Kiko, Carrón y Ocariz, consultores del Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización

Kiko Argüello (Camino Neocatecumenal), Julián Carrón (Comunión y Liberación) y Fernando Ocariz (Opus Dei) han sido nombrados consultores del nuevo Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización

Con fecha 19 de mayo de 2011, el papa Benedicto XVI ha procedido al nombramiento de consultores del nuevo Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización. El Dicasterio fue creado en octubre pasado y lo preside el arzobispo italiano Rino Fisichella.

Entre los consultores se hallan tres españoles: los sacerdotes Julián Carrón, presidente de la Fraternidad Comunión y Liberación; y Fernando Ocariz, vicario general de la Prelatura del Opus Dei; y Kiko Argüello, iniciador y responsable del Camino Neocatecumenal.

También se encuentran el rector mayor de los Salesianos, el mexicano Pascual Chávez Villanueva, presidente de la Unión de Superiores Generales, y la religiosa presidenta de la Unión Internacional de Superioras Generales, Mary Lou Wirtz, así como el rector de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, el jesuita francés, François-Xavier Dumortier

El discurso del Papa en la sinagoga de Roma en español

Un camino sin vuelta atrás de diálogo, fraternidad y amistad

 Discurso de Benedicto XVI en la Sinagoga de Roma (17-1-2010)

 «¡Grandes cosas ha hecho el Señor con éstos!

 Sí, grandes cosas hizo con nosotros el Señor, el gozo nos colmaba» (Sal 126) 

«¡Oh, qué bueno, qué dulce habitar los hermanos todos juntos!» (Sal 133)

 Señor rabino jefe de la Comunidad Judía de Roma, señor presidente de la Unión de Comunidades Judías Italianas, señor presidente de la Comunidad Judía de Roma, señores rabinos, distinguidas autoridades, queridos amigos y hermanos:

 1 Al inicio del encuentro en el Templo Mayor de los Judíos de Roma, los Salmos que hemos escuchado nos sugieren la actitud espiritual más auténtica para vivir este momento especial y dichoso de gracia: la alabanza al Señor, que ha hecho grandes cosas con nosotros, que nos ha reunido aquí con su hèsed, amor misericordioso, y la gratitud por haber permitido que nos reunamos para fortalecer los vínculos que nos unen y para seguir recorriendo el camino de la reconciliación y de la fraternidad. Deseo expresar ante todo viva gratitud a usted, rabino jefe, doctor Riccardo Di Segni, por su invitación y por las palabras que me ha dirigido. Doy también las gracias a los presidentes de la Unión de Comunidades Judías Italianas, el abogado Renzo Gattegna, y de la Comunidad Judía de Roma, señor Riccardo Pacifici, por las amables palabras que han tenido a bien dirigirme. Vaya a las autoridades y a todos los aquí presentes mi saludo, que hago extensivo de especial manera a la comunidad judía romana y a cuantos han colaborado para hacer posible este momento de encuentro y de amistad que estamos viviendo.

Al venir entre ustedes por vez primera como cristiano y como Papa, mi venerado antecesor Juan Pablo II, hace casi veinticuatro años, quiso aportar una contribución decisiva a la consolidación de unas buenas relaciones entre nuestras comunidades, con el fin de superar toda incomprensión y prejuicio. Esta visita mía se inserta en el camino trazado, para confirmarlo y reforzarlo. Con sentimientos de viva cordialidad me encuentro entre ustedes para manifestarles la estima y el afecto que el Obispo y la Iglesia de Roma, al igual que toda la Iglesia católica, abrigan por esta comunidad y por las comunidades judías diseminadas por el mundo.

2 La doctrina del Concilio Vaticano II ha constituido para los católicos un punto firme al que hacer referencia constante en su actitud y en sus relaciones con el pueblo judío, marcando así un hito nuevo y significativo. El acontecimiento conciliar dio un impulso decisivo al compromiso de recorrer un camino sin vuelta atrás de diálogo, de fraternidad y de amistad; camino que ha ido profundizándose y desarrollándose durante estos cuarenta años mediante pasos y gestos importantes y significativos, entre los que deseo mencionar una vez más la histórica visita a este lugar realizada por mi venerable antecesor el 13 de abril de 1986; los numerosos encuentros por él mantenidos con personalidades judías, también durante sus viajes apostólicos internacionales; su peregrinación jubilar a Tierra Santa en el año 2000; los documentos de la Santa Sede que, tras la Declaración Nostra ætate, han proporcionado valiosas orientaciones para un desarrollo positivo de las relaciones entre católicos y judíos. Yo también, durante estos años de pontificado, he querido mostrar mi cercanía y mi afecto para con el pueblo de la Alianza. Conservo muy vivos en mi corazón todos los momentos de la peregrinación que tuve la alegría de realizar a Tierra Santa en mayo del pasado año, al igual que mis numerosos encuentros con comunidades y organizaciones judías, especialmente los celebrados en las sinagogas de Colonia y de Nueva York.

Además, la Iglesia no ha dejado de deplorar las faltas de sus hijos e hijas, pidiendo perdón por todo lo que pudo de alguna manera favorecer las llagas del antisemitismo y del antijudaísmo (cf. Comisión para las Relaciones Religiosas con el Judaísmo, Nosotros recordamos: una reflexión sobre la Shoá, 16 de marzo de 1998). ¡Ojalá tales llagas queden curadas de una vez para siempre! Acude a la memoria la emocionada oración ante el Muro del Templo de Jerusalén del Papa Juan Pablo II el 26 de marzo de 2000, oración que resuena auténtica y sincera en el hondón de nuestro corazón: «Dios de nuestros padres, tú has elegido a Abraham y a su descendencia para que tu Nombre fuera dado a conocer a las naciones: nos duele profundamente el comportamiento de cuantos, en el curso de la historia, han hecho sufrir a estos tus hijos, y, a la vez que te pedimos perdón, queremos comprometernos en una auténtica fraternidad con el pueblo de la alianza».

 El drama de la Shoá, vértice de un camino de odio

3 El paso del tiempo nos permite reconocer en el siglo XX una época realmente trágica para la Humanidad: guerras sangrientas que sembraron más que nunca destrucción, muerte y dolor; ideologías terribles arraigadas en la idolatría del hombre, de la raza, del Estado, y que impulsaron una vez más a matarse entre hermanos. El drama singular y sobrecogedor de la Shoá constituye, de alguna manera, el vértice de un camino de odio que nace cuando el hombre olvida a su Creador y se pone a sí mismo en el centro del universo. Como dije durante mi visita del 28 de mayo de 2006 al campo de concentración de Auschwitz —visita aún profundamente grabada en mi memoria—, «los potentados del Tercer Reich querían aplastar al pueblo judío en su totalidad», y, en el fondo, «con la aniquilación de este pueblo, esos criminales violentos querían matar a aquel Dios que llamó a Abraham, que hablando en el Sinaí estableció los criterios para orientar a la humanidad, criterios que son válidos para siempre» (Discurso en el campo de Auschwitz-Birkenau).

En este lugar, ¿cómo no recordar a los judíos romanos que fueron arrancados de estas casas, de entre estas paredes, y fueron matados en Auschwitz entre horrorosos tormentos? ¿Cómo olvidar sus rostros, sus nombres, las lágrimas, la desesperación de hombres, mujeres y niños? El exterminio del pueblo de la Alianza de Moisés, anunciado antes, sistemáticamente programado y llevado a cabo después en la Europa sometida al dominio nazi, llegó trágicamente aquel día a la misma Roma. Por desgracia, muchos permanecieron indiferentes, pero muchos, también entre los católicos italianos, sustentados por la fe y por la enseñanza cristiana, reaccionaron con valentía, abriendo sus brazos para socorrer a los judíos perseguidos y fugitivos, arriesgando a menudo sus vidas y haciéndose acreedores a una gratitud perenne. También la Sede Apostólica llevó a cabo una acción de socorro, frecuentemente oculta y discreta.

La memoria de tales acontecimientos debe impulsarnos a reforzar los vínculos que nos unen, para que crezcan cada vez más la comprensión, el respeto y la acogida.

4 Nuestra cercanía y fraternidad espirituales tienen en la Sagrada Biblia —en hebreo Sifre Qodesh, o «Libros de Santidad»— su fundamento más sólido y perenne, mediante el cual nos vemos constantemente confrontados con nuestras raíces comunes, con la historia y con el valioso patrimonio espiritual que compartimos. Al escrutar su mismo misterio, la Iglesia, Pueblo de Dios en la Nueva Alianza, descubre su propia y profunda vinculación con los judíos, elegidos por el Señor para ser los primeros de todos en acoger su Palabra (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 839). «A diferencia de otras religiones no cristianas la fe judía ya es una respuesta a la revelación de Dios en la Antigua Alianza. Pertenece al pueblo judío “la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las promesas y los patriarcas; de todo lo cual procede Cristo según la carne” (cf. Rm 9, 4-5), “porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables” (Rm 11, 29)» (ibíd.).

5 Pueden ser numerosas las implicaciones que se derivan del legado común procedente de la Ley y de los Profetas. Quisiera recordar algunas de ellas: ante todo, la solidaridad que une a la Iglesia y al pueblo judío «a nivel de su misma identidad» espiritual y que brinda a los cristianos la oportunidad de promover «un nuevo respeto por la interpretación judía del Antiguo Testamento» (cf. Pontificia Comisión Bíblica, El pueblo judío y sus Escrituras Sagradas en la Biblia cristiana, 2001, págs. 12 y 55); la centralidad del Decálogo como mensaje ético común de valor perenne para Israel, la Iglesia, los no creyentes y toda la Humanidad; el compromiso de preparar o realizar el Reino del Altísimo «cuidando la creación» encomendada por Dios al hombre para que la labre y la conserve responsablemente (cf. Gn 2, 15).

 El Decálogo, un gran código ético para toda la Humanidad

 6 De manera especial, el Decálogo —las «Diez Palabras» o Diez Mandamientos (cf. Ex 20, 1-17; Dt 5, 1-21)—, que procede de la Torá de Moisés, constituye la antorcha de la ética, de la esperanza y del diálogo; la estrella polar de la fe y de la moral del pueblo de Dios, y alumbra y guía al mismo tiempo el camino de los cristianos. Constituye un faro y una norma de vida en la justicia y en el amor: un gran «código ético» para toda la Humanidad. Las «Diez Palabras» arrojan luz sobre el bien y el mal, sobre lo verdadero y lo falso, sobre lo justo y lo injusto, también según los criterios de la recta conciencia de todo ser humano. El propio Jesús lo reiteró varias veces, subrayando que es preciso un compromiso activo en el camino de los Mandamientos: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mt 19, 17). Bajo esta perspectiva, son varios los campos de colaboración y de testimonio. De ellos quisiera recordar tres particularmente importantes para nuestro tiempo.

Las «Diez Palabras» piden que se reconozca al único Señor, contra la tentación de fabricarse otros ídolos, de labrarse becerros de oro. En nuestro mundo, muchos no conocen a Dios o lo consideran superfluo, sin relevancia para la vida: de ahí que se hayan fabricado otros nuevos dioses ante los que el hombre se inclina. Suscitar en nuestra sociedad la apertura a la dimensión trascendente, testimoniar al único Dios, es un valioso servicio que judíos y cristianos pueden prestar juntos.

Las «Diez Palabras» piden respeto y protección de la vida contra toda injusticia y vejación, y reconocimiento del valor de todo ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios. ¡Cuántas veces, en todo rincón, cercano o lejano, de la tierra, siguen conculcándose la dignidad, la libertad y los derechos del ser humano! Testimoniar juntos el valor supremo de la vida contra todo egoísmo significa ofrecer una importante aportación con vistas a un mundo en el que reinen la justicia y la paz: ese shalom invocado por los legisladores, los profetas y los sabios de Israel.

Las «Diez Palabras» piden que se conserve y fomente la santidad de la familia, en la que el «sí» personal y recíproco, fiel y definitivo, del hombre y de la mujer da espacio al futuro, a la humanidad auténtica de cada uno, y se abre, al mismo tiempo, al don de una nueva vida. Testimoniar que la familia sigue siendo la célula esencial de la sociedad y el marco básico en el que se aprenden y ejercen las virtudes humanas, constituye un valioso servicio que debemos prestar con vistas a la construcción de un mundo con un rostro más humano.

7 Como enseña Moisés en el Shemá (cf. Dt 6, 5; Lv 19, 34) y Jesús reafirma en el Evangelio (cf. Mc 12, 19-31), todos los mandamientos se sintetizan en el amor de Dios y en la misericordia hacia el prójimo. Dicha regla obliga a judíos y cristianos a ejercer, en nuestro tiempo, una generosidad especial para con los pobres, las mujeres, los niños, los extranjeros, los enfermos, los débiles, los menesterosos. Existe en la tradición judía un dicho admirable de los Padres de Israel: «Simón el Justo solía decir: “El mundo descansa en tres pilares: la Torá, el culto y los actos de misericordia” (Aboth 1, 2). Mediante el ejercicio de la justicia y de la misericordia, judíos y cristianos están llamados a anunciar y a testimoniar el Reino del Altísimo que viene, y por el que oramos y trabajamos cada día en la esperanza.

8 En esta dirección podemos avanzar juntos, conscientes de las diferencias que entre nosotros existen, pero también de que, si logramos aunar nuestros corazones y nuestras manos para responder a la llamada del Señor, su luz se acercará para alumbrar a todos los pueblos de la tierra. Los pasos dados durante estos cuarenta años por el Comité Internacional de Enlace Católico-Judío y, en años más recientes, por la Comisión Mixta de la Santa Sede y del Gran Rabinato de Jerusalén, constituyen un signo de la voluntad común de proseguir un diálogo abierto y sincero. Precisamente mañana, la Comisión Mixta celebrará aquí en Roma su IX Encuentro sobre «La enseñanza católica y judía sobre la creación y el medio ambiente»; le deseamos un provechoso diálogo sobre un tema de tanta importancia y actualidad.

9 Cristianos y judíos comparten mucho de su patrimonio espiritual, rezan al mismo Señor, tienen las mismas raíces, pero frecuentemente siguen sin conocerse mutuamente. A nosotros nos corresponde, en respuesta a la llamada de Dios, trabajar para que quede siempre abierto el espacio del diálogo, del respeto recíproco, del crecimiento en la amistad, del testimonio común ante los desafíos de nuestro tiempo, que nos invitan a colaborar por el bien de la Humanidad en este mundo creado por Dios, el Todopoderoso y el Misericordioso. 

10 Vaya, por último, un pensamiento especial a esta nuestra ciudad de Roma, en la que, desde hace unos dos mil años, conviven, como dijo el Papa Juan Pablo II, la comunidad católica con su obispo y la comunidad judía con su rabino jefe: que esta convivencia pueda verse animada por un amor fraterno creciente, que se exprese también por medio de una colaboración cada vez más estrecha para ofrecer una válida contribución a la solución de los problemas y de las dificultades que debemos afrontar.

 Le pido al Señor el don preciado de la paz para el mundo entero, sobre todo para Tierra Santa. En mi peregrinación del pasado mes de mayo, en Jerusalén, ante el Muro del Templo, le pedí a Aquél que todo lo puede: «Derrama tu paz sobre esta Tierra Santa, sobre el Oriente Próximo, sobre toda la familia humana; despierta el corazón de todos los que invocan tu nombre, para caminar humildemente por la senda de la justicia y la compasión» (Oración ante el Muro Occidental de Jerusalén, 12 de mayo de 2009).

Nuevamente elevo hasta él la acción de gracias y la alabanza por este encuentro nuestro, pidiéndole que refuerce nuestra hermandad y afiance nuestro entendimiento.

 Terminó el Papa su discurso rezando el Salmo 117 en lengua hebrea:

 «¡Alabad al Señor, todas las naciones, celebradle, pueblos todos!

Porque es fuerte su amor hacia nosotros, la verdad del Señor dura por siempre».

Cáritas con Haití

 

La red Cáritas en Haití ha puesto en marcha una respuesta de emergencia tras el terremoto ocurrido en Haití el 12 de enero. El seísmo de 7´3 grados en la escalas Richter sacudió la capital haitiana con 3 réplicas destruyendo cientos de edificios. La respuesta de la red Cáritas está siendo para dar apoyo a las víctimas de la catástrofe. Entre las acciones de emergencia se incluyen albergues temporales, distribución de alimentos y kits de higiene y apoyo espiritual. En una segunda fase se contempla la reconstrucción de infraestructuras.
 
 
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Y EN LAS CUENTAS DE LAS CÁRITAS DIOCESANAS

 

PLEGARIA DEL PAPA A LA INMACULADA EN PLAZA DE ESPAÑA DE ROMA

El Papa ha pedido a María que done a todos los cristianos el valor de ser centinelas de la mañana y alma del mundo en esta difícil estación de la historia. En el tradicional acto de veneración a la Inmaculada Concepción, que tiene lugar cada 8 de diciembre en la Plaza de España de Roma, Benedicto XVI ha confiado a la Virgen a los más indefensos de los niños antes que nada, y sobre todo los gravemente enfermos, los adolescentes necesitados y cuantos sufren las consecuencias de duras situaciones familiares.

 En su hermosa veneración a María, el Papa le ha confiado también a los ancianos solos, los enfermos, los emigrantes con dificultades para adaptarse, las familias que fatigan para cuadrar las cuentas y las personas que no encuentran empleo o lo han perdido. “Enséñanos María –ha continuado el Santo Padre- a ser solidarios con quien está en dificultad, a equilibrar las cada vez más grandes diferencias sociales; ayúdanos a cultivar un sentido del bien común más vivo, del respeto de lo público, empújanos a sentir esta ciudad como patrimonio de todos, y hacer cada uno, con conocimiento y compromiso, nuestra parte para construir una ciudad más justa y solidaria”.

 La belleza de María nos asegura que es posible la victoria del amor, como ha subrayado el Papa, atestigua que la gracia es más fuerte que el pecado y que es posible la liberación de cualquier esclavitud. El Pontífice ha pedido a María en su oración que nos ayude a creer con confianza en el bien, a apostar por la gratuidad, por el servicio, por la no violencia, por la fuerza de la verdad; que nos anime a permanecer despiertos, sin ceder a la tentación de las evasiones fáciles, afrontando la realidad con sus problemas, con valor y responsabilidad.

 Precisamente hoy han concluido las celebraciones del 150 aniversario de las apariciones de la Virgen María a santa Bernardita. Y en la solemnidad de la Inmaculada Concepción, el nombre que reveló la Señora a Bernardita en su última aparición, esta expresión aflora en los labios del pueblo cristiano. “Y como un hijo alza los ojos hacia su madre y con su sonrisa olvida cualquier miedo o dolor, así hoy nosotros, encontramos en María la sonrisa de Dios, el reflejo inmaculado de la luz divina, reencontramos en ella nueva esperanza incluso en medio de los problemas y los dramas del mundo”.

 Recordando la tradición de que el Papa se una al homenaje de la Ciudad a María con un cesto de rosas, el Papa ha subrayado que las flores significan amor y devoción, del Papa, de la Iglesia de Roma y de los habitantes de la Ciudad, que se sienten espiritualmente hijos de la Virgen María. “Simbólicamente, ha explicado después Benedicto XVI, las rosas expresan todo lo bello y lo bueno que hemos realizado durante el año, porque en esta tradicional cita, querríamos ofrecer todo la Madre, convencidos de que no habríamos podido hacer nada sin su protección y sin las gracias que cotidianamente obtiene de Dios. Pero – como suele decirse- no hay rosas sin espinas, y también sobre los tallos de estas estupendas rosas blancas no faltan las espinas, que para nosotros representan las dificultades, los sufrimientos, los males que han caracterizado y caracterizan la vida de las personas y de nuestras comunidades. A la Madre se le presentan las alegrías, pero también se le confían las preocupaciones, seguros de encontrar en ella el bálsamo para no abatirnos y el apoyo para continuar adelante”.

Lo creyeron en coma por 23 años… pero él escuchaba todo y no se podía mover

Rom Houben sufrió un accidente automovilístico en 1983 y los médicos lo declararon en coma irreversible. Hace tres años, “volvió a nacer” gracias a que un chequeo especial reveló que tenía el cuerpo paralizado pero su cerebro funcionaba casi totalmente.

Con la ayuda de un teclado especial, Houben –hoy de 46 años de edad– conmocionó a la sociedad belga al revelar que desde que despertó tras el accidente siempre estuvo consciente pero nadie lo escuchaba.

“Yo gritaba pero nadie me escuchaba”, declaró Houben a la revista alemana Der Spiegel y explicó que se sentía atrapado en un cuerpo que no respondía, por lo que debía luchar con la impotencia de ver a los doctores y enfermeras intentar hablar con él antes de que perdieran todas las esperanzas.

En el año 2006 un escáner reveló que aunque Houben estaba paralizado, su cerebro funcionaba casi en su totalidad. “Nunca olvidaré el día en que me descubrieron. Fue como volver a nacer”, declaró.

La historia de Houben fue revelada esta semana gracias a un ensayo del doctor Steven Laureys, de la Universidad de Liege, quien asegura que en el 40 por ciento de los casos de diagnóstico de estado vegetativo, un estudio más exhaustivo revela signos de conciencia.

El equipo de Laureys entrenó a Houben para comunicarse con la ayuda de un teclado especial.

Si Houben está con vida también es gracias a sus padres que se resistieron a aceptar que su hijo estaba en estado comatoso o vegetativo.

Su madre lo llevó cinco veces a Estados Unidos para que le hicieran pruebas y fue quien encontró al doctor Laureys. Con la ayuda del teclado, Houben ha comenzado a escribir sus memorias y aunque su parálisis es severa, ahora ya puede comunicarse con sus seres queridos.

El camino a Roma de los anglicanos

Hace un siglo el escritor inglés Hilaire Belloc publicaba un volumen con el título “The path to Rome”, “El camino a Roma” (El volumen se reeditará pronto en Italia). Se trataba de la narración de la peregrinación a pie efectuada por el propio autor desde Toul, en Francia, hasta la Ciudad Santa. Este viaje era sin embargo también una transparente metáfora del camino hacia el Centro de la Iglesia, hacia Roma, que toda Europa está llamada a hacer si no quiere perder definitivamente su alma y su propia identidad. Belloc era un católico inglés, hijo de una ilustre convertida que pertenecía al movimiento de renacimiento católico en Inglaterra, que había tenido sus protagonistas en el cardenal Manning y sobre todo en el cardenal John Henry Newman, próximo Beato.

El camino hacia Roma indicado hace cien años por Belloc, que fue protagonista de la cultura británica y partícipe de la conversión al catolicismo de un personaje como Gilbert Keith Chesterton, es el que han decidido recorrer ahora también otros anglicanos, los fieles de la Traditional Anglican Communion, que ya desde hacía tiempo habían pedido al Vaticano entrar en plena comunión con la Iglesia católica.

Se trataba de una petición histórica: durante mucho tiempo, desde Newman a Tony Blair, la conversión del Anglicanismo al Catolicismo había supuesto una elección individual, personal, a menudo sufrida porque seguía al intento – si empre frustrado – de trabajar “dentro” de la Confesión Anglicana para llevarla a la unidad con Roma. Ahora en cambio estamos ante el paso de comunidades anglicanas enteras a la plena comunión con Roma.

Se trata de una petición madurada en los últimos años y que había casi puesto en dificultad a la propia Iglesia católica en Inglaterra, tanto que fue objeto de un acuerdo conjunto entre el Primado católico y el anglicano, bajo la supervisión de la Congregación para la Doctrina de la fe, dirigida – como es sabido – por un prelado de cultura anglosajona como es el cardenal americano William Levada, y que producirá una Constitución Apostólica, un documento ad hoc para consentir el paso de estas comunidades al catolicismo.

Estamos por tanto ante un hito histórico, por el cual por parte católica ya no existirá el temor de ser acusados de “proselitismo indebido”, y por parte anglicana se acepta que una parte organizada de los propios fieles pueda efectuar una elección de este tipo. Es un ecumenismo “desde abajo”, que representa ciertamente una gran novedad respecto al que durante tanto tiempo ha sido interpretado sólo por determinados organismos, a menudo orientados sólo a buscar un “mínimo común denominador” entre ambas confesiones cristianas, con el efecto de olvidar que el objetivo de un verdadero diálogo ecuménico es el reconocimiento de la Verdad.

Es necesario también subrayar que estos fieles anglicanos, tachados de tradicionalistas por la gran prensa, o también como una especie de “lefebvrianos anglicanos”, son en realidad cristianos que miran al Catolicismo como la Iglesia en la que pretenden no sólo entrar individualmente, sino hacer volver a entrar la pro pia historia y la propia tradición, reconciliándola con la de Roma. De hecho el documento conjunto de ambos primados afirma: “La Constitución apostólica es un ulterior reconocimiento de la coincidencia sustancial en la fe, en la doctrina y en la espiritualidad de la Iglesia católica y de la tradición anglicana”.

El problema es que en los últimos años la Iglesia anglicana ha experimentado una tal deriva relativista que se ha alejado no sólo de la Iglesia católica, sino de su propia tradición, ésa que ahora estos fieles quieren reconducir a la plena comunión con los católicos. No se trata de “conservadurismo” o de divisiones entre anglicanos: el problema es que en la confesión instaurada hace cinco siglos por el soberano Enrique VIII y confirmada por su hija Isabel I se ha convertido en dominante un pensamiento no cristiano. Podría p arecer un juicio muy severo, pero es un dato de hecho que en la base de las decisiones superficialmente definidas sólo “liberales”, como la ordenación sacerdotal de las mujeres, las bodas de personas homosexuales, las batallas ecologistas y pacifistas, hay una verdadera revolución antropológica. Una revolución que prevé el abandono de la concepción del hombre como ser dotado de una naturaleza específica y dirigido hacia un fin. Este alejamiento ha traído consigo toda una serie de intentos de justificación de los cambios en el campo moral.

Describiendo estos cambios, el filósofo católico escocés Alastair MacIntyre ha denunciado en sus obras – en particular en After the virtue – ante todo el cambio de la concepción del hombre, porque no hay moral sin hombre ni hombre sin moral. El alejamiento de la visión aristotélica nos ha co nducido a representaciones parciales de la ética, a intentos fracasados de juicio moral, a interpretaciones diversas del hombre y de la humanidad.

Este alejamiento ha tenido lugar impetuosamente en el anglicanismo, donde existe un desordenado pluralismo, una mezcla sin armonía de fragmentos ideológicos mal avenidos encabezados por un subjetivismo absoluto. Semejante subjetivismo, que es dominante en el lenguaje moral contemporáneo, encuentra una correspondencia práctica en el ’“emotivismo”, una doctrina según la cual todos los juicios de valor, y más específicamente, todos los juicios morales, no son otra cosa que expresiones de una preferencia, expresiones de una actitud o de un sentimiento, y precisamente en esto consiste su carácter de juicios morales o de valor.

La fascinación que la Iglesia católica ha ejercido sobre esos anglicanos decididos a rechazar esta de riva antropológica está por tanto en el hecho de que ésta representa la única realidad en condiciones de volver a proponer aún hoy al mundo esos elementos capaces de restablecer una concepción sana de la moral que estaba en la base de la concepción aristotélica: las virtudes, los valores para el hombre. A esto se añade además la propuesta de la Iglesia católica de restablecer una concepción de la razón que no se identifique simplemente con ese elemento capaz de conocer sólo aquello que puede examinar de forma experimental, sino con aquello que permite juzgar el sentido de la vida del hombre, su fin y el modo de alcanzarlo.

A su vez la Iglesia católica en Inglaterra y en todos los países de cultura anglosajona, desde Canadá hasta Australia o Estados Unidos, donde el anglicanismo se define “episcopalismo”, sacará ciertamente riquez a de la nueva linfa traída por estas comunidades donde la pertenencia a Cristo ha sido objeto de una intensa y apasionada reflexión. Estos fieles anglicanos deseosos de la unión con la Iglesia católica encontrarán la oportunidad de traer la experiencia de esas tradiciones anglicanas que son preciosas para ellos y conformes con la fe católica. En cuanto que expresan de un modo distinto la fe profesada comunmente, estas tradiciones son un don que compartir en la Iglesia universal. La unión con la Iglesia no requiere uniformidad que ignora las diversidades culturales, como lo demuestra la historia del cristianismo, y la Iglesia católica traerá de esto seguramente beneficio.

*Paolo Gulisano es un escritor y ensayista, experto en el mundo británico. Ha publicado diversos volúmenes sobre Tolkien, Lewis, Chesterton y Belloc.

El Papa nombra nuevos miembros del Consejo Pontificio de la Familia

Importante peso de los representantes españoles en el dicasterio

 El Papa ha renovado los miembros y consultores del Consejo Pontificio para la Familia, según ha hecho público hoy la Santa Sede.
Entre los nuevos nombramientos hay seis españoles, tres mexicanos y dos colombianos, así como un matrimonio procedente de Israel. También entran a formar parte del Dicasterio el cardenal Tettamanzi, arzobispo de Milán, monseñor Fouad Twal, Patriarca de Jerusalén. Entre los nuevos consultores figura el jurista español Rafael Navarro-Valls.

Miembros del Comité de Presidencia:
-cardenal Dionigi Tettamanzi, arzobispo de Milán (Italia);
-monseñor Keith O’Brien, arzobispo de Saint Andrews y Edimburgo (Gran Bretaña);
-monseñor Sean Patrick O’Malley, arzobispo de Boston (EEUU);
-monseñor Odilo Pedro Scherer, arzobispo de São Paulo (Brasil);
-su Beatitud Fouad Twal, Patriarca de Jerusalén de los Latinos;
-monseñor Sócrates Villegas, arzobispo de Lingayen-Dagupan (Filipinas);
-monseñor Francisco Gil Hellín, arzobispo de Burgos (España).

Miembros:
-Attila y Júlia Gergely (Hungría);
-Jaime Armando Miguel y Ligia Maria Moniz Da Fonseca (India);
-David y Mary-Joan Osatohanmwen Osunde (Nigeria);
-John y Claire Grabowski (EEUU);
-Umberto Díaz Victoria e Isabel Botía Aponte (Colombia);
-Leon Botolo Magoza y Marie Valentine Kisanga Sosawe (República Democrática del Congo);
-Naser y Amira (Simaan) Shakkour (Israel);
-Tomás Melendo Granados y Lourdes Millán Alba (España);
-José Luis y Verónica Villaseñor (México).

Consultores:
-monseñor Livio Mellina (Italia), director del Instituto Pontificio “Juan Pablo II” para Estudios sobre le Matrimonio y la Familia;
-Augusto Sarmiento (España), Profesor de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra;
-Brice De Malherbe (Francia), profesor de la École Cathédrale y de la Facultad Notre-Dame de París;
-Edoardo Scongamiglio OFM Conv. (Italia), Ministro Provincial de los Frailes Menores Conventuales de Nápoles;
-Pierpaolo Donati (Italia), profesor del departamento de Sociología de la Universidad de Bolonia;
-Francesco Belleti (Italia), miembro de la Consulta Nacional de Pastoral Familiar del Departamento de Pastoral de la Familia de la Conferencia Episcopal Italiana;
-Stefano Zamagni (Italia), profesor de la Facultad de Economía de la Universidad de Bologna;
-Rafael Navarro Valls (España), profesor de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid;
-Nicolás Jouve de la Barreda (España), profesor de Genética de la Universidad de Alcalá;
-Salvatore Martinez (Italia), presidente del Instituto de Pormoción Humana Monsignor Francesco di Vincenzo;
-José de Jesús Hernández Ramos (México), consejero del Doha International Institute for Family Studies an Development;
-Frank y Julie Laboda (EEUU);
-Germina Namatovu Ssemogerere (Uganda), consultora del Capacity Building Programme for Ministry of Local Government Civil Service Personnel;
-Eugenia Scabini (Italia), directora de la Facultad de Psicología de la Universidad Católica del Sacro Cuore de Milán;
-Teresa Stanton Collet (EEUU), profesora de la University of St. Thomas School of Law de Minneapolis;
-Susanne Tiemann (Alemania), profesora de Derecho Social de la Katholische Fachhochschule Nordrhein-Westfalen de Colonia;
-Michaela Freifrau Heereman Von Zuydtwyck (Alemania), voluntaria de la Asociación Elternverein Nordrhein-Westfalen.

Emilio Turu, Superior General de los Hermanos Maristas

El 21 Capítulo general, de los Hermanos Maristas, reunido en Roma del 8 de septiembre al 10 de octubre, ha elegido el, 26 de septiembre, al Superior general hermano Emili oTurú (1955) y su Vicario, hermano Joseph McKee (Glasgow), por un período de ocho años.

 La convocatoria de este 21 Capítulo general ha congregado a 83 capitulares que representan a más de 3.700 hermanos, unos 50.000 colaboradores laicos esparcidos por 79 países en los que atienden a más 500.000 niños y jóvenes. La obra marista hace presente el carisma de Champagnat en centros de atención social, escuelas de diversos niveles y en centros universitarios.

 Durante dos años todo el Instituto marista ha realizado un intenso proceso de preparación en el que han participado tanto los hermanos como los laicos. Con la propuesta dinamizadora de suscitar “corazones nuevos para un mundo nuevo” se ha recogido el sentir de las diversas regiones del mundo marista a través de unas “cartas” elaboradas en cada región del Instituto. El Capítulo está empeñado en discernir y dar respuesta a la llamada fundamental que Dios hace al Instituto marista para los próximos ocho años. Esta llamada incluye  la calidad de la consagración como hermano en un mundo de confrontación y división, el servicio a los niños y jóvenes pobres, caminar juntos hermanos y laicos, al estilo de María. Como consecuencia de esta llamada fundamental se estudian diversos temas relacionados con la vida y misión del Instituto marista para armonizarlos con las exigencias que plantea esta llamada para el mundo de hoy.

 El Capítulo general ha prestado una atención especial al laicado marista. Doce laicos, procedentes de diversas regiones del mundo, invitados por el hermano Superior general y su Consejo, han participado en las reflexiones del Capítulo durante quince días. Como resultado de estos contactos han dejado a los hermanos capitulares un mensaje destinado a todo el Instituto en el que manifiestan sus expectativas de futuro y su compromiso de colaborar en la difusión del carisma marista.