S.S. Francisco en la fiesta de San Esteban

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy celebramos la fiesta de san Esteban. El recuerdo del primer mártir sigue inmediatamente a la solemnidad de la Navidad. Ayer hemos contemplado el amor misericordioso de Dios, que se ha hecho carne por nosotros; hoy vemos la respuesta coherente del discípulo de Jesús, que da su vida. Ayer ha nacido en la tierra el Salvador; hoy nace para el cielo su testigo fiel. Ayer, como hoy, aparecen las tinieblas del rechazo de la vida, pero brilla más fuerte aún la luz del amor, que vence el odio e inaugura un mundo nuevo.

Hay un aspecto particular en el relato de hoy de los Hechos de los Apóstoles, que acerca a san Esteban al Señor. Es su perdón antes de morir lapidado. Jesús, clavado en la cruz, había dicho: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”; de modo semejante, Esteban “poniéndose de rodillas, exclamó en alta voz: ‘Señor, no les tengas en cuenta este pecado’”. Por tanto, Esteban es mártir, que significa testigo, porque hace como Jesús; en efecto, es un verdadero testigo el que se comporta come Él: el que reza, el que ama, el que da, pero, sobre todo, el que perdona, porque el perdón, como dice la misma palabra, es la expresión más alta del don.

Pero –podríamos preguntarnos– ¿para qué sirve perdonar? ¿Es solo una buena acción o conlleva resultados? Encontramos una respuesta precisamente en el martirio de Esteban. Entre aquellos por los cuales él imploró el perdón había un joven llamado Saulo; este perseguía a la Iglesia y trataba de destruirla. Poco después Saulo se convirtió en Pablo, el gran santo, el Apóstol de los gentiles. Había recibido el perdón de Esteban. Podemos decir que Pablo nace de la gracia de Dios y del perdón de Esteban.

También nosotros nacemos del perdón de Dios. Y no solo en el Bautismo, sino cada vez que somos perdonados nuestro corazón renace, es regenerado. Cada paso hacia adelante en la vida de la fe lleva impreso al inicio el signo de la misericordia divina. Porque solo cuando somos amados podemos amar a nuestra vez. Recordémoslo, nos harán bien: si queremos avanzar en la fe, ante todo es necesario recibir el perdón de Dios; encontrar al Padre, que está dispuesto a perdonar todo y siempre, y que precisamente perdonando sana el corazón y reaviva el amor. Jamás debemos cansarnos de pedir el perdón divino, porque solo cuando somos perdonados, cuando nos sentimos perdonados, aprendemos a perdonar.

Pero perdonar no es una cosa fácil, es siempre muy difícil. ¿Cómo podemos imitar a Jesús? ¿Por dónde comenzar para disculpar las pequeñas o grandes ofensas que sufrimos cada día? Ante todo por la oración, como ha hecho Esteban. Se comienza por el propio corazón: podemos afrontar con la oración el resentimiento que experimentamos, encomendando a quien nos ha hecho el mal a la misericordia de Dios: ‘Señor, te pido por él, te pido por ella’.

Después se descubre que esta lucha interior para perdonar purifica del mal y que la oración y el amor nos liberan de las cadenas interiores del rencor. ¡Es tan feo vivir en el rencor! Cada día tenemos la ocasión para entrenarnos a perdonar, para vivir esto gesto tan alto que acerca al hombre a Dios. Como nuestro Padre celestial, nos convertimos, también nosotros en misericordiosos, porque a través del perdón vencemos el mal con el bien, transformamos el odio en amor y así hacemos que el mundo sea más limpio.

Que la Virgen María, a quien encomendamos a aquellos –y por desgracia son muchísimos– que como san Esteban padecen persecuciones en nombre de la fe, nuestros mártires de hoy, oriente nuestra oración para recibir y donar el perdón. Recibir y donar el perdón.

Al término de estas palabras, el Santo Padre rezó la oración mariana:

Angelus Domini nuntiavit Mariae…

Al concluir la plegaria, llegó el turno de los saludos que tradicionalmente realiza el Obispo de Roma:

Queridos hermanos y hermanas,

Os saludo a todos los peregrinos, procedentes de Italia y de varios países. Renuevo a todos mi deseo de que la contemplación del Niño Jesús, junto a María y José, pueda suscitar una actitud de misericordia y de amor recíproco en las familias, en las comunidades parroquiales y religiosas, en los movimientos y en las asociaciones, en todos los fieles y en las personas de buena voluntad.

En estas semanas he recibido muchos mensajes con felicitaciones desde Roma y desde otras partes. No me es posible responder a cada uno. Por lo tanto, expreso hoy a todos mi vivo agradecimiento, especialmente por el regalo de la oración.

El papa Francisco terminó su intervención diciendo:

Feliz fiesta de san Esteban. Y por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

Zenit

San Andrés, Protoapóstol

Andrés, a quién el gran Bossuet designa Protoápostol, y la liturgia bizantina «Protóklitos», por haber sido el primer elegido, significa por su nombre de Andrés, “varonil”. Había nacido en Betsaida, aldea de Cafarnaúm, como Corozaín, en Galilea, a orillas del lago Genesaret. Era hijo de Jonás y hermano de Simón Pedro. En su casa de Cafarnaúm, donde vive también Simón con su mujer y su suegra, se hospedaba Jesús cuando anunciaba el Reino en esta ciudad.

SEÑOR, MUESTRANOS TU ROSTRO

Andrés fue el primer discípulo que tuvo Jesús, junto con San Juan el evangelista. Ambos eran discípulos de Juan Bautista, quien al ver pasar a Jesús, que llegaba del desierto exclamó: “He ahí el cordero de Dios”. Ha sido siempre difícil mantener unidas en Cristo las prerrogativas de –majestad y humildad-, derivadas de sus dos naturalezas, divina y humana. El hombre de hoy no tiene dificultad para reconocer en Jesús al amigo y al hermano universal, pero encuentra difícil proclamarle también Señor y reconocerle un poder real sobre él.  Pero Andrés se dejó arrastrar por la atracción que ejercía el reflejo chispeante de la divinidad que fulguraba en sus ojos y en la majestad de su rostro, tras el cual ya anhelaba el salmista y seguimos todos buscando: “Muéstranos tu rostro”. Andrés se fue detrás de Jesús y con él, Juan. Cuando vio Jesús que lo seguían, les preguntó: “¿Qué buscáis?”. Ellos le dijeron: “Rabbi, ¿dónde vives?”. Jesús les respondió: “Venid y veréis”. Y se fueron y pasaron con Él aquella tarde. Nuca jamás podría olvidar después Andrés el momento y la hora y el sitio donde estaban cuando Jesús les dijo: “Venid y veréis”. Su respuesta a esta llamada cambió su vida para siempre.

LA PROMOCION DEL PRIMER PAPA

Andrés buscó a su hermano Simón y le dijo: “Hemos encontrado al Salvador del mundo” y lo llevó a Jesús. Así le consiguió a Cristo un formidable amigo, el gran San Pedro. Y  Jesús le anunció que le cambiaría el nombre por el de Cefas. Al principio Andrés y Simón iban con Jesús a escucharle siempre que podían, y luego regresaban a sus labores de pesca. Pero cuando el Señor volvió a Galilea, encontró a Andrés y a Simón remendando sus redes y les dijo: “Venid conmigo”, y ellos dejando a sus familias y a sus negocios y sus redes, se fueron con Jesús. Después de la pesca milagrosa, Cristo les dijo: “En adelante seréis pescadores de hombres”.

EL MUCHACHO CON LOS CINCO PANES

El día del milagro de la multiplicación de los panes, fue Andrés el que llevó a Jesús el muchacho que tenía los cinco panes y dos peces. Andrés es un hombre observador, lo que le hace realista: había visto al muchacho, es decir, ya le había planteado la pregunta: «Pero, ¿qué es esto para toda esta gente?» y se dio cuenta de la falta de recursos. Andrés presenció la mayoría de los milagros que hizo Jesús y escuchó, una por una, sus palabras incendiarias y vitales. Vivió junto a Él tres años.

LENGUAS DE FUEGO

En el día de Pentecostés, Andrés recibió junto con la Virgen María y los demás Apóstoles, al Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego, y en adelante se dedicó a predicar el evangelio con gran valentía y obrando milagros y prodigios.

PERSUADE A JUAN A ESCRIBIR EL CUARTO EVANGELIO

Un escrito que data del siglo III, el “Fragmento de Muratori” dice: “Al apóstol San Juan le aconsejaban que escribiera el Cuarto Evangelio. Él dudaba, pero le consultó al apóstol San Andrés, el cual le dijo: ‘Debes escribirlo. Y que los hermanos revisen lo que escribas’”. El “Fragmento de Muratori”, que data de principios del siglo III: “El cuarto Evangelio fue escrito por Juan, uno de los discípulos. Ocurrió así: Cuando los otros discípulos y obispos urgieron a que escribiese, Juan les dijo: “Ayunad conmigo a partir de hoy durante tres días, y después hablaremos unos con otros sobre la revelación que hayamos tenido, ya sea en pro o en contra. Esa misma noche, fue revelado a Andrés, uno de los Apóstoles, que Juan debía escribir y que todos debían revisar lo que escribiese”.

LUGARES DE SU EVANGELIZACION

Teodoreto cuenta que Andrés estuvo en Grecia; San Gregorio Nazianceno que estuvo en Epiro, y San Jerónimo que estuvo en Acaya. San Filastrio dice que del Ponto pasó a Grecia, y que en su época, siglo IV, los habitantes de Sínope decían poseer un retrato auténtico del santo y que conservaban el ambón desde el que predicaba. En la Edad Media era creencia general que San Andrés había estado en Bizancio, donde dejó como obispo a su discípulo Staquis (Rom 14,9). El origen de esa tradición es interesado, pues procede de una época en que convenía a Constantinopla atribuirse origen apostólico para no ser menos que Roma, Alejandría y Antioquía. El primer obispo de Bizancio del que consta por la historia, fue San Metrófanes, en el siglo IV.

LA POLITICA

Extendido el Imperio Romano a Oriente, para no tener menor relevancia que Roma con su Pontificado Romano, Constantino constituye otra cabeza que prestigie a Bizancio, que dejará de ser Bizancio y pasará ser Constantinopla, como tras los siglos, San Petersburgo, será Leningrado y Stalingrado. Es el privilegio de que gozan los príncipes o los tiranos, de poder dar nombre a países aunque se convierten en polvo, como reza el salmo. Pedro era la Cabeza de Roma, su hermano Andrés, el que evangelizó la península de Anatolia, será cabeza de Bizancio, transformado en Constantinopla. Esa será el origen de la división de las dos Iglesias, desde hace 1000 años.

MARTIRIO

La “pasión” apócrifa dice que fue crucificado en Patras de Acaya. Como no fue clavado a la cruz, sino sólo atado, pudo predicar al pueblo durante dos días antes de morir. En tiempos del emperador Constancio II las reliquias de San Andrés fueron trasladadas de Patras a la iglesia de los Apóstoles, en Constantinopla. Los cruzados tomaron Constantinopla en 1204, y, poco después las reliquias fueron robadas y trasladadas a la catedral de Amalfi, en Italia.

PATRONO DE RUSIA Y ESCOCIA

San Andrés es el patrono de Rusia y de Escocia. Hay una tradición de que llegó a Kiev. Nadie afirma que haya ido también a Escocia, y la leyenda que se conserva en el Breviario de Aberdeen y en los escritos de Juan de Fordun, no merece crédito alguno. Según dicha leyenda,  San Régulo, era originario de Patras y se encargó de trasladar las reliquias del apóstol en el siglo IV, recibió en sueños aviso de un ángel de que debía trasportar una parte de las mismas al sitio que se le indicaría más tarde. De acuerdo con las instrucciones, Régulo se dirigió hacia el noroeste, “hacia el extremo de la tierra””. El ángel le mandó detenerse donde se encuentra actualmente Saint Andrews, Régulo construyó ahí una Iglesia para las reliquias, fue elegido primer obispo del lugar y evangelizó al pueblo durante treinta años. El 9 de mayo se celebra en la diócesis de Saint Andrews la fiesta de la traslación de las reliquias.

EL NOMBRE DE ANDRES EN EL CANON

El nombre de San Andrés figura en el canon de la misa. También se le nombra en la misa con la Virgen Santísima y de San Pedro y San Pablo, después del Padrenuestro, introducida por el Papa San Gregorio Magno. En la medida en que nos permiten las fuentes, queremos conocer un poco más de cerca del hermano de Simón Pedro, san Andrés, quien también era uno de los doce.

SU NOMBRE NO ES HEBREO

Lo primero que impresiona en Andrés es el nombre, que no es hebreo, sino griego, signo indicativo de una cierta apertura cultural de su familia, pues en Galilea el idioma y la cultura griega están bastante presentes. En las listas de los doce, Andrés se encuentra en segundo lugar, en Mateo y en Lucas, en el cuarto lugar en Marcos  y en los Hechos de los Apóstoles. Sin duda tenía un gran prestigio dentro de las primeras comunidades cristianas.

PEDRO Y ANDRES HERMANOS

El lazo de sangre entre Pedro y Andrés, y la llamada común que les dirigió Jesús, son mencionados en los Evangelios. Puede leerse: «Mientras caminaba a orillas del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar porque eran pescadores. Entonces les dijo: “Seguidme, y yo os haré pescadores de hombres”».

LAS FUENTES DEL EVANGELIO

Por el cuarto Evangelio sabemos que Andrés era discípulo de Juan Bautista; lo que demuestra que era un hombre que buscaba, que compartía la esperanza de Israel, que quería conocer más de cerca la palabra del Señor, y la presencia del Señor. Era verdaderamente un hombre de fe y de esperanza; y un día escuchó que Juan Bautista proclamaba a Jesús como «el cordero de Dios»; entonces, se movió, y junto a otro discípulo, cuyo nombre no es mencionado, siguió a Jesús, que era llamado por Juan «cordero de Dios». El evangelista refiere: «vieron donde vivía y se quedaron con él». Andrés, por tanto, disfrutó de momentos de intimidad con Jesús. «Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías”, que traducido significa Cristo», y le condujo hacia Jesús (Jn 1,40), demostrando su espíritu apostólico. Andrés, por tanto, fue el primer apóstol que recibió la llamada y siguió a Jesús. Por este motivo la liturgia de la Iglesia bizantina le honra con el apelativo de «Protóklitos», que significa el «primer llamado». Por la relación fraterna entre Pedro y Andrés, la Iglesia de Roma y la Iglesia de Constantinopla se sienten como Iglesias hermanas entre sí. Lo que es Roma para Pedro es Constantinopla para Andrés. El Papa Pablo VI, en 1964, restituyó una insigne reliquia de san Andrés, hasta entonces custodiada en la Basílica vaticana, al obispo metropolita ortodoxo de la ciudad de Patrás, en Grecia, donde según la tradición, el apóstol fue crucificado.

CUANDO SUCEDERA ESTO

En Jerusalén. Saliendo de la ciudad, un discípulo le mostró el espectáculo de los poderosos muros que sostenían el Templo. La respuesta del Maestro fue sorprendente: dijo que de esos muros no quedaría piedra sobre piedra. Entonces Andrés, junto a Pedro, Santiago y Juan, le preguntó: «Dinos cuándo sucederá esto y cuál será la señal de que ya están por cumplirse todas estas cosas». Como respuesta a esta pregunta, Jesús pronunció un importante discurso sobre la destrucción de Jerusalén y sobre el final del mundo, invitando a sus discípulos a leer con atención los signos del templo y a mantener siempre una actitud vigilante. De este episodio podemos deducir que no tenemos que tener miedo de plantear preguntas a Jesús, pero al mismo tiempo, tenemos que estar dispuestos a acoger las enseñanzas incluso sorprendentes y difíciles que Él nos ofrece.

REVELACION A LOS GRIEGOS

Jerusalén, poco antes de la Pasión. Con motivo de la fiesta de la Pascua, narra Juan, habían venido a la ciudad santa algunos griegos, para adorar al Dios de Israel en la fiesta de Pascua. Andrés y Felipe, los dos apóstoles con nombres griegos, hacen de intérpretes y mediadores de este grupo de griegos ante Jesús. La respuesta del Señor a su pregunta parece enigmática, pero de este modo se revela llena de significado. Jesús dice a sus discípulos y, por su mediación, al mundo griego: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trino no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere da mucho fruto» (Jn 12, 23). ¿Qué significan estas palabras en este contexto? Jesús quiere decir: sí, mi encuentro con los griegos tendrá lugar, pero el mío no será un coloquio sencillo y breve con algunas personas, llevadas sobre todo por la curiosidad. Con mi muerte, comparable a la caída en la tierra de un grano de trigo, llegará la hora de mi glorificación. De mi muerte en la cruz surgirá la gran fecundidad: el «grano de trigo muerto» -símbolo de mi crucifixión- se convertirá, en la resurrección, en pan de vida para el mundo: será luz para los pueblos y las culturas. Sí, el encuentro con el alma griega, con el mundo griego, tendrá lugar en esa profundidad a la que hace referencia el grano de trigo que atrae hacia sí las fuerzas de la tierra y del cielo y se convierte en pan. En otras palabras, Jesús profetiza la Iglesia de los griegos, la Iglesia de los paganos, la Iglesia del mundo como fruto de su Pascua.

APOSTOL DE LOS GRIEGOS

Tradiciones muy antiguas consideran que Andrés, quien transmitió a los griegos estas palabras, no sólo es el intérprete de algunos griegos en el encuentro con Cristo, sino que es considerado como el apóstol de los griegos en los años que siguieron a Pentecostés; nos dicen que en el resto de su vida fue el anunciador y el intérprete de Jesús para el mundo griego. Pedro, su hermano, llegó a Roma desde Jerusalén, pasando por Antioquía, para ejercer su misión universal desde Roma; Andrés, fue el apóstol del mundo griego: de este modo, tanto en la vida como en la muerte, se presentan como auténticos hermanos, una fraternidad que se expresa en la relación especial de las sedes de Roma y de Constantinopla, Iglesias verdaderamente hermanas. Cuando escribo acabo de contemplar la llegada a Benedicto XVI a Ankara para permanecer en Turquía, la península de Anatolia hasta el uno de diciembre. Benedicto XVI ha celebrado la Divina Eucaristía en la Casa de María en Efeso y ha presidido la oración vespertina junto al Patriarca Bartolomeo I en la Catedral Patriarcal de San Jorge. Allí Bartolomeo vestía los ornamentos que ya utilizó San Juan Crisóstomo y San Gregorio Nazianceno.

SU MARTIRIO EN PATRAS

Una tradición sucesiva, narra la muerte de Andrés en Patras, capital de la provincia de Acaya, en Grecia donde también él sufrió el suplicio de la crucifixión. Ahora bien, en aquel momento supremo, como su hermano Pedro, pidió ser colocado en una cruz diferente a la de Jesús. En su caso, se trató de una cruz en forma de equis, es decir, con los dos maderos cruzados diagonalmente, que por este motivo es llamada «cruz de san Andrés». Esto es lo que habría dicho en aquella ocasión, según una antigua narración, titulada «Pasión de Andrés». Que lo amarraron a una cruz en forma de aspa y que allí estuvo padeciendo durante tres días, que aprovechó para predicar a los que se le acercaban. Dicen que cuando vio que le llevaban la cruz para martirizarlo, exclamó: “Yo te venero oh cruz santa que me recuerdas la cruz donde murió mi Divino Maestro. Mucho había deseado imitarlo a Él en este martirio. Dichosa hora en que tú al recibirme en tus brazos, me llevarán junto a mi Maestro en el cielo”. 

OREMOS

 Apóstol San Andrés, enséñanos a seguir a Jesús con prontitud (Mt 4, 20; Mc 1,18), a hablar con entusiasmo de Él a todos aquellos con los que nos encontramos, y sobre todo a cultivar con Él una relación de auténtica intimidad, conscientes de que sólo en Él podemos encontrar el sentido último de nuestra vida y de nuestra muerte. 

SU ORACION ANTE LA CRUZ

«Salve, oh Cruz, inaugurada por medio del cuerpo de Cristo, que te has convertido en adorno de sus miembros, como si fueran perlas preciosas. Antes de que el Señor subiera sobre ti, provocabas un temor terreno. Sin embargo, ahora, dotada de un amor celeste, te has convertido en un don. Los creyentes saben cuánta alegría posees, cuántos regalos deparas. Confiado, por tanto, y lleno de alegría, vengo para que tú también me recibas exultante como discípulo de quien fue colgado de ti… Cruz bienaventurada, que recibiste la majestad y la belleza de los miembros del Señor…, tómame y llévame lejos de los hombres y entrégame a mi Maestro para que a través de ti me reciba quien por medio de ti me ha redimido. ¡Salve, oh Cruz, sí, verdaderamente, salve!». Nos encontramos ante una espiritualidad cristiana sumamente profunda, que ve en la Cruz, más que un instrumento de tortura, el medio incomparable de una asimilación plena con el Redentor, con el grano de trigo caído en la tierra. Tenemos que aprender una lección muy importante: nuestras cruces alcanzan valor si son consideradas y acogidas como parte de la cruz de Cristo, si son tocadas por el reflejo de su luz. Sólo por esa Cruz también nuestros sufrimientos quedan ennoblecidos y alcanzan su verdadero sentido.  La tradición coloca su martirio en el 30 de noviembre del año 63.

JESUS MARTI BALLESTER

+ Vicente Sicluna Hernández – MARTIR

Vicente Sicluna Hernández

 

 

+ 22 September 1936 ,en Bolbaite, Valencia

 

INTRODUCCIÓN

El interés del Papa por las causas de los santos, en especial por las de los mártires, es de todos conocido. En sus veinte años de pontificado Juan Pablo II ha elevado al honor de los altares a más de trescientos hombres y mujeres de nuestro siglo, que dieron su vida por Cristo. Los sistemas ideológicos y políticos pasan y el sacrifico de quienes murieron permanece y es semilla de nuevos creyentes. Los mártires del siglo XX son héroes de nuestro tiempo, como lo fueron los de los primeros siglos del cristianismo. Recordar a los que sufrieron por la fe, es garantía de esperanza y preludio de eternidad, en este final de milenio.

En este estudio incluimos sólo a aquellos cuya muerte, a causa de la fe, ha sido probada por medio de la “Positio”. No hablamos, por tanto, ni de las víctimas de la guerra, ni de las víctimas de la represión política, ni de otros posibles mártires en proceso. Es fundamental distinguir claramente estos conceptos. Conocer quienes murieron “in odium fidei” o “in odium Ecclesiae”, quienes murieron en el campo de batalla o en la retaguardia, y quienes fueron víctimas de la represión política. Todas las personas -caídos o víctimas- merecen el máximo respeto. Pero aquí nos referimos únicamente a los sacerdotes, religiosos y laicos que encontraron la muerte por la repercusión que su compromiso y misión apostólica tuvo en sus parroquias, en sus congregaciones religiosas o en sus familias. Exponemos casos de personas sencillas y honestas de la comunidad cristiana, no mostramos a personajes ricos o influyentes de la sociedad. Cualquier medio es bueno para presentar la excelente calidad humana y la coherencia cristiana de esos hombres y mujeres de “la Nostra Terra”. Bolbaite, Enguera, Fuente la Higuera, Játiva, Navarres, Vallada son lugares, entre otros, relacionados con nuestros mártires.

Y aunque, es elevado el número de mártires que serán reconocidos por la Iglesia, en este opúsculo se delimita el campo: señalamos, a aquellos que nacieron o desarrollaron su actividad apostólica en la Canal de Navarrés, y acotando más el terreno, a uno que habiendo nacido en la ciudad de Valencia, ejerció el ministerio pastoral en varias parroquias de la Archidiócesis, siendo, finalmente, nombrado cura párroco de Navarrés. La biografía del Siervo de Dios Vicente Sicluna Hernández es poco conocida. A estas alturas, es inexcusable ignorar, la trayectoria de este sacerdote “testigo valiente de Cristo”. La indiferencia respecto a los mártires no cabe entre los que se declaran cristianos y católicos practicantes, a veces con mucha ostentación externa.

2.- LA PERSECUCIÓN RELIGIOSA

La persecución religiosa desatada en España entre los años 1931 al 1939, y concretamente en los pueblos de la Canal de Navarrés, motivó que numerosos cristianos reaccionasen en contra de la ideología antirreligiosa fomentada por la Autoridad legítimamente constituida. El régimen ateo, laico y laicista provocó la mayor persecución religiosa jamás conocida y muchos murieron. Ante quienes despreciaban a la Iglesia y buscaban su destrucción, bastantes afrontaron la muerte por amor a Dios y a Jesucristo, con firmeza y paciencia. Los casos que mostramos “confesaron” su fe hasta derramar su sangre. El martirio fue, por tanto, la prueba suprema de su amor a Dios: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”.

La historiografía moderna ha demostrado, y en la documentación presentada a la Congregación romana para las Causas de los Santos ha quedado claramente probado, que en el período 1931-1939 en España se persiguió a los cristianos en nombre de principios masónicos, comunistas y anarquistas.

2.1.- LA PERSECUCIÓN RELIGIOSA EN NAVARRÉS

Desde el advenimiento de la República en 1931 y, sobre todo, desde febrero de 1936, aun antes de estallar la revolución, en Navarrés fueron prohibidas las procesiones, los entierros con cruz alzada y toda manifestación religiosa externa. En esta pequeña población existía, desde hacía tiempo, una capilla protestante con su pastor, que desarrollaba intensa actividad en toda la zona.

Cuando estalló la revolución no se tomó ninguna medida para salvar al anciano párroco. También fueron asesinados dos seglares, uno por motivos religiosos. El templo parroquial y la ermita fueron totalmente saqueados. La parroquia fue convertida en mercado. Todas las imágenes, retablos, ornamentos y enseres de culto fueron robados y quemados. La casa parroquial fue parcialmente destruida. El culto católico fue completamente suprimido mientras duró el período revolucionario por prohibición expresa de los milicianos. Algunos jóvenes pudieron comulgar clandestinamente.

3.- LA IGLESIA HONRA A LOS SANTOS.

A.-Planteamiento bíblico: La Iglesia desde hace ya muchos siglos, se puede decir que desde siempre, honra a los santos, a aquellos que ha considerado servidores fieles, y que han merecido entrar en el gozo del Señor. Los primeros indicios de un culto reverencial tributado a los mártires aparecen ya en el Nuevo Testamento. En el Evangelio de Mateo, los discípulos de Juan el Bautista, cuando se enteraron de que Herodes le había mandado decapitar, tomaron el cadáver y lo sepultaron. Se trató de un acto humanitario, cierto, pero que no quedó restringido a un comportamiento de mera sensibilidad humana, pues encerraba una nítidamente diferenciada intencionalidad religiosa, por tratarse del cadáver de quien era más que profeta, y había sido elegido por Dios para anunciar ante el mundo la presencia del Mesías.

Más explícita es, todavía, la referencia que ofrece en los Hechos de los Apóstoles, con ocasión de la muerte de Esteban. Dice el texto: “A Esteban lo recogieron algunos varones piadosos, e hicieron sobre él gran luto”. Luto de dolido llanto cristiano, que brotaba de la fe y del reconocimiento al protomartir. Y aún voy a citar otro texto del Apocalipsis, que dice: “Cuando abrió el quinto sello, vio debajo del altar las almas de los que habían sido degollados por la Palabra de Dios y por el testimonio que habían dado. Y a cada uno le fue dada una túnica blanca”.

En la visión apocalíptica, quienes ha sido mártires por la fidelidad a la Palabra de Dios, aparecen ubicados junto al altar, para indicar que participan del nuevo rito del holocausto ofrecido al Señor. Su presencia junto al altar del nuevo culto celeste y la vestidura blanca con la que son investidos, han de ser interpretados como los tributos de la santidad, otorgados a quienes por ser fieles a Dios han sido capaces de ofrecer su propia vida.

Desde este planteamiento bíblico, resulta comprensible y consecuente que la naciente Iglesia honrase a los mártires, tributándoles un culto similar al descrito en el Apocalipsis, pues hizo de sus sepulcros aras para el sacrificio eucarístico.

B.-Planteamiento teológico: Pero la Iglesia no sólo honra a los mártires, sino a cuantos han sido fieles a la palabra de Dios, fuese cual fuese su estado civil y la situación eclesial que tuviesen. Los confesores y las vírgenes, los reyes y los plebeyos, los adultos y los jóvenes, los célibes y los casados, todos, y en cualquier parte del mundo, han recibido el honroso reconocimiento de su fidelidad a la Palabra de Dios. Por haber sido fieles a Dios, la Iglesia les ha honrado con el título de santos.

Hay que reconocer, que la santidad que la Iglesia reconoce a los hijos más prestigiosos, revierte en homenaje de Dios, al que sirvieron, y por cuyo servicio han merecido la dignidad que se les otorga. Por ello, al proclamar la santidad de los siervos de Dios, a quienes en verdad se honra es al mismo Señor, desde quien y ante quien merecieron tal título. Así aparece formulado en un sermón atribuido a San Agustín, donde se proclama: “Esta solemnidad, hermanos míos, es un honor a Dios por medio del siervo de Dios”.

Los santos son, por lo tanto, el fruto sazonado de la acción del Espíritu Santo en la Iglesia. Por la fidelidad a la acción del Espíritu, que les ha unido vivencialmente a Cristo, la Iglesia les tributa culto, y los incorpora en el calendario de las celebraciones litúrgicas. La conmemoración de los santos a lo largo del año litúrgico, testifica el reconocimiento de la comunidad a quienes han sabido realizar su propia vida y llevar a cabo su vocación cristiana en un comportamiento de fidelidad a la gracia divina. Como se ha dicho, la santidad que la Iglesia reconoce en sus hijos revierte en homenaje a Dios. Al proclamar la santidad, a quien verdaderamente se honra es al mismo Señor.

A la luz de lo expuesto, se comprende el sentido pleno de esta preciosa formulación del concilio Vaticano II: “La fe confiesa que la Iglesia no puede dejar de ser santa… Por eso todos en la Iglesia, pertenezcan a la jerarquía o sean regidos por ella, están llamados a la santidad, según las palabras del Apóstol: lo que Dios quiere es que seáis santos. Esta santidad de la Iglesia se manifiesta sin cesar y debe manifestarse en los frutos de la gracia que el Espíritu Santo produce en los fieles. Se expresa de muchas maneras en aquellos que en su estilo de vida tienden a la perfección del amor con edificación de los demás” (LG 39).

El santo se convierte, por tanto, en instrumento para adentrarse en el conocimiento de Dios, y cada santo con su vida pone de manifiesto, con especial realce, algún aspecto divino, que, a través del servidor fiel, se hace más patente al resto de los mortales dentro y fuera de la Iglesia. El santo es, en último término, un portador de Dios a los hombres, y por ello un santificador de la sociedad y de la historia.

4.- SIERVO DE DIOS
VICENTE SICLUNA HERNÁNDEZ

4.1.- EL APARATO PROBATORIO

De los 12 testigos que han depuesto en el proceso dos son de oficio. El Sr. Ramón Argente Sales fue juez que levantó el acta de defunción del cadáver del Siervo de Dios, el Sr. Vicente Foyari Cros su secretario y el Sr. Vicente Amorós Iseru el médico que certificio la muerte del Siervo de Dios. Ocho testigos fueron feligreses del Siervo de Dios. El Sr. José Ros Martínez fue sacristán del Siervo de Dios y el Sr. Salvador Darocas Juaréz fue acólito.

4.2.- PERFIL BIOGRÁFICO DEL SIERVO DE DIOS

Nació en Valencia el 31 de octubre de 1859 y fue bautizado en la Iglesia Parroquial de San Esteban Protomártir, el día uno de octubre del mismo año, por el Vicario don Lorenzo Fuertes, que le impuso los nombres de Vicente, José María y Ramón. Fueron sus padres Vicente Sicluna Carmona, natural de Muro, y María del Rosario Hernández Balader, natural de Valencia, casados en la Parroquia de San Andrés y vecinos de Valencia. Tuvo una hermana llamada Desamparados. Su abuelo paterno, José Sicluna Gatt, era natural de la isla de Malta, de donde procede el apellido “Scicluna”, que después derivó a “Sicluna”. Su padre pertenecía a la Guardia Civil, lo cual hace suponer que su familia vivió en diversas poblaciones, entre ellas Ollería en el valle de Albaida, donde D. Vicente pasó parte de su infancia.

Mostrando una clara vocación al sacerdocio estudió en el Seminario Conciliar de Valencia. Hizo también la carrera de Megisterio, cuyo título consiguió el 17 de junio de 1878. Cantó su Primera Misa en 1884. Se licenció en Sagrada Teología y obtuvo el título de Bachiller en Artes. Destinado primero como Cura Párroco de Nuestra Señora de Los Angeles de Cortes de Pallás, pasó después a regir, como Cura Ecónomo, el curato de Navarrés. Posteriormente fue nombrado Cura Párroco del mismo pueblo, cuya firma aparece en los libros sacramentales del archivo desde el 23 de octubre de 1903 hasta su muerte, en 1936. Durante todo este largo período de tiempo, tuvo tres vicarios parroquiales:

Sobre su prolongada actividad pastoral en Navarrés, que es donde ejerció el ministerio sacerdotal la mayor parte de su vida sacerdotal, señalamos que fue un verdadero hombre de Dios. El recuerdo de su paso por aquella parroquia es de admiración y veneración por su prudencia, celo y demás virtudes sacerdotales. De profunda vida espiritual, pasaba largas horas ante el Sagrario. Buen consejero en la dirección espiritual, servicial y atento a todas las necesidades de sus feligreses. De buen carácter. Ejercicía la caridad ayudando a cuantos se acercaban a su casa, compartiendo cuanto tenía. Visitaba con asiduidad a los enfermos. Algunas personas recuerdan, con gratitud, la visita a sus casas con motivo de la administración de los últimos sacramentos a las personas enfermas.

Hombre de recia formación. Su nivel intelectual quedó patente, en sus sermones, en la vida litúrgica y en las clases que impartía a los niños y jóvenes o enseñándoles la lengua latina. Numerosos sacerdotes acudían al Siervo de Dios en busca de su prudente consejo. También de la Curia Diocesana se le consultaban algunos asuntos. Fue un buen predicador. Sus homilías atesoraban reflexión teológica y espiritual. De hecho, la gente le puso el apelativo afectuoso de “pico de oro”, y todavía recuerdan sus exhortaciones de Cuaresma; la predicación de los “Siete Dolores” y de las “Siete Palabras” del Viernes Santo, etc. En cuanto a la catequesis fue muy exigente, según recuerdan algunas personas que recibieron la Primera Comunión de sus manos. Sentía una gran devoción a la imagen del Santísimo Cristo de la Salud, como quedó reflejado en los himnos que compuso. Dicen que las últimas palabras que pronunció antes de morir fueron una invocación al Santísimo Cristo.

Entre otras cualidades humanas y rasgos de su personalidad, destacamos sus dotes para el dibujo, como fruto de sus estudios de Bellas Artes. Realizó algunos retratos a personas del pueblo. Otro de los aspectos interesantes de su vida ministerial fue el interés que mostró por mantener el templo parroquial en buenas condiciones, lo mismo que la ermita del Cristo de Navarrés. En el año 1914 pavimentó la iglesia e hizo algunas obras en el campanario. Se recuerda también la reforma que hizo en la ermita, ampliándo el ábside, para acondicionar la sacristía.

En julio de 1908, con motivo de la Santa Visita Pastoral, elaboró el inventario del archivo parroquial. En dicha relación, que aun se conserva, hay una reseña de la serie “Quinque Libri” existente en la parroquia de Navarrés, que empiezan en el 23 de agosto de 1610., después de la expulsión de los moriscos.

El Siervo de Dios Vicente Sicluna Hernández trabajó mucho en el ámbito social, en favor de sus feligreses de Navarrés. En 1929 fue nombrado consiliario de la antigua cooperativa, que tenía por título “Sindicato Agrícola del Santísimo Cristo de la Salud”, que se fundó el 29 de junio de aquel mismo año. Por la intensa actividad pastoral que realizaba, los enemigos de la Iglesia lo arrestaron y asesinaron.

4.3.- PERSONALIDAD Y FISONOMÍA MORAL DEL

SIERVO DE DIOS
Los testigos afirman que el Siervo de Dios era de inteligencia nada común y de cultura amplia. Trabajador, valiente, decidido, sobrio, de vida retirada, discreto y amable con todos. Sacerdote ejemplar, cumplidor de sus obligaciones, muy bueno al que sus feligreses apreciaban, de conducta intachable. Era muy servicial. Extraordinariamente caritativo, nadie se acercaba a él que no recibiera favores, vivía en pobreza evangélica. Tenía un gran celo pastoral.

Los testigos interrogados acerca de las virtudes practicadas por la Siervo de Dios describen una personalidad moral rica, en la cual brillan las virtudes teologales, cardinales y anexas. Lo describen como un sacerdote coherente, dedicado activamente al apostolado, al mismo tiempo que cumplía ejemplarmente y con exactitud sus deberes sacerdotales.

4.4.- EL MARTIRIO MATERIAL
El perseguidor sin lugar a dudas provocó la muerte natural, cumpliendo uno de los requisitos, según la doctrina de Benedicto XIV, por los cuales se concreta el verdadero martirio.

En el proceso, no obstante las dificultades para encontrar testimonios sobre el hecho del martirio del Siervo de Dios, perpetrado en circunstancias de clandestinidad, se consiguieron suficientes testigos. a) Del hecho y las circunstancias de la detención depusieron de visu dos personas. b) De reconocieron el cadáver inmediatamente después de la ejecución testificaron de visu el juez, el secretario del juez y el médico que certificó su muerte c) Del traslado del cadáver del Siervo de Dios desde el lugar de la ejecución hasta el cementerio sobre un asno mofándose del mismo, testificaron tres testigos. c) Del ambiente hostil a la Iglesia depusieron, de visu, todos los testigos.

4.5.- HORAS AMARGAS
El Siervo de Dios era consciente, en los días previos a la revolución, de la situación que estaba por afrontar: persecución religiosa y probable martirio. Así lo manifiesta una feligresa del Siervo de Dios: “Tenía el Sr. cura conciencia de la maldad que se avecinaba. Continuamente nos decía: ‘Hijos míos, rezad mucho que las cosas están muy mal’”.

La revolución en Navarrés comenzó con el incendio de iglesias, la quema de imágenes y objetos religiosos y el encarcelamiento de algunos católicos. Así lo testimonian los testigos en sus respuestas a la pregunta nº. 10 del interrogatorio. Al estallar la revolución de 1936, el Siervo de Dios reaccionó como un sacerdote católico auténtico. Así lo testimonia un señor que fue acólito del Siervo de Dios: “Después del 18 de julio estuve una vez en donde él estaba a visitarle y recuerdo nos confortó al otro muchacho y a mí, y a que rezáramos mucho a la Virgen, de la que él era devotísimo”.

Una feligresa del Siervo de Dios, depone: “La revolución comenzó muy pronto en Navarrés. Inmediatamente, lo expulsaron de la abadía y se cerró la iglesia. Las personas buenas le hubiéramos acogido, pero no se creyó prudente, porque estábamos comprometidos. Se le cedió un piso y allí se refugió con su sirvienta, que no le quiso abandonar. Allí se entretenía, rezando y leyendo. Yo no tuve trato personal con él, mi hermana, que vivía enfrente, se comunicaba con él por los balcones. Sé que continuaba celebrando y yo tuve formas consagradas por él, pues celebraba en casa, y en cuanto podía y de esta manera nos atendía pastoralmente”.

Un sacerdote que era feligrés del Siervo de Dios y testigo oficio, declara: “He oído decir que llegada la revolución no sé ausentó de la población y estuvo en varias casas hasta que en una de ellas fue detenido”. Otra feligresa del Siervo de Dios, afirma: “El Siervo de Dios estuvo en mi casa durante quince días, en el último mes de su vida; le traté entonces con más asiduidad. Tenía conciencia de la gravedad de la situación y preveía que había de morir. Ante esa posibilidad estaba más bien tranquilo que temeroso. Sé que alguien llegó a insinuarle que se suicidara y él rechazó con energía la sugerencia diciendo que él aunque viejo sabía su responsabilidad y tenía la seguridad de que si le mataban, su muerte sería un martirio. Después ante las crecientes amenazas abandonó mi casa, y después de refugiarse en algún otro sitio por pocos días, los protestantes le dieron asilo en su capilla, y de allí se lo llevaron para matarle los milicianos”.

En este clima de persecución, el Siervo de Dios mantuvo el ánimo sereno, confiando su vida en las manos de Dios, y continuando en sus actividades cotidianas con total naturalidad. Los testigos afirman que el Siervo de Dios sabía que era perseguido y que nunca ocultó su condición sacerdotal. Asimismo declaran que el Siervo de Dios no tenía enemigos personales ni participó en política.

4.6 – DETENCIÓN Y EJECUCIÓN
El Siervo de Dios fue detenido por unos milicianos en la casa donde vivía. Una feligresa del Siervo de Dios, depone: “Yo estaba muy cerca en el momento de su detención y no oí ningún grito de protesta. Mansamente se entregó y nada más”.Otro feligrés del Siervo de Dios, afirma: “Por septiembre, a la madrugada de cierta noche, oí golpes muy fuertes a una puerta. Creyendo que llamaban en mi casa, me asomé por la ventana y pregunté qué querían, pero al pronto un miliciano apuntándome desde bajo con una pistola me dijo: ‘Escóndete y cierra que a ti no es a quien buscamos’. Yo cerré, pero me quedé tras mi ventana oyendo. Me di cuenta que se encaramaron no sé como al balcón. Golpearon más vehemente hasta hacer saltar un listón del ventanuco. Sólo entonces se oyó la voz de la sirvienta del Siervo de Dios, que preguntó desde dentro en valenciano: ‘¿Quién es?’. A lo que respondieron: ‘Abre pronto y da la luz, porque sino en vez de a uno nos llevaremos a los dos’. Y en seguida oí la voz del Sr. cura D. Vicente, que exclamaba desde dentro: ‘¡Señor cúmplase tu voluntad! ¡Santísimo Cristo asistidme en mi última agonía!’, y esto lo oí repetírselo hasta que arrancó el coche”. Y agrega: “Sólo sé que a las pocas horas estaba muerto en la cuneta de la carretera del término de Bolbaite”.

Una feligresa del Siervo de Dios y testigo de oficio, depuso que el Señor cura les dijo simplemente: ‘Ha llegado mi hora’ y se entregó sin violencias ni protestas. He oído decir y se supone fundadamente que, antes de entregarse, sumió las formas consagradas. Sabemos que las tenía y se dice que se puso algo en la boca en aquel momento”. Y continúa: “Él esperaba de un momento a otro que le detuvieran y le mataran, desde que había sido asesinado, unos días antes, el farmacéutico. Y creo, por conocerlo, que sabía que llegado el caso su muerte sería un martirio”. Y agrega: “Sé que lo mataron en término de Bolbaite. Después su cadáver fue puesto sobre un pollino y le pasearon con mofa por la población “.

Un sacerdote testigo de oficio, declara: “Estaba yo escondido en Bolbaite y desde mi casa se veía un tramo de la carretera al cementerio. Y oí que las gentes hablaban y comentaban que habían muerto al cura de Navarrés y lo llevaban al cementerio. Y me asomé y vi cómo lo pasaban con mofa, sobre un jumento, cual si fuera un saco. Me causó gran impresión. Y recuerdo que a mi madre, que en gloria esté, le dije: ‘Mire madre lo que veo. Hemos de hacernos el ánimo y ponernos en manos de Dios’”.

El Juez municipal de Bolbaite depone: “No recuerdo exactamente la fecha de su muerte, creo que en los últimos días de septiembre de 1936. Era yo entonces juez suplente de Bolbaite, y en funciones de tal fui llamado para el levantamiento del cadáver de D. Vicente Sicluna; estaba tirado en la cuneta de la carretera a kilómetro y medio de la población; tenía un tiro en el pecho, y advertimos que no había sangre en el suelo, lo cual nos hizo suponer que había sido asesinado en otra parte, y traído a aquel lugar. Ordené el levantamiento del cadáver, se le volvió sobre una caballería, y se le llevó al cementerio donde fue enterrado; contra mi indicación se le llevó por medio de la población, dando ello ocasión a escarnios y burlas”.

Confirmado por el secretario del Juez de Bolbaite, que declara: “El día 22 de septiembre de 1936, a las ocho de la mañana, como secretario del juez municipal suplente Ramón Argente Sales, con la concurrencia del médico titular del pueblo Vicente Amorós Iseru, y de los vigilantes nocturnos, Ricardo Tortosa Castelló y Juan Albiñana Meseguer, en la diligencia de inspección ocular y levantamiento del cadáver de D. Vicente Sicluna Hernández, en el kilómetro de esta carretera provincial de Alcudia de Crespins, a Ayora a Turís. Le apreciamos una herida en la región precordial, mortal de necesidad, producida por tiro de escopeta con bala a bocajarro. En tierra, en el punto donde reposaba la cabeza se encontraron dos pequeñas huellas de sangre distantes una de otra unos 25 cm. Se le encontró en el bolsillo izquierdo de la chaqueta una crucecita metálica de las que coronan el copón donde se guardan las sagradas formas. Disimuladamente la cogí y reverentemente la guardé y ahora la presento al tribunal y la pongo a su disposición”.

En el mismo modo depone el médico: “Una mañana, no recuerdo en qué fecha, fui requerido para que acompañase al juzgado en la diligencia de levantar el cadáver de un hombre que yacía en la carretera muerto a mano armada. Ordenado por el juzgado el levantamiento del cadáver, al cementerio de Bolbaite fue trasladado y allí le practiqué la autopsia apreciándole una herida producida por tiro de bala en el pecho, mortal de necesidad; la descarga fue a quemarropa. De momento no le reconocí, por el juez supe que se trataba de D. Vicente Sicluna Hernández, cura de Navarrés”. La muerte del Siervo de Dios está probada mediante el certificado de defunción y la documentación sobre el martirio del mismo, que se encuentra en el Archivo Histórico Nacional de Madrid.

4. 7.- SEPULTURA DE LOS RESTOS MORTALES
El Sr. Ramón Argente Sales depone: “Actualmente reposan sus restos en el cementerio de Bolbaite”. Confirmado por el Sr. Vicente Foyari Cros, que declara: “Se ordenó el levantamiento del cadáver que se depositó en el cementerio de Bolbaite, después de trasladarlo sobre un pollino por el interior de la población, y se le enterró en una fosa común del cementerio”. Confirmado por la deposición de otros testigos. El Pbro. Carlos Pons, cura párroco de la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción de Navarrés, en su declaración escrita del 30 de septiembre de 1997, afirma que se desconoce el lugar exacto de la sepultura los restos mortales del Siervo de Dios.

4.8.- EL MARTIRIO FORMAL
Es útil recordar la doctrina del Cardenal Lambertini, 1-. El martirio formal por parte del perseguidor: Por parte del perseguidor – los milicianos rojos o brazo armado de la extrema izquierda – no podía ser otro el motivo para asesinar al Siervo de Dios sino el odium fidei. En el Summarium se encuentran las pruebas evidentes de esta afirmación. Buscaban sistemáticamente a los católicos; odiaban todo lo que se relacionara con la religión católica y sus símbolos. Así se puso en evidencia en la Informatio. Los milicianos sabían que era un sacerdote, por ello lo persiguieron y arrestaron. 2.- El martirio formal sufrido por el Siervo de Dios: Durante la revolución don Vicente Sicluna Hernández hablaba de probable martirio y se confiaba a la voluntad de Dios. El Siervo de Dios, sacerdote consciente de su vocación, se empeñó en ejercerla y vivirla auténticamente, nunca ocultó su condición sacerdotal ni se metió en política; como quedó demostrado. El Párroco de Navarrés afrontó con entereza cristiana la muerte como queda demostrado.

4. 9.- LA FAMA DEL MARTIRIO

Sentir común: Entre quienes supieron de la muerte del Siervo de Dios fue unánime el concepto de auténtico martirio. Muchas personas se encomiendan a la intercesión del Siervo de Dios. Sentir de algunas personas: Los distintos testigos que han testimoniado en el proceso afirman que el Siervo de Dios sufrió un verdadero martirio. En el mismo modo se expresa el Pbro. Carlos Pons, cura párroco de la parroquia Nuestra Señora de la Asunción de Navarrés en su declaración escrita del 30 de septiembre de 1997.

4.10.- OTROS DOCUMENTOS

La fama de martirio del Siervo de Dios se puede probar también a través de otros documentos que son comunes a los otros Siervo de Dios. El martirio del Siervo de Dios ha sido narrado en diversas publicaciones.

5.- LO FUNDAMENTAL

El santo es bastante más que una persona buena o, incluso, muy buena. El santo es, básicamente, el cristiano que, desde su situación en la Iglesia por el bautismo, y por haber sido fiel a la acción del Espíritu Santo, ha recibido en eficaz plenitud la gracia de la obra redentora de Cristo. Por eso es testigo vivo de Dios, y motiva a la Iglesia a un constante proceso de fiel escucha de su Palabra, y por lo tanto de conversión.

Evangelizar a un mundo en crisis es la tarea contante de la iglesia. En la relación final del Sínodo de los Obispos de 1985, se dice: “La evangelización se hace por testigos; pero el testigo no da sólo testimonio con las palabras, sino con la vida”.

El santo, si por algo se distingue siempre es por su amor y su fidelidad a la Iglesia. Y la enseñanza que el santo aporta tiene cumplida vigencia al ser asumido y propuesto por el magisterio eclesial. La canonización -o beatificación- de un cristiano por parte de la Iglesia equivale a ratificar su vida y la doctrina propuesta en su vida. El santo acaba enseñando siempre por medio de la jerarquía de la Iglesia.

En los momentos más críticos de la historia -y crítico es el momento presente- han sido los santos quienes, con un comportamiento de amor sincero a la Iglesia, han puesto de manifiesto las debilidades eclesiales y han promovido su recuperación penitencial. No fueron los grandes de este mundo, sino los santos de cada momento quienes obraron el decisivo y crucial cambio en el seno de la Iglesia, e incluso de la sociedad. Ellos han sido instrumento de vida cristiana entre el pueblo.

Con sencilla grandeza, como corresponde a un santo, Vicente Sicluna Hernández no tuvo otra norma de conducta que ayudar a quien necesitaba de su ayuda. El modelo de su vida, como la del resto de los santos, fue Jesucristo. Este sacerdote es, por consiguiente, un acuciante estímulo de conversión para las parroquias de Bolbaite, Cortes de Payás, Navarrés, Ollería y San Esteban de Valencia. A los feligreses de estos pueblos los debe impulsar a profundizar en los caminos de la perfección cristiana. Nuestras parroquias han de estar viviendo siempre un movimiento de purificadora conversión hacia Dios; lo mismo los movimientos y grupos apostólicos.

Y esta conversión dentro de la Iglesia, quienes la promueven con su propia vida son los santos. Ellos, hombres y mujeres, indiscriminadamente, desde la finura de su espíritu le descubren a la Iglesia la virtud propia que debe alcanzar en cada situación histórica. Los santos del pasado abrieron siempre caminos nuevos, y caminos idénticos continúan abriendo los santos en los tiempos modernos. En este sentido Vicente Sicluna Hernández ejerce la constante acción penitencial que mueve a la práctica de las virtudes cristianas en cada circunstancia y da testimonio de Dios dentro del mundo.

Como conclusión tenemos que afirmar que el Siervo de Dios Vicente Sicluna Hernández, con su conducta de fidelidad al Espíritu Santo, ha llegado a ser un fruto maduro del conocimiento en profundidad de la palabra de Dios. Lo que equivale a reconocer que nuestro Mártir coopera en el conocimiento correcto del misterio de Dios y de lo que anuncia la Iglesia. Este sacerdote, ejerce, para los cristianos no sólo de Navarrés, sino de toda la Archidiócesis y de la Iglesia universal, una influencia de iluminador estímulo, por cuanto demuestra que es posible ser fiel a la gracia de Dios en cualquier estado de la vida.

Con su comportamiento, Vicente Sicluna Hernández se convierte en maestro y estimula a llevar el compromiso de la fe hasta las últimas consecuencias. Ésta es la gran repercusión pedagógica de nuestro Mártir. Por ello, al honrarlo, nos dirigimos con un gesto de gratitud a Dios Nuestro Señor, que nos muestra a través de este sacerdotes, el camino que conduce hacia Él.

6.- NOBLEZA ESPIRITUAL.

“Y seréis mis testigos hasta los confines de la tierra”, dijo Jesús a los Apóstoles. “Mártir” es igual a “testigo”. Quien testimonia a Cristo dando la vida o padeciendo por su amor, o por la verdad de su doctrina ese “confiesa la fe”. El que acepta y sufre con firmeza y paciencia -virtudes recomendadas por Cristo- la persecución y la muerte por odio a la fe del Maestro, a ese la Iglesia lo considera mártir. El martirio es, por tanto, el reconocimiento de la paciencia cristiana, en cuanto que ésta imita y se asemeja a la muerte de Jesús, quien fue conducido al patíbulo por confesar claramente su propia divinidad. “¿Eres tu el Hijo de Dios? “Yo lo soy”. Y el tribunal falló: “Reo es de muerte”. Cristo en el tribunal y Cristo en la cruz es, pues, el primer mártir. Y usando una frase de San Agustín, Cristo es el modelo de los mártires.

Desde los primeros siglos la Iglesia ha considerado el martirio como el título mayor que puede alcanzar un cristiano. Y Vicente Sicluna Hernández ha sido digno de recibir esa aristocracia espiritual.

Ramón Fita Revert

Delegado Diocesano para las causas de los Santos

Valencia, 23 octubre, 1999

De conformidad con los
Decretos del Papa Urbano VIII,
en nada se pretende prevenir
el juicio de la Santa Iglesia.

ORACIÓN

Oh Dios, gloria y corona de los mártires, que escogiste para el sacerdocio ministerial a tu Siervo VICENTE SICLUNA HERNÁNDEZ y le concediste asemejarse a tu Hijo en una muerte como la suya: te pedimos alcanzar por su intercesión las gracias que ahora te suplicamos y verle glorificado para bien de tu Iglesia. Por Jesucristo Nuestro Señor.

Amén.

Padre nuestro, Ave María y Gloria.

María, Reina de los Mártires, acoge nuestra oración.

+ Padre, José María Gran Cirera – MSC.


+ Padre José María Gran Cirera

M.S.C.

Nació en Canet de Mar, Barcelona, el 27 de abril de 1945. Hizo su profesión religiosa el 8 de septiembre de 1966. Fue ordenado sacerdote en Valladolid, el 9 de junio de 1972; tres años después llegó como misionero a trabajar en la diócesis de Quiché. Muere asesinado el 4 de junio de 1980, cerca de la aldea Xe Ixoq Vitz, en Chajul.

Sus cinco años de misionero en Quiché los desarrolló trabajando en las parroquias de Santa Cruz, Zacualpa y san Gaspar Chajul. Es en esta parroquia donde lo vamos a seguir de cerca.

El P. José María no ocultaba su alegría de estar en Chajul, parroquia inmensa y difícil, por su geografía, clima, lengua y cultura distintas, pero sobre todo por la represión que sufría. Sabía bien lo que le esperaba cuando se despidió de sus feligreses de Zacualpa, último lugar donde fue párroco antes de ir a Chajul. Siendo hombre sensible y de corazón inquieto, pronto se identificó con la gente sencilla y laboriosa de este lugar.

El trabajo pastoral en esta zona obligaba a realizar largos viajes misioneros para hacerse presente en cada una de las comunidades y aldeas de la parroquia. Desde 1980, dos sacerdotes Misioneros del Sagrado Corazón residían en Chajul: el párroco era el P. Abimelek Robles y el vicepárroco, el P: José María. Él descubría la presencia de Dios en la gente que sufría por muchas carencias; veía cada vez más claro el sentido de la misión y de su compromiso evangélico por los pobres y perseguidos. Era muy consciente de la inestabilidad política que se iba apoderando de estos pueblos por siempre olvidados de las políticas oficiales de desarrollo. En ese tiempo escribía: “Hay más soldados que antes en Chajul, y debido a ciertos rumores que corrían entre las gentes, preferimos no dejar el pueblo por muchos días, pues con tanto soldado la gente no está tranquila y la presencia del padre, aunque poco puede hacer, siempre da un poco de tranquilidad”.

Al padre José María lo recuerdan en Chajul como un padre lleno de energías, alegre, humilde y de trato muy sencillo. Su servicio pastoral lo realizó sobre todo en las comunidades más lejanas.

Un hecho repercutió fuertemente en Quiché: el fuego provocado en la embajada de España, donde murieron 39 personas, la mayoría campesinos, y algunos catequistas de Quiché. Esto golpeó mucho a la población del departamento. Y el obispo, Mons. Juan Gerardi, los sacerdotes y religiosas denunciaron con valentía en un comunicado: “la situación de violencia extrema, agravada por la ocupación militar de la zona Norte…”.

El comandante militar del pueblo citó, poco tiempo después al P. José María y le echó en cara que los sacerdotes y religiosas eran los responsables de lo que pasaban en el norte de Quiché y le advirtió que era extranjero y que se atuviera a las consecuencias. Comenzaron entonces las amenazas directas contra los sacerdotes y los catequistas.

Poco después el P. José María emprendió una gira misionera que lo llevó hasta Chel, aldea bastante lejana al norte de la población. Allá atendió pastoralmente a la gente, como solía hacerlo, celebrando algunos sacramentos. Ya desde ese lugar fue advertido del peligro que corría, pero no desistió de su actividad pastoral ni cambió sus planes. Al regreso, en Visiquichún, aldea por la que había de pasar a la mitad del camino, fue advertido nuevamente del peligro. Y en este lugar el padre José María expresó varias cosas de gran significado: primero, su decisión de regresar a Chajul porque al día siguiente debería celebrar la solemnidad del Corpus Christi; luego trató en vano de disuadir a Domingo del Barrio Batz que lo acompañara el resto del camino, porque su vida corría peligro y él tenía esposa e hijos que cuidar; Domingo se negó a dejarlo partir solo; tercero, advertidos por unos comerciantes que elementos del ejército los esperaban más arriba, el padre José María y Domingo se arrodillaron para orar. De esa oración, ambos sacaron fuerzas para continuar su camino. Al poco tiempo, ambos cayeron ametrallados por la espalda. El Padre José María tenía entonces 36 años.

Mons. Juan Gerardi, entonces obispo de Quiché:

“No les den oídos a las voces que quieren enlodar este testimonio. No den ustedes oídos a aquellos que dicen que a los curas hay que matarlos, porque son comunistas. Hermanos, ¡no! Parte de esta persecución religiosa es la campaña de desprestigio y difamación que han venido sufriendo obispos, sacerdotes y religiosas, tendiente a crear un clima de desconfianza del pueblo católico hacia sus legítimos pastores. Para nosotros es especialmente significativa, por las circunstancias que la rodean, la muerte del Padre José María Gran Cirera, MSC, párroco de Chajul, asesinado por la espalda, mientras regresaba a caballo de llevar el consuelo de la religión a numerosos feligreses de apartadas aldeas de su parroquia, acompañado únicamente por su sacristán don Domingo Batz, que fue igualmente asesinado”.

San TARSICIO, MÁRTIR DE LA EUCARISTÍA

Su nombre significa “valor”, “audacia”
  
 
Tarsicio es el primero en proclamar su fe en el misterio eucarístico hasta el extremo de consignar su vida, por eso se le conoce como el protomártir de la Eucaristía.
 
defendió en silencio a su Dios presente en la Hostia Santa, correspondiendo a la entrega del Amigo que se ofrecía por su vida, y por la de todos, en la Eucaristía.
 
 
 
San Tarsicio.
Su fiesta se celebra el 13 de agosto
 
EL CENTRO DE LA VIDA
Al amanecer del dies solis, acabada la celebración de la Eucaristía, Tarsicio cruza la vía Apia para llevar la Comunión a sus hermanos enfermos o encarcelados.
Debía de notarse que ocultaba algo, porque unos soldados lo detienen y le obligan a enseñarles qué portaba. Tarsicio se niega con firmeza.
 
 San Tarsicio
Contrasta la brutalidad de los comisarios con la aparente fragilidad del adolescente, que resiste la lapidación hasta yacer en tierra, abrazado a las especies eucarísticas.
Tarsicio sufre el martirio el 15 de agosto del año 257. El emperador Valeriano acababa de promulgar un edicto que prohibía bajo pena de muerte cualquier acto de culto cristiano, como un intento de erradicar la Iglesia desde su núcleo más fundamental.
Las autoridades civiles sabían que los bautizados se reunían para dar culto a Dios. Plinio el Joven -gobernador de Bitinia a inicios del siglo II- apunta: “un día determinado, antes del alba, se reúnen para cantar en coro un himno a Cristo, como a un dios”.
El día determinado era el primero de la semana; los romanos lo habían denominado dies solis, en honor al dios Sol, y los primeros fieles aprovecharon esta coincidencia para “orientar la celebración de ese día hacia Cristo, el verdadero sol de la humanidad”: el centro de la vida.
Más adelante se le llamó dies Domini, tal y como aparece en el Apocalipsis, porque daba a la jornada el pleno significado que deriva del mensaje pascual: Cristo Jesús es el Señor de la Creación.
El día del sol era laborable. A pesar de que el Imperio declaraba muchas jornadas festivas, no se había determinado ninguna para el descanso: asistir a Misa suponía dormir pocas horas o pasar la noche en vela.
Los cristianos actuaban movidos por “una exigencia interior que (…) sentían con tanta fuerza que al principio no se consideró necesario prescribirla. Sólo más tarde, ante la tibieza o negligencia de algunos, se ha debido explicitar el deber de participar en la Misa del domingo”.
Acudir a la fracción del pan el día del Seño era una necesidad prescrita en el corazón de los bautizados. Ni el edicto de Valeriano ni las sucesivas amenazas lograban quebrantar la fe de aquellos primeros: “¡no podemos vivir sin el domingo!”, exclamaban los mártires de Abitene, detenidos por haber incurrido en una reunión ilegal.
 
Tharsos, audacia, confianza
Tarsicio era acólito en una iglesia doméstica construida a cielo abierto, en el cementerio de Calixto, sobre la Vía Apia.
Bien entrada la noche del sábado o antes del amanecer del domingo, el joven se dirige a la domus para ayudar en la celebración eucarística, que seguiría aproximadamente el orden que describe San Justino:
 
 Altar de San Tarsicio
“Se leen, según el tiempo disponible, las Memorias de los Apóstoles y los escritos de los profetas. Después, el lector calla y el presidente toma la palabra para exhortarnos a imitar los buenos ejemplos que acaban de ser citados.
A continuación, todos se ponen en pie y recitan las oraciones. Por último (…) la comunidad ora y da gracias con todas sus fuerzas; el pueblo responde con la aclamación Amén.
Después se distribuye a cada uno los alimentos consagrados y se envían a los ausentes”.
Quienes sufrían alguna enfermedad o permanecían en prisión no quedaban privados del fármaco de la inmortalidad, el antídoto contra la muerte, como llamaba San Ignacio de Antioquía a la Eucaristía. Después del mencionado edicto de Valeriano, llevarles la Comunión suponía un riesgo. Probablemente por eso se elegía a niños o adolescentes para cumplir este encargo, pues circulaban por la Urbe con cierta facilidad y se les permitía visitar a los encarcelados.
Así consta en el Liber Pontificalis: “reciben el alimento que nosotros hemos consagrado por medio de los acólitos”. Al acabar la Misa, Tarsicio se ofrece a llevar la Eucaristía. Podían hacerlo otros acólitos, pero el joven se adelanta con generosidad: ha recibido el don por excelencia y quiere compartirlo.
Es necesario agrandar el corazón para acercarse a Jesús sacramentado. Ciertamente, se precisa la fe; pero se requiere además, para ser alma de Eucaristía, saber querer, saber darse a los demás, imitando -dentro de nuestra pobre poquedad- la entrega de Cristo a todos y a cada uno.
Tarsicio sale de la domus custodiando al Señor junto a su pecho, entre los pliegues de la túnica. Tal vez por curiosidad o por malicia, unos hombres lo interceptan y le piden que entregue lo que lleva. La negativa les desconcierta, y se ensañan más aún hasta quitarle la vida. Causa estupor la firmeza del adolescente en defender lo que luego descubren como un trozo de pan.
El nombre Tarsicio -según algunos autores- deriva de la palabra griega tharsos, que significa valor, audacia, confianza. Su fortaleza es una prueba más de que -desde los comienzos- la Iglesia entendía las palabras de Jesucristo: esto es mi cuerpo, ésta es mi sangre, de un modo real, no metafórico.
¿Quién se hubiera dejado lapidar por un símbolo? San Justino afirmaba que la Eucaristía es “la carne y la sangre de aquel Jesús que se encarnó”, y San Ireneo añadía que el Cuerpo resucitado de Cristo vivifica nuestra carne: al comulgar “nuestros cuerpos no son corruptibles sino que poseen el don de la resurrección para siempre”.
Tarsicio es el primero en proclamar su fe en el misterio eucarístico hasta el extremo de consignar su vida, por eso se le conoce como el protomártir de la Eucaristía: Esteban confesó que Jesús era el Mesías, pronunciando un discurso que le llevó a ola lapidación; Tarsicio defendió en silencio a su Dios presente en la Hostia Santa, correspondiendo a la entrega del Amigo que se ofrecía por su vida, y por la de todos, en la Eucaristía.
 

EL DIOS QUE NO ABANDONA
 
 San Tarsicio recibiendo la Eucaristía

Según una tradición antigua, cuando Tarsicio yacía en tierra, pasó un soldado catecúmeno que se llamaba Cuadrado. Reconoció al joven cristiano y lo cargó en sus hombros hasta el cementerio de Calixto. Depuso el cadáver en el mausoleo construido en la superficie -la cella tricora-, junto a los restos mortales del Papa Ceferino.
En el siglo VIII, trasladaron su cuerpo a la iglesia romana de San Silvestro in Capite. A partir del siglo XVI, sus restos descansan bajo el altar mayor. Actualmente, sobre el altar de ese templo se expone la Eucaristía.
Muchos transeúntes aún ignoran o han olvidado la presencia de Cristo en el Santísimo Sacramento. Necesitan que alguien despierte sus conciencias, recordándoles que “allí, en ese trozo de pan, se encuentra realmente el Señor, quien da el verdadero sentido a la vida, al inmenso universo y a la más pequeña criatura, a toda la historia humana y a la más breve existencia”;
que “la Eucaristía es el sacramento del Dios que no nos deja solos en el camino, sino que se pone a nuestro lado y nos indica la dirección”;
que si tenemos en Él nuestro centro, descubrimos el sentido de la misión que se nos ha confiado, tenemos un ideal humano que se hace divino, (…) y llegamos a sacrificar gustosamente no ya tal o cual aspecto de nuestra actividad, sino la vida entera, dándole así, paradójicamente, su más hondo cumplimiento.
Alborea. Por las calles de Roma empiezan a circular vendedores, obreros, comerciantes. Los cristianos que acaban de asistir a la Santa Misa en la iglesia doméstica de Calixto se dirigen a sus lugares de trabajo o a sus domicilios, en una acción de gracias continuada.
“Para el fiel que ha comprometido el sentido de lo realizado, la celebración eucarística no termina sólo dentro del templo. Como los discípulos de Emaús, que reconocen a Cristo en la fracción del pan, experimentan la exigencia de ir inmediatamente a compartir con sus hermanos la alegría del encuentro con el Señor”.

Marta Obregón, estudiante de Periodismo, podría ser proclamada santa

Había nacido en La Coruña el 1 de marzo de 1969 y fue bautizada con el nombre de Marta María de los Ángeles.

Había estado estudiando en un club juvenil y dejó sus libros abiertos para continuar al día siguiente. Salió hacia casa, pero no llegó. La muerte de Marta Obregón, periodista en ciernes, conmocionó a la sociedad burgalesa, pero esa conmoción ha dejado paso a un sentimiento de admiración entre quienes han conocido su historia. Crecida en una familia cristiana, ella –después de superar la rebeldía adolescente-, experimentó un cambio radical en Taizé y se acercó, gracias a unas amigas, al Camino Neocatecumenal. Pensaba que había encontrado al amor de su vida en su novio Javier, militante del Círculo Católico. La historia de Marta es la de una chica corriente, que tras experimentar una crisis espiritual, se había acercado mucho más a Dios.

Una mártir  de la castidad en el siglo XX

 Fue la noche del 21 de enero de 1992, fiesta de Santa Inés. Marta regresaba a su casa desde el club Arlanza, un centro de mujeres del Opus Dei, a trescientos metros de su hogar. Antes de llegar fue secuestrada por el llamado “violador del ascensor”, un delincuente con un historial plagado de delitos. La metió en su coche y, a unos cinco kilómetros de Burgos, intentó forzarla, pero ella opuso toda su resistencia y evitó el ultraje. En represalia, la asesinó de catorce puñaladas.
Había nacido en La Coruña el 1 de marzo de 1969 y fue bautizada con el nombre de Marta María de los Ángeles. Cuando la familia se trasladó a Burgos, ella estudió, con buenas notas, en el colegio de Jesús María. Era además una buena deportista, pues practicaba patinaje sobre ruedas, atletismo, natación, y tenis, donde llegó a ganar algunos trofeos. Comenzó a acudir con su hermana mayor al citado club Arlanza, para participar en actividades de tiempo libre y para recibir medios de formación cristiana.
Al acabar Primaria, plantea a sus padres pasar al instituto público Comuneros de Castilla. Allí hizo BUP, también con buenas notas. A los 17 años deja de ir al Club Arlanza. En aquellos momentos, por su carácter impulsivo y su juventud, quería aprender de la vida por su cuenta. A la vez, empezó a enfriarse su práctica religiosa. En verano de 1988, acude a una localidad costera de Inglaterra a perfeccionarse en inglés. En esa época, como cualquier chica de su edad, frecuenta fiestas y discotecas.

 Un giro iniciado en Taizé

 De vuelta, se traslada a Madrid, para estudiar Periodismo en la Universidad Complutense. Durante el verano de 1990, decide irse a Taizé, con un grupo neocatecumenal de la parroquia donde va a Misa. Según su madre, regresa tocada por el Señor. Escribe por entonces a una amiga: “Cuando descubres algo importante en tu vida, y caes en la cuenta de cosas fundamentales, que hasta entonces pasaron inadvertidas a tu lado, te encuentras francamente bien, en paz…”.
Tras volver, se plantea hacer una confesión en profundidad. En su ciudad, acude a una parroquia, pero sin que se sepa por qué, no recibe la absolución. ¿Tanto había llegado a apartarse de Cristo? Se enfadó con Dios, pues pensó que Él no la quería perdonar. Sufre un fuerte conflicto de conciencia. De hecho, poco después, entre lágrimas, contó a unas amigas su situación, pero una de ellas le anima: “Dios te quiere, hayas hecho lo que hayas hecho”. Así sucede. 
 Una conversación decisiva

 Días más tarde, la invitan a pasar un día de campo, con unas amigas. También acude un sacerdote del Camino Neocatecumenal, Ángel Bello. Marta aprovecha la ocasión para manifestarle con franqueza lo que la oprimía por dentro. Tiempo después, el sacerdote recordará aquél momento: “Después de una amena conversación sobre los planes que Dios tiene sobre nuestras vidas, sintió el deseo de confesarse. Me maravilló la nobleza de sentimientos que albergaba; el deseo decidido de entrega al Señor, su voluntad férrea de dedicar su vida a la evangelización como lo hacen los miembros del Camino Neocatecumenal. La convidé a hacer las catequesis para adultos y quedó tan convencida de la llamada del Señor que se levantó para itinerante dejándolo todo”. Desde este momento comienza una vida cristiana seria.
En septiembre de 1990, conoce a un joven, de un grupo juvenil del Círculo Católico de Obreros. Con él, con Javier, inicia un noviazgo que tenía intención de concluir en boda.

 Sin cortarse

 Vuelve a Madrid para continuar la carrera. En la facultad, no se corta a la hora de mostrar públicamente a algunos profesores su desacuerdo en frases o comentarios vulgares, sugerencias políticas o ideas contrarias al pensamiento cristiano.  A la vez, poco hay que objetar a su trayectoria como universitaria: acaba cuarto de carrera y adelanta asignaturas de quinto.  Sus amigas la ven como una chica alegre, feliz, simpática, dinámica, comunicativa. Su esbeltez llama la atención y su voz, a decir de alguno, se parecía a la de Barbara Streisand.
Regresa a su ciudad, y comienza a hacer prácticas. Entre otras cosas, cubre la Vuelta Ciclista a Burgos para Radio Popular.  Además, escribe cartas a la prensa, presenta un desfile de moda… Y continúa en su parroquia, sobre todo los sábados para reunirse en la comunidad neocatecumenal.
Muy disciplinada, en los últimos meses, su vida consistía en trabajar por la mañana y, por la tarde, ir a estudiar al Club Arlanza.  Allí suele hacer media hora de oración, casi siempre de rodillas, ante el sagrario. Habla con frecuencia con la directora del Club juvenil. Ésta recuerda que intentaba ilusionarla con proyectos profesionales, “pero ella estaba como de vuelta, en el sentido de que era una mujer que había encontrado a Dios, pero seguía buscándolo cada vez con más intimidad.  En los últimos meses siguió acudiendo al Camino Neocatecumenal, al que se sentía muy unida, y donde ella se sentía proyectada para ayudar al mundo… Era una mujer con profunda vida interior, que se palpaba en su actitud… Al mismo tiempo que buscaba con mucha fuerza a Dios, se daba a los demás”.

 En Nochevieja

 Muestra de su dedicación por los demás son un par de detalles: en Nochevieja de 1991, se disfraza y va al Club para hacer reír a las niñas unos tres cuartos de hora. Al acabar, se marcha con sus amigas.
Poco después, en la tarde del día de Reyes, acude a hacer compañía a la directora, que debía permanecer allí. Vieron un video de un encuentro de Juan Pablo II con universitarios y quedó tan impresionada que se propuso ir a Roma al siguiente encuentro, en Semana Santa.
Comenzó a prepararse intensamente para los exámenes de febrero. En los últimos días había notado que alguien la seguía. El 21 de enero, prolongó su conversación con la directora del Club Arlanza hasta las nueve y media de la noche. Antes de marcharse, se acercaron al oratorio para despedirse del Señor. Al salir Marta le indicó que no retirase los libros y apuntes de la mesa, porque, al día siguiente, después de oír Misa y comulgar allí, pensaba seguir estudiando, preparando el fin de carrera.

 Se resistió

 Un joven, conocido de la familia, la invitó a subir a su coche y la dejó frente al portal. Cerca de las diez, una vecina oyó un grito. Cinco días  después se halló el cadáver de Marta. Según el informe forense, su cuerpo presentaba hematomas y varias heridas de arma blanca. El informe y la sentencia repiten que eso sucedió por intentar resistirse a la agresión.
Al conocer los detalles del caso y la fama de santidad de Marta, la diócesis de Burgos propuso su beatificación y en julio de 2007 se dieron los primeros pasos para introducir la causa. De hecho, ya hay gente que se encomienda a su intercesión. Se sabe de una señora cuya hija, muy joven, acababa de ser madre y se había marchado de casa, y, tras encomendarse a Marta, la hija regresó y arregló su situación. O las monjas bernardas en Burgos, que no tenían vocaciones, se encomendaron a Marta, y al año siguiente les llegaron dos novicias…
Entre el mundo periodístico también ha impactado. La revista Interviú pidió a la familia de Marta hacer un reportaje. Finalmente aceptaron, con la condición de que fuera un reportaje sin morbo y les dejasen supervisarlo. Así se hizo, y tras su publicación les llegaron cartas de presos a quienes la historia de Marta les había tocado. Incluso, el periodista que hizo el reportaje, tiempo después, dejó esa publicación para pasar a otro medio.

 Un presentador llorando

 La familia también cuenta que una cadena de televisión de Miami acudió a su casa para hacer un reportaje y, tras grabar, la madre vio al presentador del programa llorando, frente a una foto de Marta. “Señora –le dijo–, estoy muy acostumbrado a hacer reportajes de este tipo, pero esta chica me ha impactado”.
Un par de años después de su muerte, se presentó en casa de Marta la hermana de una amiga, para comunicar que ingresaba en el convento de las Clarisas. Explicó que la había hecho una petición: “Marta, búscame un novio, que no me como una rosca. ¡Y mira qué novio me ha buscado…!”.

Santo Tomas Moro, Mártir († 1535)

22 de Junio

SANTO TOMAS MORO, Mártir († 1535)Patrono de los políticos y gobernantes.

Santo Tomás Moro nació en Londres el 1478. Estudió en Oxford y en Londres. Fue un gran humanista, amigo de Erasmo y de Luis Vives. Pensó algún tiempo en la vida monástica, y por fin, leyendo La Ciudad de Dios de San Agustín, decide ser ciudadano de la ciudad celeste sin apartarse de la terrestre.

La Vida de Pico de la Mirándola influyó mucho en su vocación. Contrajo matrimonio con Juana, y tuvieron cuatro hijos, pero al poco tiempo queda viudo, contrayendo segundas nupcias con Alicia.

El santo supo compaginar una vida interior profunda con una escrupulosidad en sus obligaciones profesionales. Como pionero en la promoción de los laicos, se enfrenta a los problemas de su tiempo con criterios cristianos. Demuestra con su ejemplo el valor de “la obra bien hecha” . Crece su prestigio como abogado, y en la Corte le piden su colaboración, y luego es elegido Canciller del Reino. Sin embargo, cuando el Rey Enrique VIII consigue la anulación de su matrimonio con Catalina de Aragón por presiones y sobornos, el santo renuncia a su cargo, intuyendo que eso le costará muy caro.

Moro se niega a firmar el Acta de Sucesión y de Supremacía, por la que se proclama el rey Cabeza de la Iglesia Anglicana y la independencia de Roma. Moro acata la autoridad civil del rey, pero no quiere ser infiel a su conciencia. Poco después, Tomás Moro es juzgado y encerrado en la Torre de Londres; muchos le piden que firme, que ceda, aunque sea disimulando, pero su conciencia no se lo permite, “prefiere ser discípulo del Señor antes que del Rey”. Su hija Margarita lo visita con frecuencia; rezan juntos, piensan en el cielo.

El 16 de julio de 1535 fue decapitado. Santo Tomás Moro escribió muchos libros de piedad y en defensa de la fe; el más famosos de ellos es “Utopía”. Es un mártir por la unidad de la Iglesia y por la libertad de conciencia centras las leyes civiles injustas. Pio XI lo canonizó en 1935.

Otros Santos que se celebran hoy: Paulino de Nola, Adán, Nicetas, Liberto, obispos; Pompiano, Galación, Heraclio, Saturnino, Albano, Flavio, Clemente, mártires; Inocencio V, papa; Consorcia, virgen; Lamberto, abad; Arón, eremita; Domiciano, monje.