Carta pastoral Arzobispo de Sevilla, Juan José Asenjo Pelegrina, con motivo del Año Sacerdotal

Queridos hermanos sacerdotes,

Queridos diáconos y  seminaristas:

 En los inicios de mi ministerio como Arzobispo de Sevilla os dirijo mi primera carta como padre, hermano y amigo de los sacerdotes, diáconos y seminaristas. A todos os saludo fraternalmente en el ecuador del Año Sacerdotal, convocado por el Papa Benedicto XVI con el lema “Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote”. La ocasión de esta convocatoria es la celebración del CL aniversario de la muerte de San Juan María Vianney, el Cura de Ars. Como bien sabéis, el Santo Padre presidió la inauguración del Jubileo en  Roma el día 19 de junio en la celebración de las Vísperas del Sagrado Corazón. La clausura tendrá lugar también en Roma en idéntica fecha de 2010, coincidiendo con el Congreso Mundial de Sacerdotes convocado por el Papa, en el que San Juan María Vianney será proclamado patrón de todos los sacerdotes.

 1.  Un año de gracia, hoy más necesario que nunca. 

 El objetivo último de este año sacerdotal es renovar en profundidad nuestra adhesión cordial y total a Jesucristo, con el que sacramentalmente estamos configurados, ayudarnos a hacer vida en nosotros la “apostolica vivendi forma”, es decir la vida nueva inaugurada por el Señor Jesús y sus Apóstoles, ayudarnos a tender hacia la perfección moral que debe habitar en todo corazón sacerdotal y fortalecer la intimidad con el Señor, de la cual todo sacerdote está llamado a ser experto para poder conducir a las almas a él confiadas al encuentro con el Señor[1]. La Delegación Diocesana para el Clero ha preparado un elenco de iniciativas que a todos nos deben ayudar a vivir con intensidad este año de gracia que el Señor nos depara, de manera que nuestro Jubileo sacerdotal sea una auténtica Pascua para nuestro presbiterio y produzca en todos nosotros muchos frutos de santidad.

 Quiero comenzar compartiendo con vosotros una convicción: el problema principal, el problema de fondo, al que se enfrenta la Iglesia en España en estos momentos es la secularización interna. Es verdad que la nueva cultura hace más difícil nuestra tarea. El llamado pensamiento débil, al no admitir ninguna clase de verdades y certezas es un reto muy serio para la fe y pone en cuestión los compromisos fuertes, estables y definitivos. El hedonismo, el materialismo y el utilitarismo, por su parte, hacen difícil vivir en la atmósfera de tensión moral que exige el Evangelio, dificultan la adhesión a la doctrina moral de la Iglesia y son fuente de diferencias sociales e insolidaridad. Pero la cuestión principal a la que la Iglesia ha de hacer frente hoy entre nosotros no se encuentra en la sociedad, en el laicismo militante, en la orientación inmanentista de la cultura o en las iniciativas legislativas que prescinden de la ley natural, todo lo cual ciertamente obstaculiza nuestra misión y nos hace sufrir. El problema no es tanto externo, sino interno; “es un problema de casa y no sólo de fuera”[2].

 En una de sus pláticas a los clérigos San Juan de Ávila llama a los sacerdotes “guardas de la viña, cabezas, corazones y ojos…[de la Iglesia]”, añadiendo a continuación que “por el descuido de las cabezas, está la viña [de la Iglesia] tan estragada”[3]. En el momento histórico que nos ha tocado vivir, que algunos califican como final de una época, y que tantas analogías guarda con la época de San Juan de Ávila, yo también estoy convencido de que una de las causas, y no de pequeña importancia, de los males de los que en tantas ocasiones nos lamentamos, las dificultades que experimentamos para la penetración del Evangelio en esta cultura, el progresivo alejamiento de la Iglesia de nuestros fieles, el desfondamiento moral y el nihilismo de nuestra juventud, la escasa perseverancia de los niños y jóvenes después de recibir los sacramentos de la iniciación cristiana, está en nosotros los sacerdotes. Si fuéramos más santos, más celosos, más ejemplares y apostólicos, místicos y testigos al mismo tiempo, con una fuerte experiencia de Dios, florecería más la vida cristiana de nuestro pueblo, que necesita del acompañamiento cercano de sacerdotes santos.

 Por todo ello, considero una inmensa gracia de Dios la convocatoria del Año Sacerdotal. En él hemos de dar gracias a Jesucristo, Buen Pastor, que nos ha concedido en San Juan María Vianney un modelo extraordinario de vida y de servicio sacerdotal. Pero al mismo tiempo, esta efemérides debe ser para todos ocasión para renovar el carisma que recibimos mediante la imposición de manos del Obispo en nuestra ordenación sacerdotal (2 Tim 1,6). Mucho nos puede ayudar el conocimiento e imitación de esta figura extraordinaria[4], “verdadero ejemplo de pastor al servicio del rebaño de Cristo”, como lo ha calificado Benedicto XVI[5].

2.  El esplendor de la santidad del Cura de Ars.

 San Juan María Vianney nace en Dardilly, no lejos de Lyon, el 8 de mayo de 1786, y muere en Ars el 4 de agosto de 1859. Entre esas dos fechas, a las que se podría añadir la de su ordenación sacerdotal el 13 de agosto de 1815, su llegada a Ars en febrero de 1819, su canonización el 31 de mayo de 1925 por el Papa Pío XI, y su proclamación como patrono de los párrocos en 1929, se inscribe una de las biografías más conmovedoras y fecundas de toda la historia de la Iglesia. Con ocasión del centenario de su muerte, el Papa Juan XXIII publicó la encíclica Sacerdotii nostri primordia[6], en la que mostraba al Cura de Ars como modelo de vida y ascesis sacerdotal, modelo de piedad y de culto a la Eucaristía y modelo de celo pastoral para nuestro tiempo.

 Juan Pablo II, por su parte, en la Carta a los sacerdotes con ocasión del Jueves Santo de 1986, conmemorando el segundo centenario del nacimiento del Cura de Ars, nos recordaba que muchos de nosotros nos hemos preparado al sacerdocio teniendo ante la vista la figura de San Juan María Vianney, al mismo tiempo que nos pedía que su ejemplo no quede relegado al olvido, pues “hoy más que nunca tenemos necesidad de su testimonio y de su intercesión, para afrontar las situaciones de nuestro tiempo en que, a pesar de algunos signos esperanzadores, la evangelización está dificultada por una creciente secularización, descuidando la ascesis sobrenatural, perdiendo de vista las perspectivas del Reino de Dios, y donde a menudo, incluso en la pastoral, se dedica una atención demasiado exclusiva al aspecto social y a los objetivos temporales”[7].

 3.  Entregado a la predicación y al servicio de los pobres. 

 San Juan María Vianney tiene mucho que enseñarnos a los sacerdotes, pero también a nuestros seminaristas. A lo largo de sus años de preparación para recibir el don del sacerdocio tuvo que vencer innumerables obstáculos: el ambiente político y social imperante en Francia tras la Revolución, la deficiente preparación obtenida en la escuela rural de su aldea natal, la resistencia de su padre y, muy especialmente, sus dificultades en el aprendizaje y la memorización que le impidieron el dominio necesario del latín para poder estudiar la teología. Por ello, a pesar de su laboriosidad, fue apartado temporalmente del Seminario de Lyon. Sólo su voluntad tenaz, su valentía, su piedad, su amor a las almas y la escasez de sacerdotes, fruto de aquellos años azarosos, permitieron que a los veintinueve años recibiera la ordenación sacerdotal. Ninguna dificultad le arredró, ni siquiera los negros presagios que se cernían sobre el futuro del clero francés, como consecuencia del extremo galicanismo bonapartista.

 Ya sacerdote, se entregó con esmero a lo que hoy llamamos la formación permanente personal, a la lectura de autores espirituales y a la preparación de sus sermones, caracterizados por la unción, la convicción y la sencillez, plagados de alusiones a las experiencias cotidianas de sus oyentes. Estaba convencido de que el ministerio de la Palabra es absolutamente necesario para acoger la fe y la conversión, pues como él mismo escribe: “Nuestro Señor, que es la verdad misma, no hace menos caso de su Palabra que de su Cuerpo”[8].  Por ello, se entregó también con pasión a la catequesis de niños y adultos. Porque amaba a sus fieles con corazón de padre y entrañas de madre y buscaba en último término su salvación, en su predicación nunca bajó el nivel de las exigencias del Evangelio, ni se mostró condescendiente con el mal. “Si un pastor –escribe- permanece mudo viendo a Dios ultrajado y que las almas se descarrían, ¡ay de él! Si no quiere condenarse, ante cualquier clase de desorden en su parroquia, deberá pasar por encima del respeto humano y del temor a ser menospreciado u odiado”[9]. No obstante, a pesar de la angustia que le produce el solo pensamiento de que alguno de sus feligreses se pierdan para siempre y el mismo aspecto repulsivo del pecado, en su predicación insiste sobre todo en el atractivo de la virtud, en la ternura y la misericordia de Dios, en el gozo de sentirse amado por Él y de vivir en su presencia.

 Fruto de su caridad pastoral sobresaliente es también su amor a los pobres, a los que socorría generosamente, especialmente si estaban enfermos, privándose incluso de ropa, calzado y comida. Hasta veinticinco familias dependían de su caridad. A juicio de Catalina Lassagne, una de las almas que mejor acogieron su mensaje y su testimonio,“era rico para dar a los pobres, y pobre él mismo”[10]. Algunos años después de su llegada a Ars, fundó una especie de orfanato para jóvenes desamparadas. Le llamó “La Providencia” y fue el modelo de instituciones similares establecidas más tarde por toda Francia. Él mismo daba las catequesis a las niñas y jóvenes.

 4.  Su dedicación al sacramento del perdón.

 Pero el fruto más granado de su celo pastoral, la faceta más conocida del Cura de Ars, que además configura su carisma, es su dedicación perseverante al sacramento de la reconciliación. San Juan María Vianney desde el confesionario hizo de Ars, una pequeña aldea de cuarenta casas de adobe y no más de 230 almas, el corazón de Francia. Ya desde los comienzos de su servicio pastoral comenzaron a acudir a él gentes de otras parroquias vecinas; después de lugares distantes; y por fin, de toda la rosa de los vientos de la geografía francesa y de otros países. Durante los últimos diez años de su vida, pasó no menos de diez horas diarias en el confesionario; a veces hasta dieciséis o dieciocho, sufriendo el frío o el calor asfixiante y, sobre todo, la amargura por los pecados de sus penitentes, especialmente cuando denotaba falta de arrepentimiento.

 A lo largo de casi cuarenta años acogió con amor a los indiferentes para despertarlos al amor de Dios, reconcilió a grandes pecadores arrepentidos y guió innumerables almas a la perfección. Su consejo era buscado por obispos, sacerdotes, religiosos, jóvenes y mujeres con dudas sobre su vocación, pecadores, personas con toda clase de dificultades y enfermos. Su sucesor en la parroquia, B. NODET, dice que a partir de 1827, nueve años después de su llegada a la parroquia, acudían a él unas 20.000 personas al año, y que en 1858, el año anterior a su muerte, el número de peregrinos alcanzó la cifra de 80.000[11]. Su dirección se caracterizaba por el sentido común, la sencillez del lenguaje, su notable perspicacia y su sabiduría  sobrenatural, don del Espíritu Santo, buscando siempre el encuentro personal del penitente con Jesucristo.

 5.  La centralidad de la Eucaristía.

 Pero el centro de la vida espiritual y del ministerio del Cura de Ars fue la celebración de la Eucaristía. Para él, “todas las buenas obras reunidas no equivalen al sacrificio de la Misa, porque son obras de hombres y la Santa Misa es obra de Dios”[12]. Consciente de que en ella se renueva el sacrificio de la Cruz, pedía a los sacerdotes que al celebrarla se ofrecieran a sí mismos juntamente con la víctima divina. La celebración de la Eucaristía fue el sustento de su vida sacerdotal. Sus biógrafos nos refieren que se preparaba largamente cada día para celebrarla y que era conmovedor su recogimiento en la consagración y la comunión. Pasaba muchas horas en adoración ante el Santísimo, antes de la aurora o por la noche, y mientras él vivía pobremente, no escatimaba los gastos necesarios para que la casa del Señor resplandeciese por su ornato y dignidad.

 De esta forma, con su testimonio, sus feligreses fueron apreciando cada vez más la Santa Misa y la adoración eucarística, verdadero manantial de vida cristiana y de fidelidad, de manera que muy bien se puede afirmar que la Eucaristía, el sacramento de la penitencia, la predicación, la catequesis, la visita a los enfermos, su testimonio de desprendimiento, caridad y pobreza, y la gracia de Dios que actuaba a raudales a través del Cura de Ars, fueron transformando aquel pueblo en el que antes había mucha ignorancia religiosa, mucha indiferencia y escasa práctica religiosa. Se lo había advertido el Obispo al enviarle: “No hay mucho amor a Dios en esta parroquia, tú lo pondrás”[13].

 Así fue en realidad. En pocos años aquella feligresía se transformó. Llegan personas de toda Francia y de otros países, que a veces tienen que esperar varios días para poder verlo y confesarse. Lo que les atrae no es la curiosidad ni el maravillosismo, los milagros y las curaciones extraordinarias que el Cura de Ars trata de disimular. Buscan en cambio al santo, bajo una apariencia pobre y débil como consecuencia del trabajo pastoral, de los ayunos, penitencias y disciplinas; buscan al amigo de Dios, que huye de honores y protagonismos, que trasluce paz y serenidad, paciencia y buen humor y una sobresaliente capacidad para dirigir a las personas como guía y médico de almas.

 6.  La vida interior, manantial de su vida apostólica.

El manantial de la caridad pastoral y de la generosidad del Cura de Ars es, sin duda, su vida interior, su amor apasionado a Jesucristo, contemplado y adorado en las largas horas que pasa ante el Santísimo, un amor sin reservas ni límites, como respuesta a quien desde la Cruz nos ha amado primero. Por ello, se entrega sin tregua a la salvación de las almas, rescatadas por Cristo a tan gran precio, de modo que acojan en sus vidas el amor de Dios. Por Cristo, vive con radicalidad el Evangelio y las exigencias que Él señala a quienes envía a la misión: la unión con Él y la oración constante, la pobreza y la austeridad, la humildad, la renuncia de sí mismo y la penitencia y mortificación voluntarias, que en la vida de San Juan María Vianney fueron proverbiales, según nos refieren los testigos de su proceso de canonización, quienes afirman que su subsistencia hasta los setenta y tres años fue un milagro permanente, pues su alimentación y su descanso fueron humanamente hablando insuficientes.

 Desde su identificación con Cristo bebe el amor del Señor por las almas, en su caso por los fieles encomendados a su ministerio, a los que se entrega sin límites, sacrificando su tiempo, su salud y su persona entera. Refiriéndose al Cura de Ars escribió el Papa Juan Pablo II que “raramente un pastor ha sido hasta este punto consciente de sus responsabilidades, devorado por el deseo de arrancar a sus fieles del pecado o de la tibieza”[14]. Así se entiende también la plegaria que frecuentemente repetía: “Oh Dios mío, concededme la conversión de mi parroquia: acepto sufrir cuanto  queráis el resto de mi vida”[15].  

 

 7.  El Año Sacerdotal, llamada a una profunda renovación. 

  Queridos hermanos sacerdotes y seminaristas: casi a vuelapluma he intentado mostraros en las páginas precedentes la figura sencilla pero impresionante de San Juan María Vianney. Os recuerdo de nuevo el lema de este año jubilar: “Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote”. A la especial predilección con que el Señor nos ha distinguido, llamándonos a compartir su intimidad, su misión y sus tareas, a la fidelidad que ha derrochado con nosotros a pesar de nuestras pequeñas o grandes infidelidades, sólo podemos responder renovando y fortaleciendo nuestra fidelidad a Él hasta la muerte.

 Gracias a Dios, en los últimos años se han despejado muchos interrogantes sobre la identidad de nuestro sacerdocio, sobre todo en el plano teórico. Menos en el plano práctico y existencial. Todos debemos convencernos de que el único manantial de nuestra identidad es Cristo Sacerdote. No es la sociología o las tendencias culturales del momento presente las que deben marcarnos el paso fijando nuestra identidad y nuestro papel en la Iglesia y en la sociedad, pues lo harán siempre a la baja, laicizando o desnaturalizando la sacralidad de nuestro ministerio de acuerdo con los criterios de la cultura secularizada. Nuestro sacerdocio, como nos dijera el Papa Juan Pablo II, “está marcado con el sello del sacerdocio de Cristo, para participar en su función de único Mediador y Redentor”[16].

 Por ello, sólo nos realizamos plenamente como sacerdotes configurándonos existencialmente con Él y conformando nuestro corazón y nuestra vida según el Corazón sacerdotal de Cristo. Nos lo ha dicho también recientemente el Papa Benedicto XVI en su discurso a los miembros de la Congregación para el Clero el 16 de marzo de este año. Después de ponderar la necesidad de transmitir a las generaciones jóvenes, sacerdotes y seminaristas, “una buena formación, llevada a cabo en comunión con la Tradición eclesial ininterrumpida, sin rupturas ni tentaciones de discontinuidad” procurando “una correcta recepción de los textos del Concilio Ecuménico Vaticano II, interpretados a la luz de todo el patrimonio doctrinal de la Iglesia”, nos pide a los sacerdotes estar presentes en el mundo “identificables y reconocibles tanto por el juicio de fe como por las virtudes personales, e incluso por el vestido”[17].

 8.  La estima de nuestro sacerdocio.

 El Cura de Ars era muy consciente del inmenso don que el sacerdocio supone para el que lo recibe y también para la Iglesia y para la humanidad. Como nos ha dicho el Papa Benedicto XVI en su carta a todos los presbíteros del mundo con ocasión de nuestro Jubileo Sacerdotal[18], San Juan María Vianney solía repetir con frecuencia que “el sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús”[19]. Con esta frase reconocía con devoción y admiración el don grandioso que es un sacerdote para un pueblo. Para el Cura de Ars, “un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina”[20]. Él mismo escribió en una ocasión este hermoso pensamiento, que nos ha llegado a través de su sucesor en la parroquia de Ars: “Sin el sacerdote, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no servirían de nada…. Es el sacerdote el que continúa la obra de la redención sobre la tierra… ¿De qué nos serviría una casa llena de oro si no tuvierais a nadie para abrir la puerta? El sacerdote tiene la llave de los tesoros celestiales; es quien abre la puerta; es el ecónomo de Dios, el administrador de sus bienes… Dejad una parroquia veinte años sin sacerdote; se adorará a los animales…”[21].  

 De la conciencia de la dignidad del sacerdocio nace su gratitud constante al Señor por este don siempre inmerecido, un don del que nosotros los sacerdotes debemos ser cada día más conscientes. De la conciencia de la grandeza del sacerdocio nace además la estima que también nosotros debemos sentir por este don, el esmero con que debemos cuidar este tesoro que llevamos en vasijas de barro (2 Cor 4,7), y nuestro agradecimiento al Señor por habernos elegido y por haberse fijado en nosotros para asociarnos a su obra de salvación.

 9.  Exigencia de santidad.  

 De esta conciencia, cada día renovada, brota también su sentido de la responsabilidad, su entrega sin tregua al ministerio y su afán por la propia santificación. De aquí nace además su identificación profunda con su sacerdocio, su identificación todavía más honda con Jesucristo y su aspiración constante a la santidad. No es ocioso que os recuerde que si nuestros hermanos laicos están “invitados y aun obligados… a buscar insistentemente la santidad y la perfección dentro del propio estado”[22], mucho más lo estamos los sacerdotes, como nos encareciera el Concilio Vaticano II: “Los sacerdotes están obligados de manera especial a alcanzar esa perfección, ya que consagrados de manera nueva por la recepción del orden se convierten en instrumentos vivos de Cristo”[23].

 Otro tanto nos dejó escrito el Siervo de Dios Juan Pablo II, cuya doctrina sacerdotal y, sobre todo, cuyo testimonio de entrega a la Iglesia y a los fieles hasta el último aliento tanto tienen que enseñarnos a los sacerdotes. Tomemos buena nota de estas sugerencias preciosas: “La vocación sacerdotal es esencialmente una llamada a la santidad que nace del sacramento del orden. La santidad es intimidad con Dios, es imitación de Cristo pobre, casto, humilde; es amor sin reservas a las almas y donación a su verdadero bien; es amor a la Iglesia que es santa y nos quiere santos, porque ésta es la misión que Cristo le ha encomendado. Cada uno de nosotros debe ser santo, también para ayudar a los hermanos a seguir su vocación a la santidad”[24] .

 Por su parte, el Santo Padre Benedicto XVI nos acaba de decir que  “la Iglesia necesita sacerdotes santos; ministros que ayuden a los fieles a experimentar el amor misericordioso del Señor y sean sus testigos convencidos”, pues “aunque no se puede olvidar que la eficacia sustancial del ministerio no depende de la santidad del ministro, tampoco se puede dejar de lado la extraordinaria fecundidad que se deriva de la confluencia de la santidad objetiva del ministerio con la subjetiva del ministro”. Nos ha dicho también el Papa que el Cura de Ars se tomó muy en serio esta “humilde y paciente tarea de armonizar su vida como ministro con la santidad del ministerio confiado”[25]. Es la tarea que la Iglesia y el sentido común piden también de nosotros[26].

10.  Huyamos de la tibieza.

 En los últimos años, algunos análisis sobre la situación de la Iglesia en España han señalado, y puede que con razón, que a nuestra Iglesia le falta empuje misionero, dinamismo evangelizador e impulso místico, que tiene un horizonte espiritual de bajo perfil y una tendencia acentuada a la tibieza y al conformismo. Si esto fuera así, no cabe duda que los primeros responsables de esta situación seríamos nosotros, los obispos y los sacerdotes, y que la única forma de responder a este diagnóstico sería el crecimiento radical de la vida en el Espíritu recuperando la dimensión mística y sobrenatural de la vida cristiana y sacerdotal, es decir, aspirando con todas nuestras fuerzas a la santidad.

  El aburguesamiento espiritual y la tibieza es la situación espiritual más peligrosa que puede acechar a un cristiano, y mucho más a un sacerdote, porque el tibio no es consciente de su situación ni de los peligros que le amenazan. En consecuencia, no siente la necesidad de convertirse. El tibio trata de acercarse a Dios sin esfuerzo, sin renuncias, compatibilizando el servicio a Dios con pequeñas transigencias y condescendencias consigo mismo, que en realidad son pequeñas o grandes infidelidades. Es propio de la tibieza la tristeza, el desaliento y la dejadez en la vida interior. El tibio pierde la alegría de la entrega y el entusiasmo por Jesucristo. En este sentido nos dice el Cura de Ars: “El alma tibia no está aún absolutamente muerta a los ojos de Dios, ya que no están totalmente extinguidas en ella la fe, la esperanza y la caridad, que constituyen su vida espiritual. Pero su fe es una fe sin celo; su esperanza, una esperanza sin firmeza; y su caridad, una caridad sin ardor”[27].

  Queridos hermanos sacerdotes: sacudámonos la tibieza que nos esteriliza y que hace también estéril nuestro ministerio. Volvamos al amor primero (Cf. Ap 2,4-5) y al fervor y los grandes ideales que henchían nuestro corazón el día de nuestra ordenación. Recuperemos el único centro de nuestra vida, que no es otro que el Señor. Él es nuestra heredad más preciada, nuestra única posible plenitud y la fuente principal de nuestro equilibrio psicológico, que nace de la conformidad entre lo que predicamos con los labios y lo que vivimos en el fondo de nuestro corazón. La conversión del corazón no es patrimonio ni obligación exclusiva de los grandes pecadores. También nosotros necesitamos convertirnos porque “en muchas cosas erramos todos” (St 3,2) y “si decimos que no hemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros.” (1 Jn 1,8).

11.  Pongamos los medios ordinarios que nos ayudan en nuestra fidelidad.

 La santidad de vida que exige nuestro sacerdocio, la fidelidad a la que todos somos llamados y la conversión continua no es posible si no ponemos los medios ordinarios que la Iglesia siempre nos ha recomendado, en primer lugar la confesión frecuente, preparada cada día en el examen diario de conciencia, que tanto puede ayudarnos a hilar fino en nuestra vida espiritual. Apreciemos cada día más el sacramento de la penitencia, del que nosotros no sólo somos ministros, sino también beneficiarios. Que nuestros fieles nos vean confesarnos con frecuencia para que también ellos estimen cada vez más este hermoso sacramento[28]. Los feligreses de Ars contemplaban a su párroco confesarse derramando abundantes lágrimas. Así fue creciendo entre ellos el aprecio por este sacramento “en el que –como él mismo nos dice- Dios parece olvidar su justicia para manifestar únicamente su misericordia”[29]. El Papa Juan Pablo II nos dejó escrito a los sacerdotes que “el sacramento de la reconciliación es un instrumento fundamental para nuestra santificación”. Él nos dijo además que este sacramento, “irrenunciable para toda existencia cristiana, es también ayuda, orientación y medicina de la vida sacerdotal”[30].  

 Otro medio imprescindible es la recitación consciente y fervorosa de la Liturgia de las Horas, cuyo aprecio todos debemos fortalecer y que en algunos casos habremos de recuperar. San Juan María Vianney recitaba esta plegaria de rodillas en la sacristía como la alabanza esencial a la Santísima Trinidad[31]. “El breviario -escribe- es mi fiel compañero; no sabría ir a ninguna parte sin él. ¿No hay unas gracias particulares atadas a la Sagrada Escritura? El breviario está compuesto por los más hermosos fragmentos de la Sagrada Escritura y las más bellas plegarias” [32].  

Y junto a la oración litúrgica, la oración personal. El Señor nos ha llamado en primer lugar para estar con Él y después para enviarnos a predicar (Mc 3,14). Nos ha llamado, pues, a compartir su intimidad, a conocer su identidad más profunda, para después confesarlo cada vez con mayor hondura y convicción. No es posible vivir la misión apostólica, sin estar con Él, sin la oración de amistad e intimidad. En realidad, ambos aspectos, “para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar”, constituyen la cara y la cruz de la misma moneda, de la misma llamada y, por tanto, del mismo y único ministerio. Así lo entienden también los Apóstoles, que cuando eligen a los diáconos (Hech 6,4), explican el paso que acaban de dar apelando a la necesidad de dedicarse íntegramente al ministerio, que ellos concretan en dos actividades: la oración y la predicación. Esto quiere decir, que estar con Él y predicar su nombre, son dos partes inseparables del ministerio de salvación que también nosotros hemos recibido.

  Si esto es así, la conclusión es evidente: la oración, nacida de la amistad, pertenece esencialmente a la misión, que no se concibe sin la oración, pues las funciones que conlleva no son las propias de los funcionarios profesionales, sino las propias de los amigos, los amigos del Esposo (Lc 5, 33-39). Así nos lo dice la Iglesia en un documento dirigido directamente a nosotros los sacerdotes: “Para desarrollar un ministerio pastoral fructuoso, el sacerdote necesita tener una sintonía particular y profunda con Cristo, el Buen Pastor, el único protagonista principal de cada acción ministerial”[33].

 Así lo vivió San Juan María Vianney. Nos lo refiere su sucesor B. NODET, quien nos asegura que “hacia las cuatro de la mañana, los vecinos podían ver una linterna cruzar una parte del pequeño cementerio y desaparecer por la puerta de debajo del campanario. El señor Cura iba a rezar…”[34]. Él estaba convencido de que si la amistad no se forja en la oración, también la misión pierde su identidad, su calidad y su eficacia. Por ello, cultiva fervorosamente la oración contemplativa, en la que, como él mismo escribe, “Dios y el alma son dos pedazos de cera que se funden juntos”[35]; y cultiva además la oración apostólica, en la que tiene presentes los nombres, las necesidades y los dolores de sus fieles y de quienes llegan de todas partes buscando luz y consejo, encomendando al Señor, en unos casos su conversión y en otros su crecimiento como hijos de Dios[36].   

  Entre los medios que nos ayudan eficazmente a vivir fielmente nuestro sacerdocio y a crecer en caridad pastoral, hemos de mencionar también “la devoción filial y auténtica” a la Santísima Virgen, a la que el Papa Juan Pablo II presentaba como “maestra en escuchar y cumplir prontamente la Palabra de Dios”, modelo para los pastores de fidelidad al único Maestro, y modelo “en la estabilidad de la fe, en la confiada esperanza y en la ardiente caridad”[37]. El alma sacerdotal de María es modelo de nuestra caridad pastoral, que ella ejerce de modo eminente en Pentecostés, caldeando en la oración el corazón de los primeros evangelizadores, y sobre todo, al pie de la Cruz, aceptando el sacrificio y la muerte de su Hijo para la salvación de toda la humanidad necesitada de redención. El Cura de Ars profesó una tierna devoción a la Santísima Virgen, a la que llama “su más viejo amor”, “mejor que la mejor de las madres”, la luz de sus días oscuros, que “puede compararse a un hermoso sol en un día de niebla”. Él mismo nos confiesa lo que María ha significado en su vida: “He bebido tan a menudo de esta fuente, que ya no quedaría nada desde hace tiempo, si no fuera inagotable”[38].

  Cada uno de nosotros sabemos mejor que nadie lo que la Santísima Virgen ha representado en nuestra vida de niños, de seminaristas y de sacerdotes. Ella ha sido y debe seguir siendo la madre, la tesorera y guardiana de nuestra vocación, el aliento de nuestra fidelidad y de nuestro apostolado, refugio, socorro, consuelo, auxilio en nuestras dificultades, estrella y guía de nuestro sacerdocio. Qué bueno sería que en este Año Sacerdotal tratáramos de recuperar el rezo del Santo Rosario, que no deberíamos dejar por nada del mundo, pues es un signo sencillo pero elocuente de nuestro amor filial a nuestra Señora. 

  Otros medios importantes y muy recomendados por la Iglesia para favorecer nuestra fidelidad son los Ejercicios Espirituales y Retiros. La propia experiencia nos enseña cuantísimo bien nos reportan estas practicas periódicas, que son una verdadera necesidad en nuestra vida personal como cristianos y una verdadera urgencia como pastores[39]. Por desgracia, son muchos los hermanos sacerdotes que año tras año olvidan los Ejercicios Espirituales, hoy más necesarios que nunca para mantener la tensión espiritual y el celo apostólico. En este sentido nos ha dicho el Papa Benedicto XVI que “en un tiempo como el actual, en el que la confusión y multiplicidad de los mensajes y la rapidez de cambios y situaciones dificultan de especial manera a nuestros contemporáneos la labor de poner orden en su vida y de responder con determinación y alegría a la llamada que el Señor dirige a cada uno de nosotros, los Ejercicios Espirituales constituyen un camino y un método particularmente valioso para buscar y hallar a Dios en nosotros, en nuestro alrededor y en todas las cosas, con el fin de conocer su voluntad y de llevarla a la práctica”[40].

 Algo parecido cabe decir de la Dirección Espiritual, a la que dedicó una parte fundamental de su vida San Juan María Vianney, y de la cual fue un consumado maestro, no tanto por sus conocimientos teóricos, sino por la afinidad y sabiduría que el Señor concede a aquellas almas que viven en permanente familiaridad con Él. El autor del libro del Eclesiastés nos dice que “más valen dos que uno solo, porque mejor logran el fruto de su trabajo. Si uno cae el otro le levanta; pero ¡ay del que esta solo, que, cuando cae, no tiene quien le levante!” (4,9-10).

El Papa Pío XII nos dejó escrito a los sacerdotes este sabio consejo: “en el camino de la vida espiritual no os fiéis de vosotros mismos, sino que, con sencillez y docilidad, pedid consejo y aceptad la ayuda de quien, con sabia moderación, puede guiar vuestra alma, indicaros los peligros, sugeriros los remedios oportunos, y en todas las dificultades internas y externas os puede dirigir rectamente y encaminaros a ser cada día mas perfectos […]. Sin esta prudente guía de la conciencia, de modo ordinario, es muy difícil secundar convenientemente los impulsos del Espíritu Santo y de la gracia divina”[41]. El Papa Juan Pablo II por su parte nos ha dicho que la dirección espiritual es “un medio clásico que no ha perdido nada de su valor, no sólo para asegurar la formación espiritual, sino también para promover y mantener una continua fidelidad y generosidad en el ministerio sacerdotal”[42]. Sigamos estas recomendaciones de la Iglesia y recuperemos o potenciemos en nuestra vida sacerdotal este medio tan importante para crecer en la vida interior, en amor al Señor y en la vivencia fiel y gozosa de nuestro ministerio[43].

Otro medio importante que nos ayuda en la fidelidad y en el  ejercicio ilusionado de nuestro ministerio es la fraternidad sacerdotal, que nace de nuestra común participación en el único sacerdocio de Jesucristo y que no puede quedar reducida a los encuentros anuales con ocasión de la Misa Crismal, la fiesta de San Juan de Ávila, o a los encuentros festivos en Navidad o en la clausura del curso pastoral en los arciprestazgos. Nuestra amistad con Jesús debe prolongarse en la amistad con el compañero sacerdote. Como buenos pastores debemos ser amigos de los laicos, sobre todo de los pobres, de los enfermos, de los que sufren, los parados, los inmigrantes, los niños, los jóvenes y las familias. Pero el amigo más entrañable del sacerdote debe ser el compañero sacerdote, porque en la ordenación se ha establecido entre nosotros una relación ontológica y esencial, pues juntos participamos del mismo sacerdocio. Por lo tanto, no puede ser adversario, ni rival. Es amigo y hermano.

 Por ello, hemos de cultivar entre nosotros la amistad franca, leal y cálida, que se expresa en la visita, en la acogida, en la inserción activa en el arciprestazgo, en la ilusión por rezar juntos y trabajar en equipo, en la preocupación por su salud física, psicológica y espiritual, en hablar bien del compañero, en la corrección verdaderamente fraterna, en el apoyo incondicional[44]. Los primeros en escuchar el mandamiento nuevo en la noche de la Cena son los Apóstoles y a ellos les urge de manera especial el deber de amarse, quererse y ayudarse. ¡Cuántas defecciones se hubieran evitado en la Iglesia en los últimos decenios, si los sacerdotes hubiéramos estado más pendientes de nuestros compañeros, tendiéndoles la mano y ayudándoles a superar los baches y dificultades!

 12.  Otras actitudes imprescindibles.

 Me refiero en primer lugar a la virtud de la pobreza, exigencia de nuestra identificación con Jesucristo, que siendo rico se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza (2 Cor 8,9)[45]. Al Cura de Ars le impresionaba grandemente meditar sobre la pobreza de la cueva de Belén y del hogar de Nazaret, en el que el Señor vive la mayor parte de su vida. Le impresionaba también la pobreza de Jesús durante su ministerio público, en el que depende de las limosnas de sus amigos y discípulos (Lc 8,3), careciendo de un hogar en el que reclinar su cabeza (Mt 8,20). También a nosotros nos debe impresionar este rasgo de la vida de nuestro Maestro. Efectivamente, no seremos discípulos cabales y ministros veraces de Jesucristo si no vivimos con finura y al detalle la pobreza, que el Papa Juan Pablo II calificó como la “sumisión de todos los bienes al Bien supremo de Dios y de su Reino” [46].

 Nada amortigua tanto la ilusión sacerdotal, la entrega a Jesucristo y a nuestros fieles como el amor a las riquezas, que nos esclavizan e impiden que nos arrodillemos solamente ante el Señor de nuestras vidas, que nos ha elegido y que es nuestra única heredad (Núm 18,20). Nada nos endurece tanto espiritualmente como el apego el apego a los bienes de la tierra y la incapacidad y cerrazón para compartirlos con los necesitados. Por ello, el Concilio Vaticano II invitó a los sacerdotes a que “abracen la pobreza voluntaria, por la que se conforman más manifiestamente a Cristo y se tornan más prontos para el sagrado ministerio”[47]. También en esto San Juan María Vianney es modelo consumado. Los testigos de su proceso de canonización afirman que a su muerte, nada podía dejar en testamento, pues nada tenía[48]. Algunos de ellos le habían oído decir en una ocasión: “Mi secreto es muy simple: darlo todo, no guardar nada”. Otros aseguran haberle oído decir algunos años antes de su muerte: “Estoy muy contento. No tengo nada de nada. Dios puede llamarme cuando quiera”[49].  

 

 Otra clave esencial en nuestro camino de fidelidad es el amor a la cruz, es decir, apreciar, buscar y gustar la cruz, que es locura para los judíos y escándalo para los griegos, pero “para nosotros, sabiduría y fuerza de Dios”. El Cura de Ars “fue un gran penitente, discípulo en esto de los Padres del desierto”. Nos lo confiesa su sucesor B. NODET, que tenía muchos motivos para saberlo. El propio Vianney estaba convencido de que “la cruz es el libro más sabio que se puede leer. Los que no conocen este libro son unos ignorantes aunque conozcan todos los otros libros”[50]. Efectivamente, en la cruz se manifestó el amor extremo con que Dios amó a su Hijo y ama a los hombres. Jesucristo nos declaró su amor con el lenguaje de la cruz y nosotros no podemos proclamar y comunicar este amor sin utilizar el mismo lenguaje. Aunque en nuestra sociedad hedonista el Evangelio de la Cruz resulte chocante y hasta repulsivo, es preciso recordar sin disimulos que es imposible aspirar a la santidad huyendo de la Cruz, de la mortificación voluntaria y de la aceptación por amor del dolor y el sufrimiento que generan la convivencia y las  limitaciones físicas o psicológicas que el Señor permite en nuestra vida. Hoy más que nunca necesitamos recuperar en la espiritualidad de los sacerdotes y de todos los cristianos el valor único de la Cruz, el amor al Crucificado y la identificación con Él.

 13. Nuestra caridad pastoral.   

En páginas anteriores, me he referido a la caridad pastoral de San Juan María Vianney. Efectivamente el Cura de Ars fue una copia del modelo por excelencia, Jesucristo, el Buen Pastor, pues vivió desviviéndose por sus fieles, entregando su vida a la Iglesia y a las almas a imitación de Cristo, “que amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella” (Ef 5,25). Él se entregó a su parroquia con la misma intensidad con que el esposo bueno y fiel se entrega a su esposa. Desde su amor apasionado a Jesucristo y desde su identificación total con el Señor, contemplado en la oración, el Cura de Ars asimiló el espíritu y los rasgos del amor pastoral que Jesús tiene a los hombres, haciendo visible el amor de Cristo Pastor, encarnado, prolongado, continuado y actualizado en su propio amor a la comunidad de Ars que la Iglesia le encomendó. Él estaba convencido y así se lo decía a sus fieles, que “el sacerdote no es sacerdote para él… Lo es para vosotros”[51].  

 La caridad pastoral es el primer rasgo del presbítero diocesano secular y nuestro principal camino de santificación[52]. Después del cultivo de la vida interior, motor y manantial de todas nuestras actividades, el servicio pastoral a nuestros fieles debe ser nuestro único interés. Todos los demás intereses y valores han de quedar subordinados a este principalísimo deber, a este principalísimo amor, que tiene la primacía sobre todos los demás intereses u opciones. Todo en nuestra vida sacerdotal debe estar ordenado a la caridad pastoral: nuestros compromisos familiares, amistades, relaciones, aficiones, ocupaciones, forma de vivir, gastos o vacaciones. Todo debe confrontarse con la caridad pastoral; y si alguna de estas realidades es un obstáculo para servir a nuestros fieles con alma, vida y corazón, habremos de replantearnos nuestra relación con ellas y rehacer nuestras opciones fundamentales y programas. El Papa Juan Pablo II nos decía que “la caridad pastoral es principio interior y dinámico capaz de unificar las múltiples y diversas tareas del sacerdote”[53], lo cual quiere decir que nuestra única pasión como pastores debe ser servir y amar a nuestros fieles, nuestra verdadera y auténtica familia, con el deseo de verlos crecer como hijos de Dios, como miembros activos y dinámicos de la Iglesia y como hermanos reconciliados.

La gracia que el Espíritu Santo nos infundió el día de nuestra ordenación nos capacita e impulsa a amarles como el Señor los ama, a entregar la vida por ellos, como el buen Pastor (Jn 10,15); a servirles y a compartir con ellos nuestra mayor riqueza, Jesucristo; a anunciarlo, mostrarlo y darlo a todos, saliendo para ello a los caminos y a las encrucijadas para buscar a los que se han marchado o a los que nunca han estado en el redil, para que también ellos disfruten de la mesa cálida y familiar de la Iglesia. Así es el amor pastoral de Jesús.

 Él conoce a sus ovejas (Jn 10,14), y éstas conocen su voz (Jn 10,4), las llama por su nombre (Jn 10,3), se apiada de la oveja perdida y la busca, aunque tenga que dejar a las otras noventa y nueve (Lc 15,4-7).  La vivencia cabal del ministerio de salvación que el Señor nos ha confiado ha de impulsarnos a gastarnos y desgastarnos por nuestros fieles, sin medida, sin recortes y sin reloj, de sol a sol, pues lo nuestro es servir, lo nuestro es el “amoris officium”, como escribiera San Agustín[54]. Debe impulsarnos además a conocerles, a compartir sus luchas, sufrimientos y problemas, amando con cercanía afectiva, familiaridad, compasión y ternura a los niños, a los jóvenes, a los enfermos, a las familias y a los pobres. Como San Pablo y como el Cura de Ars, hemos de entregar a nuestros fieles nuestra propia persona (1Tes 2,8), con tal de que conozcan a Dios y a su enviado Jesucristo y disfruten de la gracia de la filiación.

 Todos estamos convencidos de nada necesita nuestro mundo con más urgencia que a Jesucristo, el único que puede dar respuesta a los grandes problemas del mundo, al sufrimiento, la desesperanza y la angustia de tantos hermanos nuestros. Por ello, os invito, queridos hermanos sacerdotes, a reavivar en este año de gracia el carisma que el Espíritu Santo nos regaló el día de nuestra ordenación y a huir del estilo de vida funcionarial, que tanto tiene que ver con la actitud del mercenario, al que no le importan las ovejas (Jn 10,5.12-13). Dios quiera que en este Año Jubilar todos hagamos crecer en nuestros corazones la llama del amor pastoral a nuestros fieles. Este don del Espíritu, compartido con nuestros hermanos presbíteros y que es participación del amor pastoral de Jesús, es el secreto manantial de la ilusión sacerdotal y del celo por las almas cada día renovado. Es lo único que nos mantendrá frescos en esta coyuntura, en la que a ojos vista ha diminuido el aprecio social por nuestra tarea, acompañada en muchas ocasiones por la incomprensión o el desprecio, y por las condiciones adversas en que nos sitúa la secularización.

  No quisiera dejar de deciros que en nuestro ministerio y en nuestra entrega a los fieles, junto a la Eucaristía, el mejor servicio que podemos prestarles es el anuncio de la Palabra de Dios en la homilía, en la catequesis, en las charlas de formación y en el acompañamiento espiritual. En todas estas ocasiones no podemos olvidar la comunión con la Iglesia. La Palabra es de Dios, no es nuestra, como no es nuestra la doctrina, que es de la Iglesia. El Pueblo de Dios tiene derecho a escuchar de los labios de sus sacerdotes la Palabra íntegra, sin adulterarla, sin arrancar páginas. Tiene derecho igualmente a que le entreguemos la doctrina genuina, sin reduccionismos, en comunión estrecha con el Magisterio del Papa y de los Obispos. No son admisibles las mutilaciones selectivas, de acuerdo con los dogmas seculares de la nueva cultura inmanentista, como tampoco lo es, como recientemente nos ha dicho el Papa, tamizar la doctrina auténtica del Concilio Vaticano II por nuestra sensibilidad, por nuestras opciones personales o desde posiciones ideológicas ajenas a la Tradición viva de la Iglesia, pues no nos predicamos a nosotros mismos, sino la Palabra sacrosanta e intemporal de Jesucristo, de la que la Iglesia es su depositaria e intérprete.

  Otro tanto cabe decir del respeto que debemos observar por las normas litúrgicas, en la celebración de la Santa Misa y en la administración de los sacramentos, pues ni la Eucaristía ni los sacramentos son nuestros, sino de la Iglesia. No caben, pues, arbitrariedades ni protagonismos, que sólo corresponden al Señor[55].  

 14. Crezcamos en disponibilidad para servir a nuestros fieles el sacramento del  perdón.

 En páginas anteriores, me he referido a la dedicación heroica de San Juan María Vianney al confesionario y a la dirección espiritual, rasgo que constituye una parte notable de su carisma[56]. Por ello, me permitiréis unas palabras sobre nuestra obligación, por imperativo de justicia, de facilitar a nuestros fieles el acceso a la confesión individual, a la que tienen un derecho objetivo y reconocido por la Iglesia. Como bien sabéis, el sacramento del perdón en estos momentos sigue sumido en una profunda crisis que viene de décadas anteriores, como consecuencia de la pérdida del sentido del pecado, del individualismo, de la autosuficiencia y de la resistencia por parte de algunos cristianos e, incluso de algunos sacerdotes, a admitir las mediaciones.

 Permitidme que comparta con vosotros una convicción, que entraña también una preocupación: también nosotros los sacerdotes tenemos una responsabilidad no pequeña en este estado de cosas, pues en los últimos decenios nos ha faltado disponibilidad para poner al alcance de nuestros fieles este sacramento precioso, el sacramento de la paz, de la alegría y del reencuentro con Dios. Por ello, no sería pequeño el fruto de este Año Sacerdotal, si además de ayudarnos a fortalecer nuestra fidelidad al Señor, como reza la convocatoria, todos tratáramos de recuperar en nuestras parroquias el sacramento de la penitencia, de acuerdo con la mente y las normas de la Iglesia[57], mostrándonos disponibles, dedicándole tiempo, dándole toda la importancia que le corresponde, insistiendo en la conversión y la vuelta a Dios, la petición de perdón, el arrepentimiento y la satisfacción, sin los cuales la renovación de este sacramento será sencillamente imposible.

  Personalmente estoy convencido de que nuestra dimisión del confesionario y de la dirección espiritual personalizada de los fieles es una de las causas más importantes de la atonía espiritual de nuestras parroquias y de la aguda crisis vocacional que padecemos. Por ello, a todos os invito a entregaros con perseverancia a este ministerio, sin duda “una de las expresiones más significativas de nuestro sacerdocio”[58]. Es verdad que en ocasiones es una tarea difícil, la más delicada y exigente, y muchas veces la más agotadora, pero es también una de las más hermosas y consoladoras, como escribiera el Papa Juan Pablo II en la exhortación postsinodal sobre la penitencia[59].

  Benedicto XVI, por su parte, nos ha dicho en la carta de convocatoria del Año Sacerdotal que “los sacerdotes no deberían resignarse nunca a ver vacíos sus confesonarios ni limitarse a constatar la indiferencia de los fieles hacia este sacramento. En Francia, en tiempos del Santo Cura de Ars, la confesión no era ni más fácil ni más frecuente que en nuestros días, pues el vendaval revolucionario había arrasado desde hacía tiempo la práctica religiosa. Pero él intentó por todos los medios, en la predicación y con consejos persuasivos, que sus parroquianos redescubriesen el significado y la belleza de la penitencia sacramental”[60]. Ese es también nuestro reto y nuestra tarea.

 15. En el mundo, sin ser del mundo.

 No quisiera soslayar en esta mi primera carta pastoral, queridos sacerdotes y seminaristas de Sevilla, una de las notas características de nuestro sacerdocio diocesano, la secularidad. Estamos en el mundo, pues de otra forma no podríamos servir al Señor y a nuestros hermanos, anunciando su nombre, predicando su Evangelio y ejerciendo en favor de nuestros fieles el ministerio de salvación que Jesucristo nos ha confiado. En este sentido, nuestro modo de presencia en el mundo es muy distinto del de nuestros hermanos religiosos, especialmente los contemplativos.

 Hemos de vivir, pues, cerca de nuestros fieles, metidos en su harina, como el fermento, compartiendo con ellos sus alegrías y esperanzas y también sus frustraciones y dolores. Porque vivimos para ellos, hemos de vivir con ellos. No cabe, pues, automarginarse, vivir en una torre de marfil, esperando simplemente a que nos busquen en el despacho, ajenos a las necesidades de nuestro pueblo. Lo nuestro no es la “fuga mundi”, por miedo, por pusilanimidad o por creer que es éste nuestro camino de santidad. El autor de la carta a los Hebreos nos dice que “hemos sido tomados de entre los hombres y puestos en favor de los hombres para las cosas que miran a Dios, para ofrecer ofrendas y sacrificios por los pecados, para compadecernos de los ignorantes y extraviados” (Heb 1,1-2). La secularidad es, por lo tanto, nuestro ámbito natural como sacerdotes diocesanos.

 Pero siendo esto cierto, siendo verdad que el mundo es nuestro campo de trabajo, no es menos verdad que no somos del mundo, como nos dice el Señor en la oración sacerdotal (Jn 17,16). Uno de los riesgos más acentuados que tenemos los sacerdotes seculares en esta hora es que aquello que es como una de las notas propias de nuestro ministerio, la secularidad, derive en secularismo y que quien ha sido elegido para llevar al mundo la salvación de Jesucristo, termine siendo engullido y fagocitado por el espíritu del mundo. En este sentido quiero recordaros que no todo lo que pueden hacer lícitamente nuestros hermanos seglares, lo podemos hacer los sacerdotes, de la misma forma que los jóvenes sacerdotes no pueden frecuentar, ni siquiera con una intención buena y apostólica, los lugares que ordinariamente, especialmente en los fines de semana, frecuenta la juventud; y no sólo por evitar el escándalo de los fieles, que en ocasiones lo manifiestan abiertamente, sino también porque los frutos apostólicos son escasos o nulos y el único fruto apreciable es la desvitalización de nuestra existencia sacerdotal.

 Permitidme que os cite un fragmento de la homilía pronunciada por el Papa Juan Pablo II en Valencia el 8 de noviembre de 1982 en la ceremonia de ordenación de sacerdotes, durante su primera visita apostólica a España. Es enormemente clarificador. Después de afirmar que lo que realmente nos aleja de los fieles es el olvido o el descuido de nuestra consagración, el Papa dijo en aquella ocasión solemne a los nuevos sacerdotes: “Ser uno más en la profesión, en el estilo de vida, en el modo de vestir, en el compromiso político, no os ayudaría a realizar plenamente vuestra misión; defraudaríais a vuestros propios fieles, que os quieren sacerdotes de cuerpo entero: liturgos, maestros, pastores, sin dejar por ello de ser, como Cristo, hermanos y amigos”[61].  

16. Conclusión. 

  Queridos hermanos sacerdotes y seminaristas: acoged cordialmente esta carta, nacida de la conciencia de la responsabilidad que acabo de contraer con el Señor, con la Iglesia y con todos vosotros, pues como escribiera el Papa Juan Pablo II,  “el Obispo ha de tratar de comportarse siempre con sus sacerdotes como padre y hermano que los quiere, escucha, acoge, corrige, conforta, pide su colaboración y hace todo lo posible por su bienestar humano, espiritual, ministerial…”. Porque estoy convencido de ello, y porque “uno de los primeros deberes del Obispo diocesano es la atención espiritual a su presbiterio”[62], os he dirigido esta exhortación, la primera que escribo como Arzobispo de Sevilla, invitándoos a vivir con responsabilidad e ilusión el Año Sacerdotal que el Santo Padre nos ha regalado.

 Pido al Señor y a su Madre bendita, madre de los sacerdotes, tan bellamente representada en la capilla de nuestro Seminario Metropolitano en la  espléndida copia del original conservado en el Palacio de San Telmo, que todos  vosotros lleváis filialmente en vuestra retina, y sobre todo en vuestro corazón, que esta efemérides sea para todos un verdadero acontecimiento de gracia, que renueve nuestro sacerdocio, y que fortalezca en nosotros, como nos ha dicho Benedicto XVI, “los ideales de total donación a Cristo y a la Iglesia que inspiraron el pensamiento y la tarea del Santo Cura de Ars… su ferviente vida de oración y su apasionado amor a Jesús crucificado”[63]. Que su testimonio de entrega sin reservas a Jesucristo y a la Iglesia, nos ayude a todos a refrescar la gracia que un día se nos entregó (Cf. Ap 3,11), a  robustecer nuestra fidelidad a Él hasta la muerte (Cf. Ap 2,10), a dejarnos seducir de nuevo por el Señor y a volver al amor primero (Cf. Ap 3,20).  Pidamos muchas veces al Señor a lo largo de este año que sea Él quien nos vuelva a encontrar, quien nos vuelva a conquistar, como encontró y conquistó a Pablo en el camino de Damasco (Cf. Fp 3,9), que sea Él, con la fuerza de su Espíritu, quien derrame el amor en nuestros corazones para hacernos hombres nuevos, sacerdotes nuevos, con un corazón nuevo y un espíritu nuevo, que aspiran con determinación a la santidad, enamorados del Señor y de nuestra hermosísima misión en la Iglesia.

  Concluyo ya, agradeciéndoos de corazón la acogida fraterna que me habéis dispensado en mis visitas a las parroquias de la ciudad y de las distintas Vicarías y en los contactos que he tenido con vosotros en el despacho desde mi toma de posesión como Arzobispo Coadjutor el pasado 17 de enero. Desde el 28 de octubre del año pasado, en que la Santa Sede me comunicó mi nombramiento, no he dejado de rezar ni un solo día por vosotros, por el Seminario, por los miembros de la Vida Consagrada y por los laicos, y especialmente por los jóvenes, esperanza de nuestra Iglesia diocesana, para que todos seáis fieles a la espléndida historia cristiana de nuestra Archidiócesis. Os ruego que cultivéis con especial esmero e interés la pastoral vocacional, la pastoral juvenil, el apostolado seglar, la pastoral de la familia y de la vida, y que seáis siempre, pero especialmente en la coyuntura que estamos viviendo, marcada por la crisis económica y por el sufrimientos de tantos hermanos nuestros, verdaderos padres de los pobres, como San Juan María Vianney, como San Juan de Ávila y el Beato Marcelo Spínola. Vivid cerca de los pobres, compartiendo con ellos incluso lo necesario, porque cuando el amor no duele, es pura hipocresía. 

 Contad siempre con mi afecto y amistad y con mi mejor disponibilidad para serviros en todo lo que me sea posible. Rezad también vosotros por mí, para que el Señor me conceda el corazón, las entrañas y el estilo de Jesucristo, Buen Pastor, para que me gaste y me desgaste en el anuncio de Jesucristo y el Señor haga fecundo mi ministerio para gloria de Dios.

Un abrazo cordial y la bendición de vuestro hermano y amigo.

Mensaje a los sacerdotes con motivo del Año Sacerdotal

Conferencia Episcopal Española

 XCIV Asamblea Plenaria

 Madrid, 27 de noviembre de 2009/14 de diciembre de 2009

 Queridos hermanos sacerdotes:

 Reunidos en Asamblea Plenaria en el Año Sacerdotal, los obispos os recordamos en nuestra oración y damos gracias a Dios por todos vosotros: por el don de vuestra vocación, que es regalo del Señor, y por vuestra tarea, respuesta en fidelidad. Una fidelidad que manifestáis a diario con el testimonio de vuestra vida y con la dedicación de cada uno al anuncio del Evangelio, a la edificación de la Iglesia en la administración de los Sacramentos y al servicio permanente de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Damos gracias al Señor, porque seguís con la mano puesta en el arado, a pesar de la dureza de la tierra y de la inclemencia del tiempo.

 Esperamos que este Año Sacerdotal produzca abundantes frutos en consonancia con los objetivos propuestos por el Papa Benedicto XVI: «Promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo»; «favorecer la tensión de los sacerdotes hacia la perfección espiritual, de la cual depende sobre todo la eficacia de su ministerio»; «para hacer que se perciba cada vez más la importancia del papel y de la misión del sacerdote en la Iglesia y en la sociedad contemporánea»(1).

 En nuestra Asamblea hemos reflexionado y dialogado sobre la vida y el ministerio de los presbíteros en España, deseosos de seguir buscando juntos, con la ayuda del Espíritu Santo, las actuaciones pastorales necesarias que respondan a las diversas situaciones que nos afectan a los obispos y presbíteros como pastores de la Iglesia.

 Más que una enseñanza completa sobre nuestro ministerio, queremos ofreceros un mensaje de esperanza con la invitación a que volváis de nuevo a la abundante doctrina sobre el sacerdocio que nos ofrecen el Concilio, el Magisterio Pontificio y los documentos de la Conferencia Episcopal. Os invitamos a leerlos y meditarlos de nuevo y, sobre todo, a llevarlos a la vida.

 1. ‑«Vosotros sois mis amigos» (Jn 15, 14)

 Estamos convencidos, y también vosotros, de que nuestra vida y ministerio se fundamentan en nuestra relación personal e íntima con Cristo, que nos hace partícipes de su sacerdocio. Esta vinculación Jesús la sitúa en el ámbito de la amistad: «Vosotros sois mis amigos», nos dice.

 Hoy escuchamos estas mismas palabras. La iniciativa partió de Él. Fue Jesús quien nos eligió como amigos y es en clave de amistad como entiende nuestra vocación. Llamó a los apóstoles «para estar con Él y enviarlos a predicar» (Mc 3, 14). Lo primero fue «estar con Él», convivir con Él, para conocerle de cerca, no de oídas. Él les abrió el corazón. Como amigo, nada les ocultó. Ellos pudieron conocer, incluso, su debilidad, su cansancio, su sed, su sueño, su dolor por la ingratitud o por el rechazo abierto, el miedo en su agonía… Conocerle a Él, en esta experiencia de amistad, supera todo conocimiento, afirma san Pablo (cf. Flp 3, 8-9).

 Esta amistad, nacida de Jesús y ofrecida gratuitamente, es un don valioso y espléndido. Es una experiencia deseada y generadora de «vida y vida abundante». Lo primero es conocerle y amarle personalmente. El conocimiento y el amor nos hacen testigos: «Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida, […] os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con noso­tros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto para que vuestro gozo sea completo» (1 Jn 1, 3-5).

 El Señor nos envía a «ser sus testigos». En la Evangelii nuntiandi leemos que el mundo de hoy atiende más a los testigos que a los maestros, y que, si atiende a los maestros, es porque son testigos (2). Con la fuerza del Espíritu Santo, los apóstoles confesarán después de la Pascua: «Somos testigos» (Hch 3, 15). También nuestro mundo necesita hoy que los sacerdotes salgamos a su encuentro diciendo «somos testigos», «lo que hemos visto y oído os lo anunciamos». La fuente de este anuncio está en la intimidad con Jesús: «El mundo exige a los evangelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos mismos conocen y tratan familiarmente, como si estuvieran viendo al Invisible» (3).

 El Santo Padre, en la Carta de convocatoria del Año Sacerdotal, nos invita a «perseverar en nuestra vocación de amigos de Cristo, llamados personalmente, elegidos y enviados por Él». Una clave fundamental para vivir este Año Sacerdotal ha de ser «renovar el carisma recibido», lo que implica «fortalecer la amistad con el amigo». En la homilía de la Misa Crismal de 2006, nos decía el Papa: «Ya no os llamo siervos, sino amigos: en estas palabras se podría ver incluso la institución del sacerdocio. El Señor nos hace sus amigos: nos encomienda todo; nos encomienda a sí mismo, de forma que podamos hablar con su “yo”, “in persona Christi capitis”. ¡Qué confianza! Verdaderamente se ha puesto en nuestras manos… Ya no os llamo siervos, sino amigos. Este es el significado profundo del ser sacerdote: llegar a ser amigo de Jesucristo. Por esta amistad debemos comprometernos cada día de nuevo».

 El trato con el Señor tiene un nombre, dice el Papa: la oración, «el monte de la oración». «Sólo así se desarrolla la amistad…». Queridos sacerdotes: «sólo así podremos desempeñar nuestro ministerio; sólo así podremos llevar a Cristo y a su Evangelio a los hombres». La expresión del Papa es rotunda: la oración del sacerdote es acción prioritaria de su ministerio. «El sacerdote debe ser, ante todo, un hombre de oración», como lo fue Jesús. Esta oración sacerdotal nuestra es, a la vez, una de las fuentes de santificación de nuestro pueblo. Lo expresamos mediante la Liturgia de las Horas que se nos encomendó el día de nuestra ordenación diaconal. Esto fue lo que vivió el santo Cura de Ars con las largas horas de oración que hacía ante el sagrario de su parroquia.

 «Amistad significa también comunión de pensamiento y de voluntad» (4). El poder de la amistad es unitivo. Los primeros cristianos hablaban de «tener los sentimientos de Cristo», que se asimilan con el trato, la escucha, el amor. Nos acreditamos como sacerdotes en la amistad e intimidad con Jesús. Él nos comunica sus sentimientos de Buen Pastor. Esta realidad no se vive, no se disfruta de modo inconsciente o rutinario, sino con el esfuerzo necesario, con la esperanza en Él, con su gracia y con ilusión compartida.

 Esta amistad es expresión de la fidelidad de Dios para con su pueblo y reclama nuestra fidelidad, que es una nota del amor verdadero. La fidelidad brota espontánea y fresca de la amistad sincera. En la fidelidad el primero es el otro. Nosotros somos sacerdotes por la amistad indecible de Jesús, una amistad que exige gratitud y reconocimiento de su señorío: escucharle, no ocultarlo, transparentarlo, darle siempre el protagonismo. Él ha de crecer y nosotros menguar. La fidelidad reclama, a la vez, perseverancia, porque la fidelidad es el amor que resiste el desgaste del tiempo.

 Somos conscientes de que esta amistad, núcleo de nuestra vida y ministerio, «es tesoro en vasijas de barro» (2 Cor 4, 7); reconocemos nuestras fragilidades y pecados; nuestras manos son humanas y débiles. Sin embargo, confesamos con María, nuestra Señora, que en los pobres y débiles Dios sigue haciendo obras grandes.

Queridos sacerdotes: el Año Sacerdotal es una ocasión propicia para agradecer, profundizar y dar testimonio de nuestra amistad con Jesús, y repetir con el salmista: «Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad» (Sal 16). Y no olvidemos que la satisfacción y alegría por el ministerio sacerdotal es una clave fundamental de la pastoral vocacional…

2. ‑«Se la carga sobre los hombros, muy contento» (Lc 15, 5)

 Los mismos que fueron llamados para «estar con Él» fueron «enviados a predicar». La misión apostólica es constitutiva de la vocación. Nuestra misión es la del propio Jesús: «Como el Padre me envió, así os envío yo»; y ha de llevarse a cabo como lo hizo Jesús: «Yo soy el buen pastor».

La imagen del «buen pastor», recordada y admirada en las primeras comunidades en referencia a Cristo Resucitado y presente en medio de su Iglesia, sirvió también para identificar a los que en nombre de Cristo cuidaban de la comunidad cristiana: «Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios» (Hch 20, 28).

La tarea del pastor es cuidar, guiar, alimentar, reunir y buscar. Buscar es hoy especialmente necesario. Desde el seno del Padre, el Señor vino a buscar a la humanidad perdida5. La parábola del buen pastor da fe de ello y en la parábola del buen samaritano el hombre apaleado en el camino representa a la humanidad caída, ante la que, conmovido, Cristo se inclina, la cura y levanta. Él vino a buscar a los alejados y a ofrecerles el amor de Dios. Vino a buscar la oveja perdida y, compadecido, se la echó al hombro lleno de alegría, como narra san Lucas. Buscó a los dos de Emaús, la misma tarde de Pascua. Buscó a los apóstoles en su miedo y desilusión y les regaló el soplo del Espíritu Santo. También hoy Jesús sale cada día a buscarnos y no deja de enviarnos la fuerza de su Espíritu, principal agente de la evangelización6.

Buscar es hoy tarea del buen sacerdote. Nuestros rediles decrecen. Las palabras «también tengo otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que conducir» (Jn 10, 16) siguen resonando en nuestro corazón. «Salid a buscar», decía el rey, para celebrar la boda de su Hijo (cf. Lc 14, 21). Todos los hombres son ovejas del rebaño que Dios ama. Por tanto, siguiendo las huellas de Jesucristo, el pastoreo del sacerdote no es sedentario, sino a campo abierto. Por eso nos sentimos tan orgullosos de los sacerdotes que anuncian el Evangelio en otros países.

Buscar es trabajo misionero. Se nos preparó a muchos, preferentemente, para cuidar una comunidad ya constituida. Hoy, en cambio, cuando en muchos de nosotros ha aumentado la edad, además de cuidar la comunidad existente, el Señor nos pide «conducir otras ovejas al redil». Es tiempo de «nueva evangelización» y de primer anuncio en nuestro propio territorio. En esta tarea, la comunidad y el pastor, a la vez, han de ser hoy los misioneros. De aquí que el buen sacerdote sea consciente, y sepa bien, en qué medida ha de apoyar a los laicos y contar con ellos. Asimismo, ha de unir esfuerzos con los distintos carismas de la vida consagrada. De todo ello nos habla el Papa en su Carta del Año Sacerdotal.

Pedía el Señor, por otra parte, que el Padre no nos saque del mundo. Los sacerdotes, como el propio Cristo, estamos en el mundo y somos para el mundo, sin ser del mundo. Así lo pidió Jesús al Padre en la última cena con los apóstoles. La Iglesia está plantada en el mundo y es para los hombres, pero no es del mundo. Así somos los pastores. Y aprendemos de Jesús que: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único… Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él» (Jn 4, 16-17). Esta misión, en muchas ocasiones, es dolorosa para nosotros por las circunstancias en que la hemos de realizar, y esto nos une a la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Confiando en la palabra de Cristo, recordamos en los momentos de dolor que el Señor prometió la bienaventuranza a los perseguidos, a los que sufren, a los que lloran.

Sabemos que somos instrumento sacramental de la acción salvadora de Cristo, y en consecuencia hemos de ser con nuestra vida transparencia del amor de Dios que salva al mundo amando a los hermanos. La respuesta diaria de Dios a un mundo alejado, de espaldas a su amor, es seguir enviando a su Hijo Único para salvarlo. Esto se realiza de modo pleno en la celebración de la Eucaristía, en la que el Hijo se ofrece al Padre por la salvación del mundo. Testigos excepcionales de ello somos los sacerdotes, no sólo con la celebración litúrgica, sino haciendo de nuestra vida, «por Cristo, con Él y Él», una ofrenda permanente. Dice el Papa, citando al santo Cura de Ars: «Siempre que celebraba tenía la costumbre de ofrecer también la propia vida como sacrificio: ¡cómo aprovecha a un sacerdote ofrecerse a Dios en sacrificio todas las mañanas!» (7).

Queremos compartir con vosotros que el corazón del sacerdote que fija la mirada en Jesús está lleno de amor, amor que tiene un nombre extraordinario: misericordia. San Lucas pone nuestra perfección en ser «misericordiosos», como el Padre lo es. Y comentaba el Papa Juan Pablo II que «fuera de la misericordia de Dios, no existe otra fuente de esperanza para la humanidad» (8). Si esto es así, el futuro del mundo pasa por la misericordia de Dios, de la que nosotros somos ministros, especialmente en el sacramento de la Reconciliación. Nosotros hemos de recibir frecuentemente en este sacramento el perdón y la misericordia de Dios que nos renuevan. Regatear esfuerzos en el ejercicio de la misericordia, tanto en la vida de cada día como en la disponibilidad para ofrecer a otros el sacramento de la Reconciliación, es restarle futuro al mundo. El sacerdote, como Cristo, es icono del Padre misericordioso.

Dice san Juan que Cristo murió «para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos». Él es el Pastor que dio la vida para reunir el rebaño. El sacerdote, que prolonga la misión de Cristo, tiene también la misión esencial de «reunir», es decir, ser ministro de comunión, hasta dar la vida si es preciso. La fidelidad al Buen Pastor nos sitúa en la expresión suprema de la amistad: dar la vida, ¡cuánto más el prestigio o una situación cualquiera! Dar la vida como a diario hacéis, porque «el discípulo no es más que su maestro».

¡Cuántas veces, como sacerdotes, tenemos que llevar la cruz en el ministerio! Bendita Cruz de Cristo, que siempre estará presente en nuestras vidas. Llevando la cruz participamos de un modo especial en el ministerio.

Hoy suena igualmente con fuerza la oración de Jesús: «Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21). Hasta cinco veces aparece esta petición en la oración sacerdotal. La pasión por la unidad es necesaria en la vida de un presbítero, si no quiere renunciar a su identidad de pastor. Pasión por la unidad y por la comunión con el obispo, también con los hermanos presbíteros, con los laicos y con las personas de vida consagrada. Pasión por la unidad y por la comunión de toda la Iglesia diocesana y de la Iglesia entera bajo la guía del Sucesor de Pedro, evitando toda desafección y alejamiento. Servir hoy a la comunión es una señal clara de nuestra fidelidad a Cristo, Buen Pastor.

Estamos llamados a vivir todo esto en el ejercicio de la caridad pastoral, la virtud que anima y guía la vida espiritual y ministerial del sacerdote. Con ella imitamos a Cristo, el Buen Pastor, con ella le somos fieles y con ella unificamos nuestra vida, amenazada de dispersión. Gracias a la caridad pastoral nuestro ministerio, más allá de un conjunto de tareas, se convierte en fuente privilegiada de nuestra santificación personal.

 3. ‑Queridos sacerdotes: «Cristo nos necesita»

 «Un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina», decía el santo Cura de Ars. Benedicto XVI, recogiendo esta cita en su Carta con motivo del Año Sacerdotal, subraya: «Hablaba del sacerdocio como si no fuera posible llegar a percibir toda la grandeza del don y de la tarea confiados a una criatura humana».

Como sacerdotes, y con nuestros sacerdotes, queremos cantar, con humildad pero a la vez con voz potente, como María, nuestro propio Magníficat. El testimonio de la vida entregada de la inmensa mayoría de los sacerdotes es un motivo de alegría para la Iglesia y una fuerza evangelizadora en nuestras diócesis y cada una de sus comunidades, donde se admira y se reconoce con gratitud su trabajo pastoral y su testimonio de vida. Ellos son también un regalo para el mundo, aunque a veces no se les reconozca. Verdaderamente, vosotros, los sacerdotes, sois importantes no sólo por lo que hacéis, sino, sobre todo, por lo que sois. Por eso queremos recordar con afecto entrañable y gratitud sincera a los sacerdotes ancianos y enfermos que siguen ofreciendo con amor su vida al Señor. ¡Ánimo a todos! La gracia de Cristo nos precede y acompaña siempre. Él va delante de nosotros.

En este momento, con satisfacción, traemos a nuestra memoria y a nuestro corazón, y hacemos nuestras las palabras de Juan Pablo II en Pastores dabo vobis: «Vuestra tarea en la Iglesia es verdaderamente necesaria e insustituible. Vosotros lleváis el peso del ministerio sacerdotal y mantenéis el contacto diario con los fieles. Vosotros sois los ministros de la Eucaristía, los dispensadores de la misericordia divina en el sacramento de la Penitencia, los consoladores de las almas, los guías de todos los fieles en las tempestuosas dificultades de la vida. Os saludamos con todo el corazón, os expresamos nuestra gratitud y os exhortamos a perseverar en este camino con ánimo alegre y decidido. No cedáis al desaliento. Nuestra obra no es nuestra, sino de Dios. El que nos ha llamado y nos ha enviado sigue junto a nosotros todos los días de nuestra vida, ya que nosotros actuamos por mandato de Cristo» (9).

«Ahí tienes a tu Madre». Desde la Cruz, Jesús nos entregó a María, discípula perfecta y Madre de la unidad, indicándole al discípulo amado: «Ahí tienes a tu Madre» (Jn 19, 27). Cada discípulo está invitado a «recibirla en su casa». Invocamos a María, Madre de los sacerdotes, con esta bella oración conclusiva de Juan Pablo II en la Exhortación apostólica Pastores dabo vobis:

«Madre de Jesucristo,

 que estuviste con Él al comienzo de su vida y de su misión,

 lo buscaste como Maestro entre la muchedumbre,

 lo acompañaste en la cruz,

 exhausto por el sacrificio único y eterno,

 y tuviste a tu lado a Juan, como hijo tuyo,

 acoge desde el principio a los llamados al sacerdocio,

 protégelos en su formación

 y acompaña a tus hijos en su vida y ministerio,

 oh, Madre de los sacerdotes. Amén».

 Queridos hermanos sacerdotes, queremos concluir este mensaje con la invitación que el Papa nos hace al final de su Carta para el Año Sacerdotal: Dejaos conquistar por Cristo. Recibid el saludo afectuoso y fraterno en el Señor de vuestros obispos.

El sacerdocio en tiempos de crisis – El Año Sacerdotal en diez puntos:Benedicto XVI a los sacerdotes

Por Pablo Blanco, sacerdote y profesor de Teología de la Universidad de Navarra

Cuando hace unos días tuve que hablar junto con el escritor José Luis Olaizola sobre el Año sacerdotal en las XVII Jornadas sacerdotales, en El Rincón (Tordesillas, Valladolid), decidí primero leer todos los textos que encontré del Papa actual sobre el tema y resumirlos en 10 puntos.

Benedicto XVI ha pronunciado homilías y discursos, ha escrito una carta a los sacerdotes y otra a los obispos, y además ha mantenido numerosos e interesantísimos encuentros informales con sacerdotes, diáconos y seminaristas, en los que explica en profundidad y con detalle su idea del sacerdote. Intento resumir aquí los principales puntos en torno a los que gira esta imagen del sacerdote que se propone en la actualidad.

Se podrían subtitular estas recomendaciones como “El sacerdocio en los tiempos de crisis”, y no solo económica. La figura del sacerdote católico está desprestigiada dentro y fuera de la Iglesia, sobre todo tras los escándalos por abusos sexuales realizados por algunas personas del clero, especialmente en los primeros años del posconcilio. El cardenal Ratzinger fue partidario desde un principio de la política de la «tolerancia 0», y ha recordado después como Papa que este tipo de acciones son incompatibles con el ejercicio del ministerio. Ahora bien, ¿por qué el modelo del cura de Ars, y no más bien -por ejemplo- de un Romano Guardini con iluminantes clases y homilías, o de un Don Camilo en continua gresca con el alcalde comunista Peppone? Tal vez la respuesta se encuentre en la importancia que el teólogo Ratzinger daba a «la fe de los sencillos». Quienes “mueven” de verdad la Iglesia no son los que salen en las televisiones o publican editoriales en los periódicos, sino el sencillo pueblo de Dios que reza y trabaja.

El perfil del sacerdote para el siglo XXI, según Benedicto XVI, sería el sacerdote-sacerdote, el sacerdote cien por cien, y se podría resumir en los siguientes puntos, dicho en términos coloquiales:

1. El sacerdote es Cristo entre Cristos. La interacción entre sacerdocio común de todos los bautizados y el sacerdocio ministerial de los ministros ordenados -laicos y sacerdotes- resulta determinante. El sacerdocio ministerial debe estar al servicio del sacerdocio bautismal de los laicos, que es lo mayoritario e importante en la Iglesia, según las enseñanzas del Vaticano II. Es decir, el sacerdote es un pastor -a imitación del único Buen Pastor, Jesucristo- que cuida de sus ovejas, todos los fieles bautizados. «Ser sacerdote en la Iglesia significa entrar en esta entrega de Cristo», dice Benedicto XVI. Con palabras del santo cura de Ars, podríamos decir: «el sacerdocio es el amor del corazón de Jesús». El sacerdote está al servicio del pueblo de Dios, y por eso el mismo cura francés decía a sus feligreses: «hoy soy pobre como vosotros, hoy soy uno de vosotros».

2. El sacerdote es un «servidor de vuestra alegría» (2Co 1,24). El orden sacerdotal es el sacramento del servicio y, por eso, el sacerdote es hoy en día más que nunca insustituible. Esto requiere -seguía diciendo Benedicto XVI- una gran «creatividad pastoral», tal como la tenía el cura de Ars, para poder servir mejor, en todos los sentidos. Servir, no servirse; es decir, en terminología ratzingeriana, «ser-para» Cristo y los demás. El Papa actual ha sido todo un catedrático de teología en varias universidades alemanas, a la vez realizó una intensa labor pastoral en la parroquia muniquesa de Heilig Blut, en la catedral de Frisinga, en la capellanía universitaria de Bonn, en el mismo Ratisbona o como arzobispo de Múnich. Es más, entendía sus propias clases también como una verdadera actividad sacerdotal. Los biógrafos hablan de la gente que acudía a sus clases para escucharle, incluso sin estar matriculado. En este sentido, podríamos decir que Benedicto XVI es también «un buen cura».

3. El sacerdote es en primer lugar celebrante, es decir, alguien que administra los sacramentos. El centro de la Iglesia es la liturgia, ha repetido Joseph Ratzinger en numerosas ocasiones. Así, el altar se constituye en el centro de la actividad sacerdotal. Lo esencial del sacerdote es celebrar bien. En la Carta a los sacerdotes, Benedicto XVI recordaba cómo la mirada que tenía el cura de Ars a la Eucaristía era una clara señal de su pureza interior. Por el contrario, decía el sacerdote francés, «la causa de la relajación del sacerdote es el descuido de la Misa». Los sacerdotes hemos sido llamados a ser pan partido y sangre derramada. Por eso, el ars celebrandi constituye una actividad esencial del ministerio sacerdotal. Ser artistas de la celebración, aunque no se trata de ser original, pues todo está inventado. El Papa alemán habla también con frecuencia sobre la necesidad de la adoración eucarística, de explicar los sacramentos y realizar auténticas catequesis mistagógicas para acercar al misterio eucarístico. La clave sigue estando en el baptisterio, el altar, el sagrario y el confesonario.

4. Pero también el sacerdote es un “anunciante”, cuando proclama y anuncia la Palabra. Esto requiere conocerla, frecuentarla, leerla, sobre todo en la celebración litúrgica. Primero será necesario interiorizarla y vivirla. Ratzinger siempre ha dicho que los mejores exegetas e intérpretes de la Escritura son los santos. El sacerdote ha de ser un hombre de la palabra de Dios, de los sacramentos y del misterio de la fe. Esto requiere darla a conocer, predicarla con contenido, como han revindicado los reformados y como han hecho los curas de siempre, empezando por el mismo cura de Ars, quien se preparaba a conciencia los sermones y predicaba sin vaguedades. Ratzinger publicó hace años un libro que en alemán se titulaba Dogma y predicación. Ahí explicaba que las homilías debían hablar de la Trinidad, de la creación, de Cristo, de la Iglesia, de los sacramentos, e incluso del más allá. Más claro, agua. También el ambón resulta pues importante y definitivo en el ministerio sacerdotal.

5. Pero antes el sacerdote necesita interioridad, vida interior, raíces. El sacerdote es un hombre de fe, dotado de visión sobrenatural, capaz de dar sentido único a todo lo que tiene que hacer. Llama la atención sin embargo cómo Benedicto XVI habla de modo continuo sobre la necesidad de vivir y enseñar la cruz y el sufrimiento. Convertirse para convertir, confesarse para confesar es un mensaje recurrente también en sus textos. En el vía crucis encargado por Juan Pablo II en 2005, el entonces cardenal Ratzinger hablaba de «la suciedad de la Iglesia», que requería una necesaria purificación. «La participación en el sacrificio de Cristo -escribió en la carta con motivos del Año sacerdotal- llevó al cura de Ars del altar al confesionario». Es este otro de los centros fundamentales en torno a los que gira la existencia sacerdotal. El amor necesita purificación. El sacerdote es un romántico que ha conocido el amor -un enamorado, nunca un funcionario-, y por eso requiere esa continua purificación, también para poder transmitir la pureza a los demás.

6. El sacerdote es misionero, que debe combinar el diálogo con el anuncio.El sacerdote de hoy sabe salir a la calle, y aprovecha cualquier oportunidad -un bautizo o un funeral- para ayudar a encontrar a Cristo a todos los que se acercan a la Iglesia. Debe anunciar a Cristo en un mundo en continua evolución, al mismo tiempo que dialoga con él, siendo sin embargo sal, luz, levadura. Debe disolverse sin diluirse, valga la paradoja. En este sentido, resulta inherente la hermenéutica del concilio, que -tal como propuso el mismo Benedicto XVI, el 22 de diciembre de 2005- consiste en una «hermenéutica de la reforma», no de la ruptura. El sacerdote no puede ser ni un nostálgico ni un revolucionario. Debe ser un reformador y, como dijo Benedicto XVI en Alemania, el país de la reforma, «los verdaderos reformadores son los santos». En este sentido, el sacerdote ha de saber aplicar de verdad el concilio Vaticano II, ir a los textos conciliares y dar prioridad de la formación permanente, sin caer en tópicos fáciles ni simplificaciones apresuradas.

7. El sacerdote es caritativo, con ese ministerio de la caridad que resulta -junto con la predicación de la palabra y la celebración de los sacramentos- una parte esencial de su ministerio. Además de las distintas labores asistenciales que siempre serán pocas en la Iglesia, el sacerdote debe ser también un “escuchador”, pues este hacer caso a la gente puede ser en no pocas ocasiones el mayor acto de caridad. Además, ha de prestar atención a los jóvenes, a las familias y a los más necesitados, que tantas veces son los no-nacidos. Por eso el sacerdote será -junto con todos los laicos, a quienes compete de un modo especial esta misión- un defensor de la vida y la familia. Después, estará toda esa gran masa de inmigrantes, de los que se ocupaba también Benedicto XVI en sus enseñanzas. El amor y la caridad pueden ser el comienzo del diálogo interreligioso, por ejemplo, con los musulmanes. Es decir, el sacerdote es el hombre de todos y para todos, superando así las posibles clases, “capillitas” o tendencias ideológicas.

8. El sacerdote en un hombre razonable. Benedicto XVI ha hablado de modo repetido sobre la necesidad de «dar razón de nuestra esperanza» (1Pe 3,15). La razón supone un punto de encuentro con todos -cristianos o no cristianos- sobre tantos temas. El sacerdote debe hablar también -¿por qué no?- de la creación, de la naturaleza y de la ley natural (el medio ambiente resulta un tema ineludible en el discurso actual), como el mismo Ratzinger hizo cuando fue arzobispo de Múnich. Debe hablar también del pecado original y de la semilla del mal que vive dentro de todos nosotros. Debe dar razones y ofrecer argumentos. La predicación deberá ser con contenido y ante esto nos podríamos preguntar: ¿cómo son nuestras homilías?, ¿son meras exhortaciones sociales o piadosas? En este sentido, el periodista estadounidense John L. Allen ha hablado de la «ortodoxia positiva» propuesta por el Papa actual, capaz de ofrecer la integridad de la fe, con un estilo alegre, positivo y propositivo. La fórmula ha resultado convincente y ha triunfado en más de una ocasión.

9. El sacerdote ha de ser también un hombre de comunión. Benedicto XVI ha hablado así de la importancia de acoger en la pastoral habitual a los nuevos movimientos, al Camino neocatecumenal o a otras realidades eclesiales. Tal vez la fórmula de la parroquia como comunidad de comunidades podría ayudar en este sentido y unir así diferentes carismas y sinergias pastorales. Pero la prioridad estará en sus propios hermanos sacerdotes. La fraternidad sacerdotal constituye una absoluta prioridad, y la primera caridad pastoral consiste en ayudar en su ministerio a otros sacerdotes. En este sentido -seguía recomendando Benedicto XVI- pueden resultar de gran utilidad los encuentros y asociaciones sacerdotales, en las que buscan conjuntamente la santidad. En todo esto ha de tenerse en cuenta que hoy en día se obedece con más naturalidad, y que la alegría ha de ser siempre la música de fondo de nuestro ministerio.

10. En fin, el sacerdote debe tratar de ser santo. Es un tema recurrente en sus escritos e intervenciones orales. Joseph Ratzinger ha repetido con frecuencia de la belleza de la vida de los santos como uno de los mejores argumentos actuales -junto con el arte cristiano- para evangelizar en el mundo actual. Resulta esta una actividad apasionante, pero dura, sin duda alguna. Sin embargo, santidad y alegría van juntas. Habla también con frecuencia de María, madre de los sacerdotes. Luego los lugares en los que se circunscribe esta santidad que busca el sacerdote serían el altar y el ambón, el breviario y el sagrario, el confesionario y también el rosario, valgan estos piadosos ripios. Aquí estaría el secreto de la santidad del sacerdote, tal como ilustró el modélico cura de Ars. En cualquier caso, queda claro que Benedicto XVI está convencido de que la «nueva primavera» de la Iglesia empieza por los sacerdotes.

Rumanía: primer encuentro nacional de sacerdotes católicos

El cardenal Hummes invita a los sacerdotes a vivir “día a día” la fidelidad a Cristo

 Este fin de semana concluía en Bucarest el primer encuentro nacional de los sacerdotes católicos de Rumanía. En él participaron 65 sacerdotes – de ambos ritos, romanos y greco-católicos – procedentes de 9 de las 11 diócesis y heparquías católicas rumanas.
Sacerdotes de ritos diversos, etnias diversas (rumanos, húngaros, alemanes) y de edades diversas transcurrieron algunos días juntos (del 13 al 16 de octubre) en el monasterio de los padres carmelitas de Ciofliceni (Snagov, no lejos de Bucarest) para rezar juntos y reflexionar sobre el tema: “El sacerdocio, entre servicio carismático y funcionalismo estructural”.
Las diversas conferencias las pronunciaron Tarciziu Serban – profesor di teología en la Facultad de Teología Romano-Católica de la Universidad de Bucarest -, monseñor Ioan Robu – arzobispo de Bucarest y presidente de la Conferencia Episcopal Rumana -, monseñor Mihai Fratila – obispo auxiliar de la archiheparquía de Alba Iulia y Fagaras, con sede en Bucarest -, y monseñor Cornel Damian – obispo auxiliar de Bucarest.
El encuentro de Snagov, continuará con otros cinco encuentros de este tipo, que se realizarán en otros lugares del país.
Con ellos, los obispos rumanos quieren ofrecer a los sacerdotes, durante el Año Sacerdotal querido por Benedicto XVI, la oportunidad de rezar juntos, de reflexionar juntos sobre su misión, y de conocerse mejor unos a otros.
Algunos de los sacerdotes presentes en Snagov mostraron su deseo de continuar c on encuentros parecidos también tras la clausura del Año Sacerdotal, para una formación permanente no sólo a nivel local, sino también nacional, para reforzar la unidad en la diversidad de la Iglesia católica en Rumanía.
En una carta enviada a monseñor Ioan Robu, el cardenal Claudio Hummes, prefecto de la Congregación para el Clero, aseguró a los sacerdotes rumanos su oración y les deseó “un éxito fructífero de este encuentro y de los próximos encuentros”.
En su carta, el purpurado les instó a “vivir en el sí cotidiano” el lema “Fidelidad a Cristo, fidelidad del sacerdote”, elegido para este año convocado por el Papa.
Asimismo, les invitó a participar en el Encuentro Internacional de Sacerdotes que tendrá lugar en Roma del 9 al 11 de junio de 2010.

Carta a los enfermos en el año sacerdotal

Por monseñor Zygmunt Zimowski, presidente del Consejo Pontifcio para la Salud, a los enfermos y los que sufren en el mundo con ocasión del año sacerdotal.
 

 Queridos Hermanos y Hermanas Enfermos
Venerados Hermanos Obispos y Sacerdotes, responsables de la pastoral de los enfermos
Estimadas asociaciones de enfermos
A todos vosotros que prestáis el precioso servicio a los enfermos:
Estamos en pleno desarrollo del Año Sacerdotal convocado por Bene dicto XVI el 19 de junio de 2009 con ocasión del 150° aniversario del nacimiento de Juan María Vianney, el Santo Patrón de todos los párrocos del mundo. En la Carta para la convocación del Año Sacerdotal el Santo Padre escribe: «Este año es una ocasión para promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo». En este tiempo de gracia toda la comunidad cristiana está llamada a redescubrir la belleza de la vocación sacerdotal y, por tanto, a orar por los sacerdotes.
A la cabecera del enfermo, el sacerdote representa al mismo Cristo, Médico Divino, que no es indiferente ante la suerte del que sufre. Antes bien, a través de los sacramentos de la Iglesia, que administra el sacerdote, Jesucristo ofrece al enfermo una curación mediante la reconciliación y el perdón de los pecados, por medio de la unción con el óleo sagrado y finalmente en la Eucaristía, en el viático en el cual, como acostumbraba decir San Juan Leonardi, Él mismo se convierte en «el fármaco de la inmortalidad por el que “somos confortados, nutridos, transformados en Dios y partícipes de la naturaleza divina” (cf. 2Pt 1,4)». Por tanto, en la persona del sacerdote está presente junto al enfermo el mismo Cristo que perdona, cura, consuela, toma de la mano y dice: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás” (Jn 11,25).

El Año Sacerdotal se concluirá en el mes de junio de 2010, año en que el Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios celebrar&aacut e; el XXV aniversario de su institución. En efecto, el Siervo de Dios Juan Pablo II, de venerada memoria, instituyó este Dicasterio Pontificio el 11 de febrero de 1985, en la fiesta de la Bienaventurada Virgen de Lourdes, para manifestar «la solicitud de la Iglesia para los enfermos, ayudando a quienes realizan un servicio para con los que están enfermos y los que sufren, con el fin de que el apostolado de la misericordia, al que se dedican, responda cada vez mejor a las nuevas exigencias» (Pastor Bonus, art. 152).
En razón de esta providencial conmemoración, estoy cerca a cada uno de vosotros y os invito, queridos hermanos y hermanas enfermos, a dirigir incesantemente vuestras oraciones y el ofrecimiento de los sufrimientos al Señor de la vida en favor de la santidad de vuestros amados sacerdotes, a fin de que desempeñen con entrega y caridad pastoral el ministerio que Cristo Médico del cuerpo y del alma les ha confiado. Os exhorto a redescubrir la belleza de la oración del Santo Rosario en beneficio espiritual de los sacerdotes, en particular modo en el mes de octubre. Además de esto, cada primer jueves y cada primer viernes del mes, dedicados a la devoción eucarística y al Sagrado Corazón respectivamente, son días particularmente oportunos para participar en la Santa Misa y en la adoración del Santísimo Sacramento.

Quisiera hacerles presente que, al orar por los sacerdotes, se pueden obtener este año indulgencias especiales. El Decreto de la Penitenciaría Apostólica dispone:
«A los ancianos, a los enfermos y a todos aquellos que por motivos legítimos no puedan salir de casa, si con el espíritu desprendido de cualquier pecado y con la intención de cumplir, en cuanto les sea posible, las tres acostumbradas condiciones, en su casa o donde se encuentren a causa de su impedimento, en los días antes determinados rezan oraciones por la santificación de los sacerdotes y ofrecen con confianza a Dios, por medio de María, Reina de los Apóstoles, sus enfermedades y los malestares de su vida.

Por último, se concede la indulgencia parcial a todos los fieles cada vez que recen con devoción en honor del Sagrado Corazón de Jesús cinco padrenuestros, avemarías y glorias, y otra oración aprobada específicamente, para que los sacerdotes se conserven en pureza y santidad de vida».
Quisiera confiar también a vuestras oraciones la peregrinación de los capellanes hospitalarios que, con ocasión del XXV aniversario de la institución del Pontificio Consejo, se llevará acabo el mes de abril próximo, primero en Lourdes y luego en Ars. De hecho, existe una profunda vinculación entre estas dos ciud adelas francesas. Hablando precisamente de este nexo providencial en su Carta para la convocación del Año Sacerdotal, Benedicto XVI ha recordado la observación del beato Papa Juan XXIII que escribió: «”Poco antes de que el Cura de Ars terminase su carrera tan llena de méritos, la Virgen Inmaculada se había aparecido en otra región de Francia a una joven humilde y pura, para comunicarle un mesaje de oración y de penitencia, cuya inmensa resonancia espiritual es bien conocida desde hace un siglo. En realidad, la vida de este sacerdote cuya memoria celebramos, era anticipadamente una viva ilustración de las grandes verdades sobrenaturales enseñadas a la vidente de Massabielle” (…). El Santo Cura recordaba siempre a sus fieles que “Jesucristo, cuando nos dio todo lo que nos podía dar, quiso hacernos herederos de lo más precioso que tenía, es decir, de su Santa Madre”».

A vosotros, pues, queridos hermanos y hermanas que estáis enfermos y a los que sufrís confío la Iglesia que tiene necesidad de vuestras oraciones y sufrimientos, la persona del Santo Padre Benedicto XVI y todos los obispos y sacerdotes del mundo, y todos los que trabajan diariamente por vuestra santificación. Os pido una oración especial por los sacerdotes enfermos y probados en el cuerpo que cada día experimentan como vosotros el peso del dolor, junto a la fuerza de la gracia salvífica que consuela y resana el alma.

Asimismo, orad por la Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Juan Pablo II. Orad con insistencia por las santas vocaciones sacerdotales y religiosas. Al respecto, os propongo una bella oración de Juan Pablo II que podeis recitar cada día. ¡Orad también por mí! También yo como sacerdote y obispo confío en vosotros y en el ofrecimiento de vuestros sufrimientos a fin de que desempeñe en el modo mejor y en el temor de Dios la tarea como Presidente del Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, que me ha sido confiada por el Santo Padre. Por mi parte, os aseguro mi oración por vosotros, junto con mis colaboradores del Pontificio Consejo, cada día en la hora del “Angelus” con las palabras de Benedicto XVI:

Oremos por todos los enfermos,
especialmente por los más graves,
que de ningún modo pueden proveer a sí mismos,
sino dependen totalmente de los cuidados de los demás:
que cada uno de ellos experimente,
en la soledad de quien le está al lado,
el poder del amor de Dios y la riqueza de su gracia que salva.
¡María, salud de los enfermos, ruega por nosotros! (Angelus, 8.02.2009)
Con este espíritu de oración recíproca imparto a vosotros, a vuestros seres queridos y a los que se ocupan de vosotros mi bendición: en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

+Zygmunt Zimowski
Presidente del Pontificio Consejo
para los Agentes Sanitarios

 Vaticano, 1 de octubre de 2009

ORACIÓN POR LAS VOCACIONES SACERDOTALES Y RELIGIOSAS
DE JUAN PABLO II
Espíritu de Amor eterno,
que procedes del Padre y del Hijo,
Te damos gracias por todas las vocaciones
de apóstoles y santos que han fecundado la Iglesia.
Continúa, todavía, te rogamos, esta tu obra.
Acuérdate de cuando, en Pentecostés,
descendiste sobre los Apóstoles reunidos en oración
con María, la madre de Jesús,
y mira a Iglesia que tiene hoy
una particular necesidad de sacerdotes santos,
de testigos fieles y autorizados de tu gracia;
tiene necesidad de consagrados y consagradas,
que manifiesten el gozo de quien vive sólo para el Padre,
de quien hace propia la misión y el ofrecimiento de Cristo,
de quien construye con la caridad el mundo nuevo.
Espíritu Santo, perenne Manantial de gozo y de paz,
eres tú quien abre el corazón y la mente a la divina llamada:
eres tú que hace eficaz cada impulso
al bien, a la verdad, a la caridad.
Tus ‘gemidos inenarrables’
suben al Padre desde el corazón de la Iglesia,
que sufre y lucha por el Evangelio.
Abre los corazones y las mentes de los jóvenes,
para que una nueva floración de santas vocaciones
manifieste la constancia de tu amor,
y todos puedan conocer a Cristo,
luz verdadera del mundo,
para ofrecer a cada ser humano
la segura esperanza de la vida eterna. Amén.

Castel Gandolfo, 24 de setiembre de 1997

La vocación del sacerdote, según el arzobispo de Boston

El cardenal O’Malley habló en el retiro sacerdotal internacional de Ars

 Como san Jerónimo, el sacerdote está llamado a retirar la espina incluso en la pata de un león, observó el cardenal Sean O’Malley, ofm cap, arzobispo de Boston, el el encuentro sacerdotal internacional de Ars, a principios de octubre.

Para Jerónimo, recordó el cardenal, “ignorar las Escrituras, es ignorar a Cristo”, así “no habla de nuestros problemas exegéticos sino de descubrir a Dios en la Palabra viva”. Citando una reflexión del padre François Marie Léthel, ocd, mencionado el día anterior por el cardenal Schönborn, recordaba: “Los santos son los verdaderos teólogos”.
Y propuso extraer esta consecuencia para la vida del sacerdote: “Si somos iconos del Buen Pastor, debemos conocer sus palabras para que se conviertan en nuestras palabras”.

El cardenal O’Malley comentó la primera lectura de la misa, del libro de Nehemías: “El rey vió la tristeza de Nehemías y le pidió que le abriera su corazón. Nehemías dijo que su corazón estaba roto porque la Ciudad santa, Jerusalén, y el Templo estaban en ruinas”.

“Nosotros también –comentó el arzobispo de Boston–, vemos los problemas de la secularización, los escándalos sexuales, la Iglesia despreciada, abandonada por tantas personas. Pero el rey accedió a la solicitud de Nehemías que le pidió: “Envíame a Judá para reco nstruir la ciudad de mis antepasados”.
El salmo evoca también el exilio del Pueblo “a la orilla de los ríos de Babilonia”; parece que el exilio recuerde la “situación de la Iglesia hoy, en medio de personas indiferentes u hostiles, escépticas, que resisten al hecho de que una verdad pueda interferir con su libertad, la autonomía que reivindican”.

Jerónimo, subrayó el cardenal O’Malley, describe a los cristianos del primer siglo de los que la gente dice: “habitan cerca de nosotros, en medio de nosotros, pero no abortan y respetan el matrimonio, ¡esto es raro!” Para el cardenal de Boston, esta carta “habría podido ser escrita la semana pasada”.
La “Leyenda dorada”, de Jacopo da Varazze, evoca, dijo el predicador, la escena en la que Jerónimo está rodeado por un grupo de monjes. Cuando son atacados por un león, huyen to dos, pero Jerónimo se queda: ve que el león cojea y va a retirar la espina de su pata.
Y extrae esta lección: “Debemos comportarnos así: Cristo es nuestro médico, nuestro Salvador, debemos estar convencidos y convencer a los demás, y tener la gracia de que nuestros enemigos se conviertan en nuestros hermanos”.

Citaba a este propósito el testimonio del difunto cardenal vietnamita François-Xavier Nguyên Van Thuân, trece años prisionero en las mazmorras comunistas de su país, quien, en prisión, convirtió a sus carceleros por la autenticidad de su vida evangélica.
Los sacerdotes, añadió, son los “heraldos de Cristo, llamados a reconstruir la ciudad santa”, a imagen de san Francisco de Asís al que Jesús dijo en San Damián: “Reconstruye mi Iglesia”.
Pero incluso los apóstoles aban donaron a Jesús en su Pasión y “Pedro, la tarde de su ordenación, corta la oreja de Malco, ve a los soldados, se salva… Trata de hacer lo que todos nosotros hemos hecho alguna vez, seguir a Jesús, pero a una distancia prudente. Sin embargo, alguno le reconoce, no un soldado armado con espada sino una sirvienta –que le trató con desdén- y el reniega de su Maestro”.

Por tanto, prosiguió el cardenal, en el momento del “desayuno” a la orilla del lago, tras la resurrección, Cristo le pregunta tres veces: “¿Me amas?”. Pedro le responde que le ama y Cristo le dice: “Sígueme”. Los autores espirituales evocan este segundo llamamiento, la “segunda oportunidad”, esta nueva oportunidad tras nuestros resbalones, nuestros repliegues. Nosotros, en tanto que sacerdotes podemos todos recibir esta gracia de nueva llamada… Como santa Teresa de Jesús q ue recibió una segunda conversión ante la imagen del Ecce Homo, explicó.
El cardenal O’Malley recordó al joven del evangelio del día, que dijo a Jesús: “Te seguiré donde quiera que vayas” y al que Jesús respondió: “Los zorros tienen madrigueras, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reposar la cabeza”.

Los primeros discípulos preguntan: “¿Dónde moras?” y oyen responder: “Venid y veréis…” y “descubren que es un Maestro sin casa”: “nació en un establo y fue enterrado en la tumba de otro”, observó el cardenal.
Y se puede extraer esta actualización para el celibato sacerdotal: “Nuestro celibato es una participación en el hecho de que no hay casa para el amigo del Esposo y los otros discípulos. El celibato sin amor no tiene sentido, es incluso mor tal. Debe por el contrario ser el signo de la alegría de la fe en el espíritu, en el Cristo resucitado: el sacerdote no necesita casarse para tener hijos porque está llamado a vivir la vida eterna”.
“Que el santo cura de Ars nos ayude a encontrar nuestro camino de Ars aquí en la tierra, nuestra vía en una vida interior renovada de amistad profunda con Cristo y con nuestros hermanos sacerdotes”, concluyó el cardenal O’Malley.

El cardenal llamó la atención de la audiencia al empezar con humor evocando su primer sermón como capellán de prisión. “Mi primer sermón fue un desastre, no lo olvidaré jamás”, confesó. Tras haber rezado al Espíritu Santo, pasó revista a las evasiones en la Biblia. “Conseguí su atención, pero fue una tragedia: ¡seis prisioneros se escaparon esa tarde y creí que mi primer sermón sería el último!”.
Y añadió: “Teníamos superiores alemanes, muy estrictos, pero uno de los hermanos mayores me dijo: “¡Consuélate en que el primer sermón de Jesús en la sinagoga también fue un desastre poque le quisieron precipitar por un barranco!”.

El Orden Sacerdotal

El Orden Sacerdotal es un sacramento que, por la imposición de las manos del Obispo, y sus palabras, hace sacerdotes a los hombres bautizados, y les da poder para perdonar los pecados y convertir el pan y el vino en el Cuerpo y en la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. El sacramento del orden lo reciben aquellos que se sienten llamados por Dios a ser sacerdotes para dedicarse a la salvación eterna de sus hermanos los hombres. Esta ocupación es la más grande de la Tierra, pues los frutos de sus trabajos no acaban en este mundo, sino que son eternos.

La vocación al sacerdocio lleva consigo el celibato, recomendado por el Señor. La obligación del celibato no es por exigencia de la naturaleza del sacerdocio, sino por ley eclesiástica .

La Iglesia quiere que los candidatos al sacerdocio abracen libremente el celibato por amor de Dios y servicio de los hombres .

La Iglesia quiere a sus sacerdotes célibes para que puedan dedicarse completamente al bien de las almas, sin las limitaciones, en tiempo y preocupaciones, que supone sacar adelante una familia.

El sacerdote debe estar libre para dedicarse, cien por cien, al cuidado de las almas.

Aunque es verdad que en algún caso una esposa podría ayudarle, también es verdad que en otros muchos, una esposa podría absorberle su tiempo por estar enferma física o psíquicamente, o por exigir de él mayor atención, etc.

Y por supuesto, los hijos exigirían de él, no sólo tiempo, sino destinos en los que la educación de ellos fuera más fácil, o evitar atender a enfermos contagiosos, etc.

Es decir, el sacerdote sin familia está más libre para el apostolado; y la Iglesia, en dos mil años de experiencia, así lo ha advertido, y por eso exige el celibato a sus sacerdotes.

Pero, sobre todo, el celibato sacerdotal tiene un fundamento teológico: Cristo fue célibe, y el sacerdote es “alter Christus”, es decir, otro Cristo .

El amor de Jesucristo es universal, igual para todos; sin los exclusivismos propios del amor matrimonial. Así debe ser el amor del sacerdote.

La vocación no consiste en recibir una llamada telefónica de Dios. Si un muchacho tiene buena salud (no es necesario ser un superman ), es capaz de hacer estudios (no es necesario ser un genio), puede vivir habitualmente en gracia, con la ayuda de Dios (no hace falta ser ya un santo), tiene buena intención (no se trata de buscar el modo de ganarse la vida ) es decir, busca su propia perfección y la salvación de las almas, debe preguntarse si Dios le llama al sacerdocio.

No se trata de preguntar me gustaría ser sacerdote? sino, me querrá Dios sacerdote? . En caso de duda preguntar a persona imparcial y formada.

Hay que pedirle a Dios que haya muchas vocaciones sacerdotales y religiosas, pues hacen falta muchos párrocos, muchos misioneros, predicadores, confesores, maestros, etc., y también muchas Hermanitas de los Pobres, de la Caridad, en los hospitales, en los asilos, religiosas en las escuelas, colegios etc.; y otras en los conventos de clausura que alaben a Dios y pidan por los pecadores.

Por eso es un gran apostolado ayudar económicamente a la formación de futuros apóstoles, y a los conventos de clausura.

Todos debemos pedir a Dios que sean muchos los jóvenes que sigan la voz de Dios, pues hacen falta muchos y buenos sacerdotes y religiosos.

Los padres tienen obligación grave de dejar en libertad a sus hijos que quieran consagrarse a Dios . Pero también sería pecado -y gravísimo- el inducir a sus hijos, por motivos humanos, a abrazar, sin vocación, el estado eclesiástico.

Los padres deben cuidar de no presionar a sus hijos en la elección de una profesión y estado de vida . (P. Jorge Loring, Para Salvarte)