HOMILIA DEL CARDENAL ARZOBISPO DE VALENCIA EN LA MISA EN SUFRAGIO POR RITA BARBERÁ

En la Catedral de Valencia, el 23 de noviembre

Al caer la tarde, como a los caminantes de Emaús, cariacontecidos y contristados hondamente, con profundo dolor, por la muerte de Dª Rita Barberá, sale a nuestro encuentro el Señor, Jesucristo, resucitado, que ha vencido la muerte, todo odio y maledicencia, y reaviva en nosotros la esperanza.
Traemos a nuestra memoria sus palabras que nos dicen: “Venid a mí, los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Aprended de mí que soy manso y humilde corazón”. Cansados y agobiados estamos, es verdad, de este mundo nuestro que condena a las personas, que no parece no le importan las personas sino otros intereses , que se muestra incapaz de mirar con verdad y amor a las personas, o que tiene una mirada ciega para ver cómo Dios mira con amor y misericordia a todos.Venimos esta tarde como Iglesia, en el mismo día en que Dios ha llamado junto a sí a nuestra hermana, Rita, una mujer profundamente creyente, hija fiel de la Iglesia. La acompañamos ante Dios, con nuestra plegaria, ofreciendo el sacrificio de la Cruz donde está todo el amor de Dios, el juicio de Dios que es el único verdadero y justo, el de la misericordia para la redención de todos. En el centro está el amor de Dios que sabe leer el corazón del hombre y conoce la vida de cada uno de nosotros, lo más recóndito y lo más verdadero y auténtico de cada uno: Eso nos llena de confianza y consuelo ante esta enserada muerte. Siempre estuvo y se consideró en manos de Dios y por ello ahora la ponemos en esas manos divinas, sabiendo que en la vida y en la muerte somos de Dios. Ella ya se ha encontrado con la verdad, con Cristo, rostro humanado de Dios misericordioso, ante el tribunal divino que no juzga ni condena como los hombres sino que mira con amor y verdad la capacidad de servicio y de amor puesto en el actuar humano. Dª Rita fue una gran servidora de todos, sus obras como Alcaldesa fueron para servir a todos los valencianos en verdadera misericordia: amó mucho a los valencianos, a su pueblo, y por ellos se desvivió. Ésta es la verdad de nuestra alcaldesa: fe, confianza en Dios en quien siempre creyó y a quien siguió, servicio, entrega, buscar el bien para todos, para su pueblo.

Sin duda que en estos momentos nos sentimos desconcertados y abatidos pero traemos a la memoria la misericordia de Dios, infinita y desbordante, que se nos ha mostrado de una vez por todas en Jesús, su Hijo, y que no tiene vuelta atrás. ¿Quién podrá apartarnos, dice San Pablo, del amor de Cristo, del amor de Dios, manifestado y entregado en Cristo?. Esta misericordia, como dice el Papa Francisco en su Carta Apostólica al finalizar el Año de la Misericordia, “tiene también el rostro de la consolación. “Consolad, consolad a mi pueblo” (Is 40, 19), son las sentidas palabras que el profeta pronuncia también hoy, para que llegue una palabra de esperanza a cuantos sufren y padecen. “No nos dejemos robar nunca la esperanza que proviene de la fe en el Señor Resucitado” -la fe que animó y dio coraje a la vida de Dª Rita-. “Es cierto, a menudo pasamos por duras pruebas -como ésta-, pero jamás debe decaer la certeza de que el Señor nos ama. Su misericordia se expresa también en la cercanía, en el afecto y en el apoyo que muchos hermanos y hermanas nos ofrecen, como lo ofreció nuestra hermana en tantísimas ocasiones”. Dios se acerca a nosotros en su misericordia a través de ellos y enjuga nuestras lágrimas, como supo hacer con discreción y sabiduría evangélica nuestra hermana.

“Todos tenemos necesidad de consuelo, añade el Papa, porque ninguno es inmune al sufrimiento, al dolor y a la incomprensión” -que padeció tan terriblemente nuestra hermana-. Cuánto sufrimiento provoca la experiencia de la traición, de la violencia y del abandono. Cuánto dolor puede causar una palabra rencorosa, fruto de la envidia, de los celos o de la rabia -o de otros sentimientos aún más innobles-. Cuánta amargura ante los seres queridos. Sin embargo, Dios nunca permanece distante cuando se viven estos dramas.

Estamos ante la muerte de Dª Rita, cristiana de una pieza, gran persona, gran alcaldesa, de corazón muy grande, y esta muerte nos produce un singular dolor por los motivos que están en la mente de la mayoría de los aquí presentes. “La Iglesia siempre ha vivido este dramático tránsito a la luz de la resurrección de Jesucristo, que ha abierto el camino de la certeza en la vida futura. Tenemos un gran reto que afrontar, sobre todo en la cultura contemporánea, que a menudo tiende a banalizar la muerte”, o no descubre la seriedad de la vida ante la muerte, en la que daremos cuenta ante Dios de la capacidad de amor y de misericordia, de perdón y de buscar el bien del hombre, de la persona, que ha de regir el comportamiento de todos, y en especial de los que ostentan y deben ser ejemplo para la sociedad, cargos públicos.

La muerte de Dª Rita me ha hecho pensar lo urgente que es un cambio y una regeneración en los modos de actuar. Así no podemos seguir. Mientras no importe por encima de todo el hombre, el bien de la persona y su dignidad inviolable, inseparable de la verdad de Dios, caminaremos por caminos ciegos incapaces de misericordia, que es la virtud de los fuertes con la fortaleza de Dios, que se rebajó hasta lo último, hasta una muerte en la Cruz, faro que ilumina el caminar del hombre, desde el amor, el perdón, la misericordia para todos. Ahí está la paz. Que la muerte de Dª Rita se muestre fecunda como el grano de trigo que cae en tierra buena para dar mucho fruto. Que Dios le haya perdonado todas sus culpas y que haya escuchado ya aquellas palabras que Dios dirige al siervo fiel y prudente: “Entra en el gozo de tu Señor”, el gozo de la gloria de Dios, que es que el hombre viva y viva para siempre en una dicha que nada ni nadie nos podrá arrebatar, una vida para siempre junto a Dios, que es amor sin límite.

Vivimos esta Santa Misa y la memoria de Dª Rita como una plegaria llena de esperanza por su alma y como ocasión para ofrecer consuelo y cercanía a cuantos sufren la muerte de esta persona tan querida, hermanos, sobrinos, familiares y amigos.

Antonio Cañizares Llovera

 

Avan

Homilía del Cardenal de Valencia, Monseñor Antonio Cañizares en la Jornada Mundial de Oración por la Paz

Día de oración por la paz: unión a la oración del Papa

El Santo Padre ha convocado hoy una Jornada Mundial de oración por la paz: ha convocado a la Iglesia entera, ha convocado a los cristianos de todas las partes, y ha convocado también a los representantes de las religiones del mundo a orar por la paz en Asís, la patria de san Francisco, hermano universal, maestro de la paz. Con el Papa nos unimos desde todas las partes del mundo para elevar al cielo una plegaria unánime que pide a Dios la paz, el cese de toda violencia, el final de todo terrorismo, la terminación de toda guerra, la aniquilación de todo odio, la implantación de toda justicia, la realización de la unidad verdadera que tiene como vínculo la caridad, el perdón, el amor. Con gran fuerza resuenan entre nosotros las palabras de Pablo a los Colosenses: “Como elegidos de Dios, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia.

Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando uno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado, haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta, Que la paz de Cristo reine en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados”. La paz es la vocación de todo hombre, especialmente de nosotros creyentes en Jesucristo. Qué gozo vivir en la paz. Sin embargo la paz está rota o amenazada en tantos lugares.

Esta tarde, uniéndonos a un clamor universal, venimos a ofrecer el sacrificio mismo de Jesucristo que derramó su sangre en ofrenda para la reconciliación y para la curación de toda herida de separación y derribar el muro del odio que separa a los hombres. Presentamos a Dios el sacrificio de propiciación por los pecados de los hombres que hemos generado la división y la injusticia, y hemos impuesto en nuestras relaciones la violencia o los intereses propios. Venimos a orar con Cristo al Padre que, desde la Cruz, pide el perdón para los que le crucifican, promete el Paraíso al arrepentido y entrega su espíritu al Padre derramando todo su amor en favor de los hombres hasta el extremo. Estamos aquí, unidos al Papa, para orar por la reconciliación y la paz. Paz en todas las partes y países donde haya conflicto cuyos nombres todos tenemos en nuestras mentes, paz donde se extienda la violencia del tipo que fuere, paz para los que están desagarrados por dentro o en su interior carecen de ella y almacenan sentimientos, de odio, de venganza, o de cerrazón en la propia.
Paz en todos los lugares del mundo donde está amenazada o rota; me atrevo a decir que está amenazada en todas partes.

Uno no sólo piensa en los países calcinados por el sufrimiento y la terrible destrucción de la guerra, sino que también piensa en tanta hambre de los países subdesarrollados, en las víctimas del hambre, en los niños de la calle y abandonados o víctimas de tanta sinrazón de los mayores, en los pueblos cada día más lejanos al desarrollo normal, en continentes enteros excluidos del progreso, en las innumerables víctimas de la injusticia, en las destrucción masiva de la familia, en la violencia callejera, en tantos jóvenes sin trabajo, explotados o degradados por la droga y sus traficantes: Ahí no hay paz. Y uno piensa también, y de una manera particular, en ese fenómeno terrible, en esa lacra corrosiva de los últimos tiempos que corroe la humanidad, el fenómeno espantoso y vil del terrorismo que nuestra patria sufrió durante tantísimo tiempo, y que países tan cercanos y de nuestra área sociocultural lo están sufriendo –sin ir más lejos ayer en Estados Unidos–. Uno piensa, todavía horrorizado, en lo que supuso el atentado de hace unos años en Madrid, o aquel 11 de septiembre en Nueva York que cambiaron el rumbo de la historia, o los acaecidos en París o Bruselas meses atrás, cuyas consecuencias aún desconocemos para un mundo que parecía seguro, tranquilo, poderoso y feliz. Esa violencia se extiende y domina otros ámbitos de periferias en ciudades o países; y no digamos nada de la violencia, que en miles de formas, atenta contra la vida, y que todos tenemos en mente; o las persecuciones religiosas que acaecen ante la pasividad de tantos sin poner ningún remedio.

Insisto en el terrorismo porque se basa en el desprecio de la vida del hombre –ese desprecio, por lo demás, por la vida que está socavando los cimientos de la sociedad con una cultura invasora de muerte, que lucha feroz batalla contra el hombre–. Precisamente por eso, el terrorismo no sólo comete crímenes intolerables, sino que en sí mismo, en cuanto recurso al terror como estrategia política y económica, es un auténtico crimen contra la humanidad, como otras formas de desprecio o de atentado contra la vida de inocentes, recordemos el aborto. Nunca, ni siquiera las injusticias existentes en el mundo pueden usarse como pretexto para justificar los atentados terroristas, y nunca otras excusas pueden ponerse para atentar contra la vida de inocentes, si queremos paz. La pretensión del terrorismo de actuar en nombre de los oprimidos o de las víctimas de las injusticias es una falsedad patente, una falacia, de modo análogo, podríamos decir de otras maneras de violencia.

Venimos a pedir la paz, porque sabemos que es un don de Dios, es la suma de los bienes que el hombre puede realizar en la vida, y eso está vinculado siempre a la misericordia de Dios y a la obediencia a Él. Porque la paz está permanentemente amenazada en el corazón de los hombres; el odio, la mentira, la no verdad, la soberbia que divide, la envidia, el resentimiento, la injusticia, y la ignominia. El primer lugar donde hay que combatir la guerra es en el propio corazón, y tenemos experiencia de cómo esas pasiones nos derrotan una y mil veces. Por lo tanto la actitud más razonable es la de suplicar a Dios el don de la paz, la gracia y la misericordia que elimine los obstáculos que hay en el corazón de cada uno, la conversión para la paz. Así podremos ser constructores de un mundo en paz, y seremos proclamados dichosos porque trabajamos por la paz como hijos de Dios.

Habrá paz en la medida en que toda la humanidad sepa redescubrir su vocación a ser hombres que tienen inscrita en su gramática personal la llamada a la paz, o su vocación a ser una familia, que constituye la base del ser humano y la primera e imprescindible matriz y escuela de paz, en la que la dignidad y grandeza del hombre en medio de sus fragilidades y con sus derechos inalienables, sean reconocidos como anteriores y por encima de cualquier diferencia. Es fundamental, y muy gozoso, cumplir el deber de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, llamados a comprometerse por la paz, a trabajar por la paz, a educar para la paz y en la paz, a desarrollar estructuras de paz e instrumentos de no violencia, a sembrar y cultivar sentimientos de amor y justicia, de verdad y auténtica libertad que generan paz, a crear, superado todo egoísmo e interés particular, una cultura de la paz, una nueva civilización de la verdad y el amor, a generar un ambiente social en todas las partes regido por la moralidad que se asienta en la búsqueda y pasión por el bien, por lo bello, lo bueno, lo verdadero, es decir por el hombre y que apueste por el hombre, como Dios ha apostado por nosotros en su Hijo.

Tenemos que oponernos juntos, con firmeza a la tentación del odio y de la violencia, que sólo dan la ilusión de resolver los conflictos y procuran pérdidas reales y permanentes. Pero, ¿cuál es el camino que conduce al pleno restablecimiento del orden moral y social, violado tan bárbaramente por los atentados terroristas o por la guerra injusta? Dijo el Papa San Juan Pablo II: “La convicción a la que he llegado es que no se restablece completamente el orden quebrantado, si no es conjugando la justicia con el perdón. Los pilares de la paz verdadera son la justicia y esa forma particular del amor que es el perdón”. Hay, pues, un camino para empezar de nuevo, para construir un mundo más justo y solidario el camino del perdón. El perdón, nota distintiva de la fe cristiana, que podría parecer debilidad presupone, sin embargo, una gran fuerza espiritual y asegura ventajas a largo plazo. Para todos, creyentes y no creyentes, vale la regla de hacer a los demás lo que queremos que nos hagan. Este principio ético, aplicado a un nivel social e internacional, constituye una vía maestra para construir un mundo más justo y solidario.

En un mundo globalizado, donde las amenazas a la justicia y a la paz tienen repercusiones a escala mundial, se impone una globalización también de las conciencias: no hay que desalentarse ante las pruebas de la Historia, sino perseverar en el compromiso de orientar en la dirección justa las opciones personales, familiares y sociales, así como las grandes líneas del desarrollo nacional e internacional.

Hoy, en Asís, el Papa Francisco, con gentes de diferente raza, cultura y religión, procedentes de todos los rincones del planeta, quieren demostrar al mundo entero que es posible convivir en paz, que es posible tener esperanza. El secreto está en pedir el don de la paz al único que puede darla. A Dios, el Señor de la paz. ¡La paz parece, a veces, una meta verdaderamente inalcanzable! En un clima hostil por la indiferencia y envenenado frecuentemente por el odio, ¿cómo esperar que venga una era de paz, que sólo los sentimientos de solidaridad y amor pueden hacer posible? Podemos y debemos esperar una verdadera paz en el mundo, habrá un futuro de paz en la tierra. ¡La paz es posible! No se trata de un slogan, sino de una certeza, de un compromiso. Es posible siempre, si se quiere verdaderamente. Y si la paz es siempre posible, es objeto de un deber imperioso.

Ante una paz tan amenazada y rota, en una situación tan difícil para la paz como la que atravesarnos, nuestra mirada se dirige a Cristo. Los que en El creemos, pensamos que problemas tan graves no se pueden resolver sin hacer referencia a Él; sin Él no es posible resolver los problemas que se complican de día en día. En Él está la fuente de la fraternidad, la abundancia de la misericordia, la capacidad para el perdón sincero y real que alcanza a los enemigos, la superación de toda división, la implantación del derecho y la justicia. No podernos cruzarnos de brazos, o permanecer atenazados por el temor o la incertidumbre. Necesitarnos intervenir. Todos. Los Papas no cesan de recordarnos que una de las intervenciones más poderosa reside en la oración. Ella entraña un enorme poder espiritual, sobre todo cuando va acompañada del sacrificio y del sufrimiento.

La oración nos ha de unir a todos ante Dios, Padre justo y rico en misericordia. La oración es la única arma de la Iglesia para lograr la paz, particularmente en manos de los pobres, de los oprimidos, de las víctimas de la injusticia. La oración, resistente como el acero cuando se templa bien en el fuego del sacrificio y del perdón, es la sola arma eficaz para penetrar hasta el corazón, que es donde nacen los sentimientos y las pasiones del hombre.

Oremos, pues, sin cesar, con toda confianza y con todo el corazón pidiendo fuerza espiritual para acabar con la guerra y la violencia, para que la paz se implante y se destierre de manera definitiva la violencia, el terrorismo, el odio, la injusticia. ¡Unámonos con toda amplitud, sin reserva alguna, al Papa que en este día ha estado rezando en Asís de manera especialísima por la paz y con él también los líderes de las confesiones religiosas!

Que Dios, dador de todo bien –y ¿qué bien es comparable a la paz y la concordia?– conceda al mundo una paz estable, fundada en la justicia, el amor, la verdad, el perdón y la libertad. Que se busquen y encuentren soluciones adecuadas a los numerosos conflictos que atormentan el mundo. Que cese todo terrorismo sobre la faz de la tierra. Que quienes han sufrido o sufren las consecuencias del terrorismo y de la guerra hallen la solidaridad necesaria y el consuelo que alivie su gran sufrimiento. Con San Francisco decirnos: “¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz! /Que allí donde haya odio, ponga yo amor; / donde haya ofensa, ponga yo perdón; / donde haya discordia ponga yo unión; /donde haya error, ponga yo verdad; /donde haya duda, ponga yo fe;/donde haya desesperación, ponga yo esperanza, /donde haya tinieblas, ponga yo luz; donde haya tristeza, ponga yo alegría. / ¡Maestro! que no busque yo tanto /ser consolado como consolar/; /ser comprendido, como comprender; / ser amado, como amar. / Porque dando es como se recibe. / olvidando, como se encuentra; / perdonando, como se es perdonado; /muriendo, como se resucita a la vida eterna”. Santa María, reina de la paz, ruega por nosotros y consíguenos la paz, la paz de tu Hijo Jesús, que no es la de este mundo, sino la suya que transforma e ilumina los corazones y las mentes.

El cardenal Cañizares afirma que hoy es “un día para la esperanza” y “del triunfo del amor frente a los dragones del materialismo”

VALENCIA, 15 AGO. (AVAN)

El cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares, ha asegurado en su homilía en la Catedral de Valencia con motivo de la solemnidad de la Asunción de la Virgen, que esta fiesta “es un día para la esperanza”, por “la protección cierta de María que nunca nos deja” y porque supone la “victoria total de Dios frente al mal”.

 

“Es como un estallido de júbilo”, ha descrito el Cardenal, en referencia a la fiesta que se vive hoy “en muchos pueblos en pleno descanso estival”, y que en esta ocasión se celebra dentro del Año de la Misericordia, por lo que “brilla de manera muy especial, precisamente, la Asunción de la que es Madre de la misericordia”.

 

El Cardenal Arzobispo de Valencia ha defendido que “siguiendo la lección de María alcanzamos la capacidad creadora para una nueva humanidad para evitar los nuevos dragones que con fuerza propagandística defienden la ideología materialista, que no respeta ni defiende al pobre, donde sólo importa el consumismo. Que trata la ideología de género como dominante, sin embargo lo importante es el respeto a la pobreza, pero no temamos, Dios es más fuerte y triunfa en el amor”.

 

Ante la imagen de la Dormición de la Virgen, que ha sido trasladada al inicio de la celebración en procesión hasta el presbiterio, ha señalado que en María “tenemos el gran signo de consolación y de la misericordia, de la victoria del amor, de la victoria del bien, de la victoria de Dios; ahí se nos abren las puertas de la gran esperanza”.

 

Victoria total de Dios

 

“Siempre, a lo largo de la historia, el amor de Dios ha sido más fuerte que el mal, ha vencido al odio, la violencia, el querer eliminar a Dios, que no triunfa el egoísmo o la libertad omnímoda que sólo piensa en el propio interés sin respeto a la naturaleza, a lo que Dios quiere y ha establecido”.

 

En la eucaristía, en definitiva, celebramos “la victoria de Dios, la participación en esa victoria de la resurrección como la Santísima Virgen María, como Reina de la misericordia en la que vemos el triunfo de la misericordia sobre los poderes del mal”. Esta es la gran lección de María, seguir su camino, dar nuestra vida”.

 

Con el Cardenal ha concelebrado el arzobispo de Maracaibo (Venezuela), monseñor Ubaldo Ramón Santana Sequera, que se encuentra visitando a sacerdotes de su diócesis actualmente en Valencia, y el cabildo de la Catedral. También ha intervenido la Coral catedralicia.

Homilía en la clausura del Curso del Instituto Juan Pablo II

viernes 13 de mayo de 2016
Homilía en la clausura del Curso del Instituto Juan Pablo II
“En defensa y apoyo de la familia”
Nota del Arzobispo:

Ésta es la homilía pronunciada por mí, como Arzobispo de Valencia, el pasado día 13 de mayo en la capilla de la Sede de Santa Úrsula, de la Universidad Católica de Valencia, en la clausura del Curso del Instituto Juan Pablo II, de estudios sobre la familia. La presente publicación recoge íntegra, inalteradamente y sin ninguna glosa la homilía tal y como se pronunció. Pido a juristas cualificados y objetivos, sin prejuicios de ningún tipo e imparciales, si juzgan que en ella se contiene algo que va contra la ley y que provoque odio contra personas o grupos sociales determinados, o que se pueda considerar homófobo tanto el texto como su autor. La censura y la condena padecida por mí en algunos medios, por algunos grupos y por algunos políticos, hacen pensar en etapas superadas de nuestra historia pasada, pero aún reciente, en que se censuraban y condenaban algunas homilías y a algunos predicadores. ¿Es homófobo defender la familia?

Antonio Card. Cañizares
Arzobispo de Valencia

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Damos gracias a Dios por la labor realizada, en este curso y a lo largo de sus más de dos décadas de existencia por la Sección Española del Instituto Juan Pablo II, al que tanto le debe la Iglesia, y el mundo entero por cuanto viene haciendo durante tantos años a favor de la familia. Es providencial y algo nos quiere decir el Señor, mucho, a esta Universidad Católica de Valencia al ubicar este Instituto en su organización y estructura. Como he dicho ayer mismo al Consejo de Dirección de la Universidad, que ésta debe tener como nota distintiva a la familia, su colaboración con las familias, nuestra ayuda a la familia, y la promoción de investigaciones, estudios y acciones a favor de la familia y de la mujer. y más todavía, tras la Exhortación Apostólica del Papa Francisco Amoris Laetitia sobre la familia, que debe ser objeto en nuestra Universidad de referencia y aplicación.

Con esta celebración de acción de gracias en el aniversario de su creación, Nuestra señora de Fátima, estamos expresando la proclamación clara y el apoyo decidido e inequívoco de la familia, unión indisoluble en la alegría del amor, santuario de la vida y sede firme de esperanza, y, en este Año de la Misericordia, es también invocación de la misericordia Dios sobre las familias que tanta misericordia necesitan y que son el gran signo de la misericordia, donde se aprende y se recibe misericordia. Una vez más, escuchamos en esta celebración el fundamento más firme y gozoso de la naturaleza de la familia, querida por Dios desde siempre, la gran defensa del derecho a formar y vivir en familia, sin que ésta se vea suplantada u ofuscada por otras formas o instituciones diversas, así como del derecho primordial a la vida, desde su concepción hasta su ocaso natural.

En la familia se juega el futuro del hombre y de toda la sociedad. Es cierto, vivimos tiempos no fáciles para la familia. La institución familiar se ha convertido en blanco de contradicción: por una parte, es la institución social más valorada, al menos en las encuestas, también entre los jóvenes, y, por otra, está sacudida en sus cimientos por graves amenazas claras o sutiles. La familia se ve acechada hoy, en nuestra cultura, por un sin fin de graves dificultades, al tiempo que sufre ataques de gran calado, que a nadie se nos oculta. Ahí tenemos legislaciones contrarias a la familia, la acción de fuerzas políticas y sociales, a la que se suman movimientos y acciones del imperio gay, de ideologías como el feminismo radical o la más insidiosa de todas, la ideología de género. Esa situación es tan grave, y tiene tales consecuencias para el futuro de la sociedad, que se puede sin duda hoy considerar la estabilidad del matrimonio y la familia, y su apoyo y reconocimiento público, como el primer problema social, y de atención a los más débiles y a las periferias existenciales. Cuando se ataca o deteriora la familia, se pervierten las relaciones humanas más sagradas, se llena la historia personal de muchos hombres y mujeres de sufrimiento y de desesperanza, y se proyecta una amarga sombra de soledad y desamor sobre la historia colectiva y sobre toda la vida social. De ahí la gran necesidad que tiene de misericordia y de vivir la misericordia.

La familia debería ser la primera y gran prioridad mundial. En la existencia del hombre, en sus gozos y sufrimientos, lo más determinante es la familia. En la familia cada uno es reconocido, respetado y valorado en sí mismo. En la familia es donde el hombre crece, y donde todos aprendemos a mirar y a comprender el misterio de la vida y a ser personas, es decir, a relacionarnos con Dios y con los demás de un modo justo, amoroso y misericordioso, adecuado a la verdad de nuestro ser. La familia, santuario del amor y de la vida, existe para que cada persona pueda ser amada por sí misma, y aprenda a darse y a amar.

Por eso la familia, y más exactamente el matrimonio y la verdad del matrimonio, es indispensable para que la persona pueda reconocer la verdad de su ser hombre. Es fundamento insustituible para la persona. Donde acaba la familia, empieza fácilmente la intemperie, la marginación y el dolor más sensible. ¿Quién puede tener interés en socavar este pilar de toda persona, y de toda sociedad? Por ello, atendiendo a las necesidades más urgentes y apremiantes del momento actual, el Papa Francisco con su Exhortación Apostólica Amoris laetitia nos confirma en la urgencia de apostar y trabajar en favor del matrimonio y de la familia, y dedicar a esa tarea nuestros mejores esfuerzos y mayores energías, así como la sabiduría y
Cuantos medios Dios nos conceda.

El matrimonio y la familia, su imprescindible e inalienable misión y labor educativa como prolongación de la transmisión de la vida, por lo demás, son la entraña misma de la vida de la Iglesia y de su misión, el modo concreto en que la Iglesia prolonga la Encarnación de Cristo, y se hace, como Él, amiga de los hombres y luz en su camino. El camino de la Iglesia, a partir de Cristo y de su Sagrada Familia, es la familia, que es lo mismo que decir que el camino de la Iglesia es el hombre. El hombre está hoy en un particular peligro, sobre todo, por la desfiguración o ataques directos o solapados contra la verdad del matrimonio y de la familia, que afecta a la dignidad constitutiva del ser humano y comprometen las posibilidades sociales del desarrollo pleno e íntegramente humano de su personalidad, de su destino y salvación. Ante la encrucijada sociocultural del matrimonio y de la familia, manifestada en tantas cosas, se hace imprescindible recordar, afirmar y defender la importancia de la familia como corazón y célula de la sociedad, como realidad básica para el desarrollo de la personalidad humana y para el futuro de la sociedad. La Exhortación Apostólica del Papa Francisco, en total continuidad con las enseñanzas de los anteriores Papas, por ello, es una puerta abierta a la esperanza. Esta Exhortación nos abre al futuro y confirma nuestra esperanza. Porque afirma la necesidad e incomparable y singular belleza de la familia asentada en la verdad del matrimonio entre un hombre y una mujer. Es la familia santuario de la vida y esperanza de la sociedad. La palabra del Papa y su testimonio en favor de la familia ofrece a todo el mundo luz y caminos para fortalecer la familia, en la que se juega, como vengo diciendo, el futuro del hombre.

El bien del hombre y de la sociedad, en efecto, está profundamente vinculado a la familia. El futuro de la humanidad se fragua en la familia; es indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce por salvar y promover la verdad que constituye y en la que se asienta la familia, así como los valores y exigencias que ésta presenta. Entre los numerosos caminos de la humanidad, la familia es el primero y más importante de todos. Es un camino del cual no puede alejarse ningún ser humano. Cuando falta la familia, se crea en la persona que viene al mundo una carencia preocupante y dolorosa que pesará posteriormente durante toda la vida.

Es necesario ser lúcidos, insisto, ante la situación por la que atraviesa la familia en los momentos presentes. La gravedad y número de estos problemas están a la vista de todos. Nos encontramos en una situación histórica nueva en nuestra sociedad. No pueden dejar de preocuparnos estos problemas en la medida en que afectan a las personas en lo más íntimo; sin embargo, nuestra sociedad parece querer ocultar sus dificultades con soluciones superficiales e ingenuas que pretenden ignorar la repercusión personal y social que producen. Todos, sin excepción, estamos obligados a promover y fortalecer los valores y exigencias de la familia, ir más allá de lo que con frecuencia se va en el debate político, social y cultural. La familia debe ser ayudada y defendida mediante medidas sociales apropiadas y una nueva cultura, que sea precisamente la nueva cultura de la familia y de la vida, la nueva “civilización del amor”, de la alegría del amor, en expresión del Papa.

La sociedad tiene la grave responsabilidad de apoyar y vigorizar la familia, y su fundamento que es el matrimonio único e indisoluble entre un hombre y una mujer, basado en el amor y abierto a la vida. La misma sociedad tiene el inexorable deber de proteger y defender la vida, cuyo santuario es la familia, así como dotar a ésta de los medios necesarios económicos, jurídicos, educativos, de vivienda y trabajo -para que pueda cumplir con los fines que le corresponden a su propia verdad o naturaleza y asegurar la prosperidad doméstica en dignidad y justicia.

No ayudar debidamente a la familia constituye una actitud irresponsable y suicida que conduce a la humanidad por derroteros de crisis, deterioro y destrucción de incalculables consecuencias. La Iglesia tiene una especial responsabilidad en esa gran urgencia de nuestro tiempo que es, con el auxilio de la misericordia de Dios, “salvar a la familia”, potenciarla y alentarla, conforme a la verdad que la constituye, que es la inscrita por su Creador, el Dios Uno y Trino, en su más profunda entraña. La promoción y defensa de la familia, basada en el matrimonio único e indisoluble, es la base de una nueva cultura del amor. Es el centro de la nueva civilización del amor. Lo que es contrario a la civilización del amor, y por tanto a la familia, es contrario a toda la verdad sobre el hombre y al mismo hombre, constituye una amenaza para él. Sólo la defensa de la familia abrirá el camino hacia la civilización del amor, hacia la afirmación del hombre y de su dignidad inviolable, hacia la cultura de la solidaridad y de la vida. Sólo la familia es esperanza de la humanidad.

Estamos llamados a que las familias en medio de las dificultades que las envuelven hoy, tomen conciencia de sus capacidades y energías, confíen en sí mismas en las propias riquezas de naturaleza y gracia, en la misión que Dios les ha confiado: es necesario que las familias de nuestro tiempo vuelvan a remontarse más alto. Los católicos tenemos en ello una especial responsabilidad que se traduce en el anuncio y presencia del “evangelio de la familia”.

Nuestra Universidad, es un signo el Instituto Juan Pablo II, ubicado en su seno, debe tener como nota muy característica su referencia a la familia, su atención y cuidado de la familia. Así lo indicaba esta mañana misma en la reunión del Consejo de Dirección. Por eso mismo, con la ayuda inestimable de este Instituto, y con la aportación de todos, esta Universidad habrá de promover y defender la verdad y la belleza de la familia, y hacer cuanto esté en sus manos -que es mucho- por la familia.

AVAN

Homilía del Papa Francisco en la Santa Misa de la Epifanía del Señor

Las palabras que el profeta Isaías dirige a la ciudad santa de Jerusalén nos invitan a salir; a salir de nuestras clausuras, a salir de nosotros mismos, y a reconocer el esplendor de la luz que ilumina nuestras vidas: «¡Levántate y resplandece, porque llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!» (60,1). «Tu luz» es la gloria del Señor. La Iglesia no puede pretender brillar con luz propia. San Ambrosio nos lo recuerda con una hermosa expresión, aplicando a la Iglesia la imagen de la luna: «La Iglesia es verdaderamente como la luna: […] no brilla con luz propia, sino con la luz de Cristo. Recibe su esplendor del Sol de justicia, para poder decir luego: “Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí”» (Hexameron, IV, 8, 32). Cristo es la luz verdadera que brilla; y, en la medida en que la Iglesia está unida a él, en la medida en que se deja iluminar por él, ilumina también la vida de las personas y de los pueblos. Por eso, los santos Padres veían a la Iglesia como el «mysterium lunae».

Necesitamos de esta luz que viene de lo alto para responder con coherencia a la vocación que hemos recibido. Anunciar el Evangelio de Cristo no es una opción más entre otras posibles, ni tampoco una profesión. Para la Iglesia, ser misionera no significa hacer proselitismo; para la Iglesia, ser misionera equivale a manifestar su propia naturaleza: dejarse iluminar por Dios y reflejar su luz. No hay otro camino. La misión es su vocación. Muchas personas esperan de nosotros este compromiso misionero, porque necesitan a Cristo, necesitan conocer el rostro del Padre.

Los Magos, que aparecen en el Evangelio de Mateo, son una prueba viva de que las semillas de verdad están presentes en todas partes, porque son un don del Creador que llama a todos para que lo reconozcan como Padre bueno y fiel. Los Magos representan a los hombres de cualquier parte del mundo que son acogidos en la casa de Dios. Delante de Jesús ya no hay distinción de raza, lengua y cultura: en ese Niño, toda la humanidad encuentra su unidad. Y la Iglesia tiene la tarea de que se reconozca y venga a la luz con más claridad el deseo de Dios que anida en cada uno. Como los Magos, también hoy muchas personas viven con el «corazón inquieto», haciéndose preguntas que no encuentran respuestas seguras. También ellos están en busca de la estrella que muestre el camino hacia Belén.

¡Cuántas estrellas hay en el cielo! Y, sin embargo, los Magos han seguido una distinta, nueva, mucho más brillante para ellos. Durante mucho tiempo, habían escrutado el gran libro del cielo buscando una respuesta a sus preguntas y, al final, la luz apareció. Aquella estrella los cambió. Les hizo olvidar los intereses cotidianos, y se pusieron de prisa en camino. Prestaron atención a la voz que dentro de ellos los empujaba a seguir aquella luz; y ella los guió hasta que en una pobre casa de Belén encontraron al Rey de los Judíos.

Todo esto encierra una enseñanza para nosotros. Hoy será bueno que nos repitamos la pregunta de los Magos: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo» (Mt 2,2). Nos sentimos urgidos, sobre todo en un momento como el actual, a escrutar los signos que Dios nos ofrece, sabiendo que debemos esforzarnos para descifrarlos y comprender así su voluntad. Estamos llamados a ir a Belén para encontrar al Niño y a su Madre. Sigamos la luz que Dios nos da. La luz que proviene del rostro de Cristo, lleno de misericordia y fidelidad. Y, una vez que estemos ante él, adorémoslo con todo el corazón, y ofrezcámosle nuestros dones: nuestra libertad, nuestra inteligencia, nuestro amor. Reconozcamos que la verdadera sabiduría se esconde en el rostro de este Niño. Y es aquí, en la sencillez de Belén, donde encuentra su síntesis la vida de la Iglesia. Aquí está la fuente de esa luz que atrae a sí a todas las personas y guía a los pueblos por el camino de la paz.

Homilía del Papa Francisco en la Solemnidad de Santa María Madre de Dios

 

Homilía del Papa Francisco:

Hemos escuchado las palabras del apóstol Pablo: «Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (Ga 4,4).

¿Qué significa el que Jesús nazca en la «plenitud de los tiempos»? Si nos fijamos únicamente en el momento histórico, podemos quedarnos pronto defraudados. Roma dominaba con su potencia militar gran parte del mundo conocido. El emperador Augusto había llegado al poder después de haber combatido cinco guerras civiles. También Israel había sido conquistado por el Imperio Romano y el pueblo elegido carecía de libertad. Para los contemporáneos de Jesús, por tanto, ese no era en modo alguno el mejor momento. La plenitud de los tiempos no se define desde una perspectiva geopolítica.

Se necesita, pues, otra interpretación, que entienda la plenitud desde el punto de vista de Dios. Para la humanidad, la plenitud de los tiempos tiene lugar en el momento en el que Dios establece que ha llegado la hora de cumplir la promesa que había hecho. Por tanto, no es la historia la que decide el nacimiento de Cristo; es más bien su venida en el mundo la que permite a la historia alcanzar su plenitud. Por esta razón, el nacimiento del Hijo de Dios señala el comienzo de una nueva era en la que se cumple la antigua promesa. Como escribe el autor de la Carta a los Hebreos: «En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo. Él es reflejo de su gloria, impronta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa» (1,1-3). La plenitud de los tiempos es, pues, la presencia en nuestra historia del mismo Dios en persona. Ahora podemos ver su gloria que resplandece en la pobreza de un establo, y ser animados y sostenidos por su Verbo que se ha hecho «pequeño» en un niño. Gracias a él, nuestro tiempo encuentra su plenitud.

Sin embargo, este misterio contrasta siempre con la dramática experiencia histórica. Cada día, aunque deseamos vernos sostenidos por los signos de la presencia de Dios, nos encontramos con signos opuestos, negativos, que nos hacen creer que está ausente. La plenitud de los tiempos parece desmoronarse ante la multitud de formas de injusticia y de violencia que hieren cada día a la humanidad. A veces nos preguntamos: ¿Cómo es posible que perdure la opresión del hombre contra el hombre, que la arrogancia del más fuerte continúe humillando al más débil, arrinconándolo en los márgenes más miserables de nuestro mundo? ¿Hasta cuándo la maldad humana seguirá sembrando la tierra de violencia y odio, que provocan tantas víctimas inocentes? ¿Cómo puede ser este un tiempo de plenitud, si ante nuestros ojos muchos hombres, mujeres y niños siguen huyendo de la guerra, del hambre, de la persecución, dispuestos a arriesgar su vida con tal de que se respeten sus derechos fundamentales? Un río de miseria, alimentado por el pecado, parece contradecir la plenitud de los tiempos realizada por Cristo.

Y, sin embargo, este río en crecida nada puede contra el océano de misericordia que inunda nuestro mundo. Todos estamos llamados a sumergirnos en este océano, a dejarnos regenerar para vencer la indiferencia que impide la solidaridad y salir de la falsa neutralidad que obstaculiza el compartir. La gracia de Cristo, que lleva a su cumplimiento la esperanza de la salvación, nos empuja a cooperar con él en la construcción de un mundo más justo y fraterno, en el que todas las personas y todas las criaturas puedan vivir en paz, en la armonía de la creación originaria de Dios. Al comienzo de un nuevo año, la Iglesia nos hace contemplar la Maternidad de María como icono de la paz. La promesa antigua se cumple en su persona. Ella ha creído en las palabras del ángel, ha concebido al Hijo, se ha convertido en la Madre del Señor. A través de ella, a través de su «sí», ha llegado la plenitud de los tiempos. El Evangelio que hemos escuchado dice: «Conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19). Ella se nos presenta como un vaso siempre rebosante de la memoria de Jesús, Sede de la Sabiduría, al que podemos acudir para saber interpretar coherentemente su enseñanza. Hoy nos ofrece la posibilidad de captar el sentido de los acontecimientos que nos afectan a nosotros personalmente, a nuestras familias, a nuestros países y al mundo entero. Donde no puede llegar la razón de los filósofos ni los acuerdos de la política, llega la fuerza de la fe que lleva la gracia del Evangelio de Cristo, y que siempre es capaz de abrir nuevos caminos a la razón y a los acuerdos.

Bienaventurada eres tú, María, porque has dado al mundo al Hijo de Dios; pero todavía más dichosa por haber creído en él. Llena de fe has concebido a Jesús antes en tu corazón que en tu seno, para hacerte Madre de todos los creyentes (cf. San Agustín, Sermón 215, 4). Derrama sobre nosotros tu bendición en este día consagrado a ti; muéstranos el rostro de tu Hijo Jesús, que derrama sobre todo el mundo su misericordia y su paz.

Homilía del papa Francisco en la fiesta de la Sagrada Familia

Sagrada Familia

Las Lecturas bíblicas que hemos escuchado nos presentan la imagen de dos familias que hacen su peregrinación hacia la casa de Dios. Elcaná y Ana llevan a su hijo Samuel al templo de Siló y lo consagran al Señor (cf. 1 S 1,20- 22,24-28). Del mismo modo, José y María, junto con Jesús, se ponen en marcha hacia Jerusalén para la fiesta de Pascua (cf. Lc 2,41-52).

Podemos ver a menudo a los peregrinos que acuden a los santuarios y lugares entrañables para la piedad popular. En estos días, muchos han puesto en camino para llegar a la Puerta Santa abierta en todas las catedrales del mundo y también en tantos santuarios. Pero lo más hermoso que hoy pone de relieve la Palabra de Dios es que la peregrinación la hace toda la familia. Papá, mamá y los hijos, van juntos a la casa del Señor para santificar la fiesta con la oración. Es una lección importante que se ofrece también a nuestras familias. Es más, podemos decir que la vida de la familia es un conjunto de pequeñas y grandes peregrinaciones.

Por ejemplo, cuánto bien nos hace pensar que María y José enseñaron a Jesús a decir sus oraciones, y esta es una peregrinación, la peregrinación de la educación a la oración. Y también nos hace bien saber que durante la jornada rezaban juntos; y que el sábado iban juntos a la sinagoga para escuchar las Escrituras de la Ley y los Profetas, y alabar al Señor con todo el pueblo. Y, durante la peregrinación a Jerusalén, ciertamente han rezado cantando con las palabras del Salmo: «¡Qué alegría cuando me dijeron: “Vamos a la casa del Señor”. Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén» (122,1-2).

Qué importante es para nuestras familias peregrinar juntos, caminar juntos para alcanzar una misma meta. Sabemos que tenemos un itinerario común que recorrer; un camino donde nos encontramos con dificultades, pero también con momentos de alegría y de consuelo. En esta peregrinación de la vida compartimos también el tiempo de oración. ¿Qué puede ser más bello para un padre y una madre que bendecir a sus hijos al comienzo de la jornada y cuando concluye? Hacer en su frente la señal de la cruz como el día del Bautismo. ¿No es esta la oración más sencilla de los padres para con sus hijos? Bendecirlos, es decir, encomendarles al Señor, –como hicieron Elcaná y Ana, José y María– para que sea él su protección y su apoyo en los distintos momentos del día. Qué importante es para la familia encontrarse también en un breve momento de oración antes de comer juntos, para dar las gracias al Señor por estos dones, y para aprender a compartir lo que hemos recibido con quien más lo necesita. Son pequeños gestos que, sin embargo, expresan el gran papel formativo que la familia desempeña en la peregrinación de todos los días.

Al final de aquella peregrinación, Jesús volvió a Nazaret y vivía sujeto a sus padres (cf. Lc 2,51). Esta imagen tiene también una buena enseñanza para nuestras familias. En efecto, la peregrinación no termina cuando se ha llegado a la meta del santuario, sino cuando se regresa a casa y se reanuda la vida de cada día, poniendo en práctica los frutos espirituales de la experiencia vivida. Sabemos lo que hizo Jesús aquella vez. En lugar de volver a casa con los suyos, se había quedado en el Templo de Jerusalén, causando una gran pena a María y José, que no lo encontraban. Por su «aventura», probablemente también Jesús tuvo que pedir disculpas a sus padres. El Evangelio no lo dice, pero creo que lo podemos suponer. La pregunta de María, además, manifiesta un cierto reproche, mostrando claramente la preocupación y angustia, suya y de José. Al regresar a casa, Jesús se unió estrechamente a ellos, para demostrar todo su afecto y obediencia. También forman parte de la peregrinación de la familia estos momentos que, con el Señor, se transforman en oportunidad de crecimiento, en ocasión para pedir perdón y recibirlo, de demostrar el amor y la obediencia.

Que en este Año de la Misericordia, toda familia cristiana sea un lugar privilegiado de esta peregrinación en el que se experimenta la alegría del perdón. El perdón es la esencia del amor, que sabe comprender el error y poner remedio. Pobres de nosotros, si Dios no nos perdonase. En el seno de la familia es donde se nos educa al perdón, porque se tiene la certeza de ser comprendidos y apoyados no obstante los errores que se puedan cometer.

No perdamos la confianza en la familia. Es hermoso abrir siempre el corazón unos a otros, sin ocultar nada. Donde hay amor, allí hay también comprensión y perdón. Os encomiendo a vosotras, queridas familias, esta peregrinación doméstica de todos los días, esta misión tan importante, de la que el mundo y la Iglesia tienen más necesidad que nunca.