Catequesis del Papa Francisco sobre el Jubileo de la Misericordia

 

Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

Ayer he abierto aquí, en la Basílica de San Pedro, la Puerta Santa del Jubileo de la Misericordia, después de haberla abierta ya en la Catedral de Bangui en República Centroafricana. Hoy quisiera reflexionar junto a ustedes sobre el significado de este Año Santo, respondiendo a la pregunta: ¿Por qué un Jubileo de la Misericordia? ¿Qué significa esto?

La Iglesia necesita de este momento extraordinario. No digo es bueno para la Iglesia este tiempo extraordinario, no, no, digo la Iglesia necesita de este momento extraordinario. En nuestra época de profundos cambios, la Iglesia está llamada a ofrecer su contribución peculiar, haciendo visibles los signos de la presencia y de la cercanía de Dios. Y el Jubileo es un tiempo favorable para todos nosotros, porque contemplando la Divina Misericordia, que supera cada límite humano y resplandece sobre la obscuridad del pecado, podamos transformarnos en testigos más convencidos y eficaces.

Dirigir la mirada a Dios, Padre misericordioso, y a los hermanos necesitados de misericordia, significa poner la atención sobre el contenido esencial del Evangelio: Jesús  la Misericordia hecha carne, que hace visible a nuestros ojos el gran misterio del Amor trinitario de Dios. Celebrar un Jubileo de la Misericordia equivale a poner de nuevo al centro de nuestra vida personal y de nuestras comunidades lo específico de la fe cristiana, es decir, Jesucristo, Dios misericordioso.

Un Año Santo, por lo tanto, para vivir la misericordia. Si, queridos hermanos y hermanas, este Año Santo nos es ofrecido para experimentar en nuestra vida el toque dulce y suave del perdón de Dios, su presencia al lado de nosotros y su cercanía, sobre todo en los momentos de mayor necesidad.

Este Jubileo, en resumen, es un momento privilegiado para que la Iglesia aprenda a elegir únicamente “aquello que a Dios le gusta más”. Y, ¿qué cosa es lo que “a Dios le gusta más”? Perdonar a sus hijos, tener misericordia de ellos, de modo que también ellos puedan a su vez perdonar a los hermanos, resplandeciendo como antorchas de la misericordia de Dios en el mundo. Esto es aquello que a Dios le gusta más. San Ambrosio en un libro de teología que había escrito sobre Adán toma la historia de la creación del mundo y dice que Dios, cada día después de haber creado la luna, el sol o los animales, el libro, la Biblia dice “y Dios dijo que esto era bueno”  pero cuando ha creado al hombre y a la mujer la Biblia dice “Dios dijo que esto era muy bueno” y San Ambrosio se pregunta por qué dice “muy bueno” por qué -dice- está tan contento Dios después de la creación del hombre y de la mujer, porque finalmente tenía a alguno para perdonar. Es bello eh.  La alegría de Dios es perdonar, el ser de Dios es misericordia, por esto este año debemos abrir el corazón, para que este amor, esta alegría de Dios nos llene, nos llene a todos nosotros de esta misericordia.

El Jubileo será un “tiempo favorable” para la Iglesia si aprendemos a elegir “aquello que a Dios le gusta más”, sin ceder a la tentación de pensar que haya algo más importante o prioritario. Nada es más importante que elegir “aquello que a Dios le gusta más”, ¡su misericordia, su amor, su ternura, su abrazo, sus caricias!

También la necesaria obra de renovación de las instituciones y de las estructuras de la Iglesia es un medio que debe conducirnos a hacer la experiencia viva y vivificante de la misericordia de Dios que, sola, puede garantizar a la Iglesia de ser aquella ciudad puesta sobre un monte que no puede permanecer escondida (cfr Mt 5,14). Solamente resplandece una Iglesia misericordiosa. Si debiéramos, aún solo por un momento, olvidar que la misericordia es “aquello que a Dios le gusta más”, cada esfuerzo nuestro sería en vano, porque nos convertiríamos en esclavos de nuestras instituciones y de nuestras estructuras, por más renovadas que puedan ser, pero siempre seríamos esclavos.

«Sentir fuerte en nosotros la alegría de haber estado reencontrados por Jesús, que como Buen Pastor ha venido a buscarnos porque estábamos perdidos» (Homilía en las Primeras vísperas del domingo de la Divina Misericordia, 11 abril 2015): este es el objetivo que la Iglesia se pone en este Año Santo. Así reforzaremos en nosotros la certeza de que la misericordia puede contribuir realmente a la edificación de un mundo más humano. Especialmente en estos nuestros tiempos, en que el perdón es un huésped raro en los ámbitos de la vida humana, el reclamo a la misericordia se hace más urgente, y esto en cada lugar: en la sociedad, en las instituciones, en el trabajo y también en la familia.

Cierto, alguno podría objetar: “Pero, Padre, la Iglesia, en este Año, ¿no debería hacer algo más? Es justo contemplar la misericordia de Dios, pero ¡hay muchas necesidades urgentes!”. Es verdad, hay mucho por hacer, y yo en primer lugar no me canso de recordarlo. Pero es necesario tener en cuenta que, a la raíz del olvido de la misericordia, está siempre el amor proprio. En el mundo, esto toma la forma de la búsqueda exclusiva de los propios intereses, de placeres, de honores unidos al querer acumular riquezas, mientras que en la vida de los cristianos se disfraza a menudo de hipocresía y de mundanidad. Todas estas cosas son contrarias a la misericordia. Los lemas del amor propio, que hacen extranjera la misericordia en el mundo, son totalmente tantos y numerosos que frecuentemente no estamos ni siquiera en grado de reconocerlos como límites y como pecado. He aquí por qué es necesario reconocer el ser pecadores, para reforzar en nosotros la certeza de la misericordia divina. “Señor, yo soy un pecador, Señor soy una pecadora, ven con tu misericordia” y esta es una oración bellísima, es fácil eh, es una oración fácil para decirla todos los días, todos los días: “Señor yo soy un pecador, Señor yo soy una pecadora, ven con tu misericordia”.

Queridos hermanos y hermanas, deseo que en este Año Santo, cada uno de nosotros tenga experiencia de la misericordia de Dios, para ser testigos de “aquello que a Dios le gusta más”. ¿Es de ingenuos creer que esto pueda cambiar el mundo? Si, humanamente hablando es de locos, pero «porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza de los hombres» (1 Cor 1,25). Gracias.

Catequesis del Papa Francisco. 4/11/15

Miércoles 4 de noviembre

Catequesis del Santo Padre, en la audiencia general:

 ¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

La Asamblea del Sínodo de los Obispos, que ha terminado hace poco, ha reflexionado a fondo sobre la vocación y la misión de la familia en la vida de la Iglesia y de la sociedad contemporánea. Ha sido un evento de gracia. Al final, los padres sinodales han entregado el texto de sus conclusiones. He querido que se publicara para que todos fueran partícipes del trabajo que nos ha ocupado durante dos años. Este no es el momento de examinar tales conclusiones, sobre las que yo mismo debo meditar.

Pero mientras tanto, la vida no se detiene, ¡en particular la vida de la familia no se detiene! Vosotras, queridas familias, estáis siempre en camino. Y continuamente escribís ya en las páginas de la vida concreta la belleza del Evangelio de la familia. En un mundo que a veces se hace árido de vida y de amor, vosotros cada día habláis del gran don que son el matrimonio y la familia.

Hoy quisiera subrayar este aspecto: que la familia es un gran gimnasio de entrenamiento para el don y el perdón recíproco, sin el cual ningún amor puede durar mucho. En la oración que Él mismo nos ha enseñado –el Padre Nuestro– Jesús nos hace pedir al Padre: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Y al final comenta: Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes” (Mt 6,12.14-15). No se puede vivir sin perdonarse, o al menos no se puede vivir bien, especialmente en familia. Cada día nos hacemos daño los unos a los otros. Debemos tener en cuenta estos errores, que se deben a nuestra fragilidad y a nuestro egoísmo. Se nos pide que curemos las heridas que hacemos, tejer de inmediato los hilos que rompemos. Si esperemos mucho, todo se hace más difícil. Y hay un secreto sencillo para sanar las heridas y para disolver las acusaciones. Y es este: no dejar que termine el día sin pedirse perdón, sin hacer la paz entre el marido y la mujer, entre padres e hijos, entre hermanos y hermanas… ¡entre nuera y suegra! Si aprendemos a pedirnos inmediatamente perdón y a darnos el perdón recíproco, sanan las heridas, el matrimonio se robustece, y la familia se transforma en una casa más sólida, que resiste a los choques de nuestras pequeñas y grandes maldades. Y para esto no es necesario hacer un gran discurso, sino que es suficiente una caricia, una caricia y ha terminado todo y se comienza de nuevo, pero no terminar el día en guerra, ¿entienden?

Si aprendemos a vivir así en familia, lo hacemos también fuera, allá donde estemos. Es fácil ser escépticos sobre esto. Muchos –también entre los cristianos– piensan que es una exageración. Se dice: sí, son palabras bonitas, pero es imposible ponerlo en práctica. Pero gracias a Dios no es así. De hecho, es precisamente recibiendo el perdón de Dios que a la vez somos capaces de perdonar a los otros. Por esto Jesús nos hace repetir estas palabras cada vez que recitamos la oración del Padre Nuestro, es decir, cada día. Y es indispensable que, en una sociedad a veces despiadada, haya lugares, como la familia, donde aprender a perdonarse los unos a los otros.

El Sínodo ha revivido nuestra esperanza también en esto: la capacidad de perdonar y de perdonarse forma parte de la vocación y de la misión de la familia. La práctica del perdón no solo salva las familias de las divisiones, sino que las hace capaces de ayudar a la sociedad a ser menos malvada y menos cruel. Sí, cada gesto de perdón repara la casa de las grietas y refuerza sus muros. La Iglesia, queridas familias, está siempre a su lado para ayudarlos a construir su casa sobre la roca de la cual ha hablado Jesús. Y no olvidemos estas palabras que preceden inmediatamente la parábola de la casa: «No son los que me dicen: “Señor, Señor”, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre». Y añade: «Muchos me dirán en aquel día: “Señor, Señor, ¿acaso no profetizamos en tu Nombre? ¿No expulsamos a los demonios en tu Nombre?” Entonces yo les manifestaré: «Jamás los conocí» (cfr Mt 7,21-23). Es una palabra fuerte, no hay duda, que tiene por objetivo sacudirnos y llamarnos a la conversión.

Os aseguro, queridas familias cristianas, que si sois capaces de caminar cada vez más decididas sobre el camino de las bienaventuranzas, aprendiendo y enseñando a perdonarse recíprocamente, en toda la gran familia de la Iglesia crecerá la capacidad de dar testimonio a la fuerza renovadora del perdón de Dios. Diversamente, haremos predicaciones también muy bonitas, y quizá expulsemos algún demonio, ¡pero al final el Señor no nos reconocerá como sus discípulos!

Realmente las familias cristianas pueden hacer mucho por la sociedad de hoy, y también por la Iglesia. Por eso deseo que en el Jubileo de la Misericordia las familias redescubran el tesoro del perdón recíproco. Recemos para que las familias sean cada vez más capaces de vivir y de construir caminos concretos de reconciliación, donde nadie se sienta abandonado al peso de sus ofensas.

Y con esta intención, decimos juntos: “Padre nuestro, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden”. Digámoslo juntos: “Padre nuestro, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden”. Gracias.

S.S. Papa Francisco: Catequesis – La Familia

Papa Francisco este miércoles al continuar su catequesis sobre la familia, donde advirtió que esto es síntoma de “una sociedad depresiva”.

“La alegría de los hijos hace palpitar los corazones de los padres y reabre el futuro. Los hijos son la alegría de la familia y de la sociedad. No son un problema de biología reproductiva, ni uno de tantos modos de realizarse. Y mucho menos son una posesión de los padres”, añadió.

A continuación el texto completo de la catequesis del Santo Padre gracias a Radio Vaticana:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Después de haber reflexionado sobre las figuras de la madre y del padre, en esta catequesis sobre la familia quisiera hablar del hijo, o mejor dicho, de los hijos. Me inspiro en una bella imagen de Isaías. El profeta escribe: «Mira a tu alrededor y observa: todos se han reunido y vienen hacia ti; tus hijos llegan desde lejos y tus hijas son llevadas en brazos. Al ver esto, estarás radiante, palpitará y se ensanchará tu corazón». Es una espléndida imagen, una imagen de la felicidad que se realiza en el encuentro entre padres e hijos, que caminan juntos hacia un futuro de libertad y paz, después de mucho tiempo de privaciones y separaciones, como fue, en aquel tiempo, esa historia, cuando estaban lejos de su patria.

De hecho, hay una estrecha relación entre la esperanza de un pueblo y la armonía entre generaciones. Esto tenemos que pensarlo bien ¿eh? Hay un vínculo estrecho entre la esperanza de un pueblo y la armonía entre generaciones. La alegría de los hijos hace palpitar el corazón de los padres y vuelve a abrir el futuro. Los hijos son la alegría de la familia y de la sociedad. No son un problema de biología reproductiva, ni uno de los muchos modos de realizarse. Y mucho menos son una posesión de los padres… No, no. Los hijos son un don. Son un regalo: ¿entendido? Los hijos son un don. Cada uno es único e irrepetible; y al mismo tiempo, inconfundiblemente ligado a sus raíces.

Ser hijo e hija, de hecho, según el designio de Dios, significa llevar en sí la memoria y la esperanza de un amor que se ha realizado a sí mismo encendiendo la vida de otro ser humano, original y nuevo. Y para los padres cada hijo es sí mismo, es diferente, diverso. Permítanme un recuerdo de familia. Recuerdo que mi mamá decía sobre nosotros, éramos cinco: “Yo tengo cinco hijos”, “¿cuál es tu preferido?”, le preguntábamos. Y ella: “Yo tengo cinco hijos, como tengo cinco dedos. Si me golpean éste me hace mal; si me golpean éste me hace mal. Me hacen mal los cinco, ¡todos son míos! Pero todos diferentes como los dedos de una mano”. ¡Y así es la familia! La diferencia de los hijos, pero todos hijos.

Un hijo se ama porque es hijo: no porque sea bello, o porque sea así o asá, ¡no! ¡Porque es hijo! No porque piensa como yo, o encarna mis deseos. Un hijo es un hijo: una vida generada por nosotros, pero destinada a él, a su bien, para el bien de la familia, de la sociedad, de toda la humanidad.

De ahí viene también la profundidad de la experiencia humana del ser hijo e hija, que nos permite descubrir la dimensión más gratuita del amor, que nunca deja de sorprendernos. Es la belleza de ser amados antes: los hijos son amados antes de que lleguen.

Cuántas veces encuentro a las mamás aquí que me hacen ver la panza y me piden la bendición… porque son amados estos niños antes de venir al mundo. Y ésta es gratuidad, esto es amor; son amados antes, como el amor de Dios, que nos ama siempre antes. Son amados antes de haber hecho nada para merecerlo, antes de saber hablar o pensar, ¡incluso antes de venir al mundo! Ser hijos es la condición fundamental para conocer el amor de Dios, que es la fuente última de este auténtico milagro. En el alma de cada hijo, por más vulnerable que sea, Dios pone el sello de este amor, que está en la base de su dignidad personal, una dignidad que nada ni nadie podrá destruir.

Hoy en día parece más difícil para los hijos imaginar su futuro. Los padres – como mencioné en las catequesis anteriores – quizás han dado un paso atrás y los hijos se han vuelto más inciertos en el dar pasos hacia adelante. Podemos aprender la buena relación entre generaciones de nuestro Padre Celestial, que nos deja libres a cada uno de nosotros, pero nunca nos deja solos. Y si nos equivocamos, Él continúa siguiéndonos con paciencia sin disminuir su amor por nosotros. El Padre Celestial no da pasos hacia atrás en su amor por nosotros, ¡jamás! Va siempre hacia adelante y si no se puede ir adelante, nos espera, pero nunca va hacia atrás; quiere que sus hijos sean valientes y den pasos hacia adelante.

Los hijos, por su parte, no deben tener miedo del compromiso de construir un mundo nuevo: ¡es justo desear que sea mejor del que han recibido! Pero esto debe hacerse sin arrogancia, sin presunción. A los hijos hay que saber reconocerles su valor, y a los padres siempre se los debe honrar.

El cuarto mandamiento pide a los hijos – ¡y todos lo somos! – honra a tu padre y a tu madre. Este mandamiento viene inmediatamente después de los que tienen que ver con Dios mismo; después de los tres mandamientos que tienen que ver con Dios mismo, viene el cuarto. De hecho contiene algo de sagrado, algo de divino, algo que está en la raíz de cualquier otro tipo de respeto entre los hombres. Y en la formulación bíblica del cuarto mandamiento se añade: «Honra a tu padre y a tu madre para que tengas una larga vida en la tierra que el Señor, tu Dios, te da». El vínculo virtuoso entre generaciones es una garantía de futuro, y es garantía de una historia verdaderamente humana.

Una sociedad de hijos que no honran a sus padres es una sociedad sin honor; ¡cuando no se honran a los padres se pierde el propio honor! Es una sociedad destinada a llenarse de jóvenes áridos y ávidos. Pero también una sociedad avara de generaciones, que no ama rodearse de hijos, que los considera sobre todo una preocupación, un peso, un riesgo, es una sociedad deprimida. Pensemos en tantas sociedades que conocemos aquí en Europa: son sociedades deprimidas porque no quieren hijos, no tienen hijos, el nivel de nacimientos no llega al uno por ciento. ¿Por qué? Que cada uno piense y se responda. Si una familia generosa de hijos se ve como si fuera un peso, ¡hay algo mal!

La concepción de los hijos debe ser responsable, como enseña también la Encíclica Humanae Vitae del Beato Papa Pablo VI, pero el tener muchos hijos no puede ser visto automáticamente como una elección irresponsable. Es más, no tener hijos es una elección egoísta. La vida rejuvenece y cobra nuevas fuerzas multiplicándose: ¡se enriquece, no se empobrece! Los hijos aprenden a hacerse cargo de su familia, maduran compartiendo sus sacrificios, crecen en la apreciación de sus dones.

La experiencia alegre de la fraternidad anima el respeto y cuidado de los padres, a quienes debemos nuestra gratitud. Muchos de ustedes aquí presentes tienen hijos y todos somos hijos. Hagamos una cosa, un minutito, no nos extenderemos mucho. Que cada uno de nosotros piense en su corazón en sus hijos, si los tiene, piense en silencio. Y todos pensemos en nuestros padres y agradezcamos a Dios por el don de la vida. En silencio, quienes tienen hijos piensen en ellos, y todos pensemos en nuestros padres. Que el Señor bendiga a nuestros padres y bendiga a sus hijos.

Que Jesús, el Hijo eterno, hecho hijo en el tiempo, nos ayude a encontrar el camino de una nueva irradiación de esta experiencia humana tan simple y tan grande que es ser hijos. En el multiplicarse de las generaciones hay un misterio de enriquecimiento de la vida de todos, que proviene de Dios mismo. Debemos redescubrirlo, desafiando los prejuicios; y vivirlo, en la fe, en la perfecta alegría. Y les digo: ¡Qué hermoso es cuando paso entre ustedes y veo a los papás y a las mamás que alzan a sus hijos para que sean bendecidos! Es un gesto casi divino. ¡Gracias por hacerlo!

El Papa reafirma que el Cristo histórico es el Cristo de nuestra fe

En su habitual catequesis de la Audiencia General de los miércoles, el Papa Benedicto XVI se dedicó a desmitificar la figura de San Francisco de Asís, y explicó que de modo similar, el Cristo histórico del que hablan los Evangelios es efectivamente el Cristo de nuestra fe.

En la catequesis en el Aula Pablo VI, el Santo Padre recordó que Francisco provenía de una rica familia, se refirió a su experiencia de conversión y el fuerte llamado que experimentó para reconstruir la iglesia que coincidió con el sueño del Papa Inocencio III en 1207, quien reconoce en él al pequeño religioso que va a ayudar en la renovación eclesial. Explicó también el camino del joven santo hacia la creación de la orden franciscana.

Seguidamente el Papa resaltó que “algunos historiadores en el ochocientos y en el último siglo han buscado crear detrás del Francisco de la tradición, un así llamado Francisco histórico, así como se busca crear detrás del Jesús de los Evangelios, un así llamado Jesús histórico. Tal Francisco histórico no habría sido un hombre de Iglesia, sino un hombre ligado solamente a Cristo, un hombre que quería crear una renovación del pueblo de Dios, sin formas canónicas y sin jerarquía”.

“La verdad –prosiguió Benedicto XVI– es que San Francisco quiso realmente una relación inmediatísima con Jesús y con la Palabra de Dios, que quería seguir sin glosa, así como está, en toda su radicalidad y verdad. Y es también cierto que inicialmente no tenía la intención de crear una orden con las formas canónicas necesarias, pero, simplemente, con la Palabra de Dios y la presencia del Señor, él quería renovar al pueblo de Dios, convocarlo de nuevo a una escucha de la palabra y a la obediencia verbal con Cristo”.

Además, dijo el Papa, San Francisco sabía que “Cristo no es nunca ‘mío’ sino siempre ‘nuestro’, que a Cristo no puedo tenerlo ‘yo’ y reconstruir ‘yo’ contra la Iglesia, su voluntad y su enseñanza, sino solo en la comunión de la Iglesia construida sobre la sucesión de los Apóstoles que se renueva también en la obediencia a la Palabra de Dios”.

“Es también cierto que no tenía la intención de crear una nueva orden, sino solamente renovar el pueblo de Dios para el Señor que viene. Pero entendió con sufrimiento y dolor que todo debe tener su orden, que también el derecho de la Iglesia es necesario para darle forma a la renovación y así realmente se insertó de modo total, con el corazón, en la comunión de la Iglesia, con el Papa y los obispos”.

Tras explicar, en el marco del Año Sacerdotal, cómo Francisco también entendió que el centro de la Iglesia y el sacerdocio es la Eucaristía, el Papa reiteró que “el verdadero Francisco histórico es el Francisco de la Iglesia y de este modo nos habla a los creyentes, a los creyentes de otras confesiones y religiones”.

“Se ha dicho que Francisco representa a un alter Christus, era verdaderamente un icono vivo de Cristo. Fue llamado también el ‘hermano de Jesús’. En efecto, éste era su ideal, ser como Jesús, contemplar al Cristo del Evangelio, amarlo intensamente, imitar sus virtudes”.

“En particular -prosiguió- quiso dar un valor fundamental a la pobreza interior y exterior, enseñándola también a sus hijos espirituales. La primera bienaventuranza del Discurso de la Montaña: Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos, ha encontrado una luminosa realización en la vida y palabras de San Francisco”.

Realmente, dijo luego el Papa Benedicto XVI, “los santos son los mejores intérpretes de la Biblia: ellos, encarnando en su vida la Palabra de Dios, la hacen más atractiva que nunca, y así habla realmente con nosotros”.

“El testimonio de Francisco, que ha amado la pobreza para seguir a Cristo con dedicación y libertad totales, sigue siendo también para nosotros una invitación a cultivar la pobreza interior para crecer en la confianza en Dios, uniendo también un estilo de vida sobrio y un desapego de los bienes materiales”.

El Santo Padre también resaltó que “del amor por Cristo nace el amor hacia las personas y hacia las creaturas de Dios. Allí tenemos otro trato característico de la espiritualidad de Francisco: el sentido de la fraternidad universal y el amor por la creación, que le inspiró el célebre canto de las criaturas. Es un mensaje muy actual”.

“Como he recordado en mi reciente encíclica Caritas in veritate, es sostenible solamente un desarrollo que respete la creación y no dañe el ambiente, y en el Mensaje por la Jornada Mundial de la Paz de este año he subrayado que también la construcción de una paz sólida está ligada al respeto de la creación. Francisco nos recuerda que en la creación se muestra la sabiduría y la benevolencia del Creador. La naturaleza es querida como un lenguaje en el que Dios habla con nosotros, en el que la realidad se vuelve transparente y en el que podemos nosotros hablar de Dios y con Dios“.

Seguidamente Benedicto XVI saludó en diversas lenguas y, en español, se dirigió a los fieles “venidos de España, México y otros países latinoamericanos. Que el ejemplo de San Francisco aumente la confianza en Dios y fomente un estilo de vida sobrio, sin apego a los bienes materiales“.

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El mal se origina en uso erróneo de la libertad del hombre, explica Benedicto XVI

En su habitual catequesis de la Audiencia General de este miércoles celebrada en el Aula Pablo VI, el Papa Benedicto XVI habló de otro monje del siglo XI, Ruperto de Deutz, quien enseñó en su tiempo algunas cosas válidas para la actualidad: el mal tiene su origen en el errado uso la libertad humana, con lo que defendió así la absoluta bondad de Dios.

El Santo Padre explicó que desde joven, Ruperto manifestó su amor por la vida monástica y su adhesión total a la Sede de Pedro. Fue nombrado abad de Deutz en 1120 y murió en 1129. “Nos enseña que cuando surgen controversias en la Iglesia, la referencia al ministerio petrino garantiza fidelidad a la sana doctrina y otorga serenidad y libertad interior”, dijo el Papa

Recordando las numerosas obras de Ruperto, “que todavía hoy suscitan un enorme interés”, Benedicto XVI subrayó que “intervino con determinación” en algunas discusiones teológicas, como por ejemplo en la “defensa de la presencia real de Cristo en la Eucaristía“.

En este contexto, el Papa alertó del peligro “de reducir el realismo eucarístico, considerándolo solo un rito de comunión, de socialización, que lleva a que olvidemos muy fácilmente que Cristo resucitado, con su cuerpo resucitado, está presente realmente, y se entrega en nuestras manos para incorporarnos a su cuerpo inmortal y guiarnos a la vida nueva ¡Es un misterio que hay que adorar y amar siempre de nuevo!”, exclamó.

El Santo Padre se refirió luego a otra controversia en la que intervino el abad de Deutz: “el problema de la conciliación de la bondad y de la omnipotencia de Dios con la existencia del mal. El abad parte de la bondad de Dios, de la verdad de que Dios es sumamente bueno y no puede sino querer el bien. Individua el origen del mal en el ser humano y en el uso erróneo de la libertad“.

Ruperto, dijo el Papa, “sostiene que la Encarnación, evento central de toda la historia, estaba prevista desde toda la eternidad, independientemente del pecado del hombre, para que toda la creación pudiese alabar a Dios Padre y amarlo como una única familia congregada alrededor de Cristo“.

Benedicto XVI señaló que Ruperto “es el primer escritor que identificó a la esposa del Cántico de los Cánticos con María Santísima. Así, con su comentario a este libro de la Escritura se revela una especie de ‘summa’ mariológica, en la que se presentan los privilegios y las virtudes excelentes de María. Unió su doctrina mariológica a la doctrina eclesiológica; vio en María Santísima a la parte más santa de la Iglesia entera“, y esto tuvo su eco en el Concilio Vaticano II, con la proclamación solemne de María Madre de la Iglesia.

Ruperto de Deutz, concluyó el Pontífice, “como todos los representantes de la teología monástica, supo conjugar el estudio racional de los misterios de la fe con la oración y la contemplación, considerada como la cumbre de todo conocimiento de Dios”.

En su saludo a los fieles en español, el Santo Padre se dirigió de manera particular “a los miembros de la Hermandad del Santo Entierro y de Nuestra Señora de la Soledad, de Dos Hermanas, a los jóvenes de Cancún-Chetumal y a los estudiantes de Monterrey, así como a los demás grupos venidos de España y otros países latinoamericanos. A todos os invito a reconocer con agradecimiento la presencia de Cristo en el Pan eucarístico y en su Palabra. Muchas gracias”.

Benedicto XVI afirma que el conocimiento solo crece cuando ama la verdad

 

En su habitual catequesis de los miércoles, el Papa Benedicto XVI hizo un recuento de los hechos que durante el siglo XII, dieron lugar al renacimiento de la teología latina, y afirmó que “el conocimiento solo crece cuando ama la verdad”.

El Santo Padre destacó que “fe y razón, en diálogo recíproco, vibran de alegría cuando ambas están animadas por la búsqueda de la unión íntima con Dios. La verdad se busca con humildad, se acoge con estupor y gratitud: en una palabra, el conocimiento solo crece cuando ama la verdad”.

Refiriéndose al siglo XII, el Papa explicó que “en este tiempo, en Europa occidental reinaba una relativa paz, que aseguraba a la sociedad desarrollo económico y consolidación de las estructuras políticas y favorecía una actividad cultural viva gracias también a los contactos con el Oriente. En la Iglesia se advertían los beneficios de la vasta acción conocida como ‘reforma gregoriana’, que condujo a ‘una mayor pureza evangélica en la Iglesia, sobre todo en el clero’ y a una expansión de la vida consagrada. Como fruto de ello, en el siglo trece despuntarán figuras como Santo Tomás o San Buenaventura”.

El Papa recordó que en este contexto, surgieron dos modelos diferentes de teología: la “teología monástica” y la “teología escolástica”. Por lo que concierne a la primera, los monjes “eran devotos de las Sagradas Escrituras y una de sus principales ocupaciones consistía en la “lectio divina”, es decir, la lectura meditada de la Biblia“.

“Como la teología monástica es escucha de la Palabra de Dios, hay que purificar el corazón para acogerla, y sobre todo, se debe llenar de fervor para encontrar al Señor. La teología se convierte por tanto en meditación, oración, canto de alabanza e impulsa a una sincera conversión”, explicó.

El Santo Padre subrayó que “es importante reservar un cierto tiempo cada día a la meditación de la Biblia, para que la Palabra de Dios sea lámpara que ilumina nuestro camino cotidiano en la tierra”.

Refiriéndose luego al método de la “teología escolástica”, el Papa señaló que “no es fácil de comprender para la mentalidad moderna. En él era fundamental la quaestio, que consistía en un tema que tenían que afrontar” los maestros y los alumnos.

“La organización de las ‘quaestiones’ llevaba a la recopilación de síntesis cada vez más extensas, las llamadas ‘summae’, que eran amplios tratados teológico-dogmáticos. La teología escolástica tenía como objetivo presentar la unidad y la armonía de la Revelación cristiana con un método, llamado precisamente ‘escolástico’, que concede confianza a la razón humana”.

 

Catequesis San Jerónimo. Curso 2009-2010

– Oratório: início a la Catequesis

 Niños de 6 años……Martes, 20 de Octubre………..18:30 h.

– Precomunión: primer año de preparación a la comunión.

 Reunión de padres para solicitar las catequesis para sus hijos.

Incripción: Solo se inscribirá en esa reunión.

                                       Viernes, 16 de Octubre …..20:30 h.

COMIENZO CATEQUESIS NIÑOS:

                                       Miercoles, 21 de Octubre..18:30 h.

– Comunión: segundo año

                                       Jueves, 15 de Octubre…….18:30 h.

– Postcomunión

                                       Lunes, 19 de Octubre………18:30 h.

– 1ª Confirmación

                                    Viernes, 11 de Diciembre……19:00 h.

– 2ª Confirmación

                                     Martes, 13 de Octubre………..19:00 h.

– Confirmación Adultos

                                     Viernes, 2 de Octubre ………..19:00 h.