San Jerónimo

LOS CUATRO PADRES LATINOS
Entre los Padres de Occidente, San Jerónimo, San Agustín, San Ambrosio y San Gregorio Magno, Jerónimo es el «príncipe de los traductores» de la Biblia y el más ilustre exégeta. Nace en Estridón, provincia romana de Dalmacia en el seno de una familia cristiana. Sus padres le enviaron a Roma para que adquiriera una formación superior, donde tuvo como profesor al célebre gramático Donato, que le aficionó a Virgilio, Horacio, Quintiliano, Séneca, y a los historiadores, aunque su verdadero maestro y modelo fue Cicerón, de quien imitó su estilo elocuente y cincelado. En Roma,  durante los años 359-367, llevó una vida frívola y disipada, que le produjo turbaciones de conciencia y tentaciones que él combatió con ásperas penitencias y con su entrega al estudio de la Sagrada Escritura. En Roma, ya mayor, recibió el Bautismo, junto con su compañero de estudios, Bonosa. Se fue a Tréveris, en la Galia, actualmente República  Federal de Alemania. En esta época, experimentó una primera conversión: empezó a interesarse por los escritos de Teología. Dedicó sus ratos libres a copiar obras de Hilario de Poltiers ; e intensificó su vida de piedad.

UN SUEÑO ONIRICO
Tuvo un sueño, que, cuando se escondió ene el desierto de Calquis, descubrió a su hija espiritual, Eustoquio, en una carta sobre la virginidad. Le cuenta que enfermo grave, en el delirio de su fiebre soñó que se vio ante el trono de Jesucristo para ser juzgado. Cuando se le preguntó quién era, dijo que un cristiano. -“¡Mientes!”, le replicaron. “Tú eres un ciceroniano, puesto que donde tienes tu tesoro está también tu corazón”. Aquella experiencia produjo un profundo efecto en su espíritu y se retiró a las salvajes soledades de Calquis, un yermo inhóspito al sureste de Antioquía, donde pasó cuatro años en diálogo con su alma. Allí soportó grandes sufrimientos por sus enfermedades, pero sobre todo, por las terribles tentaciones carnales.”En el rincón remoto de un árido y salvaje desierto”, escribió a Santa Eustoquio, “quemado por el calor de un sol tan despiadado que asusta incluso a los monjes que viven allí, me parecía encontrarme en medio de los deleites y las muchedumbres de Roma …

POR TEMOR AL INFIERNO
En aquel exilio y prisión a los que, por temor al infierno, yo me condené voluntariamente, sin más compañía que la de los escorpiones y las bestias salvajes, muchas veces me imaginé que contemplaba las danzas de las bailarinas romanas, como si hubiese estado frente a ellas. Tenía el rostro escuálido por el ayuno y, sin embargo, mi voluntad sentía los ataques del deseo; en mi cuerpo frío y en mi carne enjuta, que parecía muerta antes de morir, la pasión estaba viva. A solas con aquel enemigo, me arrojé a los pies de Jesús, los bañé con mis lágrimas y, al fin, pude domar mi carne con los ayunos durante semanas enteras. No me avergüenzo al revelar mis tentaciones. Con mucha frecuencia velaba del ocaso al alba entre llantos y golpes en el pecho, hasta que volvía la calma”. De esta manera pone Dios a prueba a sus siervos, de vez en cuando; pero sin duda que la existencia diaria de San Jerónimo en el desierto, era regular, monótona y tranquila. Con el fin de contener y prevenir las rebeliones de la carne, agregó a sus mortificaciones corporales el trabajo del estudio constante y absorbente, con el que esperaba frenar su imaginación desatada. Se propuso aprender el hebreo. “Cuando mi alma ardía con los malos pensamientos”, dijo en una carta al monje Rústico, “como último recurso, me hice alumno de un monje que había sido judío, para que me enseñara el hebreo. Así, de las reglas de Quintiliano, la florida elocuencia de Cicerón, y la dulce suavidad de Plinio, pasé a esta lengua siseante de palabras entrecortadas. ¡Cuánto trabajo me costó aprenderla y cuántas dificultades tuve que vencer! ¡Cuántas veces dejé el estudio, desesperado y cuántas lo reanudé! Sólo yo que soporté la carga puedo ser testigo, yo y también los que vivían junto a mí. Y ahora doy gracias al Señor que me permite recoger los dulces frutos de la semilla que sembré durante aquellos amargos estudios”. No obstante su tenaz aprendizaje del hebreo, de tanto en tanto releía a los clásicos paganos.

VIDA AGITADA
Volvió, hacia el año 370, a su patria. Pero no se encontraba a gusto allí. Se fue a Aquilea, y en torno a su Obispo Valeriano, con sus antiguos compañeros, formó un cenáculo de ascetas que imitaban a los eremitas de Oriente, contaban historias edificantes y conversaban sobre la Sagrada Escritura. Aquellas convivencias, por el carácter polémico de Jerónimo, desembocaron en controversias y al final, terminaron disolviéndose. Luego, acompañado de Rufino, su entrañable amigo de entonces, y luego, a consecuencia de la controversia origenista, su enemigo de última hora, hace su primer viaje a Oriente. Acompañaron a Evagrio de Antioquía, traductor de San Atanasio, que volvía a su patria. Hacia el otoño del año 374, llegó a Antioquía de Siria. Aquí recibió clases de Sagrada Escritura de Apolinar de Laodicea. Hacia el año 375, abandonó Antioquía y se internó en el desierto de Calcquis. Aquí, se dedicó seriamente al estudio del hebreo, bajo el magisterio de un monje judío converso.

POLEMISTA NATO
Las discusiones teológicas entre los monjes, le forzaron a regresar a Antioquía, donde fue ordenado de presbítero por Paulino, Obispo de Antioquía. Poco después, hacia el año 382, después de la celebración del II Concilio Ecuménico (I de Constantinopla, año 381), Paulino, junto con Jerónimo, se dirigió a Roma. Asistió como observador a los debates del Concilio; y allí conoció a Gregorio Nacianceno, a quien llamó su «maestro», que le abrió la inteligencia de la Sagrada Escritura. También pudo conocer a Gregorio de Nysa, a Anfiloquio de Icona y a otros Padres Conciliares.

AÑORA SABER LA BIBLIA
Lo que Santa Teresita de Lisieux deseaba siglos más tarde, para interpretar bien la Biblia estudiar griego y hebreo, pero sobre todo arameo, que era la lengua materna de Jesús, lo anheló y consiguió San Jerónimo por su esfuerzo colosal. El quería instruirse en la interpretación correcta de la Sagrada Escritura, para hacer avanzar la teología, y alcanzar un sólo conocimiento de exégesis bíblica y de los idiomas originales en los que fue escrito el texto sagrado. Él, como lo diría hacia el fin de su vida, quería consagrarse plenamente a explicar la Escritura y hacer conocer a los que hablaban su latín, la ciencia de los hebreos y de los griegos. Durante su nueva estancia en Roma, ganó la confianza del Papa San Dámaso, que le hizo su Secretario y comenzó su labor de corrector y traductor al latín de la Sagrada Escritura. El Papa le encargó que hiciese una revisión de la traducción Latina de los Evangelios. Así comenzó la versión Latina de la Biblia llamada la «Vulgata», porque la escribió en la lengua del pueblo.

CENACULO DE MUJERES
En Roma San Jerónimo, dirigió espiritualmente a un grupo de mujeres, de la aristocracia romana, entre ellas las viudas Marcela y Paula, ésta, madre de la joven Eustoquio a quien Jerónimo dirigió una de sus más famosas cartas, sobre el tema de la virginidad. Las inició en el estudio y meditación de la Sagrada Escritura y las dirigió por los caminos de la perfección evangélica, en los ayunos, en los cánticos de los Salmos, en las obras de caridad, en el abandono de las vanidades del mundo. El centro de este movimiento de espiritualidad femenina se hallaba en un palacio del Aventino, en donde residía Marcela con su hija Asella. El santo doctor llevó a este círculo de mujeres romanas las prácticas ascéticas de los monjes de Oriente. Les dirigió cartas de doctrina espiritual que fueron publicadas.

HOSTILIDAD DEL CLERO ROMANO
Esta actividad de dirección espiritual de mujeres le valió críticas de parte del clero romano, llegando, incluso, a la difamación y a la calumnia. Es lo normal en todos tiempos, motivado por la malevolencia y los celos. En diciembre del 384, después de la muerte del Papa San Dámaso fue elegido Papa Siricio; el ambiente, en la Curia romana, se le vuelve hostil y esta nueva situación facilitó su salida de Roma, amargado e irritado. Durante su estancia en Roma, revisó y corrigió, también el salterio latino, teniendo como base la versión de los Setenta que él llama «Koiné». El mismo reconoció que esta revisión fue «apresurada».

DEFENSOR DE LA VIRGINIDAD DE MARIA
También escribió el «De perpetua virginitate beatae Mariae», contra Helvidio, seglar romano, que sostenía que la Virgen María había tenido otros hijos de su esposo San José, después del nacimiento de Jesús, apoyándose en algunos textos mal interpretados de Mateo y de Lucas y en el testimonio de algunos escritores eclesiásticos, y trataba de equiparar el matrimonio a la virginidad. San Jerónimo aparece ya, en esta publicación, no sólo como el gran defensor de la virginidad de María, sino, también como el doctor de la virginidad, que luego confirmaría en sus libros, escritos en Belén, contra el monje Joviniano que discutía el valor de la virginidad y de la ascética cristiana, y propugnaba otros errores teológicos.

EL FUNDADOR
Al salir de Roma, dos de la mujeres dirigidas por él, Paula y Eustoquio, se reunieron con él en Reggio Calabria para seguir el viaje juntos hasta Chipre, en donde se encontraba su amigo Epifanio, y luego a Antioquía. En esta ciudad encontraron a un antiguo conocido, Paulino, quien con su cariñosa hospitalidad les retuvo un poco de tiempo.
Luego emprendieron una peregrinación por los Santos Lugares, por la calzada romana hasta Palestina, bordeando el litoral de Siria y Fenicia. En Alejandría, cuyo Patriarca era el joven Obispo Teófilo, entró en contacto con Dídimo el Ciego, extraordinariamente erudito y profundo conocedor de Orígenes, quien le inició en el conocimiento de este gran exégeta y teólogo oriental. Hicieron también un recorrido por Egipto, para conocer a los heroicos monjes y eremitas del desierto, a los dos lados del Nilo.
Por fin, se instalaron en Belén, donde constituyeron dos comunidades, masculina y femenina. La construcción definitiva de los edificios para albergar a las dos comunidades y para una hospedería de peregrinos se pudo realizar gracias a la ayuda económica de Paula. Esta instalación, en Belén, favoreció la intensa actividad intelectual de San Jerónimo. En este tiempo, se dedicó, preferentemente, al Antiguo Testamento.

CORRESPONDENCIA CON SAN AGUSTIN
En 397, el joven Obispo africano, Agustín de Hipona, inició su correspondencia con San Jerónimo, manifestando aquél algunas reservas a la labor de traductor bíblico de Jerónimo. Estas diferencias de criterio no impidieron que, posteriormente, unieran sus fuerzas contra la herejía de Pelagio.

EL TRADUCTOR DE LA BIBLIA
La labor más importante de San Jerónimo como traductor de la Biblia la realizó durante su estancia en Belén, centrada, fundamentalmente, en el Antiguo Testamento. Gracias a la generosidad de su dirigida Paula, pudo disponer de un equipo de copistas que facilitaron su labor intelectual, desde su retiro bethelemita. A este trabajo dedicó alrededor de 15 años.
Volvió a corregir el Salterio, teniendo delante el texto griego hexaplar de Orígenes, trabajo que realizó en Cesarea, donde se conservaba el texto de Orígenes, pero fue en Belén en donde lo publicó.
Esta versión del Salterio, se llamó «Salterio Galicano» porque fue recibida en las Galias en la época de los Reyes Carolingios.

El año 390, inició su tarea hercúlea de traducir del hebreo los libros del Antiguo Testamento. Tradujo los dos libros de Samuel y los dos de los Reyes y el libro de Tobías del arameo, en un sólo día. Tradujo los libros de los Profetas, y las partes Deuterocanónicas del Libro de Daniel. Terminó la traducción del libro de Job los libros de Esdras y Nehemías, y la traducción directa del Salterio hebraico, aunque este Salterio nunca fue utilizado por la Iglesia en las funciones litúrgicas.
Y los libros 1-2 de Paralipómenos y los Proverbios, Eclesiastés y el Cantar de los Cantares. Se empeñó en la traducción del Pentateuco y los libros de Josué, Jueces, Rut y Ester. El libro de Judit lo tradujo del arameo, en una noche. Los Deuterocanónicos de Baruc, Eclesiástico, Sabiduría y 1-2 Macabeos no los tradujo, porque no estaban incluidos en el canon hebreo. Se puede afirmar, por tanto, que San Jerónimo es el traductor del texto de la Vulgata, por lo que se refiere a una gran parte del Antiguo Testamento, y también, del Nuevo Testamento. Su erudición supera la de los demás padres latinos y escribió con una orientación hacia la Escritura mayor que San Ambrosio. El primer lugar entre sus obras lo ocupan sus trabajos de revisión de la traducción latina de la Biblia, que le había encargado en Roma el papa español, Dámaso.
En un primer momento, Jerónimo revisó los cuatro evangelios y, al parecer, los otros libros del Nuevo Testamento, con el deseo de cambiar lo menos posible de la versión latina tradicional; después revisó también los salmos. Luego, cuando llegó a Belén, comenzó una revisión del Antiguo Testamento, basada en la versión al griego de los Setenta , consultando las Exaplas de Orígenes y el texto hebreo que se usaba entonces en las sinagogas. Estos trabajos le fueron robados, excepto el libro de Job y los salmos que, por haberse difundido principalmente en la Galia se conocieron con el nombre de salterio galicano, y son los que figuran en la Vulgata.

Cuando hacía esta revisión decidió que sería mejor hacer una traducción enteramente nueva y directa desde la lengua original, hebreo o arameo, een vez de basarse en la versión de los Setenta; pues si al principio, siguiendo una opinión que era relativamente corriente, había considerado que la propia traducción como tal era inspirada, había ido cambiando de parecer. Este trabajo, que duró hasta el 406, excluía algunos de los libros deuterocanónicos. Su traducción, importantísima, buscaba más la comprensión del lector que una estricta literalidad, y en general resultaba muy esmerada.
Su revisión del Nuevo Testamento es substancialmente buena, aunque demasiado ligera. En el Antiguo Testamento, lo más conseguido son los libros históricos que hizo al principio; la traducción del Pentateuco y de Josué, hecha hacia el final, es menos cuidada. El texto griego consultado a través de las Exaplas de Orígenes influyó, sobre todo, en su revisión de los profetas; también la antigua versión latina tuvo alguna influencia. Parece que el texto hebreo sobre el que trabajó Jerónimo no era muy distinto del que ha llegado hasta nosotros.

RESISTENCIA A LA VERSION NUEVA
La traducción de San Jerónimo tardó en imponerse, pues chocaba a los que estaban acostumbrados a oír la versión tradicional. Hacia el año 600, en tiempos de Gregorio Magno, ambas versiones se utilizaban por un igual, y hacia los siglos viii-ix, la de Jerónimo se había impuesto definitivamente; el nombre de versión Vulgata, la versión divulgada por excelencia, se hace ya corriente en el silo xiii. Los comentarios de Jerónimo a la Sagrada Escritura son numerosos, pero algo apresurados y no muy profundos. Tiene varios tratados sobre diversos libros del Viejo Testamento, los Salmos, el Eclesiastés, los Profetas y del Nuevo, San Mateo, varias cartas de San Pablo, y unas 95 homilías, la mayoría sobre los salmos.

RECONOCIMIENTO DEL CONCILIO DE TRENTO
El Concilio de Trento, en la sesión IV (8 Abril 1546) declaró solemnemente la «autenticidad» de la Vulgata, aunque ordenó, que se hiciese una edición revisada del texto. Hoy es aceptado por todos que este Decreto del Concilio era de «carácter disciplinar», pero con fundamento dogmático, ya que la Iglesia asistida por el Espíritu Santo, en su Magisterio, no podía equivocarse en la utilización, durante tantos siglos, de una fuente de Revelación que contuviera errores dogmáticos.

LA DIVINO AFFLANTE SPIRITUEl Papa Pío Xll, en la Encíclica «Divino Afflante Spiritu» (1943); el Concilio Vaticano II reconociendo el honor debido a la «Vulgata», recomiendaque se hagan traducciones aptas y fieles de los textos primitivos de varios lugares, como ya se había empezado a realizar en los años anteriores al Concilio (Const. sobre la «Divina Revelación», n.° 22).

OTROS ESCRITOS
Pero la labor intelectual y doctrinal de San Jerónimo no se agotó en las traducciones de los libros de la Escritura. Además de otras obras de carácter ascético, histórico, hagiográfico o doctrinal, hizo comentarios bíblicos, por escrito o en forma de homilías o sermones, aparte de su riquísimo y profundo epistolario. En algunas de sus cartas se contienen «trabajos monográficos» breves sobre cuestiones bíblicas (así, en su Carta del año 397, escrita en Belén y dirigida a la virgen Principia, desarrolla un comentario al Salmo 44; en su carta escrita a San Paulino de Nola, también desde Belén, presenta, sucintamente, las características principales de los Libros Santos; en su carta a Evangelo, presbítero, escrita en la primavera del año 398, diserta sobre la persona de Melquisedec.

El Evangelio de San Marcos, pertenece al género homilético. La traducción castellana se basa en el texto crítico preparado por el monje benedictino G. Morin, que ha realizado una excelente labor de reconstrucción del texto original del Santo Doctor.
Se trata de una serie de 10 homilías, algunas muy breves, en las que el predicador desarrolla sólo algunos versículos. En ellas brilla la enorme erudición, sagrada y profana, así como el conocimiento de las costumbres y del ambiente palestino de San Jerónimo.
Como exige el género homilético, predominan las exhortaciones de carácter moral, aunque, tampoco faltan referencia a errores heréticos y las advertencias sobre las artimañas del Demonio contra la Iglesia y los fieles.

Es característica de San Jerónimo sus comentarios a los nombres judíos, y a las designaciones de la geografía palestinense, que él estudió a fondo en sus libros «Onomastica»: «Liber locorum», «Liber nominum», y a los cuales alude espontáneamente en sus homilías y disertaciones. En otros escritos dogmáticos y polémicos aborda temas clásicos como la virginidad, y combate en ellos los errores de Orígenes y de Pelagio. Escribió también una continuación a la Historia Eclesiástica de Eusebio de Cesarea.
Sus cartas, de las cuales se conservan unas 120, resultan de gran interés para la historia. Fueron escritas con vistas a ser publicadas y, sin que falten las personales y familiares, alguna de ellas es casi un verdadero tratado.

MUERE SANTA PAULA
En 404, San Jerónimo vio morir a su inseparable amiga Santa Paula y, pocos años después, cuando Roma fue saqueada por Alarico, gran número de romanos huyeron y se refugiaron en el oriente. En aquella ocasión, San Jerónimo les escribió: ¿Quién hubiese pensado que las hijas de esa poderosa ciudad tendrían que vagar un día, como siervas o como esclavas, por las costas de Egipto y del Africa? ¿Quién se imaginaba que Belén iba a recibir a diario a nobles romanas, damas distinguidas, criadas en la abundancia y reducidas a la miseria? No a todas puedo ayudarlas, pero con todas me lamento y lloro y, completamente entregado a los deberes que la caridad me impone para con ellas, he dejado a un lado mis comentarios sobre Ezequiel y casi todos mis estudios. Porque ahora es necesario traducir las palabras de la Escritura en hechos y, en vez de pronunciar frases santas, debemos actuarlas”

MUERE SAN EUSTOQUIO Y LE SIGUE SAN JERONIMO, TRADUCTOR, MONJE Y FUNDADOR
Pocos días más tarde de morir Santa Eustoquio, San Jerónimo la siguió a la tumba. El 30 de septiembre del año 420, cuando su cuerpo extenuado por el trabajo y la penitencia, agotadas la vista y la voz, parecía una sombra, pasó a la Vida eterna. Fue sepultado en la iglesia de la Natividad, cerca de la tumba de Paula y Eustoquio, pero mucho tiempo después, sus restos fueron trasladados al sitio donde reposan ahora, en la basílica de Santa María la Mayor, en Roma.

LA FANTASIA DE LA PINTURA Y LA LEYENDA
La literatura y la pintura han rodeado de fantasía y de leyenda sus últimos momentos. El Padre Sigüenza, en su conocida biografía del Santo y el pintor Domenichino, en su famoso cuadro, han dado libre rienda a su fantasía en la descripción y pintura de su muerte. Pero, con independencia de la leyenda, la persona de San Jerónimo emerge como uno de los grandes Padres de Occidente, con su colosal e impresionante cultura, sagrada y profana, su inmensa erudición, su capacidad de políglota, su tenacidad y entrega al estudio y al trabajo, su devoción a las Sagradas Escrituras, su espíritu ascético y contemplativo, su inquebrantable ansia de verdad, su defensa de la virginidad, y su amor a la Iglesia y a Jesucristo, que le santificó, a pesar de su temperamento sensual, colérico y polemista, y que ha hecho de él el máximo «Doctor de las Sagradas Escrituras».

JESUS MARTI

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