CARTA A LA DIÓCESIS AL COMENZAR EL CURSO PASTORAL 2016-2017

Queridos hermanos y hermanas en el Señor: Hoy, 28 de agosto, fiesta de San Agustín, -pastor conforme al corazón de Dios, testigo del amor de Dios como pocos, buscador incansable de la Verdad y maestro de sabiduría que el Espíritu concede- , cuando os escribo esta carta, se cumplen dos años que se hizo público mi envío por parte del Papa Francisco a esta queridísima Diócesis de Valencia para servirla como su Pastor.

Doy gracias a Dios por ello, así como por esta porción del pueblo de Dios que se me ha confiado y que peregrina en Valencia, a la que quiero con toda mi alma y por la que estoy dispuesto a darlo todo. ¡Esto es un gran don que ininterrumpidamente debo agradecer al Señor! Y así lo hago, al tiempo que pido humildemente perdón al Señor, rico en misericordia, por no ser enteramente fiel a ese don, y, por eso, pido que me conceda su Espíritu Santo que venga en auxilio de mi fragilidad para no defraudar ni a Dios ni a esta Iglesia peregrina en estas tierras valencianas que ha puesto en mis torpes manos para conducirla por los caminos que Él mismo dispone, siendo pastor conforme a su corazón en medio de ella y para ella, a la que Él quiere como pueblo suyo que está en Valencia; a esta porción del pueblo de Dios debo y quiero servir en todo y no servirme en modo alguno de ella

Tiempo de bendición para todos, Dios está grande con nosotros

Estamos a punto de comenzar un nuevo curso pastoral. Todavía nos hallamos inmersos en el Año Santo de la Misericordia y, entre nosotros, el Año Jubilar del Santo Cáliz de la Misericordia, aunque ya en su último trimestre. Sin duda que ha sido o está siendo un tiempo de bendición para todos: no puedo ni debo olvidar las peregrinaciones tan magníficas de todas las Vicarías y parroquias, de colegios, de instituciones eclesiales, de los diferentes miembros del Pueblo de Dios, sacerdotes, personas consagradas, familias, habéis venido, a lo largo del año, hasta nuestra Catedral como peregrinos, invocando la misericordia de Dios que no tiene límite: ¡cómo habéis expresado vuestra fe, vuestra confianza grande en Dios, vuestra alegría, vuestro sentido eclesial y vuestro amor a la Iglesia!; sin duda, ¡el Señor ha hecho obras grandes y, aunque no seamos capaces de verlos aún, los frutos han debido ser muy abundantes! Con María, Madre de los Desamparados, cantamos y hacemos nuestro su Magnificat por la infinita misericordia que el Señor tenido con nosotros.

También en el curso precedente tuvimos el gran regalo del Encuentro de Jóvenes de Taizé en el que pudimos comprobar lo grande que Dios está con nosotros y que nos llena de alegría. Fueron días que perduran en nuestro recuerdo; dejaron huella y debemos actualizar constantemente lo que en ellos vivimos. Y tampoco podemos olvidar la Jornada Mundial de la Juventud con el Papa en Cracovia, con la participación y presencia muy cualificada de dos mil jóvenes valencianos en ella: ¡cuánto bien ha hecho esta Jornada en nuestros jóvenes!, y como les dije en mi catequesis allí, en Boschnia, junto a Cracovia, hemos de continuar -lo haremos en seguida- lo que allí Dios nos concedió ver, oír, palpar y vivir.

Amor inquebrantable a la Iglesia ante persecuciones y calumnias

Es verdad que no han sido solo estos hechos en los que hemos podido gustar lo bueno que el Señor es con nosotros. Pero también es verdad que ha sido un año de ratos amargos, entre otras cosas, por la que vuestro pastor -y la Iglesia diocesana misma- ha sufrido una persecución implacable e injusta que todos tenéis en vuestra mente, llegando incluso a gestos sacrílegos contra nuestra Madre, la Santísima Virgen María. Y es también verdad que en todo ello habéis puesto de relieve vuestra fe, vuestro amor inquebrantable a la Iglesia, a la Santísima María, siempre Virgen, Madre de misericordia: será por mucho tiempo inolvidable lo que aconteció aquella tarde en la Plaza de la Virgen, de Valencia, ante la imagen de la Mare de Déu dels Desamparats, y, a continuación, en la Eucaristía celebrada en la Catedral, con gente que no pudo entrar en el templo madre de nuestra diócesis, y con más de cuatro mil quinientas comuniones recibidas en aquella Misa; no se me olvidan los muchos pueblos y parroquias que se sumaron a estos actos de reparación desde sus respectivos lugares. Ante las persecuciones y calumnias, manifestasteis maravillosamente vuestro afecto y vuestra comunión con vuestro Obispo, que es lo mismo que con la Iglesia diocesana, con una fe grande y pública, con vuestra oración, con vuestra adhesión: ¡Gracias! ¡Qué Diócesis nos ha dado Dios! ¡Gracias de todo corazón! Sois mi consuelo, mi aliento y mi cayado, la compañía amorosa y cercana que me acompaña en los duros trabajos por el Evangelio, en mi pastoreo: seguid rezando por mí, que persevere en la defensa de las ovejas que Dios me ha confiado -todos vosotros, sin excepción ninguna-.

En este curso que ahora comienza no se atisban en su horizonte que vayamos a estar exentos de menores dificultades, pero siempre lo viviremos con una gran esperanza y llenos de confianza en el Señor, porque, hago mías, aunque indignamente, y nuestras, aquellas alentadoras palabras de san Pablo: “Todo lo puedo con Aquel que me conforta”, que nos da fortaleza, porque “el auxilio viene del Señor que hizo el cielo y la tierra”, y Él es nuestro único pastor que nos guía y conduce, a veces, por “cañadas obscuras”. Y por eso nada tememos, porque Él, nuestro único pastor, va con nosotros, delante de nosotros, y Él, además, no se baja de la Cruz ni de su frágil barca, la Iglesia, que navega sin temor y sin ningún miedo en medio de corrientes adversas e incluso en medio de tempestades.

Signos que nos ofrece Dios para el nuevo curso pastoral

Sigamos así, muy unidos, con una unidad sin fisuras, y sin temor ni miedo alguno. Es lo que asegura la fe que nos sostiene y también los signos que Dios nos ofrece en el umbral de un nuevo Curso pastoral. Además de estar cercanos a concluir este año de gracia que pasamos, Año de la Misericordia y Año Jubilar del Santo Cáliz de la Misericordia, abrimos este curso con la ordenación episcopal de D. Arturo Pablo Ros Murgadas, que se ocupará de manera particular en animar, potenciar y coordinar el apostolado de los laicos, la familia, y la vida de la caridad en orden a una evangelización; y espero, como anticipé en su día, que el Papa me conceda a no tardar mucho otro Obispo Auxiliar, que se ocupe de alentar y coordinar en general cuanto se refiere a la evangelización explícita de nuestra diócesis, es decir, el primer anuncio o anuncio misionero para la conversión al Evangelio, el sentido misionero, la catequesis, la educación cristiana de niños y jóvenes, la iniciación o reiniciación cristiana: hacer cristianos, en definitiva -gran reto de la Iglesia de siempre y de hoy-. Son dos motivos para vivir con gran esperanza y alegría el momento que vivimos, por muchos motivos, que a ninguno de vosotros se os ocultan. Si a esto añadimos el gran regalo que Dios, por medio del Papa, nos hizo concediéndonos a D. Esteban Escudero Torres, que regresase de nuevo a Valencia como Obispo Auxiliar, para enriquecerla y alentarla en el vasto campo de la evangelización de la cultura, sobre todo en su atención a nuestra Universidad Católica, nos damos cuenta en seguida que no tenemos motivos nada más que para dar gracias a Dios y proseguir nuestro camino con esperanza, puesta nuestra mirada en Jesucristo, iniciador y consumador de nuestra fe, para hacer partícipes de ese don infinito y gozoso de la fe a nuestros hermanos los hombres, que es nuestra tarea y misión que Dios nos confía. Dios no nos deja, Dios nos concede lo que necesitamos y nos da su gracia para ponernos manos a la obra, siendo conscientes de que todo es don y gracia suya.

Pero, además, para rematar, debo añadir la gozosa e iluminadora llamada de Dios a todos -a mí el primero- a difundir y compartir con todos la alegría de la fe y del amor, porque Dios mismo nos concede concluir con una Asamblea Diocesana a celebrar -D.m,- el 15 de octubre, fiesta de la gran Santa Teresa de Jesús, los trabajos que en nuestra diócesis de Valencia se han llevado a cabo a lo largo de años con el “Itinerario de Renovación” (IDR) y el “Itinerario de Evangelización” (IDR), y que culminarán -s,D.q.- con las propuestas encaminadas a poner en marcha un Proyecto Pastoral a aplicar en toda la Diócesis los próximos años. La Asamblea, con sus propuestas de actuación, constituye un importante momento en nuestra Diócesis y será un espléndido instrumento, querido por Dios para su Iglesia en Valencia, de renovación y revitalización para recobrar el vigor de una fe vivida y anunciar y testimoniar el Evangelio de Jesucristo.

Os invito a leer y releer las páginas con las que introduzco dichas propuestas en el folleto de Proyecto para la Asamblea que, para no repetir, resumo en aquellas palabras que, en su último viaje a España, San Juan Pablo II, dejó como consigna a cuantos formamos la España que somos, y que nosotros las concretamos para Valencia: “España evangelizada, España evangelizadora, ése es tu camino”: “Valencia evangelizada, Valencia evangelizadora, ése es tu camino”. El camino que vamos a seguir todos, con todos y entre todos, con la ayuda de Dios, dejándonos ayudar por Él, y con el auxilio y protección de la Santísima Virgen, Virgen del Puig y de los Desamparados, y de todos los santos, particularmente de los santos valencianos San Vicente Mártir y San Vicente Ferrer, y de la pléyade inmensa de valencianos, santos y santas confesores, mártires, vírgenes, que siguieron a Jesús y nos ayudan tantísimo en todo momento y circunstancia.

Contemplando la multitud de santos y santas de nuestra Diócesis, ya canonizados o beatificados, los que están incluidos en sus respetivos procesos o los que se van a iniciar próximamente su proceso, como es el caso de D. Jesús Pla Gandía, uno queda asombrado, admirado de las grandes maravillas que Dios ha hecho con esta Diócesis de Valencia, signo de lo que Él ha querido y quiere para Valencia y que nosotros hemos de secundar y continuar por la senda estrecha de las bienaventuranzas y de la caridad, que nos identifican con Jesús, en quien el Padre del Cielo nos lo ha dado todo y nos ha bendecido con toda suerte de bienes y bendiciones suyas y nos ha llamado a ser santos por el amor. Que se haga su voluntad.

Su voluntad, por su infinito amor misericordioso, es que todos los hombres se salven, y se salven por la fe en Jesucristo, nuestro único Salvador y Redentor, en quien nos ha amado y nos ama hasta el extremo, y por Él nos salva. Por eso, urge llevar a los hombres a Jesucristo, anunciarles y entregarles a Jesucristo: evangelizar. Ése es nuestro programa. No podemos querer otra cosa que Jesucristo sea conocido, amado y participado por todos. Este anuncio y testimonio, esta obra de evangelización, es obra del amor de Dios que actúa en nosotros y tiene que ir acompañado de la caridad, manifestación de la misma caridad de Dios que opera la salvación.

Madre Teresa de Calcuta, hito para nuestra diócesis

Por esto, como gran signo, inseparable siempre y para siempre, del anuncio del Evangelio, el signo de la caridad que verifica y comprueba la verdad de lo que se anuncia. Para remachar esto, Dios, en su infinita bondad, por su inmensa compasión, misericordia nos ofrece una gran señal que nos ilumina y guía en medio de la noche que atravesamos: la canonización el día 4 de septiembre por el Papa Francisco de la Madre Teresa de Calcuta.

Madre Teresa de Calcuta ha de ser por eso el gran signo, el hito que oriente nuestras tareas pastorales en nuestra diócesis. En la coyuntura que atravesamos y en el contexto de un nuevo año pastoral en nuestra diócesis, y ante la inminente Asamblea diocesana que se reunirá el 15 de octubre, fiesta de Santa Teresa de Jesús, para proponer la aprobación de un Proyecto Pastoral para la Iglesia que peregrina en Valencia, no me resisto a citar unas emblemáticas palabras de Madre Teresa de Calcuta dichas a los seminaristas de Toledo cuando visitó fugazmente su seminario: “La gente hoy está tan ocupada que no tiene tiempo para sonreírse unos a otros. Por eso necesitamos orar unidos, y la oración es el principio y el comienzo del amor. Enseñad, por favor, a orar a la gente. Cuando fuimos a México a abrir la casa, visitamos las familias más pobres de la zona. Ellos, que no tenían absolutamente nada en la casa, todas las familias nos pidieron, lo único que pidieron:´por favor, enséñanos la Palabra de Dios`. Aunque no tenían nada en la casa nos pidieron la Palabra de Dios. Tenían hambre de Dios, y esto es lo que descubro por todos los países. Hoy las Hermanas tienen casas en 52 países -hoy, bastantes más- y hay esa tremenda hambre de Dios. Por eso vosotros, que vais a ser sacerdotes, creced en ese profundo deseo imperativo de ser uno con Jesucristo. Cuando nos rendimos completamente a Jesucristo, también nosotros hemos de llegar a ser uno con Jesucristo. Y eso es la santidad; que es algo para vosotros y para mí. La grandeza de la santidad que se le pide a los sacerdotes, les exige ser capaces de perdonar los pecados, de convertir el pan corriente en Pan de Vida. ¡Qué santo y qué puro ha de ser el corazón del sacerdote! En el último Sínodo que asistí sobre la Familia, le pedí al Santo Padre ´Déme, por favor, santos sacerdotes, porque si nos da santos sacerdotes, nosotras religiosas, y las familias que atendemos, serán santas`. Necesitamos santos sacerdotes que nos lleven a Jesucristo, que nos enseñen a amar a Jesucristo. Porque si estáis enamorados de Jesucristo seréis capaces de amaros los unos a los otros, y habrá paz; porque las obras del amor, son obras de paz. Estad enamorados de Jesucristo en la Eucaristía. Porque Jesucristo se hizo Pan de Vida para darnos la Vida, para satisfacer nuestro amor hacia Él. Y entonces Él mismo se hizo hambriento para que vosotros y yo seamos capaces de satisfacer su hambre de nuestro amor. Por eso los pobres son el regalo de Dios hacia nosotros. Espero que cuando lleguéis a ser sacerdotes, profundicéis vuestro amor a Jesucristo amando a los pobres, y que se sientan reconocidos y amados en toda su dignidad de personas e hijos de Dios”.

Sin comentarios. Pero eso sí: Dios nos llama y alienta nuestra esperanza en estos tiempos precisamente por Teresa de Calcuta, que será puesta como enseña luminosa para la humanidad entera, también para nuestra diócesis, para España, a la que ella visitó varias veces y siempre pudimos ver en ella la llamada de Dios apremiante a ser santos, muy santos, pues así habrá una Iglesia renovada y renovadora, verdaderamente revolucionaria con la única revolución que cambia el mundo la del amor, la de la caridad, la de Dios que no pasa de largo de los pobres más pobres, sino que se acerca tanto a ellos, que con ellos se identifica: ahí está la santidad.

En Madre Teresa de Calcuta la caridad de Cristo, el infinito amor con que Él nos ha amado hasta el extremo, ha llegado a nosotros y lo hemos visto de manera palpable. Fue un aire fresco de vida su paso por esta tierra, calcinada frecuentemente por el hambre, el desprecio de la vida, la muerte violenta, y la cerrazón de las entrañas ante la miseria de esa inmensa muchedumbre de hermanos nuestros que son considerados deshecho de nuestras ciudades. Las gentes extenuadas, los pobres más pobres, los niños de las calles han visto en ella algo singular. Todo el mundo lo ha visto. Todo el mundo la admira. Porque hay en ella un rayo de luz y de esperanza, una frescura de vida, una ternura que levanta y libera de la postración o de la exclusión: La ternura de Dios, la luz de su presencia, la esperanza de su amor, la entrega infinita de su vida por nosotros, por los últimos y desheredados de la tierra.

Indicativo claro de que Dios es Dios

La Madre Teresa de Calcuta ha sido y es un don de Dios a la humanidad entera en su Iglesia; es signo y presencia del Evangelio vivo del amor de Dios, que se ha acercado a nosotros en una carne de sufrimiento en su propio Hijo; más aún, que se ha hecho esa carne y ha tomado sobre sí todo sufrimiento y toda pobreza y ha manifestado cómo Dios ama al hombre, hasta el extremo. Esta religiosa, consagrada al Señor -no lo olvidemos, consagrada al Señor, enteramente de Él y para Él, ante todo-, con una vida de alta e intensa oración y contemplación, es testigo viviente de Jesucristo, Hijo de Dios humanado, el Buen samaritano que no pasa de largo, sino que se acerca a todo hombre maltrecho, tirado en la cuneta y despojado, para curarle y cargarlo sobre su propia cabalgadura y conducirlo donde hay calor y cobijo de hogar.

Enraizada en el amor de Dios, conducida por El mismo, ha ido a donde se le puede encontrar: en su Hijo crucificado y pobre, y así, en los leprosos, los hambrientos, los moribundos en las calles, los sin techo, los inocentes eliminados antes de nacer…, ese larguísimo viacrucis o inmenso calvario donde Él sigue crucificado. El amor, la caridad, la misericordia, la compasión es señal y presencia de la luz que es Cristo, a quien los hombres buscan a veces sin saberlo, como han buscado a esta mujer que ha vivido con las mismas entrañas de misericordia que su Maestro. Esta mujer menuda y muy grande ha sido y es un indicativo claro y esplendoroso de que Dios es Dios, Dios-con­ nosotros; ella ha sido y es recuerdo hecho carne para todos de que al atardecer de la vida seremos juzgados del amor; es afirmación de que la caridad es lo primero y principal que permanece para siempre; es cercanía de Dios que es amor, al que se le conoce cuando se ama a los demás, con amor preferencial por los más pobres y despreciados: como Él.

De estos signos, que, además, todos entienden, sobre todo los sencillos, necesita la humanidad, también hombres y mujeres de nuestra diócesis. Ahí se muestra y comprueba cómo el Evangelio vivo, el Evangelio de la caridad, Jesucristo, es creíble, porque es la única esperanza, el verdadero amor y la fuente de alegría para todos: para los que pasan hambre, los pobres, los encarcelados, los desterrados, los refugiados, los enfermos, los excluidos, los que carecen de cobijo, los desnudos y despojados, los perseguidos por su fe y la defensa de la justicia, los inocentes no nacidos amenazados de muerte en el seno materno…, en definitiva los más pobres, que son los predilectos de Dios. Él es Dios con los hombres y para los hombres: es Amor. Teresa de Calcuta nos recuerda que nuestra vocación de hombres es ir por toda la tierra y abrazar los corazones de los hombres, hacer lo que hizo el Hijo de Dios, que vino a traer fuego al mundo para inflamarle con su amor. Ella es un gran signo por el que se conoce a Jesucristo y a sus discípulos: “En esto conocerán que sois discípulos míos: en que os amáis unos a otros como yo os he amado”. Verdadera enseña de la nueva humanidad hecha de hombres y mujeres nuevos con la novedad del bautismo y de la vida conforme al Evangelio. Signo de Dios que es Amor.

Curso pastoral lleno de esperanza

Hermanos, al comenzar este curso pastoral, lleno de esperanza, don de la gracia de Dios, que opera por la caridad, sin olvidar para nada lo que nos ha precedido este pasado curso, signos de la caridad de Dios, conscientes de que el enemigo anda buscando a quien devorar, armémonos de las armas de la fe, avivemos nuestra esperanza, reafirmemos nuestra caridad, fortalezcamos la vida de oración, situemos en el centro de cada una de nuestras vidas personales y de nuestras comunidades la Palabra de Dios, la sagrada Eucaristía, la adoración eucarística y la oración. Así, por la gracia de Dios, seremos, en expresión teresiana de tan largo alcance, “amigos fuertes de Dios”, haremos testimonio del sólo Dios, de que “sólo Dios basta”, de la verdad escondida, tan progresista, en la expresión del Cardenal Sarah: “Dios o nada”, que acoge y quiere a todos y a nadie excluye. Con mi afecto profundo y mi bendición para todos

Valencia, 28 de agosto, 2016, fiesta de San Agustín

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

AVAN

El Cardenal, a los parlamentarios

El Cardenal, a los parlamentarios que promueven su reprobación en las Cortes Valencianas: “Nada de lo que ustedes afirman sobre mí es cierto”
En carta abierta al grupo socialista les indica que confunden “violencia de género” con “ideología de género”

VALENCIA, 3 JUN. (AVAN) El cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares, ha dirigido hoy una carta abierta al Sindic del grupo socialista en las Cortes Valencianas, Manuel Mata, y a la diputada del grupo socialista en las Cortes Valencianas, Rosa de Falastín Mustafá Ávila, que han promovido una declaración institucional en las Cortes Valencianas que se votará en los próximos días de reprobación contra el propio cardenal por lo que califican como “manifestaciones contrarias a las leyes de igualdad de género y el colectivo LGTBI” .

La carta, de la que se ha enviado copia por parte del Arzobispado a los portavoces de los demás grupos parlamentarios, es la siguiente:

CARTA ABIERTA DE D. ANTONIO CAÑIZARES LLOVERA, Cardenal Arzobispo de Valencia, a los señores:

D. Manuel Mata Gómez, Sindic del Grupo Socialista en las Cortes Valencianas, y Doña Rosa de Falastín Mustafá Ávila, Diputada del Grupo Socialista en las Cortes Valencianas.

Estimadas Señorías:

A lo largo de la historia, desde el Siglo IV hasta hoy, esta Archidiócesis ha significado la unidad de todos los valencianos y todos mis antecesores como yo, hemos defendido a esta Comunidad, a Valencia, desde la búsqueda del bien común reivindicando la libertad y la independencia del poder político, con la necesaria cooperación con las autoridades civiles en todo lo que sea necesario para el bien de esta tierra y de España.

He tenido conocimiento, por su reciente rueda de prensa en las Cortes Valencianas, de su intención de instar a todos los grupos parlamentarios a que se sumen a la iniciativa que pretende la pública reprobación de mi persona en las Cortes Valencianas.

Quisiera recordarles que esa es la institución de la Generalitat Valenciana que representa al pueblo valenciano, y desde la condición de Sindic y Diputada, -respectivamente- que ustedes ostentan, no resulta especialmente meritorio instar una iniciativa de este tipo basada en hechos falsos que se toman como verdad de forma imprudente.

Me gustaría invitarles a que, antes de tomar una decisión como esta, puedan contrastar la información sobre la que van a basar sus actuaciones como representantes de los ciudadanos, que no se queden en un mero titular cuando lo que pretenden es llevar a cabo una actuación para descalificarme.

Es verdad que desde sus aforamientos personales, por el hecho de su condición de Diputados de las Cortes de Valencia, ostentan una posición jurídica de inmunidad, pero esa condición no les da derecho a faltar a verdad imputándome afirmaciones que no han sido realizadas por mí.

No tengo por menos que lamentar públicamente sus declaraciones, pues los hechos que señalan no son ciertos, y en este sentido les rogaría que rectificasen.

Me imputan, entre otras cosas, de: “ser el líder de la oposición; estar realizando un permanente llamamiento a la insumisión en contra de las leyes de violencia de género; estar en contra de la igualdad entre hombres y mujeres; dirigir “como títeres” algunas de las escuelas de la concertada, y la injerencia permanente en la política”.

Bien, nada de lo que ustedes afirman es cierto, nadie, repito, nadie como la Iglesia Católica desde todos los medios que tenemos en el Arzobispado de Valencia nos hemos entregado a la protección de la mujer y más aún de la maltratada y a la lucha contra la lacra execrable de la violencia machista. No sólo desde CARITAS, sino también desde otras instituciones de acción social que dispone la Archidiócesis se trabaja sin descanso, en muchas ocasiones conjuntamente con la Generalitat y los Ayuntamientos, como ustedes conocen perfectamente.

Respecto a la aconfesionalidad, en la Iglesia Católica, desde el Concilio Vaticano II, la entendemos como laicidad positiva, con la separación Iglesia-Estado, pero no dándonos la espalda entre ambas potestades o reduciendo la libertad religiosa al ámbito de lo privado. Como saben, el laicismo, es decir, que lo religioso no tenga presencia pública, es la fórmula que algunos pretenden imponer en su relaciones con las Iglesias y Confesiones Religiosas. Esta interpretación es un grave error, puesto que va contra la Constitución y la situación que se vive en la inmensa mayoría de los países europeos de nuestro entorno. Sin embargo, pese a la idea que tengan algunos de “lo religioso”, las puertas de la Iglesia Católica están siempre abiertas para todos, y el respeto y la colaboración con las diferentes autoridades civiles es una máxima que siempre he mantenido y mantendré.

Tengo que decirles que confunden ustedes la “lacra de la violencia de género” con la “ideología de género”. Contra esa “ideología de género” si estoy en contra. Mantengo una posición conforme a Derecho, que supongo se puede exponer libremente en un país democrático que ampara la objeción de conciencia cuando determinadas normas afectan gravemente a la condición humana. En este sentido, se han expresado los Tribunales de Justicia españoles cuando han tenido ocasión de juzgar asuntos de colisión de derechos en este ámbito.
A los católicos nos gustaría ver defendida por nuestros representantes políticos esta posición que respeta los derechos humanos, y por ello, me permito reproducir las palabras que escribió al respecto, hace ya algunos años, el entonces Cardenal Ratzinger, antes de ser elegido como Sumo Pontífice Benedicto XVI: “La ideología de género es la última rebelión de la criatura contra su condición de criatura. Con el ateísmo, el hombre moderno pretendió negar la existencia de una instancia exterior que le dice algo sobre la verdad de sí mismo, sobre lo bueno y sobre lo malo. Con el materialismo, el hombre moderno intentó negar sus propias exigencias y su propia libertad, que nacen de su condición espiritual. Ahora, con la ideología de género el hombre moderno pretende librarse incluso de las exigencias de su propio cuerpo: se considera un ser autónomo que se construye a sí mismo; una pura voluntad que se autocrea y se convierte en un dios para sí mismo”.

Aprovecho esta oportunidad para decirles que, también, estamos en contra de las medidas que, en materia de enseñanza y educación, limiten derechos e impongan una única visión en contra de los derechos de las familias, de los estudiantes –incluidos los universitarios-, y de los que carecen de medios económicos suficientes limitando o suprimiendo becas. En esta materia no cabe otro camino que el cumplimiento de la ley nacional e internacional que reconoce el derecho de los padres a decidir sobre la formación y la educación de sus hijos, así como al escrupuloso respeto al principio de igualdad de todos los alumnos, con independencia del centro –público o privado- donde libremente cursen sus estudios. Es decir, no es constitucional diferenciar a los estudiantes en base a recursos económicos o a la titularidad –pública o privada- del centro donde estudian.

En este sentido, defiendo tanto la enseñanza concertada, como la pública conviviendo juntas y en armonía, haciéndose mejores y complementarias, pero no propugnando políticas que llevarían a cerrar centros escolares y dejar sin trabajo a los profesionales, que tan dignamente realizan su labor desde hace años y privando a las familias de su derecho a decidir sobre la educación que deseen para sus hijos.

Perdono como Jesucristo, que es nuestro ejemplo y fin, cualquier malentendido que haya podido producirse. Sin embargo, para que no quede ninguna duda sobre las ideas que realmente, sin ningún tipo de error imprudente, puedan potencialmente llevarme a ser reprobado en la institución de la Generalitat que representa al pueblo valenciano, y a mí como hijo de esa tierra, les dirijo esta carta abierta, para que continúen expresándose con entera libertad, pero con verdad y que de mis palabras escritas, no tengan que interpretar sino simplemente conocer mi opinión.

Rezo por ustedes, como por todos nuestros representantes políticos, para que Dios les de fuerza y acierto en su trabajo constantemente. Cordialmente, en Cristo Jesús.

+ Antonio Cañizares Llovera
Cardenal Arzobispo de Valencia

CARTA DEL OBISPO DE GETAFE ANTE LA AMENAZA SECESIONISTA

Queridos hermanos y amigos:

Ante la amenaza secesionista que estamos viendo en Cataluña y el desprecio y manifiesta desobediencia a las leyes y a la misma Constitución que están mostrando determinados dirigentes políticos, creo que es necesario hacer algunas consideraciones que me parecen esenciales. Algunas de ellas están recogidas en la instrucción pastoral ‘Orientaciones morales ante la situación actual de España’, publicada por la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal en noviembre de 2006.

PRIMERO. La Constitución es hoy el marco jurídico ineludible de referencia para todos los españoles. Es verdad que la Constitución de 1978 -como toda obra humana- no es perfecta, pero nadie puede negar que ha sido y sigue siendo el fruto maduro de una voluntad sincera de entendimiento y la garantía de una convivencia armónica entre todos.

SEGUNDO. España es fruto de  un complejo proceso histórico que hemos de tener en cuenta, sin ignorar ni deformar ni mucho menos manipular emocionalmente la verdad de los hechos. La unidad histórica y cultural de España puede ser manifestada y administrada de muy diversas maneras. La Iglesia no tiene nada que decir acerca de las diversas fórmulas políticas posibles. Son los dirigentes políticos y -en último término- los ciudadanos, mediante el ejercicio del voto, previa información completa, transparente y veraz, quienes tienen que elegir la forma concreta del ordenamiento jurídico más conveniente.

Ninguna fórmula política tiene carácter absoluto; ningún cambio podrá tampoco resolver automáticamente los problemas que puedan existir. En esta cuestión, la Iglesia se limita a recomendar a todos que piensen y actúen con la máxima responsabilidad y rectitud, respetando la verdad de los hechos y de la historia, considerando los bienes de la unidad y de la convivencia de siglos. Invita a guiarse por criterios de solidaridad y de respeto hacia el bien de los demás. En todo caso, habrá de ser respetada siempre la voluntad de todos los ciudadanos afectados, de manera que las minorías no tengan que sufrir imposiciones ni recortes de sus derechos, ni las diferencias puedan degenerar nunca en el desconocimiento de los derechos de nadie ni en el menosprecio de los muchos bienes comunes que a todos nos enriquecen.

TERCERO. Poner en peligro la convivencia de los españoles, negando unilateralmente la soberanía de España, sin valorar las graves consecuencias que esta negación podría acarrear, sería moralmente inaceptable. Convertir el Parlamento catalán, sede de la soberanía popular, en una herramienta al servicio del separatismo en la que los partidos no independentistas no son tenidos en cuenta, además de ir contra la Constitución y contra el mismo reglamento de la Cámara, es de una gravísima irresponsabilidad.

Ciertamente, la constitución es modificable, pero todo proceso de cambio debe hacerse según lo previsto en el ordenamiento jurídico. Pretender alterar este ordenamiento en función de una determinada voluntad de poder local o de cualquier otro tipo, sin tener en cuenta los mecanismos jurídicos que el propio ordenamiento tiene previstos para cualquier cambio legislativo, es inadmisible. Sería romper las reglas de juego Y esto hace imposible la convivencia.

Para poder vivir en paz es necesario respetar y tutelar las leyes y el bien común de una sociedad que tiene ya muchos siglos de historia.

Invito a todos los miembros de la Iglesia a elevar oraciones a Dios a favor de la convivencia pacífica y la mayor solidaridad entre los pueblos de España, por caminos de un diálogo honesto y generoso, salvaguardando los bienes comunes y reconociendo los derechos propios de los diferentes pueblos integrados en la unidad histórica y cultural que llamamos España.

Para todos, un saludo cordial y mi bendición
+ Joaquín María. Obispo de Getafe.
Getafe, 9 de noviembre de 2015

 

 

 

Carta de Kiko Argüello a los Jóvenes

 Madrid, 13 de mayo de 2011

Queridos hermanos:

            Dos líneas para animaros a ir a
Dusseldorf. En este año 2011 el Señor nos convoca a un gran momento de
evangelización para Europa. Hemos pensado reunirnos en Dusseldorf, como ya
hicimos hace cuatro años en la Arena de Ámsterdam y fue magnífico. En este año
es una ocasión que el Señor nos brinda para invitar a los jóvenes de Alemania.
Antes de llegar a Dusseldorf hay que pararse en una ciudad de Alemania y animar
a ir al gran acontecimiento de la Jornada Mundial con el Papa en Madrid.

            Europa necesita una nueva juventud
que haya tenido un encuentro con Jesucristo. Sólo Él nos cura, nos regenera,
nos salva, nos da su amor a todos los hombres. Sólo Él hace de nuestra vida una
aventura eterna de amor y de esperanza. Salgamos a la calle para invitar a
Madrid a los jóvenes de tantas ciudades de Alemania. “Que vayan a Galilea. Allí
me verán”, dijo el Señor resucitado a las mujeres que huían del sepulcro.
“Vamos a Madrid”. Allí verán al Señor resucitado que se manifestará a través de
miles y miles de jóvenes juntamente con Pedro. El Papa es de Alemania y está
tan contento de que vayamos a las ciudades de su nación a anunciar el
Evangelio, a anunciar el Kerygma que salva del pecado y de la muerte. “Id y
anunciad el Evangelio a toda la creación. ¡Ánimo! Yo estaré con vosotros” (cfr.
Mt 28, 19-20).

            Aunque los días no son buenos por
los exámenes, etc., ¡ánimo! Un pequeño esfuerzo por el bien de tantos jóvenes
alemanes que han abandonado la Iglesia, Faltan niños, faltan jóvenes, faltan
cristianos. A nosotros nos ha llamado el Señor para que le ayudemos a salvar el
mundo. El Papa nos dijo en el último encuentro al Camino: “Que el ansia
de salvación que siente el Señor por todos los hombres esté en vosotros”. Que
su Espíritu, que está abrasado de amor hasta dar la vida, esté en nosotros.
Anunciar el Evangelio es lo más grande… “Centinelas de un mañana nuevo”, nos
llamó Juan Pablo II. A él, proclamado beato por la Iglesia, encomendamos este
impulso misionero en Alemania.

            Nos veremos en Dusseldorf. Rezad por mí.

Carta hermana Verónica de Lerma-Aguilera

Iesu communio

 La Aguilera-Lerma, 24 de diciembre de 2010

 Queridas hermanas: La Madre Presidenta me invitó a escribiros; le agradezco sinceramente esta invitación que tanto deseaba. Dejo en sus manos esta carta para que ella os la transmita. Deseo abriros el corazón y dirigiros esta carta en tono familiar y más confidencial que la nota informativa que salió en la prensa, dirigida a los que, movidos por el amor que nos tienen, solicitaban una información amplia de lo que estamos viviendo.

 Quiero compartir sencillamente con vosotras que la reciente decisión de la Santa Sede viene a reconocer y confirmar una forma de vida que ha recorrido antes un largo camino que se ha ido configurando paulatinamente. Cuando alguien se propone escribir acerca de un designio de Dios, no encuentra palabras con las que expresar tanto bien recibido, sin mérito alguno. Explicar este hoy sería como pretender explicitar detalladamente la llamada al seguimiento de Jesucristo. Una sólo sabe reconocer que su corazón ha sido robado por el amor entregado de Dios, y que, encontrado el Tesoro incomparable, ya no puede más que avanzar en el camino que Él va indicando.

 Siempre me han impactado las palabras de H. Urs von Balthasar, cuando sintió la llamada de Dios: «Tú no tienes que elegir nada, has sido elegido. Se te dará la vocación como tarea a desarrollar. No necesitas nada, se te necesita a ti. No tienes que hacer planes, eres una piedrecita de un mosaico ya existente. Todo lo que yo tenía que hacer era simplemente dejarlo todo y seguirle, sin hacer planes, sin el deseo de experimentar intuiciones particulares. Sólo debía estar allí, sencillamente quedarme quieto para que Él me tomara».

 En verdad siento que el camino recorrido no ha sido fácil. Tampoco ha estado exento de cruz, pero ha sido necesario, porque el grano de trigo tenía que caer en tierra y morir para que despuntara y floreciese el fruto que Dios quería. A la luz de este momento, releo cómo nuestra forma de vida se tejía en el silencio de Nazaret. Es verdad que hoy estamos llenas de gozo, pero siento que es el mismo gozo que teníamos ayer y siempre, porque la alegría consiste en estar en la voluntad de Dios día tras día.

 Un día, leyendo el artículo de Mons. Jesús Sanz Montes, franciscano, El lugar eclesial del carisma de Santa Clara, encontré estas palabras: «Ni Clara, ni Francisco sabían más. Por eso señala el biógrafo con gran agudeza: Francisco la conducirá al monasterio benedictino de San Pablo, no porque fuera ése el locus charismaticus de Clara, sino porque representaba un lugar seguro de espera donec aliud provideret Altissimus —hasta que el Altísimo dispusiera otra cosa— (LegCl 8)». Confieso que al principio sentí alivio… ¿quizás sería esto lo que nos estaba pasando? Pero luego me dije: «No, esto no ha sido así para nosotras».

 Santa Clara estaba cierta de que ése no era su lugar; y de hecho, su estancia allí fue muy breve. Nosotras hemos abrazado de corazón el carisma franciscano, sin duda en medio de mucha fragilidad. Puedo afirmar que no hemos buscado «un lugar seguro hasta que el Altísimo dispusiera otra cosa»; en verdad no ha sido así. Lo que alcanzo a discernir en este hoy es que Él ha querido que esta forma de vida, Iesu communio, tuviese su cuna en la Orden Franciscana, y estamos muy agradecidas a Dios por este don; sólo Él sabe por qué, y quizá más tarde, e incluso posteriores generaciones, comprenderán. Hemos tenido la gracia de beber intensamente en las fuentes de la espiritualidad franciscanoclariana, pero también es verdad que hemos sido formadas en el conocimiento de los Padres de la Iglesia.

 Además, ha sido muy decisiva en nuestra formación la persona y el Magisterio de nuestros Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI, así como la rica tradición espiritual del patrimonio de santidad de la Iglesia, y los escritos de teólogos como Joseph Ratzinger, Hans Urs von Balthasar, Henri de Lubac, etc., quienes nos han ayudado a profundizar en nuestra experiencia concreta y en nuestro peregrinar en la fe.

 Debo mi perseverancia a la Madre Clara. Tras veintisiete años desde mi entrada en el monasterio, me atrevo a afirmar que debo mi perseverancia en la vocación a la Madre Clara; en ella veo realizado el sueño de Dios sobre una mujer formada esposa y madre según el corazón de Cristo. Ella me ha confirmado con su vida que la sed esponsal de Cristo, que Él hizo arder en mi interior desde mi juventud, sólo se colma en Jesús, Vida nuestra, nuestro inseparable vivir. Sus cartas han sellado en mí la certeza de que la consagración es un camino de plenitud, de bienaventuranza, vivido en un «amor incomparable» (Sta. Clara, Carta III), y esta certeza inquebrantable me ha sostenido en mi perseverancia. Francisco y Clara me han mostrado el gozo del seguimiento a Cristo en una libertad envidiable. «Pero ¿por qué no nos habéis informado antes?», nos preguntáis muchos Nos han llegado constantes ecos y algunas cartas, preguntando: «¿Por qué no nos habéis informado antes?» Quiero deciros con toda sinceridad que nosotras ni siquiera nos hemos propuesto informar o no informar, sino que hemos dejado que la vida transcurriese, tratando de secundar siempre lo que Dios quería de nosotras.

 El día 31 de mayo de 2010, como sabéis, vinieron las hermanas de nuestros monasterios de Burgos, y en ese encuentro les expusimos el momento que estábamos viviendo. Incluso sor María Javier, de Castil de Lences, hizo una crónica que se publicó en la revista Hermanas Menores. Como comprenderéis, no se podía explicar íntegro el contenido de la forma de vida presentada al Dicasterio, porque, una vez que la cuestión estaba sometida a su estudio, era obligado guardar reserva para no prevenir el juicio de la Santa Sede ni interferir en él. Por tanto, ni a la Madre Presidenta, ni al Padre Asistente, ni a los demás miembros de la Orden pudimos informar de la marcha de este estudio, que ni siquiera nosotras conocíamos.

 Desde abril hasta finales de noviembre han sido meses de silencio por parte de la Congregación y, en consecuencia, también por nuestra parte, hasta que hablaron con nuestro Sr. Arzobispo D. Francisco Gil Hellín, el cual nos comunicó que la Congregación para la Vida Consagrada, con el beneplácito del Santo Padre, aprobaba lo que estábamos viviendo como un nuevo Instituto Religioso de derecho pontificio llamado Iesu communio (Comunión de Jesús). Quiero aclarar que la comunidad entera sí conocía íntegramente todo lo que se presentó en Roma; se leyó y explicó punto por punto con todo detenimiento en el Capítulo presidido por el Sr. Arzobispo, incluso a las novicias y postulantes.

 Después todas las hermanas votaron en secreto. Todos los votos fueron favorables para que fuera presentado a la Congregación lo que allí se exponía, quedando totalmente abierto a su discernimiento. Todas las hermanas compartíamos la disposición de obedecer a la Iglesia, fuera cual fuera la resolución, para avanzar en la voluntad de Dios. Otra pregunta insistente y dolorosa: «¿Por qué no repartís?» Al ser cada vez mayor el número de hermanas, insistentemente nos llegaban voces desde dentro de la Iglesia: «¿Por qué no repartís? Algunos monasterios se extinguen por falta de vocaciones, ¿por qué no los ayudáis para que no se cierren? ¿Acaso queréis crear algo diferente?» Hubo quienes incluso nos aconsejaban que no recibiésemos más vocaciones, si en verdad amábamos a las jóvenes, mientras no tuviésemos claro qué íbamos a vivir… Estas voces, día tras día, a la vez que nos hacían sufrir, nos han hecho mucho bien, porque nos han ayudado a arrodillarnos con la súplica de san Francisco: «Señor, que realicemos tan sólo tu simple y puro querer», sin pretensión que lo empañe o eclipse. En conciencia, no podíamos repartirnos, sencillamente porque no era la voluntad de Dios, y creo que está claro a la luz de este hoy. Pero creedme que lo que más nos ha hecho sufrir era el reproche que algunos expresaban en términos semejantes a estos: «Vosotras no hacéis bien a las Clarisas, porque no mostráis su verdadero rostro…»

 Y quizá tenían razón, pero nosotras no podíamos dar ningún paso si el Espíritu de Jesús no lo indicaba. Quiero confiaros, para que estéis informadas de primera mano, e incluso podáis responder a quienes os preguntan, que nos ha sorprendido dolorosamente oír no pocas veces que hemos recibido a nuestras hermanas de Briviesca y de Nofuentes para quedarnos con su patrimonio, y que nos hemos aprovechado del Santuario de La Aguilera. La sencilla verdad es que nuestras hermanas de Briviesca y Nofuentes fueron informadas de lo que estábamos viviendo y de lo que nosotras conocíamos hasta el día que vinieron. Nos parecía un deber de conciencia explicárselo con toda claridad antes de dar el paso; y ellas, con humildad y libre decisión, insistieron en venir a nuestra comunidad. En cuanto al Santuario de La Aguilera, en el Comunicado se explican brevemente las condiciones en que pudimos comenzar a usarlo, y estamos agradecidas a los Hermanos Franciscanos, que se avinieron primero a cederlo y, posteriormente, a vendérnoslo. Duda de las jóvenes vocacionadas: «¿Por qué aquí sí y no en otro lugar?» Creo que es oportuno daros a conocer lo que una tras otra expresábamos en conciencia antes de dar el paso a la profesión, porque «el corazón sangraba» al no acabar de identificarse con la forma de vida en la que habíamos entrado. Las nuevas jóvenes vocacionadas, que llamaban a nuestra casa acuciadas por la sed de Cristo, pronto manifestaban: «¿Por qué siento la llamada a consagrarme únicamente aquí?, ¿por qué veo en vosotras lo que quiero vivir y ponéis nombre a lo que yo tengo en el corazón? Sólo sé que tengo esta certeza —decían—, pero no sabría responder a la pregunta que tantos me hacen: “Si te sientes llamada a ser Clarisa, podrías vivir en cualquier monasterio de Damas Pobres…”, pero la realidad no es así».

 Durante los años en que he sido maestra de novicias, era testigo de cómo las hermanas se entregaban gozosas el día de su Profesión Solemne con un «sí» para siempre a Cristo y a su voluntad, pero es verdad también que me decían: «Yo profeso lo que vivimos, esta realidad, pero no me identifico con la Regla y las Constituciones de las Hermanas Clarisas»… Yo les decía: «Hija, nosotras somos Clarisas, llevamos este hábito y hemos profesado esta Regla, esto es lo que hay; si quieres, lo tomas y si no… puedes irte». Jamás se ha sostenido a nadie hablándole de la posibilidad de comenzar un nuevo camino. Lo más bello es que profesaban en total libertad, tras haber abierto con transparencia a los superiores y sacerdotes sus inquietudes. Nosotras, sin más, confiábamos en que era Él mismo, y a su tiempo, el que tenía que desvelarnos a todas y a cada una lo que ya estaba realizando.

 Es verdad que Dios no pone ningún deseo en el corazón que no vaya a cumplir, pero es necesario saber esperar. Se trataba de dejar a Dios que hiciese su camino; a nosotras nos tocaba arrodillarnos y secundar lo que Él quería, dejar nuestra vida en sus manos y vivir en obediencia sencilla cada día, con la confianza de que Él nos mostraría lo que quería de nosotras. Nos queda una gran paz, porque Dios siempre ha tomado la iniciativa Al leer hoy nuestra historia de salvación concreta, me llena de gozo ver que la iniciativa y el tiempo siempre han sido de Dios. Éstos son, en síntesis, los pasos sucesivos de este peregrinar. Como sabéis, a partir de 1994 el crecimiento de hermanas fue muy rápido y «amenazaban con estallar» las paredes de nuestro monasterio de Lerma, que podía albergar, como mucho, a treinta y tres hermanas, y en el que hemos llegamos a vivir hasta ciento treinta y una hermanas. Tras muchas «noches de búsqueda» de un lugar para acoger a las hermanas presentes y a las que insistentemente mendigaban a nuestra puerta vivir junto a nosotras, sólo se nos abrió con realismo un lugar. Digo «con realismo», porque un bienhechor, de forma espontánea, prometió ayudarnos a reconstruir este convento concreto de La Aguilera (Burgos), Santuario de San Pedro Regalado.

 Así se manifestó el camino de la Providencia, que suponía tener las dos casas en nuestra propia diócesis de Burgos. Estábamos ya deseando venir a vivir a La Aguilera. Llevábamos casi 3 años en obras preparando este lugar. El paso, que era «obligado dar» por el número de hermanas, exigía pedir un permiso al Prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada, Cardenal F. Rodé, en orden a que nos concediese «ser una única comunidad Lerma-La Aguilera en dos sedes diferentes con un solo gobierno». En este momento vino a visitarnos nuestro Sr. Arzobispo; no puedo dudar que fue movido por el Espíritu Santo. Hoy nos parece ver cómo Dios tomó la iniciativa en la persona del pastor que Dios había dispuesto para ser guiadas y que, desde el primer momento, se volcó en ayudarnos. Era mayo y, con ocasión de administrar el Sacramento de la Confirmación en la parroquia de Lerma a algunos jóvenes, quiso visitar los tres monasterios de clausura del pueblo y manifestó el deseo de verme a solas con motivo de mi reciente elección de Abadesa en marzo, para alentarme en la nueva andadura. Estuvimos dialogando menos de media hora, y sólo puedo decir que, por designio de Dios, mi corazón descansó en él, porque pude abrir lo que estaba sucediendo en nuestro monasterio de un modo, creo, que hasta entonces Dios no había querido que abriese; os confieso que había hecho algunos otros intentos, pero todo, una vez más, me confirma que el tiempo y la hora son de Dios. Me insistió en que era un tiempo en el que había que orar intensamente para saber discernir en verdad qué quería el Señor de nosotras en este acontecer concreto.

 Su invitación a orar y a esperar en Dios me llenó de alegría, y vuelvo a afirmar que, sobre todo, el corazón descansó. Sin duda que en este camino y en este momento necesitábamos más que nunca ser acompañadas, porque sólo en obediencia podríamos seguir avanzando en el designio de Dios, bajo el impulso del Espíritu de Jesús, en total transparencia y filial confianza ante la Madre Iglesia, en cuyo seno hemos nacido y queremos vivir. En este nuevo paso, llevábamos bien grabadas a fuego las palabras de santa Clara: «Vivid siempre fieles y sujetas a los pies de la Madre Iglesia». El 27 de junio llegó la contestación del Prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada. Nos llenó de gozo su respuesta paternal y llena de caridad. En ella nos decía: «Este Dicasterio ha decidido acoger la instancia en espera de que la Comunidad llegue serenamente a una mayor claridad respecto a lo que se sienten llamadas a realizar. Tal concesión es válida por tres años, con el ruego de enviar anualmente una relación a este Dicasterio». Volvimos a tener un encuentro, y el Sr. Arzobispo me manifestó su gozo por esa acogida del Dicasterio a nuestra petición, y con más fuerza me insistió en la necesidad de ir definiendo lo que estábamos viviendo, y me dijo: «Madre, creo que esta realidad nos desborda; necesitaríamos un buen canonista de la Madre Iglesia que nos ayude a dar forma y a expresar esta “realidad ya hecha cuerpo”… Sois muchas hermanas y la Congregación, ante “una solicitud muy particular”, como os decía en su respuesta, os pide que os vayáis definiendo… Si quieres, me pongo en camino y llamo a la puerta de un canonista en el que he pensado».

 Ante ellos, Madre Blanca y yo, en la medida que el Espíritu nos permitía, abrimos con sencillez nuestro corazón, ciertamente no buscando discernimiento sobre nuestra vida personal, sino sobre lo que Dios estaba obrando en la comunidad. Ellos no trataron más que de ayudarnos a buscar la voluntad de Dios en este peregrinar bajo el soplo del Espíritu. A lo largo de este año hemos tenido los encuentros necesarios con el Sr. Arzobispo. Él me repetía: «Sin prisa, Madre, pero hay que trabajar y avanzar en este discernimiento». Yo le preguntaba con mucho temor y respeto: «¿Usted cree que es la hora de presentar esto, padre?» Y para que en nada nos buscáramos a nosotras mismas, seguimos dejando este discernimiento abierto a nuestra amadísima Iglesia, a quien debemos todo lo que somos y tenemos, sin pretensión ni prisa, porque nada nos impedía ya, en el hoy de su gracia, ser de Cristo y querer cada día más su voluntad. Como veis, creemos que en esta realidad en la que nos hemos visto inmersas no ha habido ninguna planificación previa, sino que hemos querido ir dando respuesta a lo que el Señor iba y va haciendo. Primero la «obligación» de vivir en otro lugar por el número de hermanas y, por tanto, de escribir a la congregación; y después ni siquiera fuimos nosotras las que llamamos a la puerta de nuestro Sr. Arzobispo pidiéndole discernimiento en este momento; creo que ni nos atrevíamos, aunque lo deseábamos con todo el corazón. Todo pertenece a Jesucristo, también el tiempo de espera. Era necesario que su designio sobre nosotras fuera madurando. Nosotras somos las primeras sorprendidas por este designio de Dios Como ya sabéis, junto a la afluencia de vocaciones, a la vez se fue dando otro fenómeno. Sobre todo a partir de 1994, comenzaron a venir, sin convocarlos, numerosos grupos, peregrinos sedientos en cuyo corazón ardía un deseo: «Queremos ver a Jesús» (Jn 12,21); querían compartir la fe y, por ello, los locutorios del monasterio se abrían para dar testimonio, y también se invitaba a la oración. De Roma nos pidieron hacer una estadística de este acontecer, y calculamos que en seis meses habían pasado catorce mil personas, sin contar las visitas privadas de las hermanas; la mayor parte de ellos eran jóvenes en búsqueda.

 Ahora entendemos mucho más por qué nos han impactado siempre estas palabras de Juan Pablo II pronunciadas en Ávila a las contemplativas en 1982: «Consientan vuestros monasterios en abrirse a los que tienen sed. Vuestros monasterios son lugares sagrados y podrán ser también centros de acogida cristiana para aquellas personas, sobre todo jóvenes, que van buscando una vida sencilla y transparente en contraste de la que les ofrece la sociedad de consumo». Sentimos que nuestra llamada es ser por entero esposas de Cristo, consagradas, con la misión de ser una casa abierta, posada del Buen Samaritano, para hacer presente, en la comunión, a Jesús Resucitado a tantos peregrinos que llaman día y noche a nuestra puerta, y así los que están sedientos y heridos puedan encontrarse con Jesucristo Redentor y experimentar que han sido acogidos en la oración y presentados al Padre, esperados como hijos por la Madre Iglesia; queremos ser lugar de encuentro para avivar en comunión nuestra fe, hasta hacer arder el deseo de santidad como plenitud de vida. Y este peregrinar de gente sigue sucediendo cada vez más. Nosotras no hemos elegido el modo de dar la vida.

 En nada sentimos negación de un carisma radiante Creemos firmemente en la vocación íntegramente contemplativa; es más, creemos que es la corriente subterránea que sostiene todo vivo y cuida el florecer de todas las realidades de la Iglesia; esto, hemos tenido el privilegio de verlo y vivir en ello. Es imposible sentir la negación de un carisma radiante como es el de las Damas Pobres de Santa Clara, que en su seno ha generado grandes santos en la Iglesia; no se trata de una negación, sino de una afirmación de un designio concreto de Dios sobre nosotras. Sólo tenemos agradecimiento por todo el bien recibido A nosotras mismas, pobrecillas, no deja de sorprendernos esta llamada y, sobrecogidas y agradecidas, nos sentimos impulsadas a corresponder al don de Dios.

 Por ello, nos postramos conscientes de la gran responsabilidad que conlleva este momento, pero vivimos en la plena confianza de que el que inició esta obra, Él mismo la llevará hasta el fin. Suplicamos vivamente vuestra oración, para que no malogremos su designio sobre nosotras y nos dejemos siempre hacer por Él. Sólo tenemos agradecimiento hacia la Orden Franciscana por todo el bien recibido, agradecimiento que esperamos saber transmitir a las futuras generaciones, porque en la voluntad de Dios no hay ruptura de corazón. Perdonadnos el sufrimiento que, sin pretenderlo, o a causa de nuestra fragilidad, os hayamos causado. Pedimos a Dios seguir viviendo en comunión, ofreciéndonos unos por otros. Que la Virgen María, Madre y Maestra nuestra, interceda por todos. Gracias, Jesucristo, gracias, Madre Iglesia, gracias, hermanas. Siempre una vida: Jesús y su voluntad, Hermana Verónica Mª

Operación de ayuda a los cristianos de Oriente

Tres estudiantes franceses acaban de lanzar una iniciativa titulada Operación 1000 cartas para nuestros hermanos de Oriente, para responder al llamamiento de los obispos de Irak “a sus hermanos de Francia”.
“Lo que necesitamos es vuestra oración y vuestro apoyo fraternal y moral”, escribieron los obispos en su llamamiento del 2 de noviembre.
Los estudiantes invitan a responder al llamamiento de los obispos “enviándoles cartas de ánimo y de apoyo” y “que cada carta escrita sea una promesa de oración por su intención”.
Para ello, proponen copiar a mano una carta que aparece en su web, o, todavía mejor, escribir una nueva y enviarla, firmada, a la dirección del arzobispado de Bagdad: Arzobispado latino – P.O. Box 35130 – Hay Al-Wahda, Mahallat 904, calle 8, Edificio 44 – 12906 Baghdad, IRAK.
“Lo repetimos: los cristianos (y musulmanes) de Oriente necesitan nuestro apoyo, necesitan saber que estamos cerca de ellos, saber que se reza por ellos, ¡que les queremos!”, indican.
“Si no se puede actuar de una manera material, tenemos el deber de mostrarles un signo. ¡Escribámosles! ¡Con vuestros bolígrafos!”, exhortan.
Los organizadores explicaron que esta iniciativa ya “ha sido seguida de forma masiva porque se han enviado más de 700 mensajes en un día, sin contar los derivados de cor reos personales”, que no se pueden contar.
También destacaron que su web “recibe ya más de mil visitas diarias y el número no deja de aumentar”.
Y añadieron que “varias escuelas católicas, parroquias y movimientos de jóvenes están organizando el envío de las cartas”.
Más información: http://1000lettres.wordpress.com

La respuesta de la Conferencia Episcopal a Bono. Publicado en el diario El Mundo.

Señor Director,

Respecto a las declaraciones del Presidente del Congreso de los Diputados, D. José Bono, en la entrevista publicada por su periódico el domingo, 3 de enero, deseamos hacer las siguientes puntualizaciones:

1. La Conferencia Episcopal, en su detallada Declaración sobre el Proyecto de Ley del Aborto, publicada el 17 de junio por la Comisión Permanente y hecha expresamente suya por la Asamblea Plenaria el 27 de noviembre, explica que dicho Proyecto supone un serio retroceso en la protección de la vida de los que van a nacer. Ante todo, porque el aborto pasa a ser tratado como un derecho de la mujer; pero también, porque entiende la salud -cuya puesta en peligro sería razón para abortar- como “bienestar social”, además de “físico y psíquico”; y porque impone en el sistema educativo la propaganda del aborto.

Por todo ello, los obispos han recordado que nadie que se atenga a los imperativos de la recta razón puede dar su apoyo a esta ley; los católicos, además, tampoco pueden hacerlo en virtud de la coherencia con la propia fe. En este caso, no es posible invocar ‘Evangelium Vitae’, según la cual un católico sólo puede votar una ley abortista cuando se trate de una norma que restrinja la injusticia de la legislación vigente, supuesto siempre que no se pueda hacer otra cosa y que conste públicamente que quien se ve obligado a actuar de esa forma es contrario a toda ley que no proteja adecuadamente el derecho inviolable a la vida de los que van a nacer.

2. La carta de junio de 2004, que el entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe envió a la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos de América, recogía la doctrina de ‘Evangelium Vitae’ y la del Código de Derecho Canónico. Aquella Conferencia Episcopal actuó de modo semejante a como lo ha hecho la Conferencia Episcopal Española, recordando la doctrina que cada obispo, como corresponde, aplica en su diócesis. De hecho, en varias ocasiones no fueron admitidas a la Sagrada Comunión personas que públicamente habían dado su apoyo o su voto a una ley que no protegía de forma adecuada el derecho a la vida de los que van a nacer.

3. La Conferencia Episcopal, según su deber y como era de esperar, ha explicado la doctrina de la Iglesia sobre estas materias, válida en todo el mundo para cualquier católico con independencia de filiaciones políticas y sin mencionar, en ningún caso, a nadie en particular.

Madrid, 3 de enero de 2010 

Nota : el diario El Mundo, en su edición de 4 de enero de 2010, con llamada en portada, publica la carta que acabamos de transcribir como carta, nota o mensaje episcopal, omitiendo la firma y autoría de la misma. Este texto es del Director de la Oficina de Información de la CEE, Isidro Catela Marcos. En él se puntualizan unas declaraciones de José Bono publicadas en el diario El Mundo el domingo 3 de enero.

Carta del director de la Oficina de Información de la CEE, Isidro Catela Marcos al director del diario EL MUNDO Señor director:

 Respecto a las declaraciones del Presidente del Congreso de los Diputados, D. José Bono, en la entrevista publicada por su periódico el domingo, 3 de enero, deseamos hacer las siguientes puntualizaciones:

 1. La Conferencia Episcopal, en su detallada Declaración sobre el Proyecto de Ley del Aborto, publicada el 17 de junio por la Comisión Permanente y hecha expresamente suya por la Asamblea Plenaria el 27 de noviembre, explica que dicho Proyecto supone un serio retroceso en la protección de la vida de los que van a nacer. Ante todo, porque el aborto pasa a ser tratado como un derecho de la mujer; pero también, porque entiende la salud -cuya puesta en peligro sería razón para abortar- como “bienestar social”, además de “físico y psíquico”; y porque impone en el sistema educativo la propaganda del aborto.

 Por todo ello, los obispos han recordado que nadie que se atenga a los imperativos de la recta razón puede dar su apoyo a esta ley; los católicos, además, tampoco pueden hacerlo en virtud de la coherencia con la propia fe. En este caso, no es posible invocar Evangelium vitae, según la cual un católico sólo puede votar una ley abortista cuando se trate de una norma que restrinja la injusticia de la legislación vigente, supuesto siempre que no se pueda hacer otra cosa y que conste públicamente que quien se ve obligado a actuar de esa forma es contrario a toda ley que no proteja adecuadamente el derecho inviolable a la vida de los que van a nacer.

 2. La carta de junio de 2004, que el entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe envió a la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos de América, recogía la doctrina de Evangelium vitae y la del Código de Derecho Canónico. Aquella Conferencia Episcopal actuó de modo semejante a como lo ha hecho la Conferencia Episcopal Española, recordando la doctrina que cada obispo, como corresponde, aplica en su diócesis. De hecho, en varias ocasiones no fueron admitidas a la Sagrada Comunión personas que públicamente habían dado su apoyo o su voto a una ley que no protegía de forma adecuada el derecho a la vida de los que van a nacer.

 3. La Conferencia Episcopal, según su deber y como era de esperar, ha explicado la doctrina de la Iglesia sobre estas materias, válida en todo el mundo para cualquier católico con independencia de filiaciones políticas y sin mencionar, en ningún caso, a nadie en particular.

 Madrid, 3 de enero de 2010