La casa común europea puede llegar a buen puerto sólo si este continente es consciente de sus propias raíces cristianas. Benedicto XVI

Benedicto XVI al nuevo embajador de Austria ante la Santa Sede, Alfons M.Kloss

Con placer acepto las Cartas mediante las cuales el presidente de la República de Austria lo ha acreditado como embajador extraordinario y plenipotenciario en la Santa Sede. Al mismo tiempo la agradezco sus cordiales palabras con las cuales ha expresado también la cercanía del presidente y del gobierno al Sucesor de Pedro. Quiero mandar al presidente, al canciller y a los miembros del gobierno así como a todos los ciudadanos de Austria, mis afectuosos saludos y quiero expresar la esperanza que tengo en que las relaciones entre la Santa Sede y Austria continúen dando frutos en el futuro.
La cultura, la historia y la vida cotidiana de Austria, “tierra de catedrales” (Himno Nacional), están marcadas profundamente por la fe católica. Lo he podido constatar también durante mi visita pastoral a ese país y durante la peregrinación a Mariazell hace cuatro años. Los fieles, que he podido encontrar, representan a los millares de hombres y mujeres de todo el país, que con su vida de fe en la cotidianeidad y la disponibilidad a los demás, muestran los rasgos más nobles del hombre y difunden el amor de Cristo.

Al mismo tiempo Austria es un país en el cual la coexistencia pacífica de varias religiones y culturas tiene una larga tradición.  “En el amor reside la fuerza”, decía ya el viejo himno popular en tiempos de la monarquía. Esto también vale para la dimensión religiosa que tiene sus raíces en lo más profundo de la conciencia del hombre y por eso pertenece a la vida de cada individuo y a la convivencia de la comunidad. La patria espiritual, como punto de apoyo, de la que tienen necesidad muchas personas que viven una situación laboral de mayor movilidad y en constante movimiento, debería poder existir públicamente y en un clima de convivencia pacífica con el resto de confesiones de fe.

En muchos países europeos, la relación entre el estado y la religión está afrontando una tensión concreta. Por una parte las autoridades políticas se cuidan de no conceder espacios públicos a las religiones, entendiéndolas como ideas de fe meramente individuales de los ciudadanos. Por la otra, se busca aplicar los criterios de una opinión pública secular a las comunidades religiosas. Parece que se quiera adaptar el Evangelio a la cultura y, sin embargo, se busca impedir, de un modo casi vergonzoso, que la cultura sea plasmada por la dimensión religiosa.

A pesar de lo dicho, se debe tener en cuenta la actitud de algunos estados de la Europa Central y Oriental, que, buscan dar espacios a las cuestiones fundamentales del hombre, la fe en Dios y la fe en la salvación por medio de Dios, La Santa Sede ha podido observar con satisfacción algunas actividades del gobierno austriaco en este sentido, la importante posición asumida con relación a la llamada “sentencia del crucifijo” (Kreuzurteil) del Tribunal Europeo de los derechos del hombre, o la propuesta del ministro de Asuntos Exteriores “que no sólo el nuevo servicio europeo para la Acción externa, observe la situación de la lib ertad religiosa en el mundo, sino que también redacte regularmente un informe y lo presente al ministro de asuntos exteriores de la Unión Europea” (Austria Press Agentur, 10 de diciembre de 2010).

El reconocimiento de la libertad religiosa permite a la comunidad eclesial desarrollar sus múltiples actividades, que benefician a toda la sociedad. Se hace referencia a los varios institutos de formación y servicios caritativos gestionados por la Iglesia, que usted, señor embajador, ha citado.

El esfuerzo de la Iglesia por los necesitados hace evidente el modo en el que resulta portavoz de las personas desfavorecidas. Este esfuerzo eclesial, que en la sociedad recibe amplio reconocimiento, no se puede reducir a mera beneficencia.
Sus raíces más profundas están en Dios, en el Dios que es amor. Por esto es necesario respetar plenamente la acción propia de la Iglesia, sin convertirla en uno de los muc hos servicios de prestación social. Es necesario considerarla en la totalidad de su dimensión religiosa. Por tanto siempre es combatir el aislamiento egoísta del hombre. Todas las fuerzas sociales tienen la tarea urgente y constante de garantizar la dimensión moral de la cultura, la dimensión de una cultura que sea digna del hombre y de su vida en comunidad. Por esto la Iglesia católica trabajará con todas sus fuerzas por el bien de la sociedad.
Otra intención importante de la Santa Sede es una política equilibrada destinada a la familia. Esta ocupa un espacio en la sociedad que supone los cimientos de la vida humana. El orden social encuentra un apoyo esencial en la unión esponsal del hombre y de la mujer, que está dirigida también a la procreación. Por esto el matrimonio y la familia exigen una tutela especial por parte del estado. Son para todos sus miembros una escuela de human idad con efectos positivos para los individuos además de para la sociedad. De hecho la familia está llamada a vivir y a tutelar el amor recíproco y la verdad, el respeto y la justicia, la fidelidad y la colaboración, el servicio y la disponibilidad hacia los demás, en particular hacia los más débiles.

Sin embargo, la familia con muchos hijos es a menudo, perjudicada. Los problemas en este tipo de familias, como por ejemplo un potencial alto de conflictividad, bajo nivel de vida, difícil acceso a la formación , endeudamiento y aumento de los divorcios, hacen pensar que deberían ser eliminadas de la sociedad. Además, es necesario lamentar que la vida de los neonatos no recibe una tutela suficiente, y además a menudo se les reconoce un derecho de existencia secundario respecto a la libertad de decisión de sus padres.

La edificación de la casa común europea puede lle gar a buen puerto sólo si este continente es consciente de sus propias raíces cristianas y si los valores del Evangelio además de la imagen cristiana del hombre son, también en el futuro, el fermento de la civilización europea. La fe vivida en Cristo y el amor activo por el prójimo, reflejando la palabra y la vida de Cristo y el ejemplo de los santos, deben pesar más en la cultura occidental cristiana. Sus compatriotas, proclamados santos recientemente como Franz Jägerstätter, sor Restituta Kafka, Lasdislaus Batthyány-Strattman y Carlos de Austria, nos pueden ofrecer perspectivas más amplias. Estos santos, a través de distintos caminos de vida, se ofrecieron con la misma dedicación al servicio de Dios y de su mensaje de amor hacia el prójimo. Así nos dejan un ejemplo de guía en la fe y de su testimonio de comprensión entre los pueblos.
Finalmente, señor embajador, deseo asegurarle que en el desarrollo de la importante misión que le ha sido confiada puede contar con mi apoyo y el de mis colaboradores. Le encomiendo a usted, a su familia y a todos los miembros de la embajada de Austria en la Santa Sede a la beata Virgen María, la Magna Mater Austriae, y le doy de corazón a usted y todo el amado pueblo austriaco la Bendición Apostólica.

BENEDICTO XVI COMENTA LAS EPÍSTOLAS PASTORALES DE SAN PABLO.

El Papa Benedicto XVI, continuando con el ciclo de catequesis sobre san Pablo con motivo del año paulino, se detuvo hoy a analizar varias cuestiones que aparecen en sus tres últimas cartas, a propósito de la estructura de la naciente Iglesia.

Se trata de las dos cartas a Timoteo y de la carta a Tito, de quienes el Papa recuerda que fueron estrechos colaboradores del Apóstol, y que seguramente acabaron siendo obispos de Éfeso y de Creta, respectivamente.

Aunque “a mayoría de los exegetas es hoy del parecer que estas Cartas no habrían sido escritas por el propio Pablo”, sin embargo forman parte de su “escuela” y “reflejarían su herencia para una nueva generación, quizás integrando algún breve escrito o palabra del mismo Apóstol”.

Estas cartas, conocidas como “pastorales”, explicó el Papa, se dirigen a personas concretas, y en ellas se trata sobre varias cuestiones doctrinales que ya preocupaban en las primeras comunidades, entre ellas las primeras desviaciones que luego darían origen al Gnosticismo.

“A estas doctrinas se enfrenta el autor con dos llamadas de fondo. Una consiste en la vuelta a una lectura espiritual de la Sagrada Escritura, es decir, a una lectura que la considera realmente como ‘inspirada’ y procedente del Espíritu Santo”, explicó.

La otra llamada “consiste en la referencia al buen ‘depósito’, palabra especial de las Cartas pastorales con la que se indica la tradición de la fe apostólica que hay que custodiar”, y que es “la suma de la Tradición apostólica y como criterio de fidelidad al anuncio del Evangelio”.

“En este sentido, Escritura y Tradición, Escritura y anuncio apostólico como claves de lectura, se acercan y casi se funden”, añadió el Papa. “El anuncio apostólico, es decir la Tradición, es necesaria para introducirse en la comprensión de la Escritura y captar en ella la voz de Cristo”.

En conjunto, afirma Benedicto XVI, “se ve bien que la comunidad cristiana va configurándose en términos muy claros, según una identidad que no sólo toma distancia de interpretaciones incongruentes, sino que sobre todo afirma su propio anclaje en los puntos esenciales de la fe”.

Otra de las características es el “sentido de universalidad”: la Iglesia es “una comunidad abierta, de ámbito universal, que reza por todos los hombres de toda clase y condición, para que lleguen al conocimiento de la verdad”.

Las tres cartas abordan también, aclara el Papa, una “reflexión sobre la estructura ministerial de la Iglesia”, ya que en ellas “por primera vez presentan la triple subdivisión de obispos, presbíteros y diáconos”.

Esta estructura procede, explica, de la fusión de la doble estructura que la Iglesia estaba adoptando, según si procedía de judíos conversos o de paganos: “en las Iglesias formadas en el mundo pagano tenemos obispos y diáconos, y no presbíteros, en las Iglesias formadas en el mundo judeo-cristiano los presbíteros son la estructura dominante. Al final en las Cartas pastorales las dos estructuras se unen”.

El epíscopo (obispo) aparece poco a poco sustituyendo la figura del “Apóstol” fundador. “Se nota así inicialmente la realidad que más tarde se llamará ‘sucesión apostólica’”, así como “el carácter sacramental del ministerio”, añade el Papa

“Y así tenemos lo esencial de la estructura católica: Escritura y Tradición, Escritura y anuncio, formando un conjunto, pero a esta estructura, por así decir doctrinal, debe añadirse la estructura personal, los sucesores de los Apóstoles, como testigos del anuncio apostólico”.

Además, el Papa puso de manifiesto la analogía que establece el Apóstol entre la Iglesia y la familia: “El epíscopo de hecho se considera como padre de la comunidad cristiana -afirmó, y añadió- “la idea de la Iglesia como ‘casa de Dios’ hunde sus raíces en el Antiguo Testamento”.

Concluyó pidiendo a los cristianos que sean cada vez más para la actual sociedad “como miembros de la ‘familia de Dios’”, y subrayó la necesidad de que “los pastores de la Iglesia tengan cada vez más sentimientos paternos, a la vez tiernos y fuertes, en la formación de la Casa de Dios, de la comunidad, de la Iglesia”.

Carta del Papa en la proclamación del Año para la renovación interior de los sacerdotes.

Benedicto XVI

Carta del Papa en la proclamación del Año para la renovación interior de los sacerdotes

En víspera del año dedicado a “promover la renovación interior de todos los sacerdotes”, se publica la carta en la que Benedicto XVI propone el modelo y la enseñanza de san Juan María Vianney a cada presbítero del mundo: el sacerdocio como don, la identificación con la propia misión sacerdotal, la necesaria santidad, la presencia activa en la parroquia, la colaboración con los laicos, el testimonio de vida, la catequesis eucarística, la vivencia del sacramento de la confesión, el apostolado de la misericordia divina, la práctica de pobreza, castidad y obediencia, la importancia de la ascesis y la unidad con el obispo. El Papa alienta a los sacerdotes: “¡Dejaos conquistar por Cristo y también vosotros seréis, en el mundo de hoy, mensajeros de esperanza, de reconciliación y de paz!”.

Mañana, en la Basílica de San Pedro, Benedicto XVI abrirá oficialmente el Año Sacerdotal con la celebración de Vísperas en la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, jornada tradicionalmente dedicada a la oración por la santificación del clero y 150º aniversario de la muerte de Juan María Vianney (1786-1859), el santo patrono de todos los párrocos del mundo.  

 De la mano del Cura de Ars, el Papa convoca este Año Sacerdotal por la renovación interior de todos los presbíteros a fin de que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea “más fuerte e incisivo”. El vínculo de la Solemnidad del viernes y de san Juan María Vianney se expresa en la habitual cita del párroco francés: “El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”. Así inicia Benedicto XVI la carta que dirige a todos los sacerdotes del mundo por el Año que les dedica, cuya clausura será en la misma Solemnidad de 2010.  

 Publicada este jueves –por el momento en italiano e inglés-, la misiva del Papa –por la apertura del Año Sacerdotal- contempla “las innumerables situaciones de sufrimiento en la que muchos sacerdotes están inmersos” porque participan en el dolor humano o porque “son incomprendidos por los destinatarios mismos de su ministerio”. “¿Cómo no recordar a los muchos sacerdotes ofendidos en su dignidad, impedidos en su misión, a veces perseguidos hasta el supremo testimonio de su sangre?”. 

 Pero también existen “desgraciadamente situaciones, nunca lo suficientemente deploradas –subraya Benedicto XVI-, en las que es la Iglesia misma la que sufre por la infidelidad de algunos de sus ministros”. Para tales casos, propone, como provechoso, más que detenerse en las debilidades de aquellos, tomar “una renovada y gozosa conciencia de la grandeza del don de Dios”: el sacerdocio.  

 “Significativo punto de referencia” que brinda el Papa a todos los sacerdotes: Juan María Vianney, “humildísimo –‘parecía sobrepasado por un ilimitado sentido de responsabilidad’-, pero consciente, en cuanto sacerdote, de ser un don inmenso para su gente”, y reconocía que “un buen pastor, un pastor según el corazón de Dios, es el mayor tesoro que el buen Dios puede conceder a una parroquia y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina”. 

 Abundan las enseñanzas del Cura de Ars, citadas por Benedicto XVI en su carta por la proclamación del Año Sacerdotal. “Suprimido el sacramento del Orden, no tendríamos al Señor –decía el santo párroco-. ¿Quién lo ha reservado en el tabernáculo? El sacerdote. ¿Quién ha acogido vuestra alma en cuanto entrasteis en la vida? El sacerdote. ¿Quién la alimenta para darle la fuerza de cumplir su peregrinación? El sacerdote. ¿Quién la preparara para presentarse ante Dios, lavándola por última vez en la sangre de Jesucristo? El sacerdote, siempre el sacerdote. Y si ésta alma muriera [por el pecado], ¿quién la resucitará, quién le dará la serenidad y la paz? De nuevo el sacerdote… Después de Dios, ¡el sacerdote es todo!… Él mismo no se comprenderá bien más que en el cielo”. 

 Total identificación con el propio ministerio: es uno de los rasgos fundamentales que Benedicto XVI destaca del Cura de Ars y recuerda al sacerdote de hoy. “En Jesús, Persona y Misión tienden a coincidir: toda su acción salvífica era y es expresión de su ‘Yo filial’ que, desde toda la eternidad, está ante el Padre en espera de amorosa sumisión a su voluntad. Con humilde, pero verdadera analogía, también el sacerdote debe anhelar esta identificación”, advierte el Santo Padre.  

 Y así como la eficacia “sustancial” del ministerio “es independiente de la santidad del ministro”, “no se puede descuidar cuán fructífero es el encuentro entre santidad objetiva del ministerio y santidad subjetiva del ministro”, recalca.  

 Otra lección del Cura de Ars: “supo ‘habitar’ activamente en todo el territorio de su parroquia”, un ejemplo que mueve al Papa a “evidenciar los espacios de colaboración que es debido extender cada vez más a los fieles laicos, con quienes los presbíteros forman un único pueblo sacerdotal”.  

 Igualmente el santo párroco “enseñaba sobre todo con el testimonio de vida”, punto que destaca el Papa indicando la oración, el fervor eucarístico, el sacramento de la reconciliación.  

 Los sacerdotes jamás deberían resignarse a ver desiertos sus confesionarios ni limitarse a constatar el desapego de los fieles respecto a este sacramento”, advierte Benedicto XVI. “Del Santo Cura de Ars los sacerdotes podemos aprender no sólo una inagotable confianza en el sacramento de la Penitencia que nos impulse a ponerlo en el centro de nuestras preocupaciones pastorales, sino también el método del ‘diálogo de salvación’ que en él se debe desarrollar”, insiste.  

 Y es que Juan María Vianney tenía una manera distinta de tratar con los penitentes: “quien acudía a su confesionario atraído por un necesidad íntima y humilde del perdón de Dios, en él encontraba el aliento a sumergirse en el torrente de la misericordia divina” –explica el Papa-; “y si alguno estaba afligido con el pensamiento de la propia debilidad e inconstancia, temeroso de futuras recaídas, el Cura le revelaba el secreto de Dios con una expresión conmovedora belleza: ‘El buen Dios lo sabe todo. Antes aún de que os confeséis, ya sabe que pecaréis de nuevo y sin embargo os perdona. Qué grande es el amor de nuestro Dios que se empuja hasta olvidarse voluntariamente del futuro, con tal de perdonarnos’”; también lograba que naciera “el arrepentimiento en el corazón de los tibios”. 

 El secreto de que el Cura de Ars supiera transformar el corazón y la vida de tantas personas es que logró que percibieran “el amor misericordioso del Señor”. “Urge también en nuestro tiempo un anuncio así y un testimonio semejante de la verdad del Amor: ‘Dios es amor’”, pide Benedicto XVI a los sacerdotes del mundo.  

 Igualmente les señala el ejemplo de ascesis y de mortificación de san Juan María Vianney, y la necesidad de que “en el mundo de hoy, como en los difíciles tiempos del Cura de Ars”, “los presbíteros se distingan en su vida y acción por un fuerte testimonio evangélico”, porque, como decía Pablo VI, “el hombre contemporáneo escucha con más gusto a los testigos que a los maestros; o si escucha a los maestros lo hace porque son testigos”. 

 La “fisonomía ascética” de este estilo de vida se plasma en los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia adaptados a la condición de presbítero –no de religioso o monje-, según traza Benedicto XVI, siempre tras las huellas del Cura de Ars.  

 Por ejemplo, respecto a su pobreza, sabía que todo lo que recibía era donado a su iglesia. “Mi secreto es sencillo: dar todo y no conservar nada”, decía. Vivía la castidad como quien debe “tocar habitualmente la Eucaristía” y donarla a sus fieles, quienes reconocían que en el Cura de Ars “la castidad brillaba en su mirada”. La obediencia se encarnó en la “sufrida adhesión a las exigencias cotidianas de su ministerio”. “La regla de oro para una vida obediente le parecía ésta –apunta el Papa-: ‘Hacer sólo lo que se puede ofrecer al buen Dios’”. 

 Partiendo de la “espiritualidad alimentada por la práctica de los consejos evangélicos”, el Santo Padre invita en especial a los sacerdotes “a saber acoger la nueva primavera que el Espíritu está suscitando en nuestros días en la Iglesia, no en último lugar a través de los Movimientos eclesiales y nuevas Comunidades”. Con el adecuado discernimiento, “los sacerdotes deben descubrir con sentido de fe los carismas, sean humildes o eclesiales, que bajo múltiples formas se conceden a los laicos” y “deben admitirlos con alegría y fomentarlos con diligencia”, recuerda; tales dones “pueden aprovechar no solo a los fieles laicos, sino a los propios ministros”.  

 “Fraternidad sacerdotal efectiva y afectiva”: es otro de los llamamientos del Papa a los sacerdotes, respecto a la comunión que deben mantener entre sí y con el propio obispo. Y es que el ministerio ordenado “tiene una radical forma comunitaria”. “Sólo así –indica- los sacerdotes sabrán vivir en plenitud el don del celibato y serán capaces de hacer que florezcan comunidades cristianas en las que se repitan los prodigios de la primera predicación del Evangelio”.  

 Contemplando la devoción mariana del Cura de Ars, Benedicto XVI confía el Año Sacerdotal a la Virgen, pidiéndole “que suscite en el alma de cada sacerdote un generoso impulso a los ideales de total donación a Cristo y a la Iglesia”.

D. Carlos Osoro es el nuevo Arzobispo de Valencia.


La Santa Sede ha hecho público hoy el nombramiento de quien era Arzobispo de Oviedo desde 2002 para sustituir a D. Agustín García-Gasco, que ocupaba la cátedra valenciana desde 1992.

La Nunciatura Apostólica en España ha comunicado a la Conferencia Episcopal Española (CEE) que a las 12 horas de hoy, jueves 8 de enero, la Santa Sede ha hecho público que el Papa Benedicto XVI ha aceptado la renuncia al gobierno pastoral de la Archidiócesis de Valencia presentada por Mons. D. Agustín García-Gasco Vicente, en conformidad con el canon 401, párrafo 1, del Código de Derecho Canónico. El Santo Padre ha nombrado Arzobispo metropolitano de la sede valenciana a Mons. D. Carlos Osoro Sierra, que en la actualidad es Arzobispo de Oviedo.

En el mismo nombramiento, se confirma el de Mons. D. Agustín García-Gasco como Administrador Apostólico de Valencia hasta la toma de posesión del nuevo Arzobispo.

De todo ello da cuenta la Oficina de Información de la Conferencia Espiscopal Española por medio de una nota de prensa.

Arzobispo de Oviedo desde 2002

OssoroMons. Osoro Sierrra nació en Castañeda (Cantabria) el 16 de mayo de 1945. Cursó, entre otros, estudios de Magisterio, Pedagogía y Matemáticas, y ejerció la docencia hasta su ingreso en el Seminario para vocaciones tardías Colegio Mayor El Salvador de Salamanca para realizar, en la Universidad Pontificia, los estudios en Filosofía y en Teología. Fue ordenado sacerdote el 29 de julio de 1973 en Santander, diócesis en la que desarrolló su ministerio sacerdotal.

Durante los dos primeros años de sacerdocio trabajó en la pastoral parroquial y la docencia. En 1975 fue nombrado Secretario General de Pastoral, Delegado de Apostolado Seglar, Delegado Episcopal de Seminarios y Pastoral Vocacional y Vicario General de Pastoral. Un año más tarde, en 1976, se unifican la Vicaría General de Pastoral y la Administrativo-jurídica y es nombrado Vicario General, cargo en el que permaneció hasta 1993, cuando fue nombrado Canónigo de la Santa Iglesia Catedral Basílica de Santander, y un año más tarde Presidente. Además, en 1977 fue nombrado Rector del Seminario de Monte Corbán (Santander), y ejerce esta misión hasta que es nombrado Obispo. Durante su último año en la diócesis, en 1996, fue también Director del centro Asociado del Instituto Internacional de Teología a Distancia y Director del Instituto Superior de Ciencias Religiosas San Agustín, dependiente del Instituto Internacional y de la Universidad Pontificia de Comillas.

El 22 de febrero de 1997 fue nombrado Obispo de Orense. El 7 de enero de 2002 fue designado Arzobispo Metropolitano de Oviedo, de cuya diócesis toma posesión el 23 de febrero del mismo año. Además, del 23 de septiembre de 2006 hasta el 9 de septiembre de 2007 fue el Administrador Apostólico de Santander.

En la CEE fue el Presidente de la Comisión Episcopal del Clero durante dos trienios, de 1999 a 2005. Actualmente, y también por segundo trienio consecutivo, es miembro del Comité Ejecutivo.

El pasado mes de agosto representó a la Comisión Internacional de Justicia y Paz en Lima (Perú) en el Primer Encuentro de trabajo para fijar las bases de plan docente en materia de Doctrina Social de la Iglesia en su aplicación en las Universidades que la Iglesia latinoamericana posee en el continente. Desde noviembre es patrono vitalicio de la Fundación Universitaria Española y director de su seminario de Teología.

Mons. García-Gasco, Arzobispo de Valencia desde 1992

G.ª GascoMons. D. Agustín García-Gasco nace el 12 de febrero de 1931 en Corral de Almaguer (Toledo).  El 26 de mayo de 1956 es ordenado sacerdote en Madrid.

El día 20 de marzo de 1985 es nombrado Obispo Titular de Nona y Auxiliar de Madrid-Alcalá y recibe la ordenación episcopal el día 11 de mayo del mismo año. Su Santidad el Papa Juan Pablo II le nombra Arzobispo de Valencia el día 24 de julio de 1992 y toma posesión de la Archidiócesis el día 3 de octubre del mismo año. Creado cardenal por el Papa Benedicto XVI en el Consistorio de 24 de noviembre de 2007, con el título presbiteral de San Marcelo.

En la CEE, fue Secretario General de 1988 a 1993. También ha sido el Presidente de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales (1996-2002). Actualmente, y desde abril de 2007, es el Presidente de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe.

En 1990 asume la presidencia del Instituto Internacional de Teología a Distancia, hoy denominado Instituto Superior de Ciencias Religiosas “San Agustín”. En 1995 es nombrado Miembro del Comité de Presidencia del Pontificio Consejo para la Familia y desde 1996 es miembro del Consejo de Presidencia de la Asociación Internacional Lateranense. En 1999 es nombrado miembro de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, cargo para el que fue renovado en 2005.

Siendo Arzobispo de Valencia la diócesis acogió el V Encuentro Mundial de las Familias, entre el 1 y 9 de julio de 2006, al que asistió el Papa Benedicto XVI.

CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE.

La instrucción se dirige “a los fieles cristianos y a todos los que buscan la verdad

CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE

Instrucción “Dignitas Personae” sobre algunas cuestiones de Bioética

Desde hace varios años la Congregación para la Doctrina de la Fe estudia las nuevas cuestiones biomédicas con el objeto de actualizar la Instrucción “Donum vitæ”. A cada ser humano, desde la concepción hasta la muerte natural, se le debe reconocer la dignidad de persona. Este principio fundamental, que expresa un gran “sí” a la vida humana, debe ocupar un lugar central en la reflexión ética sobre la investigación biomédica, que reviste una importancia siempre mayor en el mundo de hoy. La nueva Instrucción, fechada el 8 de septiembre de 2008, Fiesta de la Natividad de la Virgen María, tiene la intención de responder a algunas nuevas cuestiones en este campo que suscitan esperanzas pero también perplejidades en sectores cada vez más vastos de la sociedad.

Es un hecho que en los últimos años las ciencias biomédicas han avanzado de forma considerable. Estos avances han abierto nuevas perspectivas terapéuticas, pero también han suscitado serios interrogantes que no fueron explícitamente afrontados en la Instrucción “Donum viatæ” (22 de febrero de 1987).

La Instrucción comienza con las palabras “Dignitas Personæ”, la dignidad de la persona, que se le debe reconocer a todo ser humano, desde su concepción hasta su muerte natural. Este principio fundamental “expresa un gran “sí” a la vida humana”, la cual “debe ocupar un lugar central en la reflexión ética sobre la investigación biomédica”

Se trata por tanto de una “Instrucción y naturaleza doctrinal” emanada por la Congregación para la Doctrina de la Fe y aprobada expresamente por el Santo Padre Benedicto XVI. La Instrucción pertenece pues a los documentos que “participan del ma-gisterio ordinario del Sumo Pontífice” (Instrucción Donum veritatis, n. 18), que ha de ser acogido por los fieles “con asentimiento religioso”

Para examinar las nuevas cuestiones “se han tenido siempre presentes los aspectos científicos correspondientes, aprovechando los estudios llevados a cabo por la Pontificia Academia para la Vida y las aportaciones de un gran número de expertos, para confrontarlos con los principios de la antropología cristiana. Las Encíclicas Veritatis splendor y Evange-lium vitæ de Juan Pablo II, y otras intervenciones del Magisterio, ofrecen indicaciones claras acerca del método y del contenido para el examen de los problemas considera-dos” (n. 2).

La Instrucción está dirigida “a los fieles cristianos y a todos los que buscan la verdad”. Cuando la Iglesia propone principios y valoraciones morales para la investigación biomédica sobre la vida humana, “se vale de la razón y de la fe, contribuyendo así a elaborar una visión integral del hombre y de su vocación, capaz de acoger todo lo bueno que surge de las obras humanas y de las tradiciones culturales y religiosas, que frecuen¬temente muestran una gran reverencia por la vida”.

La Instrucción comprende tres partes: la primera recuerda algunos aspectos antro-pológicos, teológicos y éticos de importancia fundamental bajo dos principios fundamentales:

“El ser humano debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de su concepción y, por eso, a partir de ese mismo momento se le deben reconocer los derechos de la persona, principalmente el derecho inviolable de todo ser humano inocente a la vida”.

“El origen de la vida humana… tiene su auténtico contexto en el matrimonio y la familia, donde es generada por medio de un acto que expresa el amor recíproco entre el hombre y la mujer. Una procreación verdaderamente responsable pa-ra con quien ha de nacer es fruto del matrimonio”.

La segunda afronta nuevos problemas relativos a la procreación donde se enmarcan las técnicas de asistencia a la fertilidad, la fecundación in vitro o el congelamiento de embriones; mientras que la tercera parte examina algunas nuevas propuestas terapéuticas que implican la manipulación del embrión o del patrimonio genético humano, como son la terapia génica, la utilización de “material biológico” humano de origen ilícito, o el uso terapéutico de las células troncales.