Jóvenes del Camino Neocatecumenal con el Papa S.S.Benedicto XVI en el Líbano

Encuentro vocacional en Beirut coincidiendo con la visita papal

Por Salvatore Cernuzio

Pasaron ya algunos días desde que Benedicto XVI dejó el Líbano, si bien aún se mantiene muy vivo el recuerdo de la calurosa acogida que el pueblo libanés le reservó al pontífice.

En particular en el encuentro con los jóvenes de Bkerké donde 25.000 -entre los cuales numerosos musulmanes- estaban presentes en la plaza situada ante el Patriarcado Maronita, para recibir el mensaje de paz y de esperanza que dio el santo padre.

Entre ellos, una buena parte eran jóvenes del Camino Neocatecumenal, que al día siguiente, domingo 16 de septiembre, se reunieron para el tradicional encuentro vocacional. Nos habló de este encuentro don Gianfranco Vitola, catequista itinerante responsable de Medio Oriente, en la breve entrevista a ZENIT que les proponemos a continuación.

¿Cuántos jóvenes del Camino Neocatecumenal estaban presentes en el encuentro con el santo padre en Bkerké?

Don Gianfranco Vitola: En la cita con el pontífice participaron unos 250 jóvenes que pertenecen al Camino Neocatecumenal. Tal número estaba condicionado por el hecho que las invitaciones eran limitadas para cada movimiento y que había también un límite de edad que iba de los 16 a los 35 años.

¿Después del encuentro con el papa se realizó la habitual cita vocacional de las comunidades neocatecumenales?

Don Gianfranco Vitola: Sí, el encuentro se realizó en el campo deportivo de una escuela católica en la población de Rumieh, cerca de Beirut, la tarde del domingo 16 de septiembre, último día del viaje papa.

Kiko Arguello, el fundador del movimiento, no estaba presente pues estaba empeñado en la convivencia en Italia, en Puerto San Jorge, con los seminaristas de todo el mundo. El encuentro fue presidido por el equipo itinerante responsable del Líbano. Estaban presentes el corepíscopo Michel Aoun, obispo de Jbeil Byblos de los Maronitas (Libano); el obispo de Kuwait, monseñor Camillo Ballin y el vicario patriarcal copto católico, monseñor Kyrillos Kamal William Samaan.

¿Cómo se desarrolló en encuentro?

Don Gianfranco Vitola: Después de una presentación de los hermanos provenientes desde el exterior -o sea de Iraq, Egipto, Jordania y Chipre, y de los libaneses que venían de Beirut, Bcharre, Zgharta, etc- celebramos una liturgia de la palabra con el anuncio del Kerigma tomado de la segunda carta a los Corintios de S. Pablo. Y enseguida la lectura del evangelio de Juan, en el que Jesús renueva su llamado a Pedro. Justamente este fue el sentido de la proclamación de la Palabra: no vivir más para si mismos sino para Aquel que murió y resucitó por nosotros.

Especialmente porque el llamado de seguir a Cristo no se basa sobre las capacidades humanas, sino en su potencia y su fidelidad.

¿Una clara invitación, por lo tanto, a no tener miedo de donar la propia vida a Cristo. A la luz de esta palabra, cuántos muchachos y muchachas dieron su disponibilidad ‘levantándose’?

Don Gianfranco Vitola: En total se levantaron 20 jóvenes para el seminario y 18 muchachas para el monasterio o evangelización.

El papa se dirigió directamente a las nuevas generaciones exhortándolas a resistir a las tentaciones y tener confianza en Dios y a ‘trabajar’ por un futuro de paz entre el cristianismo y el islam, pues son el único medio para garantizar tal diálogo. ¿Cómo han recibido los jóvenes del Camino las palabras del pontífice?

Don Gianfranco Vitola: Con gran entusiasmo pero también con gran seriedad, conscientes que todas estas no son puras y simples exigencias éticas, sino el fruto de una verdadera y propia ‘vocación’ para vivir una vida como hijos de Dios, con una ‘ciudadanía’ celeste que supera, en Cristo, todas las contraposiciones que normalmente dividen a los hombres.

¿Cómo han recibido los jóvenes del Camino las palabras del pontífice?

Don Gianfranco Vitola: Con gran entusiasmo pero también con gran seriedad, conscientes que todas estas no son puras y simples exigencias éticas, sino el fruto de una verdadera y propia ‘vocación’ para vivir una vida como hijos de Dios, con una ‘ciudadanía’ celeste que supera, en Cristo, todas las contraposiciones que normalmente dividen a los hombres.

¿Qué frutos trajo por lo tanto la visita de Benedicto XVI al país?

Don Gianfranco Vitola: Es temprano para decirlo con precisión, entretanto se ha notado seguramente una atención más fuerte no solamente hacia los temas estrictamente políticos, sino también y sobre todo a los relacionados con la Nueva Evangelización.

¿Cómo se puede definir la realidad del Camino Neocatecumenal en el Líbano?

Don Gianfranco Vitola: Esa es una realidad pequeña pero fecunda, compuesta por unas treinta comunidades insertadas en parroquias maronitas o griego católicas, ricas de familias abiertas a la vida y con muchos hijos. En Beirut hay además un seminario misionero interritual que ha ordenado ya a once presbíteros encardinados o abscritos en diversas Iglesias católicas de rito oriental.

¿Qué se prevé para el futuro de los neocatecumenales libaneses, teniendo en vista la Nueva Evangelización y del Año de la Fe convocado por el Papa?

Don Gianfranco Vitola: La convicción de no dejarse persuadir por la “mentalidad corriente” que se traduce lamentablemente en la fuga emigratoria de Medio Oriente y en el conformarse a los modelos de comportamiento anticristianos -la así llamada ‘civilización de la muerte’- tan difundida actualmente en el mundo. Además de un renovado empuje misionero por parte de todos los jóvenes, muchachos y muchachas, y de las familias.

Zenit

Homilía de S.S. Benedicto XVI. Beirut

Queridos hermanos y hermanas:

«Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo» (Ef 1,3). Bendito sea en este día en el que tengo la alegría de estar aquí con vosotros, en el Líbano, para entregar a los obispos de la región la Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Medio Oriente.

Agradezco cordialmente a Su Beatitud Bechara Boutros Raï sus amables palabras de bienvenida. Saludo a los demás patriarcas y obispos de las iglesias orientales, a los obispos latinos de las regiones vecinas, así como a los cardenales y obispos procedentes de otros países. Os saludo a todos con gran afecto, queridos hermanos y hermanas del Líbano, así como a los de los países de toda esta querida región de Oriente Medio, que han venido para celebrar, con el Sucesor de Pedro, a Jesucristo crucificado, muerto y resucitado. Saludo con deferencia también al Presidente de la República y a las autoridades libanesas, a los responsables y miembros de otras tradiciones religiosas que han tenido a bien estar presentes aquí esta mañana.

En este domingo en el que Evangelio nos interroga sobre la verdadera identidad de Jesús, henos aquí con los discípulos por la senda que conduce a los pueblos de la región de Cesarea de Filipo. «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mc 8,29), les preguntó Jesús. El momento elegido para plantear esta cuestión tiene un significado. Jesús se encuentra en un momento decisivo de su existencia. Sube hacia Jerusalén, hacia el lugar donde, por la cruz y la resurrección, se cumplirá el acontecimiento central de nuestra salvación. Jerusalén es también donde, al final de estos acontecimientos, nacerá la Iglesia. Y cuando, en ese momento decisivo, Jesús pregunta primero a sus seguidores: «¿Quién dice la gente que soy yo?» (Mc 8,27), las respuestas que le dan son muy diferentes: Juan el Bautista, Elías, un profeta. También hoy, como a lo largo de los siglos, aquellos, que de una u otra manera, han encontrado a Jesús en su camino, ofrecen sus respuestas. Éstas son aproximaciones que pueden permitir encontrar el camino de la verdad. Pero, aunque no sean necesariamente falsas, siguen siendo insuficientes, pues no llegan al corazón de la identidad de Jesús. Sólo quien se compromete a seguirlo en su camino, a vivir en comunión con él en la comunidad de los discípulos, puede tener un conocimiento verdadero. Entonces es cuando Pedro, que desde hacía algún tiempo había vivido con Jesús, dará su respuesta: «Tú eres el Mesías» (Mc 8,29). Respuesta acertada sin duda alguna, pero aún insuficiente, puesto que Jesús advirtió la necesidad de precisarla. Se percataba de que la gente podría utilizar esta respuesta para propósitos que no eran los suyos, para suscitar falsas esperanzas terrenas sobre él. Y no se deja encerrar sólo en los atributos del libertador humano que muchos esperan.

Al anunciar a sus discípulos que él deberá sufrir y ser ajusticiado antes de resucitar, Jesús quiere hacerles comprender quién es de verdad. Un Mesías sufriente, un Mesías servidor, no un libertador político todopoderoso. Él es siervo obediente a la voluntad de su Padre hasta entregar su vida. Es lo que anunciaba ya el profeta Isaías en la primera lectura. Así, Jesús va contra lo que muchos esperaban de él. Su afirmación sorprende e inquieta. Y eso explica la réplica y los reproches de Pedro, rechazando el sufrimiento y la muerte de su maestro. Jesús se muestra severo con él, y le hace comprender que quien quiera ser discípulo suyo, debe aceptar ser un servidor, como él mismo se ha hecho siervo.

Decidirse a seguir a Jesús, es tomar su Cruz para acompañarle en su camino, un camino arduo, que no es el del poder o el de la gloria terrena, sino el que lleva necesariamente a la renuncia de sí mismo, a perder su vida por Cristo y el Evangelio, para ganarla. Pues se nos asegura que este camino conduce a la resurrección, a la vida verdadera y definitiva con Dios. Optar por acompañar a Jesucristo, que se ha hecho siervo de todos, requiere una intimidad cada vez mayor con él, poniéndose a la escucha atenta de su Palabra, para descubrir en ella la inspiración de nuestras acciones. Al promulgar el Año de la fe, que comenzará el próximo 11 de octubre, he querido que todo fiel se comprometa de forma renovada en este camino de conversión del corazón. A lo largo de todo este año, os animo vivamente, pues, a profundizar vuestra reflexión sobre la fe, para que sea más consciente, y para fortalecer vuestra adhesión a Jesucristo y su evangelio.

Hermanos y hermanas, el camino por el que Jesús nos quiere llevar es un camino de esperanza para todos. La gloria de Jesús se revela en el momento en que, en su humanidad, él se manifiesta el más frágil, especialmente después de la encarnación y sobre la cruz. Así es como Dios muestra su amor, haciéndose siervo, entregándose por nosotros. ¿Acaso no es esto un misterio extraordinario, a veces difícil de admitir? El mismo apóstol Pedro lo comprenderá sólo más tarde.

En la segunda lectura, Santiago nos ha recordado cómo este seguir a Jesús, para ser auténtico, exige actos concretos: «Yo con mis obras, te mostraré la fe» (2,18). Servir es una exigencia imperativa para la Iglesia y, para los cristianos, el ser verdaderos servidores, a imagen de Jesús. El servicio es un elemento fundacional de la identidad de los discípulos de Cristo (cf. Jn 13,15-17). La vocación de la Iglesia y del cristiano es servir, como el Señor mismo lo ha hecho, gratuitamente y a todos, sin distinción. Por tanto, en un mundo donde la violencia no cesa de extender su rastro de muerte y destrucción, servir a la justicia y la paz es una urgencia, para comprometerse en aras de una sociedad fraterna, para fomentar la comunión. Queridos hermanos y hermanas, imploro particularmente al Señor que conceda a esta región de Oriente Medio servidores de la paz y la reconciliación, para que todos puedan vivir pacíficamente y con dignidad. Es un testimonio esencial que los cristianos deben dar aquí, en colaboración con todas las personas de buena voluntad. Os hago un llamamiento a todos a trabajar por la paz. Cada uno como pueda y allí dónde se encuentre.

El servicio debe entrar también en el corazón de la vida misma de la comunidad cristiana. Todo ministerio, todo cargo en la Iglesia, es ante todo un servicio a Dios y a los hermanos. Éste es el espíritu que debe reinar entre todos los bautizados, en particular con un compromiso efectivo para con los pobres, los marginados y los que sufren, para salvaguardar la dignidad inalienable de cada persona.

Queridos hermanos y hermanas que sufrís en el cuerpo o en el corazón, vuestro dolor no es inútil. Cristo servidor está cercano a todos los que sufren. Él está a vuestro lado. Que os encontréis en vuestro camino con hermanos y hermanas que manifiesten concretamente su presencia amorosa, que no os abandonará. Que Cristo os colme de esperanza.

Y todos vosotros, hermanos y hermanas, que habéis venido para participar en esta celebración, tratad de configuraros siempre con el Señor Jesús, con él, que se ha hecho servidor de todos para la vida del mundo. Que Dios bendiga al Líbano, que bendiga a todos los pueblos de esta querida región del Medio Oriente y les conceda el don de su paz.

Amén.