Injusticia, hambre, guerra. Algo hacemos mal.

Ante esta situación actual de egoísmo del hombre por satisfacer “sus necesidades” sean cuales sean tanto materiales, como personales. Las consecuencias son que, existen guerras, hambre, odio, rencor, ambición, avaricia, etc. Todo ellas esta derivadas de esta, nuestra actitud.

Aquí esta la solución, para el que quiera leer, sea católico o no. Es una realidad.

 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 12, 5-16a

Hermanos:

Nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio de los otros miembros.

Los dones que poseemos son diferentes, según la gracia que se nos ha dado, y se han de ejercer así: si es la profecía, teniendo en cuenta a los creyentes; si es el servicio, dedicándose a servir; el que enseña, aplicándose a enseñar; el que exhorta, a exhortar; el que se encarga de la distribución, hágalo con generosidad; el que preside, con empeño; el que reparte la limosna, con agrado.

Que vuestra caridad no sea una farsa; aborreced lo malo y apegaos a lo bueno.

Como buenos hermanos, sed cariñosos unos con otros, estimando a los demás más que a uno mismo.

En la actividad, no seáis descuidados; en el espíritu, manteneos ardientes.

Servid constantemente al Señor, Que la esperanza os tenga alegres: estad firmes en la tribulación, sed asiduos en la oración.

Contribuid en las necesidades de los santos; practicad la hospitalidad. Bendecid a los que os persiguen; bendecid, sí, no maldigáis. Con los que ríen, estad alegres; con los que lloran, llorad. Tened igualdad de trato unos con otros: no tengáis grandes pretensiones, sino poneos al nivel de la gente humilde.

 

Y el evangelio apostilla. ¿Donde estamos cuando se nos requiere?.

Perder la Vida por los demás. 

 

Conversión de San Pablo y el Octavario de la Unidad

Materiales para la Semana de Oración por la unidad de los cristianos para el año 2011

S.S. Benedicto XVI:

Benedicto XVI alentó a los dos mil millones de cristianos en el mundo a elevar oraciones y a comprometerse para superar las divisiones que aún hoy les separan en confesiones diferentes.
Poco antes de que comience la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que tiene lugar del18 al 25 de enero, el pontífice subrayó la importancia decisiva del ecumenismo para una humanidad que está llamada a ser “una sola familia humana”, “naturalmente con todas las diferencias que la enriquecen, pero sin barreras, reconociéndonos todos como hermanos”.
Por este motivo, siguió diciendo, “es fundamen tal que los cristianos, si bien están esparcidos por todo el mundo y, por tanto, tienen diferentes culturas y tradiciones, sean una sola cosa, como quiere el Señor”.
En este año, la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos se inspira en un pasaje de los Hechos de los Apóstoles: “Unidos en la enseñanza de los apóstoles, la comunión fraterna, la fracción del pan y la oración” (Hechos 2,42).
En esta ocasión, cristianos de Tierra Santa han redactado la base de los textos para este octavario que distribuyen para la oración en todos los continentes el Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y la Comisión Fe y Constitución del Consejo Mundial de Iglesias (Cf. Materiales para de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2011).
Hablando en español, el Santo Padre afirmó: “Al comenzar esta Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, invito a todos a pedir con constancia a Dios, para que siga santificando a todos sus hijos en la verdad de Cristo, crezcamos en el conocimiento de su Palabra y sirvamos a la edificación de su Reino con humildad y amor”.
Antes había recordado que este octavario por la unidad de los cristianos será precedido, este lunes, por la Jornada de diálogo judeocristiano, una iniciativa particularmente importante en Italia.
“La concomitancia de las fechas es muy significativa, pues recuerda la importancia de las raíces comunes que unen a judíos y cristianos”, aseguró.
La Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos surgió en 1910, en la Conferencia Misionera Mundial en Edimburgo, y es considerada como el punto de partida oficial del movimiento ecuménico. Benedicto XVI rindió homenaje al centenario de esta iniciativa durante su histórico Viaje al Reino Unido en septiembre pasado.

Conversión de San Pablo y el Octavario de la Unidad

La Iglesia va a celebrar, a partir del martes, día 18, de la semana que viene, y durante ocho días, el Octavario por la Unidad de los Cristianos. El eje de esta celebración es, precisamente, la conmemoración litúrgica de la Conversión de San Pablo, el 25 de enero. El octavario, como deciamos, se inicia el 18. La desunión de los cristianos es una cuestión muy dura, muy difícil de entender y que solo puede entenderse por causa del pecado.

Entre la fiesta de la Cátedra de san Pedro y la de la Conversión de san Pablo celebramos –del 18 al 25 de enero– la Semana de oración por la unidad de los cristianos, laudablemente propuesta en 1908 por el Rvdo. Paul Watson. Siempre hubo herejías en la Iglesia, pero los cismas fueron minoritarios.
El más resonante, el origen de la ortodoxia, es el Cisma de Oriente. Cuando el año 330 el Emperador Constantino convirtió a la antigua Bizancio en la nueva capital del Imperio Romano de Oriente, concediéndole su propio nombre, quiso Focio, Patriarca de Constantinopla, capital del Imperio Bizantino, prevalecer sobre el Papa de Roma origen del cisma del siglo IX.

¿QUIÉN ES FOCIO?
Ignacio, Patriarca de Constantinopla, que el 4 de julio del año 847 había sido elegido abad por los monjes de un monasterio de la ciudad, era un hombre muy piadoso, pero de pocas luces y obstinado en sus decisiones. En la fiesta de Epifanía del año 857 negó públicamente la comunión a un tío del Emperador Miguel III, que vivía licenciosamente con su nuera, por lo que fue depuesto y desterrado el 23 de noviembre del año 858. Y en su lugar fue nombrado nuevo Patriarca un laico llamado Focio, hombre culto y erudito, a quien en cinco días se le confirieron todas las órdenes sagradas. Quiso Focio recibir la confirmación del Papa Nicolás I. Este, que era una persona muy enérgica y muy consciente de su primacía, y quería hacer valer su autoridad en Oriente y Occidente, envió a Constantinopla a sus legados con instrucciones y facultades muy precisas, que en vez de deponer a Focio y restituir a Ignacio, como el Papa había ordenado, confirmaron en un Sínodo a Focio como Patriarca de Constantinopla. Cuando el Papa supo la deslealtad de sus legados, les excomulgó a ellos y al patriarca, lo que originó su ruptura con el Papa y la deposición del mismo Papa. La capacidad de intriga de Focio, cuya deposición, destierro, y reducción al estado laical, fue confirmada en el IV Concilio de Constantinopla, VIII ecuménico, logró granjearse de nuevo la confianza del emperador Basilio I y ser restituido como patriarca tras la muerte de Ignacio, con el beneplácito del Papa Juan VIII. Pero conocidas por el emperador León VI sus intrigas y trapisondas fue depuesto otra vez y confinado en un monasterio donde murió diez años más tarde.

MIGUEL CERULARIO
Los ortodoxos, afirman que la tercera persona de La Trinidad procede del Padre mientras los de Roma profesan como dogma que el Espíritu Santo también procede del Hijo. Por eso los de Oriente acusan a la iglesia romana de haber añadido nuevas formulas dogmáticas que ellos no pueden aceptar. De ahí la presunción de que ellos creen y enseñan lo correcto, que es lo que significa el calificativo ortodoxo. La Inmaculada Concepción, lo es a partir de la encarnación y no antes. Rechazan el celibato sacerdotal, como una vocación que no contradice la existencia de sacerdotes que elijan la vida conyugal.
En el siglo XI, siguió pretendiendo la primacía Miguel Cerulario. La pugna por el poder fue ganada por Roma con la victoria de los latinos de la cuarta cruzada, desviada por los venecianos a Constantinopla en 1204, y luego con la toma de Constantinopla por los turcos en 1453, que redujeron a los ortodoxos, pero siguieron su camino hasta hoy, con una influencia enorme en Serbia, Bulgaria, Armenia y Rusia. De noble familia bizantina, Miguel Cerulario era un ambicioso político desde muy joven. Se hizo monje, y llegó a ser patriarca en 1043, nombrado por el emperador Constantino IX. Con él se acrecentaron las diferencias que ya separaban a Bizancio y Roma. En 1052 cerró todas las iglesias y monasterios latinos de su territorio que rechazasen el rito y la lengua griega. Es el plan de todos los nacionalismos políticos, también el actual. Suprimió la comunión con pan ácimo de los latinos, el aleluya en Cuaresma, e impuso dejarse la barba que les diferenciaba de los sacerdotes romanos. Roma respondió poniendo de relieve los errores de los griegos, como el matrimonio de sus sacerdotes, y la negación de la supremacía universal del Pontífice romano.

RUPTURA DEFINITIVA
La ruptura entre ambas Iglesias se hará definitiva, con la unión a la Iglesia de Oriente de los pueblos evangelizados por ella, serbios, búlgaros, rusos y rumanos. El ataque de los cruzados francos a Constantinopla ahondará las distancias. El Patriarca Cerulario como antes Focio, quiere emular las prerrogativas adquiridas por la autoridad civil de su ciudad, aunque Constantinopla no era sede de origen apostólico. El primer Concilio celebrado en Constantinopla en 381, segundo ecuménico, se le reconocía la máxima autoridad en la Iglesia universal, después del Papa y Obispo de Roma, al patriarca de Constantinopla, pero siempre, desde los inicios, había sido reconocida por toda la Iglesia la primacía de la Iglesia Romana sobre la Iglesia Universal, lo que confirmar San Clemente Romano, San Ignacio de Antioquia, San Ireneo y la actitud del Papa San Víctor. Las disensiones surgieron por el afán de Constantinopla y sus Patriarcas de heredar en el orden religioso, como había ocurrido en el político, el lugar preeminente de Roma antes del hundimiento del imperio romano occidental.

EL PAPA LEÓN IX
Era un hombre recto, patrocinador de la reforma eclesiástica iniciada en el monasterio de Cluny, y defensor de la primacía papal. El patriarca de Constantinopla Miguel Cerulario, con muy deficiente formación teológica, tenía antipatía a todo lo occidental y, sobre todo, a la iglesia romana y al Papa, al que acusó de hereje. León IX envió una delegación a Constantinopla, encabezada por el monje Humberto, Cardenal Obispo de Silvia Cándida, quien sentía aversión a lo bizantino. Llegó a Constantinopla dispuesto a proclamar la autoridad pontificia, pero no a dialogar. Redactó una bula conminatoria y, sin entrevistarse con el Patriarca, la depositó sobre el altar de la iglesia patriarcal de Santa Sofía y se volvió a Roma tan feliz, tras haber lanzado excomuniones y entredichos a todos los jerarcas bizantinos. El Patriarca le devolvió la moneda excomulgando, a su vez, al Papa y a sus legados y rompiendo toda relación con Roma. Su posterior deposición y destierro no originaron la conclusión del cisma que todavía hoy rompe la unidad de la Iglesia. Después vendrían los cruzados, hombres, con frecuencia, incultos, rudos y rapaces, que se dedicaron al pillaje y el expolio de las buenas y sencillas gentes del pueblo; andaba por medio también la cuestión dogmática del Filioque o procedencia del Espíritu Santo.

LA REFORMA
Desde el siglo IX, pues, con el cisma de Oriente, cuando la Iglesia de divide en cristianos ortodoxos y cristianos católicos, hasta el siglo XVI, en que los cristianos se separan por obra de Martín Lutero como protestantes, los mismos que creen en Cristo, han roto la túnica inconsútil de Jesús. Y se inicia la Reforma. Lutero, el día 31 de octubre de 1517, fija en la puerta de la catedral de Witenberg 95 tesis sobre las indulgencias. Pero antes habían sido propagadas ideas, que despertaron sentimientos religiosos, como los de la “devotio moderna”, y provocaron un clima de escisión de la Iglesia católica.
Antes de Lutero, pues, ya se respiraba ambiente de reforma. Las críticas de Wyclif, de Huss y de Erasmo, sobre la práctica de la religión en el seno de la Iglesia, la discusión sobre la doctrina y la religión misma, propiciaban los reformadores su labor de elaborar una doctrina nueva. Las causas eran el clericalismo, los privilegios y el monopolio cultural de los clérigos, que les confería superioridad sobre los laicos. Al romperse el monopolio y la superioridad con la aparición de los humanistas ajenos al clero, se creó una atmósfera antiescolástica y anticlerical que favoreció el desarrollo de las ideas reformistas. En cuyo origen estaban los abusos morales de algunos Pontífices y del clero, la negligencia en el cumplimiento de los deberes apostólicos, el afán de placer y la mundanización la vida ociosa de los clérigos, el sentido patrimonialista que gran parte del clero tenía de la iglesia, por el que muchos se sentían propietarios de una prebenda, la concentración de cargos, obispados, curatos, capellanías en una sola mano. Esto produjo descontento contra la Iglesia mucho tiempo antes de que estallase la Reforma, y constituyó un arma eficaz, empleada por los reformadores del siglo XVI, para conquistar al pueblo contra Roma. En el origen de la Reforma había también factores religiosos, como la falta de claridad dogmática que afectaba no sólo al pueblo sino a los mismos eclesiásticos y la extremada sensibilidad religiosa del creyente que hacía angustiosa la seguridad de la salvación eterna, más valorada incluso que la existencia terrena.

AL CONTRARIO DE NUESTRA SOCIEDAD
Los hombres de aquella época no se pueden comprender en nuestro tiempo, pues para ellos toda la vida del hombre, desde su nacimiento a su muerte, desde la mañana a la noche, estaba dominada por referencias sagradas: aquellos hombres querían asegurarse la salvación mediante un sistema de protecciones, de abogados celestiales, de mediadores de todo tipo y para todas las circunstancias, lo que criticaban los humanistas por supersticioso. La salvación eterna era un asunto tan primordial que el cristiano vivía preparándose cada día para morir. La vida tenía un valor subordinado a la forma de morir. Tenía sentido si se conseguía una buena muerte. En aquel ambiente la comunicación entre vivos y difuntos era continua. Los que vivían lo hacían pendientes de obtener recursos salvadores. Los difuntos que no habían ido el cielo directamente se beneficiaban de las misas y sufragios que les ayudarían a abreviar el purgatorio. Se facilitaba ganar indulgencias a cambio de un donativo. Eso generó la avidez de algunos, y de otros, empeñados en acumular días, meses o años de indulgencia para asegurarse el cielo. Era una religión para morir. La Curia romana, insaciable en obtener dinero para la hacienda pontificia, se atrajo con este sistema la antipatía y el odio hacia el Papado. Desprestigio del Pontífice de Roma fraguado con el tiempo. En la Edad Media los cristianos se escandalizaban de la existencia simultánea de dos Papas (uno en Roma, otro en Aviñón). Todo este conjunto se convirtió en arma de combate y en instrumento de propaganda de los reformadores, que veían el Anticristo encarnado en el Papa de Roma. Lutero y los alemanes se sintieron dominados por la obsesión del último día, y de la necesidad de instauración de una Iglesia nueva. Y acudieron a la suprema fuente de revelación, la Sagrada Escritura, pasando de intérpretes falibles y poco autorizados. La imprenta, los humanistas, los predicadores y los catequistas del pueblo analfabeto multiplicaron la necesidad de recurrir a la Biblia, inspiradora de todos los reformadores.

EL OCTAVARIO
Estudiados estos orígenes comprendemos la necesidad del Octavario, de la oración por la unión, porque es tan profundo el abismo, y tantos los intereses creados, que sólo la acción del Espíritu puede solucionarlo. Al orar estos días pedimos que se cumpla la oración de Jesús: “Padre Santo, guarda en tu nombre a aquellos que me has dado, para que sean uno como nosotros” (Jn 17,11). Son días en que oramos también por los que nunca han oído la voz del pastor, pues también dice Jesús: “Tengo otras ovejas que no son de este redil, a ésas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño con un solo pastor” (Jn 10, 16).
Debemos pedir la Unión de los Cristianos, la de nuestros hermanos separados; debemos buscar lo que nos une, sin ceder en cuestiones de fe y moral. Junto a la unidad en lo esencial, la Iglesia promueve la legítima variedad en todo lo que Dios ha dejado a la libre iniciativa de los hombres. Pedir y fomentar la unidad supone también respetar la multiplicidad, con lo que se demuestra la riqueza de la Iglesia. En el Concilio de Jerusalén los Apóstoles decidieron no imponer “más cargas que las necesarias” (He 25, 28).
En este octavario debemos esforzarnos por identificarnos con los mismos sentimientos de Jesús. Unir oración y mortificación pidiendo por la unidad de la Iglesia y de los cristianos, que fue uno de los grandes deseos de Juan Pablo II (Encíclica Ut unum sint), como lo es de Benedicto XVI.
Pedimos al Señor que acelere los tiempos de la ansiada unión de todos los cristianos. ¿La unión de los cristianos?, se preguntaba nuestro Juan Pablo II. Y respondía: Sí. Más aún: la unión de todos los que creen en Dios. Pero sólo existe una Iglesia verdadera. No hay que reconstruirla con trozos dispersos por todo el mundo.

LA IGLESIA ES SANTA Y PECADORA
La Iglesia es Santa, porque es obra de la Santísima Trinidad. Es pueblo santo, pero a la vez es pecadora, porque los hombres son pecadores y la Iglesia la constituyen hombres con sus defectos, pecados y miserias: esa realidad parece una contradicción, pero ese es el misterio de la Iglesia. La Iglesia que es divina, es también humana, todos somos polvo y ceniza (Ecclo 17,31). Por nosotros mismos somos capaces de sembrar la discordia y la desunión. Dios nos sostiene para que sepamos ser instrumentos de unidad, personas que saben disculpar y reaccionar sobrenaturalmente.
Demuestra poca madurez el que, ante la presencia de defectos en los que pertenecen a la Iglesia, se escandaliza y se tambalea su fe en la Iglesia y en Cristo. Ignoran que la Iglesia no está gobernada por Pedro, Pablo o Juan, sino por el Espíritu Santo. Jesús tuvo doce Apóstoles y uno le falló… Nuestro Señor funda su Iglesia sobre la debilidad –pero también sobre la fidelidad- de unos hombres, los Apóstoles, a los que promete la asistencia constante del Espíritu Santo.

SIEMPRE ESTARÉ CON VOSOTROS
La predicación del Evangelio no se extendió en Palestina por la iniciativa personal de unos cuantos. ¿Qué podían hacer los Apóstoles? No eran ni ricos, ni cultos, ni sabios. Jesús echa sobre los hombros de este puñado de discípulos una tarea inmensa, divina. “No me elegisteis vosotros a mí, sino que soy yo el que os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto sea duradero, a fin de que cualquier cosa que pidieres al Padre en mi nombre, os la conceda” (Jn 15,16).

La Iglesia está extendida por los cinco continentes; pero la catolicidad de la Iglesia no depende de la extensión geográfica, aunque esto sea un signo visible. La Iglesia era Católica ya en Pentecostés; nace Católica del Corazón de Cristo. Ahora, como entonces, extender la Iglesia a nuevos ambientes y a nuevas personas requiere fidelidad a la fe y obediencia rendida al Magisterio de la Iglesia. Desde hace dos mil años, Jesucristo quiso construir su Iglesia sobre una piedra: Pedro, y el Sucesor de San Pedro en la cátedra de Roma es el Vicario de Cristo en la tierra. Hemos de dar gracias a Dios porque ha querido poner al frente de la Iglesia un Vicario que la gobierne en su nombre. En estos días hemos de incrementar nuestra plegaria por el Romano Pontífice y esmerarnos en el cumplimiento de cuanto disponga. San Pablo, a quien el Señor mismo llamó al apostolado, acude a San Pedro para confrontar su doctrina: “subí a Jerusalén para ver a Cefas, escribe a los Gálatas, y permanecí a su lado quince días”. (I,18).

El Octavario concluye conmemorando la conversión de San Pablo. El martirio de San Esteban fue la semilla que logró la conversión del Apóstol. Dice San Agustín: “Si Esteban no hubiera orado a Dios la Iglesia no tendría a Pablo” (Serm, 315,7). “Sine sanguinis effusione non fit remisio”, dirá el mismo San Pablo, “la redención sólo se logra con la efusión de la sangre”, o con el martirio de la sangre o con el martirio del corazón, que eso es el morir cada día. Por eso decía Juan Pablo II en el octavario del 2005: “Sin oración y sin conversión no hay ecumenismo”. El principal obstáculo para la conversión, dice Scott Hahn, lo ofrecen los mismos católicos… El principal apostolado que hemos de realizar en el mundo es contribuir a que en la Iglesia se respire el clima de la auténtica caridad. Debemos acudir a la Virgen María para ser más humildes y, por tanto, más fieles.
Biografía de Pablo de Tarso

Nació en la ciudad de Tarso, en el Asia Menor, hoy Turquía, unos diez años después del nacimiento de Jesucristo. Su primer nombre era Saulo. Era de familia de judíos, de la tribu de Benjamín y de la secta de los fariseos. Fue educado en toda la rigidez de las doctrinas de los fariseos, y aprendió muy bien el idioma griego que era el que en ese entonces hablaban las gentes cultas de Europa. Esto le será después sumamente útil en su predicación. De joven fue a Jerusalén a especializarse en Biblia como discípulo del sabio judío más famoso de su tiempo en esa época, Gamaliel. Durante la vida pública de Jesús no estuvo Saulo en Palestina, por eso no lo conoció personalmente.
Después de la muerte de Jesús, volvió nuestro hombre a Jerusalén y se encontró con que los seguidores de Jesús se habían extendido mucho y emprendió con muchos otros judíos una feroz persecución contra los cristianos. Al primero que mataron fue al diácono San Esteban y mientras los demás lo apedreaban, Saulo les cuidaba sus vestidos, demostrando así que estaba de acuerdo con este asesinato. Pero Esteban murió rezando por sus perseguidores y obtuvo pronto la conversión de este terrible enemigo.

EL CAMINO DE DAMASCO
Saulo salió para Damasco con órdenes de los jefes de los sacerdotes judíos para apresar y llevar a Jerusalén a los seguidores de Jesús. Pero por el camino una luz deslumbrante lo derribó del caballo y oyó una voz que le decía:
–Saulo, Saulo ¿por qué me persigues?

Él preguntó:
–¿Quién eres tú?-

Y la voz le respondió:
–Yo soy Jesús el que tú persigues.

Pablo añadió:
–¿Señor, qué quieres que yo haga?
Jesús le ordenó que fuera a Damasco y que allí le indicaría lo que tenía que hacer. Desde ese momento quedó ciego y así estuvo por tres días. Y en Damasco un discípulo de Jesús lo instruyó y lo bautizó, y entonces volvió a recobrar la vista. Desde ese momento dejó de ser fariseo y empezó a ser apóstol cristiano. Después se fue a Arabia y allá estuvo tres años meditando, rezando e instruyéndose en la doctrina del cristianismo.

Vuelto a Damasco empezó a enseñar en las Sinagogas que Jesucristo es el Redentor del mundo. Entonces los judíos dispusieron asesinarlo y tuvieron los discípulos que descolgarlo por la noche en un canasto por las murallas de la ciudad. Muchas veces tendrá que salir huyendo de diversos sitios, pero nadie logrará que deje de hablar a favor de Cristo Jesús y de su doctrina. Llegó a Jerusalén y allá se puso también a predicar acerca de Cristo, pero los judíos decidieron matarlo. Entonces los cristianos lo sacaron a escondidas de la ciudad y lo llevaron a Cesarea. De allí pasó a Tarso, su ciudad natal, y allá estuvo varios años.
Y un día llegó a Tarso en su busca su gran amigo, San Bernabé, y se lo llevó a la populoso ciudad de Antioquia a que le ayudara a predicar. Y en esa ciudad estuvo predicando durante un año, hasta que en una reunión del culto por inspiración divina, fueron consagrados sacerdotes Saulo y Bernabé, para ser enviados a misionar.

LOS VIAJES
San Pablo hizo cuatro grandes viajes que se han hecho famosos. El primero ya lo narramos en la historia de San Bernabé su compañero (en el 11 de junio). En ese viaje cambió su nombre de Saulo por el de Pablo, en honor de su primer gran convertido, el gobernador de Chipre, que se llamaba Sergio Pablo. El segundo viaje lo hizo de los años 49 al 52. En este recorrido ya es menos impulsivo que en el viaje anterior y encuentra menos reacciones violentas, pero estas no faltan y bastante graves. Visita las comunidades o iglesias que fundó en el primer viaje y se propone seguir misionando por el Asia Menor pero un mensaje del cielo se lo impide y le manda que pase a Europa a misionar. Se encuentra con dos valiosos colaboradores: el evangelista San Lucas (a quien llama “médico amadísimo”) y Timoteo, que será su más fiel secretario y servidor, y a quien escribirá después dos cartas que se han hecho famosas.

La primera ciudad europea que visitó fue Filipos (en sueños oyó que un habitante de Filipos le suplicaba: “Ven a ayudarnos”). Allí le sacó el demonio a una muchacha que hacía adivinaciones y al acabárseles el negocio de los que cobraban por cada adivinación, estos arremetieron contra Pablo y su compañero Silas y les hicieron dar una feroz paliza. Pero en la cárcel a donde los llevaron, lograron convertir y bautizar al carcelero y a toda su familia. Pablo guardó siempre un gran cariño hacia los habitantes de Filipos y a ellos dirigió después una de sus más afectuosas cartas, la Epístola a los Filipenses.
Después pasó a la ciudad de Atenas, que era la más famosa en cuanto cultura y filosofía. Allá predicó un sermón en el Areópago, y aunque muchos se rieron porque hablaba de que Cristo había resucitado, sin embargo logró convertir a Dionisio el areopagita, a Dámaris y a varias personas más.
Enseguida pasó a Corinto, que era un puerto de gran movimiento de gentes. Allí estuvo predicando durante un año y seis meses y logró convertir gran cantidad de gentes. Más tarde dirigirá a sus habitantes sus dos célebres cartas a los Corintios. De allí salió a hacer su cuarta visita a Jerusalén.

Su tercer viaje lo hizo del año 53 al 56. En este viaje lo más notorio fue que en la ciudad de Éfeso en la cual estuvo por bastantes meses, Pablo logró que muchas personas empezaran a darse cuenta de que la diosa Diana que ellos adoraban era un simple ídolo, y dejaron de rendirle culto. Entonces los fabricantes de estatuillas de Diana al ver que se arruinaba el negocio, promovieron un gran tumulto en contra del Apóstol. De Éfeso partió Pablo hacia Jerusalén a llevar a los cristianos pobres de esa ciudad el producto de una colecta que había promovido entre las ciudades que había evangelizado. Por todas partes se iba despidiendo, anunciando a sus discípulos que el Espíritu Santo le comunicaba que en Jerusalén le iban a suceder hechos graves, y que por eso probablemente no lo volverían a ver. Esto causaba profunda emoción y lágrimas en sus seguidores que tanto lo estimaban.
En su quinto viaje a Jerusalén, los judíos promovieron contra él un espantoso tumulto y estuvieron a punto de lincharlo. A duras penas lograron los soldados del ejército romano sacarlo con vida de entre la multitud enfurecida. Entonces cuarenta judíos juraron que no comerían ni beberían mientras no lograran matar a Pablo. Al saber la hermana de él esta grave noticia, mandó un sobrino a que se la contara. Entonces Pablo avisó al comandante del ejército, y de noche, en medio de un batallón de caballería y otro de infantería, lo sacaron de Jerusalén y lo llevaron a Cesarea. Allá estuvo preso por dos años, pero permitían que sus discípulos fueran a visitarlo.

APELÓ AL CÉSAR
Al darse cuenta Pablo de que los judíos pedían que lo llevaran a Jerusalén para juzgarlo (para poder matarlo por el camino), pidió ser juzgado en Roma, y el gobernante aceptó su petición. Y en un barco comercial fue enviado, custodiado por 40 soldados. Y sucedió que en la travesía estalló una espantosa tormenta y el barco se hundió. Pero Jesucristo le anunció a Pablo que por el amor que le tenía a su muy estimado Apóstol no permitiría que ninguno de los viajeros del barco se ahogase. Y así sucedió. Lograron llegar a la Isla de Creta y allí salvaron sus vidas del naufragio.

Al fin llegaron a Roma, donde esperaban a Pablo con gran entusiasmo los cristianos. En esa ciudad capital estuvo por dos años preso (casa por cárcel) con un centinela en la puerta. Y los cristianos y los judíos iban frecuentemente a charlar con él, y aprovechaba toda ocasión que se le presentara para hablar de Cristo y conseguirle más y más seguidores.
Cuando estalló la persecución de Nerón, éste mandó matar al gran Apóstol, cortándole la cabeza. Dicen que sucedió el martirio en el sitio llamado Las Tres fontanas (y una antigua tradición contaba que al caer la cabeza por el suelo dio tres golpes y que en cada sitio donde la cabeza golpeó el suelo, brotó una fuente de agua).

LAS CARTAS DE PABLO
San Pablo se ha hecho famoso por sus 13 cartas en las cuales enseña verdades valiosísimas acerca de nuestra Santa Religión. Allí se ve que era un “enamorado de Cristo y de su Santa Religión”. En su segunda Carta a los corintios, San Pablo narra así lo que le sucedió en su apostolado: “Cinco veces recibí de los judíos 39 azotes cada vez. Tres veces fue apaleado con varas. Tres veces padecí naufragios. Un día y una noche los pasé entre la vida y la muerte en medio de las olas del mar. Muchas veces me vi en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los judíos, peligros de los paganos, peligros en la ciudad, peligros en el campo, peligros en el mar, peligros por parte de falsos hermanos; noches sin dormir; días y días sin comer; sed espantable y fríos horrorosos; falta de vestidos para abrigarse, y además de eso, mi preocupación por todas las Iglesias o reuniones de creyentes. Quien se desanima, que no me haga desanimar. ¿Quién sufre malos ejemplos que a mí no me haga sufrir con eso”?.

El CEU se suma a la Universidad de Navarra: no enseñarán a practicar abortos

Según publica ABC, la Universidad CEU San Pablo se rebela contra la reforma de la ley del aborto que hoy se aprueba en el Congreso, en su capítulo de formar sobre el aborto en las carreras relacionadas con el ámbito sanitario. Otras seis universidades españolas estudian la posibilidad de sumarse a la iniciativa de la Universidad de Navarra que el martes firmó una declaración en contraposición con esta enmienda radical.

La obligación que recogerá la reforma de incluir en las carreras de Medicina y Enfermería la enseñanza de la teoría y la práctica de los abortos ha llevado a la entidad navarra a negarse a incorporar dichas técnicas en los currículos por considerarlas lesivas para la dignidad humana y la cultura de la vida.

El CEU prepara otro documento para dejar clara la postura de esta universidad, que podría resumirse en palabras de la decana de su facultad de Medicina, Inma Castillo de Cortázar: “por supuesto que bajo ningún concepto vamos a enseñar a abortar a nadie, entre otras razones porque los propios alumnos ya nos han transmitido que no tienen ningún interés en aprender a trocear seres humanos. Con el aborto hay que buscar soluciones, no agravar el problema”.

La nota del CEU está suscrita por la junta de decanos, delegados de Enfermería y Medicina, catedráticos y los directores de las clínicas que pertenecen a la Universidad. Castillo de Cortázar asegura que el texto recoge el principio de que “el aborto es un atentado a la verdadera medicina y a su vocación de ayudar al más débil, al desnutrido, al indefenso, al desahuciado. Incluir el aborto en los estudios médicos sería prostituir la Medicina”. Igualmente defiende que “por definición la conciencia no puede ser regulada y que el aborto no resuelve nada. Muy al contrario, provoca como mínimo dos problemas: se mata a un niño y deja secuelas gravísimas, psíquicas y físicas, en la mujer“. Pero son más las universidades que se plantean adherirse: la Universidad Francisco Vitoria, la Alfonso X, la Pontificia de Comillas y la Pontificia de Salamanca, la Católica de Murcia, la Católica de Valencia

El Papa enseña el auténtico anticonformismo cristiano

Benedicto XVI en la clausura del Año Paulino

El anticonformismo de una fe verdaderamente adulta, que sabe unirse a la fe de la Iglesia -aunque contradiga el “esquema del mundo contemporáneo”-, que se compromete con la inviolabilidad de la vida humana, que reconoce el matrimonio entre un hombre y una mujer como el proyecto de Dios, que no se deja zarandear por los vientos de la moda: es la enseñanza del Apóstol Pablo, propuesta por Benedicto XVI en la clausura del Año Paulino, cuando presidió al final del domingo –en la Basílica de San Pablo Extramuros- las vísperas de la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo.

 La participación de la delegación ortodoxa del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla –cuya presencia es habitual en Roma por la Solemnidad-, ha remarcado el carácter ecuménico de este Año.  

 Con profunda emoción, en su homilía, el Santo Padre anunció, ante el sarcófago de Pablo –conservado bajo el altar papal-, que se ha realizado un exhaustivo estudio de su interior. Desveló que los restos hallados pertenecen a una persona que vivió entre el siglo I y II. Ulterior confirmación de que se trata de los restos mortales del Apóstol Pablo. 

 A continuación, desarrolló su homilía cuya síntesis proponemos en diversas claves. Ofrecemos igualmente el texto íntegro del Santo Padre:  

 – Núcleo esencial de la existencia cristiana […]: con Cristo se inició un nuevo modo de venerar a Dios, un nuevo culto. Consiste en el hecho de que el hombre viviente se transforma él mismo en adoración, “sacrificio” hasta en el propio cuerpo. Ya no se ofrecen cosas a Dios. Es nuestra propia existencia que debe convertirse en alabanza de Dios. ¿Pero cómo sucede esto? […] [Pablo] Nos da la respuesta: “No os conforméis a este mundo, sino dejaos transformar renovando vuestro modo de pensar, para poder discernir la voluntad de Dios…”. 

 – Las dos palabras decisivas son: “transformar” y “renovar”. Debemos convertirnos en hombres nuevos, transformados en un nuevo modo de existencia. […] Sólo si hay hombres nuevos, habrá también un mundo nuevo, un mundo renovado y mejor.  

 – El Apóstol nos exhorta a un “no conformismo” […]: no someterse al esquema de la época actual.  

 – Cómo convertirse en nuevos: Pablo alude a la propia conversión: a su encuentro con Cristo Resucitado […]: “Si uno está en Cristo, es una nueva criatura; las cosas viejas pasaron; he aquí que han nacido de nuevo”. […] Este proceso de renovación y de transformación continúa durante toda la vida. Nos convertimos en nuevos, si nos dejamos aferrar y plasmar por el Hombre nuevo Jesucristo. Él es el Hombre nuevo por excelencia.

 – Nos convertimos en nuevos si transformamos nuestro modo de pensar. […] Nuestra razón debe convertirse en nueva. […] La renovación debe ser completa. […] El pensamiento del hombre viejo, el modo de pensar común está dirigido en general hacia la posesión, el bienestar, la influencia, el éxito, y la fama. Pero de esta manera tiene un alcance muy limitado. Así, en último análisis, queda el propio “yo” en el centro del mundo. Debemos aprender a pensar de manera profunda. […] Es necesario aprender a comprender la voluntad de Dios, de modo que plasme nuestra voluntad, para que nosotros queramos lo que Dios quiere, porque reconocemos que aquello que Dios quiere es lo bello y lo bueno.  

 – Con Cristo tenemos que alcanzar la edad adulta, una humanidad madura. […] Pablo desea que los cristianos tengamos una fe “responsable”, una fe “adulta”. La palabra “fe adulta” en los últimos decenios se ha transformado en un eslogan difundido. A menudo se ve en el sentido de actitud de quien no escucha a la Iglesia y a sus pastores, sino que elige de forma autónoma lo que quiere creer y no creer –es decir, una fe “hecha por uno mismo”. Esto se interpreta como “valentía” de expresarse en contra de Magisterio de la Iglesia. En realidad para esto no es necesaria la valentía […]. En cambio la valentía es necesaria para unirse a la fe de la Iglesia, incluso si esta contradice el “esquema” del mundo contemporáneo. Es este “no-conformismo” de la fe que Pablo llama una “fe adulta”.  

 – Forma parte de la fe adulta, por ejemplo, comprometerse con la inviolabilidad de la vida humana desde el primer momento de su concepción […], reconocer el matrimonio entre un hombre y una mujer para toda la vida como ordenado por el Creador, reestablecido nuevamente por Cristo. La fe adulta no se deja transportar de un lado a otro por cualquier corriente. Se opone a los vientos de la moda. Sabe que estos vientos no son el soplo del Espíritu Santo. 

 -Pablo […] nos lleva hacia el gran “sí”. Describe la fe madura, realmente adulta de forma positiva con la expresión: “actuar según la verdad en la caridad”. […] Verdad y caridad son inseparables. En Dios, ambas son una sola cosa: es precisamente ésta la esencia de Dios. Por este motivo, para los cristianos verdad y caridad van unidas. La caridad es la prueba de la verdad. Siempre de nuevo tenemos que ser medidos según este criterio, que la verdad se transforme en caridad y nos haga ser verdaderos.

  – Quien junto a Cristo sirve a la verdad en la caridad, contribuye al verdadero progreso del mundo. […] Donde aumenta la presencia de Cristo, allí está le verdadero progreso del mundo. Allí el hombre se hace nuevo y así se transforma en nuevo mundo.

El hombre interior tiene que reforzarse –es un imperativo muy apropiado para nuestro tiempo en el que los hombres a menudo permanecen interiormente vacíos y por lo tanto tienen que aferrarse a promesas y narcóticos […]. Tiene que reforzarse la interioridad –la perspectiva del corazón; la capacidad de ver y comprender el mundo y el hombre desde dentro, con el corazón.  

 – Tenemos necesidad de una razón iluminada desde el corazón, para aprender a actuar según la verdad en la caridad. Pero esto no se realiza sin una íntima relación con Dios, sin la vida de oración […], los Sacramentos, […] la Palabra que Él nos ha donado.  

 – Sólo en la comunión con todos los santos, es decir en la gran comunidad de todos los creyentes –y no en contra o en ausencia de ella- podemos conocer la enormidad del misterio de Cristo. […] Él no pertenece sólo a un determinado grupo. El Cristo crucificado abraza el entero universo en todas sus dimensiones.  – El amor de Cristo ha abrazado en la Cruz la profundidad más baja –la noche de la muerte y la altura suprema- la elevación de Dios mismo. Y ha tomado entre sus brazos la amplitud y la enormidad de la humanidad y del mundo en todas sus distancias. Siempre Él abraza el universo, a todos nosotros. Oremos al Señor, para que nos ayude a reconocer algo de la enormidad de su amor. Oremos para que su amor y su verdad toquen nuestro corazón.  

 

Homilía de Benedicto XVI en las Primeras Vísperas de la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo con ocasión de la Clausura del Año Paulino:

Señores Cardenales, Venerados Hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio, Ilustres miembros de la Delegación del Patriarcado ecuménico, Queridos hermanos y hermanas,

Dirijo a cada uno mi saludo cordial. En particular, saludo al cardenal arcipreste de esta Basílica y a sus colaboradores, saludo al Abad de la comunidad monástica benedictina; saludo también a la delegación del Patriarcado ecuménico de Constantinopla. El año conmemorativo del nacimiento de san Pablo se concluye esta tarde. Estamos recogidos ante la tumba del Apóstol, cuyo sarcófago, conservado bajo el altar papal, fue recientemente objeto de un atento análisis científico: en el sarcófago, que no había sido abierto nunca en tantos siglos, le fue practicada una pequeñísima perforación para introducir una sonda especial, mediante la cual fueron relevados restos de un precioso tejido de lino de color púrpura, bañado en oro, y de un tejido de color azul con filamentos de lino. Fue también relevada la presencia de granos de incienso rojo y de sustancias proteicas calcáreas. Además, pequeñísimos fragmentos óseos, sometidos al examen del carbono 14 por parte de expertos que, sin saber la procedencia, han resultado pertenecer a una persona que vivió entre el primer y el segundo siglo. Esto parece confirmar la unánime e incontrovertida tradición de que se tratan de los restos mortales del apóstol Pablo. Todo esto llena nuestro ánimo de profunda emoción. Durante estos meses muchas personas han seguido los caminos del Apóstol –los exteriores y más aún los interiores que él recorrió durante su vida: el camino de Damasco hacia el encuentro con el Resucitado; los caminos en el mundo mediterráneo que él atravesó con la llama del Evangelio, encontrando contradicciones y adhesiones, hasta el martirio, por el cual pertenece para siempre a la Iglesia de Roma. A ella dirigió también su Carta más grande e importante. El Año Paulino se concluye, pero estar en camino junto a Pablo, -con él y gracias a él venir a conocer a Jesús y, como él, ser iluminados y transformados por el Evangelio– formará siempre parte de la existencia cristiana. Y siempre, yendo más allá del ámbito de los creyentes, él permanece el “maestro de las gentes”, que quiere llevar el mensaje del Resucitado a todos los hombres, porque Cristo los ha conocido y amado a todos; y murió y resucitó por todos ellos. Queremos, por tanto, escucharlo también en esta hora en la que iniciamos solemnemente la fiesta de los dos Apóstoles unidos entre sí por un estrecho lazo.

Forma parte de la estructura de las Cartas de Pablo que –siempre en referencia al lugar y a la situación particular– expliquen ante todo el misterio de Cristo, que nos enseñen la fe. En una segunda parte, sigue la aplicación a nuestra vida: ¿qué cosa consigue a esta fe? ¿Cómo se plasma nuestra existencia día a día? En la Carta a los Romanos, esta segunda parte comienza con el décimo segundo capítulo, en los primeros dos versículos del cual el apóstol resume rápidamente el núcleo esencial de la existencia cristiana. ¿Qué nos dice san Pablo en aquel pasaje? Ante todo afirma, como cosa fundamental, que con Cristo se inició un nuevo modo de venerar a Dios, un nuevo culto. Consiste en el hecho de que el hombre viviente se transforma él mismo en adoración, “sacrificio” hasta en el propio cuerpo. Ya no se ofrecen cosas a Dios. Es nuestra propia existencia que debe convertirse en alabanza de Dios. ¿Pero cómo sucede esto? En el segundo versículo se nos da la respuesta: “No se conformen a este mundo, sino déjense transformar renovando su modo de pensar, para poder discernir la voluntad de Dios…” (12,2). Las dos palabras decisivas de este versículo son: “transformar” y “renovar”. Debemos convertirnos en hombres nuevos, transformados en un nuevo modo de existencia. El mundo siempre está a la búsqueda de la novedad, porque con razón está siempre descontento de la realidad concreta. Pablo nos dice: el mundo no puede ser renovado sin hombres nuevos. Sólo si hay hombres nuevos, habrá también un mundo nuevo, un mundo renovado y mejor. En el inicio está la renovación del hombre. Esto vale después para cada uno. Sólo si nosotros mismos nos convertimos en nuevos, el mundo se convertirá en nuevo. Esto significa también que no basta adaptarse a la situación actual. El Apóstol nos exhorta a un “no conformismo”. En nuestra Carta se dice: no someterse al esquema de la época actual. Debemos regresar sobre este punto reflexionando sobre el segundo texto que esta tarde quiero meditar. El “no” del Apóstol es claro y también convincente para quien observa el “esquema” de nuestro mundo. Pero llegar a ser nuevos, ¿cómo se puede conseguir? ¿Somos de verdad capaces? Sobre cómo convertirse en nuevos, Pablo alude a la propia conversión: a su encuentro con Cristo resucitado, encuentro del que la Segunda Carta a los Corintios dice: “Si uno está en Cristo, es una nueva criatura; las cosas viejas pasaron; he aquí que han nacido de nuevo” (5,17). Era tan convulsionante para él este encuentro con Cristo que dice al respecto: “Estoy muerto” (Gal 2,19; cf. Rom 6). Él se convirtió en nuevo, en otro, porque no vive más para sí en virtud de sí mismo, sino por Cristo que está en él. En el curso de los años, no obstante, vio que este proceso de renovación y de transformación continúa durante toda la vida. Nos convertimos en nuevos, si nos dejamos aferrar y plasmar por el Hombre nuevo Jesucristo. Él es el Hombre nuevo por excelencia. En Él la nueva existencia humana se convierte en realidad, y nosotros podemos verdaderamente convertirnos en nuevos si nos consignamos en sus manos y de Él nos dejamos plasmar.

Pablo hace aún más claro este proceso de “refundición” diciendo que nos convertimos en nuevos si transformamos nuestro modo de pensar. Esto que aquí ha sido traducido como “modo de pensar”, es el término griego “nous”. Es una palabra compleja. Puede ser traducida como “espíritu”, “sentimiento”, “razón” y, también, como “modo de pensar”. Nuestra razón debe convertirse en nueva. Esto nos sorprende. Tal vez habríamos esperado que tuviera que ver con alguna actitud: aquello que en nuestra acción debemos cambiar. Pero no: la renovación debe ser completa. Nuestro modo de ver el mundo, de comprender la realidad, todo nuestro pensar, debe cambiar a partir de su fundamento. El pensamiento del hombre viejo, el modo de pensar común está dirigido en general hacia la posesión, el bienestar, la influencia, el éxito, y la fama. Pero de esta manera tiene un alcance muy limitado. Así, en último análisis, queda el propio “yo” en el centro del mundo. Debemos aprender a pensar de manera profunda. Qué significa eso. Lo dice san Pablo en la segunda parte de la frase: es necesario aprender a comprender la voluntad de Dios, de modo que plasme nuestra voluntad, para que nosotros queramos lo que Dios quiere, porque reconocemos que aquello que Dios quiere es lo bello y lo bueno. Se trata, por tanto, de un viraje de fondo de nuestra orientación espiritual. Dios debe entrar en el horizonte de nuestro pensamiento: aquello que Dios quiere y el modo según el cual Él ha ideado al mundo y a mí. Debemos aprender a tomar parte en el pensar y en el querer de Jesucristo. Entonces seremos hombres nuevos en los que emerge un mundo nuevo.

El mismo pensamiento de una necesaria renovación de nuestro ser como persona humana, Pablo lo ha ilustrado ulteriormente en dos párrafos de la Carta a los Efesios, sobre los cuales queremos reflexionar ahora brevemente. En el cuarto capítulo de la Carta, el apóstol nos dice que con Cristo tenemos que alcanzar la edad adulta, una humanidad madura. No podemos seguir siendo “niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina” (4,14). Pablo desea que los cristianos tengamos una fe “responsable”, una fe “adulta”. La palabra “fe adulta” en los últimos decenios se ha transformado en un eslogan difundido. A menudo se ve en el sentido de actitud de quien no escucha a la Iglesia y a sus pastores, sino que elige de forma autónoma lo que quiere creer y no creer –es decir, una fe “hecha por uno mismo”. Esto se interpreta como “valentía” de expresarse en contra de Magisterio de la Iglesia. En realidad para esto no es necesaria la valentía, porque se puede siempre estar seguro del aplauso público. En cambio la valentía es necesaria para unirse a la fe de la Iglesia, incluso si esta contradice el “esquema” del mundo contemporáneo. Es este “no-conformismo” de la fe que Pablo llama una “fe adulta”. Califica en cambio como infantil, el correr detrás de los vientos y de las corrientes del tiempo. De este modo forma parte de la fe adulta, por ejemplo, comprometerse con la inviolabilidad de la vida humana desde el primer momento de su concepción, oponiéndose con ello de forma radical al principio de la violencia, precisamente en defensa de las criaturas humanas más vulnerables. Forma parte de la fe adulta reconocer el matrimonio entre un hombre y una mujer para toda la vida como ordenado por el Creador, reestablecido nuevamente por Cristo. La fe adulta no se deja transportar de un lado a otro por cualquier corriente. Se opone a los vientos de la moda. Sabe que estos vientos no son el soplo del Espíritu Santo; sabe que el Espíritu de Dios se expresa y se manifiesta en la comunión con Jesucristo. Pero Pablo no se detiene en la negación, sino que nos lleva hacia el gran “sí”. Describe la fe madura, realmente adulta de forma positiva con la expresión: “actuar según la verdad en la caridad” (cfr Ef 4, 15). El nuevo modo de pensar, que nos da la fe, se desarrolla primero hacia la verdad. El poder del mal es la mentira. El poder de la fe, el poder de Dios, es la verdad. La verdad sobre el mundo y sobre nosotros mismos se nos vuelve visible cuando miramos a Dios. Y Dios se hace visible a nosotros en el rostro de Jesucristo. Mirando a Cristo reconocemos una cosa más: verdad y caridad son inseparables. En Dios, ambas son una sola cosa: es precisamente ésta la esencia de Dios. Por este motivo, para los cristianos verdad y caridad van unidas. La caridad es la prueba de la verdad. Siempre de nuevo tenemos que ser medidos según este criterio, que la verdad se transforme en caridad y nos haga ser verdaderos.

Otro pensamiento importante aparece en el versículo de san Pablo. El apóstol nos dice que, actuando según la verdad en la caridad, contribuimos a hacer que el todo –el universo- crezca hacia Cristo. Pablo, en base a su fe, no se interesa sólo por nuestra personal rectitud o por el crecimiento de la Iglesia. Él se interesa por el universo: “ta pánta”. La finalidad última de la obra de Cristo es el universo –la transformación del universo, de todo el mundo humano, de la entera creación. Quien junto con Cristo sirve a la verdad en la caridad, contribuye al verdadero progreso del mundo. Sí, es completamente claro que Pablo conoce la idea del progreso. Cristo, su vivir, sufrir y resucitar, ha sido el verdadero gran salto del progreso para la humanidad, para el mundo. Ahora, en cambio, el universo tiene que crecer hacia Él. Donde aumenta la presencia de Cristo, allí está le verdadero progreso del mundo. Allí el hombre se hace nuevo y así se transforma en nuevo mundo.

Esto mismo Pablo hace que sea evidente desde otro punto de vista. En el tercer capítulo de la Carta a los Efesios, él habla de la necesidad de ser “fortalecidos en el hombre interior” (3,16). Con esto retoma un argumento que anteriormente, en una situación de tribulación, había tratado en la Segunda Carta a los Corintios: “Aún cuando nuestro hombre exterior se va desmoronando, el hombre interior se va renovando de día en día” (4,16). El hombre interior tiene que reforzarse –es un imperativo muy apropiado para nuestro tiempo en el que los hombres a menudo permanecen interiormente vacíos y por lo tanto tienen que aferrarse a promesas y narcóticos, que después tienen como consecuencia un ulterior crecimiento del sentido de vacío en su interior. El vacío interior –la debilidad del hombre interior- es uno de los más grandes problemas de nuestro tiempo. Tiene que reforzarse la interioridad –la perspectiva del corazón; la capacidad de ver y comprender el mundo y el hombre desde dentro, con el corazón. Tenemos necesidad de una razón iluminada desde el corazón, para aprender a actuar según la verdad en la caridad. Pero esto no se realiza sin una íntima relación con Dios, sin la vida de oración. Tenemos necesidad del encuentro con Dios, que nos viene dado en los Sacramentos. Y no podemos hablar a Dios en la oración, sino lo dejamos que hable antes Él mismo, si no lo escuchamos en la palabra que Él nos ha donado. Sobre esto, Pablo nos dice: “que Cristo habite por la fe en sus corazones, para que arraigados y cimentados en el amor, puedan comprender con todos los Santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo que excede a todo conocimiento” (Ef 3,17). El amor ve más allá de la simple razón, esto es lo que Pablo nos dice con sus palabras. Y nos dice además que sólo en la comunión con todos los santos, es decir en la gran comunidad de todos los creyentes –y no en contra o en ausencia de ella- podemos conocer la enormidad del misterio de Cristo. Esta enormidad, él la circunscribe con palabras que quieren expresar la dimensión del cosmos: anchura, longitud, altura y profundidad. El misterio de Cristo es una enormidad cósmica: Él no pertenece sólo a un determinado grupo. El Cristo crucificado abraza el entero universo en todas sus dimensiones. Él toma el mundo en sus manos y lo lleva en alto hacia Dios. Empezando por san Ireneo de Lyon –es decir, desde el siglo II- a los Padres que han visto en esta palabra de anchura, longitud, altura y profundidad del amor de Cristo, una alusión a la Cruz. El amor de Cristo ha abrazado en la Cruz la profundidad más baja –la noche de la muerte y la altura suprema- la elevación de Dios mismo. Y ha tomado entre sus brazos la amplitud y la enormidad de la humanidad y del mundo en todas sus distancias. Siempre Él abraza el universo, a todos nosotros.

Oremos al Señor, para que nos ayude a reconocer algo de la enormidad de su amor. Oremos para que su amor y su verdad toquen nuestro corazón. Pidamos que Cristo viva en nuestros corazones y nos haga ser hombres nuevos, que actúan según la verdad en la caridad. Amen. 

 

BENEDICTO XVI ASEGURA QUE “LOS HECHOS Y LAS PALABRAS DE JESÚS SE REFLEJAN FIELMENTE EN LOS ESCRITOS PAULINOS”

El Papa comenta los textos del Apóstol de las Gentes

El Papa Benedicto XVI dedicó hoy de nuevo la tradicional catequesis de la audiencia general a la figura del Apóstol san Pablo, a los cerca de 25.000 peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro.

En esta ocasión, el Papa se centró en mostrar cómo los hechos y las palabras de Jesús se reflejan fielmente en los escritos paulinos, a pesar de que históricamente nunca llegara a conocerle en persona.

“El mismo san Pablo distingue dos maneras de conocer a Jesús”, explicó, “según la carne, es decir, externamente, o con el corazón, es decir, el núcleo de la persona”. Pablo conocía a Jesús de esta forma, aunque también sabía los detalles de su vida.

“Solo con el corazón se conoce verdaderamente a una persona”, reiteró el Papa. “Hay personas doctas que conocen a Jesús en muchos de sus detalles y personas sencillas que no conocen estos detalles, pero que lo conocen en su verdad”.

Seguidamente, el Papa explicó que, por los escritos paulinos, se deduce que Pablo conocía perfectamente muchos detalles personales y muchas palabras y hechos de Jesús, por tres tipos de referencia: explícita, por alusiones a pasajes evangélicos, y por la transposición de muchas enseñanzas de Jesús.

En una serie de pasajes, entre ellos por ejemplo sobre la indisolubilidad del matrimonio o sobre la Última Cena, Pablo muestra que conocía exactamente palabras pronunciadas por Jesús.

En otros, como la figura del ladrón en la noche, Pablo hacía referencia claramente a un pasaje evangélico que no tiene correspondencia en el Antiguo Testamento.

Pablo, explica el Papa, “conoce la pasión de Jesús, su cruz, el modo en que vivió los últimos momentos de su vida. La cruz de Jesús y la tradición sobre este hecho de la cruz está en el centro del kerygma paulino”.

“Otro pilar de la vida de Jesús conocido por san Pablo era el Discurso de la Montaña, del que cita algunos elementos casi literalmente, cuando escribe a los Romanos: ‘Amaos unos a otros… Bendecid a los que os persiguen… vivid en paz con todos… Venced al mal con el bien…’ ”.

El Papa puso varios ejemplos de correspondencia de la doctrina paulina con la vida de Jesús, entre ellos la utilización de la palabra “Abbà” (“papá”) utilizada por Jesús para referirse a Dios en el Monte de los Olivos, y que por su extrema familiaridad era impensable en boca de un hebreo.

   
 
San Pablo

“En las Cartas de san Pablo a los Romanos y a los Gálatas sorprendentemente esta palabra ‘Abbà’, que expresa la exclusividad de la filiación de Jesús, aparece en la boca de los bautizados, porque han recibido el Espíritu del Hijo”, continúa el Papa.

El Papa prosiguió con varios ejemplos, que muestran la fidelidad de Pablo al Jesús de los Evangelios. Sin embargo, añadió, “san Pablo no pensaba en Jesús como algo histórico, como una persona del pasado. Conoce ciertamente la gran tradición sobre la vida, las palabras, la muerte y la resurrección de Jesús, pero no los trata como algo del pasado; lo propone como realidad del Jesús vivo”. “Esta es la verdadera forma de conocer a Jesús y de acoger la tradición sobre él”, añadió.

Finalmente, el Papa exhortó a los fieles a “aprender a conocer a Jesús, no según la carne, como una persona del pasado, sino como nuestro Señor y Hermano, que hoy está con nosotros y nos muestra cómo vivir y como morir”.

LA IGLESIA, ASAMBLEA CONVOCADA POR DIOS EN EL MUNDO

El Papa habló sobre las enseñanzas de san Pablo acerca de la Iglesia

En la audiencia general de este miércoles, celebrada en la Plaza de San Pedro, el Papa continuó con las catequesis sobre San Pablo y hoy habló acerca de la enseñanza del Apóstol sobre la Iglesia.

El Santo Padre recordó que “la palabra Iglesia, “Ekklesía” en griego, viene del Antiguo Testamento y significa la asamblea del pueblo de Israel convocada por Dios”. La palabra Iglesia aparece por primera vez en la Carta de San Pablo a los Tesalonicenses y en otras ocasiones habla de la Iglesia de Dios que está en Corinto, en Galacia, etc, “pero también dice que ha perseguido a “la Iglesia de Dios”, no una determinada comunidad local sino “la Iglesia de Dios”.

“La Iglesia posee un significado pluridimensional: por una parte indica las asambleas de Dios en determinados lugares, en una ciudad, un país, una casa, pero también significa toda la Iglesia en su conjunto. De este modo vemos que “la Iglesia de Dios” no es una asociación de iglesias locales, sino que estas son a su vez realizaciones de la única Iglesia de Dios”.

Benedicto XVI puso de relieve que “la palabra “Iglesia” aparece casi siempre con el añadido “de Dios”: no es una asociación humana nacida de ideas o intereses comunes, sino una convocación realizada por Dios. El la ha convocado y por tanto es una en todas sus realizaciones. La unidad de Dios crea la unidad de la Iglesia en todos los lugares donde se encuentra“.

En la Carta a los Efesios, continuó, San Pablo “elabora el concepto de unidad de la Iglesia en continuidad con el concepto de Pueblo de Dios, Israel. (…) Pablo presenta a la única Iglesia de Dios como “esposa de Cristo” en el amor, un solo cuerpo y un solo espíritu con el mismo Cristo”.

“Pablo tenía clara una cosa: el valor fundamental y fundacional de Cristo y de la “palabra” que lo anunciaba. Sabía que no solo no se llega a ser cristianos a la fuerza, sino que en la configuración interna de la nueva comunidad la componente institucional estaba inevitablemente ligada a la “palabra” viva”, al anuncio de Cristo vivo”.

El Santo Padre subrayó que “la obra evangelizadora de Pablo tenía como fin implantar una comunidad de creyentes en Cristo. Esta idea se encuentra en la etimología misma de la palabra “ekklesía”, (…) que implica directamente una llamada “ab extra”, y no solo la idea de reunirse juntos; los creyentes están llamados por Dios, que les reúne en una comunidad, su Iglesia”.

Refiriéndose al concepto paulino de Iglesia como “cuerpo de Cristo”, el Papa afirmó que había que “tener presentes las dos dimensiones de este concepto: una de carácter sociológico, según la cual el cuerpo es constituido por sus miembros y sin ellos no podría existir. (…) San Pablo también dice que la Iglesia no es solo un organismo, sino que es cuerpo de Cristo realmente en el sacramento de la Eucaristía, donde todos, recibiendo su Cuerpo, llegamos a ser realmente un mismo cuerpo (…) y un mismo espíritu en Cristo”.

   
 
San Pedro y San Pablo

“Pablo sabe y nos hace entender a todos que la Iglesia no es suya ni nuestra; es “cuerpo de Cristo”, “Iglesia de Dios”, “campo de Dios”, “edificación de Dios”. Esta última designación (…) atribuye a un tejido de relaciones interpersonales un término que servía comúnmente para indicar un lugar físico considerado sacro. La relación entre Iglesia y templo asume dos dimensiones complementarias: por una parte se atribuyen a la comunidad eclesial las características de pureza y separación propias del edificio sagrado, y al mismo tiempo se supera el concepto de un espacio material de presencia divina, que se aplica a la realidad de una comunidad viva de fe”.

El Papa comentó a continuación el concepto de “pueblo de Dios” “que en San Pablo se aplica sustancialmente al pueblo del Antiguo Testamento, y después los paganos (…) se convierten también en Pueblo de Dios gracias a su incorporación en Cristo mediante la palabra y el sacramento”.

En la Carta a Timoteo, dijo el Santo Padre, “la Iglesia es considerada como “casa de Dios”, que se refiere a la Iglesia como estructura comunitaria de afectuosas relaciones interpersonales de carácter familiar“.

“El Apóstol nos ayuda a comprender cada vez en mayor profundidad -terminó- el misterio de la Iglesia en sus distintas dimensiones de asamblea de Dios en el mundo. Esta es la grandeza de la Iglesia y la grandeza de nuestra llamada”.

Benedicto XVI traza las tres características del apóstol en todas las épocas

La actualidad de san Pablo en un mundo multirreligioso

El Papa Benedicto XVI dedicó hoy la audiencia general a reflexionar sobre la figura del Apóstol San Pablo, continuando con la catequesis de la semana pasada.

En esta ocasión, y ante peregrinos procedentes de más de quince naciones distintas, el Papa centró su intervención en explicar cuáles son las características de todo apóstol, a partir de los escritos paulinos.

San Pablo, explica el Papa, “tenía un concepto de apostolado que iba más allá del relacionado sólo con el grupo de los Doce”.

La primera característica, explica, es “haber visto al Señor, es decir, haber tenido con él un encuentro determinante para la propia vida”.

“Este encuentro marcó el inicio de su misión: Pablo no podía continuar viviendo como antes, ahora se sentía investido por el Señor del encargo de anunciar su Evangelio en calidad de apóstol”, explicó el Papa.

A pesar de sentirse “indigno”, por haber perseguido a la Iglesia, Pablo está “seguro de su apostolado” pues “en él se manifiesta la fecundidad de la gracia de Dios, que sabe transformar un hombre malogrado en un apóstol espléndido”.

“En definitiva, es el Señor el que constituye el apostolado, no la propia presunción. El apóstol no se hace a sí mismo, sino que lo hace el Señor; por tanto, necesita referirse constantemente al Señor”, añadió el Papa.

La segunda característica, continuó el Papa, es la de “haber sido enviado”, es decir, “embajador y portador de un mensaje. Por eso Pablo se define apóstol de Jesucristo, o sea, delegado suyo, puesto totalmente a su servicio”.

El hecho de que la iniciativa parta de Cristo “subraya el hecho de que se ha recibido una misión de parte de Él que hay que cumplir en su nombre, poniendo absolutamente en segundo plano cualquier interés personal”.

La tercera, finalmente, es la dedicación completa de la vida a esta misión, añadió el Papa.

“El de “apóstol”, por tanto, no es y no puede ser un título honorífico, sino que empeña concretamente y también dramáticamente toda la existencia del sujeto interesado”, afirmó.

Un elemento típico del verdadero apóstol, sacado a la luz por san Pablo, “es una especie de identificación entre Evangelio y evangelizador, ambos destinados a la misma suerte”, explicó Benedicto XVI.

“Nadie como Pablo, de hecho, ha puesto en evidencia cómo el anuncio de la cruz aparece como escándalo y necedad, al que muchos reaccionan con incomprensión y rechazo. Esto sucedía en aquel tiempo, y no debe extrañarnos que suceda también hoy”.

Sin embargo, todos los sufrimientos asociados a la misión, son coronados por la “alegría de ser portador de la bendición de Dios y de la gracia del Evangelio”.

“Esta es la certeza, la alegría profunda que guía al apóstol Pablo en todas estas vicisitudes: nada puede separarnos del amor de Dios. Y este amor es la verdadera riqueza de la vida humana”, concluyó el Papa.

Finalmente, el Papa saludó a los presentes, especialmente a un grupo de parlamentarios del reino Unido, así como un grupo de periodistas participantes en un Seminario de comunicación de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, a quienes pidió “un testimonio evangélico cada vez más generoso en la sociedad actual”.