Catequesis del Papa Francisco. 4/11/15

Miércoles 4 de noviembre

Catequesis del Santo Padre, en la audiencia general:

 ¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

La Asamblea del Sínodo de los Obispos, que ha terminado hace poco, ha reflexionado a fondo sobre la vocación y la misión de la familia en la vida de la Iglesia y de la sociedad contemporánea. Ha sido un evento de gracia. Al final, los padres sinodales han entregado el texto de sus conclusiones. He querido que se publicara para que todos fueran partícipes del trabajo que nos ha ocupado durante dos años. Este no es el momento de examinar tales conclusiones, sobre las que yo mismo debo meditar.

Pero mientras tanto, la vida no se detiene, ¡en particular la vida de la familia no se detiene! Vosotras, queridas familias, estáis siempre en camino. Y continuamente escribís ya en las páginas de la vida concreta la belleza del Evangelio de la familia. En un mundo que a veces se hace árido de vida y de amor, vosotros cada día habláis del gran don que son el matrimonio y la familia.

Hoy quisiera subrayar este aspecto: que la familia es un gran gimnasio de entrenamiento para el don y el perdón recíproco, sin el cual ningún amor puede durar mucho. En la oración que Él mismo nos ha enseñado –el Padre Nuestro– Jesús nos hace pedir al Padre: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Y al final comenta: Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes” (Mt 6,12.14-15). No se puede vivir sin perdonarse, o al menos no se puede vivir bien, especialmente en familia. Cada día nos hacemos daño los unos a los otros. Debemos tener en cuenta estos errores, que se deben a nuestra fragilidad y a nuestro egoísmo. Se nos pide que curemos las heridas que hacemos, tejer de inmediato los hilos que rompemos. Si esperemos mucho, todo se hace más difícil. Y hay un secreto sencillo para sanar las heridas y para disolver las acusaciones. Y es este: no dejar que termine el día sin pedirse perdón, sin hacer la paz entre el marido y la mujer, entre padres e hijos, entre hermanos y hermanas… ¡entre nuera y suegra! Si aprendemos a pedirnos inmediatamente perdón y a darnos el perdón recíproco, sanan las heridas, el matrimonio se robustece, y la familia se transforma en una casa más sólida, que resiste a los choques de nuestras pequeñas y grandes maldades. Y para esto no es necesario hacer un gran discurso, sino que es suficiente una caricia, una caricia y ha terminado todo y se comienza de nuevo, pero no terminar el día en guerra, ¿entienden?

Si aprendemos a vivir así en familia, lo hacemos también fuera, allá donde estemos. Es fácil ser escépticos sobre esto. Muchos –también entre los cristianos– piensan que es una exageración. Se dice: sí, son palabras bonitas, pero es imposible ponerlo en práctica. Pero gracias a Dios no es así. De hecho, es precisamente recibiendo el perdón de Dios que a la vez somos capaces de perdonar a los otros. Por esto Jesús nos hace repetir estas palabras cada vez que recitamos la oración del Padre Nuestro, es decir, cada día. Y es indispensable que, en una sociedad a veces despiadada, haya lugares, como la familia, donde aprender a perdonarse los unos a los otros.

El Sínodo ha revivido nuestra esperanza también en esto: la capacidad de perdonar y de perdonarse forma parte de la vocación y de la misión de la familia. La práctica del perdón no solo salva las familias de las divisiones, sino que las hace capaces de ayudar a la sociedad a ser menos malvada y menos cruel. Sí, cada gesto de perdón repara la casa de las grietas y refuerza sus muros. La Iglesia, queridas familias, está siempre a su lado para ayudarlos a construir su casa sobre la roca de la cual ha hablado Jesús. Y no olvidemos estas palabras que preceden inmediatamente la parábola de la casa: «No son los que me dicen: “Señor, Señor”, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre». Y añade: «Muchos me dirán en aquel día: “Señor, Señor, ¿acaso no profetizamos en tu Nombre? ¿No expulsamos a los demonios en tu Nombre?” Entonces yo les manifestaré: «Jamás los conocí» (cfr Mt 7,21-23). Es una palabra fuerte, no hay duda, que tiene por objetivo sacudirnos y llamarnos a la conversión.

Os aseguro, queridas familias cristianas, que si sois capaces de caminar cada vez más decididas sobre el camino de las bienaventuranzas, aprendiendo y enseñando a perdonarse recíprocamente, en toda la gran familia de la Iglesia crecerá la capacidad de dar testimonio a la fuerza renovadora del perdón de Dios. Diversamente, haremos predicaciones también muy bonitas, y quizá expulsemos algún demonio, ¡pero al final el Señor no nos reconocerá como sus discípulos!

Realmente las familias cristianas pueden hacer mucho por la sociedad de hoy, y también por la Iglesia. Por eso deseo que en el Jubileo de la Misericordia las familias redescubran el tesoro del perdón recíproco. Recemos para que las familias sean cada vez más capaces de vivir y de construir caminos concretos de reconciliación, donde nadie se sienta abandonado al peso de sus ofensas.

Y con esta intención, decimos juntos: “Padre nuestro, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden”. Digámoslo juntos: “Padre nuestro, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden”. Gracias.

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI, A LAS COMUNIDADES DE NEOCATECUMENAL

 

Aula Pablo VI del
Viernes, 20 de enero 2012

 

[ Vídeo ]

 

 Queridos hermanos y hermanas: También este año tengo la alegría de poder reunirme con vosotros y compartir este momento de envío a la misión. Vaya un saludo especial a Kiko Argüello, a Carmen Hernández y al sacerdote Mario Pezzi, junto con un saludo cariñoso a todos vosotros, sacerdotes, seminaristas, familias, formadores y miembros del Camino Neocatecumenal. Vuestra presencia hoy es un testimonio visible de vuestro gozoso empeño de vivir la fe, en comunión con toda la Iglesia y con el Sucesor de Pedro, y de ser anunciadores valientes del Evangelio.
En el pasaje de san Mateo que hemos escuchado, los Apóstoles reciben un mandato preciso de Jesús: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos» (Mt 28, 19). Inicialmente habían dudado; en su corazón aún había incertidumbre, estupor ante el acontecimiento de la Resurrección. Y es el propio Jesús, el Resucitado –según subraya el Evangelista–, quien se acerca a ellos, hace que perciban su presencia y los envía a enseñar todo lo que les ha comunicado, dándoles una certeza que acompaña a todo anunciador de Cristo: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 21). Son palabras que resuenan poderosamente en vuestro corazón. Habéis cantado Resurrexit, que expresa la fe en el Viviente, en aquél que, en un acto supremo de amor, venció al pecado y a la muerte y le da al hombre –nos da a nosotros – el fervor del amor de Dios, la esperanza de ser salvados, un futuro de eternidad.
Durante estos decenios de vida del Camino, uno de vuestros compromisos firmes ha sido el de proclamar a Cristo resucitado, el de responder a sus palabras con generosidad, abandonando a menudo seguridades personales y materiales, llegando incluso a dejar el propio país, afrontando situaciones nuevas y no siempre fáciles. Llevar a Cristo a los hombres y a los hombres a Cristo: esto es lo que anima toda obra evangelizadora. Vosotros lo realizáis en un camino que, a quien ya ha recibido el bautismo, le ayuda a redescubrir la belleza de la vida de fe, la alegría de ser cristiano. «Seguir a Cristo» exige la aventura personal de buscarlo, de caminar con él, pero siempre implica también salir de la cerrazón del yo, quebrar el individualismo que frecuentemente caracteriza a nuestro tiempo, para sustituir el egoísmo por la comunidad del hombre nuevo en Jesucristo. Y ello acontece en una relación profunda con él, en la escuc ha de su palabra, al recorrer el camino que nos ha indicado;pero acontece también, indisociablemente, al creer con su Iglesia, con los santos, en los que el verdadero rostro de la Esposa de Cristo se da siempre a conocer, una y otra vez.
Se trata, como sabemos, de un compromiso no siempre fácil. A veces estáis presentes en lugares en los que se precisa un primer anuncio del Evangelio, la missio ad gentes; a menudo os encontráis, en cambio, en áreas que, aún habiendo conocido a Cristo, se han vuelto indiferentes hacia la fe, pues el laicismo ha eclipsado en ellas el sentido de Dios y ensombrecido los valores cristianos. Allí, vuestro compromiso y vuestro testimonio han de ser como la levadura, que, con paciencia, respetando los tiempos, con sensus Ecclesiæ, hace que crezca toda la masa. La Iglesia ha reconocido en el Camino un don especial que el Espíritu Santo ha otorgado a nuestros tiempos, y la aprobación de sus Estatutos y de su Directorio catequético dan fe de ello. Os animo a aportar vuestra contribución original a la causa del Evangelio. En vuestra valiosa labor, buscad siempre una comunión profunda con la Sede Apostól ica y con los pastores de las Iglesias particulares en las que estáis insertados: la unidad y la armonía del cuerpo eclesial constituyen un importante testimonio de Cristo y de su Evangelio en el mundo en que vivimos.
Queridas familias: La Iglesia os da las gracias; os necesita para la nueva evangelización. Es la familia una célula importante para la comunidad eclesial en la que se forma con vistas a la vida humana y cristiana. Veo con gran alegría a vuestros hijos, a tantos niños que os contemplan, queridos padres, y que contemplan vuestro ejemplo. Un centenar de familias van a salir camino de doce misiones ad gentes. Os invito a no tener miedo: quien lleva el Evangelio nunca está solo. Saludo con afecto a los sacerdotes y a los seminaristas: amad a Cristo y a la Iglesia, comunicad la alegría de haberlo encontrado y la belleza de haberle entregado todo. Saludo también a los itinerantes, a los responsables y a todas las comunidades del Camino. ¡Seguid siendo generosos con el Señor, que no dejará que os falte su consuelo!
Hace poco os ha sido leído el Decreto por el que se aprueban las celebraciones presentes en el Directorio catequético del Camino Neocatecumenal, que, sin ser estrictamente litúrgicas, forman parte del itinerario de crecimiento en la fe. Es un elemento más que os muestra cómo la Iglesia os acompaña con atención en un discernimiento paciente que comprende vuestra riqueza, pero que atiende también a la comunión y a la armonía de todo el Corpus Ecclesiæ.
Este hecho me brinda la ocasión de formular una breve reflexión sobre el valor de la liturgia. El Concilio Vaticano II la define como obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia (cf. Sacrosanctum Concilium, n. 7). A primera vista, esto podría sonar extraño, ya que la obra de Cristo parece designar las acciones redentoras históricas de Jesús: su pasión, muerte y resurrección. ¿En qué sentido es, pues, la liturgia obra de Cristo? La pasión, la muerte y la resurrección de Jesús no son sólo acontecimientos históricos: alcanzan y penetran la historia, pero la trascienden y permanecen siempre presentes en el corazón de Cristo. En la acción litúrgica de la Iglesia está la presencia activa de Cristo resucitado, que hace presente y eficaz para nosotros hoy el mismo misterio pascual, por nuestra salvación; nos atrae a ese acto de la entrega de sí que en su corazón está siempre presente y nos permite participar de esa presencia del misterio pascual. Esta obra del Señor Jesús, que es el contenido auténtico de la liturgia –entrar en la presencia del misterio pascual–, es también obra de la Iglesia, que, al ser su cuerpo, es un único sujeto con Cristo –Christus totus caput et corpus, según dice San Agustín–.Al celebrar los sacramentos, Cristo nos sumerge en el misterio pascual para hacernos pasar de la muerte a la vida, del pecado a la existencia nueva en Cristo.
Esto se aplica de especialísima manera a la celebración de la eucaristía, que, al ser la cumbre de la vida cristiana, es también el eje de su redescubrimiento, hacia el que tiende el Neocatecumenado. Como rezan vuestros Estatutos, «la Eucaristía es esencial al Neocatecumenado, en cuanto catecumenado postbautismal, vivido en pequeña comunidad» (art. 13 § 1). Precisamente con vistas a favorecer un nuevo acercamiento a la riqueza de la vida sacramental por parte de personas que se han alejado de la Iglesia o que no han recibido una formación adecuada, los neocatecumenales pueden celebrar la eucaristía dominical en la pequeña comunidad, tras las Primeras Vísperas del domingo, conforme a las disposiciones del obispo diocesano (cf. Estatutos, art. 13 § 2). Pero toda celebración eucarística es acción del único Cristo en unión de su única Iglesia, y está por lo tanto abierta a cuantos pertenecen a esa su Iglesia. Este carácter público de la santa eucaristía halla expresión en el hecho de que toda celebración de la santa misa es dirigida, en última instancia, por el obispo, en su calidad de miembro del Colegio Episcopal, como responsable de una determinada Iglesia local (cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 26). La celebración en las pequeñas comunidades, regulada por los libros litúrgicos–que han de seguirse fielmente– y con las particularidades aprobadas en los Estatutos del Camino, tiene la función de ayudar a cuantos recorren el itinerario neocatecumenal a percibir la gracia de estar insertados en el misterio salvífico de Cristo, que hace posible un testimonio cristiano capaz de asumir incluso los rasgos de la radicalidad. Contemporáneamente, la maduración progresiva en la fe del individuo y de la pequeña comunidad debe favorecer su inserci&#243 ;n en la vida de la gran comunidad eclesial, que tiene en la celebración litúrgica parroquial –en la cual y para la cual se realiza el Neocatecumenado (cf. Estatutos, art. 6)– su forma ordinaria. Pero también durante el camino importa no separarse de la comunidad parroquial precisamente en la celebración de la Eucaristía, que es el lugar auténtico de la unidad de todos, donde el Señor nos abraza en los diferentes estados de nuestra madurez espiritual y nos une en el único pan que hace de nosotros un solo cuerpo (cf. 1 Cor 10, 16s).
¡Ánimo! El Señor no deja de acompañaros, y yo también os aseguro mi oración y os doy las gracias por vuestras muchas señales de cercanía. Os pido que también os acordéis de mí en vuestras oraciones. Que la Santa Virgen os asista con su maternal mirada y que os sostenga mi bendición apostólica, que hago extensiva a todos los miembros del Camino. Gracias!

Audiencia al Consejo Pontificio para la Nueva Evangelización

Señores cardenales,

venerados hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,

queridos hermanos y hermanas,

cuando el pasado 28 de junio, en las primeras vísperas de la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo anuncié querer instituir un Dicasterio para la promoción de la nueva evangelización, daba un principio operativo a la reflexión que había llevado desde mucho tiempo sobre la necesidad de ofrecer una respuesta particular al momento de crisis de la vida cristiana, que se está comprobando en muchos países, sobre todo de antigua tradición cristiana. Hoy, con este encuentro, puedo constatar con placer que el nuevo Consejo Pontificio se ha convertido en una realidad. Doy las gracias a monseñor Salvatore Fisichella por las palabras que me ha dirigido, presentándome los trabajos de vuestra primera Plenaria. Un saludo cordial a todos vosotros con el aliento por la contribución que daréis al trabajo del nuevo Dicasterio, sobre todo de cara a la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos , que,en octubre de 2012, afrontará precisamente el tema Nueva evangelización y transmisión de la fe cristiana.

El término “nueva evangelización” recuerda la exigencia de una renovada modalidad de anuncio, sobre todo para aquellos que viven en un contexto, como el actual, en el que los desarrollos de la secularización han dejado pesadas huellas también en países de tradición cristiana. El Evangelio es siempre nuevo anuncio de la salvación realizada por Cristo para hacer a la humanidad partícipe del misterio de Dios y de su vida de amor y abrirla a un futuro de esperanza fiable y fuerte. Subrayar que en este momento de la historia la Iglesia está llamada a realizar una nueva evangelización, quiere decir intensificar la acción misionera para corresponder plenamente al mandato del Señor. El Concilio Vaticano II recordaba que “los grupos en que vive la Iglesia cambian completamente con frecuencia por varias causas, de forma que pueden originarse condiciones enteramente nuevas” (Decr. Ad Gentes, 6). Conamplitud de miras, los Padres conciliares vieron en el horizonte el cambio cultural que hoy es fácilmente comprobable. Precisamente esta situación cambiada, que ha creado una condición inesperada para los creyentes, requiere una atención especial por el anuncio del Evangelio, para dar razón de la propia fe en situaciones diferentes del pasado. La crisis que se experimenta lleva consigo los trazos de la exclusión de Dios de la vida de las personas, de una generalizada indiferencia hacia la misma fe cristiana, hasta el intento de marginarla de la vida pública. En décadas pasadas todavía era posible encontrar un sentido cristiano general, que unía el común sentir de generaciones enteras, crecidas a la sombra de la fe que había plasmado la cultura. Hoy, desgraciadamente, se asiste al drama de la fragmentación que no consiente tener una referencia de unión; además se verifica, a menudo, el fenómeno depersonas que desean pertenecer a la Iglesia, pero que son fuertemente influenciados por una visión de la vida que contrasta con la fe.

Anunciar a Jesucristo, único Salvador del mundo, parece ser hoy más complejo que en el pasado; pero nuestro deber es idéntico como en los albores de nuestra historia. La misión no ha cambiado, así como no deben cambiar el entusiasmo y la valentía que empujaron a los Apóstoles y a los primeros discípulos. El Espíritu Santo que los alentó a abrir las puertas del cenáculo, haciéndoles Evangelizadores (cfr Hch 2,1-4), es el mismo Espíritu que mueve hoy a la Iglesia en un renovado anuncio de esperanza a los hombres de nuestro tiempo. San Agustín afirma que no se debe pensar que la gracia de la evangelización se haya extendido sólo a los Apóstoles y que con ellos esta fuente de gracia se ha agotado, sino que “esta fuente se deja ver cuando fluye, no cuando deja de fluir… De tal modo que la gracia a través de los Apóstoles alcanzó a los demás, que fu eronenviados a anunciar al Evangelio…incluso, llega a llamar en estos últimos días, a todo el cuerpo de la su Hijo Unigénito, es decir su Iglesia difundida sobre toda al tierra” (Sermón 239,1). La gracia de la misión necesita a nuevos evangelizadores capaces de acogerla, para que el anuncio salvífico de la Palabra de Dios no disminuya nunca, en las condiciones cambiantes de la historia.

Existe una continuidad dinámica entre el anuncio de los primeros discípulos y el nuestro. En el transcurso de los siglos la Iglesia no ha dejado nunca de proclamar el misterios salvífico de la muerte y resurrección de Jesucristo, pero este mismo anuncio necesita hoy, un renovado vigor para convencer al hombre contemporáneo, a menudo distraído e insensible. La nueva evangelización, por esto, deberá hacerse cargo de encontrar los caminos para hacer más eficaz el anuncio de la salvación, sin el cual, la existencia personal permanece en su contradicción y privada de lo esencial.

También en quien permanece el lazo con las raíces cristiana, pero vive la difícil relación con la modernidad, es importante hacer comprender que el ser cristiano no es una especie de traje que ponerse en privado o en ocasiones particulares, sino algo vivo y totalitario, capaz de asumir todo lo hay de bueno en la modernidad. Espero que en el trabajo de estos días podáis diseñar un proyecto que sea capaz de ayudar a toda la Iglesia y a las distintas Iglesias particulares, en el compromiso de la nueva evangelización; un proyecto donde la urgencia por un renovado anuncio se haga cargo de la formación, en particular de las nuevas generaciones, y se conjugue con la propuesta de signos concretos para hacer evidente la respuesta que la Iglesia pretende ofrecer en este especial momento. Si, por una parte, la comunidad entera está llamada a revigorizar el espíritu misionero para dar el anuncio nuevo que los hombres de nuestro ti empoesperan, no se podrá olvidar que el estilo de vida de los creyentes necesita una genuina credibilidad, tanto más convincente cuanto más es dramática la condición de aquellos a los que se dirigen. Y es por esto que queremos hacer nuestras las palabras del Siervo de Dios el Papa Pablo VI, cuando a propósito de la Evangelización afirmaba: “Será sobre todo mediante su conducta, mediante su vida, como la Iglesia evangelizará al mundo, es decir, mediante un testimonio vivido de fidelidad a Jesucristo, de pobreza y desapego de los bienes materiales, de libertad frente a los poderes del mundo, en una palabra de santidad”, (Exhortación Ap. Evangelii nuntiandi, 41).

Queridos amigos, invocando la intercesión de María, Estrella de la Evangelización, para que acompañe a los portadores del Evangelio y abra los corazones de los que escuchan, os aseguro mi oración por vuestro servicio eclesial y os imparto la Bendición Apostólica.

Desprenderse de cosas efímeras para anhelar las eternas, pide el Papa Benedicto XVI

En la Audiencia General de este miércoles, celebrada en el Aula Pablo VI en el Vaticano, el Papa Benedicto XVI alentó a los fieles a desprenderse de las cosas efímeras para anhelar las eternas, centrándose en la Eucaristía como fuente y culmen de la vida.

Retomando las catequesis sobre los grandes santos de la Iglesia de Oriente y del tiempo medieval en Occidente, Benedicto XVI dedicó la de hoy a San Odón, el segundo abad de la famosa Abadía de Cluny, en Francia. “Desde aquel centro de vida espiritual pudo ejercer un gran influjo en los monasterios del continente europeo“, difundiendo la vida y la espiritualidad inspiradas en la Regla de San Benito. Falleció en el año 942.

El Papa Benedicto recordó que entre las virtudes del santo destacan “la paciencia, el desapego por las cosas terrenas, el celo por las almas, su empeño por la paz, el cumplimiento de los mandamientos, la atención a los pobres, la corrección de los jóvenes y el respeto por los ancianos”.

“Merece una particular mención la devoción al Cuerpo y a la Sangre de Cristo, que Odón, frente a un extendido descuido que deploraba enérgicamente, cultivó siempre con convicción. Estaba realmente persuadido de la presencia real, bajo las especies eucarísticas, del Cuerpo y la Sangre del Señor, en virtud de la conversión ‘sustancial’ del pan y del vino”.

San Odón decía que “sólo quien está unido espiritualmente a Cristo puede participar dignamente de su Cuerpo eucarístico; en caso contrario, comer su carne y beber su sangre no sería de provecho sino de condena”, prosiguió el Papa.

El Pontífice explicó además que “San Odón fue un verdadero guía espiritual también para los fieles de su tiempo. Frente a la ‘inmensidad de los vicios’ difundidos en la sociedad, el remedio que proponía con decisión era un cambio radical de vida, fundado en la humildad, la austeridad, el desprendimiento de las cosas efímeras y la adhesión a las eternas”.

Tras destacar del santo la “profunda bondad de su ánimo; su austeridad”, el Papa dijo que “difundía a su alrededor la alegría de que le embargaba. Con su acción incisiva alimentaba en los monjes, así como en los fieles laicos de su tiempo, el propósito de progresar con paso solícito por el camino de la perfección cristiana“.

“La bondad de San Odón, la alegría que deriva de la fe toque nuestro corazón y que también nosotros podamos encontrar la fuente de la alegría que viene de la bondad de Dios”, concluyó.

En su saludo a los fieles de lengua española, el Papa Benedicto XVI señaló que San Odón, “amaba contemplar la misericordia de Cristo, al que calificaba como ‘amante de los hombres’, que ha muerto por nosotros. Bajo su austeridad de reformador, destacaba su profunda bondad, difundiendo en su entorno la alegría que lo inundaba“.

Al finalizar la Audiencia, el Papa regresó en helicóptero a Castel Gandolfo.

Obama: “Santidad, es un honor para mí estar aquí”

Obama a su llegada al Vaticano

El presidente de EEUU, Barack Obama, ha transmitido a Benedicto XVI los resultados que se han logrado en la última cumbre del G8 en L´Aquila. Obama ha trasmitido a su Santidad la satisfacción por los acuerdos llegados en una cumbre que ha calificado de muy productiva.

Benedicto XVI ha recibido al presidente de los Estados Unidos, Barack Obama. Obama le ha asegurado a Su Santidad que la cumbre del G8 celebrada ha sido “muy productiva” y en ella se han decidido “ayudas para los países pobres“.
    
Santidad, es un honor para mí estar aquí“, dijo Obama, tras ser recibido con un cordial apretón de manos por el Pontífice en la sala del Tronetto, anexa a la Biblioteca Privada, lugar de la entrevista.

¿Violeta Santander?…… pobre D. Jesús Neira.

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Violeta Santander se forra mientras Jesús Neira lucha por su vida. Mostró por primera vez su rostro y se brindó entera al escandalazo que tenía preparado La Noria. Mientras ella cobra su cheque por 72.000 euros por dar vengonzoso espectáculo, Jesús Neira lucha por su vida. Violeta mostró su apoyo incondicional a su novio, Antonio Puerta, y no dudó en criticar a Jesús Neira, profesor de Teoría del Estado en la Universidad Camilo José Cela de Madrid, por intervenir “donde nadie le llamaba” como aseguró ante las cámaras de Telecinco. Con anterioridad, Violeta hizo unas declaraciones a la revista Interviú en el despacho de Marcos García Montes, abogado de Antonio Puerta. Ante Jordi González reiteró desafiante, lo ya avanzado en su entrevista, de que Jesús Neira actuó de manera violenta verbalmente cuando tenía una disputa con Antonio. “No tenía que defenderme de nada, puesto que yo no estaba siendo agredida”, dijo ante una audiencia estupefacta negando que el profesor fuera un héroe. Por esas declaraciones, Violeta Santander hizo caja por unos 70.000 euros según fuentes conocedoras de la operación aunque Telecinco ni confirmó ni desmintió esta cantidad. la entrevista a la novia de Puerta “fue surrealista” ya que llegó a decir que no fue golpeada sino que se cayó “por sufrir de vértigo”

Benedicto XVI presenta la figura de san Jerónimo.

Benedicto XVI presenta la figura de san Jerónimo

Intervención durante la audiencia general

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 7 noviembre 2007.-

Publicamos la intervención de Benedicto XVI durante la audiencia general de este miércoles dedicada a presentar la figura de san Jerónimo.

* * *

Queridos hermanos y hermanas:
Hoy concentraremos nuestra atención en san Jerónimo, un padre de la Iglesia que puso en el centro de su vida la Biblia: la tradujo al latín, la comentó en sus obras, y sobre todo se comprometió a vivirla concretamente en su larga existencia terrena, a pesar de su conocido carácter difícil y fogoso que le dio la naturaleza.

Jerónimo nació en Estridón en torno al año 347 de una familia cristiana, que le dio una fina formación, enviándole a Roma para que perfeccionara sus estudios. Siendo joven sintió el atractivo de la vida mundana (Cf. Epístola 22,7), pero prevaleció en él el deseo y el interés por la religión cristiana.

Tras recibir el bautismo, hacia el año 366, se orientó hacia la vida ascética y, al ir a vivir a Aquileya, se integró en un grupo de cristianos fervorosos, definido por el como una especie de «coro de bienaventurados» (Chron. ad ann. 374) reunido alrededor del obispo Valeriano.

Se fue después a Oriente y vivió como eremita en el desierto de Calcide, en el sur de Alepo (Cf. Epístolas 14,10), dedicándose seriamente al estudio. Perfeccionó el griego, comenzó a estudiar hebreo (Cf. Epístola 125,12), trascribió códigos y obras patrísticas (Cf. Epístolas 5, 2). La meditación, la soledad, el contacto con la Palabra de Dios maduraron su sensibilidad cristiana.

Sintió de una manera más aguda el peso de su pasado juvenil (Cf. Epístola 22, 7), y experimentó profundamente el contraste entre la mentalidad pagana y la cristiana: un contraste que se ha hecho famoso a causa de la dramática y viva «visión» que nos dejó en una narración. En ella le pareció sentir que era flagelado en presencia de Dios, porque era «ciceroniano y no cristiano» (Cf. Epístola 22, 30).

En el año 382 se fue a vivir a Roma: aquí, el Papa Dámaso, conociendo su fama de asceta y su competencia como estudioso, le tomó como secretario y consejero; le alentó a emprender una nueva traducción latina de los textos bíblicos por motivos pastorales y culturales.

Algunas personas de la aristocracia romana, sobre todo mujeres nobles como Paula, Marcela, Asela, Lea y otras, que deseaban empeñarse en el camino de la perfección cristiana y de profundizar en su conocimiento de la Palabra de Dios, le escogieron como su guía espiritual y maestro en el método de leer los textos sagrados. Estas mujeres tamben aprendieron griego y hebreo.

Después de la muerte del Papa Dámaso, Jerónimo dejó Roma en el año 385 y emprendió una peregrinación, ante todo a Tierra Santa, silenciosa testigo de la vida terrena de Cristo, y después a Egipto, tierra elegida por muchos monjes (Cf. «Contra Rufinum» 3,22; Epístola 108,6-14).

En el año 386 se detuvo en Belén, donde gracias a la generosidad de una mujer noble, Paula, se construyeron un monasterio masculino, uno femenino, y un hospicio para los peregrinos que viajaban a Tierra Santa, «pensando en que María y José no habían encontrado albergue» (Epístola 108,14).

Se quedó en Belén hasta la muerte, continuando una intensa actividad: comentó la Palabra de Dios; defendió la fe, oponiéndose con vigor a las herejías; exhortó a los monjes a la perfección; enseñó cultura clásica y cristiana a jóvenes; acogió con espíritu pastoral a los peregrinos que visitaban Tierra Santa. Falleció en su celda, junto a la gruta de la Natividad, el 30 de septiembre de 419/420.

La formación literaria y su amplia erudición permitieron a Jerónimo revisar y traducir muchos textos bíblicos: un precioso trabajo para la Iglesia latina y para la cultura occidental. Basándose e los textos originales en griego y en hebreo, comparándolos con las versiones precedentes, revisó los cuatro evangelios en latín, luego los Salmos y buena parte del Antiguo Testamento.

Teniendo en cuenta el original hebreo y el griego de los Setenta, la clásica versión griega del Antiguo Testamento que se remonta a tiempos precedentes al cristianismo, y de las precedentes versiones latinas, Jerónimo, ayudado después por otros colaboradores, pudo ofrecer una traducción mejor: constituye la así llamada «Vulgata», el texto «oficial» de la Iglesia latina, que fue reconocido como tal en el Concilio de Trento y que, después de la reciente revisión, sigue siendo el texto «oficial» de la Iglesia en latín.

Es interesante comprobar los criterios a los que se atuvo el gran biblista en su obra de traductor. Los revela él mismo cuando afirma que respeta incluso el orden de las palabras de las Sagradas Escrituras, pues en ellas, dice, «incluso el orden de las palabras es un misterio» (Epístola 57,5), es decir, una revelación.

Confirma, además, la necesidad de recurrir a los textos originales: «En caso de que surgiera una discusión entre los latinos sobre el Nuevo Testamento a causa de las lecciones discordantes de los manuscritos, recurramos al original, es decir, al texto griego en el que se escribió el Nuevo Pacto. Lo mismo sucede con el Antiguo Testamento, si hay divergencia entre los textos griegos y latinos, recurramos al texto original, el hebreo; de este modo, todo lo que surge del manantial lo podemos encontrar en los riachuelos» (Epístola 106,2).

Jerónimo, además, comentó también muchos textos bíblicos. Para él los comentarios tienen que ofrecer opiniones múltiples, «de manera que el lector prudente, después de haber leído las diferentes explicaciones y de haber conocido múltiples pareceres –que tiene que aceptar o rechazar– juzgue cuál es el más atendible y, como un experto agente de cambio, rechaza la moneda falsa» («Contra Rufinum» 1,16).

Confutó con energía y vivacidad a los herejes que no aceptaban la tradición y la fe de la Iglesia. Demostró también la importancia y la validez de la literatura cristiana, convertida en una auténtica cultura que para entonces ya era digna de ser confrontada con la clásica: lo hico redactando «De viris illustribus», una obra en la que Jerónimo presenta las biografías de más de un centenar de autores cristianos.

Escribió biografías puras de monjes, ilustrando junto a otros itinerarios espirituales el ideal monástico; además, tradujo varias obras de autores griegos. Por último, en el importante Epistolario, auténtica obra maestra de la literatura latina, Jerónimo destaca por sus características de hombre culto, asceta y guía de las almas.

¿Qué podemos aprender de san Jerónimo? Sobre todo me parece lo siguiente: amar la Palabra de Dios en la Sagrada Escritura. Dice san Jerónimo: «Ignorar las escrituras es ignorar a Cristo». Por ello es importante que todo cristiano viva en contacto y en diálogo personal con la Palabra de Dios, que se nos entrega en la Sagrada Escritura.

Este diálogo con ella debe tener siempre dos dimensiones: por una parte, tiene que darse un diálogo realmente personal, pues Dios habla con cada uno de nosotros a través de la Sagrada Escritura y tiene un mensaje para cada uno. No tenemos que leer la Sagrada Escritura como una palabra del pasado, sino como Palabra de Dios que se nos dirige también a nosotros y tratar de entender lo que nos quiere decir el Señor.

Pero para no caer en el individualismo tenemos que tener presente que la Palabra de Dios se nos da precisamente para edificar comunión, para unirnos en la verdad de nuestro camino hacia Dios. Por tanto, a pesar de que siempre es una palabra personal, es también una Palabra que edifica la comunidad, que edifica a la Iglesia. Por ello tenemos que leerla en comunión con la Iglesia viva. El lugar privilegiado de la lectura y de la escucha de la Palabra de Dios es la liturgia, en la que al celebrar la Palabra y al hacer presente en el Sacramento el Cuerpo de Cristo, actualizamos la Palabra en nuestra vida y la hacemos presente entre nosotros.

No tenemos que olvidar nunca que la Palabra de Dios trasciende los tiempos. Las opiniones humanas vienen y se van. Lo que hoy es modernísimo, mañana será viejísimo. La Palabra de Dios, por el contrario, es Palabra de vida eterna, lleva en sí la eternidad, lo que vale para siempre. Al llevar en nosotros la Palabra de Dios, llevamos por tanto en nosotros la vida eterna.

Concluyo con una frase dirigida por san Jerónimo a san Paulino de Nola. En ella, el gran exegeta expresa precisamente esta realidad, es decir, en la Palabra de Dios recibimos la eternidad, la vida eterna. San Jerónimo dice: «Tratemos de aprender en la tierra esas verdades cuya consistencia permanecerá también en el tiempo» (Epístola 53,10).

[Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final de la audiencia, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]

Queridos hermanos y hermanas:
Dedicamos la catequesis de hoy al Padre de la Iglesia San Jerónimo, que tuvo como centro de su vida la Biblia. De familia cristiana, en Roma recibió una esmerada formación. Una vez bautizado se orientó hacia la vida ascética y partió para Oriente, viviendo como eremita en el desierto, donde perfeccionó el griego, estudió el hebreo y transcribió códices y obras patrísticas. De vuelta a Roma, el Papa Dámaso, lo tomó como secretario y consejero.

Muerto el Papa, peregrinó a Tierra Santa y Egipto, quedándose en Belén hasta su muerte. Allí desarrolló una intensa actividad: comentó la Palabra de Dios; defendió la fe, oponiéndose con vigor a los herejes; exhortó a los monjes; enseñó la cultura clásica y cristiana a los jóvenes; acogió a los peregrinos. Su gran aportación a la Iglesia latina y a la cultura occidental es la «Vulgata», traducción latina de la Biblia basada textos precedentes. En su obra «De viris illustribus», muestra la importancia de más de un centenar de autores cristianos. En su «Epistolario» se da a conocer como hombre culto, asceta y guía de almas.

Saludo a los peregrinos de lengua española, especialmente a las Religiosas que participan en un Curso para Formadoras en el Instituto Claretianum; a los sacerdotes de Valencia, así como a los peregrinos de México y de otros países latinoamericanos. Dejémonos guiar por este sabio maestro del espíritu, tratando de aprender en la tierra las verdades que perdurarán en el cielo.

¡Muchas gracias!

[© Copyright 2007 – Libreria Editrice Vaticana]