Homilia Solemnidad de Santiago

Homilía de

 

 

Majestades, les agradecemos cordialmente que en el comienzo de su Reinado hayan querido presentar la Ofrenda al Patrón de España. Pedimos que con su patrocinio el Señor les colme de bendiciones para el bienestar de España y gozo de sus Majestades, y no les falte la luz y la ayuda divinas en el cumplimiento de su misión. Cuenten con nuestro afecto y oración, agradeciendo también a  los Reyes D. Juan Carlos y Dª Sofía el generoso trabajo y el servicio realizado por el bien común del pueblo español.

 

Saludo fraternalmente al Sr. Cardenal, a los Sres. Arzobispos y Obispos, a los miembros del Cabildo, a las Autoridades, a los sacerdotes, miembros de vida consagrada y laicos, a los miembros de la Archicofradía del Apóstol Santiago, a los miembros de las Ordenes de Santiago, a los radioyentes y televidentes, y a los peregrinos que han llegado a la Casa del Señor Santiago.

Celebramos hoy al Apóstol Santiago el Mayor, testigo y mártir temprano del evangelio de Jesucristo quien por medio de él nos ha llamado al conocimiento de la verdad. No es un mártir desconocido. Transmitió la verdad del Evangelio hasta morir por ella. La contemplación de esta vida santa nos atrae misteriosamente, y así lo perciben también tantos peregrinos que llegan a venerar su tumba. Entre ellos estaba hace ocho siglos San Francisco de Asís.

 

Su testimonio nos urge a recuperar la frescura original del Evangelio, de la que brotan nuevos caminos y palabras cargadas de renovado significado para nuestro mundo que necesita el anuncio del amor de la salvación de Dios. “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento”[1]. Este es el menaje que la Iglesia, sostenida por la acción del Espíritu, tiene que transmitir, propiciando el diálogo, suscitando la colaboración al servicio de la vocación personal y social del hombre, viviendo de su específica moral cristiana que la ofrece y propone a los demás como una posibilidad que humaniza, libera y engrandece. La Iglesia apoya con la luz de la fe la razón para esta que no se vea reducida a una comprensión meramente funcional y corra el riesgo de generar una cultura que borra a Dios del horizonte posible del hombre. Lejos de todo fundamentalismo irracional y arcaico, su aportación en actitud de oración y adoración es afirmar que  Dios existe y que “solo Él es absoluto, amor fiel e indeclinable, meta infinita que se trasluce detrás de todos los bienes, verdades y bellezas admirables de este mundo; admirables pero insuficientes para el corazón del hombre. Bien comprendió esto Santa Teresa de Jesús cuando escribió: “Sólo Dios basta”, nos decía el papa Benedicto XVI. “Dejarnos amar por Dios  y amarlo con el amor que El mismo nos comunica, provoca en la vida de la persona y en sus acciones una primera y fundamental reacción: desear, buscar y cuidar el bien de los demás”[2].

 

El mismo Cristo nos dijo que “el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo”. Esto comporta reconocer, apoyar y favorecer las realidades que animan la vida de los demás, acercándonos a ellos con amor fraterno para desatar los nudos de la existencia, incluso los más impenetrables. Para los cristianos el servir a los hermanos es parte esencial de su ser, haciendo presente el amor de Dios con sencillez y en verdad. Dios está presente en la vida de cada una de las personas. Servir generosa y gratuitamente a quienes no cuentan en nuestra sociedad, a los que ven herida su dignidad por tantas dolencias físicas, espirituales, psicológicas y morales, y ser sensibles al dolor y al sufrimiento de los más vulnerables es dar razón de nuestra esperanza cristiana, poniendo nuestra vida en juego para gloria de Dios y servicio de los hombres.  “La forma lograda del cristiano es lo más bello de cuanto en el ámbito humano pueda darse; esto lo sabe el simple cristiano, que ama también a sus santos porque la imagen radiante de su vida resulta realmente atrayente“(H.U. von Baltasar). La perspectiva cristiana ha contribuído a la afirmación de los derechos humanos en la certeza de que “Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación” (GS 22).

 

El apóstol Santiago bebió el cáliz del Señor, contribuyendo a que la fe no enmudeciera ante las contradicciones del mundo. “Creí por eso hablé”. La fe que hemos de purificar constantemente, requiere valentía por parte del creyente y “es un abrazo lleno de realismo a todos los hombres, un acontecimiento que no puede ser reducido a una militancia o a una ideología socio política”. En esta solemnidad recordamos que los valores cristianos han contribuido al desarrollo integral de las personas, conformando una cultura que trata de superar la desconfianza, y de afirmar el compromiso del buen samaritano. Sin esta conformación cultural en todas las dimensiones de  nuestra vida, sería difícil entendernos personal y socialmente como pueblo. Quien cree y ama se convierte de este modo en constructor de la verdadera “civilización del amor”, en la que Cristo colma nuestros silos de felicidad.

 

En medio del espesor de la historia y de la fatiga moral el apóstol Santiago sigue alentando  nuestra fe como respuesta a la necesidad de una esperanza fiable fundamentada en la resurrección del Señor, y animada por la novedad del Espíritu Santo que Dios da a los que le obedecen. Si queremos que “el hoy de los cristianos españoles” se acerque o se ajuste mejor “al hoy de Dios”, es preciso iluminar con la luz de la fe nuestra realidad, lo que fortalecerá nuestra convivencia y ayudará a vencer nuestro pesimismo. Apreciar lo bueno que tenemos con lucidez intelectual, coraje moral y capacidad de hacernos cargo de la vida de los otros, abrirá caminos de esperanza. Del mensaje del Hijo de Dios fluyen tareas, luz y fuerzas que nos sirven para construir y fortalecer la comunidad de los hombres según la ley divina, recordando que “la gloria de Dios es el hombre viviente; la vida del hombre es la visión de Dios” (San Ireneo de Lyon, Adv.Haer. 4,20).

 

Poño sobre o altar a vosa ofrenda, Maxestade, encomendando á intercesión do Apóstolo Santiago ao Papa Francisco, a Igrexa que peregrina en España e a todos os pobos, e de xeito especial ao pobo galego para que manteñamos unha convivencia solidaria non esquecendo as nosas raíces. Que o pobo do Apóstolo Santiago e os demais pobos que están a sufrir a guerra no mundo se vexan bendicidos coa paz mediante a conversión do corazón das súas xentes. Pido polas persoas e familias que sofren as consecuencias da crise moral e económica que estamos a padecer, e por todos os nosos gobernantes para que teñan fortaleza, xenerosidade e constancia na busca do ben común e da renovación ética e moral da nosa sociedade. Que Deus bendiga ás súas Maxestades e a toda a Familia Real, sempre sensibles a toda realidade que afecta a España. “A nosa terra dará o seu froito porque nos bendí o Señor noso Deus” (Ps 66,7). Deus nos axuda e tamén o Apóstolo Santiago.

 

[1] FRANCISCO, Evangelio Gaudium, 1.

[2] Ibid., 178.

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