CARTA A LA DIÓCESIS AL COMENZAR EL CURSO PASTORAL 2016-2017

Queridos hermanos y hermanas en el Señor: Hoy, 28 de agosto, fiesta de San Agustín, -pastor conforme al corazón de Dios, testigo del amor de Dios como pocos, buscador incansable de la Verdad y maestro de sabiduría que el Espíritu concede- , cuando os escribo esta carta, se cumplen dos años que se hizo público mi envío por parte del Papa Francisco a esta queridísima Diócesis de Valencia para servirla como su Pastor.

Doy gracias a Dios por ello, así como por esta porción del pueblo de Dios que se me ha confiado y que peregrina en Valencia, a la que quiero con toda mi alma y por la que estoy dispuesto a darlo todo. ¡Esto es un gran don que ininterrumpidamente debo agradecer al Señor! Y así lo hago, al tiempo que pido humildemente perdón al Señor, rico en misericordia, por no ser enteramente fiel a ese don, y, por eso, pido que me conceda su Espíritu Santo que venga en auxilio de mi fragilidad para no defraudar ni a Dios ni a esta Iglesia peregrina en estas tierras valencianas que ha puesto en mis torpes manos para conducirla por los caminos que Él mismo dispone, siendo pastor conforme a su corazón en medio de ella y para ella, a la que Él quiere como pueblo suyo que está en Valencia; a esta porción del pueblo de Dios debo y quiero servir en todo y no servirme en modo alguno de ella

Tiempo de bendición para todos, Dios está grande con nosotros

Estamos a punto de comenzar un nuevo curso pastoral. Todavía nos hallamos inmersos en el Año Santo de la Misericordia y, entre nosotros, el Año Jubilar del Santo Cáliz de la Misericordia, aunque ya en su último trimestre. Sin duda que ha sido o está siendo un tiempo de bendición para todos: no puedo ni debo olvidar las peregrinaciones tan magníficas de todas las Vicarías y parroquias, de colegios, de instituciones eclesiales, de los diferentes miembros del Pueblo de Dios, sacerdotes, personas consagradas, familias, habéis venido, a lo largo del año, hasta nuestra Catedral como peregrinos, invocando la misericordia de Dios que no tiene límite: ¡cómo habéis expresado vuestra fe, vuestra confianza grande en Dios, vuestra alegría, vuestro sentido eclesial y vuestro amor a la Iglesia!; sin duda, ¡el Señor ha hecho obras grandes y, aunque no seamos capaces de verlos aún, los frutos han debido ser muy abundantes! Con María, Madre de los Desamparados, cantamos y hacemos nuestro su Magnificat por la infinita misericordia que el Señor tenido con nosotros.

También en el curso precedente tuvimos el gran regalo del Encuentro de Jóvenes de Taizé en el que pudimos comprobar lo grande que Dios está con nosotros y que nos llena de alegría. Fueron días que perduran en nuestro recuerdo; dejaron huella y debemos actualizar constantemente lo que en ellos vivimos. Y tampoco podemos olvidar la Jornada Mundial de la Juventud con el Papa en Cracovia, con la participación y presencia muy cualificada de dos mil jóvenes valencianos en ella: ¡cuánto bien ha hecho esta Jornada en nuestros jóvenes!, y como les dije en mi catequesis allí, en Boschnia, junto a Cracovia, hemos de continuar -lo haremos en seguida- lo que allí Dios nos concedió ver, oír, palpar y vivir.

Amor inquebrantable a la Iglesia ante persecuciones y calumnias

Es verdad que no han sido solo estos hechos en los que hemos podido gustar lo bueno que el Señor es con nosotros. Pero también es verdad que ha sido un año de ratos amargos, entre otras cosas, por la que vuestro pastor -y la Iglesia diocesana misma- ha sufrido una persecución implacable e injusta que todos tenéis en vuestra mente, llegando incluso a gestos sacrílegos contra nuestra Madre, la Santísima Virgen María. Y es también verdad que en todo ello habéis puesto de relieve vuestra fe, vuestro amor inquebrantable a la Iglesia, a la Santísima María, siempre Virgen, Madre de misericordia: será por mucho tiempo inolvidable lo que aconteció aquella tarde en la Plaza de la Virgen, de Valencia, ante la imagen de la Mare de Déu dels Desamparats, y, a continuación, en la Eucaristía celebrada en la Catedral, con gente que no pudo entrar en el templo madre de nuestra diócesis, y con más de cuatro mil quinientas comuniones recibidas en aquella Misa; no se me olvidan los muchos pueblos y parroquias que se sumaron a estos actos de reparación desde sus respectivos lugares. Ante las persecuciones y calumnias, manifestasteis maravillosamente vuestro afecto y vuestra comunión con vuestro Obispo, que es lo mismo que con la Iglesia diocesana, con una fe grande y pública, con vuestra oración, con vuestra adhesión: ¡Gracias! ¡Qué Diócesis nos ha dado Dios! ¡Gracias de todo corazón! Sois mi consuelo, mi aliento y mi cayado, la compañía amorosa y cercana que me acompaña en los duros trabajos por el Evangelio, en mi pastoreo: seguid rezando por mí, que persevere en la defensa de las ovejas que Dios me ha confiado -todos vosotros, sin excepción ninguna-.

En este curso que ahora comienza no se atisban en su horizonte que vayamos a estar exentos de menores dificultades, pero siempre lo viviremos con una gran esperanza y llenos de confianza en el Señor, porque, hago mías, aunque indignamente, y nuestras, aquellas alentadoras palabras de san Pablo: “Todo lo puedo con Aquel que me conforta”, que nos da fortaleza, porque “el auxilio viene del Señor que hizo el cielo y la tierra”, y Él es nuestro único pastor que nos guía y conduce, a veces, por “cañadas obscuras”. Y por eso nada tememos, porque Él, nuestro único pastor, va con nosotros, delante de nosotros, y Él, además, no se baja de la Cruz ni de su frágil barca, la Iglesia, que navega sin temor y sin ningún miedo en medio de corrientes adversas e incluso en medio de tempestades.

Signos que nos ofrece Dios para el nuevo curso pastoral

Sigamos así, muy unidos, con una unidad sin fisuras, y sin temor ni miedo alguno. Es lo que asegura la fe que nos sostiene y también los signos que Dios nos ofrece en el umbral de un nuevo Curso pastoral. Además de estar cercanos a concluir este año de gracia que pasamos, Año de la Misericordia y Año Jubilar del Santo Cáliz de la Misericordia, abrimos este curso con la ordenación episcopal de D. Arturo Pablo Ros Murgadas, que se ocupará de manera particular en animar, potenciar y coordinar el apostolado de los laicos, la familia, y la vida de la caridad en orden a una evangelización; y espero, como anticipé en su día, que el Papa me conceda a no tardar mucho otro Obispo Auxiliar, que se ocupe de alentar y coordinar en general cuanto se refiere a la evangelización explícita de nuestra diócesis, es decir, el primer anuncio o anuncio misionero para la conversión al Evangelio, el sentido misionero, la catequesis, la educación cristiana de niños y jóvenes, la iniciación o reiniciación cristiana: hacer cristianos, en definitiva -gran reto de la Iglesia de siempre y de hoy-. Son dos motivos para vivir con gran esperanza y alegría el momento que vivimos, por muchos motivos, que a ninguno de vosotros se os ocultan. Si a esto añadimos el gran regalo que Dios, por medio del Papa, nos hizo concediéndonos a D. Esteban Escudero Torres, que regresase de nuevo a Valencia como Obispo Auxiliar, para enriquecerla y alentarla en el vasto campo de la evangelización de la cultura, sobre todo en su atención a nuestra Universidad Católica, nos damos cuenta en seguida que no tenemos motivos nada más que para dar gracias a Dios y proseguir nuestro camino con esperanza, puesta nuestra mirada en Jesucristo, iniciador y consumador de nuestra fe, para hacer partícipes de ese don infinito y gozoso de la fe a nuestros hermanos los hombres, que es nuestra tarea y misión que Dios nos confía. Dios no nos deja, Dios nos concede lo que necesitamos y nos da su gracia para ponernos manos a la obra, siendo conscientes de que todo es don y gracia suya.

Pero, además, para rematar, debo añadir la gozosa e iluminadora llamada de Dios a todos -a mí el primero- a difundir y compartir con todos la alegría de la fe y del amor, porque Dios mismo nos concede concluir con una Asamblea Diocesana a celebrar -D.m,- el 15 de octubre, fiesta de la gran Santa Teresa de Jesús, los trabajos que en nuestra diócesis de Valencia se han llevado a cabo a lo largo de años con el “Itinerario de Renovación” (IDR) y el “Itinerario de Evangelización” (IDR), y que culminarán -s,D.q.- con las propuestas encaminadas a poner en marcha un Proyecto Pastoral a aplicar en toda la Diócesis los próximos años. La Asamblea, con sus propuestas de actuación, constituye un importante momento en nuestra Diócesis y será un espléndido instrumento, querido por Dios para su Iglesia en Valencia, de renovación y revitalización para recobrar el vigor de una fe vivida y anunciar y testimoniar el Evangelio de Jesucristo.

Os invito a leer y releer las páginas con las que introduzco dichas propuestas en el folleto de Proyecto para la Asamblea que, para no repetir, resumo en aquellas palabras que, en su último viaje a España, San Juan Pablo II, dejó como consigna a cuantos formamos la España que somos, y que nosotros las concretamos para Valencia: “España evangelizada, España evangelizadora, ése es tu camino”: “Valencia evangelizada, Valencia evangelizadora, ése es tu camino”. El camino que vamos a seguir todos, con todos y entre todos, con la ayuda de Dios, dejándonos ayudar por Él, y con el auxilio y protección de la Santísima Virgen, Virgen del Puig y de los Desamparados, y de todos los santos, particularmente de los santos valencianos San Vicente Mártir y San Vicente Ferrer, y de la pléyade inmensa de valencianos, santos y santas confesores, mártires, vírgenes, que siguieron a Jesús y nos ayudan tantísimo en todo momento y circunstancia.

Contemplando la multitud de santos y santas de nuestra Diócesis, ya canonizados o beatificados, los que están incluidos en sus respetivos procesos o los que se van a iniciar próximamente su proceso, como es el caso de D. Jesús Pla Gandía, uno queda asombrado, admirado de las grandes maravillas que Dios ha hecho con esta Diócesis de Valencia, signo de lo que Él ha querido y quiere para Valencia y que nosotros hemos de secundar y continuar por la senda estrecha de las bienaventuranzas y de la caridad, que nos identifican con Jesús, en quien el Padre del Cielo nos lo ha dado todo y nos ha bendecido con toda suerte de bienes y bendiciones suyas y nos ha llamado a ser santos por el amor. Que se haga su voluntad.

Su voluntad, por su infinito amor misericordioso, es que todos los hombres se salven, y se salven por la fe en Jesucristo, nuestro único Salvador y Redentor, en quien nos ha amado y nos ama hasta el extremo, y por Él nos salva. Por eso, urge llevar a los hombres a Jesucristo, anunciarles y entregarles a Jesucristo: evangelizar. Ése es nuestro programa. No podemos querer otra cosa que Jesucristo sea conocido, amado y participado por todos. Este anuncio y testimonio, esta obra de evangelización, es obra del amor de Dios que actúa en nosotros y tiene que ir acompañado de la caridad, manifestación de la misma caridad de Dios que opera la salvación.

Madre Teresa de Calcuta, hito para nuestra diócesis

Por esto, como gran signo, inseparable siempre y para siempre, del anuncio del Evangelio, el signo de la caridad que verifica y comprueba la verdad de lo que se anuncia. Para remachar esto, Dios, en su infinita bondad, por su inmensa compasión, misericordia nos ofrece una gran señal que nos ilumina y guía en medio de la noche que atravesamos: la canonización el día 4 de septiembre por el Papa Francisco de la Madre Teresa de Calcuta.

Madre Teresa de Calcuta ha de ser por eso el gran signo, el hito que oriente nuestras tareas pastorales en nuestra diócesis. En la coyuntura que atravesamos y en el contexto de un nuevo año pastoral en nuestra diócesis, y ante la inminente Asamblea diocesana que se reunirá el 15 de octubre, fiesta de Santa Teresa de Jesús, para proponer la aprobación de un Proyecto Pastoral para la Iglesia que peregrina en Valencia, no me resisto a citar unas emblemáticas palabras de Madre Teresa de Calcuta dichas a los seminaristas de Toledo cuando visitó fugazmente su seminario: “La gente hoy está tan ocupada que no tiene tiempo para sonreírse unos a otros. Por eso necesitamos orar unidos, y la oración es el principio y el comienzo del amor. Enseñad, por favor, a orar a la gente. Cuando fuimos a México a abrir la casa, visitamos las familias más pobres de la zona. Ellos, que no tenían absolutamente nada en la casa, todas las familias nos pidieron, lo único que pidieron:´por favor, enséñanos la Palabra de Dios`. Aunque no tenían nada en la casa nos pidieron la Palabra de Dios. Tenían hambre de Dios, y esto es lo que descubro por todos los países. Hoy las Hermanas tienen casas en 52 países -hoy, bastantes más- y hay esa tremenda hambre de Dios. Por eso vosotros, que vais a ser sacerdotes, creced en ese profundo deseo imperativo de ser uno con Jesucristo. Cuando nos rendimos completamente a Jesucristo, también nosotros hemos de llegar a ser uno con Jesucristo. Y eso es la santidad; que es algo para vosotros y para mí. La grandeza de la santidad que se le pide a los sacerdotes, les exige ser capaces de perdonar los pecados, de convertir el pan corriente en Pan de Vida. ¡Qué santo y qué puro ha de ser el corazón del sacerdote! En el último Sínodo que asistí sobre la Familia, le pedí al Santo Padre ´Déme, por favor, santos sacerdotes, porque si nos da santos sacerdotes, nosotras religiosas, y las familias que atendemos, serán santas`. Necesitamos santos sacerdotes que nos lleven a Jesucristo, que nos enseñen a amar a Jesucristo. Porque si estáis enamorados de Jesucristo seréis capaces de amaros los unos a los otros, y habrá paz; porque las obras del amor, son obras de paz. Estad enamorados de Jesucristo en la Eucaristía. Porque Jesucristo se hizo Pan de Vida para darnos la Vida, para satisfacer nuestro amor hacia Él. Y entonces Él mismo se hizo hambriento para que vosotros y yo seamos capaces de satisfacer su hambre de nuestro amor. Por eso los pobres son el regalo de Dios hacia nosotros. Espero que cuando lleguéis a ser sacerdotes, profundicéis vuestro amor a Jesucristo amando a los pobres, y que se sientan reconocidos y amados en toda su dignidad de personas e hijos de Dios”.

Sin comentarios. Pero eso sí: Dios nos llama y alienta nuestra esperanza en estos tiempos precisamente por Teresa de Calcuta, que será puesta como enseña luminosa para la humanidad entera, también para nuestra diócesis, para España, a la que ella visitó varias veces y siempre pudimos ver en ella la llamada de Dios apremiante a ser santos, muy santos, pues así habrá una Iglesia renovada y renovadora, verdaderamente revolucionaria con la única revolución que cambia el mundo la del amor, la de la caridad, la de Dios que no pasa de largo de los pobres más pobres, sino que se acerca tanto a ellos, que con ellos se identifica: ahí está la santidad.

En Madre Teresa de Calcuta la caridad de Cristo, el infinito amor con que Él nos ha amado hasta el extremo, ha llegado a nosotros y lo hemos visto de manera palpable. Fue un aire fresco de vida su paso por esta tierra, calcinada frecuentemente por el hambre, el desprecio de la vida, la muerte violenta, y la cerrazón de las entrañas ante la miseria de esa inmensa muchedumbre de hermanos nuestros que son considerados deshecho de nuestras ciudades. Las gentes extenuadas, los pobres más pobres, los niños de las calles han visto en ella algo singular. Todo el mundo lo ha visto. Todo el mundo la admira. Porque hay en ella un rayo de luz y de esperanza, una frescura de vida, una ternura que levanta y libera de la postración o de la exclusión: La ternura de Dios, la luz de su presencia, la esperanza de su amor, la entrega infinita de su vida por nosotros, por los últimos y desheredados de la tierra.

Indicativo claro de que Dios es Dios

La Madre Teresa de Calcuta ha sido y es un don de Dios a la humanidad entera en su Iglesia; es signo y presencia del Evangelio vivo del amor de Dios, que se ha acercado a nosotros en una carne de sufrimiento en su propio Hijo; más aún, que se ha hecho esa carne y ha tomado sobre sí todo sufrimiento y toda pobreza y ha manifestado cómo Dios ama al hombre, hasta el extremo. Esta religiosa, consagrada al Señor -no lo olvidemos, consagrada al Señor, enteramente de Él y para Él, ante todo-, con una vida de alta e intensa oración y contemplación, es testigo viviente de Jesucristo, Hijo de Dios humanado, el Buen samaritano que no pasa de largo, sino que se acerca a todo hombre maltrecho, tirado en la cuneta y despojado, para curarle y cargarlo sobre su propia cabalgadura y conducirlo donde hay calor y cobijo de hogar.

Enraizada en el amor de Dios, conducida por El mismo, ha ido a donde se le puede encontrar: en su Hijo crucificado y pobre, y así, en los leprosos, los hambrientos, los moribundos en las calles, los sin techo, los inocentes eliminados antes de nacer…, ese larguísimo viacrucis o inmenso calvario donde Él sigue crucificado. El amor, la caridad, la misericordia, la compasión es señal y presencia de la luz que es Cristo, a quien los hombres buscan a veces sin saberlo, como han buscado a esta mujer que ha vivido con las mismas entrañas de misericordia que su Maestro. Esta mujer menuda y muy grande ha sido y es un indicativo claro y esplendoroso de que Dios es Dios, Dios-con­ nosotros; ella ha sido y es recuerdo hecho carne para todos de que al atardecer de la vida seremos juzgados del amor; es afirmación de que la caridad es lo primero y principal que permanece para siempre; es cercanía de Dios que es amor, al que se le conoce cuando se ama a los demás, con amor preferencial por los más pobres y despreciados: como Él.

De estos signos, que, además, todos entienden, sobre todo los sencillos, necesita la humanidad, también hombres y mujeres de nuestra diócesis. Ahí se muestra y comprueba cómo el Evangelio vivo, el Evangelio de la caridad, Jesucristo, es creíble, porque es la única esperanza, el verdadero amor y la fuente de alegría para todos: para los que pasan hambre, los pobres, los encarcelados, los desterrados, los refugiados, los enfermos, los excluidos, los que carecen de cobijo, los desnudos y despojados, los perseguidos por su fe y la defensa de la justicia, los inocentes no nacidos amenazados de muerte en el seno materno…, en definitiva los más pobres, que son los predilectos de Dios. Él es Dios con los hombres y para los hombres: es Amor. Teresa de Calcuta nos recuerda que nuestra vocación de hombres es ir por toda la tierra y abrazar los corazones de los hombres, hacer lo que hizo el Hijo de Dios, que vino a traer fuego al mundo para inflamarle con su amor. Ella es un gran signo por el que se conoce a Jesucristo y a sus discípulos: “En esto conocerán que sois discípulos míos: en que os amáis unos a otros como yo os he amado”. Verdadera enseña de la nueva humanidad hecha de hombres y mujeres nuevos con la novedad del bautismo y de la vida conforme al Evangelio. Signo de Dios que es Amor.

Curso pastoral lleno de esperanza

Hermanos, al comenzar este curso pastoral, lleno de esperanza, don de la gracia de Dios, que opera por la caridad, sin olvidar para nada lo que nos ha precedido este pasado curso, signos de la caridad de Dios, conscientes de que el enemigo anda buscando a quien devorar, armémonos de las armas de la fe, avivemos nuestra esperanza, reafirmemos nuestra caridad, fortalezcamos la vida de oración, situemos en el centro de cada una de nuestras vidas personales y de nuestras comunidades la Palabra de Dios, la sagrada Eucaristía, la adoración eucarística y la oración. Así, por la gracia de Dios, seremos, en expresión teresiana de tan largo alcance, “amigos fuertes de Dios”, haremos testimonio del sólo Dios, de que “sólo Dios basta”, de la verdad escondida, tan progresista, en la expresión del Cardenal Sarah: “Dios o nada”, que acoge y quiere a todos y a nadie excluye. Con mi afecto profundo y mi bendición para todos

Valencia, 28 de agosto, 2016, fiesta de San Agustín

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

AVAN

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