Más sobre Ágora: “Amenábar engaña tanto que hace de la película un panfleto político”

Amenábar ha hecho una nueva película, Ágora, que se caracteriza por la deformación de los hechos, es decir, el engaño, para ajustarlo a su discurso ateo y anticristiano. Él mismo se confiesa en la multitud de entrevistas que ha dado en la campaña promocional de su nueva película como ateo, con un añadido, su ostentación de la condición de homosexual, que es algo así como si Clint Eastwood tuviera necesidad de explicar cada vez que lo entrevistan que él es un hetero militante.

Cartel promocional

Todas las entrevistas están, lógicamente, pensadas a mayor gloria del director y su película. Entra dentro de las reglas del juego, por algo son pura promoción comercial donde el género periodístico substituye a la publicidad pura y dura. A pesar de ello, y del cuidado de los entrevistadores, siempre atentos al obligado panegírico, el director manifiesta unos caracteres curiosos, por decirlo de alguna manera.
 
Porque curioso es su sentido de culpa, que le lleva a declarar “no lo puedo remediar. En los aeropuertos siempre tengo la sospecha de que me van a detener en cualquier momento por lo que sea”. Él lo atribuye a un miedo a la “Autoridad” que constituye en su imaginario un valor abstracto y omnipresente. Bromas que gasta la propia conciencia.
 
No se cansa de declarar que en su nueva obra es fiel a los hechos históricos. Como pienso que es una persona razonablemente culta, que ha preparado su película, entonces solo me queda concluir que engaña, miente, o quizás se engaña a sí mismo, porque lo que plantea Ágora no tiene nada que ver con la realidad de lo que sucedió.
 
Esta no es la historia de Hipatia ni muchos menos de las relaciones entre neoplatónicos y cristianos en Alejandría. Su verdadera intención aflora porque tantas entrevistas y tan extensas obligan a hablar. Por ejemplo, cuando afirma que su intención real es denunciar los que utilizan la violencia como argumento, como hacen -dice- los etarras y los terroristas islámicos.
 
Claro, y por eso acude a un hecho de hace más de 1600 años, metiendo a los cristianos por en medio. En realidad, su intención es maniquea y no puede ocultarla “imaginé aquella lucha entre los paganos y los cristianos viejos –que ni fue exactamente tal, ni entonces existían viejos cristianos- como si fuera nuestra guerra civil” Está claro ¿no?A pesar de estos deslices, reitera lo que la necesidad comercial le ha marcado, especialmente pensando en un mercado que se le resiste como es el norteamericano, muy sensible a los panfletos anticristianos. “He insistido mucho en que la película no va contra los cristianos, sino contra los que utilizan la fuerza para defender sus ideas”.
 
Lástima que teniendo ejemplos tan categóricos y próximos, como Stalin y Lenin, Hitler, Mao, Pol Pot, o quizás para hacer una producción de ambiente histórico, los tiempos de terror de la Revolución Francesa, o el primer genocidio de La Vendée, tenga que acudir a una de las múltiples revueltas que sucedieron en la cosmopolita ciudad de Alejandría en el periodo inicial del cristianismo, y las pugnas políticas que entre los diversos grupos se produjeron. Unos hechos que mal representan la tesis que dice querer contar: unos violentos que masacran a unos pacíficos, benevolentes y cultos racionalistas.
 
La evidencia de su desconocimiento o voluntad de traicionar la realidad se manifiesta en pretensiones como la de afirmar que el cine no ha contado mucho el cambio del mundo antiguo al medieval, cuando este es uno de los temas que han registrado, con obras mediocres y buenas, una notable producción cinematográfica.
 
Pero sobre todo lo que debe ser subrayado es que no deja de ser curioso que, cuando lo que caracteriza los cuatro primeros siglos de la historia cristiana es la persecución en ocasiones terrible que éstos reciben, se vaya a fijar en un hecho aislado que además ha sido reiteradamente utilizado, también falsamente, en la historia por el ateísmo agresivo y la masonería.Se ha intentado convertir  a una matemática y astrónoma, Hipatia, en un símbolo de la razón contra el oscurantismo cristiano. Pero en este caso, a diferencia de otros, la evidencia de los hechos es tan grande que el éxito no ha acompañado al propósito histórico. En este caso la leyenda negra no ha llegado a cuajar.
 
En otras palabras, Amenábar utiliza como guión uno de los panfletos editados en el siglo XIX. Para ello, claro está, ha contado con 50 millones de euros, algo insólito para un director español, y es que cuando se trata de pegarle leña a la Iglesia está visto que el dinero nunca escasea.Presentar a la mujer en el ámbito de lo que fue la sociedad pagana, en unas condiciones de emancipación como las que caracterizan a Hipatia, resultaría absolutamente incomprensible si no se advierte al mismo tiempo que es el creciente desarrollo del cristianismo y su concepción de igual dignidad de hombre y mujer que lo hacen posible. El paganismo, los clásicos griegos y romanos, confieren a la mujer un papel subalterno y esencialmente doméstico y para nada vinculado a las instituciones públicas, excepto en determinados y específicos cultos religiosos. Es decir, Hipatia es el resultado de la evolución de una sociedad influenciada de manera creciente por el cristianismo. Esto nuestro director de cine lo escamotea.Asimismo, de la misma manera que Amenábar presenta a Hipatia es necesario recordar otras figuras de mujeres filósofas o escritoras, como Eudocia, nacida en una familia pagana como Atenais y convertida luego al cristianismo. La presencia pública de mujeres en una sociedad que se estaba cristianizando solo se explica por este último hecho, lo cual contradice frontalmente lo que Amenábar nos relata. Como lo hace el querer presentar el paganismo, el propio neoplatonismo, como una fuente de razón y de luz. Qué duda cabe que Platón, como otros clásicos, hizo importantes aportaciones a la filosofía, pero lo que conocemos como bueno de ellas está pasado por el tamiz de la interpretación y, en muchos casos, como el de San Agustín, la recreación cristiana.El platonismo completo, a palo seco y sin matices, sería algo inasumible para una mente ilustrada y quien lo dude solamente debe interesarse por La República. La idea de una confrontación brutal entre cristianos y paganos también está falseada absolutamente. En el imperio de Bizancio y en Alejandría en particular se produjeron en los siglos IV y V numerosas algaradas fruto de las tensiones entre las distintas corrientes políticas y de los propios cristianos. Murió Hipatia pero también murieron obispos antes que ella. Fue un periodo de fuertes pugnas políticas. Esto es tan evidente que las relaciones entre los pensadores cristianos y paganos fueron en general, buenas. En realidad, muchos pertenecían a las mismas familias. La propia Hipatia tuvo entre sus alumnos a cristianos y paganos, y actuó como asesora áulica del gobierno de su ciudad.Y la constatación de todo esto, de que el asesinato de Hipatia fue el fruto de un grupo y de una algarada y no el resultado de una confrontación “entre lo cristiano y lo pagano”, es tan evidente como el hecho de que la escuela platónica de Alejandría continuó funcionando con normalidad durante más de 200 años después de su muerte.  Y, sobre todo, la premisa mayor: los que persiguieron masivamente, reprimieron, torturaron y mataron fueron los paganos a los cristianos en nombre del paganismo y de razones que hoy nos parecen brutalmente irracionales, como lo constatan las propias actas de los juicios romanos.Amenábar engaña tanto, miente tanto con sus imágenes y argumento, que hace de la película más cara rodada en España un panfleto político.

 

 

Amenábar ha desvirtuado la historia de Hipatia para reforzar el sentimiento antirreligioso

La última película de Amenábar, ambientada en el Egipto de los siglos IV y V, habla de la intolerancia y el lastre que las religiones suponen para el desarrollo de las ciencias y el progreso, a la vez que muestra a Hipatia, su protagonista, como un nuevo estandarte de `laicidad santa´. Un contexto histórico deformado, para abordar los temas culturales que a Amenabar le interesa difundir. Así lo han explicado, profesores de la Universidad Complutense y el CEU, que, a propósito de ‘Àgora´, han analizado el marco histórico y el mensaje del film en una mesa redonda organizada por la Universidad CEU San Pablo, titulada ‘La verdadera historia de Hipatia’.

Hipólito Sanchiz, Alejandro Rodríguez de la Peña, Miguel Herrero y Juan Orellana.

• El film habla de la intolerancia y el lastre que las religiones suponen para el desarrollo de las ciencias y el progreso, a la vez que muestra a Hipatia, su protagonista, como un nuevo estandarte de `laicidad santa´ según han comentado los participantes de la mesa redonda organizada por el CEU

• La figura de San Cirilo es una de las que más se perjudica en la película, retratado como un personaje tosco, “siendo en realidad uno de los teólogos más sabios de la Iglesia, que aplica las categorías neoplatónicas al concepto de la Trinidad, que se debate posteriormente en dos concilios”, explica el profesor de la Complutense Miguel Herrero El profesor de narrativa audiovisual de la Universidad CEU San Pablo, Juan Orellana, ha comentado que el director madrileño “muestra un retrato de Hipatia llena de virtudes, que se identifican con la antropología cristiana, es bondadosa, tolerante,  prudente, gentil con los esclavos, ama y busca la verdad, incluso una  virgen consagrada al estudio de la Ciencia. Y además, se le representa en oposición a un cristianismo corrupto. Es una santa laica, que muere mártir del fanatismo religioso”.Lo que presenta la filmación, a juicio del ponente, es la supuesta contraposición entre un ámbito de la razón, representado por Hipatia y sus clases, como templo de la cultura y el respeto, frente al escenario de las revueltas callejeras de los fanáticos religiosos. “Se muestra la imagen de una religión que detesta la Ciencia como si fuera el enemigo”, asiente Orellana. “Con la película no se pretende cambiar la concepción que el espectador tiene de un hecho histórico del pasado, sino lo que interesa es que el público emita un juicio sobre realidades del presente” ha apuntado el profesor de Narrativa. Así, “el cineasta propone su propia filosofía de la Historia, y digo Historia con minúsculas”. De tal forma que el espectador puede concluir “qué desgracia para los hombres que hayan existido las religiones”.Ha explicado Orellana, que, pese a ser un indiscutible profesional, el cineasta está perdiendo oportunidades de hacer buen cine a costa de difundir ideales culturales que a él le interesan, como se ha hecho patente en `Mar abierto´. Así, “la película tiene un eje trasversal feminista, ya que se le atribuyen a Hipatia, personaje histórico del SVI, notas reivindicativas del S.XX.”, comenta. Así, la versión de la historia de Hipatia que propone Amenábar induce a un choque irremediable entre la fe y la razón, confundiendo con la “fe” a la superstición, y entendiendo por “razón” sólo el concepto que se identifica con su vertiente más positivista y matemática.Se da una imagen sesgada, falsa y difícil de creer si se recuerda la obra de San Cirilo y la aportación de la Iglesia Católica a lo largo de los siglos para el desarrollo de las Artes y las ciencias. “Sólo hay que repasar el pontificado de Benedicto XVI, y su encíclica `Fides et Ratio´”, comenta.En cuanto a la representación del contexto histórico que realiza el film, el académico y profesor de Filología Griega de la Universidad Complutense de Madrid, Miguel Herrero, ha destacado que la imagen que aparece de la iglesia de Clemente y Cirilo, es justamente “opuesta a la real”. Así, la Iglesia de Alejandría que se muestra en la película es una Iglesia que interpreta la Escritura al pie de la letra, cuando Alejandría era justo un claro estandarte de conciliación entre fe y razón. “Este enfoque niega la variedad del cristianismo del momento”, comenta el profesor.Así, la figura de San Cirilo es una de las que más se perjudica en la película, retratado como un personaje tosco, “siendo en realidad uno de los teólogos más sabios de la Iglesia, que aplica las categorías neoplatónicas al concepto de la Trinidad, que se debate posteriormente en dos concilios”, explica el profesor de la Complutense.Otros detalles, como la edad verdadera de Hipatia en el momento de su asesinato, no reflejan la realidad, ya que se calcula que la letrada rondaría por aquel momento los cincuenta años, afirma el profesor Miguel Herrero. Así, se presenta la Alejandría de los siglos III, IV y V como la cuna de la cultura pagana, atribuyendo el progreso como propiedad exclusiva de éstos, y siendo los cristianos un componente que promovió la rebelión, comenta Hipólito Sanchiz, profesor Historia de la Universidad CEU San Pablo. Por el contrario, “en el momento histórico al que se remite la película finalizan cincuenta años de anarquía militar, de hecho, en el mismo siglo IV son asesinados dos obispos”.En cuanto a las fuentes literarias fiables que existen sobre la muerte de Hipatia, declara Alejandro Rodríguez de la Peña, profesor Historia Medieval de la CEU USP, “son escasas y difusas”. El profesor destaca que la obra más fiable de las dos más cercanas en al tiempo de Hipatia, apelando a un profesor de la Universidad de Harvard, es la de Sócrates el eclesiástico, escritor católico, y la otra es la crónica del arriano Filostorbio, que apuntaba incluso que la filósofa había sido bautizada al arrianismo.

 

 

ÁGORA

Imagínense que hay que explicar con una película la realidad de Norteamérica a alguien que no sabe nada de historia, de culturas. Y para explicarle cómo es América le enseñamos unos planos de unas familias japonesas, entrañables.

Luego aparece un avión donde sale un piloto con cara de bruto mascando chicle, y con fotos de playmates pegadas en el salpicadero. Por último vemos cómo ese avión lanza la bomba atómica sobre la ciudad de esas amables familias japonesas. Una vez terminado el cortometraje, se le dice al ignorante espectador: “Ya ves, esto es América”.

Hiroshima existió. Nadie lo duda. Nadie se alegra. Pero el juicio sobre los americanos que se deduce de ese film, ¿es justo? Es una mentira. Aunque Hiroshima sea una verdad.

  Imagen de la película Ágora  
 
Imagen de la película Ágora

Esto mismo es lo que sucede con la última película de Amenábar, Ágora: unas bases históricas reales, muchísimo maquillaje y caricatura históricos, para llegar a unas conclusiones completamente equivocadas.

Amenábar vuelve a demostrar que es un grande en el oficio de dirigir películas. Otra cosa es que él decida someter su genio a los imperativos del pensamiento único.

Lo más interesante es que Ágora no aparenta ser una película hecha en la era digital, sino que parece que todo decorado es real. La dirección artística es soberbia, y Rachel Weisz hace de Hipatia un personaje memorable.

La película es solemne, minuciosa, con un trabajo del sonido espectacular y con unos guiños cosmológicos muy brillantes. Hay mucho cine dentro de Ágora, y por ello es muy fastidioso ver cómo el guión va estropeando la película a medida que avanza.

 

¿UNA PELÍCULA CONTRA LA INTOLERANCIA?

Ágora es presentada por Amenábar como un film contra la intolerancia. Pero es necesario analizar el marco elegido por el cineasta para su alegato.

El contexto histórico son unos hechos luctuosos perpetrados por cristianos y paganos desmadrados entre los siglos IV y V en Alejandría. Según el historiador de la Iglesia Hubert Jedin, “el suceso más deplorable en el enfrentamiento entre el paganismo y el cristianismo en Egipto fue la muerte de la filósofa pagana Hipatia, que en 415 fue atrozmente asesinada, tras haber sufrido graves injurias, por una chusma fanatizada” (1).

Amenábar carga las tintas, descontextualiza y simplifica al máximo ciertos personajes como San Cirilo o Amonio. Aquellos hechos reprobables se sitúan, por tanto, en el contexto de la confrontación de dos cosmovisiones, de dos culturas, la pagana y la cristiana, y es ahí precisamente donde Amenábar quiere aprovechar para proponer su propia filosofía de la historia: si el paganismo fue luz, el cristianismo es oscuridad; si el paganismo fue progreso, el cristianismo supuso una marcha atrás en la cultura, en la civilización, en la filosofía y en la ciencia.

No es una metáfora caprichosa: en Ágora, los paganos visten de blanco (Hipatia), y los cristianos de gris o de negro (Amonio, Cirilo). A este esquema bipolar, Amenábar añade a lo largo del film una vuelta de tuerca: lo malo no es en realidad el cristianismo, sino cualquier concepción teológica. Ya sean los dioses paganos o el Dios cristiano y judío: la religión oscurece la razón, desprecia a la filosofía y frena la ciencia y el progreso. Frente al escepticismo que genera ver tanta guerra de religión en un kilómetro cuadrado, Hipatia declara: “Yo creo en la Filosofía”.

 

EL CRISTIANISMO COMO VERDUGO DE LA CULTURA

  Alejandro Amenábar en un momento del rodaje  
 
Alejandro Amenábar y Rachel Weisz en un momento del rodaje

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Y ahí reside la relevancia de Ágora, que bajo el envoltorio de una película histórica, propone un juicio muy negativo sobre el valor actual de las religiones en general y del cristianismo en particular. Desmentir esa afirmación precisaría de una biblioteca como la de Alejandría, para documentar someramente lo que el cristianismo ha aportado al progreso de la cultura, del arte, de la ciencia, del derecho, de la filosofía, de la política, de las relaciones internacionales…

Pero dicha biblioteca sería insuficiente para ilustrar lo que el cristianismo ha supuesto para el “progreso” personal de millones y millones de hombres y mujeres concretos a lo largo del mundo y de la historia: el “progreso” que viene de encontrarse con Jesús, que promete sin rubor satisfacer los deseos del corazón del hombre.

Esto en Ágora no se intuye ni de lejos. Los cristianos que aparecen son bárbaros, fanáticos, misóginos, violentos y muy visionarios. Y los dos “buenos” cristianos que vemos, Sinesio y Davo, se van contaminando a lo largo del film del oscurantismo circundante.

  Imagen de la película Ágora  
 
Imagen de la película Ágora

Quien encarna las características de una antropología cristiana –caridad, benevolencia, serenidad, tolerancia, insobornabilidad, castidad, fraternidad universal, igualdad– es la pagana Hipatia, un personaje que Amenábar vuelve fascinante, ideal de virtud, y dechado de inteligencia y humanidad. Hipatia se propone como una santa laica de las que tanto están de moda.

Un primer argumento a favor del “retroceso” cristiano que se puede desprender de Ágora es el de la inmoralidad de aquel grupo de cristianos pendencieros, que aparecen capitaneados por un san Cirilo cruel y maquiavélico.

Ciertamente hay muchos episodios en la historia de la Iglesia por los que un cristiano no se siente orgulloso. Así ha sido siempre y así será, porque la Iglesia la forman pecadores. Incluso los Papas han pedido a veces perdón por errores del pasado.

La conciencia del mal y del pecado es tan clara en el seno de la Iglesia que esta instituyó en sus mismos orígenes el sacramento de la penitencia y del perdón. Que se sepa ninguna organización, asociación o partido cuenta con una institución como la confesión, con lo que quizá habría que concluir que nadie como los cristianos tiene tanta conciencia del propio pecado.

 FE CONTRA RAZÓN

Más importante en Ágora es el conflicto soterrado –¿incompatibilidad?– que plantea entre razón y fe, entre ciencia y religión. No este el lugar tampoco para explicar y aclarar que la fe es la amiga más fiel de la razón, que lo que Amenábar y tantos otros llaman fe, no es más que una superstición visionaria y esclerótica que nada tiene que ver con el cristianismo. Bastaría con que leyeran algo, por ejemplo la Fides et ratio, para comprender que la fe no es enemiga ni de la ciencia, ni del progreso, ni mucho menos de la razón.

Siempre habrá energúmenos entre las filas de los creyentes, pero que sólo son representativos de su propia equivocación. En este sentido, el magnífico homenaje que Amenábar brinda en este film a la ciencia antigua, y muy en especial a la astronomía, es un homenaje a la razón que cualquier espectador cristiano disfrutará como propio, aunque Amenábar parezca querer oponerlo a los intereses “reducidos” de los cristianos (2).

Por todas estas razones es imposible que un cristiano pueda sentirse históricamente reconocido en la propuesta cinematográfica de Amenábar, muy lastrada por tópicos, prejuicios, esquemas ideológicos y leyendas negras.

 NOTAS

(1) Hubert Jedin, Manual de Historia de la Iglesia, vol. II, Herder, Barcelona, 1990, p. 259.
(2) No hay que olvidar que una figura de la talla intelectual de San Agustín es contemporáneo de Hipatia. Ni que el siguiente paso de gigante en la astronomía fue obra de Nicolás Copérnico en el siglo XV, dentro de una cultura de matriz cristiana. Los que creen que la ciencia se interrumpió durante los “oscuros siglos medievales” harían bien en informarse sobre Robert Grosseteste, Alberto Magno, Roger Bacon, Jean Buridan, Nicolás Oresme…

 

Amenabar, y sus mentiras.

 “Película Ágora, de Amenabar”

artículo de jesús trillo figueroa, abogado del estado.

 El cine es un maravilloso medio para contar la Historia, pero tiene sus limitaciones: a veces, las ambiciones excesivas pasan factura. Los realizadores de «El Código da Vinci» pretendieron convertir a Magdalena en diosa y se pasaron. Amenabar pretende, nada más y nada menos, contar una historia a partir de la cual «el mundo cambió para siempre». Y se ha vuelto a pasar cuatro pueblos más. La película tiene tantos mensajes ideológicos que es imposible meterlos en dos horas y, al mismo tiempo, mantener un ritmo entretenido, interesante y espectacular.

 El cine requiere medir las secuencias, los silencios, los tránsitos y, sobre todo, un guión que mantenga la atención del espectador. Es una pena, porque la película contaba con todos los mimbres: un gran director, una generosa producción, una preciosa actriz, un maravilloso decorado y una perfecta ambientación. Pero lo que pretenden es inyectar en una pastilla los siguientes mensajes: primero, que las religiones generan odio y violencia. Segundo, que el cristianismo es la más talibán de todas y la que empezó.

 Tercero, que existen dos mundos, por una parte, el de la filosofía y la ciencia, contrapuesto e incompatible con el de la religión. Cuarto, que el cristianismo al principio fue misericordioso, pero la jerarquía eclesiástica y la Iglesia son por definición intolerantes y fundamentalistas. Y, sobre todo, hay dos mensajes más que son especialmente queridos por la película y por toda la explosión de libros y propaganda que estos días se vienen haciendo: el cristianismo es la causa de la caída del Imperio Romano y de la desaparición de la sabiduría grecolatina. Además, es el culpable de la subordinación y dominación de la mujer por parte del hombre. En fin, Alejandría e Hipatia son el símbolo de una civilización grecorromana basada en la filosofía, la ciencia y la libertad, hasta que llegó el cristianismo y comenzó la oscura Edad Media.

 Demasiado para una sola película. Y la cosa continúa porque, según declara el director, «es increíble cómo se parece a la situación actual».

 ¿Es casualidad que desde julio hasta el estreno de la película se hayan publicado más de cuatro biografías sobre Hipatia, paradigma de las cuales es la de Celia Martínez Maza, financiada por la Dirección General de Ciencia y Tecnología? Más de 10 novelas, ejemplo de las cuales es la escrita por el hermano de Carmen Calvo, ex ministra de Cultura, además de multitud de estudios de historia sobre la época. Y todo ello con el mismo mensaje. Que todo salga al mismo tiempo no puede ser casualidad. Una vez más, nos encontramos con un ataque ideológico perfectamente orquestado, del cual, por cierto, Amenabar suele ser pistoletazo de salida, como lo fue en el caso de «Mar adentro» con la eutanasia.

 Ahora la cosa va directamente contra la religión y particularmente contra el cristianismo. Lo malo de la trama que cuenta la película es que es mentira desde el principio hasta el final. Forma parte de la estrategia de reescribir la Historia a la que es tan aficionada nuestra izquierda. Hipatia no fue asesinada siendo una joven tan hermosa como Rachel Weisz, de 38 años, sino que murió en el año 415 y tenía 61.

 No fue famosa por sus dotes de astronomía por más que en la película se empeñen terca y cansadamente, atribuyéndole haberse adelantado a Kepler más de mil años; sino porque era una «divina filósofa» platónica, en palabras del obispo cristiano Sinesio de Cirene –única fuente coetánea que se conserva sobre ella–, a la que llama en sus cartas «madre, hermana, maestra, benefactora mía». El citado obispo, a quien en la película se le hace traidor y cómplice en el asesinato de la filósofa, murió dos años antes que ella, así que es imposible que tuviera nada que ver con su muerte. Ella fue virgen hasta el final, pero no vivió la castidad como ha dicho la protagonista, que se ha declarado feminista radical, «para ser igual que un hombre y poder ejercer una profesión con plena dedicación». Lo hizo porque, coherente con su filosofía, ejercía la Sofrosine, es decir el dominio de uno mismo a través de las virtudes entendidas como el control de los instintos y las pasiones.

 Hipatia nunca fue directora de la Biblioteca de Alejandría, ni ésta fue destruida por los talibanes cristianos. La biblioteca fue incendiada por Julio César, saqueada junto con el resto de la ciudad por Aureliano en el año 273, y rematada por Diocleciano en 297. Es verdad que en el año 391 fue destruido lo que quedaba del  templo del Serapeo después de la destrucción por los judíos en tiempos de Trajano, y también el repaso que le pegó Diocleciano, quien, para conmemorar la hazaña, puso allí su gran columna, razón por la cual los cristianos lo destruyeron, ya que él era el símbolo de las persecuciones que sufrieron durante trescientos años. Pero lo que allí quedaba de la biblioteca era tanto como lo que restaba en otros sitios. El paganismo siguió existiendo en Alejandría hasta que llegaron los árabes. Y el neoplatonismo siguió floreciendo, hasta que lo recuperó el renacimiento cristiano. Por cierto, que yo sepa, su más brillante exponente se llamaba San Agustín, coetáneo de Hipatia. 

Cinco ministros arropan la polémica película “Ágora” de Amenábar

Cinco ministros del Gobierno acuden esta tarde al preestreno de “Ágora” de Alejandro Amenábar, lo que significa un claro respaldo gubernamental a una polémica película que reinterpreta la historia y devalúa el papel de las religiones, en particular el cristianismo, como un hecho oscurantista que va en contra de lo humano, la ciencia, la cultura, del progreso y la razón.<!–imprimir

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Amenábar interpreta la historia y carga contra el cristianismo en “Ágora”

Francisco Caamaño, José Blanco, Bibiana Aído, Miguel Sebastián y Ángeles González Sinde. Los cinco acudirán esta tarde al preestreno de “Ágora” de Amenábar en los Cines Kinépolis de Pozuelo de Alarcón (Madrid) en un claro gesto del Gobierno de apoyo a las tesis que este gran director de cine intenta plasmar en su nueva cinta.

 Pocas son las ocasiones que desde el Ejecutivo se apoya a una película como va a ocurrir en esta ocasión y que recuerda al también respaldo que tuvo Amenábar con su película “Mar Adentro“. Entonces, se estaba produciendo un gran debate social en torno a la eutanasia y seis ministros del Gobierno, incluído el presidente José Luis Rodríguez Zapatero arroparon el film de Amenábar. Junto al presidente del Gobierno y su mujer, Sonsoles Espinosa, acudieron al acto los ministros de Defensa, José Bono; de Trabajo y Asuntos Sociales, Jesús Caldera; de Justicia, Juan Antonio López Aguilar; y las titulares de Cultura, Carmen Calvo; de Vivienda, María Antonia Trujillo; y de Sanidad y Consumo, Elena Salgado.

 El Gobierno de Zapatero se fotografió en 2004 a favor claramente de la eutanasia y parece que ahora contra el hecho religioso.