La Pascua

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2015-04-04 20.40.31 2015-04-04 20.40.34 2015-04-04 20.40.58 2015-04-04 20.41.08 2015-04-04 20.41.41 2015-04-04 20.41.49 2015-04-04 20.47.09 2015-04-04 20.47.16 2015-04-04 20.47.31 2015-04-04 20.47.41 2015-04-04 20.47.56 2015-04-04 20.48.33 2015-04-04 20.49.27 2015-04-04 20.50.05 2015-04-04 20.50.19 2015-04-04 20.50.30 2015-04-04 20.52.01

2015-04-04 20.50.05El tiempo pascual comprende cincuenta días (en griego = “pentecostés”, vividos y celebrados como un solo día: “los cincuenta días que median entre el domingo de la Resurrección hasta el domingo de Pentecostés se han de celebrar con alegría y júbilo, como si se tratara de un solo y único día festivo, como un gran domingo” (Normas Universales del Año Litúrgico, n 22).

El tiempo pascual es el más fuerte de todo el año, que se inaugura en la Vigilia Pascual y se celebra durante siete semanas hasta Pentecostés. Es la Pascua (paso) de Cristo, del Señor, que ha pasado el año, que se inaugura en la Vigilia Pascual y se celebra durante siete semanas, hasta Pentecostés. Es la Pascua (paso) de Cristo, del Señor, que ha pasado de la muerte a la vida, a su existencia definitiva y gloriosa. Es la pascua también de la Iglesia, su Cuerpo, que es introducida en la Vida Nueva de su Señor por medio del Espíritu que Cristo le dio el día del primer Pentecostés. El origen de esta cincuentena se remonta a los orígenes del Año litúrgico.

Los judíos tenían ya la “fiesta de las semanas” (ver Dt 16,9-10), fiesta inicialmente agrícola y luego conmemorativa de la Alianza en el Sinaí, a los cincuenta días de la Pascua. Los cristianos organizaron muy pronto siete semanas, pero para prolongar la alegría de la Resurrección y para celebrarla al final de los cincuenta días la fiesta de Pentecostés: el don del Espíritu Santo. Ya en el siglo II tenemos el testimonio de Tertuliano que habla de que en este espacio no se ayuna, sino que se vive una prolongada alegría.

La liturgia insiste mucho en el carácter unitario de estas siete semanas. La primera semana es la “octava de Pascua’, en la que ya por tradición los bautizados en la Vigilia Pascual, eran introducidos a una más profunda sintonía con el Misterio de Cristo que la liturgia celebra. La “octava de Pascua” termina con el domingo de la octava, llamado “in albis”, porque ese día los recién bautizados deponían en otros tiempos los vestidos blancos recibidos el día de su Bautismo.

Dentro de la Cincuentena se celebra la Ascensión del Señor, ahora no necesariamente a los cuarenta días de la Pascua, sino el domingo séptimo de Pascua, porque la preocupación no es tanto cronológica sino teológica, y la Ascensión pertenece sencillamente al misterio de la Pascua del Señor. Y concluye todo con la donación del Espíritu en Pentecostés.

La unidad de la Cincuentena que da también subrayada por la presencia del Cirio Pascual encendido en todas las celebraciones, hasta el domingo de Pentecostés. Los varios domingos no se llaman, como antes, por ejemplo, “domingo III después de Pascua”, sino “domingo III de Pascua”. Las celebraciones litúrgicas de esa Cincuentena expresan y nos ayudan a vivir el misterio pascual comunicado a los discípulos del Señor Jesús.

Las lecturas de la Palabra de Dios de los ocho domingos de este Tiempo en la Santa Misa están organizados con esa intención. La primera lectura es siempre de los Hechos de los Apóstoles, la historia de la primitiva Iglesia, que en medio de sus debilidades, vivió y difundió la Pascua del Señor Jesús. La segunda lectura cambia según los tres ciclos: la primera carta de San Pedro, la primera carta de San Juan y el libro del Apocalipsis.

Los Primeros Cristianos

Aquí encontrará una serie de textos, en los que se muestran algunos rasgos significativos de cómo entendían  y vivían el misterio santo de la Pascua las primeras generaciones cristianas. Son textos muy significativos para nosotros hoy, y una ayuda espléndida para respirar más plenamente, en los umbrales ya del tercer milenio cristiano, el aire fresco de la fe en la Resurrección de Cristo, primicia de la nuestra, fuente de esperanza cierta y manantial inagotable de ese Amor que el mundo entero necesita más que ninguna otra cosa.

Con una Piedra en el Sepulcro

El 14 [del mes de Nisán] es la verdadera Pascua del Señor, la gran inmolación: en lugar del cordero, el Hijo de Dios; Aquel que fue atado y, sin embargo, ató al fuerte; que fue juzgado, y es Juez de vivos y muertos; que fue entregado en manos de los pecadores para ser crucificado; que fue traspasado en su santo costado, e hizo brotar del mismo el doble baño de la purificación: el agua y la sangre, la Palabra y el Espíritu; que fue sepultado en el día de la Pascua, con una piedra cerrando el sepulcro. Apolinar de Hierápolis (siglo II)

El Misterio del Bautismo

En los años anteriores, el Señor, celebrando la Pascua, comió el cordero pascual inmolado por los judíos. Pero una vez que hubo predicado el Evangelio, siendo Él mismo la Pascua, el cordero de Dios, que era llevado como oveja al matadero, enseguida explicó a los discípulos el misterio de estas imágenes, y esto el día 13 [de Nisán], cuando le preguntan: ¿Dónde quieres que te hagamos los preparativos para comer la Pascua? Era el mismo día en que tenía lugar la santificación de los ázimos y la preparación de la fiesta. Por eso san Juan describe en ese día el lavatorio de los pies de los discípulos, que el Señor realiza justamente como preparación. Fue, pues, al día siguiente en el que nuestro Señor murió, siendo Él mismo la Pascua inmolada por los judíos.

Por eso el 14 [de Nisán], el día de su muerte, a primera hora de la mañana, habiéndolo conducido a Pilatos, los sumos sacerdotes y los escribas no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la Pascua, por la tarde, sin impedimentos. Con este preciso cálculo de días concuerdan todas las Escrituras y los evangelios en plena armonía. Lo confirma también la resurrección; resucita el tercer día, que corresponde al primer día [de la fiesta judía] de Las Semanas de la cosecha, cuando estaba prescrito que el sacerdote ofreciese un haz.

Escucha lo que dice el profeta: El Señor nos resucitará después de dos días y al tercer día, resucitados, viviremos en su presencia. El primer día es para nosotros la Pasión del Salvador; el segundo, el de su descenso al lugar de los muertos; el tercero es el día de la resurrección. Si el apóstol san Pablo nos enseña que en estas palabras se esconde el misterio del bautismo, es necesario que aquellos que son bautizados en Cristo sean bautizados en su muerte y sean también sepultados con Él, y con Él resuciten de la muerte al tercer día. Cuando, por tanto, tú hayas recibido el misterio del tercer día, entonces Dios comenzará a guiarte y a mostrarte el camino de la salvación. Orígenes (siglo III)

Victoria sobre la Muerte

La Pascua verdadera es la abstinencia del mal, el ejercicio de la virtud y el paso de la muerte a la vida. Es esto lo que se aprende de la imagen antigua. Entonces se esforzaban en pasar desde Egipto a Jerusalén; ahora nosotros nos esforzamos en pasar de la muerte a la vida. Entonces, del Faraón a Moisés; ahora, del diablo al Salvador.

Ayunamos pensando en la muerte, para poder después vivir. Vigilamos sin tristeza, pero más bien como gente que espera al Señor que vuelve del banquete, para volverse a encontrar entre nosotros y anunciar cuanto antes el signo de la victoria sobre la muerte. San Atanasio (siglo IV)

A Pan y Agua

Los seis días de la Pascua transcurren para todos a base de comer sólo pan, sal y agua, al atardecer. Los más piadosos prolongan el ayuno hasta dos, tres y cuatro días, y algunos toda la semana, hasta el canto del gallo, al despuntar el domingo, vigilando todos los seis días y celebrando las asambleas en los seis días y en toda la Cuaresma, de la hora nona a la de vísperas. En algunos lugares se hace la vigilia en la noche que sigue a la feria quinta, hasta el despuntar de la Pascua, y en la noche del domingo. San Epifanio (siglo IV)

«Como entre nosotros»

El sábado se prepara la vigilia pascual en la iglesia mayor, es decir, en el Martyrium. La vigilia pascual se desarrolla como entre nosotros; además, aquí sólo se da el hecho de que los neófitos, una vez bautizados y puesta la vestidura blanca, son conducidos enseguida, apenas salidos de la fuente, a la Anástasis (lugar de la celebración eucarística), junto con el obispo. El obispo traspasa las puertas de la Anástasis; se recita un himno y el obispo pronuncia una oración para ellos; luego retorna con ellos a la iglesia mayor, donde el pueblo está en vigilia. Aquí se hace lo mismo que entre nosotros y, después de la oblación, tiene lugar la despedida. Después de la despedida, que sigue a la vigilia en la iglesia mayor, inmediatamente, al canto de himnos, se nos conduce a la Anástasis. Aquí se lee de nuevo el pasaje evangélico de la resurrección, se hace una plegaria y el obispo repite la oblación. La vigilia concluye aquel día a la misma hora que entre nosotros. Del Itinerario de Egeria (siglo IV)

«Mis hermanos y señores»

Estos días, como todos saben, nosostros celebramos la Pascua, y en ellos se canta el Aleluya. Debemos, sin embargo, hermanos, poner mucha atención para comprender con el alma aquello que celebramos visiblemente. Pascua es una palabra hebrea que significa paso; en griego [suena] pásjein, padecer, y en latín pascere, en el sentido con que se dice: Apacentaré a los amigos. ¿Quién es el que celebra la Pascua sino quien pasa de la muerte de los propios pecados a la vida de los justos, como dice el Apóstol: Hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos? ¿Quién es el que celebra la Pascua sino quien cree en Aquel que ha padecido en la tierra, para reinar con Él en el cielo? ¿Quién es el que celebra la Pascua sino quien apacienta en los hermanos a Cristo? Él, en efecto, ha dicho de los pobres: Quienquiera que lo haya hecho a uno de los míos más pequeños, me lo ha hecho a mí. Cristo está ascendido en el cielo y es indigente en la tierra; interpela al Padre por nosotros y aquí abajo pide el pan desde nosotros. Por eso, mis hermanos y señores, si queremos celebrar una Pascua saludable, pasemos de los pecados a la justicia, padezcamos por Cristo, apacentemos en los pobres a Cristo. «En los años anteriores, el Señor, celebrando la Pascua, comió el cordero pascual inmolado por los judíos. Pero una vez que hubo predicado el Evangelio, Él mismo se convirtió en el Cordero de Dios» «¿Quién es el que celebra la Pascua sino quien cree en Aquel que ha padecido en la tierra, para reinar con Él en el cielo?» San Agustín (siglo IV)

 

 

El cirio Pascual:

Es el símbolo más destacado del Tiempo Pascual. La palabra “cirio” viene del latín “cereus”, de cera. El producto de las abejas. El cirio más importante es el que se enciende en la vigilia Pascual como símbolo de cristo – Luz, y que se sitúa sobre una elegante columna o candelabro adornado.

El Cirio Pascual es ya desde los primeros siglos uno de los símbolos más expresivos de la Vigilia. En medio de la oscuridad (toda la celebración se hace de noche y empieza con las luces apagadas), de una hoguera previamente preparada se enciende el Cirio, que tiene una inscripción en forma de cruz, acompañada de la fecha del año y de las letras Alfa y Omega, la primera y la última del alfabeto griego, para indicar que la Pascua del Señor Jesús, principio y fin del tiempo y de la eternidad, nos alcanza con fuerza nueva en el año concreto que vivimos. Al Cirio Pascual se le incrusta en la cera cinco granos de incienso, simbolizando las cinco llagas santas u gloriosas del Señor en la Cruz.

En la procesión de entrada de la Vigilia se canta por tres veces la aclamación al Cristo: “Luz de cristo. Demos gracias a Dios”, mientras progresivamente se van encendiendo los cirios de los presentes y las luces de la iglesia. Luego se coloca el cirio en la columna o candelabro que va a ser su soporte, y se proclama en torno a él, después de incensarlo, el solemne Pregón Pascual.

Además del simbolismo de la luz, el Cirio Pascual tiene también el de la ofrenda, como cera que se gesta en honor de Dios, esparciendo su Luz: “acepta, Padre Santo, el sacrificio vespertino de esta llama, que la santa Iglesia te ofrece en la solemne ofrenda de este cirio, obra de las abejas. Sabemos ya lo que anuncia esta columna de fuego, ardiendo en llama viva para gloria de Dios… Te rogamos que este Cirio, consagrado a tu nombre, para destruir la oscuridad de esta noche”.

El Cirio Pascual estará encendido en todas las celebraciones durante las siete semanas de la cincuentena pascual, al lado del ambón de la Palabra, hasta la tarde del domingo de Pentecostés. Una vez concluido el tiempo Pascual, conviene que el Cirio se conserve dignamente en el bautisterio. El Cirio Pascual también se usa durante los bautizos y en las exequias, es decir al principio y el término de la vida temporal, para simbolizar que un cristiano participa de la luz de Cristo a lo largo de todo su camino terreno, como garantía de su definitiva incorporación a Luz de la vida eterna.

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