CREER EN LA IGLESIA. Padre Isaac Riera – M.S.C

En el Credo o profesión de fe del católico, decimos: “ Creo en la Santa Iglesia Católica”, un artículo de fe que proclamamos en nuestra asamblea de la Palabra y de la Eucaristía: dentro de la Iglesia, proclamamos la fe en esa misma Iglesia. Como creyentes, esa fe deberíamos mantenerla siempre firme, sean cuales sean las situaciones y los problemas que nos puedan surgir. Pero no siempre es así, ni muchísimo menos: una buena parte de la gente que se considera católica, pero que no es practicante, y otros que practican, pero que son “contestatarios” – así ocurre en cierto clero “progresista”- llevan a tal extremo una crítica tan sistemática y profunda de las enseñanzas de la Iglesia , que muy difícilmente se puede decir que tengan fe católica. Más aún: hay católicos que dicen abiertamente que creen en Jesucristo, pero que no creen en la Iglesia, y se quedan tan tranquilos, porque la confusión de ideas en las cuestiones religiosas es ya un mal endémico.

Se cree en la Iglesia cuando la vemos como una institución divina, aunque esté compuesta de hombres, y se deja de creer en ella cuando sólo vemos su realidad humana. Este es el verdadero fondo de la cuestión. Es significativo, a este respecto, que la crítica a la Iglesia se convierta en fobia anticlerical desde hace siglos. Cuando se deja a un lado su realidad divina y se la considera como una estructura puramente humana, es lógico que exista una animadversión hacia la jerarquía católica, acusándola de dogmatismo impositivo, de dominadora de conciencias, de enemiga de la libertad, tal como ocurre en las instituciones humanas. Los enemigos de la Iglesia centran su crítica sólo en su jerarquía, no en el mal comportamiento del pueblo católico, porque saben que constituye su estructura fundamental. Así ocurrió con la Reforma protestante. En nombre de la “libertad cristiana”, Lutero atacó a la Jerarquía católica con este resultado final: la disolución de la Iglesia en innumerables sectas.

La fe en la Iglesia tiene una analogía con la fe en Jesucristo: así como creemos en Jesucristo en su misterio humano-divino, así también creemos este misterio en la Iglesia. Los dos aspectos son inseparables y se cae fácilmente en la herejía cuando se contraponen. Creer en la Iglesia, por otra parte, es fundamental para mantener la fe en todos los demás misterios cristianos. Cree en la Iglesia, que la Iglesia ayudará tu fe . La experiencia, mil veces repetida, confirma este principio, porque todas las herejías y todos los casos de pérdida de la fe cristiana han comenzado, sin excepción, en la crítica radical a la Iglesia jerárquica. Y no puede ser de otra manera. Cuando no se ve en la jerarquía a los representantes de Jesucristo, su palabra deja de ser norma de fe y defensa en las posibles desviaciones, y es nuestro pensamiento, sólo nuestro pensamiento, quien decide lo que debemos o no debemos creer. Pero no nos engañemos: ese cristianismo “ a la carta” que nos fabricamos, es una pérdida de la fe.

La verdad que nos ilumina

Creer en la Iglesia nos hace creer en las verdades fundamentales que necesitamos para dar sentido a la vida y cuya ausencia nos hunde en el vacío. Es el signo distintivo del católico. No nos diferenciamos de los demás por nuestro comportamiento, sino por nuestras firmes creencias. Y ello tiene una importancia capital, como podemos constatar en nuestro tiempo. La mayor parte de los males morales que padecemos provienen de la dictadura del relativismo y subjetivismo que se ha impuesto en nuestra sociedad; sin ninguna verdad segura, cada uno define el bien y el mal a su manera y todo es posible para una libertad sin contenido. En este contexto sociocultural que estamos viviendo, el catolicismo que representa la Iglesia es más necesario que nunca porque nos da lo que no encontramos en el mundo: las firmes verdades en respuesta a los grandes interrogantes de la existencia, las pautas para guiar nuestro conducta , el horizonte luminoso que da sentido a nuestra vida.

Este gran bien que nos da la Iglesia, sin embargo, es “piedra de escándalo” para el mundo, de cuyos criterios, lamentablemente, también participan algunos que se dicen católicos. En el tema de las verdades de fe, la Iglesia es, fue y será inamovible , y esto escandaliza a la gran opinión del mundo, que considera a la libertad de pensamiento como uno de los principios fundamentales del humanismo moderno. Es comprensible este escándalo en los que no tienen fe católica, pero resulta incomprensible en los que dicen tenerla. Al enseñar y defender ciertas verdades como dogmas de fe, la Iglesia no defiende “su” doctrina, “sus” principios o “ su” ideología, tal como ordinariamente se dice, sino las verdades reveladas por Dios de la que Ella es “depositaria”, “columna” y “fundamento” ( 1 Tim 6, 20 y 2, 15 ). Cuando nos adherimos a la doctrina de la Iglesia, no nos sometemos a la doctrina de una institución, sino a las verdades reveladas por Dios, las únicas inmutables, y que por esa razón son objeto de fe.

Esta firmeza en la fe, sin embargo, supone grandes problemas y sufrimientos, sobre todo en nuestro tiempo, tanto por la imagen social de la jerarquía de la Iglesia, que es negativa, como por la incomodidad en que se encuentra el creyente católico, al margen de las corrientes de opinión que imperan en nuestro mundo. Muy a su pesar, la Iglesia y sus fieles católicos están hoy, en el contexto social, cultural y político que vivimos, en una situación de testigos minoritarios y heroicos. ¿ Cómo no sufrir de soledad e incomprensión en una sociedad cuyas leyes y comportamiento – piénsese en el divorcio o el aborto, por ejemplo – están muy mayoritariamente aceptadas e implantadas ?. Y al marginamiento hay que añadir las acusaciones de dogmatismo, fanatismo, actitud reaccionaria y antidemocrática, etc. etc. que cada día se nos dirigen desde todos los frentes. Hoy más que nunca, la Iglesia se ve obligada a ser mártir de la verdad, al igual que su divino Fundador.

Estar en el mundo, sin ser del mundo

En su oración sacerdotal de la Última Cena, Jesús ruega al Padre por sus discípulos : “ No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo “ ( 1 Jn 17, 15-16 ) Es la condición de su Iglesia: estar en el mundo participando de todo lo humano, y no ser del mundo porque su realidad invisible pertenece a la dimensión divina. Estos dos aspectos, que parecen opuestos y aún contradictorios, se encuentran en la Iglesia en tensión dialéctica y nos indican que Ella participa también del Misterio de la Encarnación. Uno de los primeros escritos cristianos, la Carta a Diogneto, expresa esta doble condición de la Iglesia en palabras admirables: “ Los cristianos viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen (…) Los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo”.

La Iglesia está en el mundo porque se compone de hombres y participa de todos los problemas y trabajos de los hombres. “Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” ( GS, 1 ). No es ni un gheto, ni una secta de iluminados. La Iglesia está presente y activa en todas las realidades humanas como creadora de civilización y de cultura en los pueblos a lo largo de la historia, como portadora de un mensaje que se adapta a las circunstancias diversas del mundo, como ayuda y consuelo, sobre todo, de los sufrimientos humanos, cualesquiera que éstos sean. Y porque está compuesta de hombres y vive en el mundo de los hombres, también es pecadora y necesita una continua reforma. La mundanización de la Iglesia jerárquica fue un hecho muy negativo en ciertas épocas de la historia y es una tentación constante en todos los creyentes. El pecado también se halla en la Iglesia, y por eso su historia está llena de problemas, dramas y divisiones internas.

A pesar de ello, la fe que debemos tener en la Iglesia se reafirma porque su misma realidad manifiesta que no es de este mundo, ni podemos considerarla como realidad mundana. No es del mundo por su perpetuidad e indefectibilidad; el signo de todo lo humano es estar sometido a profundos cambios a lo largo de la historia y nada es permanente; pero sólo la Iglesia Católica mantiene la misma estructura y la misma doctrina a través de los tiempos. No es del mundo por la santidad de su doctrina, de sus sacramentos y de sus obras; el hecho de que sea pecadora no impide que la Iglesia tenga en su seno millares y millares de santos, ejemplos sublimes de la más alta calidad moral, un hecho imposible de explicar en la dimensión mundana. Y no es de este mundo por su condición de peregrina hacia la Patria Eterna; a pesar de estar en medio de los problemas del mundo, su última mirada está puesta más allá del mundo, en la salvación eterna de todos los hombres.

Al servicio del hombre

Si se reflexiona sin prejuicios sobre la enseñanza y las obras de la Iglesia Católica, encontraremos una poderosa razón para creer en ella: su doctrina y su práctica al servicio del hombre – el humanismo cristiano- cuyos principios y valores sobrepasan cualquier otra clase de humanismo. Todo cuanto la Iglesia enseña, defiende y promueve está orientado al auténtico servicio del hombre; y todo cuanto rechaza y condena es aquello que degrada el ser del hombre y su dignidad excelsa de persona. Es increíble, por tanto, que los enemigos de la Iglesia la acusen de oponerse a lo humano, cuando es justamente lo contrario. Ni el humanismo liberal, que defiende una libertad sin contenidos ni ideales; ni el humanismo marxista, que predica el odio y la lucha de clases; ni el humanismo materialista, que es la plataforma de toda inmoralidad, pueden parangonarse, ni de lejos, a ese humanismo integral y admirable que está en la base de la doctrina católica.

Se debe admirar a las ideologías, movimientos e instituciones que promueven lo auténticamente humano, pero es la Iglesia la que, en lugar de críticas malintencionadas, merece ser admirada por encima de todos. ¿ Quién, sino la Iglesia, considera tan alta la dignidad del hombre, que lo presenta como creado a semejanza de Dios, lo eleva a la categoría de ser su hijo, y considera la vida humana como algo intocable y sagrado? . ¿ Qué ideología puede presentar un ideal de amor al hombre como el que predica la Iglesia, que hace del amor a Dios y al prójimo su ley suprema, nos pide una caridad sin fronteras, exhorta el perdón a los enemigos, e impulsa las relaciones fraternas ?. ¿ Y qué filantropía puede compararse al amor compasivo que desarrolla la Iglesia, perdonando el pecado, tendiendo la mano al necesitado, y estando siempre cercana a todas las miserias humanas ?. La Iglesia es, ciertamente, “experta en humanidad”, tanto en lo que enseña como en lo que practica.

La gran mentira del anticlericalismo es presentar a la Iglesia como aliada de los poderosos y de los ricos, una mentira que causó en la guerra civil española la tragedia de la persecución religiosa más cruenta de la historia; a pesar de las evidencias en contrario, todavía subsiste en cierta gente esa mala idea. La Iglesia puede tener muchos defectos, ciertamente, pero su labor social con los más pobres es de todo punto admirable, porque a ella dedica la mayor parte de sus medios y de su energía. Hoy más que nunca, está cumpliendo el mandato de caridad de Cristo – “ Tuve hambre y me disteis de comer” ( Mt 25,35 ) – en las parroquias, en los países de misión, en multitud de institutos y organizaciones religiosas. Tan extensa e intensa es su labor social, que podemos decir que hoy, en determinados países, es ella la que está llevando la mayor parte del peso de los pobres y desheredados de la tierra. Una poderosa razón para que, superados viejos prejuicios, la gente anticlerical empiece a creer en la Iglesia…

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