Artículo: Aborto, un daño irrreversible

Aborto: un daño irreversible
Miguel González, José Luis Olcoz y Jaime Tascón  21/12/2011 Diario de León
En estos días en que nuestro Planeta ha alcanzado la mítica cifra de 7.000 millones de habitantes y tanto se habla del envejecimiento de la población —constatado por el último estudio de Naciones Unidas en esta materia y por la propia realidad que nos rodea— y de cómo se invierte, en un proceso sin parangón en la Historia de la Humanidad, esa pirámide que mide la edad de cuantos poblamos la Tierra, poco se trata la cuestión del impacto demográfico del aborto, cuyo cifra podría representar una quinta parte de la fecundidad total mundial, también en España donde, desde 2006, se ha pasado en número de abortos anuales de 100.000.
Asimismo, este abrumador dato, leído en «clave económica» resulta aún más demoledor según se traduce del estudio realizado el pasado año por el Instituto del Capital Social dependiente de la Universitat Abat Oliba CEU. De sus interesantes conclusiones se extrae que en sólo diez años la denominada cuarta edad habrá crecido de tal forma que el —ahora tan cuestionado— gasto sanitario se multiplicará al tiempo que decrecerán ostensiblemente las aportaciones a la Seguridad Social debido a que las jubilaciones alcanzarán cotas altísimas, la inmigración se habrá caído o, cuando menos, estancado y la natalidad seguirá conociendo mínimos históricos.

El grave perjuicio demográfico del aborto se atisba tímidamente hoy pero mostrará su peor cara en dos, tres o cuatro décadas como anticipa el mencionado estudio, ya que el crecimiento demográfico de las familias permite, el desarrollo de los pueblos, asegura la educación de los jóvenes, convirtiéndoles de consumidores netos en productores y constituye la familia, el eslabón entre individuos y sociedad. Como decía Gary Becker, premio Nobel de economía en 1992: «la inversión más estable por parte de los Estados a largo plazo es la realizada a favor de su capital humano, es decir favoreciendo políticas natalistas, no lo contrario».
En Europa hay un evidente contraste entre las crecientes legislaciones que protegen valores ecologistas, ambientalistas e incluso animalistas (como la promulgada en 2008 en Suiza, cuyo objetivo es «proteger la dignidad y bienestar de los animales»), y el hecho de que son pocos los países en donde se promueve la protección al nuevo ser humano, es decir el niño que va a nacer.
La permisividad del aborto ha pasado a formar parte constitutiva del llamado «dogma progresista», como denunciaba Miguel Delibes en 2007: «en todo el mundo las mujeres partidarias del aborto sin limitaciones piden libertad para su cuerpo: «nosotras parimos nosotras decidimos». Lo que no está claro es en qué momento se reconoce al feto el derecho a su libertad, y ver entonces en nombre de qué libertad se le puede negar a un embrión el derecho a nacer. La progresía dice defender al débil, al trabajador de categoría inferior, apoya la no-violencia, está en contra de las guerras, pero es incapaz de defender la vida de un embrión.
Paradójica resulta también la conjugación del aborto y el principio de igualdad. Primeramente con relación al padre, partícipe al 50%, y que sin embargo queda relegado por ley en cualquier toma de decisión sobre el curso de esa nueva vida, también hija suya (en unos casos se lucha y se emplean recursos para lograr el ansiado 50% mujeres-hombre, y cuando esta igualdad llega como regalo de la naturaleza se anula cualquier capacidad de decisión de una de las partes), y en segundo lugar con relación al rol de poder, pues en este intento de dar más igualdad a las mujeres, lo que se consigue es dar más poder a los hombres. escriben pensadores de gran importancia como el profesor Richard Stith de la Universidad de Indiana en USA: «se supondría que la legalización del aborto iba a conllevar una gran libertad para las mujeres, pero ha tenido el efecto perverso de liberar a los hombres y atrapar a las mujeres. El aborto concede a los hombres una nueva herramienta para manipular a la mujer como objeto sexual».

 El aborto disminuye las opciones de las mujeres embarazadas por la opción del matrimonio.
Todo ello a pesar de que cada vez son más los científicos que consideran el aborto una simple y cruel interrupción de la vida humana, dado que la concepción es el inicio de un nuevo ser sin lugar a dudas. El cigoto es la primera realidad corporal del ser humano, y esto lo confirma la genética, la biología celular y la embriología.
Pero actualmente el debate no se dirime tanto en el ámbito del cuerpo como en el de la «sacrosanta conciencia», el objetivo de los partidarios del aborto es tranquilizar nuestra conciencia pensando que no hay «nada», o que si hay «algo» ese algo no está lo suficientemente desarrollado para tener autoconciencia (sentir dolor, sufrir, saber que lo van a matar).

Se constata en España el triste nivel intelectual de algunos de nuestros funcionarios-filósofos del CSIC, que se apresuran a argumentar a favor del aborto sobre la base de la distinción aristotélica del ser en acto y en potencia, olvidando la entelecheia (ese fin o estado en que la entidad ha realizado todas sus potencialidades y por tanto, ha alcanzado la perfección). Si yo tengo en un cajón 1.000 semillas potencialmente podría tener 1.000 árboles, pero mientras estén en el cajón son semillas, solo desde el momento en que las plante en la tierra estaría empezando a realizarse su potencialidad de ser árboles. En este ejemplo, es necesaria mi colaboración para ayudar a que se realice la potencialidad, en el caso del aborto mi colaboración es justamente para lo contrario, impedir mediante un acto violento que la potencialidad se realice, pues si permanezco pasivo el curso natural de ese embarazo conducirá seguramente al nacimiento de un ser humano.
Como corolario de este anestesiado de conciencia individual, fue precisa una reforma legal que limpiase de culpa y cualquier estigma social. Sacando el aborto de la casa de los delitos (el Código Penal), donde residía aunque sin penar en 3 supuestos, para llevarla a la casa de los derechos (Ley de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo). Mediante la conjunción copulativa «y» se une un supuesto derecho a la salud de la mujer con la finalización de la vida de su hijo ayudada, cual siniestra comadrona, por un Estado que somos todos.

Una nueva primavera debe producirse en Europa en este sentido y esa podría ser una de las fórmulas para salir de la crisis. Para ello hay que invertir en conciencia. La búsqueda y educación en valores morales es clave. No se debe olvidar que esta crisis es una crisis moral sobre todo e intelectual. De ambas cosas no está sobrada nuestra sociedad.