Misioneros asesinados por Sendero Luminoso. Ya son Beatos.

Tras la lectura en latín de la carta apostólica firmada por el papa Francisco, los sacerdotes asesinados en Perú por Sendero Luminoso en el año 1991, Zbigniew Strzalkowski, Miguel Tomaszek y Alessandro Dordi, ya son beatos. La multitudinaria ceremonia de beatificación se celebró este sábado en el estadio centenario Manuel Rivera Sánchez de la ciudad de Chimbote, situada a unos 440 kilómetros al norte de Lima, y fue presidida por el cardenal italiano Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos.

En su homilía, el cardenal Amato manifestó que los misioneros fueron matados “como corderos sin defensa”. “Su martirio fue la representación de la caridad. La caridad perdona a los asesinos y genera reconciliación. La caridad no acabará nunca, es el único sendero luminoso que trae vida y no muerte, que trae paz y no guerra”, dijo.

Así, el purpurado destacó la relación entre el martirio y la próxima celebración de la Navidad. “Con su encarnación, Jesús ha traído a la tierra el idioma del cielo, la lengua del cielo, que es la caridad”, insistió. Jesús, en su vida terrena, “ha hablado la lengua de Dios. El Evangelio es el idioma de la caridad”, prosiguió. “Con la caridad, Jesús ha trasladado el cielo a la tierra y por eso la caridad es esencial para los cristianos”, subrayó, al tiempo que señaló la importancia para los fieles de “testimoniar la caridad”.

A pesar de que “provenían de países lejanos, tenían idiomas distintos. El P. Miguel y el P. Zbigniew hablaban polaco, Don Alessandro italiano”, y cuando vinieron a Perú aprendieron a hablar español, recordó el prefecto. “Pero en realidad, la lengua de los tres mártires fue sobre todo la de la caridad”, aseguró, ya que “su predicación, su comportamiento, su apostolado, su aceptación del martirio fueron lecciones de caridad. Porque la caridad vence al odio y aplaca la venganza”, enfatizó.

Para el cardenal Amato, el apostolado de los mártires asesinados en el norte peruano fue el “de la ayuda a los necesitados, de la defensa de los pequeños y los débiles”.

Los mártires nos dejan tres mensajes, apuntó. “El primero es un mensaje de fe. Los mártires superaron las numerosas dificultades de su misión en tierra peruana gracias a una extraordinaria confianza en la providencia divina”. Esto “les dio la serenidad para abandonarse en el plan de Dios” incluso “a pesar del concreto peligro de muerte”.

“Un segundo mensaje es el de la caridad: Por amor se han hecho misioneros, impulsados por la influencia de anunciar a Cristo y de llevar a los pueblos la Buena Nueva del Evangelio”.

Los mártires beatificados “educaban a los niños y los jóvenes en el amor de Jesús. Ayudaban a los necesitados, asistían a los enfermos”, especialmente en la epidemia de cólera que golpeó Perú en 1991. Además, señaló, “enseñaron a cultivar los campos, a construir carreteras. No tenían enemigos, todos les respetaban y les amaban”.

Y el tercer mensaje que dejan los mártires “es el de la fidelidad a la vocación cristiana y misionera”, indicó. “Los mártires eran asiduos a la oración, llevando con alegría una vida pobre y sencilla”, destacó.

Los nuevos beatos “son mártires tanto por la sangre” como “por la confesión de la caridad que transforma nuestra historia contaminada por el mal en historia de salvación, fermento de esperanza y caridad”, explicó el religioso salesiano.

“Los mártires nos invitan a afrontar también nosotros el martirio del cansancio cotidiano”, afirmó el purpurado italiano, que concluyó sus palabras pidiendo a los mártires que rueguen por la Iglesia en todo el mundo.

Las autoridades de Áncash inauguraron en la víspera de la beatificación un monumento en Santa y el llamado Parque de los Mártires en el municipio de Nuevo Chimbote, que se erigieron en honor a los dos frailes franciscanos polacos y al sacerdote italiano.

Catorce nuevos mártires españoles de 1936

El obispo de Lérida, Salvio Huix, y trece religiosas de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Para sus beatificaciones tan solo falta la aprobación papal de sus fechas y lugares

 

Con fecha 27 de junio, el PapaBenedicto XVI ha recibido al cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, y ha autorizado varios decretos de este dicasterio. Entre ellos, dos relativos a mártires españoles de 1936

 

El primero corresponde al martirio del siervo de Dios di Dio Salvio Huix Miralpeix, Obispo de Lleida; nacido en Santa Margarita de Vellors (España) el 22 de diciembre de 1877 e asesinado por odio a la fe en Lleida el 5 de agosto de 1936.

 

El segundo corresponde al martirio de la sierva de Dios Josefina Martínez Pérez, Hija de la Caridad de San Vicente de Paúl, y doce compañeras asesinadas por odio a la fe en diversos lugares dentro de los confines de la archidiócesis de Valencia entre los días 19 de agosto y 9 de diciembre de 1936.

Homilía Mons. Amato en la ceremonia de Beatificación de Fray Leopoldo

Beato Leopoldo de Alpandeire

Homilía

+ Angelo Amato, SDB

Excelencias Reverendísimas, Reverendos Padres Capuchinos, Reverendos Sacerdotes y Reverendas Religiosas, Autoridades civiles y militares, queridos hermanos, 

1. la beatificación de Fray Leopoldo es hoy un acontecimiento de gran alegría y de júbilo inmenso para todos, de modo especial para la ciudad de Granada y para los beneméritos Padres Capuchinos, que tantos testimonios de santidad han dado a la Iglesia y al mundo. Fray Leopoldo, que desde el cielo se alegra al vernos aquí reunidos en oración, es otra piedra preciosa que embellece, con el esplendor de su existencia religiosa, la gloriosa Orden de los Capuchinos.

Un agradecimiento especial va dirigido a nuestro Santo Padre, Benedicto XVI, que con la carta Apostólica ha concedido el título de Beato a Fray Leopoldo de Alpandeire, exaltando su vida ejemplar de oración, de humildad y de su cercanía a los pobres y afligidos.

Como Moisés, también Fray Leopoldo, fue durante toda su vida un hombre de oración que suplicaba a Dios alejara los males de su pueblo y derramara sobre él sus bendiciones (Ex 32,7-14). Fray Leopoldo enseñó el camino de la justicia, según las palabras del salmista: “Enseñaré a los rebeldes tus caminos y los pecadores volverán a ti […]. Señor, ábreme los labios y mi boca proclamará tu alabanza” (Sal 51,14.17). Fray Leopoldo fue el padre bueno, que se alegra del arrepentimiento del hijo rebelde y organiza una fiesta cuando regresa a la casa paterna (Lc 15,1-32)-

La liturgia eucarística de hoy subraya así la figura espiritual del Beato Leopoldo. Pero, ¿quién era en realidad Fray Leopoldo? Hemos escuchado la lectura de algunos de sus rasgos biográficos, por lo demás bastante conocidos por todos vosotros.

Permitidme compartir con vosotros algunas impresiones mías sobre esta extraordinaria figura de Hermano Capuchino Limosnero, cuya existencia se desarrolló casi toda en esta ciudad.

 2. Si Granada es conocida en todo el mundo por La Alhambra (el castillo rojo), para muchos devotos diseminados por el mundo, Granada es la ciudad de Fray Leopoldo, la ciudad afortunada que ha contemplado el espectáculo glorioso de la santidad del Beato Leopoldo. Por eso, Granada en el 2006 nombró al humilde hermaníco limosnero Hijo adoptivo de la Ciudad.

Sin embargo, cuatro siglos antes, otro gran héroe de la caridad, san Juan de Dios, había recorrido las calles de Granada, realizando milagros y construyendo grandes obras de acogida y de asistencia para los enfermos y los pobres de su tiempo. Como san Juan de Dios, también el Beato Leopoldo recorrió día tras día, durante cincuenta años, las calles de esta maravillosa ciudad, edificando al pueblo de Dios con su caridad y su bondad. Fray Leopoldo quería santificarse imitando a otros grandes santos capuchinos, laicos y limosneros como él, como el romano san Félix de Cantalicio (1515-1587), el sardo san Ignacio de Láconi (1701-1781), el genovés san Francisco de Camporroso (1804-1866). Se cuenta que en la fiesta de san Félix de Cantalicio, hermano limosnero y primer santo capuchino, Fray Leopoldo preparaba las rosquillas que se bendecían en la misa conventual y luego se regalaban a los bienhechores. Como para san Félix, analfabeto, pero lleno de sabiduría para las cosas espirituales, también para nuestro Beato su libro era Jesucristo Crucificado y las únicas letras que conocía eran seis, cinco rojas y una blanca: las cinco letras rojas eran las llagas del Crucificado, la letra blanca era la Bienaventurada Virgen María.

 3. Caridad, humildad y devoción mariana son los rasgos distintivos de su santidad. Todos los testigos afirman que Fray Leopoldo tenía un corazón de oro. Desde su infancia se había mostrado generoso y caritativo. Era habitual en él compartir su merienda con otros pastorcillos más pobres. Un día distribuía a los pobres el dinero, ganado con tanta fatiga en los duros meses de la vendimia de Jerez. Al verlo, el hermano mayor lo reprochó y le quitó de un manotazo el monedero. No pudiendo ya repartir más dinero, el joven Francisco Tomás entregó sus botas al pobre siguiente con el que se encontró.

Su vida estuvo tejida de trabajo y de oración. De capuchino, trabajó como hortelano, portero, sacristán, limosnero y, si hacía falta, como enfermero para cuidar a los enfermos y a los ancianos del convento. Pero su verdadero apostolado fue el de limosnero de su convento. Como hermano limosnero, se cargaba con las alforjas a las espaldas, como Jesús con la cruz, y así caminaba pidiendo limosna. Se hacía pobre para mantener a sus hermanos..

Recibía de la gente buena la limosna material, devolviendo a cambio la caridad de su bondad, de su serenidad, de su consejo. Siguiendo el ejemplo de san Francisco, nunca fue un ladrón de limosnas. Pedía y recibía sólo por amor de Dios. Con frecuencia recibía insultos, apedreamientos y una vez estuvo a punto de que lo lincharan. Pero los niños y la gente sencilla lo acogían jubilosos, porque hablaba de la bondad de Jesús y les señalaba el camino del cielo.

Cierto día un grupo de segadores le grito: “Vagabundo, trabaja en lugar de ir por ahí dando vueltas. Ya nos podrías echar una mano”. Fray Leopoldo se acercó y se puso a trabajar con ellos, dejándolos atrás por su habilidad de campesino. Les dijo que había sido un campesino como ellos y que en el convento cuidaba de la huerta: “Hermanos, soy uno más como vosotros”. Esto le permitió que lo mirasen con respeto e, incluso, pudo enseñarles un poco de catecismo.

Una vez entró en un comercio de Plaza Bib-Rambla. Aquel día el dueño había vendido poco y no sólo no le dio la limosna, sino que lo insultó gravemente. El Siervo de Dios escuchó con paciencia y se alejó. Al día siguiente regresó y le dijo: “Hermano, recemos a la Santísima Virgen tres Ave Marías”. Aquel hombre, conmovido, las rezó y durante un poco de tiempo Fray Leopoldo pasaba por allí para rezar las tres Ave Marías.

Llegó el tiempo triste de la persecución religiosa (1930-1939), que quería acabar con la Iglesia. Conventos quemados, religiosos y monjas expulsados o asesinados. Sin un proceso legal fueron asesinados 13 obispos, más de cuatro mil sacerdotes y religiosos y cerca de trescientas religiosas. Según los historiadores, una hecatombe de estas magnitudes en el breve periodo de pocos meses, no se había conocido ni siquiera durante los tres siglos de las persecuciones romanas y ni en la misma revolución francesa. Los capuchinos españoles asesinados bárbaramente fueron un centenar. Fray Leopoldo sabía los riesgos que corría pidiendo limosna por las calles de Granada. Muchos le ahorraron porque los defendían los pobres, los cuales reconocían “es un pobre como nosotros”. Incluso los más acerbos anticlericales admiraban su mansedumbre, exclamando: “¡Si todos fueran como él!”.

Era caritativo incluso en los juicios sobre los demás excusando y justificando a todos. Decía la verdad, pero con caridad. Un día le preguntaron si consideraba santo a un compañero, que en modo alguno era ejemplar. Fray Leopoldo respondió: “Es santo a su manera”.

 4. Su caridad venía acompañada de una extraordinaria humildad. Un día nuestro Beato entró en el Café Suizo y se acercó a una mesa. Recibió insultos y golpes. Cayó por tierra. Levantándose, dijo con humildad: “Me habéis golpeado y tirado al suelo; ahora, por favor, dadme la limosna por amor de Dios”.

Toda Granada pedía oraciones y consuelo a Fray Leopoldo. La gente piadosa le decían con frecuencia: “Fray Leopoldo, rece por mí, porque Usted es un santo”. Enseguida respondía: “Santo no, no soy un santo. Santo es el hábito que llevo”.

Era enemigo de las alabanzas y rechazaba la adulación. La gente no se le acercaba solamente por su caridad, por su fama de milagrero, por sus consejos llenos de sabiduría. Lo buscaba, sobre todo, por su humildad, lo veían como un verdadero amigo de Dios y del prójimo No manchó nunca su corazón con la soberbia. No se subió nunca al pedestal de la gloria. Jamás se jactó nunca de nada. En comunidad buscaba siempre retirarse al rincón más escondido. Cuando celebró los cincuenta años de profesión, el 16 de noviembre de 1950, un periódico de Granada escribió artículos llenos de estima y de alabanza. Fray Leopoldo sufrió mucho por ello: “Qué apuro, nos hacemos religiosos para servir al Señor en el retiro y ahora nos sacan hasta en los periódicos”. No le gustaba ser fotografiado. Lo consentía sólo cuando se lo ordenaba el superior.

La humildad le permitía incluso corregir al prójimo, sobre todo a los que blasfemaban. Un día un trabajador, a penas lo vio, comenzó a blasfemar. Fray Leopoldo se acercó y le dijo: “Si quieres ofender al fraile, hazlo, pero no ofendas al Señor”. El hombre lo escuchó con mucho respeto y se avergonzó de lo que había hecho. Otro día un lechero blasfemaba cerca del Convento de la Encarnación porque se le había derramado la leche de la cántara. Fray Leopoldo se acercó al pobrecillo y le dijo que el nombre de Dios había que invocarlo solamente para alabarlo. El lechero pidió disculpas diciendo que había perdido el jornal de aquel día. El Siervo de Dios lo socorrió con el dinero recibido de la caridad, recomendándole que alabara siempre el nombre del Señor.

 5. Además del Crucifijo del Cristo del Perdón, tenía gran devoción a la Santísima Virgen con el rezo del Ave María. Las tres Ave María eran su Magnificat. Del corazón de nuestro Beato, esta oración se elevaba como una paloma hacia las blancas cumbres de Sierra Nevada hasta llegar al corazón de la Virgen María. Las tres Ave María tenían siempre la misión de cambiar el agua del dolor y de la tristeza en el vino del consuelo y de la alegría. Ante las miles de preguntas y peticiones de todo tipo, la respuesta de Fray Leopoldo no consistía en muchas palabras o en consideraciones especialmente elevadas, sino que era sencilla y concreta: querido hermano, querida hermana, reza con fe tres Ave Marías a la Divina Pastora. Fray Leopoldo tenía absoluta confianza en la eficacia de esta oración mariana. Cuando entraba en las casas saludaba siempre con el rezo de las tres Ave Marías. Dice un testigo: “Aquellas Ave Marías las rezaba con tanta piedad que me hacía pensar que valían más que los 365 rosarios que yo rezaba en un año”.

Un día, en contra de la opinión de los vecinos, entró en una casa de la Calle de la Cruz, donde vivía una mujer casada que llevaba una vida desordenada. Fray Leopoldo entró, visitó las habitaciones y sin saber quién era la mujer, le aconsejó que sirviera y amara mucho al Señor y a la Virgen María. En el momento de la despedida, la señora lo acompañó a la puerta, rogándole que volviera siempre que quisiera por su casa. Desde entonces, la señora cambió de vida. Cuando murió el Siervo de Dios, la mujer pasó toda la noche rezando, sin alejarse de allí. Decía: “Desde que entró el Siervo de Dios, en mi casa reina la paz y la serenidad”.

Un hermano, viendo que Fray Leopoldo tenía muchos rosarios ordenados encima de su mesa, le preguntó el por qué. Nuestro Beato respondió que los fieles, cuando compraban los rosarios, deseaban que un fraile los inaugurara rezando. Como en el convento él era el religioso más anciano, los hermanos le llenaban la mesa con todos aquellos rosarios. Fray Leopoldo estaba contento de poder rezar a la Virgen por las intenciones de aquellos piadosos devotos.

Se cuenta aún este hecho. Frente al convento de los capuchinos de Granada se encuentra el monumento más antiguo de España a la Inmaculada, el monumento del Triunfo. Fray Leopoldo un día escuchó que querían quitarlo de allí y llevarlo a otro lugar. Pero él temía que fuera éste el pretexto para dejar a Granada sin la protección de la Virgen. Por esto recurrió a todas las autoridades civiles y por último al alcalde de la ciudad, quien le aseguró que el traslado no se llevaría nunca a cabo. Fray Leopoldo que confiaba sobre todo en Dios y en la Virgen, al salir de su conversación con el alcalde empezó a rezar con gran fe las tres Ave Marías, seguro de que la Virgen habría oído favorablemente su deseo. Hoy, el monumento del Triunfo se encuentra todavía allí, con su bellísima fuente y con sus nuevos y floridos jardines.

 6. La caridad de Fray Leopoldo venía acompañada de dones extraordinarios y de muchas otras virtudes. Mientras vivió se le atribuyeron varias curaciones e incluso algunas profecías que más tarde se verificaron. Una de éstas está relacionada con la familia Velasco que, durante la guerra civil, había decidido irse a Madrid, a casa de unos familiares, para huir de la persecución. La noche antes de su partida, con el permiso del guardián, Fray Leopoldo salió del convento y se dirigió hacia la casa de esta familia para aconsejarles de que se quedaran: “No os vayáis, aquí estaréis seguros”. Se quedaron. Después de un tiempo supieron con gran dolor que sus familiares en Madrid habían sido asesinados todos.

Nuestro Beato rezaba mucho. A menudo se pasaba la noche entera, parte en pie y parte de rodillas, adorando al Santísimo Sacramento. A los hermanos más jóvenes les solía decir: “Hermanos, los ojos en el suelo y el corazón al cielo”.

Era alegre, sereno, afable, comprensivo, educado e ingenioso. La buena gente de Granada se le acercaba y con las tijeras, sin que él se diera cuenta, le cortaba un pedacito de la cuerda como reliquia. Al superior que se sorprendía por la continua petición de cuerdas nuevas, Fray Leopoldo le respondió: “Padre, no sé qué pasa con las cuerdas de hoy en día, al segundo lavado encogen”. Fray Leopoldo era una reliquia viva.

Un fraile se preguntaba: “¿Por qué a ti? ¿Por qué todos buscan con gran afán tu sepulcro, tus reliquias y tus estampas? Tú no eres ni alto ni gallardo, no eres robusto ni arrogante, ni rico ni elocuente, ni culto… ¿Por qué?”. Y la respuesta a esta pregunta era: “Tu eres sencillamente un faro de Dios para los hombres”.

El Beato Leopoldo era un hombre de Dios, humilde, bueno y caritativo, como el padre misericordioso del hijo pródigo del Evangelio de hoy. La Iglesia, cuando habla de bondad no enseña una idea abstracta del bien, sino que ofrece ejemplos concretos de mujeres y de hombres buenos, en los que se puede contemplar el esplendor de la bondad. Fray Leopoldo era un hombre justo que, irradiando caridad y humildad, hacía posible una convivencia más humana en la Granada de su tiempo. Con su oración rogaba a Dios que visitara a su pueblo, atrayendo de esta manera la abundancia de las gracias celestiales.

Los santos son el valor añadido de nuestra civilización. Nuestro Beato es una señal luminosa de la protección divina sobre la humanidad necesitada de consuelo y de esperanza. Sin los santos una ciudad es como un cielo sin sol y una noche sin estrellas. Los santos oxigenan la atmósfera de nuestra tierra con el perfume de su caridad.

Como los artistas que trabajan el mármol, quitando lo superficial para que emerja la estatua, de igual manera los santos, como los artistas de la belleza de Dios, quitan de su propia humanidad lo que es superficial e inútil, para hacer surgir la esencia y la perfección misma de Dios. Fray Leopoldo era el artista de Dios. Manteniendo la mirada fija en la bondad y en la verdad de Dios, transfiguró su propia humanidad enriqueciéndola de belleza sobrenatural.

En este día de fiesta, rogamos al Beato limosnero, que continúe protegiendo la ciudad de Granada, sus habitantes y a todos los fieles que recurren a su intercesión. Pero sobre todo, imitemos de él la caridad y la bondad, perdonando, edificando y beneficiando a nuestro prójimo. Para los santos no hay buenos ni malos, ni ricos ni pobres, ni de derecha ni de izquierdas. Para ellos todos son hijos de Dios. Los santos no dividen, sino que unen, no juzgan sino que perdonan, no odian sino que aman.

Se dice que el Señor había revestido a Granada de tanta belleza que incluso las estrellas del cielo se detienen para admirarla. Hoy las estrellas se han parado para admirar sobre todo la gloria de nuestro Bienaventurado Hermano Limosnero.

Autor polaco explica por qué cree que Juan Pablo II es santo

El postulador de la causa de beatificación del venerable Papa Juan Pablo II, P. Slawomir Oder, presentó hoy su nuevo libro sobre este recordado Pontífice titulado “Por qué es santo“, en el que explica las razones que considera deben llevar al Papa peregrino a los altares.

Este nuevo volumen, presentado también por el Prefecto Emérito de la Congregación para las Causas de los Santos, Cardenal José Saraiva, ha contado la colaboración del periodista Saverio Gaeta y ha sido editado por Rizzoli. En su primera edición tiene un tiraje de 30 mil copias.

“Por qué es santo” ha sido elaborado con la información de los 114 testimonios recogidos en la investigación diocesana de la causa de beatificación y que muestran un poco más la vida de Juan Pablo II.

En declaraciones a Radio Vaticano, el P. Oder comenta que el Papa peregrino es “un hombre absolutamente enamorado de Dios. Un hombre que ha pasado toda su vida en clave de amistad espiritual con el Señor. Un hombre que ha vivido intensamente este relación espiritual, que tal vez ha sido más intensa por el hecho de que desde niño estuvo privado de las referencias de los afectos humanos”.

“Toda la intensidad de su riqueza humana, porque era un hombre verdadero, está en su búsqueda de la relación con Cristo“, añade el P. Oder.

En el libro se aprecia un texto en el que el Papa puso por escrito su voluntad de renunciar al Pontificado en caso de padecer una “enfermedad incurable” que le impidiera “ejercitar suficientemente las funciones del ministerio cetrino”. En otra carta de 1994, Juan Pablo II señalaba que, “después de haber rezado y reflexionado mucho” había considerado el deber de “seguir las disposiciones y el ejemplo de Pablo VI, quien, planteándose el mismo problema, juzgó que no podía renunciar al mandato apostólico sino en presencia de una enfermedad incurable o de un impedimento tal que obstaculizara el ejercicio de las funciones del sucesor de Pedro”.

El texto también se refiere a una carta abierta del Papa peregrino a Ali Agca, fechada el 11 de septiembre de 1981, escrita en polaco e incompleta. Al respecto Saverio Gaeta comenta que “ya en la ambulancia había comenzado esta invocación personal ante el propio agresor y quería reconfirmarla –a cinco meses de distancia– mostrando, entonces que no era un acto instintivo y emotivo aquel hecho en la ambulancia y luego de algunos días pronunciado en el (policlínico) Gemelli”.

Gaeta continúa: el Papa “quería que esto fuera un gesto meditado y convencido para documentar cómo el perdón cristiano hace parte de la experiencia total de la fe y del amor, subrayando que también un gesto así de terrible, el atentado, no debía hacer que el hombre se enfrente al hombre”.

El libro también relata que antes de este atentado, el servicio secreto italiano había informado a las autoridades del Vaticano el plan de las llamadas “Brigadas rojas” para secuestrar al Papa. Además se cuenta las penitencias del Santo Padre en Cuaresma y la práctica del Vía Crucis todos los viernes. El P. Oder da cuenta que Juan Pablo II “se infligía al propio cuerpo diversas mortificaciones” con un “cinturón particular”.

La santidad del Papa, retoma Saverio Gaeta, también podría apreciarse en la vida diaria: “para Juan Pablo II la santidad era realmente algo que aparecía en todos los momentos de la cotidianidad, con la que la santidad era hacer la broma justa en el momento justo, o hincarse en oración luego de haberse lavado las manos antes de celebrar la Santa Misa, y caer verdaderamente en el misticismo más puro en la total ausencia del tiempo y de lo que sucedía en torno a él”.

“Podemos decir con una broma –que es una que cuento al inicio del libro– un episodio en el que responde a una hermana que lo veía un poco demacrado: ‘estoy preocupada por vuestra Santidad’ a lo que respondía con amabilidad: ‘también yo estoy preocupado por mi santidad’. Era una broma simpática, que dicha así de pronto hace comprender cuánto el Papa tenía esto claro en todo momento de la jornada y en toda situación“, concluye Gaeta

El domingo será beatificado el héroe de los mutilados

Don Carlo Gnocchi dio su vida por heridos y discapacitados
 La plaza de la Catedral, en Milan, será el escenario de la beatificación del sacerdote Carlo Gnocchi (1902- 1956), inspirador de la fundación que lleva su nombre y que presta su servicio en 28 centros en Italia a hombres y mujeres discapacitados, ancianos, enfermos de cáncer y personas en estado vegetativo.
La ceremonia se celebrará a las 10 de la mañana y estará presidida por el arzobispo de Milán, el cardenal Dionigi Tettamanzi, y contará con la presencia del arzobispo Angelo Amato, prefecto de la Congregación para la causa de los Santos y enviado para esta ceremonia por el Papa Benedicto XVI.
Don Car lo es recordado como un héroe de la solidaridad con las víctimas de la segunda guerra mundial. Lo llamaban “padre de los mutilados” y de los huérfanos de los combatientes, debido a que el centro creado por él atendía la rehabilitación de quienes habían sufrido físicamente las consecuencias de la guerra.
Sus palabras cobran una inmensa actualidad en el siglo XXI: “Antes que la crisis política o económica hay una profunda crisis moral, más aún, una crisis metafísica. Como tal afecta a todos los pueblos porque toca al hombre y a su problema existencial”, escribía en 1946.
El postulador para la beatificación de don Carlo, el padre Rodolfo Cosimo Meoli F.S.C, quien explicó cómo si vida sigue haciendo eco en el tiempo actual.

–¿Cómo fue la infancia de don Carlo?
–Padre Rod olfo Cosimo: Estuvo atravesada por grandes luchas. Su padre murió en 1907, cuando Carlo tenía sólo 5 años. Dos años más tarde murió su hermano Mario de meningitis. Su hermano mayor Andrea también falleció de tuberculosis. Carlo se quedó sólo con su madre Clementina Pasta. Fue una mujer valiente y, a pesar de que tuvo que vivir en condiciones muy difíciles, no sólo no perdió la fe en Dios sino que llegó a orar de esta manera: “Dos hijos míos los he perdido Señor; el tercero te lo ofrezco para que tú lo bendigas y lo conserves a tu servicio”.

–En medio de estas circunstancias, ¿cómo se dio cuenta de su llamado al sacerdocio?
–Padre Rodolfo Cosimo: Su madre desempeñó un papel fundamental. La gracia de Dios y la participación en las actividades parroquiales hicieron lo demás. Supo resp onder a las inspiraciones de la gracia. Don Carlo dio siempre amplias pruebas de ello durante toda su vida.

–¿Cuáles fueron sus principales virtudes?
–Padre Rodolfo Cosimo: Más que virtudes, yo hablaría de “la virtud”: la caridad, sobre la que recaen las demás. También la nobleza. Caridad hecha acción, ternura, compasión, acogida, disponibilidad…

–Siendo ya sacerdote, creó la fundación “Pro Juventud”, hoy conocida legalmente en Italia como la fundación Don Carlo Gnocchi Onlus. ¿Cómo fue esta inspiración?
–Padre Rodolfo Cosimo: En la guerra fue capellán voluntario. “¡Un sacerdote no puede no estar donde se muere!”, decía.
Después, la trágica experiencia de la retirada de Rusia, hizo madurar en él el plan concreto de ofrecer asistencia a los huérfanos de los alpinsitas y de otras muchas pequeñas víctimas inocentes de los conflictos bélicos: “Deseo y pido al Señor una sola cosa: servir todos los días de mi vida a sus pobres. Es esta mi ‘carrera'”. escribía a su primo. La primera institución creada por él se denominaba “Pro infancia mutilada”(1947), la cual se convirtió luego en la “Fundación pro Juventud” en 1952.

–En la actualidad, ¿cuál es la misión de esta fundación?
–Padre Rodolfo Cosimo: La obra surge con el fin de socorrer a los “Mutilados de la guerra”. Luego, con el pasar de los años y sobretodo con la gradual desaparición de los mutilados, la obra de don Carlo ha ampliado progresivamente las actividades asistenciales.
Hoy los centros de la fundación acogen pacientes con diferentes formas de discapacidad, pacientes que tienen necesi dad de intervenciones quirúrgicas y tratamientos de rehabilitación. Ancianos que no son autosuficientes y enfermos de cáncer en fase terminal.

–¿Cómo cree que el testimonio de don Carlo puede iluminar a los sacerdotes en este año dedicado especialmente a ellos?
–Padre Rodolfo Cosimo: Supo interpretar de manera superlativa su vocación: la de ser luz y apoyo, fuerza y esperanza para todos los que encontraba. Su vida se consumó por el bien de los demás. Fue un alter Christus, algo que todo sacerdote, de ayer, de hoy y de siempre, está llamado a vivir. Yo aconsejaría a todos la lectura meditada de sus escritos y de sus cartas.

–¿Por qué es importante su testimonio para el siglo XXI y para la defensa de la dignidad humana?
–Padre Rodolfo Cosimo: Don Carlo es el rostro moderno de la santidad. Ha puesto en el centro de su acci&oa cute;n al hombre, los hombres, todos los hombres, la fuerza vital del amor, el sueño de la fraternidad y de la solidaridad universal, sin prejuicios ni excepciones.

Juan Pablo II hace 31 años – Mientras esperamos anhelantes su próxima beatificación

Pasadas las seis y media de la tarde del lunes 16 de octubre de 1978, la chimenea de la Capilla Sixtina expandió el esperado humo blanca, la “fumatta bianca”. La Iglesia católica vivía una orfandad especialmente dolorosa. Los cardenales y con ellos toda la Iglesia habían vuelto al cónclave en apenas medio y mes.

La esperanza llamada Juan Pablo I se había evaporado en tan solo treinta y tres días. ¿Se había evaporado? ¿O había pasado al cielo, la patria y el destino definitivos de los miembros de la Iglesia y de la humanidad? Juan Pablo I, el cardenal Albino Luciani, había sustituido al Papa Pablo VI tras algo más de quince años apasionantes, apasionados, valerosos, hermosos, complejos y difíciles. Pero Juan Pablo I pasaba fugaz, apenas Pedro, apenas una permanente sonrisa de esperanza, de bondad y de sencillez evangélica.

¿Qué iba a ocurrir en el nuevo cónclave? Pasadas las seis y media de la tarde del lunes 16 de octubre de 1978, surgía la sorpresa mayúscula, la excepcionalidad, la extraordinaria elección de un joven y desconocido cardenal polaco: Karol Wojtyla, quien tomó el nombre de Juan Pablo II y quien siguió haciendo historia. Tras cerca de veintisiete en la cátedra de Pedro, tras más de un cuarto de siglo inolvidable llegó la pascua para Juan Pablo II.

Hoy damos gracias a Dios por aquel 16 de octubre de 1978. Hoy rezamos por la pronta glorificación del siervo de Dios Juan Pablo II, el Papa de todos Hoy evocamos su figura, su ministerio, su tránsito.

Cardenales reconocen un milagro atribuido a la intercesión de un periodista

Paso decisivo para la beatificación de Manuel Lozano Garrido

La comisión de cardenales de la Congregación para el Culto Divino ha reconocido este martes un milagro atribuido a la intercesión de Manuel Lozano Garrido, conocido como “Lolo”, miembro de la Acción Católica, periodista a pesar de que quedó paralítico y al final de su vida ciego.
Se trata de un paso decisivo en su proceso de beatificación, pues ahora sólo queda que Benedicto XVI apruebe la promulgación del decreto de reconocimiento del milagro para que el “periodista en silla de ruedas” pueda ser elevado a la gloria de los altares.
El mismo Papa reconoció sus virtudes heroicas con un decreto del 7 de diciembre de 2007, en el que le declaraba “venerable” y en el que reconocía: “la enfermedad era la causa de su santificación, el sufrimiento era su cátedra”.
El caso sometido a estudio es el de un niño de dos años, enfermo de sarampión, cuya enfermedad empeoró tanto que degeneró rápidamente en peritonitis, según ha revelado a ZENIT el postulador de la causa de beatificación, el padre Rafael Higueras.
Fue intervenido, pero a los pocos días la enfermedad volvió a evolucionar de forma negativa en íleo paralítico por lo que precisó una nueva intervención, extirpándole más de veinte centímetros del peritoneo, a pesar de su corta edad. La gravedad aumentó hasta producirse cólico fecaloideo.
El padre Higueras revela que “el niño había pasado de catorce kilos de peso a siete y no respondía a los fortísimos tratamientos antibióticos. Entonces, se produjo un episodio de septicemia por pseudomonas. Lo único razonable era la muerte inminente. En los momentos de más peligro, se le colocó el crucifijo de Lolo bajo la almohada y se produjo la curación”.
Este caso ya ha sido estudiado y aprobado por la comisión científica de médicos de la Congregación para las Causas de los Santos y un mes después por teólogos de la misma institución vaticana.

 

Periodista y místico
Lolo nació en Linares (España) en 1920 y murió en la misma ciudad el 3 de noviembre de 1971. En su juventud se inscribió en la Acción Católica, donde fue miembro activo, siendo elegido para diversos cargos directivos.
Higueras rec uerda que “ya entonces comienza en él a arraigarse el amor por la Eucaristía y por María, que le marcaría en toda su vida”.
A los 16 años, en plena persecución religiosa en España, fue elegido para llevar clandestinamente la comunión. Por este motivo fue encarcelado. Entre las dichas más grandes de su vida recordaba la de haber transcurrido la noche del Jueves Santo, junto con otros presos, en adoración al Santísimo Sacramento, porque su hermana pequeña, Lucy, se lo pudo pasar escondido en un ramo de flores.
“Pero desde su adolescencia la vocación de Lolo era el periodismo”, reconoce el padre Higueras. Cuando la enfermedad y la invalidez total cambian su vida, desde su sillón de ruedas se convierte en escritor y periodista fecundo: nueve libros y cientos de artículos de prensa, “que son para él el cauce de su afán evangelizador”.
“Su casa se convierte en centro de orientación, de alegría y de vocación para muchísimos jóvenes, y en centro de apostolado entre los enfermos: con monasterios de contemplativos y enfermos incurables funda la obra pía Sinaí, grupos de oración de religiosas contemplativas y enfermos que rezan por los católicos comprometidos en los medios de comunicación.
Quedó inválido, en silla de ruedas más de 28 años y los últimos nueve, al final de la vida, ciego. Gracias a un movimiento diminuto, con el dedo pulgar, podía accionar el mando de un magnetofón en el que dictaba sus libros y pensamientos, que luego Lucy, su hermana y secretaria, trascribía.
Según el postulador, “la figura de este sencillo hombre de Dios es un faro potente para jóvenes que buscan luz en su camino; para periodistas y escritores que quieran poner el Evangelio en el enfoque de sus trabajos; para los seglares que pueden ver cómo la vida sencilla del trabajo ordinario de cada día puede ser cauce de santificación, con la fuerza de la Eucaristía y la ayuda de Santa María; para los enfermos que sufren: pueden mirar en él un enfermo que hace de su dolor un camino de santificación y apostolado; para la Acción Católica que se puede alegrar de tantos frutos maduros como en sus filas crecieron y se santificaron”.
El postulador explica que Lolo era un auténtico místico. “Sólo de un hombre, que vive en Dios y que vive de Dios, pueden salir los preciosos renglones de apasionado joven y ardiente escritor movido por la fe y por el evangelio de Jesús”.
“La Santa Madre Iglesia podrá sentirse feliz de presentar al mundo hijos maduros como Lolo: que es joven entre l os jóvenes, alegre por encima del dolor; que es enfermo, que toma su cruz y se siente gozoso de estar, como María, a los pies de Jesús crucificado; seglar que vive su Bautismo con exigencia apostólica; escritor y periodista que supera sus limitaciones grandísimas con la ilusión de contagiar su fe, su alegría y su esperanza”.