones de bajos ingresos, o en áreas rurales o en situaciones de marginación.

Sin embargo, la calidad de la vida no sólo depende de superar la pobreza económica, sino del nivel cultural, la calidad de las relaciones humanas, y la calidad de las relaciones interpersonales entre las gentes, objetivos que podrían ser alcanzados a través de la educación.

También debemos destacar que unos 28 millones de niños que no van a la escuela viven en países afectados por el conflicto. Además, mucha gente vive en un entorno de violencia política, crimen organizado, tasas excepcionalmente altas de asesinatos o conflictos de menor intensidad. Este tipo de formas de la llamada “violencia menor” pueden causar tanta, sino más, destrucción que algunas guerras formales y conflictos civiles. La gente en tales situaciones, son doblemente propensas, en comparación con las que viven en sociedades desarrolladas, a estar desnutridas, tres veces más a estar privadas de educación, y dos veces más a morir en la infancia. Por esto, un profundo compromiso de la comunidad internacional con la paz, la reconciliación y la solidaridad puede ejercer una influencia positiva para llegar al disfrute del derecho de la educación universal.

Los derechos humanos fundamentales están interrelacionados y exigen el respeto del uno por el otro. En particular, el derecho a la educación no puede ser aislado de la promoción e implementación de una mayor justicia y equidad entre nuestras sociedades. Como afirmó el Comité ECOSOC, el derecho a la educación es “el epítome de la indisolubilidad e interdependencia de todos los demás derechos humanos” [1]. De acuerdo con el Convenio de Naciones Unidas sobre los Derechos Económicos, Sociales y Culturales, la educación primaria debería ser obligatoria y de acceso gratuito para todos (art. 13, 2-4).

2. Los Estados tienen la esencial responsabilidad de asegurar la provisión de los servicios educacionales. Al mismo tiempo, el derecho a educar es una responsabilidad fundamental de los padres, iglesias y comunidades locales.

Por esto, las instituciones públicas, especialmente a nivel local, organizaciones de la sociedad civil y también del sector privado, podrían ofrecer sus contribuciones únicas y respectivas para la consecución del acceso universal a la educación. En este contexto, la sociedad civil debería, también, proveer de servicios alternativos, implementar acciones innovadoras, y también ejercitar una función crítica que pueda movilizar las fuerzas sociales para asistir a los Estados en el desempeño de sus responsabilidades educativas respetando el principio de subsidiariedad.

Por otra parte, el papel fundamental desempeñado por los programas educacionales de la sociedad civil debería ser reconocido y alentado. De hecho, el sistema educacional funciona correctamente cuando incluye la participación, en la planificación y en la implementación de políticas educacionales, de padres, familias y organizaciones religiosas, además de otras organizaciones de la sociedad civil y también del sector privado.

Durante siglos, los grupos religiosos han apoyado la educación básica y, de hecho, fueron las primeras instituciones que proveyeron de educación básica a las poblaciones más pobres. Deberíamos fijarnos, por ejemplo, en la experiencia y contribución directa de la Iglesia Católica en el área de educación. Hay unas 200.000 escuelas católicas de primaria y de secundaria localizadas en todos los continentes del mundo con unos 58 millones de estudiantes y 3’5 millones de profesores. Se caracterizan por un enfoque abierto y global, sin distinciones de raza, sexo o condiciones sociales. La persona humana siempre permanece en el centro de la tarea educativa, ya que la educación es genuina cuando humaniza y personaliza, de manera que, a cambio, la persona pueda humanizar al mundo, configurar la cultura, transformar la sociedad y construir la historia.

En contacto cercano con las familias de estudiantes, cuya libertad para d ecidir la educación de sus hijos es un derecho natural, la escuelas católicas acompañan a los estudiantes hacia la madurez y la capacidad de tomar decisiones libremente, razonables, y basadas en los valores. Mientras custodien su identidad, estas escuelas dan la bienvenida a los estudiantes de todas las etnias y contextos religiosos y clases socio-económicas.

3.En nuestro mundo global, el papel clave de la educación se vuelve aún más esencial para permitir la coexistencia pacífica y el mutuo reconocimiento de todos los sectores de la sociedad. La simple transmisión de la información técnica es insuficiente. El objetivo de la educación ha de incluir en la formación de la persona, la transmisión de valores, como un sentido de la responsabilidad y social, un trabajo ético, un sentido de solidaridad con la toda familia humana.

En este proceso educacional, los Estados deberían respetar las elecciones que los padres hacen para sus hijos y evitar los intentos de adoctrinamiento ideológico. El Convenio sobre los Derechos Económicos, Sociales y Culturales dice que “Los Estados partes se comprometen con el presente Convenio a respetar la libertad de los padres… de escoger las escuelas para sus hijos, que sean distintas a las establecidas por las autoridades públicas… y asegurar la educación religiosa y moral en conformidad con sus propias convicciones”. [2] Y esto incluye el derecho a hacer juicios morales en temas morales. Las organizaciones religiosas están en una posición única para promover resultados equitativos para los niños y familias más vulnerables. Aún más, las instituciones educacionales a menudo llegan a estas comunidades, por ejemplo, en áreas remotas y rurales, que permanecen sin cobertura de las políticas gubernamentales.

 El continuo compromiso de las organizaciones religiosas en la promoción y aplicación del derecho de todas las personas a la educación básica y de buena calidad mejora la consecución de los objetivos de auténtica educación de los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Para mejorara los resultados educacionales, la cooperación cercana entre padres y escuelas debe ser fomentada.

Señor Presidente,

4. Como se propone en el Documento Resultante , mi Delegación cree que el esfuerzo educacional global debería ser contextualizado socialmente dentro de un espíritu de justicia y a través de medidas prácticas que hacen que la educación se adapte al siglo XXI. Para lograr esto, por ejemplo, el estado y la sociedad civil deben asegurar una formación de alta calidad de los profesores para que consideren su papel como una misión especial y que su servicio sea reconocido de acuerdo a esto.

 Para alcanzar la meta deseada de acceso universal, todos los elementos de la sociedad deben participar. La sociedad civil, especialmente las organizaciones religiosas y las asociación de padres, están preparados para realizar su contribución, pero los recursos financieros públicos deben estar disponibles para asegurar la imparcialidad de su fuerte compromiso en el proceso educacional de acuerdo a las elecciones de los padres. Con resp ecto a los niños y jóvenes que ya han sido excluidos del sistema educacional, la sociedad les puede proveer de una “segunda oportunidad”; de nuevo son las organizaciones religiosas las más aptas para ese menester. Este esfuerzo extra dará beneficios futuros a la sociedad en término de prevención de crímenes, comportamientos desordenados y tasas altas de de desempleo. La información y la tecnología de la comunicación, mantenida a bajo coste, puede abrir un nuevo capítulo en la preparación de nuevas posibilidades, la educación móvil, así como la gestión de la misma.

5. Los políticos tienden a considerar la educación como una clave para la supervivencia económica. Habilidades tales como la alfabetización y la aritmética combinados con hábitos de la mente como la creatividad convierte la educación en algo funcional para la economía. Pero el horizonte necesita ampliarse. Como el Papa Benedicto XVI observa: “…la persona crece en la medida en la que experimenta lo que es bueno y aprende a distinguirlo del mal, más allá del cálculo que considera sólo las consecuencias de una acción sencilla o que utiliza como criterio de juicio la posibilidad de hacerlo”.

La responsabilidad educativa de todos los que tienen en el corazón la ciudad del hombre y el bienestar que las generaciones futuras requiere un compromiso continuo de una educación primaria accesible también por su calidad.

La educación secundaria y superior debería ser también disp onible y accesible. La educación, de hecho, no está sólo “dirigida hacia el total desarrollo de la personalidad humana y el sentido de su dignidad”, pero esto es también un medio para la participación del individuo en una sociedad libre y un instrumento que promueve la comprensión mutua y “la amistad entre todas las naciones y todas las razas, etnias o grupos religiosos” [3]. Un objetivo no menos fundamental de la educación es la transmisión y el desarrollo de los valores morales y culturales comunes en cuya referencia el individuo y la sociedad encuentra su identidad y su valor.

Señor Presidente,

Llegar al objetivo de educación internacional de manera que los chicos y las chicas de todo el mundo puedan recibir una educación primaria total es un requisito ineludible. La imposición de condicionamientos económicos que afectan a este objetivo pudo ser la solidaridad mal calculada. La apertura a las asociaciones de la sociedad civil y del sector privado pueden contribuir eficientemente al objetivo común, cuando la equidad en el reparto de recurso se tiene en cuenta. En conclusión, esta es la misma preocupación que mueve a todos los interesados a actuar en nuestro mundo cambiante e interconectado, para hacer que los niños y los jóvenes tengan una mayor esperanza para el futuro.

[1] Comité de Naciones Unidas sobre los Derechos Económicos, Sociales y Culturales, 1999, par. 2.
[2] Convenio Internacional sobre los Derechos Económicos, Sociales y Culturales, adoptado el 16 de diciembre de 1966 y que entró en vigor el 3 de enero de 1976, art. 13, 3.
[3] Ibid., art 3, 1

Intervención de la Santa Sede en el encuentro de alto nivel sobre HIV/Sida

Jane Adolphe, profesora asociada de Derecho de la Ave Maria School of Law y miembro de la Delegación de la Santa Sede en la ONU, en el último día de la reunión de alto nivel sobre HIV/Sida. Adolphe habló en nombre de monseñor Francis Chullikatt, observador permanente de la Santa Sede en la ONU.

 

Señor Presidente,

Al reunirnos aquí hoy en este encuentro de alto nivel de dignatarios de todo el mundo, lo hacemos reconociendo que estamos al lado, como una familia, con quienes viven con el HIV y el Sida, y recordamos en nuestros pensamientos y oraciones a todos aquellos a quienes esta enfermedad se ha llevado de este mundo. Las políticas, los programas y las declaraciones políticas no tienen sentido si no reconocemos la dimensión humana de esta enfermedad en los hombres, mujeres y niños que viven con el HIV/Sida. Por supuesto, toda política, programa o declaración política de esta noble organización tiene poco sentido si no son implementadas por las acciones virtuosas que ayuden a todos esos necesitados.

Tras treinta años de la enfermedad HIV/Sida, la comunidad internacional sigue buscando respuestas y soluciones para detener la propagación del HIV y para proporcionar tratamiento, cuidado y apoyo a las cerca de 33 millones de personas que viven con el HIV/Sida. Desde el principio, organizaciones católicas, congregaciones religiosas y asociaciones laicales han estado en primera línea en proporcionar prevención, cuidado y apoyo a millones en todo el mundo, y al mismo tiempo, en promover la necesidad de una respuesta, basada en los valores, a esta enfermedad. A través de sus aproximadamente 117.000 centros de salud de todo el mundo, la Iglesia católica, por sí sola, proporciona alrededor del 25% de todas las atenciones a quienes viven con el HIV/Sida, especialmente a niños. Estas instituciones afiliadas con la Iglesia están en primera línea en proporcionar una respuesta que vea a las personas no como estadísticas, si nomás bien en su dignidad y valor como hermanos, hermanas y vecinos de la misma familia humana.

Mi delegación sigue estando comprometida en lograr el objetivo de detener y minorar la extensión del HIV promoviendo el único medio universalmente efectivo, seguro y asequible para detener la propagación de este mal: abstinencia antes del matrimonio y fidelidad mutua durante el matrimonio, evitando correr riesgos y conductas irresponsables y promoviendo el acceso universal a los medicamentos que previenen el contagio del HIV de madre a hijo. De hecho, hay un reconocimiento cada vez mayor de que los programas basados en la abstinencia y la fidelidad en lugares de África han tenido éxito en reducir él contagio del HIV, en los que la transmisión había tenido lugar durante mucho tiempo entre la población general. Con todo, a pesar de este reconocimiento, algunos siguen negando estos resultados y en cambio están mayormente guiados por la ideología y el propio interés económico que ha crecido como resultado de  laenfermedad del HIV.

Combatir la expansión del HIV no requiere medicamentos y productos caros, que buscan disminuir las consecuencias de una conducta peligrosa e irresponsable, sino que requiere más bien una respuesta basada en valores que reconozca la necesidad de promover la dignidad inherente de la persona humana, y por tanto, una conducta sexual responsable y el reconocimiento de la responsabilidad de cada uno y de la propia comunidad. Prevenir el contagio del HIV requiere no sólo identificar a esas personas que corren el riesgo de infectarse, sino también identificar las formas y los medios para ayudar a las personas en evitar toda actividad que les ponga en riesgo de contraer la infección. La mejor cura es la prevención que despierta la conciencia de las personas que podrían ser arrastradas a prácticas peligrosas que les amenazan a ellos y a quienes viven con ellos o con quienes se encuentran.

Señor Presidente.

Nuevos estudios han demostrado que el acceso a medicamentos anti-retrovirales proporcionan no sólo un medio para tratar la enfermedad, sino también para reducir los riesgos de contagio. Sin embargo, el acceso a la terapia anti-retroviral sigue estando fuera del alcance de muchos de los más pobres y vulnerables. En países de ingresos bajos o medios, aproximadamente 15 millones de personas viven con el HIV, pero sólo 5,2 millones tienen acceso al tratamiento para salvar su vida que necesitan. Además, a estas mismas poblaciones sigue faltando el acceso a tecnologías de diagnóstico y equipos de test que les permitan medios más efectivos y seguros de atender a quienes padecen HIV/Sida.

Con estimaciones que muestran que los fondos para combatir del HIV/Sida descendieron en 2010 – por primera vez en la historia del combate contra la enfermedad – debemos recordar que las declaraciones políticas y la buena voluntad necesitan ser acompañadas de acciones concretas sobre el terreno y a nivel internacional. El primer paso para llevar a cabo esta acción es asegurar que a los 10 millones de personas que no tienen acceso a medicamentos para salvar la vida se les proporciona el tratamiento, cuidado y apoyo seguro y asequible que necesitan. Los aproximadamente 7.000 millones de dólares que se necesitarían para proporcionar este tratamiento es una suma considerable,pero palidece en comparación con el dinero y los recursos invertidos por los países en buscar la guerra, y otras actividades destructivas, como el negocio global que rodea el comercio de armas de drogas.Además de cerrar el frente de la financiación, l ospaíses y el sector privado deben seguir reevaluando los derechos de propiedad intelectual farmacéutica para asegurar que estas protecciones sirven como medio para una mayor investigación y progreso, en lugar de convertirse en otro obstáculo para acceder a los medicamentos y el equipo médico necesarios.

A la vez que una mayor financiación y acceso a medicamentos necesarios es un requisito para afrontar la falta de acceso al tratamiento, el cuidado y el apoyo, también debe darse mayor importancia a asegurar que estos recursos sean usados de una forma que sea efectiva y responsable. Además, debería asegurarse que el acceso a la financiación no esté restringida a nociones ideológicamente preconcebidas, sino que se base más bien en la capacidad de las organizaciones de proveer cuidado seguro, asequible y efectivo a los necesitados.

El acceso a quienes viven con el HIV/Sida no termina en proporcionar acceso a medicamentos, sino que requiere apoyar a las familias afectadas. Los aproximadamente 16 millones de niños en todo el mundo que han quedado huérfanos por el Sida requieren un cuidado compasivo y un ambiente estructurado para que puedan recibir el apoyo psico-social adecuado y lleguen a ser miembros activos de la comunidad. Igualmente, las familias que están cuidando de miembros que viven con el HIV/Sida deben recibir el apoyo económico, social, médico y espiritual necesario. Esto también requiere adoptar políticas que eliminen las discriminaciones contra quienes viven con el HIV/Sida y los miembros de su familia.

Señor presidente,

El HIV/Sida ha sido y sigue siendo una de las mayores tragedias de nuestro tiempo. No sólo es un problema sanitario de enorme magnitud, sino también una preocupación social, económica y política. Es también una cuestión moral, pues las causas de la enfermedad reflejan claramente una seria crisis de valores. La prevención, primero y sobre todo, debe dirigirse hacia la formación y la educación en una conducta humana responsable o, en otras palabras, una dignidad humana adquirida. Esta es la clave para evitar la infección. El punto de partida debe ser el reconocimiento de que la persona humana puede y debe cambiar las conductas peligrosas e irresponsables, más que sencillamente la aceptación de esta conducta como si fuese inmutable. Más aún, en el campo de la formación y la educación, especialmente en lo que concierne a los niños, sus padres tienen el derecho, responsabilidad y deberprimordiales, y sus contribuciones son muy útiles y eficaces.

La lucha para eliminar la extensión del HIV y el trabajo de proveer un acceso universal al tratamiento, el cuidado y el apoyo, requiere también un desarrollo social y personal más amplio. En áreas con falta de acceso a agua potable limpia, instalaciones sanitarias, nutrición suficiente, vivienda adecuada y cuidado sanitario básico, la capacidad de individuos y organizaciones de proporcionar tratamientos a quienes viven con el HIV/Sida y y prevenir las infecciones seguirá siendo difícil de alcanzar. Igualmente, el desarrollo personal requiere que las personas reciban la educación, el asesoramiento y el apoyo espiritual necesario para tomar decisiones responsables y para lograr su máximo potencial.

La Santa Sede y las diversas organizaciones de la Iglesia católica siguen estando comprometidas de vivir y trabajar en solidaridad con quienes viven con el HIV/Sida y continuará defendiendo con firmeza las exigencias del bien común, y proveyendo apoyo y cuidados a los más necesitados.

Gracias, señor presidente.

Comunicado de la Santa Sede ante la Declaración de la ONU sobre el Sida

 “Comunicado de Interpretación” hecho público el pasado Viernes por la Misión de la Santa Sede en las Naciones Unidas sobre la Declaración Política sobre el HIV y el Sida, que se ha pedido que se incluya en el informe de la plenaria de alto nivel de la Asamblea General.

Señor presidente

Respecto a la adopción de la declaración, la Santa Sede ofrece el siguiente comunicado de interpretación. Pido que el texto de este comunicado, que explica la posición oficial de la Santa Sede, sea incluido en el informe de esta plenaria de alto nivel de la Asamblea General.

Al proporcionar más de una cuarta parte de toda la atención hacia quienes padecen VIH y el SIDA,las instituciones sanitarias católicas conocen bien la importancia del acceso a los tratamientos, atención y apoyo para los millones de personas que viven con el HIV y el Sida y están afectados por él.

La posición de la Santa Sede acerca de las expresiones “salud sexual y reproductiva” y “servicios”, la Recomendación ILO nº200, y la estrategia global de la Secretaría General sobre la salud de las mujeres y de las niñas debe ser interpretadaen términos de su reserva en el Informe de la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo (ICPD) de 1994. La posición de la Santa Sede sobre el término “género” y sus varios usos debe interpretarse en términos de sus reservas en el Informe de la 4ª Conferencia Mundial sobre la Mujer.

La Santa Sede entiende que, al referirse a los “jóvenes”, la definición no disfruta del consenso internacional, los estados deben respetar siempre las responsabilidades, derechos, y deberes de los padres de proveer de una dirección y guía adecuadas a sus hijos, que incluyen la responsabilidad primaria de criar, desarrollar y educar a sus hijos (cf. Convención sobre los Derechos de los Niños, art. 5, 18 y 27,2). Los estados deben admitir que la familia, basada en la relación de igualdad entre un hombre y una mujer, y elemento fundamental y natural de la sociedad, es indispensable en la lucha contra el VIH y SIDA, la familia es donde los niños aprenden los valores morales que les ayudarán a vivir de manera responsable y donde se provee gran parte del cuidado y del apoyo (cf. Declaración Universal de Derechos Humanos, art. 16,3).

La Santa Sede rechaza referencias a términos como “poblaciones de alto riesgo” debido a que trata a las personas como objetos y puede dar la falsa impresión de que ciertos tipos de comportamientos irresponsables son, de alguna manera, moralmente aceptables. La Santa Sede no apoya el uso de preservativos u otro tipo de productos como parte integrante de los programas de prevención o clases/programas de educación en el sexo/sexualidad. Los programas de prevención o clases/programas de educación en sexualidad humana no debería centrarse en tratar de convencer al mundo de que un comportamiento de riesgo o peligros forma parte de un estilo de vida aceptable, sino que debe centrarse en evitar el riesgo, lo que es ética y empíricamente sólido. El único método seguro y fiable de prevenir la transmisión sexual del VIH es la abstinencia antes del matrimonio y el respeto y mutua fidelidad dentro del matrimon io, quees y debe ser siempre la base de toda discusión sobre la prevención y el apoyo.

La Santa Sede no acepta la llamada “reducción del daño” en los esfuerzos relacionados con el uso de las drogas. Este tipo de esfuerzos no respetan la dignidad de aquellos que sufren de adicción a las drogas ya que no tratan o curan a la persona enferma, sino sugerir falsamente que no pueden liberarse del ciclo de adicción. Estas personas deben recibir el apoyo espiritual, psicológico y familiar necesario para liberarse de la conducta adictiva y restaurar su dignidad y alentar su inclusión social.

La Santa Sede rechaza la caracterización de las personas que se dedican a la prostitución como “trabajadoras del sexo”, ya que dan la falsa impresión de que la prostitución puede ser una forma legítima de trabajo. La prostitución no se puede separar de la cuestión de la dignidad de las personas; los gobiernos y las sociedades no pueden aceptar tal deshumanización y cosificación de las personas.

Lo que se necesita es un enfoque basado en los valores para hacer frente a la enfermedad del VIH y SIDA, un enfoque que proporciona los cuidados necesarios y el apoyo moral a aquellos infectados y que promueve una vida conforme a las normas del orden moral natural, un enfoque que respete totalmente la dignidad inherente de la persona humana.

Gracias, señor Presidente.

Benedicto XVI a María Jesús Figa López-Palop, embajadora de España ante la Santa Sede

Al recibir las cartas credenciales que acreditan a Vuestra Excelencia como Embajadora Extraordinaria y Plenipotenciaria de España ante la Santa Sede, le agradezco cordialmente las palabras que ha tenido a bien dirigirme, así como el deferente saludo que me trasmite de Sus Majestades los Reyes, del Gobierno y el pueblo español . Correspondo gustosamente expresando mis mejores deseos de paz, prosperidad y bien espiritual para todos ellos, a quienes tengo muy presentes en el recuerdo y en la oración. Reciba la más cordial bienvenida al iniciar su importante quehacer en esta Misión diplomática, que cuenta con siglos de brillante historia y tantos ilustres predecesores suyos.
He visitado recientemente Santiago de Compostela y Barcelona, y recuerdo con gratitud tantas atenciones y manifestaciones de cercanía y afecto al Sucesor de Pedro por parte de los españoles y sus Autoridades. Son dos lugares emblemáticos, en los que se pone de relieve tanto el atractivo espiritual del Apóstol Santiago, como la presencia de signos admirables que invitan a mirar hacia lo alto aun en medio de un ambiente plural y complejo.
Durante mi visita he percibido muchas muestras de la vivacidad de la fe católica de esas tierras, que han visto nacer tant os santos, y que están sembradas de catedrales, centros de asistencia y de cultura, inspirados por la fecunda raigambre y fidelidad de sus habitantes a sus creencias religiosas. Esto comporta también la responsabilidad de unas Relaciones diplomáticas entre España y la Santa Sede que procuren fomentar siempre, con mutuo respeto y colaboración, dentro de la legítima autonomía en sus respectivos campos, todo aquello que suscite el bien de las personas y el desarrollo auténtico de sus derechos y libertades, que incluyen la expresión de su fe y de su conciencia, tanto en la esfera pública como en la privada.
Por su significativa trayectoria en la actividad diplomática, Vuestra Excelencia conoce bien que la Iglesia, en el ejercicio de su propia misión, busca el bien integral de cada pueblo y sus ciudadanos, actuando en el ámbito de sus competencias y respetando plenamente la autonom&iacut e;a de las autoridades civiles, a las que aprecia y por las que pide a Dios que ejerzan con generosidad, honradez, acierto y justicia su servicio a la sociedad. Este marco en el que confluyen la misión de la Iglesia y la función del Estado, además, ha quedado plasmado en acuerdos bilaterales entre España y la Santa Sede sobre los principales aspectos de interés común, que proporcionan ese soporte jurídico y esa estabilidad necesaria para que las respectivas actuaciones e iniciativas beneficien a todos.
El comienzo de su alta responsabilidad, Señora Embajadora, tiene lugar en una situación de gran dificultad económica de ámbito mundial que atenaza también a España, con resultados verdaderamente preocupantes, sobre todo en el campo de la desocupación, que provoca desánimo y frustración especialmente en los jóvenes y las familias menos favorecidas. Tengo muy pre sentes a todos los ciudadanos, y pido al Todopoderoso que ilumine a cuantos tienen responsabilidades públicas para buscar denodadamente el camino de una recuperación provechosa a toda la sociedad. En este sentido, quisiera destacar con satisfacción la benemérita actuación que las instituciones católicas están llevando a cabo para acudir con presteza en ayuda de los más menesterosos, a la vez que hago votos para una creciente disponibilidad a la cooperación de todos en este empeño solidario.
Con esto, la Iglesia muestra una característica esencial de su ser, tal vez la más visible y apreciada por muchos, creyentes o no. Pero ella pretende ir más allá de la mera ayuda externa y material, y apuntar al corazón de la caridad cristiana, para la cual el prójimo es ante todo una persona, un hijo de Dios, siempre necesitado de fraternidad, respeto y acogida en cualquier situación en que se encuentre.
En este sentido, la Iglesia ofrece algo que le es connatural y que beneficia a las personas y las naciones: ofrece a Cristo, esperanza que alienta y fortalece, como un antídoto a la decepción de otras propuestas fugaces y a un corazón carente de valores, que termina endureciéndose hasta el punto de no saber percibir ya el genuino sentido de la vida y el porqué de las cosas. Esta esperanza da vida a la confianza y a la colaboración, cambiando así el presente sombrío en fuerza de ánimo para afrontar con ilusión el futuro, tanto de la persona como de la familia y de la sociedad.
No obstante, como he recordado en el Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz 2011, en vez de vivir y organizar la sociedad de tal manera que favorezca la apertura a la trascendencia (cf. n. 9), no faltan formas, a menudo sofisticadas, de hostilidad co ntra la fe, que «se expresan a veces renegando de la historia y de los símbolos religiosos, en los que se reflejan la identidad y la cultura de la mayoría de los ciudadanos» (n. 13). El que en ciertos ambientes se tienda a considerar la religión como un factor socialmente insignificante, e incluso molesto, no justifica el tratar de marginarla, a veces mediante la denigración, la burla, la discriminación e incluso la indiferencia ante episodios de clara profanación, pues así se viola el derecho fundamental a la libertad religiosa inherente a la dignidad de la persona humana, y que «es un arma auténtica de la paz, porque puede cambiar y mejorar el mundo» (cf. n. 15).
En su preocupación por cada ser humano de manera concreta y en todas sus dimensiones, la Iglesia vela por sus derechos fundamentales, en diálogo franco con todos los que contribuyen a que sean efectivos y sin reducciones. V ela por el derecho a la vida humana desde su comienzo a su término natural, porque la vida es sagrada y nadie puede disponer de ella arbitrariamente. Vela por la protección y ayuda a la familia, y aboga por medidas económicas, sociales y jurídicas para que el hombre y la mujer que contraen matrimonio y forman una familia tengan el apoyo necesario para cumplir su vocación de ser santuario del amor y de la vida. Aboga también por una educación que integre los valores morales y religiosos según las convicciones de los padres, como es su derecho, y como conviene al desarrollo integral de los jóvenes. Y, por el mismo motivo, que incluya también la enseñanza de la religión católica en todos los centros para quienes la elijan, como está preceptuado en el propio ordenamiento jurídico.
Antes de concluir, deseo hacer una referencia a mi nueva visita a España para participar en Madrid, el próximo mes de agosto, en la celebración de la XXVI Jornada Mundial de la Juventud. Me uno con gozo a los esfuerzos y oraciones de sus organizadores, que están preparando esmeradamente tan importante acontecimiento, con el anhelo de que dé abundantes frutos espirituales para la juventud y para España. Me consta también la disponibilidad, cooperación y ayuda generosa que tanto el Gobierno de la Nación como las autoridades autonómicas y locales están dispensando para el mejor éxito de una iniciativa que atraerá la atención de todo el mundo y mostrará una vez más la grandeza de corazón y de espíritu de los españoles.
Señora Embajadora, hago mis mejores votos por el desempeño de la alta misión que le ha sido encomendada, para que las relaciones entre España y la Santa Sede se consoliden y progresen, a la vez que le aseguro el gran aprecio que tiene el Papa por las siempre queridas gentes de España. Le ruego así mismo que se haga intérprete de mis sentimientos ante los Reyes de España y las demás Autoridades de la Nación, a la vez que invoco abundantes bendiciones del Altísimo sobre Vuestra Excelencia, su familia que hoy la acompaña, así como sobre sus colaboradores y el noble pueblo español.