HOMILIA DEL CARDENAL ARZOBISPO DE VALENCIA EN LA MISA EN SUFRAGIO POR RITA BARBERÁ

En la Catedral de Valencia, el 23 de noviembre

Al caer la tarde, como a los caminantes de Emaús, cariacontecidos y contristados hondamente, con profundo dolor, por la muerte de Dª Rita Barberá, sale a nuestro encuentro el Señor, Jesucristo, resucitado, que ha vencido la muerte, todo odio y maledicencia, y reaviva en nosotros la esperanza.
Traemos a nuestra memoria sus palabras que nos dicen: “Venid a mí, los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Aprended de mí que soy manso y humilde corazón”. Cansados y agobiados estamos, es verdad, de este mundo nuestro que condena a las personas, que no parece no le importan las personas sino otros intereses , que se muestra incapaz de mirar con verdad y amor a las personas, o que tiene una mirada ciega para ver cómo Dios mira con amor y misericordia a todos.Venimos esta tarde como Iglesia, en el mismo día en que Dios ha llamado junto a sí a nuestra hermana, Rita, una mujer profundamente creyente, hija fiel de la Iglesia. La acompañamos ante Dios, con nuestra plegaria, ofreciendo el sacrificio de la Cruz donde está todo el amor de Dios, el juicio de Dios que es el único verdadero y justo, el de la misericordia para la redención de todos. En el centro está el amor de Dios que sabe leer el corazón del hombre y conoce la vida de cada uno de nosotros, lo más recóndito y lo más verdadero y auténtico de cada uno: Eso nos llena de confianza y consuelo ante esta enserada muerte. Siempre estuvo y se consideró en manos de Dios y por ello ahora la ponemos en esas manos divinas, sabiendo que en la vida y en la muerte somos de Dios. Ella ya se ha encontrado con la verdad, con Cristo, rostro humanado de Dios misericordioso, ante el tribunal divino que no juzga ni condena como los hombres sino que mira con amor y verdad la capacidad de servicio y de amor puesto en el actuar humano. Dª Rita fue una gran servidora de todos, sus obras como Alcaldesa fueron para servir a todos los valencianos en verdadera misericordia: amó mucho a los valencianos, a su pueblo, y por ellos se desvivió. Ésta es la verdad de nuestra alcaldesa: fe, confianza en Dios en quien siempre creyó y a quien siguió, servicio, entrega, buscar el bien para todos, para su pueblo.

Sin duda que en estos momentos nos sentimos desconcertados y abatidos pero traemos a la memoria la misericordia de Dios, infinita y desbordante, que se nos ha mostrado de una vez por todas en Jesús, su Hijo, y que no tiene vuelta atrás. ¿Quién podrá apartarnos, dice San Pablo, del amor de Cristo, del amor de Dios, manifestado y entregado en Cristo?. Esta misericordia, como dice el Papa Francisco en su Carta Apostólica al finalizar el Año de la Misericordia, “tiene también el rostro de la consolación. “Consolad, consolad a mi pueblo” (Is 40, 19), son las sentidas palabras que el profeta pronuncia también hoy, para que llegue una palabra de esperanza a cuantos sufren y padecen. “No nos dejemos robar nunca la esperanza que proviene de la fe en el Señor Resucitado” -la fe que animó y dio coraje a la vida de Dª Rita-. “Es cierto, a menudo pasamos por duras pruebas -como ésta-, pero jamás debe decaer la certeza de que el Señor nos ama. Su misericordia se expresa también en la cercanía, en el afecto y en el apoyo que muchos hermanos y hermanas nos ofrecen, como lo ofreció nuestra hermana en tantísimas ocasiones”. Dios se acerca a nosotros en su misericordia a través de ellos y enjuga nuestras lágrimas, como supo hacer con discreción y sabiduría evangélica nuestra hermana.

“Todos tenemos necesidad de consuelo, añade el Papa, porque ninguno es inmune al sufrimiento, al dolor y a la incomprensión” -que padeció tan terriblemente nuestra hermana-. Cuánto sufrimiento provoca la experiencia de la traición, de la violencia y del abandono. Cuánto dolor puede causar una palabra rencorosa, fruto de la envidia, de los celos o de la rabia -o de otros sentimientos aún más innobles-. Cuánta amargura ante los seres queridos. Sin embargo, Dios nunca permanece distante cuando se viven estos dramas.

Estamos ante la muerte de Dª Rita, cristiana de una pieza, gran persona, gran alcaldesa, de corazón muy grande, y esta muerte nos produce un singular dolor por los motivos que están en la mente de la mayoría de los aquí presentes. “La Iglesia siempre ha vivido este dramático tránsito a la luz de la resurrección de Jesucristo, que ha abierto el camino de la certeza en la vida futura. Tenemos un gran reto que afrontar, sobre todo en la cultura contemporánea, que a menudo tiende a banalizar la muerte”, o no descubre la seriedad de la vida ante la muerte, en la que daremos cuenta ante Dios de la capacidad de amor y de misericordia, de perdón y de buscar el bien del hombre, de la persona, que ha de regir el comportamiento de todos, y en especial de los que ostentan y deben ser ejemplo para la sociedad, cargos públicos.

La muerte de Dª Rita me ha hecho pensar lo urgente que es un cambio y una regeneración en los modos de actuar. Así no podemos seguir. Mientras no importe por encima de todo el hombre, el bien de la persona y su dignidad inviolable, inseparable de la verdad de Dios, caminaremos por caminos ciegos incapaces de misericordia, que es la virtud de los fuertes con la fortaleza de Dios, que se rebajó hasta lo último, hasta una muerte en la Cruz, faro que ilumina el caminar del hombre, desde el amor, el perdón, la misericordia para todos. Ahí está la paz. Que la muerte de Dª Rita se muestre fecunda como el grano de trigo que cae en tierra buena para dar mucho fruto. Que Dios le haya perdonado todas sus culpas y que haya escuchado ya aquellas palabras que Dios dirige al siervo fiel y prudente: “Entra en el gozo de tu Señor”, el gozo de la gloria de Dios, que es que el hombre viva y viva para siempre en una dicha que nada ni nadie nos podrá arrebatar, una vida para siempre junto a Dios, que es amor sin límite.

Vivimos esta Santa Misa y la memoria de Dª Rita como una plegaria llena de esperanza por su alma y como ocasión para ofrecer consuelo y cercanía a cuantos sufren la muerte de esta persona tan querida, hermanos, sobrinos, familiares y amigos.

Antonio Cañizares Llovera

 

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