DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Sala Clementina
Viernes 21 de diciembre de 2012
Señores Cardenales,
Venerados hermanos en el episcopado y en el presbiterado,
Queridos hermanos y hermanas
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Otras etapas del año que se acerca a su fin, y que quisiera mencionar, son la gran Fiesta de la Familia en Milán, así como la visita al Líbano, con la entrega de la Exhortación Apostólica postsinodal, que ahora deberá constituir en la vida de la Iglesia y de la sociedad en Medio Oriente una orientación sobre los difíciles caminos de la unidad y de la paz. El último acontecimiento importante de este año, ya en su ocaso, ha sido el Sínodo sobre la Nueva Evangelización, que ha marcado al mismo tiempo el comienzo del Año de la Fe, con el cual conmemoramos la inauguración del Concilio Vaticano II, hace cincuenta años, para comprenderlo y asimilarlo de nuevo en esta situación que ha cambiado. Entre todas estas ocasiones, se han tocado temas fundamentales de nuestro momento histórico: la familia (Milán), el servicio a la paz en el mundo y el diálogo interreligioso (Líbano), así como el anuncio del mensaje de Jesucristo en nuestro tiempo a quienes aún no lo han encontrado, y a tantos que lo conocen sólo desde fuera y precisamente por eso, no lo re-conocen. De entre estas grandes temáticas, quisiera reflexionar un poco más en detalle especialmente sobre el tema de la familia y sobre la naturaleza del diálogo, añadiendo después también una breve observación sobre el tema de la Nueva Evangelización.
La gran alegría con la que se han reunido en Milán familias de todo el mundo ha puesto de manifiesto que, a pesar de las impresiones contrarias, la familia es fuerte y viva también hoy. Sin embargo, es innegable la crisis que la amenaza en sus fundamentos, especialmente en el mundo occidental. Me ha llamado la atención que en el Sínodo se haya subrayado repetidamente la importancia de la familia para la transmisión de la fe como lugar auténtico en el que se transmiten las formas fundamentales del ser persona humana. Se aprenden viviéndolas y también sufriéndolas juntos. Así se ha hecho patente que en el tema de la familia no se trata únicamente de una determinada forma social, sino de la cuestión del hombre mismo; de la cuestión sobre qué es el hombre y sobre lo que es preciso hacer para ser hombres del modo justo. Los desafíos en este contexto son complejos. Tenemos en primer lugar la cuestión sobre la capacidad del hombre de comprometerse, o bien de su carencia de compromisos. ¿Puede el hombre comprometerse para toda la vida? ¿Corresponde esto a su naturaleza? ¿Acaso no contrasta con su libertad y las dimensiones de su autorrealización? El hombre, ¿llega a ser sí mismo permaneciendo autónomo y entrando en contacto con el otro solamente a través de relaciones que puede interrumpir en cualquier momento? Un vínculo para toda la vida ¿está en conflicto con la libertad? El compromiso, ¿merece también que se sufra por él? El rechazo de la vinculación humana, que se difunde cada vez más a causa de una errónea comprensión de la libertad y la autorrealización, y también por eludir el soportar pacientemente el sufrimiento, significa que el hombre permanece encerrado en sí mismo y, en última instancia, conserva el propio «yo» para sí mismo, no lo supera verdaderamente. Pero el hombre sólo logra ser él mismo en la entrega de sí mismo, y sólo abriéndose al otro, a los otros, a los hijos, a la familia; sólo dejándose plasmar en el sufrimiento, descubre la amplitud de ser persona humana. Con el rechazo de estos lazos desaparecen también las figuras fundamentales de la existencia humana: el padre, la madre, el hijo; decaen dimensiones esenciales de la experiencia de ser persona humana.
El gran rabino de Francia, Gilles Bernheim, en un tratado cuidadosamente documentado y profundamente conmovedor, ha mostrado que el atentado, al que hoy estamos expuestos, a la auténtica forma de la familia, compuesta por padre, madre e hijo, tiene una dimensión aún más profunda. Si hasta ahora habíamos visto como causa de la crisis de la familia un malentendido de la esencia de la libertad humana, ahora se ve claro que aquí está en juego la visión del ser mismo, de lo que significa realmente ser hombres. Cita una afirmación que se ha hecho famosa de Simone de Beauvoir: «Mujer no se nace, se hace» (“On ne naît pas femme, on le devient”). En estas palabras se expresa la base de lo que hoy se presenta bajo el lema «gender» como una nueva filosofía de la sexualidad. Según esta filosofía, el sexo ya no es un dato originario de la naturaleza, que el hombre debe aceptar y llenar personalmente de sentido, sino un papel social del que se decide autónomamente, mientras que hasta ahora era la sociedad la que decidía. La falacia profunda de esta teoría y de la revolución antropológica que subyace en ella es evidente. El hombre niega tener una naturaleza preconstituida por su corporeidad, que caracteriza al ser humano. Niega la propia naturaleza y decide que ésta no se le ha dado como hecho preestablecido, sino que es él mismo quien se la debe crear. Según el relato bíblico de la creación, el haber sido creada por Dios como varón y mujer pertenece a la esencia de la criatura humana. Esta dualidad es esencial para el ser humano, tal como Dios la ha dado. Precisamente esta dualidad como dato originario es lo que se impugna. Ya no es válido lo que leemos en el relato de la creación: «Hombre y mujer los creó» (Gn 1,27). No, lo que vale ahora es que no ha sido Él quien los creó varón o mujer, sino que hasta ahora ha sido la sociedad la que lo ha determinado, y ahora somos nosotros mismos quienes hemos de decidir sobre esto. Hombre y mujer como realidad de la creación, como naturaleza de la persona humana, ya no existen. El hombre niega su propia naturaleza. Ahora él es sólo espíritu y voluntad. La manipulación de la naturaleza, que hoy deploramos por lo que se refiere al medio ambiente, se convierte aquí en la opción de fondo del hombre respecto a sí mismo. En la actualidad, existe sólo el hombre en abstracto, que después elije para sí mismo, autónomamente, una u otra cosa como naturaleza suya. Se niega a hombres y mujeres su exigencia creacional de ser formas de la persona humana que se integran mutuamente. Ahora bien, si no existe la dualidad de hombre y mujer como dato de la creación, entonces tampoco existe la familia como realidad preestablecida por la creación. Pero, en este caso, también la prole ha perdido el puesto que hasta ahora le correspondía y la particular dignidad que le es propia. Bernheim muestra cómo ésta, de sujeto jurídico de por sí, se convierte ahora necesariamente en objeto, al cual se tiene derecho y que, como objeto de un derecho, se puede adquirir. Allí donde la libertad de hacer se convierte en libertad de hacerse por uno mismo, se llega necesariamente a negar al Creador mismo y, con ello, también el hombre como criatura de Dios, como imagen de Dios, queda finalmente degradado en la esencia de su ser. En la lucha por la familia está en juego el hombre mismo. Y se hace evidente que, cuando se niega a Dios, se disuelve también la dignidad del hombre. Quien defiende a Dios, defiende al hombre.
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Para concluir es preciso hacer una breve anotación sobre el anuncio, sobre la evangelización, de la que, siguiendo las propuestas de los padres sinodales, hablará efectivamente con amplitud el documento postsinodal. Veo que los elementos esenciales del proceso de evangelización aparecen muy elocuentemente en el relato de san Juan sobre la llamada de los dos discípulos del Bautista, que se convierten en discípulos de Cristo (cf. Jn 1,35-39). Encontramos en primer lugar el mero acto del anuncio. Juan el Bautista señala a Jesús y dice: «Este es el Cordero de Dios». Poco más adelante, el evangelista narra un hecho similar. Esta vez es Andrés, que dice a su hermano Simón: «Hemos encontrado al Mesías» (1,41). El primero y fundamental elemento es el simple anuncio, el kerigma, que toma su fuerza de la convicción interior del que anuncia. En el relato de los dos discípulos sigue después la escucha, el ir tras los pasos de Jesús, un seguirle que no es todavía seguimiento, sino más bien una santa curiosidad, un movimiento de búsqueda. En efecto, ambos son personas en búsqueda, personas que, más allá de lo cotidiano, viven en espera de Dios, en espera porque Él está y, por tanto, se mostrará. Su búsqueda, iluminada por el anuncio, se hace concreta. Quieren conocer mejor a Aquél que el Bautista ha llamado Cordero de Dios. El tercer acto comienza cuando Jesús mira atrás hacia ellos y les pregunta: «¿Qué buscáis?». La respuesta de ambos es de nuevo una pregunta, que manifiesta la apertura de su espera, la disponibilidad a dar nuevos pasos. Preguntan: «Maestro, ¿dónde vives?». La respuesta de Jesús: «Venid y veréis», es una invitación a acompañarlo y, caminando con Él, a llegar a ver. La palabra del anuncio es eficaz allí donde en el hombre existe la disponibilidad dócil para la cercanía de Dios; donde el hombre está interiormente en búsqueda y por ende en camino hacia el Señor. Entonces, la atención de Jesús por él le llega al corazón y, después, el encuentro con el anuncio suscita la santa curiosidad de conocer a Jesús más de cerca. Este caminar con Él conduce al lugar en el que habita Jesús, en la comunidad de la Iglesia, que es su Cuerpo. Significa entrar en la comunión itinerante de los catecúmenos, que es una comunión de profundización y, a la vez, de vida, en la que el caminar con Jesús nos convierte en personas que ven.
«Venid y veréis». Esta palabra que Jesús dirige a los dos discípulos en búsqueda, la dirige también a los hombres de hoy que están en búsqueda. Al final de año, pedimos al Señor que la Iglesia, a pesar de sus pobrezas, sea reconocida cada vez más como su morada. Le rogamos para que, en el camino hacía su casa, nos haga día a día más capaces de ver, de modo que podamos decir mejor, más y más convincentemente: Hemos encontrado a Aquél, al que todo el mundo espera, Jesucristo, verdadero Hijo de Dios y verdadero hombre. Con este espíritu os deseo de corazón a todos una Santa Navidad y un feliz Año Nuevo. Gracias.

Discurso de Benedicto XVI en la plaza del Duomo

Señor Alcalde,
distinguidas Autoridades,
venerados hermanos en el Episcopado y en el sacerdocio.
¡Queridos hermanos y hermanas de la Archidiócesis de Milán!

Saludo cordialmente a todos los aquí reunidos tan numerosamente, así como a cuantos siguen este evento a través de la radio o la televisión. ¡Gracias por su calurosa acogida! Agradezco al señor alcalde las corteses palabras de bienvenida que me ha dirigido en nombre de la comunidad cívica. Saludo con deferencia al representante del gobierno, al presidente de la Región, al presidente de la Provincia, así como a los demás representantes de las instituciones civiles y militares, y expreso mi aprecio por la colaboración brindada para la realización de los diversos momentos de esta visita.

Estoy feliz de estar hoy entre ustedes y agradezco a Dios, que me ofrece la oportunidad de visitar su ilustre ciudad. Mi primer encuentro con los milaneses se realiza en esta Plaza de la Catedral, corazón de Milán, donde surge el imponente monumento símbolo de la ciudad. Con su selva de agujas invita a mirar hacia lo alto, a Dios. Justamente tal impulso hacia el cielo siempre caracterizó Milán y le ha permitido a lo largo de los tiempo responder fructíferamente a su vocación: ser un cruce de caminos – Mediolanum – de pueblos y de culturas. La ciudad ha sabido de esta forma conjugar sabiamente el orgullo por la propia identidad con la capacidad de acoger toda contribución positiva que le venía ofrecido en el transcurso de la historia. También hoy, Milán está llamada a redescubrir este su papel positivo de mensajero de desarrollo y de paz para toda Italia. Dirijo mi agradecimiento cordial al pastor de es taArchidiócesis, el cardenal Angelo Scola, por el recibimiento y las palabras que me ha dirigido a nombre de la entera Comunidad diocesana; con él saludo a los obispos auxiliares y a quienes lo han precedido en esta gloriosa y antigua cátedra, el cardenal Dionigi Tettamanzi y el cardenal Carlo María Martini.

Dirijo un saludo particular a los representantes de las familias –provenientes de todo el mundo- que participan del VII Encuentro Mundial. Dirijo un afectuoso pensamiento a cuantos tienen necesidad de ayuda y de consuelo, y se encuentran afligidos por varias preocupaciones: a las personas solas o en dificultad, a los desocupados, a los enfermos, a los encarcelados, a cuantos están privados de una casa o de lo indispensable para vivir una vida digna. Que no falte a ninguno de estos nuestros hermanos y hermanas el interés solidario y constante de la colectividad. Con este motivo, me complazco de todo cuanto la Diócesis de Milán ha hecho y continúa haciendo para ir concretamente en ayuda a las necesidades de las familias más golpeadas por la crisis económico-financiera, y por haberse de inmediato puesto en acción, junto a la entera Iglesia y sociedad civil en Italia, para socorrer a las poblaciones victimas del terremoto de Emilia Roma gna,que están en nuestros corazones y nuestra oración y por las cuales invito, una vez más, a una generosa solidaridad.

El VII Encuentro Mundial de las Familias me ofrece la grata ocasión de visitar su ciudad y de renovar los lazos estrechos y constantes que unen la comunidad ambrosiana con la Iglesia de Roma y al Sucesor de Pedro. Como es sabido, san Ambrosio provenía de una familia romana y mantuvo siempre viva su unión con la Ciudad Eterna y con la Iglesia de Roma, manifestando y elogiando el primado del Obispo que la preside. En Pedro –afirma- «está el fundamento de la Iglesia y el magisterio de la disciplina» (De virginitate, 16, 105); y también en la conocida declaración: «Donde está Pedro, allí está la Iglesia» (Explanatio Psalmi 40, 30, 5). La sabiduría pastoral y el magisterio de Ambrosio sobre la ortodoxia de la fe y sobre la vida cristiana dejarán una huella indeleble en la Iglesia universal y, en particular, marcarán a la Iglesia de Milán, que jamás ha dejado de cult ivar lamemoria y de conservar su espíritu. La Iglesia ambrosiana, custodiando las prerrogativas de su rito y las expresiones propias de la única fe, está llamada a vivir en plenitud la catolicidad de la Iglesia una, a testimoniarla y a contribuir a enriquecerla.

El profundo sentido eclesial y el sincero afecto de comunión con el Sucesor de Pedro, forman parte de la riqueza y de la identidad de su Iglesia a largo todo su camino, y se manifiestan en modo luminoso en las figuras de los grandes Pastores que la han guiado. En primer lugar san Carlos Borromeo: hijo de su tierra. Él fue, como decía el Siervo de Dios Pablo VI, “un forjador de la conciencia y de la costumbre del pueblo” (Discorso ai Milanesi, 18 marzo 1968); y lo fue sobre todo con la aplicación amplia, tenaz y rigurosa de las reformas tridentinas, con la creación de instituciones renovadoras, a comenzar de los Seminarios, y con su ilimitada caridad pastoral radicada en una profunda unión con Dios, acompañada de una ejemplar austeridad de vida. Junto con los santos Ambrosio y Carlos, deseo recordar otros excelentes Pastores más cercanos a nosotros, que han embellecido con la santidad y la doctrina de la Iglesia d eMilán: el beato Cardenal Andrés Carlos Ferrari, apóstol de la catequesis y de los oradores y promotor de la renovación social en sentido cristiano; el beato Alfredo Ildefonso Schuster, el “Cardenal de la oración”, pastor incansable, hasta la consumación total de sí mismo por sus fieles. Además, deseo recordar a dos arzobispos de Milán que devinieron pontífices: Aquiles Ratti, papa Pío XI; a su determinación se debe la positiva conclusión de la “Questione Romana” y la constitución del Estado de la Ciudad del Vaticano; y el siervo de Dios Juan Bautista Montini; Pablo VI, bueno y sabio, que, con mano experta, supo guiar y llevar a un feliz resultado el Concilio Vaticano II. En la Iglesia ambrosiana maduraron además algunos frutos espirituales particularmente significativos para nuestro tiempo. Entre todos quiero hoy recordar, precisamente pensando en las familias, a santa Gianna Be rettaMolla, esposa y madre, mujer comprometida en el ámbito eclesial y civil, que hizo resplandecer la belleza y la alegría de la fe, de la esperanza y de la caridad.

Queridos amigos, su historia es riquísima de cultura y de fe. Tal riqueza ha vivificado el arte, la música, la literatura, la cultura, la industria, la política, el deporte, las iniciativas de solidaridad de Milán y de toda la Archidiócesis. Toca ahora a ustedes, herederos de un glorioso pasado y de un patrimonio espiritual de inestimable valor, comprometerse para transmitir a las generaciones futuras la llama de una tan luminosa tradición. Ustedes bien saben cuánto sea urgente introducir en el actual contexto cultural la levadura evangélica.

La fe en Jesucristo, muerto y resucitado por nosotros, vivo entre nosotros, debe animar a todo el tejido de la vida, personal y comunitaria, privada y pública, de modo de poder consentir un estable y auténtico “bienestar”, a partir de la familia, que va redescubierta cual patrimonio principal de la humanidad, coeficiente y signo de una verdadera y estable cultura a favor del hombre. La singular identidad de Milán no debe aislarla ni separarla encerrándola en si misma. Al contrario, conservando la savia de sus raíces y los rasgos característicos de su historia, ella está llamada a mirar al futuro con esperanza, cultivando un vínculo íntimo y propulsor con la vida de toda Italia y de Europa. En la clara distinción de los papeles y de las finalidades, la Milán positivamente “laica” y Milán de la fe son llamadas a concurrir al bien común.

Queridos hermanos y hermanas, ¡gracias de nuevo por su acogida! Los confío a la protección de la Virgen María, que desde la más alta aguja de la Catedral vela maternalmente día y noche sobre esta Ciudad. A todos ustedes que estrecho en un gran abrazo, imparto mi afectuosa Bendición.

Zenit

Discurso del Papa a las jóvenes religiosas, a los jóvenes profesores universitarios, y durante el Via Crucis

Queridas jóvenes religiosas:

Dentro de la Jornada Mundial de la Juventud que estamos celebrando en Madrid, es un gozo grande poder encontrarme con vosotras, que habéis consagrado vuestra juventud al Señor, y os doy las gracias por el amable saludo que me habéis dirigido. Agradezco al Señor Cardenal Arzobispo de Madrid que haya previsto este encuentro en un marco tan evocador como es el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Si su célebre Biblioteca custodia importantes ediciones de la Sagrada Escritura y de Reglas monásticas de varias familias religiosas, vuestra vida de fidelidad a la llamada recibida es también una preciosa manera de guardar la Palabra del Señor que resuena en vuestras formas de espiritualidad.

Queridas hermanas, cada carisma es una palabra evangélica que el Espíritu Santo recuerda a su Iglesia (cf. Jn 14, 26). No en vano, la Vida Consagrada «nace de la escucha de la Palabra de Dios y acoge el Evangelio como su norma de vida. En este sentido, el vivir siguiendo a Cristo casto, pobre y obediente, se convierte en “exégesis” viva de la Palabra de Dios… De ella ha brotado cada carisma y de ella quiere ser expresión cada regla, dando origen a itinerarios de vida cristiana marcados por la radicalidad evangélica» (Exh. apostólica Verbum Domini, 83).

La radicalidad evangélica es estar “arraigados y edificados en Cristo, y firmes en la fe” (cf. Col, 2,7), que en la Vida Consagrada significa ir a la raíz del amor a Jesucristo con un corazón indiviso, sin anteponer nada a ese amor (cf. San Benito, Regla, IV, 21), con una pertenencia esponsal como la han vivido los santos, al estilo de Rosa de Lima y Rafael Arnáiz, jóvenes patronos de esta Jornada Mundial de la Juventud. El encuentro personal con Cristo que nutre vuestra consagración debe testimoniarse con toda su fuerza transformadora en vuestras vidas; y cobra una especial relevancia hoy, cuando «se constata una especie de “eclipse de Dios”, una cierta amnesia, más aún, un verdadero rechazo del cristianismo y una negación del tesoro de la fe recibida, con el riesgo de perder aquello que más profundamente nos caracteriza» (Mensaje para la XXVI Jornada Mundial de la Juventud 2011, 1). Frente al relativismo y la mediocridad, surge la necesidad de esta radicalidad que testimonia la consagración como una pertenencia a Dios sumamente amado.

Dicha radicalidad evangélica de la Vida Consagrada se expresa en la comunión filial con la Iglesia, hogar de los hijos de Dios que Cristo ha edificado. La comunión con los Pastores, que en nombre del Señor proponen el depósito de la fe recibido a través de los Apóstoles, del Magisterio de la Iglesia y de la tradición cristiana. La comunión con vuestra familia religiosa, custodiando su genuino patrimonio espiritual con gratitud, y apreciando también los otros carismas. La comunión con otros miembros de la Iglesia como los laicos, llamados a testimoniar desde su vocación específica el mismo evangelio del Señor.

Finalmente, la radicalidad evangélica se expresa en la misión que Dios ha querido confiaros. Desde la vida contemplativa que acoge en sus claustros la Palabra de Dios en silencio elocuente y adora su belleza en la soledad por Él habitada, hasta los diversos caminos de vida apostólica, en cuyos surcos germina la semilla evangélica en la educación de niños y jóvenes, el cuidado de los enfermos y ancianos, el acompañamiento de las familias, el compromiso a favor de la vida, el testimonio de la verdad, el anuncio de la paz y la caridad, la labor misionera y la nueva evangelización, y tantos otros campos del apostolado eclesial.

Queridas hermanas, este es el testimonio de la santidad a la que Dios os llama, siguiendo muy de cerca y sin condiciones a Jesucristo en la consagración, la comunión y la misión. La Iglesia necesita de vuestra fidelidad joven arraigada y edificada en Cristo. Gracias por vuestro “sí” generoso, total y perpetuo a la llamada del Amado. Que la Virgen María sostenga y acompañe vuestra juventud consagrada, con el vivo deseo de que interpele, aliente e ilumine a todos los jóvenes.

Con estos sentimientos, pido a Dios que recompense copiosamente la generosa contribución de la Vida Consagrada a esta Jornada Mundial de la Juventud, y en su nombre os bendigo de todo corazón.

Muchas gracias.

Discurso del Papa a los jóvenes profesores universitarios

Señor Cardenal Arzobispo de Madrid,

Queridos Hermanos en el Episcopado,

Queridos Padres Agustinos,

Queridos Profesores y Profesoras,

Distinguidas Autoridades,

Amigos todos

Esperaba con ilusión este encuentro con vosotros, jóvenes profesores de las universidades españolas, que prestáis una espléndida colaboración en la difusión de la verdad, en circunstancias no siempre fáciles. Os saludo cordialmente y agradezco las amables palabras de bienvenida, así como la música interpretada, que ha resonado de forma maravillosa en este monasterio de gran belleza artística, testimonio elocuente durante siglos de una vida de oración y estudio. En este emblemático lugar, razón y fe se han fundido armónicamente en la austera piedra para modelar uno de los monumentos más renombrados de España.

Saludo también con particular afecto a aquellos que en estos días habéis participado en Ávila en el Congreso Mundial de Universidades Católicas, bajo el lema: “Identidad y misión de la Universidad Católica”.

Al estar entre vosotros, me vienen a la mente mis primeros pasos como profesor en la Universidad de Bonn. Cuando todavía se apreciaban las heridas de la guerra y eran muchas las carencias materiales, todo lo suplía la ilusión por una actividad apasionante, el trato con colegas de las diversas disciplinas y el deseo de responder a las inquietudes últimas y fundamentales de los alumnos. Esta “universitas” que entonces viví, de profesores y estudiantes que buscan juntos la verdad en todos los saberes, o como diría Alfonso X el Sabio, ese “ayuntamiento de maestros y escolares con voluntad y entendimiento de aprender los saberes” (Siete Partidas, partida II, tít. XXXI), clarifica el sentido y hasta la definición de la Universidad.

En el lema de la presente Jornada Mundial de la Juventud: “Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe” (cf. Col 2, 7), podéis también encontrar luz para comprender mejor vuestro ser y quehacer. En este sentido, y como ya escribí en el Mensaje a los jóvenes como preparación para estos días, los términos “arraigados, edificados y firmes” apuntan a fundamentos sólidos para la vida (cf. n. 2).

Pero, ¿dónde encontrarán los jóvenes esos puntos de referencia en una sociedad quebradiza e inestable? A veces se piensa que la misión de un profesor universitario sea hoy exclusivamente la de formar profesionales competentes y eficaces que satisfagan la demanda laboral en cada preciso momento. También se dice que lo único que se debe privilegiar en la presente coyuntura es la mera capacitación técnica. Ciertamente, cunde en la actualidad esa visión utilitarista de la educación, también la universitaria, difundida especialmente desde ámbitos extrauniversitarios. Sin embargo, vosotros que habéis vivido como yo la Universidad, y que la vivís ahora como docentes, sentís sin duda el anhelo de algo más elevado que corresponda a todas las dimensiones que constituyen al hombre. Sabemos que cuando la sola utilidad y el pragmatismo inmediato se erigen como criterio principal, las pérdidas pued en serdramáticas: desde los abusos de una ciencia sin límites, más allá de ella misma, hasta el totalitarismo político que se aviva fácilmente cuando se elimina toda referencia superior al mero cálculo de poder. En cambio, la genuina idea de Universidad es precisamente lo que nos preserva de esa visión reduccionista y sesgada de lo humano.

En efecto, la Universidad ha sido, y está llamada a ser siempre, la casa donde se busca la verdad propia de la persona humana. Por ello, no es casualidad que fuera la Iglesia quien promoviera la institución universitaria, pues la fe cristiana nos habla de Cristo como el Logos por quien todo fue hecho (cf. Jn1,3), y del ser humano creado a imagen y semejanza de Dios. Esta buena noticia descubre una racionalidad en todo lo creado y contempla al hombre como una criatura que participa y puede llegar a reconocer esa racionalidad. La Universidad encarna, pues, un ideal que no debe desvirtuarse ni por ideologías cerradas al diálogo racional, ni por servilismos a una lógica utilitarista de simple mercado, que ve al hombre como mero consumidor.

He ahí vuestra importante y vital misión. Sois vosotros quienes tenéis el honor y la responsabilidad de transmitir ese ideal universitario: un ideal que habéis recibido de vuestros mayores, muchos de ellos humildes seguidores del Evangelio y que en cuanto tales se han convertido en gigantes del espíritu. Debemos sentirnos sus continuadores en una historia bien distinta de la suya, pero en la que las cuestiones esenciales del ser humano siguen reclamando nuestra atención e impulsándonos hacia adelante. Con ellos nos sentimos unidos a esa cadena de hombres y mujeres que se han entregado a proponer y acreditar la fe ante la inteligencia de los hombres. Y el modo de hacerlo no solo es enseñarlo, sino vivirlo, encarnarlo, como también el Logos se encarnó para poner su morada entre nosotros. En este sentido, los jóvenes necesitan auténticos maestros; personas abiertas a la verdad total en las diferentes ramas del saber,sabiendo escuchar y viviendo en su propio interior ese diálogo interdisciplinar; personas convencidas, sobre todo, de la capacidad humana de avanzar en el camino hacia la verdad. La juventud es tiempo privilegiado para la búsqueda y el encuentro con la verdad. Como ya dijo Platón: “Busca la verdad mientras eres joven, pues si no lo haces, después se te escapará de entre las manos” (Parménides, 135d). Esta alta aspiración es la más valiosa que podéis transmitir personal y vitalmente a vuestros estudiantes, y no simplemente unas técnicas instrumentales y anónimas, o unos datos fríos, usados sólo funcionalmente.

Por tanto, os animo encarecidamente a no perder nunca dicha sensibilidad e ilusión por la verdad; a no olvidar que la enseñanza no es una escueta comunicación de contenidos, sino una formación de jóvenes a quienes habéis de comprender y querer, en quienes debéis suscitar esa sed de verdad que poseen en lo profundo y ese afán de superación. Sed para ellos estímulo y fortaleza.

Para esto, es preciso tener en cuenta, en primer lugar, que el camino hacia la verdad completa compromete también al ser humano por entero: es un camino de la inteligencia y del amor, de la razón y de la fe. No podemos avanzar en el conocimiento de algo si no nos mueve el amor; ni tampoco amar algo en lo que no vemos racionalidad: pues “no existe la inteligencia y después el amor: existe el amor rico en inteligencia y la inteligencia llena de amor” (Caritas in veritate, n. 30). Si verdad y bien están unidos, también lo están conocimiento y amor. De esta unidad deriva la coherencia de vida y pensamiento, la ejemplaridad que se exige a todo buen educador.

En segundo lugar, hay que considerar que la verdad misma siempre va a estar más allá de nuestro alcance. Podemos buscarla y acercarnos a ella, pero no podemos poseerla del todo: más bien, es ella la que nos posee a nosotros y la que nos motiva. En el ejercicio intelectual y docente, la humildad es asimismo una virtud indispensable, que protege de la vanidad que cierra el acceso a la verdad. No debemos atraer a los estudiantes a nosotros mismos, sino encaminarlos hacia esa verdad que todos buscamos. A esto os ayudará el Señor, que os propone ser sencillos y eficaces como la sal, o como la lámpara, que da luz sin hacer ruido (cf. Mt 5,13-15).

Todo esto nos invita a volver siempre la mirada a Cristo, en cuyo rostro resplandece la Verdad que nos ilumina, pero que también es el Camino que lleva a la plenitud perdurable, siendo Caminante junto a nosotros y sosteniéndonos con su amor. Arraigados en Él, seréis buenos guías de nuestros jóvenes. Con esa esperanza, os pongo bajo el amparo de la Virgen María, Trono de la Sabiduría, para que Ella os haga colaboradores de su Hijo con una vida colmada de sentido para vosotros mismos y fecunda en frutos, tanto de conocimiento como de fe, para vuestros alumnos.

Discurso del Papa durante el Via Crucis

Queridos jóvenes:

Con piedad y fervor hemos celebrado este Vía Crucis, acompañando a Cristo en su Pasión y Muerte. Los comentarios de las Hermanitas de la Cruz, que sirven a los más pobres y menesterosos, nos han facilitado adentrarnos en el misterio de la Cruz gloriosa de Cristo, que contiene la verdadera sabiduría de Dios, la que juzga al mundo y a los que se creen sabios (cf. 1 Co 1,17-19). También nos ha ayudado en este itinerario hacia el Calvario la contemplación de estas extraordinarias imágenes del patrimonio religioso de las diócesis españolas. Son imágenes donde la fe y el arte se armonizan para llegar al corazón del hombre e invitarle a la conversión. Cuando la mirada de la fe es limpia y auténtica, la belleza se pone a su servicio y es capaz de representar los misterios de nuestra salvación hasta conmovernos profundamente y transformar nuestro corazón, como sucedió a Santa Ter esa deJesús al contemplar una imagen de Cristo muy llagado (cf. Libro de la vida, 9,1).

Mientras avanzábamos con Jesús, hasta llegar a la cima de su entrega en el Calvario, nos venían a la mente las palabras de san Pablo: «Cristo me amó y se entregó por mí» (Gál 2,20). Ante un amor tan desinteresado, llenos de estupor y gratitud, nos preguntamos ahora: ¿Qué haremos nosotros por él? ¿Qué respuesta le daremos? San Juan lo dice claramente: «En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos» (1 Jn 3,16). La pasión de Cristo nos impulsa a cargar sobre nuestros hombros el sufrimiento del mundo, con la certeza de que Dios no es alguien distante o lejano del hombre y sus vicisitudes. Al contrario, se hizo uno de nosotros «para poder compadecer Él mismo con el hombre, de modo muy real, en carne y sangre… Por eso, en cada pena humana ha entrado uno que comp arte elsufrir y padecer; de ahí se difunde en cada sufrimiento la con-solatio, el consuelo del amor participado de Dios y así aparece la estrella de la esperanza» (Spe salvi, 39).

Queridos jóvenes, que el amor de Cristo por nosotros aumente vuestra alegría y os aliente a estar cerca de los menos favorecidos. Vosotros, que sois muy sensibles a la idea de compartir la vida con los demás, no paséis de largo ante el sufrimiento humano, donde Dios os espera para que entreguéis lo mejor de vosotros mismos: vuestra capacidad de amar y de compadecer. Las diversas formas de sufrimiento que, a lo largo del Vía Crucis, han desfilado ante nuestros ojos son llamadas del Señor para edificar nuestras vidas siguiendo sus huellas y hacer de nosotros signos de su consuelo y salvación. «Sufrir con el otro, por los otros, sufrir por amor de la verdad y de la justicia; sufrir a causa del amor y con el fin de convertirse en una persona que ama realmente, son elementos fundamentales de la humanidad, cuya pérdida destruiría al hombre mismo» (ibid.).

Que sepamos acoger estas lecciones y llevarlas a la práctica. Miremos para ello a Cristo, colgado en el áspero madero, y pidámosle que nos enseñe esta sabiduría misteriosa de la cruz, gracias a la cual el hombre vive. La cruz no fue el desenlace de un fracaso, sino el modo de expresar la entrega amorosa que llega hasta la donación más inmensa de la propia vida. El Padre quiso amar a los hombres en el abrazo de su Hijo crucificado por amor. La cruz en su forma y significado representa ese amor del Padre y de Cristo a los hombres. En ella reconocemos el icono del amor supremo, en donde aprendemos a amar lo que Dios ama y como Él lo hace: esta es la Buena Noticia que devuelve la esperanza al mundo.

Volvamos ahora nuestros ojos a la Virgen María, que en el Calvario nos fue entregada como Madre, y supliquémosle que nos sostenga con su amorosa protección en el camino de la vida, en particular cuando pasemos por la noche del dolor, para que alcancemos a mantenernos como Ella firmes al pie de la cruz.

Discurso del Papa en la fiesta de acogida de los jóvenes

 
 
 
 
 
“Arraigados en Cristo damos alas a nuestra
libertad”
  
Barajas – Ceremonia de bienvenida
 
Majestades,
Señor Cardenal Arzobispo de Madrid,
Señores Cardenales,
Venerados hermanos en el Episcopado y el Sacerdocio,
Distinguidas Autoridades Nacionales, Autonómicas y Locales, Querido pueblo de Madrid y de España entera Gracias, Majestad, por su presencia aquí, junto con la Reina, y por las palabras tan deferentes y afables que me ha dirigido al darme la bienvenida. Palabras que me hacen revivir las inolvidables muestras de simpatía recibidas en mis anteriores visitas apostólicas a España, y muy particularmente en mi reciente viaje a Santiago de Compostela y Barcelona.
Saludo muy cordialmente a los que estáis aquí reunidos en Barajas, y a cuantos siguen este acto a través de la radio y la televisión. Y también una mención muy agradecida a los que con tanta entrega y dedicación, desde instancias eclesiales y civiles, han contribuido con su esfuerzo y trabajo para que esta Jornada Mundial de la Juventud en Madrid se desarrolle felizmente y obtenga frutos abundantes.
 
Deseo también agradecer de todo corazón la hospitalidad de tantas familias, parroquias, colegios y otras instituciones que han acogido a los jóvenes llegados de todo el mundo, primero en diferentes regiones y ciudades de España, y ahora en esta gran Villa de Madrid, cosmopolita y siempre con las puertas abiertas.
 
Vengo aquí a encontrarme con millares de jóvenes de todo el mundo, católicos, interesados por Cristo o en busca de la verdad que dé sentido genuino a su existencia. Llego como Sucesor de Pedro para confirmar a todos en la fe, viviendo unos días de intensa actividad pastoral para anunciar que Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida. Para impulsar el compromiso de construir el Reino de Dios en el mundo, entre nosotros. Para exhortar a los jóvenes a encontrarse personalmente con Cristo Amigo y así, radicados en su Persona, convertirse en sus fieles seguidores y valerosos testigos.
 
¿Por qué y para qué ha venido esta multitud de jóvenes a Madrid? Aunque la respuesta deberían darla ellos mismos, bien se puede pensar que desean escuchar la Palabra de Dios, como se les ha propuesto en el lema para esta Jornada Mundial de la Juventud, de manera que, arraigados y edificados en Cristo, manifiesten la firmeza de su fe.
 
Muchos de ellos han oído la voz de Dios, tal vez solo como un leve susurro, que los ha impulsado a buscarlo más diligentemente y a compartir con otros la experiencia de la fuerza que tiene en sus vidas. Este descubrimiento del Dios vivo alienta a los jóvenes y abre sus ojos a los desafíos del mundo en que viven, con sus posibilidades y limitaciones. Ven la superficialidad, el consumismo y el hedonismo imperantes, tanta banalidad a la hora de vivir la sexualidad, tanta insolidaridad, tanta corrupción. Y saben que sin Dios sería arduo afrontar esos retos y ser verdaderamente felices, volcando para ello su entusiasmo en la consecución de una vida auténtica. Pero con Él a su lado, tendrán luz para caminar y razones para esperar, no deteniéndose ya ante sus más altos ideales, que motivarán su generoso compromiso por construir una sociedad donde se respete la dignidad humana y la fraternidad real. Aquí, en esta Jornada, tienen una ocasión privilegiada para poner en común sus aspiraciones, intercambiar recíprocamente la riqueza de sus culturas y experiencias, animarse mutuamente en un camino de fe y de vida, en el cual algunos se creen solos o ignorados en sus ambientes cotidianos. Pero no, no están solos. Muchos coetáneos suyos comparten sus mismos propósitos y, fiándose por entero de Cristo, saben que tienen realmente un futuro por delante y no temen los compromisos decisivos que llenan toda la vida. Por eso me causa inmensa alegría escucharlos, rezar juntos y celebrar la Eucaristía con ellos. La Jornada Mundial de la Juventud nos trae un mensaje de esperanza, como una brisa de aire puro y juvenil, con aromas renovadores que nos llenan de confianza ante el mañana de la Iglesia y del mundo.
 
Ciertamente, no faltan dificultades. Subsisten tensiones y choques abiertos en tantos lugares del mundo, incluso con derramamiento de sangre. La justicia y el altísimo valor de la persona humana se doblegan fácilmente a intereses egoístas, materiales e ideológicos. No siempre se respeta como es debido el medio ambiente y la naturaleza, que Dios ha creado con tanto amor. Muchos jóvenes, además, miran con preocupación el futuro ante la dificultad de encontrar un empleo digno, o bien por haberlo perdido o tenerlo muy precario e inseguro. Hay otros que precisan de prevención para no caer en la red de la droga, o de ayuda eficaz, si por desgracia ya cayeron en ella. No pocos, por causa de su fe en Cristo, sufren en sí mismos la discriminación, que lleva al desprecio y a la persecución abierta o larvada que padecen en determinadas regiones y países. Se les acosa queriendo apartarlos de Él, privándolos de los signos de su presencia en la vida pública, y silenciando hasta su santo Nombre. Pero yo vuelvo a decir a los jóvenes, con todas las fuerzas de mi corazón: que nada ni nadie os quite la paz; no os avergoncéis del Señor. Él no ha tenido reparo en hacerse uno como nosotros y experimentar nuestras angustias para llevarlas a Dios, y así nos ha salvado.
 
En este contexto, es urgente ayudar a los jóvenes discípulos de Jesús a permanecer firmes en la fe y a asumir la bella aventura de anunciarla y testimoniarla abiertamente con su propia vida. Un testimonio valiente y lleno de amor al hombre hermano, decidido y prudente a la vez, sin ocultar su propia identidad cristiana, en un clima de respetuosa convivencia con otras legítimas opciones y exigiendo al mismo tiempo el debido respeto a las propias.
 
Majestad, al reiterar mi agradecimiento por la deferente bienvenida que me habéis dispensado, deseo expresar también mi aprecio y cercanía a todos los pueblos de España, así como mi admiración por un País tan rico de historia y cultura, por la vitalidad de su fe, que ha fructificado en tantos santos y santas de todas las épocas, en numerosos hombres y mujeres que dejando su tierra han llevado el Evangelio por todos los rincones del orbe, y en personas rectas, solidarias y bondadosas en todo su territorio. Es un gran tesoro que ciertamente vale la pena cuidar con actitud constructiva, para el bien común de hoy y para ofrecer un horizonte luminoso al porvenir de las nuevas generaciones. Aunque haya actualmente motivos de preocupación, mayor es el afán de superación de los españoles, con ese dinamismo que los caracteriza, y al que tanto contribuyen sus hondas raíces cristianas, muy fecundas a lo largo de los siglos.
 
Saludo desde aquí muy cordialmente a todos los queridos amigos españoles y madrileños, y a los que han venido de tantas otras tierras. Durante estos días estaré junto a vosotros, teniendo también muy presentes a todos los jóvenes del mundo, en particular a los que pasan por pruebas de diversa índole. Al confiar este encuentro a la Santísima Virgen María, y a la intercesión de los santos protectores de esta Jornada, pido a Dios que bendiga y proteja siempre a los hijos de España.
 
Muchas gracias.
 
 
Saludo de Benedicto XVI acogida en la Puerta de Alcalá – Plaza de
Cibeles, JMJ Madrid 2011
Queridos jóvenes amigos:
Es una inmensa alegría encontrarme aquí con vosotros, en el centro de esta
bella ciudad de Madrid, cuyas llaves ha tenido la amabilidad de entregarme el
Señor Alcalde. Hoy es también capital de los jóvenes del mundo y donde toda la
Iglesia tiene puestos sus ojos. El Señor nos ha congregado para vivir en estos
días la hermosa experiencia de la Jornada Mundial de la Juventud.
Con vuestra presencia y la participación en las celebraciones, el nombre de
Cristo resonará por todos los rincones de esta ilustre Villa. Y recemos para que
su mensaje de esperanza y amor tenga eco también en el corazón de los que no
creen o se han alejado de la Iglesia. Muchas gracias por la espléndida acogida
que me habéis dispensado al entrar en la ciudad, signo de vuestro amor y
cercanía al Sucesor de Pedro.
Saludo al Señor Cardenal Stanisław Ryłko, Presidente del Pontificio Consejo
para los Laicos, y a sus colaboradores en ese Dicasterio, agradeciendo todo el
trabajo realizado. Asimismo, doy las gracias al Señor Cardenal Antonio María
Rouco Varela, Arzobispo de Madrid, por sus amables palabras y el esfuerzo de su
archidiócesis, junto con las demás diócesis de España, en preparar esta Jornada
Mundial de la Juventud, para la que se ha trabajado con generosidad también en
tantas otras Iglesias particulares del mundo entero. Agradezco a las autoridades
nacionales, autonómicas y locales su amable presencia y su generosa colaboración
para el buen desarrollo de este gran acontecimiento. Gracias a los hermanos en
el episcopado, a los sacerdotes, seminaristas, personas consagradas y fieles que
están aquí presentes y han venido acompañando a los jóvenes para vivir estos
días intensos de peregrinación al encuentro con Cristo. A todos os saludo
cordialmente en el Señor y os reitero que es una gran dicha estar aquí con todos
vosotros. Que la llama del amor de Cristo nunca se apague en vuestros
corazones.
Saludo en francés
Chers jeunes francophones, vous avez répondu nombreux à l’appel du Seigneur à
venir le rencontrer à Madrid.
Je vous en félicite ! Bienvenue aux Journées Mondiales de la Jeunesse ! Vous
portez en vous des questions et vous cherchez des réponses. Il est bon de
chercher toujours. Recherchez surtout la Vérité qui n’est pas une idée, une
idéologie ou un slogan, mais une Personne, le Christ, Dieu Lui-même venu parmi
les hommes ! Vous avez raison de vouloir enraciner votre foi en Lui, de vouloir
fonder votre vie dans le Christ. Il vous aime depuis toujours et vous connaît
mieux que quiconque. Puissent ces journées riches de prière, d’enseignement et
de rencontres vous aider à le découvrir encore pour mieux l’aimer. Que le Christ
vous accompagne durant ce temps fort où, tous ensemble, nous allons le célébrer
et le prier!
[Traducción española: Queridos jóvenes de lengua francesa. Os felicito
porque habéis venido en gran número a este encuentro de Madrid. Sed bienvenidos
a las Jornadas Mundiales de la Juventud. Tenéis interrogantes y buscáis
respuestas. Es bueno buscar siempre. Buscar sobre todo la Verdad que no es una
idea, una ideología o un eslogan, sino una Persona, Cristo, Dios mismo que ha
venido entre los hombres. Tenéis razón de querer enraizar vuestra fe en Él, y
fundar vuestra vida en Cristo.
Él os ama desde siempre y os conoce mejor que nadie. Que estas jornadas
llenas de oración, enseñanza y encuentros, os ayuden a descubrirlo para amarlo
más. Que Cristo os acompañe durante este tiempo intenso en el que todos juntos
lo celebraremos y le rezaremos.]
Saludo en inglés
I extend an affectionate greeting to the many English-speaking young people
who have come to Madrid. May these days of prayer, friendship and celebration
bring us closer to each other and to the Lord Jesus. Make trust in Christ’s word
the foundation of your lives! Planted and built up in him, firm in the faith and
open to the power of the Spirit, you will find your place in God’s plan and
enrich the Church with your gifts. Let us pray for one another, so that we may
be joyful witnesses to Christ, today and always. God bless you all!
[Traducción española : Dirijo un saludo afectuoso a los numerosos jóvenes
de lengua inglesa que han venido a Madrid.
Que estos días de oración, amistad y celebración os acerquen entre
vosotros y al Señor Jesús. Poned en Cristo el fundamento de vuestras vidas.
Arraigados y edificados en él, firmes en la fe y abiertos al poder del Espíritu,
encontraréis vuestro puesto en el plan de Dios y enriqueceréis a la Iglesia con
vuestros dones. Recemos unos por otros, para que hoy y siempre seamos testigos
gozosos de Cristo. Que Dios os bendiga.]
Saludo en alemán
Liebe Freunde deutscher Sprache! Sehr herzlich grüße ich euch alle. Ich freue
mich, daß ihr so zahlreich gekommen seid. Gemeinsam wollen wir in diesen Tagen
unseren Glauben an Jesus Christus bekennen, vertiefen und weitergeben. Immer
wieder erfahren wir: Er ist es, der unserem Leben wirklich Sinn gibt. Öffnen wir
Christus unser Herz.
Er schenke uns allen eine frohe und gesegnete Zeit hier in Madrid.
[Traducción española: Queridos jóvenes de lengua alemana. Os saludo con
afecto y me alegra que hayáis venido en
tan gran número. En estos días, juntos confesaremos, profundizaremos y
transmitiremos nuestra fe en Cristo. Tendremos nuevamente esta experiencia: es
Él quien da verdadero sentido a nuestra vida. Abramos nuestro corazón a Cristo.
Que aquí en Madrid Él nos conceda un tiempo colmado de gozo y
bendición.]
Saludo en italiano
Cari giovani italiani! Vi saluto con grande affetto e mi rallegro per la
vostra partecipazione numerosa, animata dalla gioia della fede. Vivete queste
giornate con spirito di intensa preghiera e di fraternità, testimoniando la
vitalità della Chiesa in Italia, delle parrocchie, delle associazioni, dei
movimenti. Condividete con tutti questa ricchezza. Grazie!
[Traducción española: Queridos jóvenes italianos. Os saludo con gran
afecto y me alegro por vuestra participación tan numerosa, animada por el gozo
de la fe. Vivid estos días con espíritu de oración intensa y de fraternidad,
dando testimonio de la vitalidad de la Iglesia en Italia, de las parroquias,
asociaciones, movimientos. Compartid con todos esta riqueza. Gracias.]
Saludo en portugués
Queridos jovens dos diversos países de língua oficial portuguesa e quantos
vos acompanham, bem-vindos a Madrid!
A todos saúdo com grande amizade e convido a subir até à fonte eterna da
vossa juventude e conhecer o protagonista absoluto desta Jornada Mundial e –
espero – da vossa vida: Cristo Senhor. Nestes dias ouvireis pessoalmente ressoar
a sua Palavra. Deixai que esta Palavra penetre e crie raízes nos vossos
corações, e sobre ela edificai a vossa vida. Firmes na fé, sereis um elo na
grande cadeia dos fiéis. Não se pode crer sem ser amparado pela fé dos outros, e
pela minha fé contribuo também para amparar os outros na fé. A Igreja precisa de
vós, e vós precisais da Igreja.
[Traducción española: Queridos jóvenes de los diversos países de lengua
oficial portuguesa, y todos cuantos os acompañan, sed bienvenidos a Madrid. Os
saludo con gran amistad y os invito a subir hasta la fuente eterna de vuestra
juventud y conocer al protagonista absoluto de esta Jornada Mundial y, espero,
de vuestra vida: Cristo Señor. En estos días, escucharéis resonar personalmente
su Palabra. Dejad que esta Palabra entre y eche raíces en vuestros corazones y,
sobre ella, edificad vuestra vida. Firmes en la fe, seréis un eslabón en la gran
cadena de los fieles. No se puede creer sin estar amparado por la fe de los
demás, y con mi fe contribuyo también a ayudar la fe de los demás. La Iglesia
necesita de vosotros y vosotros tenéis necesidad de la Iglesia.]
Saludo en polaco
Pozdrawiam młodzież z Polski, rodaków błogosławionego Jana Pawła II,
inicjatora Światowych Dni Młodzieży. Cieszęsię waszą obecnością tu w Madrycie!
Życzę wam dobrych dni, dni modlitwy i umocnienia więzi z Jezusem. Niech Boży
Duch was prowadzi.
[Traducción española: Saludo a los jóvenes procedentes de Polonia,
compatriotas del Beato Juan Pablo II, el iniciador de las Jornadas Mundiales de
la Juventud. Me alegra que estéis aquí en Madrid. Os deseo unos días felices,
días de oración y de fortalecimiento de vuestros lazos con Jesús. Que os guíe el
Espíritu de Dios.]
Discurso Benedicto XVI acogida en la Plaza de Cibeles, JMJ Madrid
2011
Queridos amigos:
Agradezco las cariñosas palabras que me han dirigido los jóvenes
representantes de los cinco continentes. Y saludo con afecto a todos los que
estáis aquí congregados, jóvenes de Oceanía, África, América, Asia y Europa; y
también a los que no pudieron venir. Siempre os tengo muy presentes y rezo por
vosotros. Dios me ha concedido la gracia de poder veros y oíros más de cerca, y
de ponernos juntos a la escucha de su Palabra.
En la lectura que se ha proclamado antes, hemos oído un pasaje del Evangelio
en que se habla de acoger las palabras de Jesús y de ponerlas en práctica. Hay
palabras que solamente sirven para entretener, y pasan como el viento; otras
instruyen la mente en algunos aspectos; las de Jesús, en cambio, han de llegar
al corazón, arraigar en él y fraguar toda la vida. Sin esto, se quedan vacías y
se vuelven efímeras. No nos acercan a Él. Y, de este modo, Cristo sigue siendo
lejano, como una voz entre otras muchas que nos rodean y a las que estamos tan
acostumbrados. El Maestro que habla, además, no enseña lo que ha aprendido de
otros, sino lo que Él mismo es, el único que conoce de verdad el camino del
hombre hacia Dios, porque es Él quien lo ha abierto para nosotros, lo ha creado
para que podamos alcanzar la vida auténtica, la que siempre vale la pena vivir
en toda circunstancia y que ni siquiera la muerte puededestruir. El Evangelio
prosigue explicando estas cosas con la sugestiva imagen de quien construye sobre
roca firme, resistente a las embestidas de las adversidades, contrariamente a
quien edifica sobre arena, tal vez en un paraje paradisíaco, podríamos decir
hoy, pero que se desmorona con el primer azote de los vientos y se convierte en
ruinas.
Queridos jóvenes, escuchad de verdad las palabras del Señor para que sean en
vosotros «espíritu y vida» (Jn 6,63), raíces que alimentan vuestro ser, pautas
de conducta que nos asemejen a la persona de Cristo, siendo pobres de espíritu,
hambrientos de justicia, misericordiosos, limpios de corazón, amantes de la paz.
Hacedlo cada día con frecuencia, como se hace con el único Amigo que no defrauda
y con el que queremos compartir el camino de la vida. Bien sabéis que, cuando no
se camina al lado de Cristo, que nos guía, nos dispersamos por otras sendas,
como la de nuestros propios impulsos ciegos y egoístas, la de propuestas
halagadoras pero interesadas, engañosas y volubles, que dejan el vacío y la
frustración tras de sí.
Aprovechad estos días para conocer mejor a Cristo y cercioraros de que,
enraizados en Él, vuestro entusiasmo y alegría, vuestros deseos de ir a más, de
llegar a lo más alto, hasta Dios, tienen siempre futuro cierto, porque la vida
en plenitud ya se ha aposentado dentro de vuestro ser. Hacedla crecer con la
gracia divina, generosamente y sin mediocridad, planteándoos seriamente la meta
de la santidad. Y, ante nuestras flaquezas, que a veces nos abruman, contamos
también con la misericordia del Señor, siempre dispuesto a darnos de nuevo la
mano y que nos ofrece el perdón en el sacramento de la Penitencia.
Al edificar sobre la roca firme, no solamente vuestra vida será sólida y
estable, sino que contribuirá a proyectar la luz de Cristo sobre vuestros
coetáneos y sobre toda la humanidad, mostrando una alternativa válida a tantos
como se han venido abajo en la vida, porque los fundamentos de su existencia
eran inconsistentes. A tantos que se contentan con seguir las corrientes de
moda, se cobijan en el interés inmediato, olvidando la justicia verdadera, o se
refugian en pareceres propios en vez de buscar la verdad sin adjetivos.
Sí, hay muchos que, creyéndose dioses, piensan no tener necesidad de más
raíces ni cimientos que ellos mismos. Desearían decidir por sí solos lo que es
verdad o no, lo que es bueno o malo, lo justo o lo injusto; decidir quién es
digno de vivir o puede ser sacrificado en aras de otras preferencias; dar en
cada instante un paso al azar, sin rumbo fijo, dejándose llevar por el impulso
de cada momento. Estas tentaciones siempre están al acecho. Es importante no
sucumbir a ellas, porque, en realidad, conducen a algo tan evanescente como una
existencia sin horizontes, una libertad sin Dios. Nosotros, en cambio, sabemos
bien que hemos sido creados libres, a imagen de Dios, precisamente para que
seamos protagonistas de la búsqueda de la verdad y del bien, responsables de
nuestras acciones, y no meros ejecutores ciegos, colaboradores creativos en la
tarea de cultivar y embellecer la obra de la creación. Dios quiere un interlocu
torresponsable, alguien que pueda dialogar con Él y amarle. Por Cristo lo
podemos conseguir verdaderamente y, arraigados en Él, damos alas a nuestra
libertad. ¿No es este el gran motivo de nuestra alegría? ¿No es este un suelo
firme para edificar la civilización del amor y de la vida, capaz de humanizar a
todo hombre?
Queridos amigos: sed prudentes y sabios, edificad vuestras vidas sobre el
cimiento firme que es Cristo. Esta sabiduría y prudencia guiará vuestros pasos,
nada os hará temblar y en vuestro corazón reinará la paz. Entonces seréis
bienaventurados, dichosos, y vuestra alegría contagiará a los demás. Se
preguntarán por el secreto de vuestra vida y descubrirán que la roca que
sostiene todo el edificio y sobre la que se asienta toda vuestra existencia es
la persona misma de Cristo, vuestro amigo, hermano y Señor, el Hijo de Dios
hecho hombre, que da consistencia a todo el universo. Él murió por nosotros y
resucitó para que tuviéramos vida, y ahora, desde el trono del Padre, sigue vivo
y cercano a todos los hombres, velando continuamente con amor por cada uno de
nosotros.
Encomiendo los frutos de esta Jornada Mundial de la Juventud a la Santísima
Virgen María, que supo decir «sí» a la voluntad de Dios, y nos enseña como nadie
la fidelidad a su divino Hijo, al que siguió hasta su muerte en la cruz.
Meditaremos todo esto más detenidamente en las diversas estaciones del Via
crucis. Y pidamos que, como Ella, nuestro «sí» de hoy a Cristo sea también un
«sí» incondicional a su amistad, al final de esta Jornada y durante toda nuestra
vida. Muchas gracias.
Cardenal Antonio María Rouco en el acto de acogida al Papa
Benedicto XVI
Santo Padre: Habéis llegado a Madrid, la Capital de España, para presidir la
XXVI Jornada Mundial de la Juventud. Jóvenes de los cinco Continentes os han
dado la bienvenida en la histórica Puerta de Alcalá después de que el Excmo. Sr.
Alcalde os haya entregado las llaves de esta Ciudad abierta de corazón y noble
de sentimientos, en la cual nadie es forastero, sino hermano.
La Plaza de la Cibeles, en la que nos encontramos, la más emblemática y
popular de todas las Plazas madrileñas, acoge hoy la presencia festiva de esta
inmensa multitud de jóvenes venidos de todos los rincones de la tierra que con
albo­rozo y entusiasmo desbordantes os reciben como Aquel que viene en el nombre
del Señor.
Muchos han ido llegando a Madrid junto a un gran número de sus coetáneos
españoles después de un prove­choso camino de peregrinación por las diócesis,
ciudades y pueblos de España. Aquí están, querido Santo Padre, para vivir este
encuentro con el Papa como hijos y hermanos de la misma Iglesia: ¡el nuevo
Pueblo de Dios que no conoce fronteras! Han hecho suyo el gran proyecto y
objetivo espiri­tual y apostólico que el Padre y Pastor de la Iglesia Universal
les propone: ¡que sus vidas se enraícen en Cristo y se edifiquen sobre Él!, ¡que
se mantengan firmes en la fe!, ¡la fe en Jesucristo, su Hermano, su Amigo, su
Señor, su Salvador!
Su júbilo, radiante y dichoso, es más que explicable, querido Santo Padre. El
Sucesor de Pedro, “el Vicario de Cristo y Cabeza visible de toda la Iglesia, la
casa del Dios vivo” (LG. 18) viene a su encuentro para fortalecerles en esa fe
que abre su corazón a la gracia y al amor de Jesucristo, que puede cambiarles la
vida para siempre y llenarla de alegría: una alegría contagiosa capaz de
transformar no sólo sus vidas, sino también la de sus familias y de sus
pueblos.
El Papa les llama a ser “testigos de la alegría” y lo serán. España, esta
antigua nación y comunidad de pueblos que inició su andadura histórica con la
escucha y abrazo de la predicación apostólica, la está experi­mentado ya. A
estos jóvenes que desde el pasado martes llenan las calles y plazas de Madrid −y
en los días de la semana previa las de muchos lugares de España− se les nota que
conocen el sentido más íntimo de sus vidas, porque no les falta nada verdadero,
porque no les falta Cristo.
Madrid, querido Santo Padre, su Iglesia diocesana, sus diócesis sufragáneas y
todas las diócesis de España os acogen con emocionada gratitud, sintiendo y
compartiendo el mismo ardor del amor al Papa que sienten y manifiestan sus
jóvenes. Vuestra visita es una visita de un valor excepcional. Con Vos viene “la
Iglesia Joven”, acompañada de sus Obispos diocesanos, sacerdotes, consagrados y
consagradas, en número y representatividad verdaderamente“católica” ¡universal!
¡Cristo, el Señor Resucitado, pasa a nuestro lado!
Y, con la Iglesia de España, os reciben y saludan con los sentimientos de
veneración y nobleza propias de un pueblo de bimilenaria tradición cristiana la
sociedad española, sus autoridades, extraordinaria­mente generosas y bien
dispuestas en todo lo necesario para la preparación de esta Jornada Mundial de
la Juventud, y, sobre todo, la inmensa mayoría de los españoles: ¡el pueblo de
España!
¡Bienvenido querido Santo Padre!, ¡Gracias desde lo más hondo del corazón!
¡Madrid y España, la Igle­sia y la sociedad, os acogen con las puertas de sus
hogares y de sus corazones abiertas de par en par!
La plegaria de nuestras comunidades de vida contemplativa y de un sinfín de
almas buenas nos acompañarán estos días con un exquisito sentido del amor al
Papa, a la Iglesia y a sus jóvenes ¡Nos encomiendan al cuidado maternal de la
Virgen María, Nuestra Señora de La Almudena, Patrona de Madrid!
¡Muy felices días entre nosotros, querido Santo Padre! ¡Felices en Cristo
Resucitado!

Benedicto XVI: la Iglesia, preocupada por la familia

Discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió hoy al nuevo embajador alemán ante la Santa Sede, Walter Jürgen Schmid, a quien recibió en audiencia con motivo de la presentación de sus Cartas Credenciales.

Señor Embajador,
aprovecho con agrado la ocasión de la solemne entrega de las Cartas Credenciales que le acreditan como embajador extraordinario y plenipotenciario de la República Federal de Alemania ante la Santa Sede, para darle la bienvenida y para expresar mis mejores deseos para su alta misión. Le agradezco de corazón por las amables palabras que me ha dirigido, también en nombre del señor Presidente Federal Christian Wulff y del Gobierno Federal. Extiendo de buen grado mi saludo de bendición al Jefe del Estado, a los miembros del Gobierno y a todos los ciudadanos de Alemania, con la esperanza de que las buenas relaciones entre la Santa Sede y la República Federal de Alemania perduren en el futuro y puedan desarrollarse ulteriormente.

Muchos cristianos en Alemania se vuelven, con gran atención, a las inminentes celebraciones de las beatificaciones de diversos sacerdotes mártires del tiempo del régimen nazi. Este domingo, 19 de septiembre, será beatificado Gerhard Hirschfelder en Münster. Durante el año próximo seguirán las ceremonias por Georg Häfner en Würzburg además de por Johannes Prassek, Hermann Lange y Eduard Müller en Lübe ck. Con los capellanes de Lübeck se conmemorará también al pastor evangélico Karl Friedrich Stellbrink. La comprobada amistad de los cuatro eclesiásticos es un testimonio impresionante del ecumenismo de la oración y del sufrimiento, florecido en varios lugares durante el oscuro periodo del terror nazi. Para nuestro camino ecuménico común podemos ver estos testimonios como indicaciones luminosas.

Contemplando estas figuras de mártires aparece cada vez más claro y ejemplar, cómo ciertos hombres, a partir de su convicción cristiana, están dispuestos a dar su propia vida por la fe, por el derecho a ejercer libremente su propio credo y libertad de palabra, por la paz y la dignidad humana. Hoy, por fortuna, vivimos en una sociedad libre y democrática. Al mismo tiempo, sin embargo, observamos cómo entre nuestros contemporáneos, no se da un fuerte apego a la religión, c omo en el caso de estos testigos de la fe. Uno se podría preguntar si hay hoy cristianos que, sin compromisos, se hagan garantes de su propia fe. Al contrario, muchos hombres muestran mayormente una inclinación hacia concepciones religiosas más permisivas también para sí mismos. En el lugar del Dios personal del cristianismo, que se revela en la Biblia, se trata de un ser supremo, misterioso e indeterminado, que tiene solo una vaga relación con la vida personal del ser humano.

Tales concepciones animan cada vez más la discusión dentro de la sociedad, sobre todo respecto al ámbito de la justicia y de la legislación. Pero si uno abandona la fe hacia un Dios personal, surge la alternativa de un “dios” que no conoce, no escucha y no habla. Y, más que nunca, no tiene una voluntad. Si Dios no tiene una voluntad propia, el bien y el mal al final ya no se distinguen; el bien y el mal ya no est&aacu te;n en contradicción entre sí, sino que están en una oposición en la que uno sería complementario del otro. El hombre pierde así su fuerza moral y espiritual, necesaria para un desarrollo completo de la persona. La actuación social es dominada cada vez más por el interés privado o por el cálculo del poder, a costa de la sociedad. Si en cambio Dios es una Persona – y el orden de la creación, como también la presencia de cristianos convencidos en la sociedad es un indicio de ello – se desprende que está legitimado un orden de valores. Hay señales, que pueden encontrarse también en los tiempos recientes, que dan fe del desarrollo de nuevas relaciones entre Estado y religión, también más allá de las grandes Iglesias cristianas hasta ahora determinantes. En esta situación los cristianos tienen por ello la tarea de seguir este desarrollo d e modo positivo y crítico además de afinar los sentidos para la importancia fundamental y permanente del cristianismo al poner las bases y formar las estructuras de nuestra cultura.

La Iglesia ve sin embargo con preocupación el creciente intento de eliminar el concepto cristiano de matrimonio y familia de la conciencia de la sociedad. El matrimonio se manifiesta como unión duradera de amor entre un hombre y una mujer, que se dirige también a la transmisión de la vida humana. Una condición suya es la disposición de los cónyuges de relacionarse uno con otro para siempre. Por esto es necesaria una cierta madurez de la persona y una actitud fundamental existencial y social: una “cultura de la persona” como dijo una vez mi predecesor Juan Pablo II. La existencia de esta cultura de la persona depende también de desarrollos sociales. Puede comprobarse que en una sociedad la cultura de la persona se abaje ; a menudo esto deriva paradójicamente del crecimiento del estándar de vida.

En la preparación y en el acompañamiento de los cónyuges es necesario crear las condiciones básicas para levantar y desarrollar esta cultura. Al mismo tiempo debemos ser consciente de que el éxito de los matrimonios depende de todos nosotros y de la cultura personal de cada ciudadano. En este sentido, la Iglesia no puede aprobar las iniciativas legislativas que impliquen una revaloración de modelos alternativos de la vida de pareja y de la familia. Estas contribuyen al debilitamiento de los principios del derecho natural y así a la relativización de toda la legislación y también a la confusión sobre los valores en la sociedad.

Es un principio de la fe cristiana, anclado en el derecho natural, que la persona humana sea protegida precisamente en la situación de debilidad. El ser humano siempre tiene pri oridad respecto a otros objetivos. Las nuevas posibilidades de la biotecnología y de la medicina nos ponen a menudo en situaciones difíciles que se parecen a un caminar sobre el filo de la navaja. Tenemos el deber de estudiar diligentemente hasta donde estos métodos pueden ser de ayuda para el hombre y dónde en cambio se trata de manipulación del hombre, de violación de su integridad y dignidad. No podemos rechazar estos avances, pero debemos ser muy vigilantes. Una vez que se empieza a distinguir – y esto sucede ya a menudo en el seno materno – entre vida digna e indigna de vivir, no estará a salvo ninguna otra fase de la vida, y aún menos la ancianidad y la enfermedad.

La construcción de una sociedad humana requiere la fidelidad a la verdad. En este contexto, últimamente, hacen reflexionar ciertos fenómenos que están operando en el ámbito de los medios de comunicaci&oacute ;n públicos: estando en una competencia cada vez más fuerte, los medios de comunicación se creen empujados a suscitar la máxima atención posible. Además, está el contraste que hace la noticia en general, aunque vaya contra la veracidad del relato. El tema se hace particularmente problemático cuando personajes autorizados toman públicamente postura al respecto, sin haber podido comprobar todos los aspectos de forma adecuada. Se acoge con favor el intento del Gobierno Federal de comprometerse en estos casos, en lo posible, de forma ponderada y pacificadora.
Señor Embajador, le acompañan mis mejores augurios para su trabajo y para los contactos que mantendrá con los representantes de la Curia Romana, con el Cuerpo Diplomático y también con los sacerdotes, religiosos y fieles laicos comprometidos en las actividades eclesiales que viven aquí en Roma. De corazón implo ro para usted, para su distinguida consorte, para sus colaboradores y colaboradoras en la Embajada la abundante bendición divina.

El discurso del Papa en la sinagoga de Roma en español

Un camino sin vuelta atrás de diálogo, fraternidad y amistad

 Discurso de Benedicto XVI en la Sinagoga de Roma (17-1-2010)

 «¡Grandes cosas ha hecho el Señor con éstos!

 Sí, grandes cosas hizo con nosotros el Señor, el gozo nos colmaba» (Sal 126) 

«¡Oh, qué bueno, qué dulce habitar los hermanos todos juntos!» (Sal 133)

 Señor rabino jefe de la Comunidad Judía de Roma, señor presidente de la Unión de Comunidades Judías Italianas, señor presidente de la Comunidad Judía de Roma, señores rabinos, distinguidas autoridades, queridos amigos y hermanos:

 1 Al inicio del encuentro en el Templo Mayor de los Judíos de Roma, los Salmos que hemos escuchado nos sugieren la actitud espiritual más auténtica para vivir este momento especial y dichoso de gracia: la alabanza al Señor, que ha hecho grandes cosas con nosotros, que nos ha reunido aquí con su hèsed, amor misericordioso, y la gratitud por haber permitido que nos reunamos para fortalecer los vínculos que nos unen y para seguir recorriendo el camino de la reconciliación y de la fraternidad. Deseo expresar ante todo viva gratitud a usted, rabino jefe, doctor Riccardo Di Segni, por su invitación y por las palabras que me ha dirigido. Doy también las gracias a los presidentes de la Unión de Comunidades Judías Italianas, el abogado Renzo Gattegna, y de la Comunidad Judía de Roma, señor Riccardo Pacifici, por las amables palabras que han tenido a bien dirigirme. Vaya a las autoridades y a todos los aquí presentes mi saludo, que hago extensivo de especial manera a la comunidad judía romana y a cuantos han colaborado para hacer posible este momento de encuentro y de amistad que estamos viviendo.

Al venir entre ustedes por vez primera como cristiano y como Papa, mi venerado antecesor Juan Pablo II, hace casi veinticuatro años, quiso aportar una contribución decisiva a la consolidación de unas buenas relaciones entre nuestras comunidades, con el fin de superar toda incomprensión y prejuicio. Esta visita mía se inserta en el camino trazado, para confirmarlo y reforzarlo. Con sentimientos de viva cordialidad me encuentro entre ustedes para manifestarles la estima y el afecto que el Obispo y la Iglesia de Roma, al igual que toda la Iglesia católica, abrigan por esta comunidad y por las comunidades judías diseminadas por el mundo.

2 La doctrina del Concilio Vaticano II ha constituido para los católicos un punto firme al que hacer referencia constante en su actitud y en sus relaciones con el pueblo judío, marcando así un hito nuevo y significativo. El acontecimiento conciliar dio un impulso decisivo al compromiso de recorrer un camino sin vuelta atrás de diálogo, de fraternidad y de amistad; camino que ha ido profundizándose y desarrollándose durante estos cuarenta años mediante pasos y gestos importantes y significativos, entre los que deseo mencionar una vez más la histórica visita a este lugar realizada por mi venerable antecesor el 13 de abril de 1986; los numerosos encuentros por él mantenidos con personalidades judías, también durante sus viajes apostólicos internacionales; su peregrinación jubilar a Tierra Santa en el año 2000; los documentos de la Santa Sede que, tras la Declaración Nostra ætate, han proporcionado valiosas orientaciones para un desarrollo positivo de las relaciones entre católicos y judíos. Yo también, durante estos años de pontificado, he querido mostrar mi cercanía y mi afecto para con el pueblo de la Alianza. Conservo muy vivos en mi corazón todos los momentos de la peregrinación que tuve la alegría de realizar a Tierra Santa en mayo del pasado año, al igual que mis numerosos encuentros con comunidades y organizaciones judías, especialmente los celebrados en las sinagogas de Colonia y de Nueva York.

Además, la Iglesia no ha dejado de deplorar las faltas de sus hijos e hijas, pidiendo perdón por todo lo que pudo de alguna manera favorecer las llagas del antisemitismo y del antijudaísmo (cf. Comisión para las Relaciones Religiosas con el Judaísmo, Nosotros recordamos: una reflexión sobre la Shoá, 16 de marzo de 1998). ¡Ojalá tales llagas queden curadas de una vez para siempre! Acude a la memoria la emocionada oración ante el Muro del Templo de Jerusalén del Papa Juan Pablo II el 26 de marzo de 2000, oración que resuena auténtica y sincera en el hondón de nuestro corazón: «Dios de nuestros padres, tú has elegido a Abraham y a su descendencia para que tu Nombre fuera dado a conocer a las naciones: nos duele profundamente el comportamiento de cuantos, en el curso de la historia, han hecho sufrir a estos tus hijos, y, a la vez que te pedimos perdón, queremos comprometernos en una auténtica fraternidad con el pueblo de la alianza».

 El drama de la Shoá, vértice de un camino de odio

3 El paso del tiempo nos permite reconocer en el siglo XX una época realmente trágica para la Humanidad: guerras sangrientas que sembraron más que nunca destrucción, muerte y dolor; ideologías terribles arraigadas en la idolatría del hombre, de la raza, del Estado, y que impulsaron una vez más a matarse entre hermanos. El drama singular y sobrecogedor de la Shoá constituye, de alguna manera, el vértice de un camino de odio que nace cuando el hombre olvida a su Creador y se pone a sí mismo en el centro del universo. Como dije durante mi visita del 28 de mayo de 2006 al campo de concentración de Auschwitz —visita aún profundamente grabada en mi memoria—, «los potentados del Tercer Reich querían aplastar al pueblo judío en su totalidad», y, en el fondo, «con la aniquilación de este pueblo, esos criminales violentos querían matar a aquel Dios que llamó a Abraham, que hablando en el Sinaí estableció los criterios para orientar a la humanidad, criterios que son válidos para siempre» (Discurso en el campo de Auschwitz-Birkenau).

En este lugar, ¿cómo no recordar a los judíos romanos que fueron arrancados de estas casas, de entre estas paredes, y fueron matados en Auschwitz entre horrorosos tormentos? ¿Cómo olvidar sus rostros, sus nombres, las lágrimas, la desesperación de hombres, mujeres y niños? El exterminio del pueblo de la Alianza de Moisés, anunciado antes, sistemáticamente programado y llevado a cabo después en la Europa sometida al dominio nazi, llegó trágicamente aquel día a la misma Roma. Por desgracia, muchos permanecieron indiferentes, pero muchos, también entre los católicos italianos, sustentados por la fe y por la enseñanza cristiana, reaccionaron con valentía, abriendo sus brazos para socorrer a los judíos perseguidos y fugitivos, arriesgando a menudo sus vidas y haciéndose acreedores a una gratitud perenne. También la Sede Apostólica llevó a cabo una acción de socorro, frecuentemente oculta y discreta.

La memoria de tales acontecimientos debe impulsarnos a reforzar los vínculos que nos unen, para que crezcan cada vez más la comprensión, el respeto y la acogida.

4 Nuestra cercanía y fraternidad espirituales tienen en la Sagrada Biblia —en hebreo Sifre Qodesh, o «Libros de Santidad»— su fundamento más sólido y perenne, mediante el cual nos vemos constantemente confrontados con nuestras raíces comunes, con la historia y con el valioso patrimonio espiritual que compartimos. Al escrutar su mismo misterio, la Iglesia, Pueblo de Dios en la Nueva Alianza, descubre su propia y profunda vinculación con los judíos, elegidos por el Señor para ser los primeros de todos en acoger su Palabra (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 839). «A diferencia de otras religiones no cristianas la fe judía ya es una respuesta a la revelación de Dios en la Antigua Alianza. Pertenece al pueblo judío “la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las promesas y los patriarcas; de todo lo cual procede Cristo según la carne” (cf. Rm 9, 4-5), “porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables” (Rm 11, 29)» (ibíd.).

5 Pueden ser numerosas las implicaciones que se derivan del legado común procedente de la Ley y de los Profetas. Quisiera recordar algunas de ellas: ante todo, la solidaridad que une a la Iglesia y al pueblo judío «a nivel de su misma identidad» espiritual y que brinda a los cristianos la oportunidad de promover «un nuevo respeto por la interpretación judía del Antiguo Testamento» (cf. Pontificia Comisión Bíblica, El pueblo judío y sus Escrituras Sagradas en la Biblia cristiana, 2001, págs. 12 y 55); la centralidad del Decálogo como mensaje ético común de valor perenne para Israel, la Iglesia, los no creyentes y toda la Humanidad; el compromiso de preparar o realizar el Reino del Altísimo «cuidando la creación» encomendada por Dios al hombre para que la labre y la conserve responsablemente (cf. Gn 2, 15).

 El Decálogo, un gran código ético para toda la Humanidad

 6 De manera especial, el Decálogo —las «Diez Palabras» o Diez Mandamientos (cf. Ex 20, 1-17; Dt 5, 1-21)—, que procede de la Torá de Moisés, constituye la antorcha de la ética, de la esperanza y del diálogo; la estrella polar de la fe y de la moral del pueblo de Dios, y alumbra y guía al mismo tiempo el camino de los cristianos. Constituye un faro y una norma de vida en la justicia y en el amor: un gran «código ético» para toda la Humanidad. Las «Diez Palabras» arrojan luz sobre el bien y el mal, sobre lo verdadero y lo falso, sobre lo justo y lo injusto, también según los criterios de la recta conciencia de todo ser humano. El propio Jesús lo reiteró varias veces, subrayando que es preciso un compromiso activo en el camino de los Mandamientos: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mt 19, 17). Bajo esta perspectiva, son varios los campos de colaboración y de testimonio. De ellos quisiera recordar tres particularmente importantes para nuestro tiempo.

Las «Diez Palabras» piden que se reconozca al único Señor, contra la tentación de fabricarse otros ídolos, de labrarse becerros de oro. En nuestro mundo, muchos no conocen a Dios o lo consideran superfluo, sin relevancia para la vida: de ahí que se hayan fabricado otros nuevos dioses ante los que el hombre se inclina. Suscitar en nuestra sociedad la apertura a la dimensión trascendente, testimoniar al único Dios, es un valioso servicio que judíos y cristianos pueden prestar juntos.

Las «Diez Palabras» piden respeto y protección de la vida contra toda injusticia y vejación, y reconocimiento del valor de todo ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios. ¡Cuántas veces, en todo rincón, cercano o lejano, de la tierra, siguen conculcándose la dignidad, la libertad y los derechos del ser humano! Testimoniar juntos el valor supremo de la vida contra todo egoísmo significa ofrecer una importante aportación con vistas a un mundo en el que reinen la justicia y la paz: ese shalom invocado por los legisladores, los profetas y los sabios de Israel.

Las «Diez Palabras» piden que se conserve y fomente la santidad de la familia, en la que el «sí» personal y recíproco, fiel y definitivo, del hombre y de la mujer da espacio al futuro, a la humanidad auténtica de cada uno, y se abre, al mismo tiempo, al don de una nueva vida. Testimoniar que la familia sigue siendo la célula esencial de la sociedad y el marco básico en el que se aprenden y ejercen las virtudes humanas, constituye un valioso servicio que debemos prestar con vistas a la construcción de un mundo con un rostro más humano.

7 Como enseña Moisés en el Shemá (cf. Dt 6, 5; Lv 19, 34) y Jesús reafirma en el Evangelio (cf. Mc 12, 19-31), todos los mandamientos se sintetizan en el amor de Dios y en la misericordia hacia el prójimo. Dicha regla obliga a judíos y cristianos a ejercer, en nuestro tiempo, una generosidad especial para con los pobres, las mujeres, los niños, los extranjeros, los enfermos, los débiles, los menesterosos. Existe en la tradición judía un dicho admirable de los Padres de Israel: «Simón el Justo solía decir: “El mundo descansa en tres pilares: la Torá, el culto y los actos de misericordia” (Aboth 1, 2). Mediante el ejercicio de la justicia y de la misericordia, judíos y cristianos están llamados a anunciar y a testimoniar el Reino del Altísimo que viene, y por el que oramos y trabajamos cada día en la esperanza.

8 En esta dirección podemos avanzar juntos, conscientes de las diferencias que entre nosotros existen, pero también de que, si logramos aunar nuestros corazones y nuestras manos para responder a la llamada del Señor, su luz se acercará para alumbrar a todos los pueblos de la tierra. Los pasos dados durante estos cuarenta años por el Comité Internacional de Enlace Católico-Judío y, en años más recientes, por la Comisión Mixta de la Santa Sede y del Gran Rabinato de Jerusalén, constituyen un signo de la voluntad común de proseguir un diálogo abierto y sincero. Precisamente mañana, la Comisión Mixta celebrará aquí en Roma su IX Encuentro sobre «La enseñanza católica y judía sobre la creación y el medio ambiente»; le deseamos un provechoso diálogo sobre un tema de tanta importancia y actualidad.

9 Cristianos y judíos comparten mucho de su patrimonio espiritual, rezan al mismo Señor, tienen las mismas raíces, pero frecuentemente siguen sin conocerse mutuamente. A nosotros nos corresponde, en respuesta a la llamada de Dios, trabajar para que quede siempre abierto el espacio del diálogo, del respeto recíproco, del crecimiento en la amistad, del testimonio común ante los desafíos de nuestro tiempo, que nos invitan a colaborar por el bien de la Humanidad en este mundo creado por Dios, el Todopoderoso y el Misericordioso. 

10 Vaya, por último, un pensamiento especial a esta nuestra ciudad de Roma, en la que, desde hace unos dos mil años, conviven, como dijo el Papa Juan Pablo II, la comunidad católica con su obispo y la comunidad judía con su rabino jefe: que esta convivencia pueda verse animada por un amor fraterno creciente, que se exprese también por medio de una colaboración cada vez más estrecha para ofrecer una válida contribución a la solución de los problemas y de las dificultades que debemos afrontar.

 Le pido al Señor el don preciado de la paz para el mundo entero, sobre todo para Tierra Santa. En mi peregrinación del pasado mes de mayo, en Jerusalén, ante el Muro del Templo, le pedí a Aquél que todo lo puede: «Derrama tu paz sobre esta Tierra Santa, sobre el Oriente Próximo, sobre toda la familia humana; despierta el corazón de todos los que invocan tu nombre, para caminar humildemente por la senda de la justicia y la compasión» (Oración ante el Muro Occidental de Jerusalén, 12 de mayo de 2009).

Nuevamente elevo hasta él la acción de gracias y la alabanza por este encuentro nuestro, pidiéndole que refuerce nuestra hermandad y afiance nuestro entendimiento.

 Terminó el Papa su discurso rezando el Salmo 117 en lengua hebrea:

 «¡Alabad al Señor, todas las naciones, celebradle, pueblos todos!

Porque es fuerte su amor hacia nosotros, la verdad del Señor dura por siempre».

Cáritas con Haití

 

La red Cáritas en Haití ha puesto en marcha una respuesta de emergencia tras el terremoto ocurrido en Haití el 12 de enero. El seísmo de 7´3 grados en la escalas Richter sacudió la capital haitiana con 3 réplicas destruyendo cientos de edificios. La respuesta de la red Cáritas está siendo para dar apoyo a las víctimas de la catástrofe. Entre las acciones de emergencia se incluyen albergues temporales, distribución de alimentos y kits de higiene y apoyo espiritual. En una segunda fase se contempla la reconstrucción de infraestructuras.
 
 
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Y EN LAS CUENTAS DE LAS CÁRITAS DIOCESANAS

 

Benedicto XVI a los obispos nombrados en el último año

En el encuentro de las Congregaciones para los Obispos y las Iglesias Orientales
Discurso pronunciado este lunes por Benedicto XVI al recibir en audiencia en Castel Gandolfo a los prelados ordenados en los últimos doce meses, que han participado en el encuentro promovido por las Congregaciones para los Obispos y para las Iglesias Orientales.

 

¡Queridos hermanos en el Episcopado!
Gracias de corazón por vuestra visita, con ocasión del congreso promovido para los obispos que han emprendido hace poco su ministerio pastoral. Estas jornadas de reflexión, de oración y de puesta al día, son verdaderamente propicias para ayudaros, queridos Hermanos, a familiarizaros mejor con las tareas que estáis llamados a asumir como Pastores de comunidades diocesanas; son también jornadas de convivencia amistosa que constituyen una experiencia singular de esa collegialitas affectiva que une a todos los obispos en un único cuerpo apostólico, junto con el Sucesor de Pedro, “perpetuo y visible fundamento de la unidad” (Lumen gentium, 23). Agradezco al cardenal Giovanni Battista Re, prefecto de la Congregación para los Obispos, por las corteses palabras que me ha dirigido en vuestro nombre; saludo al cardenal Leonardo Sandri, prefecto de la Congregación para las Iglesias Orientales, y expreso mi reconocimiento a cuantos de varias formas colaboran en la organización de este encuentro anual.
Este año, vuestro congreso se inserta en el contexto del Año Sacerdotal, proclamado por el 150° aniversario de la muerte de san Juan María Vianney. Como he escrito en la Carta enviada para la ocasión a todos los sacerdotes, este año especial “quiere contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes para un testimonio evangélico más fuerte e incisivo en el mundo de hoy”. La imitación de Jesús Buen Pastor es, para todo sacerdote, el camino obligatorio de la propia santificación y la condición esencial para ejercer responsablemente el ministerio pastoral. Si esto vale para los presbíteros, vale aún más para nosotros, queridos Hermanos Obispos. Es más, es importante no olvidar que una de las tareas esenciales del obispo es precisamente el de ayudar, con el ejemplo y con el apoyo fraterno, a los sacerdotes a seguir fielmente su vocación, y a trabajar con entusiasmo y amor en la viña del Señor.
A propósito de esto, en la Exhortación postsinodal Pastores gregis, mi venerado predecesor Juan Pablo II observó que el gesto del sacerdote, cuando pone sus propias manos en las manos del obispo en el día de su ordenación presbiteral, compromete a ambos: el sacerdote y el obispo. El nuevo presbítero elige confiarse al obispo y, por su parte, el obispo se compromete a custodiar estas manos n.47). Bien mirado, esta es una tarea solemne que se configura para el obispo como responsabilidad paterna en la custodia y promoción de la identidad sacerdotal de los presbíteros confiados a sus cuidados pastorales, una identidad que vemos hoy por desgracia sometida a dura prueba por la creciente secularización. El obispo por tanto – prosigue la Pastores gregis – “buscará siempre actuar con sus sacerdotes como padre y hermano que les ama, les acoge, les corrige, les conforta, busca su colaboración y, en la medida de lo posible, se preocupa por su bienestar humano, espiritual, ministerial y económico” (Ibidem, 47).
De modo especial, el obispo está llamado a alimentar en los sacerdotes la vida espiritual, para favorecer en ellos la armonía entre la oración y el apostolado, mirando al ejemplo de Jesús y de los apóstoles, a quienes Él llamó ante todo para que “estuvieran con él” (Mc 3,14). Una condición indispensabile para que produzca frutos de bien es, de hecho, que el sacerdote permanezca unido al Señor; aquí está el secreto de la fecundidad de su ministerio: sólo si se incorpora a Cristo, verdadera Vid, produce fruto. La misión de un presbítero y, con mayor razón, la de un obispo, comporta hoy una cantidad de trabajo que tiende a absorberlo continua y totalmente. Las dificultades aumentan y las incumbencias se multiplican, también porque estamos ante realidades nuevas y crecientes exigencias pastorales. Con todo, la atención a los problemas de cada día y las iniciativas dirigidas a conducir a los hombres por el camino de Dios, no deben jnunca distraernos de la unión íntima y personal con Cristo. Estar a disposición de la gente no debe disminuir u ofuscar nuestra disponibilidad hacia el Señor. El tiempo que el sacerdote y el obispo consagran a Dios en la oración es siempre el mejor empleado, porque la oración es el alma de la actividad pastoral, la “linfa” que le infunde fuerza, es el apoyo en los momentos de incertidumbre y la fuente inextinguible de fervor misionero y de amor fraterno hacia todos.
En el centro de la vida sacerdotal está la Eucaristía. En la Exhortación Apostólica Sacramentum caritatis he subrayado cómo “la Santa Misa es formativa en el sentido m&aacute ;s profundo del término, en cuanto que promueve la conformación a Crsito y refuerza al sacerdote en su vocación” (n. 80). Que la celebración eucarística ilumine por tanto vuestra jornada y la de vuestros sacerdotes, imrpimiendo su gracia y su influjo espiritual en los momentos tristes o alegres, agitados o en reposo, de acción y de contemplación. Un modo privilegiado de prolongar en la jornada la misteriosa acción santificadora de la Eucaristía es recitar devotamente la Liturgia de las Horas, como también la adoración eucarística, la lectio divina y la oración contemplativa del Rosario. El snato Cura de Ars nos enseña cuán preciosos son la empatía del sacerdote con el Sacrificio eucarístico y la educación de los fieles en la presencia eucarística y en la comunión. Con la Palabra y los Sacramentos – recordé en la Carta a lo s sacerdotes – san Juan María Vianney edificó a su pueblo. El Vicario General de la diócesis de Belley, en el momento del nombramiento como párroco de Ars, le había dicho: “¡No hay mucho amor de Dios en esa parroquia, pero vos se lo pondréis!”. Y aquella parroquia se transformó.
Queridos nuevos obispos, gracias por el servicio que hacéis a la Iglesia con dedicación y amor. Os saludo con afecto y os aseguro mi constante apoyo unido a la oración para que “vayáis y déis fruto, y que vuestro fruto permanezca” (Jn 15,16). Por ello invoco la intercesión de María Regina Apostolorum, e imparto de corazón sobre vosotros, sobre vuestros sacerdotes y sobre vuestras comunidades diocesanas una especial Bendición Apostólica.