“La izquierda consideró que el golpe del 34 fracasó porque habían matado poco”

Federico Jiménez Losantos y César Vidal repasan hoy el panorama que queda en España tras el fallido golpe de estado del PSOE y ERC en 1934. “El impunismo practicado por la derecha acarreó graves consecuencias”.

La perdida de las elecciones de 1933 llevó a la izquierda a una bolchevización, “volviendo al golpismo clásico”. Un año más tarde, en octubre del 34, el PSOE da junto a ERC un golpe de estado que fracasó.

Con este contexto la derecha tenía que gobernar y solucionar los problemas existentes en el país y en sus propias filas que empiezan a dividirse, además de hacer frente al nacionalismo catalán.

Una buena solución para Federico y César Vidal hubiera sido una reforma constitucional que no se hizo. De hecho, “Alcalá Zamora mantuvo reuniones con los ministros del gobierno para saber qué había que reformar con más diligencia y curiosamente la respuesta es los estatutos de autonomía”, apunta César Vidal. Alcalá Zamora, prosigue César, criticó “en aquella época los privilegios tributarios de Cataluña”. Finalmente los embates de los nacionalistas catalanes se contuvieron con la suspensión del estatuto catalán el 2 de enero de 1935.

Un problema más grave era la división entre las filas de la derecha, gobernante en aquel momento. El motivo era la práctica por parte de Alcalá Zamora y de la CEDA del impunismo, dejar sin castigo a quienes se habían alzado en armas en octubre del 34 provocando casi una guerra civil. 

La ausencia de castigos hizo que la izquierda “emergiera como vencedora de la derrota de octubre del 34 y la derecha no sabe qué hacer. La CEDA juega al impunismo y a hacer gestos a la izquierda, que no se caracteriza precisamente por su carácter democrático”, explica César Vidal. 

La división de la derecha se plasma en la creación en diciembre del 35 de Bloque Nacional con Calvo Sotelo a la cabeza. Consideran que “todo es un disparate”. Tampoco están contentos “ni el sector monárquico, que tiene un ojo puesto en la posible vuelta de Alfonso XIII, ni el sector fascista, La Falenge ya unida con Las Jons, que además no se llevan muy bien con Calvo Sotelo”.

“El régimen – subraya César Vidal – estaba muerto, aunque podía haber aguantado con una reforma constitucional. La puntilla la puso la mentira la historia, la supuesta brutal represión de octubre del 34”.

Mentiras de la historia: represión brutal del 34

Para Federico “una de las mentiras de mayor éxito en la historia contemporánea de España es que la represión de la derecha sobre la izquierda golpista del 34 fue brutal”.

En anteriores programas de Breve historia de España… en Es la mañana de Federico, César Vidal explicó que la revolución del 34 en Asturias dejó numerosos fusilados: 28 religiosos, 43 militares y 14 paisanos, además de cuantiosos daños materiales cifrados en la destrucción de 58 iglesias, 26 fábricas, 58 puentes, 63 casas particulares, 730 edificios públicos, destrozos en el ferrocarril y las carreteras.

Durante la II República los delitos de rebelión armada estaban penados con la pena de muerte. Vidal apunta que en Cataluña no se ejecutó a nadie. “Pérez Farras fue condenado a pena de muerte y a pesar de que el Tribunal Supremo había emitido un informe contrario al indulto, Alcalá Zamora lo indultó“.

En Asturias fueron 12 personas las condenadas con pena de muerte. “Se procedieron a la ejecución de 4: un sargento desertor, un asesino desequilibrado conocido como el Pichilatu y dos revolucionarios sin ningún tipo de cargo”. Todos los responsables, especialmente los dirigentes del PSOE, salieron de rositas. “Santiago Carrillo entre ellos porque corrió a esconderse inmediatamente”.

Entonces, ¿Por qué triunfó tanto la mentira de que la “represión” había sido masiva, brutal y sanguinaria? César Vidal cuenta que “la prensa extranjera apoyada por la masonería realizó una campaña extraordinaria, tanto que vinieron hasta miembros del partido laborista británico para comprobar si era cierto”.

La no represión de octubre del 34 dio lugar a un clima propicio a nuevas revoluciones. “La izquierda llegó a la conclusión de que era el camino para forzar una salida bolchevique. Nos hemos quedado cortos, pensaban. Consideran que alzarse en armas contra la derecha sale barato y el error radicaba en que habían matado poco, explica César Vidal.

A partir de la revolución del 34 “se cuece el modelo de represión de los dos bandos que luego practicarán en la guerra civil. Mientras la izquierda extrae la conclusión de que sectores enteros tienen que ser exterminados, la derecha toma como ejemplo la represión de la comuna francesa en donde no se extermina a un sector sino que se impone un castigo ejemplarizante”.

Para adentrarnos más en este episodio de la historia de España, César Vidal nos recomienda:

  • Título: TRES LECCIONES EN EL MUSEO DEL PRADO 
  • Autor: EUGENIO D´ORS
  • Editorial: Tecnos
  • Argumento: Eugenio D´Ors es, sin duda, uno de los intelectuales del período que estamos tratando ahora. En esta obra procede a un estudio de la Historia del arte partiendo de obras en el museo del Prado y centrado en tres críticas, la de los significados, la de las formas y la del sentido. 

“En un momento determinado, la dosis de calmante puede apagar dosis vitales”

Bernat Soria, ministro de Sanidad y Consumo.

Bernat Soria:

“En un momento determinado, la dosis de calmante puede apagar dosis vitales”

El Ministro de Sanidad, Bernat Soria, declaraba ayer en Telecinco que la sedación terminal “para calmar el dolor”, que puede llegar a “apagar funciones vitales” del paciente, es “perfectamente legal en España”. César Vidal recuerda que esos cuidados paliativos ya se dan a todos los enfermos, sin legalización de la eutanasia.

Para el director de La Linterna, las declaraciones del ministro son “de una desfachatez verdaderamente impresionante”, ya que afectan a unos temas muy serios. “Comentar estas cosas es algo verdaderamente pavoroso”, apunta.

“El ministro de Sanidad está, más que empeñado en la salud de los españoles, en ver la manera que nos da muerte. La gente va a terminar muriendo en la cama, en su casa, no porque quiera, sino porque como se legalice la eutanasia, a ver quién es el valiente que va a un hospital a que lo traten”, sentencia Vidal.

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César Vidal considera pavoroso que el ministro defienda la eutanasia

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Quema de libros: no empezaron los nazis.

Pío Moa

Cristina Almeida está por prender fuego a los libros “de César Vidal y del otro y del otro”. Y es que la cabra tira al monte. Las izquierdas ya empezaron a quemar valiosísimas bibliotecas antes de un mes de comenzada la república, anticipándose en tres años a los nazis, que tampoco llegaron a quemar bibliotecas enteras. En 1934 arrasaron con dinamita y fuego la biblioteca de la universidad de Oviedo y otra en Portugalete, una de las más importantes de Europa conservadas en palacios, aparte de innumerables obras de arte. Al recomenzar la guerra en 1936, la afición se desbordó, y cientos de bibliotecas particulares y otras antiguas y valiosísimas de monasterios fueron pasto de las llamas o destrozadas de otros modos, con “alegría republicana”, como recuerda encomiásticamente Alberti en sus célebres versos:

“¡Palacios, bibliotecas! Estos libros tirados,
estos inesperados
retratos familiares
en donde los varones de la casa, vestidos
de los más innecesarios jaeces militares,
nos contemplan partidos,
sucios, pisoteados,
con ese inexpresable gesto fijo y oscuro
del que al nacer ya lleva contra su espalda el muro
de los ejecutados”.

Otras bibliotecas, como la del palacio de Zabálburu, en Madrid, fueron saqueadas, despojadas de decenas de libros de extraordinario valor.

Ello aparte, el Ministerio de Instrucción Pública, por orden de 2 de septiembre de 1937, mandó reducir a pasta de papel 300 toneladas de documentación archivística y veinte toneladas más de libros escritos por “elementos fascistas”. Entre otras muchas fechorías. Otros muchos fondos de archivo fueron quemados, como gran parte de los del Ministerio de Hacienda, según informe del encargado de la tarea: “Ya es sabido que los numerosísimos fondos que constituían este Archivo fueron, casi en su totalidad, quemados en el mes de diciembre pasado (de 1936), al necesitarse para servicios de guerra los sótanos en que estaban custodiados (…) El papel salvado (…) estima el informante que puede ser todo considerado como inútil” (En Mitos de la guerra civil).

Y cuando los socialistas volvieron al poder, en 1982, una de sus primeras medidas fue reducir nuevamente a pasta de papel los fondos de la Editora Nacional, que había publicado libros de gran valor.

Tiene gracia que los herederos y simpatizantes de esta gente finjan escandalizarse de que, después de la guerra, los falangistas quemasen en algunos lugares varios miles de libros “decadentes”. Un hecho desde luego reprobable, el de aquellos falangistas, pero nada comparable, ni de lejos a las piras y arrasamientos organizados por las izquierdas, siempre tan “amantes de la cultura”.

Lo que nunca quemaría esta gente, amiga de la “memoria”, de Garzón y de los chekistas,  y enemiga de la historia, son obras maestras como El libro rojo del cole, al que tanta promoción dio doña Cristina, dedicado a “desdramatizar” entre los niños el puterío, la droga, la corrupción de menores y esas cosas que tanto molestan a los retrógrados.

Lo dicho: la cabra tira al monte.

Y esta “persona” se llama “Liberal”, y quemaría Libros. Así es la Izquierda.

Cristina Almeida celebra el 20-N con ganas de quemar los libros de César Vidal

En el mismo escenario de siempre, el Círculo de Bellas Artes, los mismos de siempre, Saramago, Bardem y compañía organizaron este jueves, 20-N, un acto de apoyo a Garzón. El protagonismo esta vez fue para Cristina Almeida que confesó su deseo de quemar los libros de César Vidal o Pío Moa, historiadores que han dejado en evidencia la historiografía izquierdista.

Cristina Almeida no tuvo que llamar hijos de puta a los votantes del PP, o acusar a este partido de golpista para convertirse en la reina del enésimo aquelarre izquierdista que se celebra en el Círculo de Bellas Artes.  Le bastó con admitir que al ver los libros de César Vidal y otros historiadores que no se pliegan a la ortodoxia izquierdistas en El Corte Inglés le entran ganas de quemarlos.

Con estos argumentos tan sólidos han defendido el esperpento de Baltasar Garzón, motivo por el que se convocó este acto, celebrado deliberadamente el 20-N, aniversario de la muerte del dictador. Estaban los habituales Pilar Bardem, José Saramago o Ian Gibson.
Pero fue la ex diputada de IU y PSOE, quien tomó la palabra para calificar de “encomiable” el disparate jurídico perpetrado por el juez millonario, convertido en icono de la extrema izquierda. El momento cumbre de la perorata de Almeida fue el siguiente: “yo cada vez que voy y veo todas las cosas que hay en el Corte Inglés de historiadores, y claro ves al Vidal al otro al otro y tal, dices dios mío, si sería como prenderle fuego a todo el stand este, porque la verdad es que los ponen todos juntos”.
César Vidal no fue el único atacado. También se refirió Almeida a “Pío Moa o toda esa gente que se está inventando una historia que no ha existido nunca, que sabemos que es la contraria a la que existió. Se están diciendo verdaderas burradas”. En ese momento interrumpe otro contertulio y dice: y desde la radio de los obispos. Claro, responde Almeida. Pero como el protagonista era Garzón había que alagar: Ese auto debería ser un anexo a la Constitución española. La abogada llegó a proponer “un juzgado especial para esto“.
No se libró ni la monja Sor Maravillas: “Gracias a Dios que no vamos a tener a la Madre Maravillas en el Congreso. No está Azaña e iba a estar la Madre Maravillas”.
Entre el grupo de autodenominados “intelectuales y artistas” figuran los de siempre, eso sí, cada vez más entrados en años: José Saramago, Juan Goytisolo, Suso de Toro, Manuel Rivas, Ernesto Sabato, José Luis Sampedro, Paco Ibáñez y Pilar Bardem. El documento, que tiene también entre sus promotores a Ian Gibson, Emilio Lledó, José Vidal Beneyto y Fanny Rubio, celebra “el trabajo encomiable” del titular del Juzgado de Instrucción número 5 de la Audiencia Nacional “por lo que implica de reparación pendiente por nuestra democracia”.
Todo en un 20-N en el que hemos oído a Zapatero abogar por no mirar el pasado. El mismo presidente del Gobierno que ha utilizado la llamada “memoria histórica” para dividir a los españoles y que no pierde oportunidad para recordar que uno de sus abuelos –el otro era franquista– fue fusilado por republicano.
El inquilino de La Moncloa dice ahora que la mayoría de los españoles “ya ni nos acordamos de lo que representa el 20-N” y que “es absolutamente marginal, testimonial, que ese día murió el dictador Franco”. Zapatero, tras azuzar en los últimos años todo lo que ha podido la Guerra Civil, ha añadido que “los residuos que quedan irán desapareciendo poco a poco. Como es lógico, habrá gente con más disponibilidad a que eso suceda, y otros, con menos. Pero no hay prácticamente ninguna añoranza después de comprobar lo bien que se vive en libertad, en democracia y juntos”.

EN UN ACTO DE APOYO A GARZÓN
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Entrevista a Cesar Vidal.

“La izquierda tiene un lugar raquítico y

sangriento en la Historia de España”

César Vidal enciende cada noche La Linterna para ofrecer, en la Cope, una mirada crítica sobre este Gobierno caótico de Rodríguez Zapatero. Autor prolífico, sus obras han sido traducidas a muchos idiomas, y en la última de ellas da testimonio público de su Fe. De “¿Por qué soy cristiano?”, que así se titula el libro, y de otros muchos asuntos le hemos querido preguntar en esta entrevista pegada a la actualidad de España y del mundo.

Nos gustaría saber qué opinión tiene Vd. acerca del futuro político de nuestro país, ante la constante amenaza separatista del Plan Ibarreche.
El futuro de España será un fruto directo del comportamiento de los españoles. Si persistimos en mantener unos vínculos históricos que han durado más de un milenio y medio – Isidoro de Sevilla habla ya de la nación española formada por la herencia romana, cristiana y germánica – los nacionalistas acabarán siendo una nota a pie de página de los manuales de Historia en el futuro. Si anteponemos nuestros intereses particulares y partidistas al interés general, sufriremos un proceso de “destejimiento” social e institucional que podría derivar en la fragmentación nacional.
¿Considera Vd. que España vive el peor momento de su Historia? Lo digo por varios factores, no sólo por esa amenaza: el nivel bajísimo de educación de los jóvenes, el auge del ateísmo y el relativismo, la manipulación exitosa de los conceptos y del lenguaje, la entrega de la mayoría de los MCS a intereses particulares…
No. Es un mal momento, sin duda, pero no creo que sea peor que el de aquella monarquía visigótica enferma de corrupción, antisemitismo y partidismo cuyos súbditos acabaron abriendo las puertas de Europa al Islam.
Usted, permítame que le felicite, ha hecho mucho por la divulgación histórica en este país, no sólo con sus excelentes libros sino a través de su programa de radio “La Linterna”…, ¿cree que es posible luchar contra la manipulación constante que la izquierda viene llevando a cabo en este país?, ¿se puede empezar a recuperar la memoria colectiva a través de la cultura?
No tengo la menor duda de que es posible combatir esa manipulación. Además creo que es una obligación moral. La izquierda tiene un lugar raquítico y sangriento en la Historia de España. A diferencia de lo sucedido en Francia, Alemania o Gran Bretaña, apareció a finales del s. XIX y no se consolida hasta inicios del s. XX y entonces es para liquidar una monarquía parlamentaria y dividirse en utopías cruentas. Por otro lado, en términos intelectuales fue – y continúa siendo – paupérrima cuando se compara con la de otras naciones. Incluso durante el régimen de Franco, la izquierda de cierto peso se redujo a un PCE enfeudado a la URSS y a la banda terrorista ETA. No puede sorprender que con esos antecedentes esté empeñada en inventar una Historia que nunca existió, pero que le otorgue un papel que nunca tuvo.
En recientes entrevistas que hemos mantenido con Pío Moa y Luis Suárez Fernández, ellos coincidían en señalar y subrayar la falta total de legitimidad democrática de los socialistas, que ahora se dedican a repartir carnés de “buenos” y “malos”…¿Considera la Ley de la Memoria Histórica lo peor que ha hecho este Gobierno desde que está en el poder?
Me temo que hay demasiadas leyes que compiten por el terrible título de la peor. Desde la LOGSE a la LOE pasando por la despenalización del aborto y las más que posibles nuevas leyes sobre el aborto y la eutanasia, la ley de Memoria histórica pierde puestos en la lista del horror. No porque sea buena sino porque es menos pavorosa.
¿Qué fue, a su juicio, lo mejor y lo peor de la Transición?
Lo mejor, sin duda alguna, la construcción de un orden constitucional democrático, abierto a todos los españoles y que eludió la ruptura con la Historia y el enfrentamiento. Lo peor fue la legitimidad artificial que se concedió a los nacionalismos y que se consagró en el Título VIII de la constitución. Desearía equivocarme, pero es muy posible que los historiadores del futuro vean esa concesión a los nacionalistas catalanes y vascos como la bomba de relojería que acabó dinamitando la democracia española.
Hemos escuchado en sus programas un cierto (o un gran) desencanto de Vd. hacia Mariano Rajoy, que posiblemente haya decepcionado a mucha gente no por su segunda derrota electoral, sino por el alejamiento del sentir general de su electorado…, no sé si comparte este análisis…
Yo no soy forofo de ningún político sea del partido que sea. Dentro de mis limitaciones como ser humano, aplaudiré sus logros si los tiene y criticaré sus errores si los perpetra. Creo, siguiendo la doctrina anglosajona, que los políticos son servidores públicos ya que los ciudadanos les pagamos el sueldo y su deber es representarnos a nosotros y no sus intereses. Si yo entrego mi voto a una persona no es para que haga lo que quiera con él sino para que defienda de manera efectiva unos valores. Si llegado el caso, la oposición, en lugar de oponerse con energía al plan de gobierno de ZP, se entrega a la tibieza no puedo evitar sentirme defraudado. Como yo, con seguridad, hay millones.
En todo caso, es evidente que el principal partido de la oposición debe ser lo bastante fuerte como para poder hacer esa labor de oposición, clave en el juego democrático. ¿Por dónde cree que se encaminará políticamente el PP teniendo en cuenta el reciente congreso de Valencia?
No soy profeta ni hijo de profeta. Yo creo que debería seguir una política valiente y sin complejos en defensa de la libertad, de la vida, de la familia y de la unidad de España sustentada en valores como el esfuerzo personal, la iniciativa privada, el valor de la educación, el respeto a la legalidad y la recuperación de la ética en la acción política. Le citaré un ejemplo que aclarará lo que quiero decir. Obama y McCain reconocían en una entrevista ante Rick Warren que la visión judeo-cristiana es la base de la política norteamericana y que las ONGs cristianas trabajaban mejor y más barato que las agencias estatales. Quizá sea mucho pedir que el PSOE realice afirmaciones de ese tipo, pero no puedo comprender que el PP se inhiba de hacerlo.
Su último libro lleva por título “Por qué soy cristiano”. En él, usted explica que hay razones para sentirse orgulloso de ser cristiano, y vincula el cristianismo con el amor a la Verdad. ¿cuál ha sido su experiencia cristiana, qué ha aportado Cristo a su vida?
Entre otras cosas, relato en el libro con cierto detalle mi experiencia como cristiano. Efectivamente, se encuentra relacionada con el amor a la Verdad y, de manera muy especial, con la lectura de las Escrituras. Me encontré con Cristo de manera viva y existencial – no meramente intelectual o tradicional – hace algo más de treinta años cuando leía el Nuevo Testamento en griego y, más concretamente, la Epístola de Pablo a los Romanos. Desde mi conversión, Cristo ha inspirado de manera absoluta mi vida que, dicho sea de paso, es muy feliz gracias a él. Creo que es imposible entender lo que escribo o lo que hago sin relacionarlo con Cristo porque, como escribió Pablo : “lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a si mismo por mi” (Gálatas 2: 20). Cristo es mi Señor, mi Salvador y mi Maestro, el inspirador de mi existencia.
Uno de los empeños de Zapatero es que los cristianos sólo demos testimonio de nuestra fe dentro de las cuatro paredes de nuestra casa…¿Cree que ha llegado el momento de salir a la calle, de no acobardarnos, de sacar la cara por nuestras creencias como la izquierda lo hace con su ideología?
Nunca lo he dudado. La misión del cristiano es ser sal y luz en este mundo como señaló el propio Jesús (Mateo 5, 13-16) y nuestra vida sólo tiene sentido si la sal no pierde su sabor y si la luz ilumina delante de los hombres.

Dos curiosidades que no son para publicar…
Puede publicarlas sin ningún problema.
¿Cuánto tarda en escribir cada editorial de los que lee al principio de La Linterna?
Depende del día, por supuesto, pero el promedio anda en la media hora.
Si tuviera que llevarse un disco a una isla desierta, ¿qué tres canciones incluiría en él?
Amazing Grace, Ein Feste Burg y Stand By Me.

Responsabilidad probada, de Carrillo en Paracuellos.

EN LOS PROPIOS DOCUMENTOS SOVIÉTICOS

César Vidal recuerda que la responsabilidad de Carrillo en Paracuellos está probada

César Vidal es autor del ensayo histórico ParacuellosKatin, Planeta. 2005 que demuestra la responsabilidad de Santiago Carrillo en la matanza perpetrada por los republicanos en Paracuellos del Jarama en la que al menos 5.000 personas fueron brutalmente asesinados de forma sistemática.

Después de que este miércoles el ex dirigente comunista haya negado su responsabilidad durante la presentación del libro Morir en Paracuellos, César Vidal ha comentado a Libertad Digital que Carrillo sabe que miente cuando atribuye los asesinatos a “grupos incontrolados”.
Vidal recuerda que Carrillo aparece como responsable directo de las matanzas en la propia documentación soviética. Uno de los hombres enviados por Stalin a España, Dimitrov comenta en un informe que “un joven dirigente comunista se encarga de los fusilamientos en Paracuellos”. Stepanov, otro de los agentes soviéticos, elaboró un completísimo informe sobre la Guerra Civil para Stalin en el que también aparece Carrillo como responsable de la matanza. Documentos que se pueden consultar en ParacuellosKatin.
Carrillo excusó su presencia en la presentación de Morir en Paracuellos, probablemente por temor a incidentes, pero envió una nota al autor Julián Delgado en la que dice que hizo todo lo posible para evitar la matanza que se produjo –según él– cuando “grupos incontrolados” asaltaron un convoy de militares prisioneros.

Porqué dejé de ser de izquierdas. César Vidal.

Epílogo.

Por qué la izquierda está muerta o siete razones para abandonarla.

Sospecho que para indicar por qué abandoné la izquierda debo hacer un poco de historia, aunque sea de la pequeña y personal. Mi simpatía e identificación con la izquierda se produjo en la adolescencia. Me repugnaba ciertamente el comunismo, en especial por la lectura de los disidentes rusos y —¿cómo no?— del Archipiélago Gulag y otras obras de Alexander Solzhenitsyn, pero creía en la posibilidad de una izquierda que no necesariamente fuera totalitaria ni apoyada en la política de bloques existente entonces. De manera más o menos difusa, me identificaba con el modelo socialdemócrata sueco, el de una izquierda supuestamente democrática, neutral y pacifista en el plano internacional y partidaria de todas las causas que yo consideraba nobles.Por supuesto, me entusiasmé como tantos —tantísimos— otros con la revolución sandinista en Nicaragua. A mi juicio, aquella era una clara manifestación de que todavía las revoluciones resultaban posibles, de que un pequeño David revolucionario podría enfrentarse con el terrible Goliat yanqui y de que era viable un sistema socialista con pluralidad de partidos y sin depender de la URSS o de China. Mi entusiasmo por la experiencia sandinista duró justo hasta que visité Nicaragua. Porque lo que descubrí en el país centroamericano fue una dictadura no por sutil menos repugnante que la soviética. Los sandinistas oprimían al pueblo de la misma manera cruel y despiadada que mis odiados esbirros de la NKVD y el KGB. Habían creado un sistema en el que la Nomenklatura —como siempre— disfrutaba de lo mejor mientras el pueblo pasaba hambre, eso sí, atiborrado a todas horas de una propaganda estúpida que les convencía de que sus miserias no se debían a las pésimas consecuencias del socialismo sino a la acción del imperialismo. A la asfixiante falta de libertad y al torrente de la efectiva propaganda para subnormales —nunca había yo vivido nada semejante ni siquiera en la España de Franco— se sumaba la creación de un sistema en el que podían existir otros partidos políticos, pero sin que semejante circunstancia significara nada porque todo el control estaba en manos de los sandinistas. Ah, y de tercera vía, nada de nada. Las únicas publicaciones que se veían en Nicaragua eran de origen soviético y los colaboradores eran gente, mayoritariamente, procedente de las dictaduras del Pacto de Varsovia. Aquello era lo denunciado por Solzhenitsyn, pero más sutil.

Harto y asqueado de la experiencia nicaragüense, estaba yo mostrando mi pasaporte en el aeropuerto de Managua cuando escuché detrás de mí una voz cuyo acento era español y quizá incluso de Madrid. Me giré sobre mí mismo y le pregunté al respecto. Efectivamente, era español. La espera se adivinaba larga y, en la soledad de la sala, comenzó a contarme su experiencia. Había pasado las últimas semanas colaborando con el gobierno sandinista. Su salario lo pagaba en dólares una comunidad autónoma aunque, en teoría, aquel era un proyecto clandestino que no debía conocerse. Y, tras revelarme el secreto de su misión, comenzó a cantarme las loas de la revolución sandinista que él había vivido situado en las alturas del poder. Soporté con paciencia aquel chorro de propaganda hasta que, al final, el enviado clandestino de un gobierno autonómico progre me hizo referencia a lo barata que era la vida en Nicaragua. Había yo sufrido con el pueblo la miseria literal ocasionada por el socialismo nicaragüense y aquella referencia a lo fácil de la existencia encendió en mí una luz de alarma. «Anoche», me dijo entusiasmado, «fuimos a comer seis personas a… Unos camarones, unos filetes, unas cervecitas y nos costó… Vamos, por eso en España, no cena ni una persona». Tuve que hacer un serio esfuerzo para no acordarme de la madre que había traído al mundo a mi interlocutor, al presidente autonómico que lo financiaba y al mismísimo Karl Marx. Por el contrario, con el tono más sosegado posible, le dije: «¿O sea que la cena de cada uno de ustedes costó algo más de seis meses de salario de un obrero nicaragüense?». Nuestra conversación no duró mucho más —salió él para la Habana y yo para Bogotá— pero creo que había quedado de manifiesto lo que era la izquierda, lo que siempre ha sido la izquierda. Mientras la gente de abajo padece el hambre, la opresión y la falta de libertad, la Nomenklatura vive de una manera que hubieran envidiado muchos burgueses. Al mismo tiempo, no faltan gobiernos occidentales que desvían fondos de los contribuyentes para sustentar dictaduras de cuyas mieles disfrutan en viajes organizados que los convencen de las virtudes de la revolución cuando, en realidad, tan sólo sirven a la tiranía. En los años siguientes, viví experiencias semejantes una y otra vez.

Sin embargo, aquel viaje a Nicaragua no significó todavía la ruptura. Sí lo fue —para disgusto de mis amigos— el final de mi apoyo a personajes repugnantes como Daniel Ortega o Fidel Castro, pero todavía conservaba una tibia fe en que la izquierda en España podía ser diferente. Aquí debo agradecer a Felipe González y sus años de gobierno socialista que me permitieran ver la luz. El legado de aquella izquierda fue la corrupción más espectacular de la historia de España, una gestión económica deplorable vinculada a millones de parados, un intento encarnizado de domesticar las libertades lo mismo vulnerando la independencia del poder judicial que acosando a los medios de comunicación independientes y un desprecio absoluto por la legalidad que tuvo, entre otras consecuencias, la articulación del terrorismo de Estado de los GAL.

La realidad de España, a decir verdad, era mucho peor, pero, por aquel entonces, yo sólo veía aquello y me empeñé —con la misma cerrilidad que el creyente al que la fe se le desmorona porque carece de base— en considerar que el problema no era la izquierda sino esta izquierda. Fue precisamente en esa época cuando conocí a algunos de los elementos críticos del PSOE —críticos precisamente con Felipe González— que, supuestamente, podían cambiar todo. La experiencia duró unos meses y de ella salí definitivamente convencido de que no es que la izquierda tuviera problemas sino que el problema era la izquierda. No sabría decir si llegué a esa conclusión al ver, por ejemplo, que consideraban a Santiago Carrillo un héroe; al comprobar que eran incapaces de ver que la renovación pasaba por algo similar a Tony Blair o al percatarme de que su mensaje no era sustancialmente distinto al de Felipe González aunque, eso sí, ellos no tenían el poder y lo deseaban.

Mi ruptura definitiva con la izquierda se produjo así de manera nada traumática ni dolorosa. Fue como la ruptura de una soga cuyos hilos se hubieran visto segados poco a poco y cuando el último se soltó sentí únicamente que había sucedido lo que tenía que suceder. A esas alturas, mis razones para romper eran las mismas que ahora y estaban formuladas con la misma contundencia en mi mente, aunque todavía no expresadas con tanta nitidez por escrito como en los últimos años.

En primer lugar, rompí con la izquierda porque amo la libertad. El amor por la libertad forma parte de mi carácter por diversas razones. Entre ellas se encuentran la pertenencia a una minoría religiosa que ha sufrido durante siglos la persecución y la intolerancia; la pasión por escribir o el deseo de analizar sin cortapisas el mundo que me rodea. Para todas y cada una de esas facetas esenciales de mi vida necesito la libertad y lo cierto es que los grandes proyectos totalitarios de la Historia han sido socialistas. No se trata únicamente de que el primer estado totalitario de la Historia fuera levantado por los bolcheviques sino de que el mismo fascismo fue un proyecto socialista. Durante los años veinte, los estados más intervencionistas eran la URSS de Stalin y la Italia fascista de Mussolini y nunca me resultó sorprendente que Hayeck señalara que el nacionalsocialismo alemán, lejos de ser derechista, era tan sólo otro modelo socialista que se parecía enormemente al soviético. El propio Mussolini lo dejó claro ya en los años veinte cuando señaló que el fascismo sólo era un socialismo nacional. Si la gente supiera historia, se percataría de hasta qué punto las políticas socialistas y socialdemócratas de la posguerra son tributarias del fascismo italiano, y hasta qué punto no pocos de los supuestos proyectos progres de ZP fueron antecedidos por medidas legales impulsadas por el propio Hitler. En todos y cada uno de los casos, la izquierda pretende tutelar y dirigir la vida de los demás desde el nacimiento —¡y antes!— hasta la tumba. Sin duda, la perspectiva resulta atrayente para muchos. Para mí, se dibuja escalofriante.

En segundo lugar, abandoné la izquierda porque creo en el individuo. Personalmente, estoy convencido de que el sujeto de derechos es el ser humano como individuo y no la raza, el sexo o las circunstancias médicas. A decir verdad, la Historia muestra que los derechos individuales son los mimbres de la libertad y que cuando se cercenan —como en el caso de la izquierda— la libertad se ve amenazada si es que no desaparece. En términos generales, creo que el individuo sabe dar mejor uso a su dinero que el burócrata que decide quitárselo para utilizarlo en sus fines; creo que el individuo sabe educar mejor a sus hijos que el burócrata que decide adoctrinarlos y creo que el individuo gusta más de la libertad de lo que el burócrata está dispuesto a concederle. Lamentablemente, la izquierda está convencida de que sabe mejor que nosotros cómo debemos gastar nuestro dinero, cómo debemos educar a nuestros hijos e incluso cómo debemos emplear nuestro tiempo libre y a mí esa vocación liberticida de la izquierda me resulta totalmente insoportable.

En tercer lugar, abandoné la izquierda porque creo en la justicia. Me consta —yo fui uno de los infelices— que, históricamente, la izquierda ha captado a no pocos de sus fieles predicando la justicia. Al hacerlo, no ha pasado de representar el papel de falso profeta. Pocas ideologías hay más injustas que las de izquierda. De entrada, la justicia, por definición, debe dar a cada uno lo suyo y además debe comportarse con todos de manera igual e imparcial, es decir, debe actuar de manera diametralmente opuesta a como pretende la izquierda. Y es que la izquierda siempre ha creído en una justicia que trate a los seres humanos de manera desigual apelando a artificios como la justicia de clase o la discriminación positiva. En un ejemplo de dislate jurídico, el Tribunal Constitucional español ha resuelto hace unos meses que es correcta una ley que castiga por el mismo delito de manera desigual a hombres y a mujeres. Saltando por encima de los Bills of rights del derecho anglosajón y de las constituciones liberales, el Tribunal Constitucional ha regresado a Hammurabi que también consideraba que las penas no podían ser iguales para todos los seres humanos.

Por si esto —que ya de por sí es muy grave— fuera poco, la izquierda tampoco da a cada uno lo suyo. Por el contrario, despoja —el término es del propio Marx— a unos para dárselo a otros. Las imágenes que surgen al decir esto son las de campesinos que reciben las tierras de los latifundistas o las de inquilinos que se quedan con los pisos de los propietarios. Semejantes realidades resultarían ya discutibles siquiera porque no se termina de ver la justicia de que se prive del fruto de su trabajo —unos pisos o unas tierras— a un ciudadano para dárselo a otros, pero es que, para colmo, la izquierda tampoco ha actuado tan generosamente nunca. Por el contrario, se ha limitado —en las dictaduras— a robar a unos para colocar el fruto del expolio bajo el control de una Nomenklatura que actuaba, supuestamente, en beneficio del pueblo. En Rusia, nunca se repartieron tierras a los campesinos. Por el contrario, los bolcheviques se hicieron con la tierra, ligaron a ella a los campesinos con una dureza más cruel que la de los zares y, acto seguido, gracias a la incompetencia socialista en la gestión de la economía, causaron la muerte por hambre de millones de personas, algo desconocido en la Historia rusa. En las naciones occidentales, el sistema de despojo ha sido más sutil. Por ejemplo, el contribuyente de las clases medias se ve aplastado por los impuestos para que los titiriteros progres cobren sustanciosos contratos pagados con esos mismos impuestos. Se despoja a los trabajadores para enriquecer a la Nomenklatura y a sus paniaguados. Demos gracias a Dios de que, al menos, no existe el gulag, aunque es innegable que sí existe una injusticia mantenida de forma sistemática.

En cuarto lugar, dejé la izquierda porque creo en el esfuerzo personal y en la excelencia. Lejos de sentirme satisfecho con el mundo en el que vivo, estoy convencido de que muchas cosas han de cambiar, pero para que puedan cambiar a mejor, nosotros hemos de ser mejores, es decir, exactamente lo contrario de lo propugnado por la izquierda. En su afán por controlar nuestra vida desde el claustro materno hasta después de la muerte, la izquierda está empeñada en crear un sistema igualitarista que no afecte, por supuesto, a los miembros de la Nomenklatura. Uno de los terrenos donde se percibe con más claridad semejante perversión es el educativo. Como sabemos no pocos por experiencia, la buena educación es el único camino que permite a los hijos de familias humildes salir de su estrato social y progresar. La izquierda, con su empeño en conformar la educación, no de acuerdo a criterios de excelencia sino de igualitarismo, ha cegado ese camino a millones de niños y jóvenes. La educación que reciben en centros públicos es mala, sectaria y deficiente, pero, por añadidura, es una educación diluida y aguada para que hasta el más tonto y el más vago pueda sacar un título. No siempre se consigue esta última meta, pero, por regla general, sí se logra apartar a no pocos de los mejores del camino hacia el éxito. Por supuesto, los miembros de la Nomenklatura —los que han creado ese sistema que persigue por definición la excelencia— no son tan estúpidos como para convertir a sus hijos y allegados en víctimas de sus acciones. Recuérdese que en España los ministros socialistas no llevan a sus hijos a los centros públicos que sufren las consecuencias de sus actos sino a elitistas centros privados. De nuevo, la igualdad y la justicia son trituradas por el igualitarismo de la izquierda.

En quinto lugar, abandoné la izquierda porque creo en la inteligencia y en la belleza. A pesar de que la propaganda de la izquierda insiste en lo contrario, la izquierda ha demostrado una pasmosa incapacidad para crear algo bello y, a la vez, inteligente a lo largo de su dilatada Historia. Cuando ha sido inteligente, no ha solido pasar de la categoría de agitación y propaganda y la belleza, por regla general, ha brillado por su ausencia… a menos que consideremos bella una composición tan cursi e idiota como ésa de «el sable del coronel. Cierra la muralla». Todo eso por no hablar del dinero de nuestros impuestos gastado a raudales en gente de la farándula de la más dudosa calidad artística. El hecho de que Miguel Ángel, Cervantes, Beethoven o Shakespeare salieran adelante —y crearan obras geniales— sin pertenecer a la izquierda ni cobrar subvenciones debería llevarnos a reflexionar. El hecho de que la izquierda, a pesar del dinero de los demás que ha gastado en ello y a pesar de sus supuesta superioridad moral, no haya tenido un Bach, un Goethe o un Velázquez sino, como mucho, algunos compañeros de viaje, da para pensar, y mucho. Sin embargo, no resulta tan extraño. Cuando no se busca el talento ni la excelencia, cuando se prima la sumisión a las consignas, cuando se persigue a los que destacan, cuando se odia la excelencia y se prefiere el sectarismo sumiso, el resultado no puede ser otro.

En sexto lugar, abandoné la izquierda porque carece de mensaje que vaya más allá de la opresión de los demás. Por más que se esfuerce en presentarse como un frente de progreso, la verdad es que la Historia ha derrotado en toda línea a la izquierda. Dejó de manifiesto con la caída del Muro de Berlín y la disolución de la URSS que el socialismo real había sido una pesadilla más que un sueño y los jirones que aún persisten de ese sistema —Cuba, Corea del Norte, etc.— constituyen muestras patéticas de tiranías cruentas y agónicas.

Por si fuera poco, el mismo mensaje de la socialdemocracia ha demostrado su fracaso para solucionar problemas y, por el contrario, ha dejado de manifiesto que sus efectos perversos son múltiples y dañinos.

Ayuna de éxitos, la izquierda sólo tiene dos caminos. O bien se derechiza para salvar a los estados de las consecuencias nefastas de las políticas de izquierdas o bien se entrega a la defensa de las rancias políticas de ayer acentuando el elemento opresor mediante el trato de favor a lobbies no representativos, pero feroces y agresivos. El primer caso es el de la política de Tony Blair que, sobre el papel, es de izquierdas, pero que, en realidad, constituye un ejemplo de que la izquierda sólo puede esperar hacer algo sensato y de provecho si gobierna con las recetas de la derecha. El segundo caso es el de ZP en España. Incapaces de conservar los logros de los gobiernos del PP y carentes de escrúpulos, ZP y sus adláteres lo mismo defienden a dictaduras como la cubana o la venezolana que propugnan la imagen de la Segunda República española creada por la Komitern de Stalin, que se arrodillan ante los programas delirantes del feminismo radical —que es más que dudoso que represente a las mujeres— o del lobby gay, que, con toda seguridad, no representa a los homosexuales. El resultado de esa esterilidad política, social y ética es volcarse cada vez más en políticas que tan sólo buscan oprimir a los demás indicándoles lo que pueden hacer, lo que deben pensar, lo que han de sentir, lo que han de comer, en qué tienen que emplear su tiempo libre e incluso cuándo y cómo tienen que morir y, como en todas las tiranías, la satisfacción de los tiranos se sustenta en la opresión de los tiranizados.

Al fin y a la postre, de acuerdo a la ortodoxia de la izquierda, la sociedad se ve dividida en tres grandes grupos: la Nomenklatura que nos dice todo lo que hemos de hacer, decir y pensar; los grupos minoritarios y escasamente representativos a los que la Nomenklatura favorece —porque los ve como aliados naturales— mediante subvenciones y prebendas, y, por último, los que con nuestro trabajo y nuestros impuestos mantenemos a una Nomenklatura que nos oprime.

Al fin y a la postre, la izquierda acaba instaurando una dictadura sutil en Occidente —brutal en el resto del mundo— donde la libertad, la excelencia, el saber, la justicia y la belleza se ven sustituidas por la tiranía, la estupidez, la ignorancia, la injusticia y la zafiedad. Obsérvense determinados gobiernos y dígaseme que no es cierto y, sobre todo, que no son razones más que sobradas para abandonar la izquierda a menos que uno desee formar parte de la dorada Nomenklatura que decide lo que los demás deben hacer, decir y pensar mientras ella vive del fruto del trabajo de los otros.

A estas seis razones de carácter general para abandonar la izquierda, desearía añadir una séptima de carácter más personal. Abandoné la izquierda y resultó decisivo en mi caso, porque soy cristiano. Es cierto que durante años pensé —y estaba profundamente equivocado— que los valores de la izquierda eran algo así como una visión laica de los valores propugnados por el cristianismo. Pensaba yo —y erraba gravemente— que las palabras justicia, libertad o dignidad tenían el mismo significado. La realidad es que no se corresponden ni por aproximación. De la misma manera que el Jesús del Código Da Vinci sólo tiene en común con el de los Evangelios la colocación de las letras del nombre. Conceptos como los de justicia, libertad, dignidad o vida son diametralmente opuestos en la formulación de la Biblia y en la de la izquierda. Entrar en un examen detallado de la cuestión podría ser objeto de un ensayo, pero, obviamente, desborda la finalidad de estas páginas. Basta, sin embargo, ver cómo los denominados cristianos de izquierdas acaban siendo mucho más de izquierdas que cristianos o cuáles son las posiciones de la izquierda sobre la vida o la familia para percatarse de que entre ambas cosmovisiones se despliega un abismo tan insalvable como el que separaba a los réprobos del Hades de los bienaventurados del seno de Abraham en el Evangelio. Una persona que, de verdad y de corazón, ame las enseñanzas de Jesús no encaja con una visión del mundo que pretende controlar al ser humano desde antes de nacer —para facilitar su eliminación— hasta su muerte —para despenalizar su eliminación— ni tampoco con discursos que pretenden encerrar a los creyentes en sus lugares de culto o que pasan por alto la naturaleza humana o la mera realidad a la hora de pensar en las tareas de gobierno.

Dicho lo anterior, personalmente estoy convencido, como ya he indicado, de que la izquierda no tiene mensaje tras el fracaso del socialismo y sólo le queda la esencia tiránica que ha contaminado su andadura desde su nacimiento a finales del siglo XVIII.

Dado que no vamos —¡demos gracias a Dios!— hacia la dictadura del proletariado ni es previsible que el socialismo real se mantenga en pie mucho más allá de la muerte de Fidel Castro, la izquierda sólo puede ofrecer un mensaje achatado, obtuso, de tiranía y control, de totalitarismo y entontecimiento creciente de las masas que, como criticaba Juvenal, sólo ansíen pan y circo y para ello estén dispuestas a aceptar la vileza y la animalización. Pero ésa es una razón adicional bien poderosa para abandonarla.

Sin duda, en el seno de la izquierda existen personas de buena fe que están convencidas de que se hallan en el mejor lugar para ayudar al prójimo. Es posible que tarden en salir de esa equivocación años y sólo Dios sabe el daño que habrán podido causar a los que desean ayudar durante ese tiempo. Pero a esas personas que, de corazón, desean ayudar a los demás —y no buscarse un pesebre a costa del sudor de los demás— se les podría decir lo mismo que el autor del Apocalipsis gritaba a la gente decente que aún se hallaba en las garras de Babilonia la grande, la prostituta, roja y borracha con la sangre de los santos y de los inocentes: «salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados ni recibáis parte de sus plagas» (Apocalipsis 18, 4).

CÉSAR VIDAL