Carta Pastoral de Mons. Reig Pla: «Cruzar otra línea roja ¿una muerte digna?» 04/11/2015

04/11/2015

El Obispo de Alcalá de Henares, Mons. Juan Antonio Reig Pla ha publicado una nueva carta pastoral bajo el título: «Cruzar otra línea roja ¿una muerte digna?».

En dicha carta Mons. Reig aborda particularmente dos temas relacionados con la eutanasia: a) el Magisterio de la Iglesia sobre la alimentación e hidratación artificiales; y b) el Magisterio de la Iglesia sobre el sentido del sufrimiento y el uso de analgésicos, particularmente los que provocan la pérdida de conciencia del enfermo, la llamada sedación.

La carta pastoral propone a los lectores algunos textos básicos del Magisterio de la Iglesia Católica sobre eutanasia, suicidio, exceso médico y cuidados paliativos y anuncia la existencia de un portal sobre la materia en la página web del Obispado de Alcalá de Henares: www.obispadoalcala.org/eutanasia.html

Mons. Reig advierte también sobre la manipulación del lenguaje y aclara que las expresiones “muerte digna”, “derecho a una muerte digna” y otras análogas, lo que en realidad esconden es la eutanasia y el suicidio asistido. Los católicos – explica – hablamos de una “buena muerte”, algo totalmente distinto.

En otro apartado, la carta pastoral recuerda algunos de los principios de aplicación en el cuidado de los enfermos: autonomía del paciente, justicia, beneficencia, solidaridad, totalidad y doble efecto.

En la última parte del documento el Obispo de Alcalá de Henares explica que para el cristiano una buena muerte – cuyo santo patrono es San José – es una muerte santa, y recuerda a los fieles de la Diócesis de Alcalá de Henares, citando el Magisterio de la Iglesia Católica, que la Iglesia recomienda mantener la tradición de inhumar los cuerpos de los difuntos, también el de los niños en estado fetal, y que las exequias por un fiel difunto deben celebrarse generalmente en su propia iglesia parroquial.

 

Mons_Reig_Pla-Carta_Pastoral_Cruzar_otra_linea_roja

Carta Pastoral de Mons. Juan Antonio Reig Pla: «En defensa de la vida: sobre los abusos sexuales a menores y adultos vulnerables» 11/03/2015

11/03/2015

Mons. Juan Antonio Reig Pla, Obispo de Alcalá de Henares, ha hecho pública una Carta Pastoral bajo el título: «En defensa de la vida: sobre los abusos sexuales a menores y adultos vulnerables». Este documento viene a acoger otra Carta, en este caso del Papa Francisco, que el Romano Pontífice dirigió el pasado mes de febrero a los presidentes de las conferencias episcopales y a los superiores de los institutos de vida consagrada y sociedades de vida apostólica acerca de la Pontificia Comisión para la Tutela de Menores. En dicha Carta el Santo Padre «insta a las diócesis» «a establecer programas de atención pastoral, que podrán contar con la aportación de servicios psicológicos y espirituales», y pide «colaboración plena y atenta con la [Pontificia] Comisión para la tutela de menores», también «mediante un intercambio de “praxis virtuosas” y de programas de educación, formación e instrucción por lo que se refiere a la respuesta que se ha de dar a los abusos sexuales». La Carta del Papa, como explica el Obispo Mons. Reig, es toda ella fundamental, pero incorpora un elemento que se debe subrayar; no solo habla de menores, sino que, hasta en cuatro ocasiones, se cita también a los adultos vulnerables, indicando la importancia de: «poner en práctica las actuaciones necesarias para garantizar la protección de los menores y adultos vulnerables»; este último aspecto, según Mons. Reig, es una realidad poco conocida sobre la que el Romano Pontífice también invita a trabajar con fe, inteligencia y diligencia.

Mons. Reig articula su Carta en siete apartados: 1) Algunas cuestiones relevantes; 2) Algunas medidas preventivas necesarias; 3) Sobre los abusos contra jóvenes y adultos vulnerables; 4) Las redes; 5) Candidatos al sacerdocio; 6) Algunas líneas de acción; y 7) Conclusión: esperanza e invitación a la oración.

El Obispo de Alcalá de Henares subraya en su carta la tolerancia cero respecto a los abusos, con todo lo que esto implica; al mismo tiempo insiste en la necesidad de acoger  y ayudar, en todos los aspectos, a las víctimas y a sus familias, y recuerda también la vital importancia de implementar medidas preventivas.

Mons. Reig advierte explícitamente en su Carta que en ella se refiere exclusivamente a algunas cosas que acontecen, en algunas ocasiones, en la Iglesia, por lo que sería una manipulación de sus palabras generalizar sus afirmaciones.

Por otra parte, en dicha Carta, el Obispo de Alcalá de Henares anuncia, entre otras cosas, la creación, por parte de la página web del Obispado, de un portal específico sobre los abusos sexuales a los menores y adultos vulnerables (www.obispadoalcala.org/abusos.html). También informa de la creación de  un Servicio de Asistencia Pastoral a las posibles víctimas de abusos sexuales, sus familias y comunidades, vinculado al Centro de Orientación Familiar (COF) Regina Familiae (www.cofalcala.com) de la Diócesis Complutense.

En su Carta, Mons. Reig también hace público que el Obispado de Alcalá de Henares  organizará sendas jornadas para sacerdotes y para laicos y seminaristas que impartirá un especialista en la materia; en su momento se anunciará fecha, hora, lugar y ponente de dichas jornadas.

El obispo Reig también subraya en su Carta el don que significa la multitud de sacerdotes, diáconos y religiosos beneméritos que, con la asistencia del Espíritu Santo, permanecen fieles a su vocación al servicio de Dios, de la Iglesia y del prójimo; y explica que sería injusto propiciar un clima generalizado de sospecha.

Por último, el Obispo de Alcalá de Henares, en su Carta ruega a Dios, por intercesión de la Sagrada Familia y de los santos mártires Pelayo y María Goretti, pidiendo para todos el don de un corazón puro, misericordioso y justo, es decir, anclado en el Amor y la Verdad.

Texto íntegro de la Carta Pastoral

En defensa de la vida: sobre los abusos sexuales a
menores y adultos vulnerables

Carta Pastoral de
Mons. Juan Antonio Reig Pla
Obispo de Alcalá de Henares

Queridos hermanos:

El pasado 2 de febrero el Santo Padre, el Papa Francisco, firmó una Carta dirigida a los presidentes de las conferencias episcopales y a los superiores de los institutos de vida consagrada y sociedades de vida apostólica acerca de la Pontificia Comisión para la Tutela de Menores. En dicha carta el Papa insiste, como sus predecesores, en que: «Las familias deben saber que la Iglesia no escatima esfuerzo alguno para proteger a sus hijos, y tienen el derecho de dirigirse a ella con plena confianza, porque es una casa segura. Por tanto, no se podrá dar prioridad a ningún otro tipo de consideración, de la naturaleza que sea, como, por ejemplo, el deseo de evitar el escándalo, porque no hay absolutamente lugar en el ministerio para los que abusan de los menores». Por otra parte, el Santo Padre «insta a lasdiócesis» «a establecer programas de atención pastoral, que podrán contar con la aportación de servicios psicológicos y espirituales», y pide «colaboración plena y atenta con la [Pontificia] Comisión para la tutela de menores», también «mediante un intercambio de “praxis virtuosas” y de programas de educación, formación e instrucción por lo que se refiere a la respuesta que se ha de dar a los abusos sexuales». La carta es toda ella fundamental, pero incorpora otro elemento que creo debo subrayar; no solo habla de menores, sino que, hasta en cuatro ocasiones, se cita también a los adultos vulnerables, indicando la importancia de: «poner en práctica las actuaciones necesarias para garantizar la protección de los menores y adultos vulnerables»; este último aspecto es una realidad poco conocida sobre la que, asimismo, nos invita el Romano Pontífice a trabajar con fe, inteligencia y diligencia.

  1. Algunas cuestiones relevantes

Por lo expuesto, con plena adhesión a la Iglesia y su cabeza visible el Papa, y con todo respeto a las personas, quiero dejar constancia inequívoca de algunas cuestiones relevantes:

  1. a) La custodia de la integridad física, psíquica y espiritual de las personas se inscribe en el contexto de la «defensa de la sacralidad de la vida humana» (Papa Francisco, 12-5-2013) desde la concepción y hasta la muerte natural. Los abusos sexuales se refieren, sin duda, al sexto y al noveno mandamientos de la Ley de Dios; sin embargo, no hay que reducirlos al ámbito de la moral privada. Estos abusos son atentados contra el primado de la persona en su diferencia sexuada (varón-mujer). La sacralidad de la vida humana y el primado de la persona son las bases de la moral social. Por tanto, los abusos son atentados contra el prójimo, pero también contra Dios y contra la comunidad. Por todo ello, el análisis de esta lacra también debe hacerse desde la perspectiva de la Doctrina Social de la Iglesia: «opus justitiae pax – la paz es fruto de la justicia» (Is 32, 17). La corrupción de la autoridad moral de los ministros de la Iglesia convertida en poder despótico – y expresado en forma de clericalismo – tiene mucho que ver con los abusos; la programada deconstrucción de la antropología adecuada también.

Plantear la justicia y la solidaridad con los más pequeños o débiles sin proponer la redención del corazón implica no conocer el alma humana. La caridad y la castidad se reclaman y necesitan mutuamente. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica «la castidad implica un aprendizaje del dominio de sí, que es una pedagogía de la libertad humana. La alternativa es clara: o el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado» (C.E.C. 2339). En ningún caso se trata de renunciar o suprimir nada de lo que sea verdaderamente humano: instintos, afectos, sentimientos, la propia voluntad, etc. Lo que proporciona la virtud de la castidad es la integración de todos los dinamismos en el ethos de la persona para que el cuerpo se haga lenguaje personal y pueda ser expresión del amor del don de sí, cada uno conforme a su estado: célibe o casado. La castidad para el célibe significa vocación al amor mediante la continencia perfecta y perpetua por el Reino de los cielos; para los casados, la castidad guía el don de sí en el lenguaje del cuerpo. Ambos estados (virginidad y matrimonio) requieren de la redención del corazón que se alcanza con la gracia de Dios y la virtud de la caridad. Nadie puede dar lo que no posee. Quien no viva castamente y aprenda, con la asistencia divina, a gobernarse a sí mismo no podrá donarse, con verdad, en ningún ámbito de su vida: matrimonio, familia, comunidad eclesial o ámbito social (trabajo, empresa, política, etc.). Sin castidad las relaciones se convierten siempre en relaciones de poder, en manipulación del otro  – cosificándolo – para los propios intereses.

  1. b) Dicho esto, – sin menoscabo de los sacerdotes, diáconos y religiosos que se distinguen por su buen hacer y comportamiento ejemplar – es necesario afirmar, una vez más, que los abusos y acosos sexuales a menores y a adultos, no solo son materia gravísima de pecado, también constituyen un gravísimo delito canónico y civil, lo que demanda, según derecho, la colaboración leal con las legítimas autoridades eclesiales y civiles.
  2. c) Los abusos y acosos sexuales jamás deben ser valorados desde el número de casos; una sola víctima es ya demasiado, es una atrocidad.
  3. d) El gravísimo delito de los abusos sexuales debe ser tratado «con claridad y determinación», (…) las personas deben «saber que en el sacerdocio y en la vida religiosa no hay lugar para quienes dañan a los jóvenes» (San Juan Pablo II, 23-4-2002). Los autores de estos crueles hechos deben «responder de ello ante Dios Todopoderoso y los tribunales debidamente constituidos» (Benedicto XVI, 19-3-2010), naturalmente con todas las garantías jurídicas para todas las partes. También el querido Papa Francisco lo ha explicado con toda claridad: «No hay lugar en el ministerio de la Iglesia para aquellos que cometen estos abusos, y me comprometo a no tolerar el daño infligido a un menor por parte de nadie, independientemente de su estado clerical. Todos los obispos deben ejercer su servicio de pastores con sumo cuidado para salvaguardar la protección de menores y rendirán cuentas de esta responsabilidad» (7-7-2014). Además de la normativa de la Santa Sede sobre esta materia, existen sendos protocolos [canónico y civil] de actuación de la Iglesia en España. Los protocolos son necesarios para hacer las cosas bien y dar seguridad moral y jurídica a todas las partes implicadas. Sin embargo, como indica el Santo Padre, es necesario seguir profundizando en todo lo que afecta a los abusos (educación, formación, divulgación, prevención, reparación, etc.), y muy particularmente en lo referido al acompañamiento a las víctimas en todos los aspectos (pastoral, psicológico, médico, jurídico, etc.).
  4. e) El escándalo no consiste en que se conozca la verdad y se haga justicia, sino en que sucedan tan abominables hechos. Que se conozca la verdad y se haga justicia debe ser motivo de satisfacción para todos. Conocer la verdad y hacer justicia es un bien para las personas que han sido objeto de abusos, para las posibles víctimas, para la Iglesia, para la sociedad y, aunque ellos no lo vean así, también para los agresores. Cualquier otra posición al respecto no sería más que clericalismo corporativista. Es necesario estar en alerta, pues siempre hay quien encuentra una razón de apariencia piadosa, como nos ha advertido el Papa Francisco (evitar el supuesto escándalo, etc.), para sugerir el ocultamiento de la verdad a quienes tienen el derecho o la obligación de conocerla. «La verdad os hará libres» (Jn 8, 32). Puede encontrarse Magisterio – de los papas Francisco, Benedicto XVI y San Juan Pablo II – sobre el clericalismo en:obispadoalcala.org/clericalismo.html

Procede aquí recordar que, en lo que se refiere al delito contra el sexto mandamiento del Decálogo cometido por un clérigo con un menor de 18 años (aquí se equipara al menor la persona que habitualmente tiene un uso imperfecto de la razón), la Iglesia ha procedido a ampliar el «plazo de la prescripción de la acción criminal, que ha sido llevado a 20 años, salvando siempre el derecho de la Congregación para la Doctrina de la Fe de poder derogarlo», y que «la prescripción comienza a correr desde el día en que el menor cumple 18 años» (Cf. Normae de gravioribus delictis, Art. 6-7).

  1. f) La Iglesia debe agradecer el trabajo bien hecho de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, fiscales, jueces, etc., que investigan y descubren, con verdad, a los clérigos que cometen abusos. También hay que dar las gracias a los medios de comunicación que, con medios legítimos y verazmente, informan o hacen trabajo de investigación para descubrir a los agresores, evitando siempre «la desinformación, la calumnia y la difamación» (Papa Francisco, 15-12-2014). Naturalmente, deben quedar a salvo el principio de presunción de inocencia y el derecho a la intimidad de las víctimas. Y, por supuesto, todo nuestro agradecimiento a las víctimas que informan del horror que han sufrido, y sufren, por los abusos de algunos eclesiásticos. No hay que caer en el error, propio del clericalismo, de pensar y afirmar que quienes hacen públicas – con legitimidad y verdad – las miserias que se dan en el interior de la Iglesia son enemigos de la misma, ¡al contrario!: ¡ayudan a la Iglesia a purificarse! Diré más, a veces, incluso aquellos que tienen a la Iglesia por enemiga, pueden ser instrumentos en las manos de Dios para acrisolarnos.
  2. g) La Iglesia muestra su amor, acogida, caridad pastoral y su apoyo, sin fisuras, a todas las víctimas de abusos y acosos sexuales. La confianza de las víctimas, y todavía más cuando los autores de los abusos o acosos son sacerdotes, diáconos o religiosos, es inicuamente traicionada y violada su dignidad. La Iglesia condena estos perversos hechos y ha pedido y pide perdón por ellos. «Sobre este tema tenemos que seguir adelante, adelante: tolerancia cero» (Papa Francisco, 26-5-2014).
  3. Algunas medidas preventivas necesarias

A tenor de lo dicho anteriormente, es necesario implementar todas las medidas legítimas para prevenir tales abusos. Entre estas medidas se pueden destacar:

  1. a) La diligente selección de los formadores de los seminarios y noviciados, y de los candidatos al diaconado, al sacerdocio y a la vida religiosa; así como su correcta formación. Respecto a la formación – académica, pero también espiritual – dos elementos son básicos: 1) El Magisterio de la Iglesia sobre la “antropología adecuada”, lo que incluye las “Catequesis sobre el amor humano y la Teología del cuerpo” del Papa San Juan Pablo II, siempre a la luz de las Sagradas Escrituras, de la Tradición y del Magisterio; y 2) Educar, con la gracia de Dios, el corazón y la inteligencia para el servicio y no para el ‘poder despótico’: sabemos que el abuso sexual es sobre todo un abuso de poder; un abuso de poder en el ámbito sexual, el más íntimo y delicado; convertir la autoridad espiritual – que es un servicio – en poder despótico es un arma de destrucción para las personas, para la Iglesia y para la sociedad.
  2. b) La selección de las personas debe ser radicalmente exigente tanto en el ámbito psíquico como en el espiritual. Nadie debe ser ordenado si no reúne las condiciones para ser un buen esposo y un buen padre de familia. También los catequistas, profesores de colegios católicos, profesores de religión, etc., deben ser seleccionados con todo rigor.
  3. c) Además de impedir la ordenación de personas no aptas, es necesario desenmascarar y desarticular, con actitud ‘pro-activa’, cualquier red o estructura de corrupción intraeclesial; y, por supuesto, es preciso poner también los medios para evitar, en lo posible, que se creen dichas redes.
  4. d) Sería de gran utilidad preparar, coordinadamente, en el ámbito eclesial, «programas educativos de prevención para propiciar “ambientes seguros” para los menores», pero también para los adultos. Como ya se viene haciendo en otras naciones, las potenciales víctimas, según su edad, deberían aprender conceptos básicos para su propia protección. También sería útil preparar un código de conducta, contrastado, para el personal de la Iglesia: sacerdotes, diáconos, seminaristas, catequistas, profesores de colegios católicos, etc.
  5. e)También en esta materia, una supervisión eclesial supradiocesana sería de gran utilidad para evitar errores y “auto-engaños”, conscientes o inconscientes. Para este tema, como para cualquier otro, no es válido el procedimiento o argumento que no pueda ser contrastado, con plena publicidad, en los foros eclesiástico o civil, según proceda.
  6. f) La divulgación del Magisterio y de la disciplina de la Iglesia sobre esta materia, así como de las medidas («praxis virtuosas») que se van tomando en muchos lugares del mundo, es muy importante; la ignorancia juega a favor de los agresores, de los cómplices y de los encubridores. Por ello la página web del Obispado de Alcalá de Henares ha creado – con criterios de plena transparencia – unportal específico que podrá resultar útil para todos los interesados: obispadoalcala.org/abusos.html
  7. g) La promoción en todos los ámbitos formativos de un auténtica educación afectivo-sexual que, sostenida por un antropología adecuada, promueva el respeto al otro y la vocación al amor. Con ello se trata de contrarrestar el relativismo moral que se deriva de la revolución antropológica y sexual propiciada por la gobernanza global o el Nuevo Orden Mundial. Se trata de un nuevo poder inteligente que en nombre de la libertad, consigue crear adictos y esclavos del consumo también sexual.
  8. Sobre los abusos contra jóvenes y adultos vulnerables

La Santa Sede hizo público el 14 de abril de 2010 los siguientes datos, referidos, según se indicó textualmente – esto es importante para que no se produzcan malentendidos -, a «la problemática de los abusos por parte de sacerdotes y no en la población en general»: «En el campo de las causas de abusos a menores por parte de sacerdotes afrontadas en los años recientes por la Congregación para la Doctrina de la Fe, hay que atenerse simplemente al dato estadístico referido en la entrevista de Mons. Scicluna, en la que se hablaba de un 10% de casos de pederastia en sentido estricto, y de un 90% de casos a definir como efebofilia (es decir contra los adolescentes), de los cuales cerca el 60% referido a individuos del mismo sexo y el 30% de carácter heterosexual».

Como se ve, según este informe, el porcentaje de abusos por parte de sacerdotes contra adolescentes varones es el más significativo. Sin embargo, todavía no hemos tomado conciencia pública de una realidad también durísima y poco conocida y de la que nos habla el Papa Francisco en su reciente carta sobre la materia: los abusos y acosos sexuales a jóvenes mayores de edad y adultos, sobre todo a aquellos que sufren alguna vulnerabilidad psicológica o espiritual. De entre estos abusos y acosos, una parte son los perpetrados por redes infiltradas en la Iglesia que captan y abusan de varones vulnerables.

Por otra parte, aunque las víctimas sean mayores de 18 años, conviene recordar que:

  1. a)También «la solicitación a un pecado contra el sexto mandamiento del Decálogo durante la confesión o con ocasión o con pretexto de ella» es uno de los «delitos más graves contra la santidad del Sacramento de la Penitencia reservados al juicio de la Congregación para la Doctrina de la Fe» (Normae de gravioribus delictis, Art. 4, §1, 4º).
  2. b) Por su parte, el Sumo Pontífice concedió, en 2009, a la Congregación para el Clero, ciertas Facultades especiales entre las que se encuentran la de «tratar y presentar al Santo Padre, para la aprobación en forma específica y decisional, los casos de dimisión del estado clerical “in poenam”, con la relativa dispensa de las obligaciones dimanantes de la Ordenación, comprendido el celibato» (…) «de aquellos clérigos culpables de graves pecados externos contra el sexto Mandamiento (Cf. Can. 1395, §§ 1-2)» (Carta de la Congregación para el Clero sobre nuevas facultades concedidas por el Papa a esta Congregación, 18-4-2009).
  3. Las redes

Continuando con las redes, se debe decir que estas actúan como células autónomas de corrupción, poder y tráfico de información e influencias, pero, al mismo tiempo, suelen tener cierta relación entre ellas, de modo que, cuando es necesario, se encubren y apoyan coordinadamente, incluso a nivel internacional. El mutuo encubrimiento y apoyo, como se ha hecho público en reiteradas ocasiones, se explicita desde el ámbito parroquial, continúa en el acceso al seminario (ocultando, si es necesario, información relevante del candidato, etc.), sigue en el propio seminario, y prosigue, una vez ordenados sacerdotes, apoyándose mutuamente para intentar acceder a los oficios eclesiásticos que – a su juicio y según sus intereses – implican la posibilidad de manejar dinero, “poder”, “capacidad de influencia” o acceso a información sensible.

Además, estas redes suelen contar con un entorno laical vulnerable, víctimas a las que tratan como ‘esclavos psico-afectivo-sexuales’: a algunos se les explota económicamente, a otros sexualmente, a otros en todos los aspectos. Sin juzgar la imputabilidad subjetiva de las personas, que solo a Dios corresponde, con carácter aproximativo, estas son las características que “habitualmente” se dan en estas redes, aunque ciertamente no solo en ellas: a) narcisismo, vanidad, egocentrismo (en el comportamiento, en el modo de vestir, en su perfil en la redes sociales, etc.); b) hedonismo; c) clericalismo, lo que implica, entre otros muchos aspectos, pensar, categorizar y tratar a los fieles cristianos laicos como la “infra-clase” de los “no-clérigos”, cuya libertad y conciencia – ‘para su bien’, según su criterio – deben ser controladas; d) ambición de dinero; e) ambición de poder, abusando de él siempre que les es posible; f) secretismo (bajo las más variadas excusas – una supuesta elección especial de Dios, “arcanos solo para iniciados”, etc.- instan a los que tratan como esclavos a crear un muro de silencio que impida contrastar públicamente las acciones de la “red”, sus particulares interpretaciones del Magisterio, sus argumentos, etc.); g) búsqueda permanente de “contactos” importantes en todos los ámbitos (eclesiásticos, políticos influyentes, grandes empresarios, etc.); h) lo que el Papa Francisco llama «carrerismo» (6-6-2013); ello implica la adulación a los superiores, a los poderosos y a los adinerados; i) maltrato a los “subordinados” no complacientes (tanto a otros clérigos como a laicos) y, en general, difamación y calumnias contra los que son percibidos como un riesgo para sus intereses; j) algunos se instalan abiertamente en el disenso doctrinal, sin embargo, con gran frecuencia se camuflan hábilmente bajo la apariencia de “ortodoxia”, o también de “ternura”; k) doble vida; y l) cuando son descubiertos niegan la realidad y manifiestan, según los casos, una gran agresividad o una actitud de impostada “sorpresa” (naturalmente no se perciben a sí mismos como una depravada red, sino como una “particular élite de elegidos”). Por otra parte, tampoco es raro que estas estructuras establezcan relaciones con redes de corrupción de otros ámbitos (económico, político, sectas y ocultismo, etc.).

En este contexto considero necesario no confundirse con el concepto de ternura. La ternura es una virtud que «denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor» (Papa Francisco, 19-3-2013). Sin embargo, existe el claro riesgo de confundir la ternura con la «flojera». La Sagrada Escritura nos habla de ello; pero también los papas Francisco, Benedicto XVI, San Juan Pablo II, Juan Pablo I, el Beato Pablo VI o San Juan XXIII – por citar solo algunos ejemplos – han tratado estos temas. Por resumir: Cristo es y actúa con ternura con cada uno de nosotros, pero en absoluto es «flojo», «untuoso» o «afectado». Puede encontrarse Magisterio al respecto en: www.obispadoalcala.org/ternura.html

Como obispo condeno toda discriminación injusta. Nuestra diócesis quiere continuar prestando ayuda a todos, con verdaderas entrañas de misericordia, con escrupuloso respeto, sin juzgar a las personas (Cf. Papa Francisco, 28-7-2013), y todo desde la verdad; dicho lo cual es necesario hacer un apunte final referido específicamente a las estructuras o redes infiltradas en la Iglesia que abusan de varones vulnerables. Insisto, que nadie manipule mis palabras generalizando mis afirmaciones; esta carta se refiere exclusivamente a algunas cosas que acontecen, en algunas ocasiones, en la Iglesia. En 1987 una revista norteamericana publicaba un artículo en el que se anunciaba, en tono satírico, toda una estrategia en orden a promover el trato sexual entre personas del mismo sexo, también en el interior de la Iglesia.Lo cierto es que, lamentablemente, lo que parecía un simple anuncio o proyecto se ha convertido – con todas las precisiones que procedan – en una dramática realidad. Por su actualidad, invito a leer el artículo completo que se puede encontrar referenciado, en su original inglés y en español, en: www.obispadoalcala.org/colonizacionideologica.html. Conviene recordar aquí que la Congregación para la Doctrina de la Fe, con la firma del entonces Cardenal Ratzinger y la aprobación expresa del Papa San Juan Pablo II, ya nos advertía en 1986 sobre el debate que ahora se ha desatado con gran publicidad en algunos ámbitos y que tiene que ver con esta infiltración: en la actualidad un número cada vez más grande de personas, aun dentro de la Iglesia, ejercen una fortísima presión para llevarla a aceptar conductas intrínsecamente desordenadas; lo que pretenden es subvertir la enseñanza de la Iglesia. (Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, nn. 8-9).

  1. Candidatos al sacerdocio

No solo por lo expuesto, pero también por ello, es muy importante impedir, como exige la Iglesia, la ordenación de candidatos con atracción sexual hacia el mismo sexo (AMS); de hecho la Iglesia Católica enseña: La ordenación al diaconado o al presbiterado de varones con AMS es absolutamente desaconsejable e imprudente y, desde el punto de vista pastoral, muy arriesgada. Una persona con AMS no es, por lo tanto, idónea para recibir el sacramento del Orden sagrado (Cf. Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Carta de 16 de mayo de 2002). Sería gravemente deshonesto que el candidato ocultara su AMS para acceder, a pesar de todo, a la Ordenación. Disposición tan falta de rectitud no corresponde al espíritu de verdad, de lealtad y de disponibilidad que debe caracterizar la personalidad de quien cree que ha sido llamado a servir a Cristo y a su Iglesia en el ministerio sacerdotal (Cf.Congregación para la Educación Católica, Instrucción sobre los criterios de discernimiento vocacional en relación con las personas de tendencias homosexuales antes de su admisión al seminario y a las Órdenes sagradas, n. 3).

  1. Algunas líneas de acción

En consonancia con las sugerencias del Santo Padre, indico finalmente algunas líneas de acción:

  1. a)Es mi intención que esta carta llegue a toda la Diócesis Complutense (sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, catequistas, familias, educadores, profesionales, autoridades, etc.); por ello ruego a los sacerdotes, religiosos, religiosas, fieles cristianos laicos y a las instituciones católicas (asociaciones, comunidades, etc.) que la reproduzcan y distribuyan con la máxima amplitud.
  2. b)Como ya he indicado, la página web del Obispado de Alcalá de Henares ha creado un portal específico que podrá resultar útil para todos; solicito también que lo deis a conocer: obispadoalcala.org/abusos.html
  3. c)El Obispo diocesano queda a plena disposición de todos y particularmente de aquellos que han sufrido abusos y sus familias; pero además, como ya se ha hecho en otras diócesis, he decidido crear un Servicio de Asistencia Pastoral a las posibles víctimas de abusos sexuales, sus familias y comunidades, vinculado al Centro de Orientación Familiar (COF) Regina Familiae de nuestra diócesis. Sin excluir otras ayudas buenas y necesarias, el COF prestará el apoyo sistemático (espiritual, psicológico, jurídico, etc.) que en su caso pudiera ser necesario (cofalcala.com).
  4. d)Hace ya un tiempo, promoví que la Diócesis contratara para todas las líneas ADSL de acceso a Internet dependientes directamente de ella (Obispado, parroquias, seminarios, Cáritas, etc.), un filtro, que no es necesario instalar pues depende directamente del servidor, que presta muchos e interesantes servicios de protección, entre ellos limita el acceso a páginas web con contenidos no apropiados. Recomiendo a todos su uso; no solo es de utilidad para proteger a menores, también será de gran ayuda para la autoprotección de jóvenes y adultos de cualquier edad.
  5. e)En cuanto sea posible, el Obispado organizará sendas jornadas para sacerdotes y para laicos y seminaristas que impartirá un especialista en la materia.
  6. f) La Diócesis va a proceder a ponerse en contacto con la Pontificia Comisión para la Tutela de los Menores con el fin de informar sobre nuestras iniciativas y acoger cuantas sugerencias se nos hagan.

Conclusión: esperanza e invitación a la oración

Como nos recuerda el apóstol Pablo, «la esperanza no defrauda» (Rm 5, 5). Anclados en esta esperanza invito a todos a rezar, en primer lugar, por las víctimas y sus familias, por la verdad y por la justicia; también debemos rezar por la conversión de los agresores y, en general, por los que llevan una doble vida. Asimismo, debemos dar gracias a Dios y orar por nuestros sacerdotes, diáconos y religiosos beneméritos que, con la asistencia del Espíritu Santo, permanecen fieles a su vocación al servicio de Dios, de la Iglesia y del prójimo; sería injusto propiciar un clima generalizado de sospecha. También por los obispos hay que elevar plegarias al Señor, para que seamos fieles a nuestro ministerio de enseñar, santificar y gobernar, con amor, misericordia, ternura, verdad, claridad, valentía y determinación. «Que el Señor Jesús infunda en cada uno de nosotros (…) ese amor y esa predilección por los pequeños que ha caracterizado su presencia entre los hombres, y que se traduce en una responsabilidad especial respecto al bien de los menores y adultos vulnerables» (Papa Francisco, 2-2-2015). Todos estamos llamados, con la gracia de Dios, a vivir en humildad, sencillez y alabanza, pues sabemos que si no nos hacemos como niños no entraremos en el Reino de los cielos (Cf. Mt 18, 3). Por último, pidamos a Dios, por intercesión de la Sagrada Familia – Jesús, María y José – y de los santos mártires Pelayo y María Goretti, el don, para todos, de un corazón puro, misericordioso y justo, es decir, anclado en el Amor y la Verdad: dos nombres de Dios (Cf. Benedicto XVI, 3-2-2013).

Alcalá de Henares, 7 de marzo de 2015
Festividad de la Reversión de las Reliquias
de los Santos Niños Mártires Justo y Pastor
www.obispadoalcala.org/abusos.html

Juan_Antonio_Reig_Pla-Carta_sobre_abusos_sexuales

Carta pastoral Arzobispo de Sevilla, Juan José Asenjo Pelegrina, con motivo del Año Sacerdotal

Queridos hermanos sacerdotes,

Queridos diáconos y  seminaristas:

 En los inicios de mi ministerio como Arzobispo de Sevilla os dirijo mi primera carta como padre, hermano y amigo de los sacerdotes, diáconos y seminaristas. A todos os saludo fraternalmente en el ecuador del Año Sacerdotal, convocado por el Papa Benedicto XVI con el lema “Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote”. La ocasión de esta convocatoria es la celebración del CL aniversario de la muerte de San Juan María Vianney, el Cura de Ars. Como bien sabéis, el Santo Padre presidió la inauguración del Jubileo en  Roma el día 19 de junio en la celebración de las Vísperas del Sagrado Corazón. La clausura tendrá lugar también en Roma en idéntica fecha de 2010, coincidiendo con el Congreso Mundial de Sacerdotes convocado por el Papa, en el que San Juan María Vianney será proclamado patrón de todos los sacerdotes.

 1.  Un año de gracia, hoy más necesario que nunca. 

 El objetivo último de este año sacerdotal es renovar en profundidad nuestra adhesión cordial y total a Jesucristo, con el que sacramentalmente estamos configurados, ayudarnos a hacer vida en nosotros la “apostolica vivendi forma”, es decir la vida nueva inaugurada por el Señor Jesús y sus Apóstoles, ayudarnos a tender hacia la perfección moral que debe habitar en todo corazón sacerdotal y fortalecer la intimidad con el Señor, de la cual todo sacerdote está llamado a ser experto para poder conducir a las almas a él confiadas al encuentro con el Señor[1]. La Delegación Diocesana para el Clero ha preparado un elenco de iniciativas que a todos nos deben ayudar a vivir con intensidad este año de gracia que el Señor nos depara, de manera que nuestro Jubileo sacerdotal sea una auténtica Pascua para nuestro presbiterio y produzca en todos nosotros muchos frutos de santidad.

 Quiero comenzar compartiendo con vosotros una convicción: el problema principal, el problema de fondo, al que se enfrenta la Iglesia en España en estos momentos es la secularización interna. Es verdad que la nueva cultura hace más difícil nuestra tarea. El llamado pensamiento débil, al no admitir ninguna clase de verdades y certezas es un reto muy serio para la fe y pone en cuestión los compromisos fuertes, estables y definitivos. El hedonismo, el materialismo y el utilitarismo, por su parte, hacen difícil vivir en la atmósfera de tensión moral que exige el Evangelio, dificultan la adhesión a la doctrina moral de la Iglesia y son fuente de diferencias sociales e insolidaridad. Pero la cuestión principal a la que la Iglesia ha de hacer frente hoy entre nosotros no se encuentra en la sociedad, en el laicismo militante, en la orientación inmanentista de la cultura o en las iniciativas legislativas que prescinden de la ley natural, todo lo cual ciertamente obstaculiza nuestra misión y nos hace sufrir. El problema no es tanto externo, sino interno; “es un problema de casa y no sólo de fuera”[2].

 En una de sus pláticas a los clérigos San Juan de Ávila llama a los sacerdotes “guardas de la viña, cabezas, corazones y ojos…[de la Iglesia]”, añadiendo a continuación que “por el descuido de las cabezas, está la viña [de la Iglesia] tan estragada”[3]. En el momento histórico que nos ha tocado vivir, que algunos califican como final de una época, y que tantas analogías guarda con la época de San Juan de Ávila, yo también estoy convencido de que una de las causas, y no de pequeña importancia, de los males de los que en tantas ocasiones nos lamentamos, las dificultades que experimentamos para la penetración del Evangelio en esta cultura, el progresivo alejamiento de la Iglesia de nuestros fieles, el desfondamiento moral y el nihilismo de nuestra juventud, la escasa perseverancia de los niños y jóvenes después de recibir los sacramentos de la iniciación cristiana, está en nosotros los sacerdotes. Si fuéramos más santos, más celosos, más ejemplares y apostólicos, místicos y testigos al mismo tiempo, con una fuerte experiencia de Dios, florecería más la vida cristiana de nuestro pueblo, que necesita del acompañamiento cercano de sacerdotes santos.

 Por todo ello, considero una inmensa gracia de Dios la convocatoria del Año Sacerdotal. En él hemos de dar gracias a Jesucristo, Buen Pastor, que nos ha concedido en San Juan María Vianney un modelo extraordinario de vida y de servicio sacerdotal. Pero al mismo tiempo, esta efemérides debe ser para todos ocasión para renovar el carisma que recibimos mediante la imposición de manos del Obispo en nuestra ordenación sacerdotal (2 Tim 1,6). Mucho nos puede ayudar el conocimiento e imitación de esta figura extraordinaria[4], “verdadero ejemplo de pastor al servicio del rebaño de Cristo”, como lo ha calificado Benedicto XVI[5].

2.  El esplendor de la santidad del Cura de Ars.

 San Juan María Vianney nace en Dardilly, no lejos de Lyon, el 8 de mayo de 1786, y muere en Ars el 4 de agosto de 1859. Entre esas dos fechas, a las que se podría añadir la de su ordenación sacerdotal el 13 de agosto de 1815, su llegada a Ars en febrero de 1819, su canonización el 31 de mayo de 1925 por el Papa Pío XI, y su proclamación como patrono de los párrocos en 1929, se inscribe una de las biografías más conmovedoras y fecundas de toda la historia de la Iglesia. Con ocasión del centenario de su muerte, el Papa Juan XXIII publicó la encíclica Sacerdotii nostri primordia[6], en la que mostraba al Cura de Ars como modelo de vida y ascesis sacerdotal, modelo de piedad y de culto a la Eucaristía y modelo de celo pastoral para nuestro tiempo.

 Juan Pablo II, por su parte, en la Carta a los sacerdotes con ocasión del Jueves Santo de 1986, conmemorando el segundo centenario del nacimiento del Cura de Ars, nos recordaba que muchos de nosotros nos hemos preparado al sacerdocio teniendo ante la vista la figura de San Juan María Vianney, al mismo tiempo que nos pedía que su ejemplo no quede relegado al olvido, pues “hoy más que nunca tenemos necesidad de su testimonio y de su intercesión, para afrontar las situaciones de nuestro tiempo en que, a pesar de algunos signos esperanzadores, la evangelización está dificultada por una creciente secularización, descuidando la ascesis sobrenatural, perdiendo de vista las perspectivas del Reino de Dios, y donde a menudo, incluso en la pastoral, se dedica una atención demasiado exclusiva al aspecto social y a los objetivos temporales”[7].

 3.  Entregado a la predicación y al servicio de los pobres. 

 San Juan María Vianney tiene mucho que enseñarnos a los sacerdotes, pero también a nuestros seminaristas. A lo largo de sus años de preparación para recibir el don del sacerdocio tuvo que vencer innumerables obstáculos: el ambiente político y social imperante en Francia tras la Revolución, la deficiente preparación obtenida en la escuela rural de su aldea natal, la resistencia de su padre y, muy especialmente, sus dificultades en el aprendizaje y la memorización que le impidieron el dominio necesario del latín para poder estudiar la teología. Por ello, a pesar de su laboriosidad, fue apartado temporalmente del Seminario de Lyon. Sólo su voluntad tenaz, su valentía, su piedad, su amor a las almas y la escasez de sacerdotes, fruto de aquellos años azarosos, permitieron que a los veintinueve años recibiera la ordenación sacerdotal. Ninguna dificultad le arredró, ni siquiera los negros presagios que se cernían sobre el futuro del clero francés, como consecuencia del extremo galicanismo bonapartista.

 Ya sacerdote, se entregó con esmero a lo que hoy llamamos la formación permanente personal, a la lectura de autores espirituales y a la preparación de sus sermones, caracterizados por la unción, la convicción y la sencillez, plagados de alusiones a las experiencias cotidianas de sus oyentes. Estaba convencido de que el ministerio de la Palabra es absolutamente necesario para acoger la fe y la conversión, pues como él mismo escribe: “Nuestro Señor, que es la verdad misma, no hace menos caso de su Palabra que de su Cuerpo”[8].  Por ello, se entregó también con pasión a la catequesis de niños y adultos. Porque amaba a sus fieles con corazón de padre y entrañas de madre y buscaba en último término su salvación, en su predicación nunca bajó el nivel de las exigencias del Evangelio, ni se mostró condescendiente con el mal. “Si un pastor –escribe- permanece mudo viendo a Dios ultrajado y que las almas se descarrían, ¡ay de él! Si no quiere condenarse, ante cualquier clase de desorden en su parroquia, deberá pasar por encima del respeto humano y del temor a ser menospreciado u odiado”[9]. No obstante, a pesar de la angustia que le produce el solo pensamiento de que alguno de sus feligreses se pierdan para siempre y el mismo aspecto repulsivo del pecado, en su predicación insiste sobre todo en el atractivo de la virtud, en la ternura y la misericordia de Dios, en el gozo de sentirse amado por Él y de vivir en su presencia.

 Fruto de su caridad pastoral sobresaliente es también su amor a los pobres, a los que socorría generosamente, especialmente si estaban enfermos, privándose incluso de ropa, calzado y comida. Hasta veinticinco familias dependían de su caridad. A juicio de Catalina Lassagne, una de las almas que mejor acogieron su mensaje y su testimonio,“era rico para dar a los pobres, y pobre él mismo”[10]. Algunos años después de su llegada a Ars, fundó una especie de orfanato para jóvenes desamparadas. Le llamó “La Providencia” y fue el modelo de instituciones similares establecidas más tarde por toda Francia. Él mismo daba las catequesis a las niñas y jóvenes.

 4.  Su dedicación al sacramento del perdón.

 Pero el fruto más granado de su celo pastoral, la faceta más conocida del Cura de Ars, que además configura su carisma, es su dedicación perseverante al sacramento de la reconciliación. San Juan María Vianney desde el confesionario hizo de Ars, una pequeña aldea de cuarenta casas de adobe y no más de 230 almas, el corazón de Francia. Ya desde los comienzos de su servicio pastoral comenzaron a acudir a él gentes de otras parroquias vecinas; después de lugares distantes; y por fin, de toda la rosa de los vientos de la geografía francesa y de otros países. Durante los últimos diez años de su vida, pasó no menos de diez horas diarias en el confesionario; a veces hasta dieciséis o dieciocho, sufriendo el frío o el calor asfixiante y, sobre todo, la amargura por los pecados de sus penitentes, especialmente cuando denotaba falta de arrepentimiento.

 A lo largo de casi cuarenta años acogió con amor a los indiferentes para despertarlos al amor de Dios, reconcilió a grandes pecadores arrepentidos y guió innumerables almas a la perfección. Su consejo era buscado por obispos, sacerdotes, religiosos, jóvenes y mujeres con dudas sobre su vocación, pecadores, personas con toda clase de dificultades y enfermos. Su sucesor en la parroquia, B. NODET, dice que a partir de 1827, nueve años después de su llegada a la parroquia, acudían a él unas 20.000 personas al año, y que en 1858, el año anterior a su muerte, el número de peregrinos alcanzó la cifra de 80.000[11]. Su dirección se caracterizaba por el sentido común, la sencillez del lenguaje, su notable perspicacia y su sabiduría  sobrenatural, don del Espíritu Santo, buscando siempre el encuentro personal del penitente con Jesucristo.

 5.  La centralidad de la Eucaristía.

 Pero el centro de la vida espiritual y del ministerio del Cura de Ars fue la celebración de la Eucaristía. Para él, “todas las buenas obras reunidas no equivalen al sacrificio de la Misa, porque son obras de hombres y la Santa Misa es obra de Dios”[12]. Consciente de que en ella se renueva el sacrificio de la Cruz, pedía a los sacerdotes que al celebrarla se ofrecieran a sí mismos juntamente con la víctima divina. La celebración de la Eucaristía fue el sustento de su vida sacerdotal. Sus biógrafos nos refieren que se preparaba largamente cada día para celebrarla y que era conmovedor su recogimiento en la consagración y la comunión. Pasaba muchas horas en adoración ante el Santísimo, antes de la aurora o por la noche, y mientras él vivía pobremente, no escatimaba los gastos necesarios para que la casa del Señor resplandeciese por su ornato y dignidad.

 De esta forma, con su testimonio, sus feligreses fueron apreciando cada vez más la Santa Misa y la adoración eucarística, verdadero manantial de vida cristiana y de fidelidad, de manera que muy bien se puede afirmar que la Eucaristía, el sacramento de la penitencia, la predicación, la catequesis, la visita a los enfermos, su testimonio de desprendimiento, caridad y pobreza, y la gracia de Dios que actuaba a raudales a través del Cura de Ars, fueron transformando aquel pueblo en el que antes había mucha ignorancia religiosa, mucha indiferencia y escasa práctica religiosa. Se lo había advertido el Obispo al enviarle: “No hay mucho amor a Dios en esta parroquia, tú lo pondrás”[13].

 Así fue en realidad. En pocos años aquella feligresía se transformó. Llegan personas de toda Francia y de otros países, que a veces tienen que esperar varios días para poder verlo y confesarse. Lo que les atrae no es la curiosidad ni el maravillosismo, los milagros y las curaciones extraordinarias que el Cura de Ars trata de disimular. Buscan en cambio al santo, bajo una apariencia pobre y débil como consecuencia del trabajo pastoral, de los ayunos, penitencias y disciplinas; buscan al amigo de Dios, que huye de honores y protagonismos, que trasluce paz y serenidad, paciencia y buen humor y una sobresaliente capacidad para dirigir a las personas como guía y médico de almas.

 6.  La vida interior, manantial de su vida apostólica.

El manantial de la caridad pastoral y de la generosidad del Cura de Ars es, sin duda, su vida interior, su amor apasionado a Jesucristo, contemplado y adorado en las largas horas que pasa ante el Santísimo, un amor sin reservas ni límites, como respuesta a quien desde la Cruz nos ha amado primero. Por ello, se entrega sin tregua a la salvación de las almas, rescatadas por Cristo a tan gran precio, de modo que acojan en sus vidas el amor de Dios. Por Cristo, vive con radicalidad el Evangelio y las exigencias que Él señala a quienes envía a la misión: la unión con Él y la oración constante, la pobreza y la austeridad, la humildad, la renuncia de sí mismo y la penitencia y mortificación voluntarias, que en la vida de San Juan María Vianney fueron proverbiales, según nos refieren los testigos de su proceso de canonización, quienes afirman que su subsistencia hasta los setenta y tres años fue un milagro permanente, pues su alimentación y su descanso fueron humanamente hablando insuficientes.

 Desde su identificación con Cristo bebe el amor del Señor por las almas, en su caso por los fieles encomendados a su ministerio, a los que se entrega sin límites, sacrificando su tiempo, su salud y su persona entera. Refiriéndose al Cura de Ars escribió el Papa Juan Pablo II que “raramente un pastor ha sido hasta este punto consciente de sus responsabilidades, devorado por el deseo de arrancar a sus fieles del pecado o de la tibieza”[14]. Así se entiende también la plegaria que frecuentemente repetía: “Oh Dios mío, concededme la conversión de mi parroquia: acepto sufrir cuanto  queráis el resto de mi vida”[15].  

 

 7.  El Año Sacerdotal, llamada a una profunda renovación. 

  Queridos hermanos sacerdotes y seminaristas: casi a vuelapluma he intentado mostraros en las páginas precedentes la figura sencilla pero impresionante de San Juan María Vianney. Os recuerdo de nuevo el lema de este año jubilar: “Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote”. A la especial predilección con que el Señor nos ha distinguido, llamándonos a compartir su intimidad, su misión y sus tareas, a la fidelidad que ha derrochado con nosotros a pesar de nuestras pequeñas o grandes infidelidades, sólo podemos responder renovando y fortaleciendo nuestra fidelidad a Él hasta la muerte.

 Gracias a Dios, en los últimos años se han despejado muchos interrogantes sobre la identidad de nuestro sacerdocio, sobre todo en el plano teórico. Menos en el plano práctico y existencial. Todos debemos convencernos de que el único manantial de nuestra identidad es Cristo Sacerdote. No es la sociología o las tendencias culturales del momento presente las que deben marcarnos el paso fijando nuestra identidad y nuestro papel en la Iglesia y en la sociedad, pues lo harán siempre a la baja, laicizando o desnaturalizando la sacralidad de nuestro ministerio de acuerdo con los criterios de la cultura secularizada. Nuestro sacerdocio, como nos dijera el Papa Juan Pablo II, “está marcado con el sello del sacerdocio de Cristo, para participar en su función de único Mediador y Redentor”[16].

 Por ello, sólo nos realizamos plenamente como sacerdotes configurándonos existencialmente con Él y conformando nuestro corazón y nuestra vida según el Corazón sacerdotal de Cristo. Nos lo ha dicho también recientemente el Papa Benedicto XVI en su discurso a los miembros de la Congregación para el Clero el 16 de marzo de este año. Después de ponderar la necesidad de transmitir a las generaciones jóvenes, sacerdotes y seminaristas, “una buena formación, llevada a cabo en comunión con la Tradición eclesial ininterrumpida, sin rupturas ni tentaciones de discontinuidad” procurando “una correcta recepción de los textos del Concilio Ecuménico Vaticano II, interpretados a la luz de todo el patrimonio doctrinal de la Iglesia”, nos pide a los sacerdotes estar presentes en el mundo “identificables y reconocibles tanto por el juicio de fe como por las virtudes personales, e incluso por el vestido”[17].

 8.  La estima de nuestro sacerdocio.

 El Cura de Ars era muy consciente del inmenso don que el sacerdocio supone para el que lo recibe y también para la Iglesia y para la humanidad. Como nos ha dicho el Papa Benedicto XVI en su carta a todos los presbíteros del mundo con ocasión de nuestro Jubileo Sacerdotal[18], San Juan María Vianney solía repetir con frecuencia que “el sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús”[19]. Con esta frase reconocía con devoción y admiración el don grandioso que es un sacerdote para un pueblo. Para el Cura de Ars, “un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina”[20]. Él mismo escribió en una ocasión este hermoso pensamiento, que nos ha llegado a través de su sucesor en la parroquia de Ars: “Sin el sacerdote, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no servirían de nada…. Es el sacerdote el que continúa la obra de la redención sobre la tierra… ¿De qué nos serviría una casa llena de oro si no tuvierais a nadie para abrir la puerta? El sacerdote tiene la llave de los tesoros celestiales; es quien abre la puerta; es el ecónomo de Dios, el administrador de sus bienes… Dejad una parroquia veinte años sin sacerdote; se adorará a los animales…”[21].  

 De la conciencia de la dignidad del sacerdocio nace su gratitud constante al Señor por este don siempre inmerecido, un don del que nosotros los sacerdotes debemos ser cada día más conscientes. De la conciencia de la grandeza del sacerdocio nace además la estima que también nosotros debemos sentir por este don, el esmero con que debemos cuidar este tesoro que llevamos en vasijas de barro (2 Cor 4,7), y nuestro agradecimiento al Señor por habernos elegido y por haberse fijado en nosotros para asociarnos a su obra de salvación.

 9.  Exigencia de santidad.  

 De esta conciencia, cada día renovada, brota también su sentido de la responsabilidad, su entrega sin tregua al ministerio y su afán por la propia santificación. De aquí nace además su identificación profunda con su sacerdocio, su identificación todavía más honda con Jesucristo y su aspiración constante a la santidad. No es ocioso que os recuerde que si nuestros hermanos laicos están “invitados y aun obligados… a buscar insistentemente la santidad y la perfección dentro del propio estado”[22], mucho más lo estamos los sacerdotes, como nos encareciera el Concilio Vaticano II: “Los sacerdotes están obligados de manera especial a alcanzar esa perfección, ya que consagrados de manera nueva por la recepción del orden se convierten en instrumentos vivos de Cristo”[23].

 Otro tanto nos dejó escrito el Siervo de Dios Juan Pablo II, cuya doctrina sacerdotal y, sobre todo, cuyo testimonio de entrega a la Iglesia y a los fieles hasta el último aliento tanto tienen que enseñarnos a los sacerdotes. Tomemos buena nota de estas sugerencias preciosas: “La vocación sacerdotal es esencialmente una llamada a la santidad que nace del sacramento del orden. La santidad es intimidad con Dios, es imitación de Cristo pobre, casto, humilde; es amor sin reservas a las almas y donación a su verdadero bien; es amor a la Iglesia que es santa y nos quiere santos, porque ésta es la misión que Cristo le ha encomendado. Cada uno de nosotros debe ser santo, también para ayudar a los hermanos a seguir su vocación a la santidad”[24] .

 Por su parte, el Santo Padre Benedicto XVI nos acaba de decir que  “la Iglesia necesita sacerdotes santos; ministros que ayuden a los fieles a experimentar el amor misericordioso del Señor y sean sus testigos convencidos”, pues “aunque no se puede olvidar que la eficacia sustancial del ministerio no depende de la santidad del ministro, tampoco se puede dejar de lado la extraordinaria fecundidad que se deriva de la confluencia de la santidad objetiva del ministerio con la subjetiva del ministro”. Nos ha dicho también el Papa que el Cura de Ars se tomó muy en serio esta “humilde y paciente tarea de armonizar su vida como ministro con la santidad del ministerio confiado”[25]. Es la tarea que la Iglesia y el sentido común piden también de nosotros[26].

10.  Huyamos de la tibieza.

 En los últimos años, algunos análisis sobre la situación de la Iglesia en España han señalado, y puede que con razón, que a nuestra Iglesia le falta empuje misionero, dinamismo evangelizador e impulso místico, que tiene un horizonte espiritual de bajo perfil y una tendencia acentuada a la tibieza y al conformismo. Si esto fuera así, no cabe duda que los primeros responsables de esta situación seríamos nosotros, los obispos y los sacerdotes, y que la única forma de responder a este diagnóstico sería el crecimiento radical de la vida en el Espíritu recuperando la dimensión mística y sobrenatural de la vida cristiana y sacerdotal, es decir, aspirando con todas nuestras fuerzas a la santidad.

  El aburguesamiento espiritual y la tibieza es la situación espiritual más peligrosa que puede acechar a un cristiano, y mucho más a un sacerdote, porque el tibio no es consciente de su situación ni de los peligros que le amenazan. En consecuencia, no siente la necesidad de convertirse. El tibio trata de acercarse a Dios sin esfuerzo, sin renuncias, compatibilizando el servicio a Dios con pequeñas transigencias y condescendencias consigo mismo, que en realidad son pequeñas o grandes infidelidades. Es propio de la tibieza la tristeza, el desaliento y la dejadez en la vida interior. El tibio pierde la alegría de la entrega y el entusiasmo por Jesucristo. En este sentido nos dice el Cura de Ars: “El alma tibia no está aún absolutamente muerta a los ojos de Dios, ya que no están totalmente extinguidas en ella la fe, la esperanza y la caridad, que constituyen su vida espiritual. Pero su fe es una fe sin celo; su esperanza, una esperanza sin firmeza; y su caridad, una caridad sin ardor”[27].

  Queridos hermanos sacerdotes: sacudámonos la tibieza que nos esteriliza y que hace también estéril nuestro ministerio. Volvamos al amor primero (Cf. Ap 2,4-5) y al fervor y los grandes ideales que henchían nuestro corazón el día de nuestra ordenación. Recuperemos el único centro de nuestra vida, que no es otro que el Señor. Él es nuestra heredad más preciada, nuestra única posible plenitud y la fuente principal de nuestro equilibrio psicológico, que nace de la conformidad entre lo que predicamos con los labios y lo que vivimos en el fondo de nuestro corazón. La conversión del corazón no es patrimonio ni obligación exclusiva de los grandes pecadores. También nosotros necesitamos convertirnos porque “en muchas cosas erramos todos” (St 3,2) y “si decimos que no hemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros.” (1 Jn 1,8).

11.  Pongamos los medios ordinarios que nos ayudan en nuestra fidelidad.

 La santidad de vida que exige nuestro sacerdocio, la fidelidad a la que todos somos llamados y la conversión continua no es posible si no ponemos los medios ordinarios que la Iglesia siempre nos ha recomendado, en primer lugar la confesión frecuente, preparada cada día en el examen diario de conciencia, que tanto puede ayudarnos a hilar fino en nuestra vida espiritual. Apreciemos cada día más el sacramento de la penitencia, del que nosotros no sólo somos ministros, sino también beneficiarios. Que nuestros fieles nos vean confesarnos con frecuencia para que también ellos estimen cada vez más este hermoso sacramento[28]. Los feligreses de Ars contemplaban a su párroco confesarse derramando abundantes lágrimas. Así fue creciendo entre ellos el aprecio por este sacramento “en el que –como él mismo nos dice- Dios parece olvidar su justicia para manifestar únicamente su misericordia”[29]. El Papa Juan Pablo II nos dejó escrito a los sacerdotes que “el sacramento de la reconciliación es un instrumento fundamental para nuestra santificación”. Él nos dijo además que este sacramento, “irrenunciable para toda existencia cristiana, es también ayuda, orientación y medicina de la vida sacerdotal”[30].  

 Otro medio imprescindible es la recitación consciente y fervorosa de la Liturgia de las Horas, cuyo aprecio todos debemos fortalecer y que en algunos casos habremos de recuperar. San Juan María Vianney recitaba esta plegaria de rodillas en la sacristía como la alabanza esencial a la Santísima Trinidad[31]. “El breviario -escribe- es mi fiel compañero; no sabría ir a ninguna parte sin él. ¿No hay unas gracias particulares atadas a la Sagrada Escritura? El breviario está compuesto por los más hermosos fragmentos de la Sagrada Escritura y las más bellas plegarias” [32].  

Y junto a la oración litúrgica, la oración personal. El Señor nos ha llamado en primer lugar para estar con Él y después para enviarnos a predicar (Mc 3,14). Nos ha llamado, pues, a compartir su intimidad, a conocer su identidad más profunda, para después confesarlo cada vez con mayor hondura y convicción. No es posible vivir la misión apostólica, sin estar con Él, sin la oración de amistad e intimidad. En realidad, ambos aspectos, “para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar”, constituyen la cara y la cruz de la misma moneda, de la misma llamada y, por tanto, del mismo y único ministerio. Así lo entienden también los Apóstoles, que cuando eligen a los diáconos (Hech 6,4), explican el paso que acaban de dar apelando a la necesidad de dedicarse íntegramente al ministerio, que ellos concretan en dos actividades: la oración y la predicación. Esto quiere decir, que estar con Él y predicar su nombre, son dos partes inseparables del ministerio de salvación que también nosotros hemos recibido.

  Si esto es así, la conclusión es evidente: la oración, nacida de la amistad, pertenece esencialmente a la misión, que no se concibe sin la oración, pues las funciones que conlleva no son las propias de los funcionarios profesionales, sino las propias de los amigos, los amigos del Esposo (Lc 5, 33-39). Así nos lo dice la Iglesia en un documento dirigido directamente a nosotros los sacerdotes: “Para desarrollar un ministerio pastoral fructuoso, el sacerdote necesita tener una sintonía particular y profunda con Cristo, el Buen Pastor, el único protagonista principal de cada acción ministerial”[33].

 Así lo vivió San Juan María Vianney. Nos lo refiere su sucesor B. NODET, quien nos asegura que “hacia las cuatro de la mañana, los vecinos podían ver una linterna cruzar una parte del pequeño cementerio y desaparecer por la puerta de debajo del campanario. El señor Cura iba a rezar…”[34]. Él estaba convencido de que si la amistad no se forja en la oración, también la misión pierde su identidad, su calidad y su eficacia. Por ello, cultiva fervorosamente la oración contemplativa, en la que, como él mismo escribe, “Dios y el alma son dos pedazos de cera que se funden juntos”[35]; y cultiva además la oración apostólica, en la que tiene presentes los nombres, las necesidades y los dolores de sus fieles y de quienes llegan de todas partes buscando luz y consejo, encomendando al Señor, en unos casos su conversión y en otros su crecimiento como hijos de Dios[36].   

  Entre los medios que nos ayudan eficazmente a vivir fielmente nuestro sacerdocio y a crecer en caridad pastoral, hemos de mencionar también “la devoción filial y auténtica” a la Santísima Virgen, a la que el Papa Juan Pablo II presentaba como “maestra en escuchar y cumplir prontamente la Palabra de Dios”, modelo para los pastores de fidelidad al único Maestro, y modelo “en la estabilidad de la fe, en la confiada esperanza y en la ardiente caridad”[37]. El alma sacerdotal de María es modelo de nuestra caridad pastoral, que ella ejerce de modo eminente en Pentecostés, caldeando en la oración el corazón de los primeros evangelizadores, y sobre todo, al pie de la Cruz, aceptando el sacrificio y la muerte de su Hijo para la salvación de toda la humanidad necesitada de redención. El Cura de Ars profesó una tierna devoción a la Santísima Virgen, a la que llama “su más viejo amor”, “mejor que la mejor de las madres”, la luz de sus días oscuros, que “puede compararse a un hermoso sol en un día de niebla”. Él mismo nos confiesa lo que María ha significado en su vida: “He bebido tan a menudo de esta fuente, que ya no quedaría nada desde hace tiempo, si no fuera inagotable”[38].

  Cada uno de nosotros sabemos mejor que nadie lo que la Santísima Virgen ha representado en nuestra vida de niños, de seminaristas y de sacerdotes. Ella ha sido y debe seguir siendo la madre, la tesorera y guardiana de nuestra vocación, el aliento de nuestra fidelidad y de nuestro apostolado, refugio, socorro, consuelo, auxilio en nuestras dificultades, estrella y guía de nuestro sacerdocio. Qué bueno sería que en este Año Sacerdotal tratáramos de recuperar el rezo del Santo Rosario, que no deberíamos dejar por nada del mundo, pues es un signo sencillo pero elocuente de nuestro amor filial a nuestra Señora. 

  Otros medios importantes y muy recomendados por la Iglesia para favorecer nuestra fidelidad son los Ejercicios Espirituales y Retiros. La propia experiencia nos enseña cuantísimo bien nos reportan estas practicas periódicas, que son una verdadera necesidad en nuestra vida personal como cristianos y una verdadera urgencia como pastores[39]. Por desgracia, son muchos los hermanos sacerdotes que año tras año olvidan los Ejercicios Espirituales, hoy más necesarios que nunca para mantener la tensión espiritual y el celo apostólico. En este sentido nos ha dicho el Papa Benedicto XVI que “en un tiempo como el actual, en el que la confusión y multiplicidad de los mensajes y la rapidez de cambios y situaciones dificultan de especial manera a nuestros contemporáneos la labor de poner orden en su vida y de responder con determinación y alegría a la llamada que el Señor dirige a cada uno de nosotros, los Ejercicios Espirituales constituyen un camino y un método particularmente valioso para buscar y hallar a Dios en nosotros, en nuestro alrededor y en todas las cosas, con el fin de conocer su voluntad y de llevarla a la práctica”[40].

 Algo parecido cabe decir de la Dirección Espiritual, a la que dedicó una parte fundamental de su vida San Juan María Vianney, y de la cual fue un consumado maestro, no tanto por sus conocimientos teóricos, sino por la afinidad y sabiduría que el Señor concede a aquellas almas que viven en permanente familiaridad con Él. El autor del libro del Eclesiastés nos dice que “más valen dos que uno solo, porque mejor logran el fruto de su trabajo. Si uno cae el otro le levanta; pero ¡ay del que esta solo, que, cuando cae, no tiene quien le levante!” (4,9-10).

El Papa Pío XII nos dejó escrito a los sacerdotes este sabio consejo: “en el camino de la vida espiritual no os fiéis de vosotros mismos, sino que, con sencillez y docilidad, pedid consejo y aceptad la ayuda de quien, con sabia moderación, puede guiar vuestra alma, indicaros los peligros, sugeriros los remedios oportunos, y en todas las dificultades internas y externas os puede dirigir rectamente y encaminaros a ser cada día mas perfectos […]. Sin esta prudente guía de la conciencia, de modo ordinario, es muy difícil secundar convenientemente los impulsos del Espíritu Santo y de la gracia divina”[41]. El Papa Juan Pablo II por su parte nos ha dicho que la dirección espiritual es “un medio clásico que no ha perdido nada de su valor, no sólo para asegurar la formación espiritual, sino también para promover y mantener una continua fidelidad y generosidad en el ministerio sacerdotal”[42]. Sigamos estas recomendaciones de la Iglesia y recuperemos o potenciemos en nuestra vida sacerdotal este medio tan importante para crecer en la vida interior, en amor al Señor y en la vivencia fiel y gozosa de nuestro ministerio[43].

Otro medio importante que nos ayuda en la fidelidad y en el  ejercicio ilusionado de nuestro ministerio es la fraternidad sacerdotal, que nace de nuestra común participación en el único sacerdocio de Jesucristo y que no puede quedar reducida a los encuentros anuales con ocasión de la Misa Crismal, la fiesta de San Juan de Ávila, o a los encuentros festivos en Navidad o en la clausura del curso pastoral en los arciprestazgos. Nuestra amistad con Jesús debe prolongarse en la amistad con el compañero sacerdote. Como buenos pastores debemos ser amigos de los laicos, sobre todo de los pobres, de los enfermos, de los que sufren, los parados, los inmigrantes, los niños, los jóvenes y las familias. Pero el amigo más entrañable del sacerdote debe ser el compañero sacerdote, porque en la ordenación se ha establecido entre nosotros una relación ontológica y esencial, pues juntos participamos del mismo sacerdocio. Por lo tanto, no puede ser adversario, ni rival. Es amigo y hermano.

 Por ello, hemos de cultivar entre nosotros la amistad franca, leal y cálida, que se expresa en la visita, en la acogida, en la inserción activa en el arciprestazgo, en la ilusión por rezar juntos y trabajar en equipo, en la preocupación por su salud física, psicológica y espiritual, en hablar bien del compañero, en la corrección verdaderamente fraterna, en el apoyo incondicional[44]. Los primeros en escuchar el mandamiento nuevo en la noche de la Cena son los Apóstoles y a ellos les urge de manera especial el deber de amarse, quererse y ayudarse. ¡Cuántas defecciones se hubieran evitado en la Iglesia en los últimos decenios, si los sacerdotes hubiéramos estado más pendientes de nuestros compañeros, tendiéndoles la mano y ayudándoles a superar los baches y dificultades!

 12.  Otras actitudes imprescindibles.

 Me refiero en primer lugar a la virtud de la pobreza, exigencia de nuestra identificación con Jesucristo, que siendo rico se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza (2 Cor 8,9)[45]. Al Cura de Ars le impresionaba grandemente meditar sobre la pobreza de la cueva de Belén y del hogar de Nazaret, en el que el Señor vive la mayor parte de su vida. Le impresionaba también la pobreza de Jesús durante su ministerio público, en el que depende de las limosnas de sus amigos y discípulos (Lc 8,3), careciendo de un hogar en el que reclinar su cabeza (Mt 8,20). También a nosotros nos debe impresionar este rasgo de la vida de nuestro Maestro. Efectivamente, no seremos discípulos cabales y ministros veraces de Jesucristo si no vivimos con finura y al detalle la pobreza, que el Papa Juan Pablo II calificó como la “sumisión de todos los bienes al Bien supremo de Dios y de su Reino” [46].

 Nada amortigua tanto la ilusión sacerdotal, la entrega a Jesucristo y a nuestros fieles como el amor a las riquezas, que nos esclavizan e impiden que nos arrodillemos solamente ante el Señor de nuestras vidas, que nos ha elegido y que es nuestra única heredad (Núm 18,20). Nada nos endurece tanto espiritualmente como el apego el apego a los bienes de la tierra y la incapacidad y cerrazón para compartirlos con los necesitados. Por ello, el Concilio Vaticano II invitó a los sacerdotes a que “abracen la pobreza voluntaria, por la que se conforman más manifiestamente a Cristo y se tornan más prontos para el sagrado ministerio”[47]. También en esto San Juan María Vianney es modelo consumado. Los testigos de su proceso de canonización afirman que a su muerte, nada podía dejar en testamento, pues nada tenía[48]. Algunos de ellos le habían oído decir en una ocasión: “Mi secreto es muy simple: darlo todo, no guardar nada”. Otros aseguran haberle oído decir algunos años antes de su muerte: “Estoy muy contento. No tengo nada de nada. Dios puede llamarme cuando quiera”[49].  

 

 Otra clave esencial en nuestro camino de fidelidad es el amor a la cruz, es decir, apreciar, buscar y gustar la cruz, que es locura para los judíos y escándalo para los griegos, pero “para nosotros, sabiduría y fuerza de Dios”. El Cura de Ars “fue un gran penitente, discípulo en esto de los Padres del desierto”. Nos lo confiesa su sucesor B. NODET, que tenía muchos motivos para saberlo. El propio Vianney estaba convencido de que “la cruz es el libro más sabio que se puede leer. Los que no conocen este libro son unos ignorantes aunque conozcan todos los otros libros”[50]. Efectivamente, en la cruz se manifestó el amor extremo con que Dios amó a su Hijo y ama a los hombres. Jesucristo nos declaró su amor con el lenguaje de la cruz y nosotros no podemos proclamar y comunicar este amor sin utilizar el mismo lenguaje. Aunque en nuestra sociedad hedonista el Evangelio de la Cruz resulte chocante y hasta repulsivo, es preciso recordar sin disimulos que es imposible aspirar a la santidad huyendo de la Cruz, de la mortificación voluntaria y de la aceptación por amor del dolor y el sufrimiento que generan la convivencia y las  limitaciones físicas o psicológicas que el Señor permite en nuestra vida. Hoy más que nunca necesitamos recuperar en la espiritualidad de los sacerdotes y de todos los cristianos el valor único de la Cruz, el amor al Crucificado y la identificación con Él.

 13. Nuestra caridad pastoral.   

En páginas anteriores, me he referido a la caridad pastoral de San Juan María Vianney. Efectivamente el Cura de Ars fue una copia del modelo por excelencia, Jesucristo, el Buen Pastor, pues vivió desviviéndose por sus fieles, entregando su vida a la Iglesia y a las almas a imitación de Cristo, “que amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella” (Ef 5,25). Él se entregó a su parroquia con la misma intensidad con que el esposo bueno y fiel se entrega a su esposa. Desde su amor apasionado a Jesucristo y desde su identificación total con el Señor, contemplado en la oración, el Cura de Ars asimiló el espíritu y los rasgos del amor pastoral que Jesús tiene a los hombres, haciendo visible el amor de Cristo Pastor, encarnado, prolongado, continuado y actualizado en su propio amor a la comunidad de Ars que la Iglesia le encomendó. Él estaba convencido y así se lo decía a sus fieles, que “el sacerdote no es sacerdote para él… Lo es para vosotros”[51].  

 La caridad pastoral es el primer rasgo del presbítero diocesano secular y nuestro principal camino de santificación[52]. Después del cultivo de la vida interior, motor y manantial de todas nuestras actividades, el servicio pastoral a nuestros fieles debe ser nuestro único interés. Todos los demás intereses y valores han de quedar subordinados a este principalísimo deber, a este principalísimo amor, que tiene la primacía sobre todos los demás intereses u opciones. Todo en nuestra vida sacerdotal debe estar ordenado a la caridad pastoral: nuestros compromisos familiares, amistades, relaciones, aficiones, ocupaciones, forma de vivir, gastos o vacaciones. Todo debe confrontarse con la caridad pastoral; y si alguna de estas realidades es un obstáculo para servir a nuestros fieles con alma, vida y corazón, habremos de replantearnos nuestra relación con ellas y rehacer nuestras opciones fundamentales y programas. El Papa Juan Pablo II nos decía que “la caridad pastoral es principio interior y dinámico capaz de unificar las múltiples y diversas tareas del sacerdote”[53], lo cual quiere decir que nuestra única pasión como pastores debe ser servir y amar a nuestros fieles, nuestra verdadera y auténtica familia, con el deseo de verlos crecer como hijos de Dios, como miembros activos y dinámicos de la Iglesia y como hermanos reconciliados.

La gracia que el Espíritu Santo nos infundió el día de nuestra ordenación nos capacita e impulsa a amarles como el Señor los ama, a entregar la vida por ellos, como el buen Pastor (Jn 10,15); a servirles y a compartir con ellos nuestra mayor riqueza, Jesucristo; a anunciarlo, mostrarlo y darlo a todos, saliendo para ello a los caminos y a las encrucijadas para buscar a los que se han marchado o a los que nunca han estado en el redil, para que también ellos disfruten de la mesa cálida y familiar de la Iglesia. Así es el amor pastoral de Jesús.

 Él conoce a sus ovejas (Jn 10,14), y éstas conocen su voz (Jn 10,4), las llama por su nombre (Jn 10,3), se apiada de la oveja perdida y la busca, aunque tenga que dejar a las otras noventa y nueve (Lc 15,4-7).  La vivencia cabal del ministerio de salvación que el Señor nos ha confiado ha de impulsarnos a gastarnos y desgastarnos por nuestros fieles, sin medida, sin recortes y sin reloj, de sol a sol, pues lo nuestro es servir, lo nuestro es el “amoris officium”, como escribiera San Agustín[54]. Debe impulsarnos además a conocerles, a compartir sus luchas, sufrimientos y problemas, amando con cercanía afectiva, familiaridad, compasión y ternura a los niños, a los jóvenes, a los enfermos, a las familias y a los pobres. Como San Pablo y como el Cura de Ars, hemos de entregar a nuestros fieles nuestra propia persona (1Tes 2,8), con tal de que conozcan a Dios y a su enviado Jesucristo y disfruten de la gracia de la filiación.

 Todos estamos convencidos de nada necesita nuestro mundo con más urgencia que a Jesucristo, el único que puede dar respuesta a los grandes problemas del mundo, al sufrimiento, la desesperanza y la angustia de tantos hermanos nuestros. Por ello, os invito, queridos hermanos sacerdotes, a reavivar en este año de gracia el carisma que el Espíritu Santo nos regaló el día de nuestra ordenación y a huir del estilo de vida funcionarial, que tanto tiene que ver con la actitud del mercenario, al que no le importan las ovejas (Jn 10,5.12-13). Dios quiera que en este Año Jubilar todos hagamos crecer en nuestros corazones la llama del amor pastoral a nuestros fieles. Este don del Espíritu, compartido con nuestros hermanos presbíteros y que es participación del amor pastoral de Jesús, es el secreto manantial de la ilusión sacerdotal y del celo por las almas cada día renovado. Es lo único que nos mantendrá frescos en esta coyuntura, en la que a ojos vista ha diminuido el aprecio social por nuestra tarea, acompañada en muchas ocasiones por la incomprensión o el desprecio, y por las condiciones adversas en que nos sitúa la secularización.

  No quisiera dejar de deciros que en nuestro ministerio y en nuestra entrega a los fieles, junto a la Eucaristía, el mejor servicio que podemos prestarles es el anuncio de la Palabra de Dios en la homilía, en la catequesis, en las charlas de formación y en el acompañamiento espiritual. En todas estas ocasiones no podemos olvidar la comunión con la Iglesia. La Palabra es de Dios, no es nuestra, como no es nuestra la doctrina, que es de la Iglesia. El Pueblo de Dios tiene derecho a escuchar de los labios de sus sacerdotes la Palabra íntegra, sin adulterarla, sin arrancar páginas. Tiene derecho igualmente a que le entreguemos la doctrina genuina, sin reduccionismos, en comunión estrecha con el Magisterio del Papa y de los Obispos. No son admisibles las mutilaciones selectivas, de acuerdo con los dogmas seculares de la nueva cultura inmanentista, como tampoco lo es, como recientemente nos ha dicho el Papa, tamizar la doctrina auténtica del Concilio Vaticano II por nuestra sensibilidad, por nuestras opciones personales o desde posiciones ideológicas ajenas a la Tradición viva de la Iglesia, pues no nos predicamos a nosotros mismos, sino la Palabra sacrosanta e intemporal de Jesucristo, de la que la Iglesia es su depositaria e intérprete.

  Otro tanto cabe decir del respeto que debemos observar por las normas litúrgicas, en la celebración de la Santa Misa y en la administración de los sacramentos, pues ni la Eucaristía ni los sacramentos son nuestros, sino de la Iglesia. No caben, pues, arbitrariedades ni protagonismos, que sólo corresponden al Señor[55].  

 14. Crezcamos en disponibilidad para servir a nuestros fieles el sacramento del  perdón.

 En páginas anteriores, me he referido a la dedicación heroica de San Juan María Vianney al confesionario y a la dirección espiritual, rasgo que constituye una parte notable de su carisma[56]. Por ello, me permitiréis unas palabras sobre nuestra obligación, por imperativo de justicia, de facilitar a nuestros fieles el acceso a la confesión individual, a la que tienen un derecho objetivo y reconocido por la Iglesia. Como bien sabéis, el sacramento del perdón en estos momentos sigue sumido en una profunda crisis que viene de décadas anteriores, como consecuencia de la pérdida del sentido del pecado, del individualismo, de la autosuficiencia y de la resistencia por parte de algunos cristianos e, incluso de algunos sacerdotes, a admitir las mediaciones.

 Permitidme que comparta con vosotros una convicción, que entraña también una preocupación: también nosotros los sacerdotes tenemos una responsabilidad no pequeña en este estado de cosas, pues en los últimos decenios nos ha faltado disponibilidad para poner al alcance de nuestros fieles este sacramento precioso, el sacramento de la paz, de la alegría y del reencuentro con Dios. Por ello, no sería pequeño el fruto de este Año Sacerdotal, si además de ayudarnos a fortalecer nuestra fidelidad al Señor, como reza la convocatoria, todos tratáramos de recuperar en nuestras parroquias el sacramento de la penitencia, de acuerdo con la mente y las normas de la Iglesia[57], mostrándonos disponibles, dedicándole tiempo, dándole toda la importancia que le corresponde, insistiendo en la conversión y la vuelta a Dios, la petición de perdón, el arrepentimiento y la satisfacción, sin los cuales la renovación de este sacramento será sencillamente imposible.

  Personalmente estoy convencido de que nuestra dimisión del confesionario y de la dirección espiritual personalizada de los fieles es una de las causas más importantes de la atonía espiritual de nuestras parroquias y de la aguda crisis vocacional que padecemos. Por ello, a todos os invito a entregaros con perseverancia a este ministerio, sin duda “una de las expresiones más significativas de nuestro sacerdocio”[58]. Es verdad que en ocasiones es una tarea difícil, la más delicada y exigente, y muchas veces la más agotadora, pero es también una de las más hermosas y consoladoras, como escribiera el Papa Juan Pablo II en la exhortación postsinodal sobre la penitencia[59].

  Benedicto XVI, por su parte, nos ha dicho en la carta de convocatoria del Año Sacerdotal que “los sacerdotes no deberían resignarse nunca a ver vacíos sus confesonarios ni limitarse a constatar la indiferencia de los fieles hacia este sacramento. En Francia, en tiempos del Santo Cura de Ars, la confesión no era ni más fácil ni más frecuente que en nuestros días, pues el vendaval revolucionario había arrasado desde hacía tiempo la práctica religiosa. Pero él intentó por todos los medios, en la predicación y con consejos persuasivos, que sus parroquianos redescubriesen el significado y la belleza de la penitencia sacramental”[60]. Ese es también nuestro reto y nuestra tarea.

 15. En el mundo, sin ser del mundo.

 No quisiera soslayar en esta mi primera carta pastoral, queridos sacerdotes y seminaristas de Sevilla, una de las notas características de nuestro sacerdocio diocesano, la secularidad. Estamos en el mundo, pues de otra forma no podríamos servir al Señor y a nuestros hermanos, anunciando su nombre, predicando su Evangelio y ejerciendo en favor de nuestros fieles el ministerio de salvación que Jesucristo nos ha confiado. En este sentido, nuestro modo de presencia en el mundo es muy distinto del de nuestros hermanos religiosos, especialmente los contemplativos.

 Hemos de vivir, pues, cerca de nuestros fieles, metidos en su harina, como el fermento, compartiendo con ellos sus alegrías y esperanzas y también sus frustraciones y dolores. Porque vivimos para ellos, hemos de vivir con ellos. No cabe, pues, automarginarse, vivir en una torre de marfil, esperando simplemente a que nos busquen en el despacho, ajenos a las necesidades de nuestro pueblo. Lo nuestro no es la “fuga mundi”, por miedo, por pusilanimidad o por creer que es éste nuestro camino de santidad. El autor de la carta a los Hebreos nos dice que “hemos sido tomados de entre los hombres y puestos en favor de los hombres para las cosas que miran a Dios, para ofrecer ofrendas y sacrificios por los pecados, para compadecernos de los ignorantes y extraviados” (Heb 1,1-2). La secularidad es, por lo tanto, nuestro ámbito natural como sacerdotes diocesanos.

 Pero siendo esto cierto, siendo verdad que el mundo es nuestro campo de trabajo, no es menos verdad que no somos del mundo, como nos dice el Señor en la oración sacerdotal (Jn 17,16). Uno de los riesgos más acentuados que tenemos los sacerdotes seculares en esta hora es que aquello que es como una de las notas propias de nuestro ministerio, la secularidad, derive en secularismo y que quien ha sido elegido para llevar al mundo la salvación de Jesucristo, termine siendo engullido y fagocitado por el espíritu del mundo. En este sentido quiero recordaros que no todo lo que pueden hacer lícitamente nuestros hermanos seglares, lo podemos hacer los sacerdotes, de la misma forma que los jóvenes sacerdotes no pueden frecuentar, ni siquiera con una intención buena y apostólica, los lugares que ordinariamente, especialmente en los fines de semana, frecuenta la juventud; y no sólo por evitar el escándalo de los fieles, que en ocasiones lo manifiestan abiertamente, sino también porque los frutos apostólicos son escasos o nulos y el único fruto apreciable es la desvitalización de nuestra existencia sacerdotal.

 Permitidme que os cite un fragmento de la homilía pronunciada por el Papa Juan Pablo II en Valencia el 8 de noviembre de 1982 en la ceremonia de ordenación de sacerdotes, durante su primera visita apostólica a España. Es enormemente clarificador. Después de afirmar que lo que realmente nos aleja de los fieles es el olvido o el descuido de nuestra consagración, el Papa dijo en aquella ocasión solemne a los nuevos sacerdotes: “Ser uno más en la profesión, en el estilo de vida, en el modo de vestir, en el compromiso político, no os ayudaría a realizar plenamente vuestra misión; defraudaríais a vuestros propios fieles, que os quieren sacerdotes de cuerpo entero: liturgos, maestros, pastores, sin dejar por ello de ser, como Cristo, hermanos y amigos”[61].  

16. Conclusión. 

  Queridos hermanos sacerdotes y seminaristas: acoged cordialmente esta carta, nacida de la conciencia de la responsabilidad que acabo de contraer con el Señor, con la Iglesia y con todos vosotros, pues como escribiera el Papa Juan Pablo II,  “el Obispo ha de tratar de comportarse siempre con sus sacerdotes como padre y hermano que los quiere, escucha, acoge, corrige, conforta, pide su colaboración y hace todo lo posible por su bienestar humano, espiritual, ministerial…”. Porque estoy convencido de ello, y porque “uno de los primeros deberes del Obispo diocesano es la atención espiritual a su presbiterio”[62], os he dirigido esta exhortación, la primera que escribo como Arzobispo de Sevilla, invitándoos a vivir con responsabilidad e ilusión el Año Sacerdotal que el Santo Padre nos ha regalado.

 Pido al Señor y a su Madre bendita, madre de los sacerdotes, tan bellamente representada en la capilla de nuestro Seminario Metropolitano en la  espléndida copia del original conservado en el Palacio de San Telmo, que todos  vosotros lleváis filialmente en vuestra retina, y sobre todo en vuestro corazón, que esta efemérides sea para todos un verdadero acontecimiento de gracia, que renueve nuestro sacerdocio, y que fortalezca en nosotros, como nos ha dicho Benedicto XVI, “los ideales de total donación a Cristo y a la Iglesia que inspiraron el pensamiento y la tarea del Santo Cura de Ars… su ferviente vida de oración y su apasionado amor a Jesús crucificado”[63]. Que su testimonio de entrega sin reservas a Jesucristo y a la Iglesia, nos ayude a todos a refrescar la gracia que un día se nos entregó (Cf. Ap 3,11), a  robustecer nuestra fidelidad a Él hasta la muerte (Cf. Ap 2,10), a dejarnos seducir de nuevo por el Señor y a volver al amor primero (Cf. Ap 3,20).  Pidamos muchas veces al Señor a lo largo de este año que sea Él quien nos vuelva a encontrar, quien nos vuelva a conquistar, como encontró y conquistó a Pablo en el camino de Damasco (Cf. Fp 3,9), que sea Él, con la fuerza de su Espíritu, quien derrame el amor en nuestros corazones para hacernos hombres nuevos, sacerdotes nuevos, con un corazón nuevo y un espíritu nuevo, que aspiran con determinación a la santidad, enamorados del Señor y de nuestra hermosísima misión en la Iglesia.

  Concluyo ya, agradeciéndoos de corazón la acogida fraterna que me habéis dispensado en mis visitas a las parroquias de la ciudad y de las distintas Vicarías y en los contactos que he tenido con vosotros en el despacho desde mi toma de posesión como Arzobispo Coadjutor el pasado 17 de enero. Desde el 28 de octubre del año pasado, en que la Santa Sede me comunicó mi nombramiento, no he dejado de rezar ni un solo día por vosotros, por el Seminario, por los miembros de la Vida Consagrada y por los laicos, y especialmente por los jóvenes, esperanza de nuestra Iglesia diocesana, para que todos seáis fieles a la espléndida historia cristiana de nuestra Archidiócesis. Os ruego que cultivéis con especial esmero e interés la pastoral vocacional, la pastoral juvenil, el apostolado seglar, la pastoral de la familia y de la vida, y que seáis siempre, pero especialmente en la coyuntura que estamos viviendo, marcada por la crisis económica y por el sufrimientos de tantos hermanos nuestros, verdaderos padres de los pobres, como San Juan María Vianney, como San Juan de Ávila y el Beato Marcelo Spínola. Vivid cerca de los pobres, compartiendo con ellos incluso lo necesario, porque cuando el amor no duele, es pura hipocresía. 

 Contad siempre con mi afecto y amistad y con mi mejor disponibilidad para serviros en todo lo que me sea posible. Rezad también vosotros por mí, para que el Señor me conceda el corazón, las entrañas y el estilo de Jesucristo, Buen Pastor, para que me gaste y me desgaste en el anuncio de Jesucristo y el Señor haga fecundo mi ministerio para gloria de Dios.

Un abrazo cordial y la bendición de vuestro hermano y amigo.

Cardenal García Gasco: “No al desinterés y pasotismo público”

Mons. García Gasco

ARZOBISPADO VALENCIA

Cardenal García Gasco: “No al desinterés y pasotismo público”

El purpurado, en su Carta-Pastoral, llama a ser solidarios con los parados ante los difíciles tiempos que se avecinan.

Agustín García-Gasco, Cardenal Arzobispo de Valencia, hace un llamamiento -en su Carta de esta semana- a ejercer la solidaridad con los parados y con los afectados por la precariedad laboral.

El purpurado asegura que “nuestra sociedad requiere más que nunca de personas responsables que no agoten los recursos al son de los efímeros ciclos electorales” y añade que “es hora de que las instituciones y personas que conformamos la Iglesia ejerzamos la solidaridad y abramos nuestros brazos a las víctimas del paro y a los que sufren la inestabilidad laboral”.

De igual modo, el cardenal García-Gasco alerta también en su carta de que “si no se cuidan los elementos culturales e históricos más profundos en los que se asienta la participación solidaria, la democracia puede verse empobrecida y seriamente dañada por posturas que llevan al ciudadano al desinterés y al pasotismo público”.

Al comienzo de su carta, el cardenal arzobispo de Valencia destaca también que la Doctrina Social de la Iglesia “necesita de personas que la pongan en práctica” y recuerda que las leyes, los organismos, las estructuras político-sociales o incluso religiosas “resultan necesarias y útiles, pero son las personas quienes las dotan de coherencia y sentido al servicio del bien común”.

Los cristianos, “conscientes de esta realidad, debemos comprometernos como una gran marcha en movimiento para la defensa de la persona humana y para la tutela de su dignidad”, subraya el titular de la archidiócesis de Valencia.

En su carta, lamenta el purpurado que “en no pocas ocasiones el ser humano parece la víctima de unas estructuras económicas o políticas que no resuelven los problemas, sino que son parte del problema por su inoperancia”. Por ello, insiste en que “son esas estructuras económicas y políticas las que deben estar al servicio de cada persona y no a la inversa”.

Además, el Cardenal García-Gasco manifiesta su convicción en que “en este siglo XXI debemos asistir a un renacimiento del pensamiento que vuelve a la persona humana como lo más importante de la creación”.

Por otra parte, el purpurado considera “imprescindible” promover una “comunidad internacional más solidaria” así como la participación “sobre todo de los más débiles”, y alentar un “fuerte empeño moral, para que la gestión de la vida pública sea el fruto de la corresponsabilidad de cada uno con respecto al bien común”.

La participación en la vida comunitaria “es una de las mejores garantías de permanencia de la democracia”, recuerda el purpurado, que agrega que “los gobiernos que se dicen democráticos ganan en credibilidad cuando ofrecen cauces para que la comunidad civil pueda ser informada, escuchada e implicada en la adopción de resoluciones”.

Al término de su carta, que titula “Una gran marcha para la defensa de la persona humana”, el arzobispo de Valencia anima a considerar los “grandes problemas que aquejan a nuestra sociedad” , también como

Carta Pastoral de Don Agustín García Gasco.

Cardenal Agustín García Gasco.

El Cardenal García-Gasco, Arzobispo de Valencia, en carta pastoral

La Doctrina Social de la Iglesia es una propuesta válida para todos

El cardenal arzobispo de Valencia, Agustín García-Gasco, invita en su carta de esta semana a fomentar el conocimiento y la práctica de la doctrina social de la Iglesia y a incluirla “de modo esencial” en la nueva evangelización, “de la que el mundo moderno tiene urgente necesidad”.

“La doctrina social de la Iglesia no se presenta como un recetario para héroes, ni como un código de normas para imponer a los demás”, precisa en su carta el purpurado, que recuerda que la Iglesia “propone unos principios basados en el amor” que pueden llevarse a cabo “por cualquier persona que así lo desee con la ayuda del Espíritu Santo”.

En su carta, que titula “El significado social del Evangelio”, el titular de la archidiócesis de Valencia manifiesta que “el seguimiento de Cristo posee una energía renovadora que transforma la vida de las personas y que se hace presente en la cultura y en la realidad social”.

El cardenal recuerda que la Iglesia, con su doctrina social, “ofrece sobre todo una visión integral y una plena comprensión del ser humano, tanto en su dimensión personal como en la social para conseguir la coherencia del amor en todos los órdenes de la vida”. Esa mirada integral evita que “sólo defendamos unos derechos humanos y pongamos en olvido otros”, agrega el purpurado.

Tras subrayar que “el corazón de la doctrina social de la Iglesia se encuentra en la antropología cristiana”, el cardenal García-Gasco asegura que “nada garantiza mejor la dignidad de cada persona que remontarse a la mirada misericordiosa que Dios ha depositado sobre cada uno de sus hijos desde toda la eternidad”.

Igualmente, el purpurado recuerda que “la dignidad inviolable de toda persona humana, no se subordina ni a su salud, ni a su edad, ni a su sexo, ni a su cultura, ni siquiera a su categoría moral”.

La dignidad humana “actúa como fermento de lo mejor del ser humano a la hora de plantearse el sentido del trabajo, de la economía o de la política”, destaca el purpurado en su carta en la que también apela a “vivir la dignidad como don de Dios que nadie nos puede arrebatar”.

Al término de su carta, el cardenal insiste en que el fundamento de la moralidad de cualquier actuación en la vida social “es el desarrollo humano de la persona, de toda persona, sin exclusión alguna”.

Por ello concluye invitando a que “ningún cristiano quede al margen del empeño y la tarea de vivir con la dignidad de hijos de Dios y de trabajar responsablemente para que todos los hombres y las mujeres vean reconocida esa misma dignidad con obras y palabras”.