La “fe adulta”, según Benedicto XVI

 

Benedicto XVI

Al terminar el Año Paulino en las solemnes vísperas que tuvieron lugar en la Basílica de San Pablo Extramuros el domingo por la tarde, Benedicto XVI quiso destacar en su homilía una última enseñanza de la doctrina del apóstol: “Sólo si nos convertimos en hombres nuevos, el mundo se hará nuevo. Esto significa también que no basta adaptarse a la situación actual. El apóstol nos exhorta a no ser conformistas”, y eso es lo que distingue a “una fe adulta”.

 A pocos pasos de la tumba del apóstol, el Papa reveló que se había hecho una pequeña perforación en el sarcófago, que no había sido abierto en tantos siglos, y mediante una sonda “se han encontrado restos de un precioso tejido de lino de color púrpura, bañado en oro, y de un tejido de color azul con filamentos de lino”, junto con granos de incienso rojo. Además “se han descubierto pequeñísimos fragmentos óseos, que, sometidos al examen del carbono 14 por parte de expertos que desconocían la procedencia, han resultado que pertenecían a una persona que vivió entre los siglos I y II. Esto parece confirmar la unánime e incontrovertida tradición de que se tratan de los restos mortales del apóstol Pablo”.

 No ser conformistas

 Tras dar la noticia, Benedicto XVI se refirió a la enseñanza de San Pablo sobre la renovación del hombre mediante la fe. Lo fundamental es que “con Cristo se inició una nueva manera de venerar a Dios, un nuevo culto, que consiste en el hecho de que el hombre viviente se transforma él mismo en adoración”. Para explicar cómo sucede esto citó un texto de la carta a los Romanos: “No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios.”.. (12, 2).

 Pablo nos dice: “el mundo no puede ser renovado sin hombres nuevos. Sólo si hay hombres nuevos, habrá también un mundo nuevo, un mundo renovado y mejor”. “Esto significa también –añadió el Papa– que no basta adaptarse a la situación actual. El apóstol nos exhorta a no ser conformistas”.

 Pero ¿cómo llegar a ser hombres nuevos? “Nos convertimos en nuevos, si nos dejamos conquistar y plasmar por el Hombre nuevo, Jesucristo”. Esto requiere “transformar nuestro modo de pensar”. “El pensamiento del hombre viejo, el modo de pensar común está dirigido en general hacia la posesión, el bienestar, la influencia, el éxito, y la fama”, afirmó Benedicto XVI. Así, en último análisis, “queda el propio ‘yo’ en el centro del mundo. Debemos aprender a pensar de manera profunda”. Es necesario que “nosotros queramos lo que Dios quiere, porque reconocemos que aquello que Dios quiere es lo bello y lo bueno. Se trata, por tanto, de un viraje de fondo en nuestra orientación espiritual”.

 La fe adulta y el infantilismo

 Esta renovación supone que, como dice san Pablo a los Efesios, el cristiano alcance la edad adulta, una humanidad madura. Y aquí Benedicto XVI hizo una reflexión sobre el difundido eslogan de la “fe adulta” que tantas veces encubre una actitud inmadura. “Con frecuencia se entiende como la actitud de quien no escucha a la Iglesia y a sus pastores, sino que elige de forma autónoma lo que quiere creer y no creer, es decir, una fe ‘hecha por uno mismo’. Esto se interpreta como ‘valentía’ para expresarse en contra de Magisterio de la Iglesia. En realidad para esto no es necesaria la valentía, porque se puede siempre estar seguro del aplauso público. En cambio la valentía es necesaria para unirse a la fe de la Iglesia, incluso si ésta contradice al ‘esquema’ del mundo contemporáneo. A esta falta de conformismo de la fe Pablo la llama una ‘fe adulta’. Califica en cambio como infantil el hecho de correr detrás de los vientos y de las corrientes del tiempo”.

 Como ejemplos de lo que hoy día forma parte de la fe adulta, el Papa mencionó “comprometerse con la inviolabilidad de la vida humana desde el primer momento de su concepción” y “reconocer el matrimonio entre un hombre y una mujer para toda la vida”. Y es que “la fe adulta no se deja transportar de un lado a otro por cualquier corriente. Se opone a los vientos de la moda”.

 Pero el nuevo modo de pensar, que ofrece la fe, no se detiene en la negación, sino que “se desarrolla primero hacia la verdad” y “la caridad es la prueba de la verdad”. Si alguien puede temer que la defensa de la verdad frente al relativismo pueda ser motivo de intolerancia, el Papa ha querido dejar bien claro que “verdad y caridad son inseparables”.

 Para aprender a actuar según la verdad en la caridad hace falta reforzar la interioridad. En nuestro tiempo, advirtió el Papa, “los hombres a menudo permanecen interiormente vacíos y por lo tanto tienen que aferrarse a promesas y drogas, que después tienen como consecuencia un ulterior crecimiento del sentido de vacío en su interior”. Como remedio, mencionó la necesidad del encuentro con Dios en la vida de oración y en los sacramentos.

El Papa enseña el auténtico anticonformismo cristiano

Benedicto XVI en la clausura del Año Paulino

El anticonformismo de una fe verdaderamente adulta, que sabe unirse a la fe de la Iglesia -aunque contradiga el “esquema del mundo contemporáneo”-, que se compromete con la inviolabilidad de la vida humana, que reconoce el matrimonio entre un hombre y una mujer como el proyecto de Dios, que no se deja zarandear por los vientos de la moda: es la enseñanza del Apóstol Pablo, propuesta por Benedicto XVI en la clausura del Año Paulino, cuando presidió al final del domingo –en la Basílica de San Pablo Extramuros- las vísperas de la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo.

 La participación de la delegación ortodoxa del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla –cuya presencia es habitual en Roma por la Solemnidad-, ha remarcado el carácter ecuménico de este Año.  

 Con profunda emoción, en su homilía, el Santo Padre anunció, ante el sarcófago de Pablo –conservado bajo el altar papal-, que se ha realizado un exhaustivo estudio de su interior. Desveló que los restos hallados pertenecen a una persona que vivió entre el siglo I y II. Ulterior confirmación de que se trata de los restos mortales del Apóstol Pablo. 

 A continuación, desarrolló su homilía cuya síntesis proponemos en diversas claves. Ofrecemos igualmente el texto íntegro del Santo Padre:  

 – Núcleo esencial de la existencia cristiana […]: con Cristo se inició un nuevo modo de venerar a Dios, un nuevo culto. Consiste en el hecho de que el hombre viviente se transforma él mismo en adoración, “sacrificio” hasta en el propio cuerpo. Ya no se ofrecen cosas a Dios. Es nuestra propia existencia que debe convertirse en alabanza de Dios. ¿Pero cómo sucede esto? […] [Pablo] Nos da la respuesta: “No os conforméis a este mundo, sino dejaos transformar renovando vuestro modo de pensar, para poder discernir la voluntad de Dios…”. 

 – Las dos palabras decisivas son: “transformar” y “renovar”. Debemos convertirnos en hombres nuevos, transformados en un nuevo modo de existencia. […] Sólo si hay hombres nuevos, habrá también un mundo nuevo, un mundo renovado y mejor.  

 – El Apóstol nos exhorta a un “no conformismo” […]: no someterse al esquema de la época actual.  

 – Cómo convertirse en nuevos: Pablo alude a la propia conversión: a su encuentro con Cristo Resucitado […]: “Si uno está en Cristo, es una nueva criatura; las cosas viejas pasaron; he aquí que han nacido de nuevo”. […] Este proceso de renovación y de transformación continúa durante toda la vida. Nos convertimos en nuevos, si nos dejamos aferrar y plasmar por el Hombre nuevo Jesucristo. Él es el Hombre nuevo por excelencia.

 – Nos convertimos en nuevos si transformamos nuestro modo de pensar. […] Nuestra razón debe convertirse en nueva. […] La renovación debe ser completa. […] El pensamiento del hombre viejo, el modo de pensar común está dirigido en general hacia la posesión, el bienestar, la influencia, el éxito, y la fama. Pero de esta manera tiene un alcance muy limitado. Así, en último análisis, queda el propio “yo” en el centro del mundo. Debemos aprender a pensar de manera profunda. […] Es necesario aprender a comprender la voluntad de Dios, de modo que plasme nuestra voluntad, para que nosotros queramos lo que Dios quiere, porque reconocemos que aquello que Dios quiere es lo bello y lo bueno.  

 – Con Cristo tenemos que alcanzar la edad adulta, una humanidad madura. […] Pablo desea que los cristianos tengamos una fe “responsable”, una fe “adulta”. La palabra “fe adulta” en los últimos decenios se ha transformado en un eslogan difundido. A menudo se ve en el sentido de actitud de quien no escucha a la Iglesia y a sus pastores, sino que elige de forma autónoma lo que quiere creer y no creer –es decir, una fe “hecha por uno mismo”. Esto se interpreta como “valentía” de expresarse en contra de Magisterio de la Iglesia. En realidad para esto no es necesaria la valentía […]. En cambio la valentía es necesaria para unirse a la fe de la Iglesia, incluso si esta contradice el “esquema” del mundo contemporáneo. Es este “no-conformismo” de la fe que Pablo llama una “fe adulta”.  

 – Forma parte de la fe adulta, por ejemplo, comprometerse con la inviolabilidad de la vida humana desde el primer momento de su concepción […], reconocer el matrimonio entre un hombre y una mujer para toda la vida como ordenado por el Creador, reestablecido nuevamente por Cristo. La fe adulta no se deja transportar de un lado a otro por cualquier corriente. Se opone a los vientos de la moda. Sabe que estos vientos no son el soplo del Espíritu Santo. 

 -Pablo […] nos lleva hacia el gran “sí”. Describe la fe madura, realmente adulta de forma positiva con la expresión: “actuar según la verdad en la caridad”. […] Verdad y caridad son inseparables. En Dios, ambas son una sola cosa: es precisamente ésta la esencia de Dios. Por este motivo, para los cristianos verdad y caridad van unidas. La caridad es la prueba de la verdad. Siempre de nuevo tenemos que ser medidos según este criterio, que la verdad se transforme en caridad y nos haga ser verdaderos.

  – Quien junto a Cristo sirve a la verdad en la caridad, contribuye al verdadero progreso del mundo. […] Donde aumenta la presencia de Cristo, allí está le verdadero progreso del mundo. Allí el hombre se hace nuevo y así se transforma en nuevo mundo.

El hombre interior tiene que reforzarse –es un imperativo muy apropiado para nuestro tiempo en el que los hombres a menudo permanecen interiormente vacíos y por lo tanto tienen que aferrarse a promesas y narcóticos […]. Tiene que reforzarse la interioridad –la perspectiva del corazón; la capacidad de ver y comprender el mundo y el hombre desde dentro, con el corazón.  

 – Tenemos necesidad de una razón iluminada desde el corazón, para aprender a actuar según la verdad en la caridad. Pero esto no se realiza sin una íntima relación con Dios, sin la vida de oración […], los Sacramentos, […] la Palabra que Él nos ha donado.  

 – Sólo en la comunión con todos los santos, es decir en la gran comunidad de todos los creyentes –y no en contra o en ausencia de ella- podemos conocer la enormidad del misterio de Cristo. […] Él no pertenece sólo a un determinado grupo. El Cristo crucificado abraza el entero universo en todas sus dimensiones.  – El amor de Cristo ha abrazado en la Cruz la profundidad más baja –la noche de la muerte y la altura suprema- la elevación de Dios mismo. Y ha tomado entre sus brazos la amplitud y la enormidad de la humanidad y del mundo en todas sus distancias. Siempre Él abraza el universo, a todos nosotros. Oremos al Señor, para que nos ayude a reconocer algo de la enormidad de su amor. Oremos para que su amor y su verdad toquen nuestro corazón.  

 

Homilía de Benedicto XVI en las Primeras Vísperas de la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo con ocasión de la Clausura del Año Paulino:

Señores Cardenales, Venerados Hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio, Ilustres miembros de la Delegación del Patriarcado ecuménico, Queridos hermanos y hermanas,

Dirijo a cada uno mi saludo cordial. En particular, saludo al cardenal arcipreste de esta Basílica y a sus colaboradores, saludo al Abad de la comunidad monástica benedictina; saludo también a la delegación del Patriarcado ecuménico de Constantinopla. El año conmemorativo del nacimiento de san Pablo se concluye esta tarde. Estamos recogidos ante la tumba del Apóstol, cuyo sarcófago, conservado bajo el altar papal, fue recientemente objeto de un atento análisis científico: en el sarcófago, que no había sido abierto nunca en tantos siglos, le fue practicada una pequeñísima perforación para introducir una sonda especial, mediante la cual fueron relevados restos de un precioso tejido de lino de color púrpura, bañado en oro, y de un tejido de color azul con filamentos de lino. Fue también relevada la presencia de granos de incienso rojo y de sustancias proteicas calcáreas. Además, pequeñísimos fragmentos óseos, sometidos al examen del carbono 14 por parte de expertos que, sin saber la procedencia, han resultado pertenecer a una persona que vivió entre el primer y el segundo siglo. Esto parece confirmar la unánime e incontrovertida tradición de que se tratan de los restos mortales del apóstol Pablo. Todo esto llena nuestro ánimo de profunda emoción. Durante estos meses muchas personas han seguido los caminos del Apóstol –los exteriores y más aún los interiores que él recorrió durante su vida: el camino de Damasco hacia el encuentro con el Resucitado; los caminos en el mundo mediterráneo que él atravesó con la llama del Evangelio, encontrando contradicciones y adhesiones, hasta el martirio, por el cual pertenece para siempre a la Iglesia de Roma. A ella dirigió también su Carta más grande e importante. El Año Paulino se concluye, pero estar en camino junto a Pablo, -con él y gracias a él venir a conocer a Jesús y, como él, ser iluminados y transformados por el Evangelio– formará siempre parte de la existencia cristiana. Y siempre, yendo más allá del ámbito de los creyentes, él permanece el “maestro de las gentes”, que quiere llevar el mensaje del Resucitado a todos los hombres, porque Cristo los ha conocido y amado a todos; y murió y resucitó por todos ellos. Queremos, por tanto, escucharlo también en esta hora en la que iniciamos solemnemente la fiesta de los dos Apóstoles unidos entre sí por un estrecho lazo.

Forma parte de la estructura de las Cartas de Pablo que –siempre en referencia al lugar y a la situación particular– expliquen ante todo el misterio de Cristo, que nos enseñen la fe. En una segunda parte, sigue la aplicación a nuestra vida: ¿qué cosa consigue a esta fe? ¿Cómo se plasma nuestra existencia día a día? En la Carta a los Romanos, esta segunda parte comienza con el décimo segundo capítulo, en los primeros dos versículos del cual el apóstol resume rápidamente el núcleo esencial de la existencia cristiana. ¿Qué nos dice san Pablo en aquel pasaje? Ante todo afirma, como cosa fundamental, que con Cristo se inició un nuevo modo de venerar a Dios, un nuevo culto. Consiste en el hecho de que el hombre viviente se transforma él mismo en adoración, “sacrificio” hasta en el propio cuerpo. Ya no se ofrecen cosas a Dios. Es nuestra propia existencia que debe convertirse en alabanza de Dios. ¿Pero cómo sucede esto? En el segundo versículo se nos da la respuesta: “No se conformen a este mundo, sino déjense transformar renovando su modo de pensar, para poder discernir la voluntad de Dios…” (12,2). Las dos palabras decisivas de este versículo son: “transformar” y “renovar”. Debemos convertirnos en hombres nuevos, transformados en un nuevo modo de existencia. El mundo siempre está a la búsqueda de la novedad, porque con razón está siempre descontento de la realidad concreta. Pablo nos dice: el mundo no puede ser renovado sin hombres nuevos. Sólo si hay hombres nuevos, habrá también un mundo nuevo, un mundo renovado y mejor. En el inicio está la renovación del hombre. Esto vale después para cada uno. Sólo si nosotros mismos nos convertimos en nuevos, el mundo se convertirá en nuevo. Esto significa también que no basta adaptarse a la situación actual. El Apóstol nos exhorta a un “no conformismo”. En nuestra Carta se dice: no someterse al esquema de la época actual. Debemos regresar sobre este punto reflexionando sobre el segundo texto que esta tarde quiero meditar. El “no” del Apóstol es claro y también convincente para quien observa el “esquema” de nuestro mundo. Pero llegar a ser nuevos, ¿cómo se puede conseguir? ¿Somos de verdad capaces? Sobre cómo convertirse en nuevos, Pablo alude a la propia conversión: a su encuentro con Cristo resucitado, encuentro del que la Segunda Carta a los Corintios dice: “Si uno está en Cristo, es una nueva criatura; las cosas viejas pasaron; he aquí que han nacido de nuevo” (5,17). Era tan convulsionante para él este encuentro con Cristo que dice al respecto: “Estoy muerto” (Gal 2,19; cf. Rom 6). Él se convirtió en nuevo, en otro, porque no vive más para sí en virtud de sí mismo, sino por Cristo que está en él. En el curso de los años, no obstante, vio que este proceso de renovación y de transformación continúa durante toda la vida. Nos convertimos en nuevos, si nos dejamos aferrar y plasmar por el Hombre nuevo Jesucristo. Él es el Hombre nuevo por excelencia. En Él la nueva existencia humana se convierte en realidad, y nosotros podemos verdaderamente convertirnos en nuevos si nos consignamos en sus manos y de Él nos dejamos plasmar.

Pablo hace aún más claro este proceso de “refundición” diciendo que nos convertimos en nuevos si transformamos nuestro modo de pensar. Esto que aquí ha sido traducido como “modo de pensar”, es el término griego “nous”. Es una palabra compleja. Puede ser traducida como “espíritu”, “sentimiento”, “razón” y, también, como “modo de pensar”. Nuestra razón debe convertirse en nueva. Esto nos sorprende. Tal vez habríamos esperado que tuviera que ver con alguna actitud: aquello que en nuestra acción debemos cambiar. Pero no: la renovación debe ser completa. Nuestro modo de ver el mundo, de comprender la realidad, todo nuestro pensar, debe cambiar a partir de su fundamento. El pensamiento del hombre viejo, el modo de pensar común está dirigido en general hacia la posesión, el bienestar, la influencia, el éxito, y la fama. Pero de esta manera tiene un alcance muy limitado. Así, en último análisis, queda el propio “yo” en el centro del mundo. Debemos aprender a pensar de manera profunda. Qué significa eso. Lo dice san Pablo en la segunda parte de la frase: es necesario aprender a comprender la voluntad de Dios, de modo que plasme nuestra voluntad, para que nosotros queramos lo que Dios quiere, porque reconocemos que aquello que Dios quiere es lo bello y lo bueno. Se trata, por tanto, de un viraje de fondo de nuestra orientación espiritual. Dios debe entrar en el horizonte de nuestro pensamiento: aquello que Dios quiere y el modo según el cual Él ha ideado al mundo y a mí. Debemos aprender a tomar parte en el pensar y en el querer de Jesucristo. Entonces seremos hombres nuevos en los que emerge un mundo nuevo.

El mismo pensamiento de una necesaria renovación de nuestro ser como persona humana, Pablo lo ha ilustrado ulteriormente en dos párrafos de la Carta a los Efesios, sobre los cuales queremos reflexionar ahora brevemente. En el cuarto capítulo de la Carta, el apóstol nos dice que con Cristo tenemos que alcanzar la edad adulta, una humanidad madura. No podemos seguir siendo “niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina” (4,14). Pablo desea que los cristianos tengamos una fe “responsable”, una fe “adulta”. La palabra “fe adulta” en los últimos decenios se ha transformado en un eslogan difundido. A menudo se ve en el sentido de actitud de quien no escucha a la Iglesia y a sus pastores, sino que elige de forma autónoma lo que quiere creer y no creer –es decir, una fe “hecha por uno mismo”. Esto se interpreta como “valentía” de expresarse en contra de Magisterio de la Iglesia. En realidad para esto no es necesaria la valentía, porque se puede siempre estar seguro del aplauso público. En cambio la valentía es necesaria para unirse a la fe de la Iglesia, incluso si esta contradice el “esquema” del mundo contemporáneo. Es este “no-conformismo” de la fe que Pablo llama una “fe adulta”. Califica en cambio como infantil, el correr detrás de los vientos y de las corrientes del tiempo. De este modo forma parte de la fe adulta, por ejemplo, comprometerse con la inviolabilidad de la vida humana desde el primer momento de su concepción, oponiéndose con ello de forma radical al principio de la violencia, precisamente en defensa de las criaturas humanas más vulnerables. Forma parte de la fe adulta reconocer el matrimonio entre un hombre y una mujer para toda la vida como ordenado por el Creador, reestablecido nuevamente por Cristo. La fe adulta no se deja transportar de un lado a otro por cualquier corriente. Se opone a los vientos de la moda. Sabe que estos vientos no son el soplo del Espíritu Santo; sabe que el Espíritu de Dios se expresa y se manifiesta en la comunión con Jesucristo. Pero Pablo no se detiene en la negación, sino que nos lleva hacia el gran “sí”. Describe la fe madura, realmente adulta de forma positiva con la expresión: “actuar según la verdad en la caridad” (cfr Ef 4, 15). El nuevo modo de pensar, que nos da la fe, se desarrolla primero hacia la verdad. El poder del mal es la mentira. El poder de la fe, el poder de Dios, es la verdad. La verdad sobre el mundo y sobre nosotros mismos se nos vuelve visible cuando miramos a Dios. Y Dios se hace visible a nosotros en el rostro de Jesucristo. Mirando a Cristo reconocemos una cosa más: verdad y caridad son inseparables. En Dios, ambas son una sola cosa: es precisamente ésta la esencia de Dios. Por este motivo, para los cristianos verdad y caridad van unidas. La caridad es la prueba de la verdad. Siempre de nuevo tenemos que ser medidos según este criterio, que la verdad se transforme en caridad y nos haga ser verdaderos.

Otro pensamiento importante aparece en el versículo de san Pablo. El apóstol nos dice que, actuando según la verdad en la caridad, contribuimos a hacer que el todo –el universo- crezca hacia Cristo. Pablo, en base a su fe, no se interesa sólo por nuestra personal rectitud o por el crecimiento de la Iglesia. Él se interesa por el universo: “ta pánta”. La finalidad última de la obra de Cristo es el universo –la transformación del universo, de todo el mundo humano, de la entera creación. Quien junto con Cristo sirve a la verdad en la caridad, contribuye al verdadero progreso del mundo. Sí, es completamente claro que Pablo conoce la idea del progreso. Cristo, su vivir, sufrir y resucitar, ha sido el verdadero gran salto del progreso para la humanidad, para el mundo. Ahora, en cambio, el universo tiene que crecer hacia Él. Donde aumenta la presencia de Cristo, allí está le verdadero progreso del mundo. Allí el hombre se hace nuevo y así se transforma en nuevo mundo.

Esto mismo Pablo hace que sea evidente desde otro punto de vista. En el tercer capítulo de la Carta a los Efesios, él habla de la necesidad de ser “fortalecidos en el hombre interior” (3,16). Con esto retoma un argumento que anteriormente, en una situación de tribulación, había tratado en la Segunda Carta a los Corintios: “Aún cuando nuestro hombre exterior se va desmoronando, el hombre interior se va renovando de día en día” (4,16). El hombre interior tiene que reforzarse –es un imperativo muy apropiado para nuestro tiempo en el que los hombres a menudo permanecen interiormente vacíos y por lo tanto tienen que aferrarse a promesas y narcóticos, que después tienen como consecuencia un ulterior crecimiento del sentido de vacío en su interior. El vacío interior –la debilidad del hombre interior- es uno de los más grandes problemas de nuestro tiempo. Tiene que reforzarse la interioridad –la perspectiva del corazón; la capacidad de ver y comprender el mundo y el hombre desde dentro, con el corazón. Tenemos necesidad de una razón iluminada desde el corazón, para aprender a actuar según la verdad en la caridad. Pero esto no se realiza sin una íntima relación con Dios, sin la vida de oración. Tenemos necesidad del encuentro con Dios, que nos viene dado en los Sacramentos. Y no podemos hablar a Dios en la oración, sino lo dejamos que hable antes Él mismo, si no lo escuchamos en la palabra que Él nos ha donado. Sobre esto, Pablo nos dice: “que Cristo habite por la fe en sus corazones, para que arraigados y cimentados en el amor, puedan comprender con todos los Santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo que excede a todo conocimiento” (Ef 3,17). El amor ve más allá de la simple razón, esto es lo que Pablo nos dice con sus palabras. Y nos dice además que sólo en la comunión con todos los santos, es decir en la gran comunidad de todos los creyentes –y no en contra o en ausencia de ella- podemos conocer la enormidad del misterio de Cristo. Esta enormidad, él la circunscribe con palabras que quieren expresar la dimensión del cosmos: anchura, longitud, altura y profundidad. El misterio de Cristo es una enormidad cósmica: Él no pertenece sólo a un determinado grupo. El Cristo crucificado abraza el entero universo en todas sus dimensiones. Él toma el mundo en sus manos y lo lleva en alto hacia Dios. Empezando por san Ireneo de Lyon –es decir, desde el siglo II- a los Padres que han visto en esta palabra de anchura, longitud, altura y profundidad del amor de Cristo, una alusión a la Cruz. El amor de Cristo ha abrazado en la Cruz la profundidad más baja –la noche de la muerte y la altura suprema- la elevación de Dios mismo. Y ha tomado entre sus brazos la amplitud y la enormidad de la humanidad y del mundo en todas sus distancias. Siempre Él abraza el universo, a todos nosotros.

Oremos al Señor, para que nos ayude a reconocer algo de la enormidad de su amor. Oremos para que su amor y su verdad toquen nuestro corazón. Pidamos que Cristo viva en nuestros corazones y nos haga ser hombres nuevos, que actúan según la verdad en la caridad. Amen. 

 

Santos Pedro y Pablo, Solemnidad

29 de Junio

Santos Pedro y Pablo, SolemnidadTan atrás como en el siglo cuarto se celebraba una fiesta en memoria de los Santos Pedro y Pablo en el mismo día, aunque el día no era el mismo en Oriente que en Roma. El Martirologio Sirio de fines del siglo cuarto, que es un extracto de un catálogo Griego de santos del Asia Menor, indica las siguientes fiestas en conexión con la Navidad (25 de diciembre): 26 dic. San Estéban; 27 dic. Santos Santiago y Juan; 28 dic. Santos Pedro y Pablo.

La fiesta principal de los Santos Pedro y Pablo se mantuvo en Roma el 29 de junio tan atrás como en el tercero o cuarto siglo. La lista de fiestas de mártires en el Cronógrafo de Filócalo coloca esta nota en la fecha – “III. Kal. Jul. Petri in Catacumbas et Pauli Ostiense Tusco et Basso Cose.” (=el año 258) . El “Martyrologium Hieronyminanum” tiene, en el Berne MS., la siguiente nota para el 29 de junio: “Romae via Aurelia natale sanctorum Apostolorum Petri et Pauli, Petri in Vaticano, Pauli in via Ostiensi, utrumque in catacumbas, passi sub Nerone, Basso et Tusco consulibus” (ed. de Rossi–Duchesne, 84).

La fecha 258 en las notas revela que a parir de ese año se celebraba la memoria de los dos Apóstoles el 29 de junio en la Vía Apia ad Catacumbas (cerca de San Sebastiano fuori le mura), pues en esta fecha los restos de los Apóstoles fueron trasladado allí (ver arriba). Más tarde, quizá al construirse la iglesia sobre las tumbas en el Vaticano y en la Vía Ostiensis, los restos fueron restituidos a su anterior lugar de descanso: los de Pedro a la Basílica Vaticana y los de Pablo la iglesia en la Vía Ostiensis.

En el sitio Ad Catacumbas se construyó, tan atrás como en el siglo cuarto, una iglesia en honor de los dos Apóstoles. Desde el año 258 se guardó su fiesta principal el 29 de junio, fecha en la que desde tiempos antiguos se celebraba el Servicio Divino solemne en las tres iglesias arriba mencionadas (Duchesne, “Origines du culte chretien”, 5ta ed., París, 1909, 271 sqq., 283 sqq.; Urbano, “Ein Martyrologium der christl. Gemeinde zu Rom an Anfang des 5. Jahrh.”, Leipzig, 1901, 169 sqq.; Kellner, “Heortologie”, 3ra ed., Freiburg, 1911, 210 sqq.). La leyenda procuró explicar que los Apóstoles ocupasen temporalmente el sepulcro Ad Catacumbas mediante la suposición que, enseguida de la muerte de ellos los Cristianos del Oriente deseaban robarse sus restos y llevarlos al Este. Toda esta historia es evidentemente producto de la leyenda popular.

Una tercera festividad de los Apóstoles tiene lugar el 1 de agosto: la fiesta de las Cadenas de San Pedro. Esta fiesta era originariamente la de dedicación de la iglesia del Apóstol, erigida en la Colina Esquilina en el siglo cuarto. Un sacerdote titular de la iglesia, Filipo, fue delegado papal al Concilio de Éfeso en el año 431. La iglesia fue reconstruida por Sixto II (432) a costa de la familia imperial Bizantina. La consagración solemne pudo haber sido el 1 de agosto, o este fue el día de la dedicación de la anterior iglesia. Quizá este día fue elegido para sustituir las fiestas paganas que se realizaban el 1 de agosto. En esta iglesia, aún en pié (S. Pietro en Vincoli), probablemente se preservaron desde el siglo cuarto las cadenas de San Pedro que eran muy grandemente veneradas, siendo considerados como reliquias apreciadas los pequeños trozos de su metal.

De tal modo, la iglesia desde muy antiguo recibió el nombre in Vinculis, convirtiéndose la fiesta del 1 de agosto en fiesta de las cadenas de San Pedro (Duchesne, op. cit., 286 sqq.; Kellner, loc. cit., 216 sqq.). El recuerdo de ambos Pedro y Pablo fue más tarde relacionado con dos lugares de la antigua Roma: la Vía Sacra, en las afueras del Foro, adonde se decía que fue arrojado al suelo el mago Simón ante la oración de Pedro y la cárcel Tullianum, o Carcer Mamertinus, adonde se supone que fueron mantenidos los Apóstoles hasta su ejecución.

También en ambos lugares se erigieron santuarios de los Apóstoles y el de la cárcel Mamertina aún permanece en casi su estado original desde la temprana época Romana. Estas conmemoraciones locales de los Apóstoles están basadas en leyendas y no hay celebraciones especiales en las dos iglesias. Sin embargo, no es imposible que Pedro y Pablo hayan sido confinados en la prisión principal de Roma en el fuerte del Capitolio, de la cual queda como un resto la actual Carcer Mamertinus.

 

Liturgia de las Horas: Propio del Salterio
Color: Rojo

Lecturas de la liturgia

  • Primera Lectura: Hechos 12,1-11
    “Era verdad: el Señor me ha librado de las manos de Herodes” 

    En aquellos días, el rey Herodes se puso a perseguir a algunos miembros de la Iglesia. Hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan. Al ver que esto agradaba a los judíos, decidió detener a Pedro. Era la semana de Pascua. Mandó prenderlo y meterlo en la cárcel, encargando su custodia a cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno; tenía intención de presentarlo al pueblo pasadas las fiestas de Pascua. Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él.

    La noche antes de que lo sacara Herodes, estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, atado con cadenas. Los centinelas hacían guardia a la puerta de la cárcel. De repente, se presentó el ángel del Señor, y se iluminó la celda. Tocó a Pedro en el hombro, lo despertó y le dijo: “Date prisa, levántate.” Las cadenas se le cayeron de las manos, y el ángel añadió: “Ponte el cinturón y las sandalias.” Obedeció, y el ángel le dijo: “Échate el manto y sígueme.” Pedro salió detrás, creyendo que lo que hacía el ángel era una visión y no realidad. Atravesaron la primera y la segunda guardia, llegaron al portón de hierro que daba a la calle, y se abrió solo. Salieron, y al final de la calle se marchó el ángel. Pedro recapacitó y dijo: “Pues era verdad: el Señor ha enviado a su ángel para librarme de las manos de Herodes y de la expectación de los judíos.”

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  • Salmo Responsorial: 33
    “El Señor me libró de todas mis ansias.” 

    Bendigo al Señor en todo momento,
    su alabanza está siempre en mi boca;
    mi alma se gloría en el Señor:
    que los humildes lo escuchen y se alegren. R.

    Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
    ensalcemos juntos su nombre.
    Yo consulté al Señor, y me respondió,
    me libró de todas mis ansias. R.

    Contempladlo, y quedaréis radiantes,
    vuestro rostro no se avergonzará.
    Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha
    y lo salva de sus angustias. R.

    El ángel del Señor acampa
    en torno a sus fieles y los protege.
    Gustad y ved qué bueno es el Señor,
    dichoso el que se acoge a él. R.

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  • Segunda Lectura: II Timoteo 4,6-8.17-18
    “Ahora me aguarda la corona merecida”Querido hermano: Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida. El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
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  • Evangelio: Mateo 16,13-19
    “Tú eres Pedro, y te daré las llaves del Reino de los cielos”En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo Jesús preguntó a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Ellos contestaron: “Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.” Él les preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Simón Pedro tomó la palabra y dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.” Jesús le respondió: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.”

BENEDICTO XVI ASEGURA QUE “LOS HECHOS Y LAS PALABRAS DE JESÚS SE REFLEJAN FIELMENTE EN LOS ESCRITOS PAULINOS”

El Papa comenta los textos del Apóstol de las Gentes

El Papa Benedicto XVI dedicó hoy de nuevo la tradicional catequesis de la audiencia general a la figura del Apóstol san Pablo, a los cerca de 25.000 peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro.

En esta ocasión, el Papa se centró en mostrar cómo los hechos y las palabras de Jesús se reflejan fielmente en los escritos paulinos, a pesar de que históricamente nunca llegara a conocerle en persona.

“El mismo san Pablo distingue dos maneras de conocer a Jesús”, explicó, “según la carne, es decir, externamente, o con el corazón, es decir, el núcleo de la persona”. Pablo conocía a Jesús de esta forma, aunque también sabía los detalles de su vida.

“Solo con el corazón se conoce verdaderamente a una persona”, reiteró el Papa. “Hay personas doctas que conocen a Jesús en muchos de sus detalles y personas sencillas que no conocen estos detalles, pero que lo conocen en su verdad”.

Seguidamente, el Papa explicó que, por los escritos paulinos, se deduce que Pablo conocía perfectamente muchos detalles personales y muchas palabras y hechos de Jesús, por tres tipos de referencia: explícita, por alusiones a pasajes evangélicos, y por la transposición de muchas enseñanzas de Jesús.

En una serie de pasajes, entre ellos por ejemplo sobre la indisolubilidad del matrimonio o sobre la Última Cena, Pablo muestra que conocía exactamente palabras pronunciadas por Jesús.

En otros, como la figura del ladrón en la noche, Pablo hacía referencia claramente a un pasaje evangélico que no tiene correspondencia en el Antiguo Testamento.

Pablo, explica el Papa, “conoce la pasión de Jesús, su cruz, el modo en que vivió los últimos momentos de su vida. La cruz de Jesús y la tradición sobre este hecho de la cruz está en el centro del kerygma paulino”.

“Otro pilar de la vida de Jesús conocido por san Pablo era el Discurso de la Montaña, del que cita algunos elementos casi literalmente, cuando escribe a los Romanos: ‘Amaos unos a otros… Bendecid a los que os persiguen… vivid en paz con todos… Venced al mal con el bien…’ ”.

El Papa puso varios ejemplos de correspondencia de la doctrina paulina con la vida de Jesús, entre ellos la utilización de la palabra “Abbà” (“papá”) utilizada por Jesús para referirse a Dios en el Monte de los Olivos, y que por su extrema familiaridad era impensable en boca de un hebreo.

   
 
San Pablo

“En las Cartas de san Pablo a los Romanos y a los Gálatas sorprendentemente esta palabra ‘Abbà’, que expresa la exclusividad de la filiación de Jesús, aparece en la boca de los bautizados, porque han recibido el Espíritu del Hijo”, continúa el Papa.

El Papa prosiguió con varios ejemplos, que muestran la fidelidad de Pablo al Jesús de los Evangelios. Sin embargo, añadió, “san Pablo no pensaba en Jesús como algo histórico, como una persona del pasado. Conoce ciertamente la gran tradición sobre la vida, las palabras, la muerte y la resurrección de Jesús, pero no los trata como algo del pasado; lo propone como realidad del Jesús vivo”. “Esta es la verdadera forma de conocer a Jesús y de acoger la tradición sobre él”, añadió.

Finalmente, el Papa exhortó a los fieles a “aprender a conocer a Jesús, no según la carne, como una persona del pasado, sino como nuestro Señor y Hermano, que hoy está con nosotros y nos muestra cómo vivir y como morir”.

LA IGLESIA, ASAMBLEA CONVOCADA POR DIOS EN EL MUNDO

El Papa habló sobre las enseñanzas de san Pablo acerca de la Iglesia

En la audiencia general de este miércoles, celebrada en la Plaza de San Pedro, el Papa continuó con las catequesis sobre San Pablo y hoy habló acerca de la enseñanza del Apóstol sobre la Iglesia.

El Santo Padre recordó que “la palabra Iglesia, “Ekklesía” en griego, viene del Antiguo Testamento y significa la asamblea del pueblo de Israel convocada por Dios”. La palabra Iglesia aparece por primera vez en la Carta de San Pablo a los Tesalonicenses y en otras ocasiones habla de la Iglesia de Dios que está en Corinto, en Galacia, etc, “pero también dice que ha perseguido a “la Iglesia de Dios”, no una determinada comunidad local sino “la Iglesia de Dios”.

“La Iglesia posee un significado pluridimensional: por una parte indica las asambleas de Dios en determinados lugares, en una ciudad, un país, una casa, pero también significa toda la Iglesia en su conjunto. De este modo vemos que “la Iglesia de Dios” no es una asociación de iglesias locales, sino que estas son a su vez realizaciones de la única Iglesia de Dios”.

Benedicto XVI puso de relieve que “la palabra “Iglesia” aparece casi siempre con el añadido “de Dios”: no es una asociación humana nacida de ideas o intereses comunes, sino una convocación realizada por Dios. El la ha convocado y por tanto es una en todas sus realizaciones. La unidad de Dios crea la unidad de la Iglesia en todos los lugares donde se encuentra“.

En la Carta a los Efesios, continuó, San Pablo “elabora el concepto de unidad de la Iglesia en continuidad con el concepto de Pueblo de Dios, Israel. (…) Pablo presenta a la única Iglesia de Dios como “esposa de Cristo” en el amor, un solo cuerpo y un solo espíritu con el mismo Cristo”.

“Pablo tenía clara una cosa: el valor fundamental y fundacional de Cristo y de la “palabra” que lo anunciaba. Sabía que no solo no se llega a ser cristianos a la fuerza, sino que en la configuración interna de la nueva comunidad la componente institucional estaba inevitablemente ligada a la “palabra” viva”, al anuncio de Cristo vivo”.

El Santo Padre subrayó que “la obra evangelizadora de Pablo tenía como fin implantar una comunidad de creyentes en Cristo. Esta idea se encuentra en la etimología misma de la palabra “ekklesía”, (…) que implica directamente una llamada “ab extra”, y no solo la idea de reunirse juntos; los creyentes están llamados por Dios, que les reúne en una comunidad, su Iglesia”.

Refiriéndose al concepto paulino de Iglesia como “cuerpo de Cristo”, el Papa afirmó que había que “tener presentes las dos dimensiones de este concepto: una de carácter sociológico, según la cual el cuerpo es constituido por sus miembros y sin ellos no podría existir. (…) San Pablo también dice que la Iglesia no es solo un organismo, sino que es cuerpo de Cristo realmente en el sacramento de la Eucaristía, donde todos, recibiendo su Cuerpo, llegamos a ser realmente un mismo cuerpo (…) y un mismo espíritu en Cristo”.

   
 
San Pedro y San Pablo

“Pablo sabe y nos hace entender a todos que la Iglesia no es suya ni nuestra; es “cuerpo de Cristo”, “Iglesia de Dios”, “campo de Dios”, “edificación de Dios”. Esta última designación (…) atribuye a un tejido de relaciones interpersonales un término que servía comúnmente para indicar un lugar físico considerado sacro. La relación entre Iglesia y templo asume dos dimensiones complementarias: por una parte se atribuyen a la comunidad eclesial las características de pureza y separación propias del edificio sagrado, y al mismo tiempo se supera el concepto de un espacio material de presencia divina, que se aplica a la realidad de una comunidad viva de fe”.

El Papa comentó a continuación el concepto de “pueblo de Dios” “que en San Pablo se aplica sustancialmente al pueblo del Antiguo Testamento, y después los paganos (…) se convierten también en Pueblo de Dios gracias a su incorporación en Cristo mediante la palabra y el sacramento”.

En la Carta a Timoteo, dijo el Santo Padre, “la Iglesia es considerada como “casa de Dios”, que se refiere a la Iglesia como estructura comunitaria de afectuosas relaciones interpersonales de carácter familiar“.

“El Apóstol nos ayuda a comprender cada vez en mayor profundidad -terminó- el misterio de la Iglesia en sus distintas dimensiones de asamblea de Dios en el mundo. Esta es la grandeza de la Iglesia y la grandeza de nuestra llamada”.

Benedicto XVI traza las tres características del apóstol en todas las épocas

La actualidad de san Pablo en un mundo multirreligioso

El Papa Benedicto XVI dedicó hoy la audiencia general a reflexionar sobre la figura del Apóstol San Pablo, continuando con la catequesis de la semana pasada.

En esta ocasión, y ante peregrinos procedentes de más de quince naciones distintas, el Papa centró su intervención en explicar cuáles son las características de todo apóstol, a partir de los escritos paulinos.

San Pablo, explica el Papa, “tenía un concepto de apostolado que iba más allá del relacionado sólo con el grupo de los Doce”.

La primera característica, explica, es “haber visto al Señor, es decir, haber tenido con él un encuentro determinante para la propia vida”.

“Este encuentro marcó el inicio de su misión: Pablo no podía continuar viviendo como antes, ahora se sentía investido por el Señor del encargo de anunciar su Evangelio en calidad de apóstol”, explicó el Papa.

A pesar de sentirse “indigno”, por haber perseguido a la Iglesia, Pablo está “seguro de su apostolado” pues “en él se manifiesta la fecundidad de la gracia de Dios, que sabe transformar un hombre malogrado en un apóstol espléndido”.

“En definitiva, es el Señor el que constituye el apostolado, no la propia presunción. El apóstol no se hace a sí mismo, sino que lo hace el Señor; por tanto, necesita referirse constantemente al Señor”, añadió el Papa.

La segunda característica, continuó el Papa, es la de “haber sido enviado”, es decir, “embajador y portador de un mensaje. Por eso Pablo se define apóstol de Jesucristo, o sea, delegado suyo, puesto totalmente a su servicio”.

El hecho de que la iniciativa parta de Cristo “subraya el hecho de que se ha recibido una misión de parte de Él que hay que cumplir en su nombre, poniendo absolutamente en segundo plano cualquier interés personal”.

La tercera, finalmente, es la dedicación completa de la vida a esta misión, añadió el Papa.

“El de “apóstol”, por tanto, no es y no puede ser un título honorífico, sino que empeña concretamente y también dramáticamente toda la existencia del sujeto interesado”, afirmó.

Un elemento típico del verdadero apóstol, sacado a la luz por san Pablo, “es una especie de identificación entre Evangelio y evangelizador, ambos destinados a la misma suerte”, explicó Benedicto XVI.

“Nadie como Pablo, de hecho, ha puesto en evidencia cómo el anuncio de la cruz aparece como escándalo y necedad, al que muchos reaccionan con incomprensión y rechazo. Esto sucedía en aquel tiempo, y no debe extrañarnos que suceda también hoy”.

Sin embargo, todos los sufrimientos asociados a la misión, son coronados por la “alegría de ser portador de la bendición de Dios y de la gracia del Evangelio”.

“Esta es la certeza, la alegría profunda que guía al apóstol Pablo en todas estas vicisitudes: nada puede separarnos del amor de Dios. Y este amor es la verdadera riqueza de la vida humana”, concluyó el Papa.

Finalmente, el Papa saludó a los presentes, especialmente a un grupo de parlamentarios del reino Unido, así como un grupo de periodistas participantes en un Seminario de comunicación de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, a quienes pidió “un testimonio evangélico cada vez más generoso en la sociedad actual”.

Cristo, centro de la predicación de san Pablo, explica el Papa

Benedicto XVI señala que “la humildad de Cristo es expresión del amor divino

Ante los peregrinos reunidos este miércoles en la Plaza de San Pedro para la Audiencia General, Benedicto XVI volvió a retomar el ciclo de catequesis sobre san Pablo, centrándose en esta ocasión en la centralidad de la divinidad de Cristo, crucificado y resucitado, en sus enseñanzas.

Pablo, explica el Papa, centraba su enseñanza a las comunidades en “el anuncio de Jesucristo como ‘Señor’, vivo ahora y presente en medio de los suyos”, hasta el punto de que “Jesucristo resucitado, ‘exaltado sobre todo nombre’, está en el centro de todas sus reflexiones”.

“De ahí la esencialidad característica de la cristología paulina, que desarrolla las profundidades del misterio con una preocupación constante y precisa: anunciar, ciertamente, a Jesús, su enseñanza, pero anunciar sobre todo la realidad central de su muerte y resurrección”, subraya.

Esta experiencia de Cristo vivo, que Pablo tuvo en el camino de Damasco, es la que intenta transmitir, explica el obispo de Roma: “Cristo es para el Apóstol el criterio de valoración de los acontecimientos y de las cosas, el fin de todo esfuerzo que él hace para anunciar el Evangelio, la gran pasión que sostiene sus pasos por los caminos del mundo”.

Este Cristo es “un Cristo vivo, concreto”, es “esta persona que me ama, con la que puedo hablar, que me escucha y me responde, éste es realmente el principio para entender al mundo y para encontrar el camino en la historia”. La cristología paulina apunta a la divinidad de Cristo, a quien identifica con la Sabiduría del Antiguo Testamento.

Efectivamente, explica el Papa, los Libros sapienciales muestran una Sabiduría que existía antes de la creación del mundo, y que descendió para establecerse entre los hombres, como se recuerda en el prólogo del evangelio de Juan.

“San Pablo, desarrollando su cristología, se refiere precisamente a esta perspectiva sapiencial: reconoce a Jesús la sabiduría eterna existente desde siempre, la sabiduría que desciende y se crea una tienda entre nosotros”, añade.

Sin embargo, este reconocimiento de la divinidad de Cristo no es una “invención paulina”, explica el Papa, pues uno de los textos más significativos, el himno a la humildad de Cristo contenido en la carta a los Filipenses, es, según los exégetas, una composición precedente.

   
  Cristo de Velázquez

“Este es un dato de gran importancia, porque significa que el judeo-cristianismo, antes de san Pablo, creía en la divinidad de Jesús. En otras palabras, la fe en la divinidad de Jesús no es un invento helenístico, surgido después de la vida terrena de Jesús”, explica el Papa, sino que “el primer judeo-cristianismo creía en la divinidad de Jesús, es más, podemos decir que los mismos Apóstoles, en los grandes momentos de la vida de su Maestro, han entendido que Él era el Hijo de Dios”.

Otro de los aspectos que la cristología de Pablo pone de manifiesto, afirma el Papa, es la realización del plan divino de la salvación, que contrasta “con la pretensión de Adán que quería hacerse Dios, y contrasta también con el gesto de los constructores de la torre de Babel que querían edificar por sí solos el puente hasta el cielo y hacerse ellos mismos divinidad”.

“Esta iniciativa de la soberbia acabó con la autodestrucción: así no se llega al cielo, a la verdadera felicidad, a Dios. El gesto del Hijo de Dios es exactamente lo contrario: no la soberbia, sino la humildad, que es la realización del amor, y el amor es divino”.

Esta humildad de Cristo, “con la que contrasta la soberbia humana”, explica el Papa, “es realmente expresión del amor divino; a ella le sigue esa elevación al cielo a la que Dios nos atrae con su amor”.

Precisamente, Cristo invita a los hombres a “participar en su humildad, es decir, a su amor hacia el prójimo, para ser así partícipes de su glorificación, convirtiéndonos con él en hijos en el Hijo”, concluye el Papa.