TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

CONMEMORACION DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

2 de noviembre

LA MUERTE HA SIDO VENCIDA POR CRISTO

1.El grano de trigo que murió y fue enterrado en el sepulcro, produjo el granado fruto de tres inmensas espigas: La Iglesia celeste, la Iglesia que peregrina y la Iglesia purgante que espera en caridad la visión de Dios que, como no puede merecer, se acoge a la caridad de las otras espigas que aceleren su madurez. Por eso desde los principios de su constitución la Iglesia rogó por los difuntos y por ellos, sobre todo, ofreció el Santo Sacrificio, hasta el punto de facultar a los sacerdotes a celebrar tres misas el día de Difuntos, cuya institución se remonta al siglo XI. Porque “santo y saludable es el pensamiento de orar por los difuntos para que queden libres de sus pecados”(2 Mc 12,46). Las almas en el purgatorio, permanecen unidas en caridad porque habiendo muerto en gracia, que es la comunicación amorosa de las tres Iglesias con Jesucristo, pero si tenían pecados veniales de los que no se han arrepentido, han de saldar la pena temporal, proceso que puede ser corroborado por la intercesión de los miembros del Cuerpo Místico, que las puede sufragar mediante el tesoro de la Iglesia expresión de la voluntad salvífica de Dios que se traduce en el amor pleno a cada uno de los hombres, en virtud de la redención de Jesucristo y de la santidad de la Iglesia, la cual, en cuanto obra de Dios se orienta intrínsecamente a la superación de las consecuencias del pecado (Rahner). 

  1. De entre los tres formularios que propone la actual ordenación litúrgica, me voy a fundamentar en esta homilía en el de la primera misa. Ya desde la antífona de entrada meditamos que “Del mismo modo que Jesús ha muerto y resucitado, a los que han muerto en Jesús Dios, los llevará con él. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida” 1 Tesalonicenses 4,14.
  2. En la primera lectura, Dios por Isaías promete enjugar las lágrimas de todos los rostros, y preparar un festín de manjares suculentos y de vinos de solera, que significa la alegría perpetua y comunicada entre todos, sin que nadie envidie a nadie y todos se gocen con todos. 
  3. En la segunda, que es del capítulo 15 de la 1 Carta de San Pablo a los Corintios, todo el texto afirma y desarrolla la resurrección de los muertos, y en los versículos que hoy leemos, describe el modo de su realización de una manera general basándose en recuerdos de las lecturas apocalípticas. La resurrección es una transformación: “nos veremos transformados”. Con lo cual la resurrección se convierte en la meta de todo cristiano, que se realizará en un abrir y cerrar de ojos, a la voz de Dios, que da la orden de resucitar, y nuestro ser corruptible será revestido de inmortalidad, como el grano corrompido se ve coronado por el esplendor de la espiga. Con la resurrección se manifiesta el triunfo total de Cristo que ha realizado y realiza la obra salvífica, donde se da el triunfo definitivo sobre el último enemigo vencido por la muerte de Jesús: la muerte, que es la victoria verdadera sobre el pecado. Por eso lógicamente y con vigor termina la lectura San Pablo en un apóstrofe a la muerte preguntándole: “¿Dónde está muerte tu victoria? ¿Dónde está muerte tu aguijón?”. 
  4. “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré” Juan 6,51. He ahí la gran promesa que aminora el dolor de la muerte, pues siendo ella el máximo enemigo de la vida humana, es lógico y natural que el hombre sufra con el dolor y con la disolución progresiva del cuerpo, aunque no es ese su tormento más espeluznante. El máximo tormento es el temor de un definitivo aniquilamiento. La semilla de eternidad que lleva el hombre en su ser se subleva contra el pensamiento de la muerte, y su instinto certero, se resiste a aceptar la perspectiva de la ruina total y de la desaparición definitiva de su personalidad(GS 18).
  5. Como los cristianos hemos sido introducidos en la muerte de Cristo que destruye el pecado al recibir el sacramento del Bautismo que siembra en nuestra persona la semilla de la vida, “para caminar en una vida nueva” (Rm 6,4), se nos impone la continuada muerte y resurrección que anuncia San Pablo: “Cada día muero” (1 Cor 15,31). San Francisco de Sales señala la necesidad de “luchar”, sobre todo, contra las pequeñas tentaciones que en muchas ocasiones se nos presentan en nuestras vidas. Porque vencer esas “muchas pequeñas tentaciones”, es una

victoria más importante que el vencer “una gran tentación” ya que son mucho más difíciles de vencer pues, aunque los lobos son más peligrosos que las moscas, sin embargo no nos causan tantas molestias, porque rara vez nos encontramos con uno. Es fácil no asesinar a alguien,… pero es más difícil evitar la cólera contra los que nos rodean. Es fácil no robar algo a nuestro prójimo, pero es mucho más difícil no desear algo de sus bienes. Es fácil no levantar falso testimonio, pero es infinitamente más difícil no mentir en nuestras conversaciones. Es más difícil fornicar, pero es más costoso evitar la curiosidad entre tanto permisivismo.

Morir cada día es luchar cada día por amor, para vencer en esas tentaciones diarias. Así es como disponemos nuestros corazones para la venida de Cristo, la resurrección y la vida, que ha dicho “el que crea en Mí, aunque haya muerto, vivirá”, es decir derriba el muro entre la vida y la muerte con la fuerza de su RESURRECCION.

Sin embargo la realidad de fe no elimina la sensibilidad humana ante el hecho traumático de la muerte, pero le da un sentido. ¿No lloró Jesús ante el sepulcro de Lázaro, a punto de resucitarlo? (Jn 11,40). Y ¿no se sintió triste hasta la muerte en Getsemaní y pidió al Padre que pasara de El el cáliz (Mt 26,39). Pero, aunque hemos de conceder a la naturaleza el llanto que alivie el dolor, nuestra tristeza no ha de ser como la de los que no tienen esperanza (1 Tes 4,12).

  1. Nuestra resurrección seguirá el modelo de Cristo viviendo una vida nueva en la que nos encontraremos a nosotros mismos pero de un modo diverso: “Se siembra en corrupción y resucita en incorrupción; se siembra en vileza y resucita en gloria; se siembra en flaqueza y resucita en fuerza; se siembra cuerpo animal y resucita cuerpo espiritual”(1 Cor 15,42). 
  2. “Si el grano no cae en la tierra y muere, queda infecundo, pero si muere, produce mucho fruto”(Jn 12,24). De ese grano muerto en el calvario y enterrado, han brotado tres espigas: la de la vida celeste, la de la vida que se purifica y la que peregrina en este mundo. Las tres están unidas y transidas de amor. Estamos unidos con nuestros difuntos, y ellos nos ven, como el jardinero ve las rosas en el jardín, aunque las rosas, que viven una vida inferior, no vean al jardinero. Nosotros somos esas rosas visibles pero ciegas.
  3. Dice el Concilio: “La Iglesia de los viadores, teniendo perfecta conciencia de la comunión que reina en todo el cuerpo místico de Jesucristo, ya desde los primeros tiempos, guardó con gran piedad la memoria de los difuntos y ofreció sufragios por ellos. 
  4. La fe nos ofrece la posibilidad de una comunión con nuestros hermanos queridos arrebatados por la muerte, dándonos la esperanza de que poseen ya en Dios la vida verdadera. “Este Concilio recibe la venerable fe de nuestros antepasados sobre el consorcio vital con nuestros hermanos de la gloria celeste, o de los que se purifican después de la muerte y confirma los decretos de los Concilios Niceno II, Florentino y Tridentino”. “Nuestra debilidad queda más socorrida por su fraterna solicitud” (LG 49).”La iglesia peregrinante, reunida en Concilio, sintió la necesidad de manifestar su conciencia de estar ontológicamente unida a la Iglesia celeste”. “Algunos de los discípulos del Señor peregrinan en la tierra, otros, ya difuntos, se purifican, mientras otros son glorificados contemplando claramente el mismo Dios, Uno y Trino, tal cual es; mas todos estamos unidos en fraterna caridad y cantamos el mismo himno de gloria a nuestro Dios (Ib).

P.JESÚS MARTÍ BALLESTER

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