Ya hay nuevo Papa de la Iglesia Católica


A las 19:06 horas de Roma salió humo blanco de la chimenea instalada en la Capilla Sixtina. La Iglesia ya cuenta con un nuevo Pontífice. En breve se conocerá al elegido y se escuchará el esperado “Habemus Papam”. Los católicos estamos de fiesta.

El repique de campanas confirmó el signo de la fumata blanca. El nuevo Pontífice fue elegido en el segundo día del Cónclave. Las campanas de las iglesias en todo el mundo no dejan de sonar.

Juan Pablo I en 1978 como León XIII en 1878 fueron elegidos en la cuarta ronda de votaciones. Pío XII fue nombrado sucesor luego de tres rondas en 1939.

Así fueron los últimos Cónclaves:

– Benedicto XVI (2005) 2 días día

– Juan Pablo II (1978): 3 días

– Juan Pablo I (1978): 2 días

– Pablo VI (1963): 3 días

– Juan XXIII (1958): 3 días

– Pío XII (1939): 1 día

– Pío XI (1922): 4 días

– Benedicto XV (1914): 3 días

– Pío X (1903): 4 días

– León XIII (1878): 1 día y medio

– Pío IX (1846): Menos de dos días

– Gregorio XVI (1831): 54 días

– Pío VIII (1829): Más de un mes

– León XII (1823): 26 días

– Pío VII (1799-1800): 3 meses y medio

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Biografía del cardenal Jorge Mario Bergoglio

El cardenal Jorge Mario Bergoglio, S.J., arzobispo de Buenos Aires (Argentina), ordinario para los fieles de rito oriental residentes en la Argentina que no disponen de ordinario de rito propio, nació en Buenos Aires el 17 de diciembre de 1936. Estudió y se diplomó como técnico químico, pero después optó por el sacerdocio e ingresó en el Seminario de Villa Devoto. El 11 de marzo de 1958 pasó al Noviciado de la Compañía de Jesús; cursó estudios humanísticos en Chile, y en 1963, de regreso a Buenos Aires, se licenció en Filosofía en la Facultad de Filosofía del Colegio Máximo San José, de San Miguel.

Entre 1964 y 1965 fue profesor de Literatura y de Psicología en el Colegio de la Inmaculada de Santa Fe, y en 1966 enseñó dichas materias en el Colegio del Salvador de Buenos Aires.

Desde 1967 hasta 1970 estudió Teología en la Facultad de Teología del Colegio Máximo San José, de San Miguel, en el que se licenció.

El 13 de diciembre de 1969 fue ordenado sacerdote.

En 1970-1971 realizó la tercera probación en Alcalá de Henares (España), y el 22 de abril hizo su profesión perpetua.

Fue maestro de novicios en Villa Barilari, en San Miguel (1972-1973); profesor de Teología; consultor de la Provincia y rector del Colegio Máximo. El 31 de julio de 1973 fue elegido provincial de la Argentina, cargo que ejerció durante seis años.

Entre 1980 y 1986 fue rector del Colegio Máximo y de las Facultades de Filosofía y Teología de dicha casa, así como titular de la parroquia del Patriarca San José, en la diócesis de San Miguel.

En marzo de 1986 se trasladó a Alemania para culminar su tesis doctoral; sucesivamente, los superiores lo destinaron al Colegio del Salvador, desde el que pasó a la iglesia de la Compañía en la ciudad de Córdoba (Argentina), en calidad de director espiritual y confesor.

El 20 de mayo de 1992, Juan Pablo II lo nombró obispo titular de Auca y auxiliar de Buenos Aires. El 27 de junio de ese mismo año recibió, en la catedral de Buenos Aires, la ordenación episcopal de manos del cardenal Antonio Quarracino, del nuncio apostólico Ubaldo Calabresi y del obispo de Mercedes-Luján, monseñor Emilio Ogñénovich.

El 3 de junio de 1997 fue nombrado arzobispo coadjutor de Buenos Aires, y el 28 de febrero de 1998 arzobispo de Buenos Aires por sucesión, al morir el cardenal Quarracino.

Es autor de los libros: Meditaciones para religiosos (1982), Reflexiones sobre la vida apostólica (1986) y Reflexiones de esperanza (1992).

Es ordinario para los fieles de rito oriental residentes en las Argentina que no pueden disponer de un ordinario de su propio rito. Es gran canciller de la Universidad Católica Argentina.

Relator general adjunto en la X Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos (octubre de 2011).

Desde noviembre de 2005 hasta noviembre de 2011 fue presidente de la Conferencia Episcopal Argentina.

Creado y publicado cardenal por el Beato Juan Pablo II en el Consistorio del 21 de febrero de 2001, con el título de San Roberto Belarmino.

Es miembro:

– de las Congregaciones: para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos; para el Clero; para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica;

– del Pontificio Consejo para la Familia;

– de la Pontificia Comisión para América Latina.

(Original italiano procedente del archivo informático de la Santa Sede)

S.S. Benedicto XVI, esta Cuaresma: la fe y la caridad van unidas y no se contradicen

TEXTO COMPLETO DEL MENSAJE DEL PAPA PARA CUARESMA:
MENSAJE DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
PARA LA CUARESMA 2013

Creer en la caridad suscita caridad
«Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16)
Queridos hermanos y hermanas:
La celebración de la Cuaresma, en el marco del Año de la fe, nos ofrece una ocasión preciosa para meditar sobre la relación entre fe y caridad: entre creer en Dios, el Dios de Jesucristo, y el amor, que es fruto de la acción del Espíritu Santo y nos guía por un camino de entrega a Dios y a los demás.
1. La fe como respuesta al amor de Dios
En mi primera Encíclica expuse ya algunos elementos para comprender el estrecho vínculo entre estas dos virtudes teologales, la fe y la caridad. Partiendo de la afirmación fundamental del apóstol Juan: «Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16), recordaba que «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva… Y puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4,10), ahora el amor ya no es sólo un “mandamiento”, sino la respuesta al don del amor, con el cual Dios viene a nuestro encuentro» (Deus caritas est, 1). La fe constituye la adhesión personal ―que incluye todas nuestras facultades― a la revelación del amor gratuito y «apasionado» que Dios tiene por nosotros y que se manifiesta plenamente en Jesucristo. El encuentro con Dios Amor no sólo comprende el corazón, sino también el entendimiento: «El reconocimiento del Dios vivo es una vía hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto único del amor. Sin embargo, éste es un proceso que siempre está en camino: el amor nunca se da por “concluido” y completado» (ibídem, 17). De aquí deriva para todos los cristianos y, en particular, para los «agentes de la caridad», la necesidad de la fe, del «encuentro con Dios en Cristo que suscite en ellos el amor y abra su espíritu al otro, de modo que, para ellos, el amor al prójimo ya no sea un mandamiento por así decir impuesto desde fuera, sino una consecuencia que se desprende de su fe, la cual actúa por la caridad» (ib., 31a). El cristiano es una persona conquistada por el amor de Cristo y movido por este amor ―«caritas Christi urget nos» (2 Co 5,14)―, está abierto de modo profundo y concreto al amor al prójimo (cf. ib., 33). Esta actitud nace ante todo de la conciencia de que el Señor nos ama, nos perdona, incluso nos sirve, se inclina a lavar los pies de los apóstoles y se entrega a sí mismo en la cruz para atraer a la humanidad al amor de Dios.
«La fe nos muestra a Dios que nos ha dado a su Hijo y así suscita en nosotros la firme certeza de que realmente es verdad que Dios es amor… La fe, que hace tomar conciencia del amor de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús en la cruz, suscita a su vez el amor. El amor es una luz ―en el fondo la única― que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar» (ib., 39). Todo esto nos lleva a comprender que la principal actitud característica de los cristianos es precisamente «el amor fundado en la fe y plasmado por ella» (ib., 7).
2. La caridad como vida en la fe
Toda la vida cristiana consiste en responder al amor de Dios. La primera respuesta es precisamente la fe, acoger llenos de estupor y gratitud una inaudita iniciativa divina que nos precede y nos reclama. Y el «sí» de la fe marca el comienzo de una luminosa historia de amistad con el Señor, que llena toda nuestra existencia y le da pleno sentido. Sin embargo, Dios no se contenta con que nosotros aceptemos su amor gratuito. No se limita a amarnos, quiere atraernos hacia sí, transformarnos de un modo tan profundo que podamos decir con san Pablo: ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí (cf. Ga 2,20).
Cuando dejamos espacio al amor de Dios, nos hace semejantes a él, partícipes de su misma caridad. Abrirnos a su amor significa dejar que él viva en nosotros y nos lleve a amar con él, en él y como él; sólo entonces nuestra fe llega verdaderamente «a actuar por la caridad» (Ga 5,6) y él mora en nosotros (cf. 1 Jn 4,12).
La fe es conocer la verdad y adherirse a ella (cf. 1 Tm 2,4); la caridad es «caminar» en la verdad (cf. Ef 4,15). Con la fe se entra en la amistad con el Señor; con la caridad se vive y se cultiva esta amistad (cf. Jn 15,14s). La fe nos hace acoger el mandamiento del Señor y Maestro; la caridad nos da la dicha de ponerlo en práctica (cf. Jn 13,13-17). En la fe somos engendrados como hijos de Dios (cf. Jn 1,12s); la caridad nos hace perseverar concretamente en este vínculo divino y dar el fruto del Espíritu Santo (cf. Ga 5,22). La fe nos lleva a reconocer los dones que el Dios bueno y generoso nos encomienda; la caridad hace que fructifiquen (cf. Mt 25,14-30).
3. El lazo indisoluble entre fe y caridad
A la luz de cuanto hemos dicho, resulta claro que nunca podemos separar, o incluso oponer, fe y caridad. Estas dos virtudes teologales están íntimamente unidas por lo que es equivocado ver en ellas un contraste o una «dialéctica». Por un lado, en efecto, representa una limitación la actitud de quien hace fuerte hincapié en la prioridad y el carácter decisivo de la fe, subestimando y casi despreciando las obras concretas de caridad y reduciéndolas a un humanitarismo genérico. Por otro, sin embargo, también es limitado sostener una supremacía exagerada de la caridad y de su laboriosidad, pensando que las obras puedan sustituir a la fe. Para una vida espiritual sana es necesario rehuir tanto el fideísmo como el activismo moralista.
La existencia cristiana consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de éste, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios. En la Sagrada Escritura vemos que el celo de los apóstoles en el anuncio del Evangelio que suscita la fe está estrechamente vinculado a la solicitud caritativa respecto al servicio de los pobres (cf. Hch 6,1-4). En la Iglesia, contemplación y acción, simbolizadas de alguna manera por las figuras evangélicas de las hermanas Marta y María, deben coexistir e integrarse (cf. Lc 10,38-42). La prioridad corresponde siempre a la relación con Dios y el verdadero compartir evangélico debe estar arraigado en la fe (cf. Audiencia general 25 abril 2012). A veces, de hecho, se tiene la tendencia a reducir el término «caridad» a la solidaridad o a la simple ayuda humanitaria.
En cambio, es importante recordar que la mayor obra de caridad es precisamente la evangelización, es decir, el «servicio de la Palabra». Ninguna acción es más benéfica y, por tanto, caritativa hacia el prójimo que partir el pan de la Palabra de Dios, hacerle partícipe de la Buena Nueva del Evangelio, introducirlo en la relación con Dios: la evangelización es la promoción más alta e integral de la persona humana. Como escribe el siervo de Dios el Papa Pablo VI en la Encíclica Populorum progressio, es el anuncio de Cristo el primer y principal factor de desarrollo (cf. n. 16). La verdad originaria del amor de Dios por nosotros, vivida y anunciada, abre nuestra existencia a aceptar este amor haciendo posible el desarrollo integral de la humanidad y de cada hombre (cf. Caritas in veritate, 8).
En definitiva, todo parte del amor y tiende al amor. Conocemos el amor gratuito de Dios mediante el anuncio del Evangelio. Si lo acogemos con fe, recibimos el primer contacto ―indispensable― con lo divino, capaz de hacernos «enamorar del Amor», para después vivir y crecer en este Amor y comunicarlo con alegría a los demás.
A propósito de la relación entre fe y obras de caridad, unas palabras de la Carta de san Pablo a los Efesios resumen quizá muy bien su correlación: «Pues habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios; tampoco viene de las obras, para que nadie se gloríe. En efecto, hechura suya somos: creados en Cristo Jesús, en orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios que practicáramos» (2,8-10). Aquí se percibe que toda la iniciativa salvífica viene de Dios, de su gracia, de su perdón acogido en la fe; pero esta iniciativa, lejos de limitar nuestra libertad y nuestra responsabilidad, más bien hace que sean auténticas y las orienta hacia las obras de la caridad. Éstas no son principalmente fruto del esfuerzo humano, del cual gloriarse, sino que nacen de la fe, brotan de la gracia que Dios concede abundantemente. Una fe sin obras es como un árbol sin frutos: estas dos virtudes se necesitan recíprocamente. La cuaresma, con las tradicionales indicaciones para la vida cristiana, nos invita precisamente a alimentar la fe a través de una escucha más atenta y prolongada de la Palabra de Dios y la participación en los sacramentos y, al mismo tiempo, a crecer en la caridad, en el amor a Dios y al prójimo, también a través de las indicaciones concretas del ayuno, de la penitencia y de la limosna.
4. Prioridad de la fe, primado de la caridad
Como todo don de Dios, fe y caridad se atribuyen a la acción del único Espíritu Santo (cf. 1 Co 13), ese Espíritu que grita en nosotros «¡Abbá, Padre!» (Ga 4,6), y que nos hace decir: «¡Jesús es el Señor!» (1 Co 12,3) y «¡Maranatha!» (1 Co 16,22; Ap 22,20).
La fe, don y respuesta, nos da a conocer la verdad de Cristo como Amor encarnado y crucificado, adhesión plena y perfecta a la voluntad del Padre e infinita misericordia divina para con el prójimo; la fe graba en el corazón y la mente la firme convicción de que precisamente este Amor es la única realidad que vence el mal y la muerte. La fe nos invita a mirar hacia el futuro con la virtud de la esperanza, esperando confiadamente que la victoria del amor de Cristo alcance su plenitud. Por su parte, la caridad nos hace entrar en el amor de Dios que se manifiesta en Cristo, nos hace adherir de modo personal y existencial a la entrega total y sin reservas de Jesús al Padre y a sus hermanos. Infundiendo en nosotros la caridad, el Espíritu Santo nos hace partícipes de la abnegación propia de Jesús: filial para con Dios y fraterna para con todo hombre (cf. Rm 5,5).
La relación entre estas dos virtudes es análoga a la que existe entre dos sacramentos fundamentales de la Iglesia: el bautismo y la Eucaristía. El bautismo (sacramentum fidei) precede a la Eucaristía (sacramentum caritatis), pero está orientado a ella, que constituye la plenitud del camino cristiano. Análogamente, la fe precede a la caridad, pero se revela genuina sólo si culmina en ella. Todo parte de la humilde aceptación de la fe («saber que Dios nos ama»), pero debe llegar a la verdad de la caridad («saber amar a Dios y al prójimo»), que permanece para siempre, como cumplimiento de todas las virtudes (cf. 1 Co 13,13).
Queridos hermanos y hermanas, en este tiempo de cuaresma, durante el cual nos preparamos a celebrar el acontecimiento de la cruz y la resurrección, mediante el cual el amor de Dios redimió al mundo e iluminó la historia, os deseo a todos que viváis este tiempo precioso reavivando la fe en Jesucristo, para entrar en su mismo torrente de amor por el Padre y por cada hermano y hermana que encontramos en nuestra vida. Por esto, elevo mi oración a Dios, a la vez que invoco sobre cada uno y cada comunidad la Bendición del Señor.

Jóvenes del Camino Neocatecumenal con el Papa S.S.Benedicto XVI en el Líbano

Encuentro vocacional en Beirut coincidiendo con la visita papal

Por Salvatore Cernuzio

Pasaron ya algunos días desde que Benedicto XVI dejó el Líbano, si bien aún se mantiene muy vivo el recuerdo de la calurosa acogida que el pueblo libanés le reservó al pontífice.

En particular en el encuentro con los jóvenes de Bkerké donde 25.000 -entre los cuales numerosos musulmanes- estaban presentes en la plaza situada ante el Patriarcado Maronita, para recibir el mensaje de paz y de esperanza que dio el santo padre.

Entre ellos, una buena parte eran jóvenes del Camino Neocatecumenal, que al día siguiente, domingo 16 de septiembre, se reunieron para el tradicional encuentro vocacional. Nos habló de este encuentro don Gianfranco Vitola, catequista itinerante responsable de Medio Oriente, en la breve entrevista a ZENIT que les proponemos a continuación.

¿Cuántos jóvenes del Camino Neocatecumenal estaban presentes en el encuentro con el santo padre en Bkerké?

Don Gianfranco Vitola: En la cita con el pontífice participaron unos 250 jóvenes que pertenecen al Camino Neocatecumenal. Tal número estaba condicionado por el hecho que las invitaciones eran limitadas para cada movimiento y que había también un límite de edad que iba de los 16 a los 35 años.

¿Después del encuentro con el papa se realizó la habitual cita vocacional de las comunidades neocatecumenales?

Don Gianfranco Vitola: Sí, el encuentro se realizó en el campo deportivo de una escuela católica en la población de Rumieh, cerca de Beirut, la tarde del domingo 16 de septiembre, último día del viaje papa.

Kiko Arguello, el fundador del movimiento, no estaba presente pues estaba empeñado en la convivencia en Italia, en Puerto San Jorge, con los seminaristas de todo el mundo. El encuentro fue presidido por el equipo itinerante responsable del Líbano. Estaban presentes el corepíscopo Michel Aoun, obispo de Jbeil Byblos de los Maronitas (Libano); el obispo de Kuwait, monseñor Camillo Ballin y el vicario patriarcal copto católico, monseñor Kyrillos Kamal William Samaan.

¿Cómo se desarrolló en encuentro?

Don Gianfranco Vitola: Después de una presentación de los hermanos provenientes desde el exterior -o sea de Iraq, Egipto, Jordania y Chipre, y de los libaneses que venían de Beirut, Bcharre, Zgharta, etc- celebramos una liturgia de la palabra con el anuncio del Kerigma tomado de la segunda carta a los Corintios de S. Pablo. Y enseguida la lectura del evangelio de Juan, en el que Jesús renueva su llamado a Pedro. Justamente este fue el sentido de la proclamación de la Palabra: no vivir más para si mismos sino para Aquel que murió y resucitó por nosotros.

Especialmente porque el llamado de seguir a Cristo no se basa sobre las capacidades humanas, sino en su potencia y su fidelidad.

¿Una clara invitación, por lo tanto, a no tener miedo de donar la propia vida a Cristo. A la luz de esta palabra, cuántos muchachos y muchachas dieron su disponibilidad ‘levantándose’?

Don Gianfranco Vitola: En total se levantaron 20 jóvenes para el seminario y 18 muchachas para el monasterio o evangelización.

El papa se dirigió directamente a las nuevas generaciones exhortándolas a resistir a las tentaciones y tener confianza en Dios y a ‘trabajar’ por un futuro de paz entre el cristianismo y el islam, pues son el único medio para garantizar tal diálogo. ¿Cómo han recibido los jóvenes del Camino las palabras del pontífice?

Don Gianfranco Vitola: Con gran entusiasmo pero también con gran seriedad, conscientes que todas estas no son puras y simples exigencias éticas, sino el fruto de una verdadera y propia ‘vocación’ para vivir una vida como hijos de Dios, con una ‘ciudadanía’ celeste que supera, en Cristo, todas las contraposiciones que normalmente dividen a los hombres.

¿Cómo han recibido los jóvenes del Camino las palabras del pontífice?

Don Gianfranco Vitola: Con gran entusiasmo pero también con gran seriedad, conscientes que todas estas no son puras y simples exigencias éticas, sino el fruto de una verdadera y propia ‘vocación’ para vivir una vida como hijos de Dios, con una ‘ciudadanía’ celeste que supera, en Cristo, todas las contraposiciones que normalmente dividen a los hombres.

¿Qué frutos trajo por lo tanto la visita de Benedicto XVI al país?

Don Gianfranco Vitola: Es temprano para decirlo con precisión, entretanto se ha notado seguramente una atención más fuerte no solamente hacia los temas estrictamente políticos, sino también y sobre todo a los relacionados con la Nueva Evangelización.

¿Cómo se puede definir la realidad del Camino Neocatecumenal en el Líbano?

Don Gianfranco Vitola: Esa es una realidad pequeña pero fecunda, compuesta por unas treinta comunidades insertadas en parroquias maronitas o griego católicas, ricas de familias abiertas a la vida y con muchos hijos. En Beirut hay además un seminario misionero interritual que ha ordenado ya a once presbíteros encardinados o abscritos en diversas Iglesias católicas de rito oriental.

¿Qué se prevé para el futuro de los neocatecumenales libaneses, teniendo en vista la Nueva Evangelización y del Año de la Fe convocado por el Papa?

Don Gianfranco Vitola: La convicción de no dejarse persuadir por la “mentalidad corriente” que se traduce lamentablemente en la fuga emigratoria de Medio Oriente y en el conformarse a los modelos de comportamiento anticristianos -la así llamada ‘civilización de la muerte’- tan difundida actualmente en el mundo. Además de un renovado empuje misionero por parte de todos los jóvenes, muchachos y muchachas, y de las familias.

Zenit

Homilía del Papa Benedicto XVI en la Misa del Corpus Christi de Roma

 

Esta tarde, quisiera meditar con vosotros sobre dos aspectos, entrelazados entre sí, del Misterio eucarístico: el culto de la Eucaristía y su sacralidad. Es importante volver a tomarlos en consideración para preservarlos de visiones incompletas del mismo Misterio, como las que se han verificado en el pasado reciente.

Ante todo, una reflexión sobre el valor del culto eucarístico, en particular de la adoración del Santísimo Sacramento.

Es la experiencia, que viviremos también esta tarde, después de la Misa, antes de la procesión, durante su desarrollo y cuando termine. Una interpretación unilateral del Concilio Vaticano II ha penalizado esta dimensión, restringiendo prácticamente la Eucaristía al momento de la celebración.

En efecto, fue muy importante reconocer la centralidad de la celebración, en la que el Señor convoca a su pueblo, lo reúne alrededor de la dúplice mesa de la Palabra y del Pan de vida, lo alimenta y lo une a Sí, en la oferta del Sacrificio. Esta valoración de la asamblea litúrgica, en la que el Señor obra y realiza su misterio de comunión, permanece naturalmente válida, pero se debe colocar en su justo equilibrio. En efecto – como sucede a menudo – queriendo subrayar un aspecto, se acaba con sacrificar otro. En este caso, la acentuación realizada sobre la celebración de la Eucaristía ha disminuido la adoración, como acto de fe y de oración dirigido al Señor Jesús, realmente presente en el Sacramento del altar. Este desequilibrio ha tenido repercusiones también sobre la vida espiritual de los fieles. En efecto, concentrando toda la relación con Jesús eucaristía sólo en el momento de la Santa Misa, se corre el riesgo de vaciar de su presencia el resto del tiempo y del espacio existenciales. Y, de este modo, se percibe menos el sentido de la presencia constante de Jesús en medio de nosotros y con nosotros – una presencia concreta, cercana, entre nuestras casas, como «Corazón que late» de la ciudad, del país y del territorio, con sus distintas expresiones y actividades. El Sacramento de la Caridad de Cristo debe permear toda la vida cotidiana.

En realidad, es un error contraponer la celebración y la adoración, como si estuvieran en competencia la una contra la otra. Es precisamente, todo lo contrario: el culto del Santísimo Sacramento constituye el ‘ambiente’ espiritual en el cual la comunidad puede celebrar bien y en verdad la Eucaristía. Sólo si está precedida, acompañada y seguida por esta conducta interior de fe y de adoración, la acción litúrgica puede expresar su pleno significado y valor. El encuentro con Jesús en la Santa Misa se realiza verdadera y plenamente cuando la comunidad es capaz de reconocer que Él, en el Sacramento, habita su casa, nos espera, nos invita a su mesa y, luego, una vez que la asamblea se ha disuelto, permanece con nosotros, con su presencia discreta y silenciosa, y nos acompaña con su intercesión, y sigue recogiendo nuestros sacrificios espirituales y ofreciéndolos al Padre.

En este contexto, me complace subrayar la experiencia que viviremos esta tarde juntos. En el momento de la adoración, estamos todos en el mismo plano, de rodillas ante el Sacramento del Amor. El sacerdocio común y el ministerial se encuentran unidos en el culto eucarístico. Es una experiencia muy bella y significativa, que hemos vivido varias veces en la Basílica de San Pedro y también en las inolvidables vigilias con los jóvenes – recuerdo, por ejemplo las de Colonia, Londres, Zagreb y Madrid. Es evidente para todos que estos momentos de vigilia eucarística preparan la celebración de la Santa Misa, preparan los corazones al encuentro, de forma que éste resulta más fructuoso. Estar todos en silencio prolongado ante el Señor presente en su Sacramento es una de las experiencias más auténticas de nuestro ser Iglesia, que se acompaña de forma complementaria con la de celebrar la Eucaristía, escuchando la Palabra de Dios, cantando, acercándose juntos a la mesa del Pan de vida. No se pueden separar – van juntas- la comunión y la contemplación. Para comunicar verdaderamente con otra persona, tengo que conocerla, saber estar en silencio cerca de ella, escucharla, mirarla con amor. El verdadero amor y la verdadera amistad viven siempre esta reciprocidad de miradas, de silencios intensos, elocuentes, llenos de respeto y de veneración, de forma que el encuentro se viva profundamente, de modo personal y no superficial. Y, lamentablemente, si falta esta dimensión, también la misma comunión sacramental puede llegar a ser, de parte nuestra, un gesto superficial. Sin embargo, en la verdadera comunión, preparada por el coloquio de la oración y de la vida, podemos decirle al Señor palabras de confianza, como las que resonaron hace poco en el Salmo responsorial: «Yo, Señor, soy tu servidor, tu servidor, lo mismo que mi madre: por eso rompiste mis cadenas. Te ofreceré un sacrificio de alabanza, e invocaré el nombre del Señor (Sal 116, 16-17).

Ahora quisiera pasar, brevemente, al segundo aspecto: la sacralidad de la Eucaristía. También aquí hemos sufrido, en el pasado reciente, un malentendido sobre el mensaje auténtico de la Sagrada Escritura. La novedad cristiana en lo que respecta al culto recibió el influjo de cierta mentalidad secularista, de los años sesenta y setenta del siglo pasado. Es verdad, y permanece siempre válido, que el centro del culto ya no está en los ritos y en los sacrificios antiguos, sino en Cristo mismo, en su persona, en su vida, en su misterio pascual. Y, sin embargo, de esta novedad fundamental no se debe deducir que lo sagrado ya no existe, sino que ha encontrado su cumplimiento en Jesucristo, Amor divino encarnado. La Carta a los Hebreos, que escuchamos esta tarde en la segunda Lectura, nos habla precisamente de la novedad del sacerdocio de Cristo, «Sumo Sacerdote de los bienes futuros» (Hb 9,11), pero no dice que el sacerdocio haya terminado. Cristo «es mediador de una Nueva Alianza» (Hb 9,15), establecida en su sangre, que purifica «nuestra conciencia de las obras que llevan a la muerte» (Hb 9,14). Él no abolió lo sagrado, sino que lo llevó a su cumplimiento, inaugurando un culto nuevo, que aun siendo verdaderamente espiritual, mientras estemos en camino en el tiempo, se sirve todavía de signos y de ritos, que desaparecerán sólo al final, en la Jerusalén celeste, donde ya no habrá ningún templo (cfr Ap 21,22) ¡Gracias a Cristo, la sacralidad es más verdadera, más intensa, y, como sucede para los mandamientos, más exigente! No basta la observancia ritual, sino que se requiere la purificación del corazón y la implicación de la vida.

Me complace también subrayar que lo sagrado tiene una función educativa y que su desaparición empobrece, inevitablemente, la cultura, en particular, la formación de las nuevas generaciones. Si, por ejemplo, en nombre de una fe secularizada, que no requiera signos sagrados, se aboliera esta procesión ciudadana del Corpus Domini, el perfil espiritual de Roma quedaría ‘mermado’ y nuestra conciencia personal y comunitaria quedaría debilitada. O, pesemos también en una mamá y en un papá que, en nombre de una fe desacralizada, privaran a sus hijos de toda ritualidad religiosa: en realidad, acabarían por dejar el campo libre a tantos subrogados presentes en la sociedad del consumo, a otros ritos y a otros signos, que con mayor facilidad se pueden volver ídolos. Dios, nuestro Padre, no hizo lo mismo con la humanidad: envió a su Hijo al mundo, no para abolir, sino para dar cumplimiento también a lo sagrado. En el culmen de esta misión, en la Última Cena, Jesús instituyó el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, el Memorial de su Sacrificio pascual. De este modo, Él se puso a Sí mismo en lugar de los sacrificios antiguos, pero lo hizo en el interior de un rito, que mandó perpetuar a los Apóstoles, como signo supremo y verdadero de lo Sagrado, que es Él mismo. Con esta fe, queridos hermanos y hermanas, nosotros celebramos hoy y cada día el Misterio eucarístico y lo adoramos como centro de nuestra vida y corazón del mundo. Amén.

Homilía de Benedicto XVI en la misa de clausura del EMF

Queridos hermanos y hermanas:

Es un gran momento de alegría y comunión el que vivimos esta mañana, con la celebración del sacrificio eucarístico. Una gran asamblea, reunida con el Sucesor de Pedro, formada por fieles de muchas naciones. Es una imagen expresiva de la Iglesia, una y universal, fundada por Cristo y fruto de aquella misión que, como hemos escuchado en el evangelio, Jesús confió a sus apóstoles: Ir y hacer discípulos a todos los pueblos, «bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 18-19).

 

Saludo con afecto y reconocimiento al Cardenal Angelo Scola, Arzobispo de Milán, y al Cardenal Ennio Antonelli, Presidente del Pontificio Consejo para la Familia, artífices principales de este VII Encuentro Mundial de las Familias, así como a sus colaboradores, a los obispos auxiliares de Milán y a los demás obispos. Saludo con alegría a todas las autoridades presentes. Mi abrazo cordial va dirigido sobre todo a vosotras, queridas familias. Gracias por vuestra participación.

En la segunda lectura, el apóstol Pablo nos ha recordado que en el bautismo hemos recibido el Espíritu Santo, que nos une a Cristo como hermanos y como hijos nos relaciona con el Padre, de tal manera que podemos gritar: «¡Abba, Padre!» (cf. Rm 8, 15.17). En aquel momento se nos dio un germen de vida nueva, divina, que hay que desarrollar hasta su cumplimiento definitivo en la gloria celestial; hemos sido hechos miembros de la Iglesia, la familia de Dios, «sacrarium Trinitatis», según la define san Ambrosio, pueblo que, como dice el Concilio Vaticano II, aparece «unido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (Const. Lumen gentium, 4). La solemnidad litúrgica de la Santísima Trinidad, que celebramos hoy, nos invita a contemplar ese misterio, pero nos impulsa también al compromiso de vivir la comunión con Dios y entre nosotros según el modelo de la Trinidad. Estamos llamados a acoger y transmitir de modo concorde las verdades de la fe; a vivir el amor recíproco y hacia todos, compartiendo gozos y sufrimientos, aprendiendo a pedir y conceder el perdón, valorando los diferentes carismas bajo la guía de los pastores. En una palabra, se nos ha confiado la tarea de edificar comunidades eclesiales que sean cada vez más una familia, capaces de reflejar la belleza de la Trinidad y de evangelizar no sólo con la palabra. Más bien diría por «irradiación», con la fuerza del amor vivido.

La familia, fundada sobre el matrimonio entre el hombre y la mujer, está también llamada al igual que la Iglesia a ser imagen del Dios Único en Tres Personas. Al principio, en efecto, «creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: “Creced, multiplicaos”» (Gn 1, 27-28). Dios creó el ser humano hombre y mujer, con la misma dignidad, pero también con características propias y complementarias, para que los dos fueran un don el uno para el otro, se valoraran recíprocamente y realizaran una comunidad de amor y de vida. El amor es lo que hace de la persona humana la auténtica imagen de Dios. Queridos esposos, viviendo el matrimonio no os dais cualquier cosa o actividad, sino la vida entera. Y vuestro amor es fecundo, en primer lugar, para vosotros mismos, porque deseáis y realizáis el bien el uno al otro, experimentando la alegría del recibir y del dar. Es fecundo también en la procreación, generosa y responsable, de los hijos, en el cuidado esmerado de ellos y en la educación metódica y sabia. Es fecundo, en fin, para la sociedad, porque la vida familiar es la primera e insustituible escuela de virtudes sociales, como el respeto de las personas, la gratuidad, la confianza, la responsabilidad, la solidaridad, la cooperación. Queridos esposos, cuidad a vuestros hijos y, en un mundo dominado por la técnica, transmitidles, con serenidad y confianza, razones para vivir, la fuerza de la fe, planteándoles metas altas y sosteniéndolos en las debilidades. Pero también vosotros, hijos, procurad mantener siempre una relación de afecto profundo y de cuidado diligente hacia vuestros padres, y también que las relaciones entre hermanos y hermanas sean una oportunidad para crecer en el amor.

El proyecto de Dios sobre la pareja humana encuentra su plenitud en Jesucristo, que elevó el matrimonio a sacramento. Queridos esposos, Cristo, con un don especial del Espíritu Santo, os hace partícipes de su amor esponsal, haciéndoos signo de su amor por la Iglesia: un amor fiel y total. Si, con la fuerza que viene de la gracia del sacramento, sabéis acoger este don, renovando cada día, con fe, vuestro «sí», también vuestra familia vivirá del amor de Dios, según el modelo de la Sagrada Familia de Nazaret. Queridas familias, pedid con frecuencia en la oración la ayuda de la Virgen María y de san José, para que os enseñen a acoger el amor de Dios como ellos lo acogieron. Vuestra vocación no es fácil de vivir, especialmente hoy, pero el amor es una realidad maravillosa, es la única fuerza que puede verdaderamente transformar el mundo. Ante vosotros está el testimonio de tantas familias, que señalan los caminos para crecer en el amor: mantener una relación constante con Dios y participar en la vida eclesial, cultivar el diálogo, respetar el punto de vista del otro, estar dispuestos a servir, tener paciencia con los defectos de los demás, saber perdonar y pedir perdón, superar con inteligencia y humildad los posibles conflictos, acordar las orientaciones educativas, estar abiertos a las demás familias, atentos con los pobres, responsables en la sociedad civil.

Todos estos elementos construyen la familia. Vividlos con valentía, con la seguridad de que en la medida en que viváis el amor recíproco y hacia todos, con la ayuda de la gracia divina, os convertiréis en evangelio vivo, una verdadera Iglesia doméstica (cf. Exh. ap. Familiaris consortio, 49). Quisiera dirigir unas palabras también a los fieles que, aun compartiendo las enseñanzas de la Iglesia sobre la familia, están marcados por las experiencias dolorosas del fracaso y la separación. Sabed que el Papa y la Iglesia os sostienen en vuestra dificultad. Os animo a permanecer unidos a vuestras comunidades, al mismo tiempo que espero que las diócesis pongan en marcha adecuadas iniciativas de acogida y cercanía.

En el libro del Génesis, Dios confía su creación a la pareja humana, para que la guarde, la cultive, la encamine según su proyecto (cf. 1,27-28; 2,15). En esta indicación podemos comprender la tarea del hombre y la mujer como colaboradores de Dios para transformar el mundo, a través del trabajo, la ciencia y la técnica. El hombre y la mujer son imagen de Dios también en esta obra preciosa, que han de cumplir con el mismo amor del Creador. Vemos que, en las modernas teorías económicas, prevalece con frecuencia una concepción utilitarista del trabajo, la producción y el mercado. El proyecto de Dios y la experiencia misma muestran, sin embargo, que no es la lógica unilateral del provecho propio y del máximo beneficio lo que contribuye a un desarrollo armónico, al bien de la familia y a edificar una sociedad más justa, ya que supone una competencia exasperada, fuertes desigualdades, degradación del medio ambiente, carrera consumista, pobreza en las familias. Es más, la mentalidad utilitarista tiende a extenderse también a las relaciones interpersonales y familiares, reduciéndolas a simples convergencias precarias de intereses individuales y minando la solidez del tejido social.
Un último elemento. El hombre, en cuanto imagen de Dios, está también llamado al descanso y a la fiesta. El relato de la creación concluye con estas palabras: «Y habiendo concluido el día séptimo la obra que había hecho, descansó el día séptimo de toda la obra que había hecho. Y bendijo Dios el día séptimo y lo consagró» (Gn 2,2-3). Para nosotros, cristianos, el día de fiesta es el domingo, día del Señor, pascua semanal. Es el día de la Iglesia, asamblea convocada por el Señor alrededor de la mesa de la palabra y del sacrificio eucarístico, como estamos haciendo hoy, para alimentarnos de él, entrar en su amor y vivir de su amor. Es el día del hombre y de sus valores: convivialidad, amistad, solidaridad, cultura, contacto con la naturaleza, juego, deporte. Es el día de la familia, en el que se vive juntos el sentido de la fiesta, del encuentro, del compartir, también en la participación de la santa Misa.

 

Queridas familias, a pesar del ritmo frenético de nuestra época, no perdáis el sentido del día del Señor. Es como el oasis en el que detenerse para saborear la alegría del encuentro y calmar nuestra sed de Dios.

Familia, trabajo, fiesta: tres dones de Dios, tres dimensiones de nuestra existencia que han de encontrar un equilibrio armónico. Armonizar el tiempo del trabajo y las exigencias de la familia, la profesión y la maternidad, el trabajo y la fiesta, es importante para construir una sociedad de rostro humano. A este respecto, privilegiad siempre la lógica del ser respecto a la del tener: la primera construye, la segunda termina por destruir. Es necesario aprender, antes de nada en familia, a creer en el amor auténtico, el que viene de Dios y nos une a él y precisamente por eso «nos transforma en un Nosotros, que supera nuestras divisiones y nos convierte en una sola cosa, hasta que al final Dios sea “todo para todos” (1 Co 15,28)» (Enc. Deus caritas est, 18). Amén.

Discurso de Benedicto XVI en la plaza del Duomo

Señor Alcalde,
distinguidas Autoridades,
venerados hermanos en el Episcopado y en el sacerdocio.
¡Queridos hermanos y hermanas de la Archidiócesis de Milán!

Saludo cordialmente a todos los aquí reunidos tan numerosamente, así como a cuantos siguen este evento a través de la radio o la televisión. ¡Gracias por su calurosa acogida! Agradezco al señor alcalde las corteses palabras de bienvenida que me ha dirigido en nombre de la comunidad cívica. Saludo con deferencia al representante del gobierno, al presidente de la Región, al presidente de la Provincia, así como a los demás representantes de las instituciones civiles y militares, y expreso mi aprecio por la colaboración brindada para la realización de los diversos momentos de esta visita.

Estoy feliz de estar hoy entre ustedes y agradezco a Dios, que me ofrece la oportunidad de visitar su ilustre ciudad. Mi primer encuentro con los milaneses se realiza en esta Plaza de la Catedral, corazón de Milán, donde surge el imponente monumento símbolo de la ciudad. Con su selva de agujas invita a mirar hacia lo alto, a Dios. Justamente tal impulso hacia el cielo siempre caracterizó Milán y le ha permitido a lo largo de los tiempo responder fructíferamente a su vocación: ser un cruce de caminos – Mediolanum – de pueblos y de culturas. La ciudad ha sabido de esta forma conjugar sabiamente el orgullo por la propia identidad con la capacidad de acoger toda contribución positiva que le venía ofrecido en el transcurso de la historia. También hoy, Milán está llamada a redescubrir este su papel positivo de mensajero de desarrollo y de paz para toda Italia. Dirijo mi agradecimiento cordial al pastor de es taArchidiócesis, el cardenal Angelo Scola, por el recibimiento y las palabras que me ha dirigido a nombre de la entera Comunidad diocesana; con él saludo a los obispos auxiliares y a quienes lo han precedido en esta gloriosa y antigua cátedra, el cardenal Dionigi Tettamanzi y el cardenal Carlo María Martini.

Dirijo un saludo particular a los representantes de las familias –provenientes de todo el mundo- que participan del VII Encuentro Mundial. Dirijo un afectuoso pensamiento a cuantos tienen necesidad de ayuda y de consuelo, y se encuentran afligidos por varias preocupaciones: a las personas solas o en dificultad, a los desocupados, a los enfermos, a los encarcelados, a cuantos están privados de una casa o de lo indispensable para vivir una vida digna. Que no falte a ninguno de estos nuestros hermanos y hermanas el interés solidario y constante de la colectividad. Con este motivo, me complazco de todo cuanto la Diócesis de Milán ha hecho y continúa haciendo para ir concretamente en ayuda a las necesidades de las familias más golpeadas por la crisis económico-financiera, y por haberse de inmediato puesto en acción, junto a la entera Iglesia y sociedad civil en Italia, para socorrer a las poblaciones victimas del terremoto de Emilia Roma gna,que están en nuestros corazones y nuestra oración y por las cuales invito, una vez más, a una generosa solidaridad.

El VII Encuentro Mundial de las Familias me ofrece la grata ocasión de visitar su ciudad y de renovar los lazos estrechos y constantes que unen la comunidad ambrosiana con la Iglesia de Roma y al Sucesor de Pedro. Como es sabido, san Ambrosio provenía de una familia romana y mantuvo siempre viva su unión con la Ciudad Eterna y con la Iglesia de Roma, manifestando y elogiando el primado del Obispo que la preside. En Pedro –afirma- «está el fundamento de la Iglesia y el magisterio de la disciplina» (De virginitate, 16, 105); y también en la conocida declaración: «Donde está Pedro, allí está la Iglesia» (Explanatio Psalmi 40, 30, 5). La sabiduría pastoral y el magisterio de Ambrosio sobre la ortodoxia de la fe y sobre la vida cristiana dejarán una huella indeleble en la Iglesia universal y, en particular, marcarán a la Iglesia de Milán, que jamás ha dejado de cult ivar lamemoria y de conservar su espíritu. La Iglesia ambrosiana, custodiando las prerrogativas de su rito y las expresiones propias de la única fe, está llamada a vivir en plenitud la catolicidad de la Iglesia una, a testimoniarla y a contribuir a enriquecerla.

El profundo sentido eclesial y el sincero afecto de comunión con el Sucesor de Pedro, forman parte de la riqueza y de la identidad de su Iglesia a largo todo su camino, y se manifiestan en modo luminoso en las figuras de los grandes Pastores que la han guiado. En primer lugar san Carlos Borromeo: hijo de su tierra. Él fue, como decía el Siervo de Dios Pablo VI, “un forjador de la conciencia y de la costumbre del pueblo” (Discorso ai Milanesi, 18 marzo 1968); y lo fue sobre todo con la aplicación amplia, tenaz y rigurosa de las reformas tridentinas, con la creación de instituciones renovadoras, a comenzar de los Seminarios, y con su ilimitada caridad pastoral radicada en una profunda unión con Dios, acompañada de una ejemplar austeridad de vida. Junto con los santos Ambrosio y Carlos, deseo recordar otros excelentes Pastores más cercanos a nosotros, que han embellecido con la santidad y la doctrina de la Iglesia d eMilán: el beato Cardenal Andrés Carlos Ferrari, apóstol de la catequesis y de los oradores y promotor de la renovación social en sentido cristiano; el beato Alfredo Ildefonso Schuster, el “Cardenal de la oración”, pastor incansable, hasta la consumación total de sí mismo por sus fieles. Además, deseo recordar a dos arzobispos de Milán que devinieron pontífices: Aquiles Ratti, papa Pío XI; a su determinación se debe la positiva conclusión de la “Questione Romana” y la constitución del Estado de la Ciudad del Vaticano; y el siervo de Dios Juan Bautista Montini; Pablo VI, bueno y sabio, que, con mano experta, supo guiar y llevar a un feliz resultado el Concilio Vaticano II. En la Iglesia ambrosiana maduraron además algunos frutos espirituales particularmente significativos para nuestro tiempo. Entre todos quiero hoy recordar, precisamente pensando en las familias, a santa Gianna Be rettaMolla, esposa y madre, mujer comprometida en el ámbito eclesial y civil, que hizo resplandecer la belleza y la alegría de la fe, de la esperanza y de la caridad.

Queridos amigos, su historia es riquísima de cultura y de fe. Tal riqueza ha vivificado el arte, la música, la literatura, la cultura, la industria, la política, el deporte, las iniciativas de solidaridad de Milán y de toda la Archidiócesis. Toca ahora a ustedes, herederos de un glorioso pasado y de un patrimonio espiritual de inestimable valor, comprometerse para transmitir a las generaciones futuras la llama de una tan luminosa tradición. Ustedes bien saben cuánto sea urgente introducir en el actual contexto cultural la levadura evangélica.

La fe en Jesucristo, muerto y resucitado por nosotros, vivo entre nosotros, debe animar a todo el tejido de la vida, personal y comunitaria, privada y pública, de modo de poder consentir un estable y auténtico “bienestar”, a partir de la familia, que va redescubierta cual patrimonio principal de la humanidad, coeficiente y signo de una verdadera y estable cultura a favor del hombre. La singular identidad de Milán no debe aislarla ni separarla encerrándola en si misma. Al contrario, conservando la savia de sus raíces y los rasgos característicos de su historia, ella está llamada a mirar al futuro con esperanza, cultivando un vínculo íntimo y propulsor con la vida de toda Italia y de Europa. En la clara distinción de los papeles y de las finalidades, la Milán positivamente “laica” y Milán de la fe son llamadas a concurrir al bien común.

Queridos hermanos y hermanas, ¡gracias de nuevo por su acogida! Los confío a la protección de la Virgen María, que desde la más alta aguja de la Catedral vela maternalmente día y noche sobre esta Ciudad. A todos ustedes que estrecho en un gran abrazo, imparto mi afectuosa Bendición.

Zenit

“Obediencia a Cristo y al sucesor de Pedro”

Santa Sede sobre la reunión plenaria de la Comisión para la Iglesia católica china que ha tenido lugar en días pasados en El Vaticano.

 

Del 23 al 25 de abril corriente se ha reunido en El Vaticano, por quinta vez, la Comisión que el papa Benedicto XVI instituyó en 2007 para estudiar las cuestiones de mayor importancia, relativas a la vida de la Iglesia católica en China.

En una profunda cercanía espiritual con todos los hermanos y las hermanas en la fe que viven en China, la Comisión ha reconocido los dones de fidelidad y de dedicación que, en el curso de un año, el Señor ha donado a su Iglesia.

Los participantes profundizaron el tema de la formación de los fieles laicos, con vistas también al “Año de la Fe”, que ha sido convocado por el santo padre del 11 de octubre de 2012 al 24 de noviembre de 2013. Las palabras del Evangelio. “Y Jesús crecía en sabiduría, edad y gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2, 52) ilustran la tarea a la que están llamados los fieles laicos católicos en China nutridos de la doctrina, conscientes de su pertenencia eclesial y coherentes con las exigencias de la vida en Cristo, que postula la escucha de la Palabra de Dios en la fe. En esta perspectiva, será para ellos de especial ayuda el conocimiento profundizado del Catecismo de la Iglesia Católica. En segundo lugar, están llamados a entrar en la vida civil y en el mundo del trabajo, ofreciendo con plena responsabilidad su propia contribución: amar la vida y respetarla desde su concepción hasta su fin natural; amar a lafamilia, promoviendo los valores que son propios también de la cultura china tradicional; amar a la patria, como ciudadanos honestos y solícitos del bien común. Como dice también un sabio chino, “la vía del gran estudio consiste en manifestar las virtudes luminosas, en renovar y acercarse a las personas, y en el alcanzar el bien supremo”. En tercer lugar, los laicos chinos deben crecer en gracia ante Dios y ante los hombres, nutriendo y perfeccionando la propia vida espiritual como miembros activos de la comunidad parroquial, y abriéndose al apostolado también con el apoyo de asociaciones y de movimientos eclesiales, que favorecen su formación permanente.

Al respecto, la Comisión ha constatado con alegría que el anuncio del Evangelio, ofrecido por comunidades católicas a veces humildes y sin recursos materiales, anima cada año a muchos adultos a pedir el bautismo. Se ha subrayado, así, la necesidad de que las diócesis en China promuevan un serio catecumenado, adopten el Rito de la Iniciación Cristiana de los Adultos y cuiden su formación también después del bautismo. Los pastores deben hacer todo esfuerzo para consolidar en los fieles laicos el conocimiento de las enseñanzas del Concilio Vaticano II, en especial de la eclesiología y de la doctrina social de la Iglesia. será además útil dedicar un cuidado especial a la preparación de los agentes pastorales para la evangelización, para la catequesis y para las obras de caridad. La formación integral de los laicos católicos, sobre todo allí donde se da una rápida evoluci&#2 43;nsocial y un significativo desarrollo económico, es parte del empeño para hacer vibrante y vital la Iglesia local. Se auspicia, además, una especial atención a los fenómenos de las migraciones internas y de la urbanización.

Las indicaciones prácticas, que la Santa Sede ha propuesto y propondrá a la Iglesia universal para una fructífera celebración del “Año de la Fe”, serán ciertamente acogidas con entusiasmo y con espíritu creativo también en China. Dichas indicaciones estimularán a la comunidad católica a encontrar iniciativas adecuadas para realizar cuanto el papa Benedicto XVI ha escrito respecto de los fieles laicos y de la familia en la Carta de 27 de mayo de 2007 a la Iglesia católica en la República Popular China (cfr nn. 15-16).

Los laicos, por tanto, están llamados a participar con celo apostólico en la evangelización del pueblo chino. En virtud de su bautismo y de la confirmación reciben de Cristo la gracia y el encargo de edificar la Iglesia (cfr Ef 4, 1-16).

En el curso de la reunión, la mirada se dirigió luego a los pastores y, en especial, a los obispos y a los sacerdotes que son detenidos o sufren injustas limitaciones en el cumplimiento de su misión. Se expresó admiración por la firmeza de su fe y por su unión al santo padre. Ellos, en modo especial, necesitan la oración de la Iglesia, para afrontar sus dificultades con serenidad y en la fidelidad a Cristo.

La Iglesia necesita buenos obispos. Ellos son un don de Dios para su pueblo, a favor del cual ejercen el oficio de enseñar, santificar y gobernar. Están además llamados a dar razones de vida y de esperanza a todos aquellos que encuentran. Reciben de Cristo, a través de la Iglesia, su tarea y su autoridad, que ejercen en unión con el romano pontífice y con todos los obispos esparcidos por el mundo.

Sobre la situación específica de la Iglesia en China, se ha notado que persiste la pretensión de los organismos, llamados “Una Asociación y Una Conferencia”, de ponerse por encima de los obispos y de guiar la vida de la comunidad eclesial. Al respecto, siguen siendo actuales y de orientación las inidicaciones, ofrecidas en la susodicha Carta del papa Benedicto XVI (cfr n.7), y es importante atenerse a ellas, para que el rostro de la Iglesia resplandezca con claridad en medio del noble pueblo chino.

Tal claridad ha sido ofuscada por los eclesiásticos que han recibido ilegítimamente la ordenación episcopal y por los obispos ilegítimos que han realizado actos de jurisdicción o sacramentales, usurpando un poder que la Iglesia no les ha conferido. En días pasados, algunos de ellos han participado en consagraciones episcopales autorizadas por la Iglesia. El comportamiento de estos obispos, además de agravar su posición canónica, han turbado a los fieles y a menudo han forzado la conciencia de los sacerdotes y de los fieles que han estado implicados.

Además, dicha claridad ha sido ofuscada por obispos legítimos, que han participado en ordenaciones episcopales ilegítimas. Muchos de ellos han aclarado su propia posición y han pedido perdón, y el santo padre les ha benévolamente perdonado; otros en cambio, que también han tomado parte, no han hecho todavía tal clarificación y son por tanto exhortados a actuar cuanto antes en tal sentido.

Los participantes en la reunión plenaria siguen con atención y con espíritu de caridad estos penosos acontecimientos y, aún conscientes de las especiales dificultades de la situación presente, recuerdan que la evangelización no puede darse sacrificando elementos esenciales de la fe y de la disciplina católica. La obediencia a Cristo y al sucesor de Pedro es el presupuesto de toda verdadera renovación, y esto vale para todos los componentes del Pueblo de Dios, Los mismos laicos son sensibles a la clara fidelidad eclesial de los propios pastores.

Por lo que concierne a los sacerdotes, las personas consagradas y los seminaristas, la Comisión ha nuevamente reflexionado sobre la importancia de su formación, alegrándose por el sincero y loable empeño en el realizar no sólo adecuados itinerarios de educación humana, intelectual, espiritual y pastoral para los seminaristas, sino también momentos de formación permanente para los presbíteros. Además, se ha manifestado aprecio por las iniciativas de varios institutos religiosos femeninos para coordinar actividades de formación para las personas consagradas.

Se ha constatado, por otra parte, que el número de vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa en los últimos años registra una sensible caída. Los desafíos de la situación impulsan a invocar al Dueño de la mies y a reforzar la conciencia de que cada sacerdote y cada religiosa, fieles yluminosos en su testimonio evangélico son el primer signo capaz de animar aún a los jóvenes y a las jóvenes de hoy a seguir a Cristo con el corazón indiviso.

La Comisión por último recuerda que el 24 de mayo próximo, memoria litúrgica de la Beata Virgen María Auxilio de los Cristianos y Jornada de oración por la Iglesia en China, será una ocasión especialmente propicia para toda la Iglesia para invocar energía y consuelo, misericordia y valor, para la comunidad católica en China.

Zenit