LA MEDALLA MILAGROSAMARIA, LA ENVIADA.

 

 LA MEDALLA MILAGROSA MARIA, LA ENVIADA.

En la última cena, expresó Jesús con vehemencia su deseo de que todos los hombres seamos uno, ya que para esto El se ha hecho hombre y ha vivido con nosotros. “Que todos sean uno como tu, Padre y yo somos uno” (Jn 17,20). Ante esta unidad Sofonías convoca a la alegría a la hija de Sión, a la hija de Jerusalén, a la que le asegura que: “Tu Dios está en medio de ti” (3,14). Y Lucas pone en boca del ángel las mismas palabras de alegría dirigidas a María, porque Dios se va encarnar en sus entrañas (Lc 1,22). Para conseguir la unidad de todos los hombres con Dios, Jesús envía a su Madre para que nos entregue su propio signo de unidad y de salvación, protección, recuerdo y amparo:

LA MEDALLA MILAGROSA.

Y de un manera semejante a como eligió a María como Madre de su Hijo, para que nos diera por obra del Espíritu Santo al Redentor, escogió a Catalina Labouré, Religiosa Hija de la Caridad en París, para corregir el abandono del recurso a Dios para alabarlo, adorarle, darle gracias, reparar y pedir su ayuda comunicándole la necesidad de la oración, del diálogo con Dios y del abandono en sus manos, ordenándole hacer acuñar una medalla con su imagen. El 1830 es un año clave: En París la primera aparición moderna de la Virgen Santísima. Comienza lo que Pío XII llamó la “era de María”, una etapa de repetidas visitas de la Madre de Dios, La Salette, Lourdes, Fátima. Y como en su visita a Santa Isabel, siempre viene para traernos gracia, para acercarnos a Jesús, el fruto bendito de su vientre. También para recordarnos el camino de salvación y advertirnos las consecuencias de optar por otros caminos.

CATALINA LABOURÉ

Catalina nació el 2 de mayo de 1806, en Fain-les-Moutiers, Borgoña (Francia). A los nueve años perdió a su madre, una señora de la pequeña nobleza de Fain-les-Moutiers. Catalina ahogada en lágrimas, se abrazó a una imagen de la Virgen y le dijo, como lo hizo Teresa de Jesús en igual situación: “Ahora, Tú, serás mi madre”. María correspondió a tanto afecto, y se convirtió, de modo especial, en madre de Catalina

 LA INTRIGA DE UN SUEÑO

Soñó Catalina que un sacerdote desconocido la  miraba profundamente, cuando terminaba de celebrar la misa en la iglesia de Fain-les-Moutiers. Catalina quedó muy impresionada. El sacerdote le dijo que se acercara. Ella, aunque se sentía fascinada por aquella mirada, retrocedió. Fue a visitar a una enferma, y volvió para encontrar a aquel sacerdote, que le dijo: “Hija mía, tú ahora huyes de mí, pero un día serás feliz en venir a mí. Dios tiene designios sobre ti. No lo olvides”. Catalina no entendió. A los dieciocho años, vio  en la sala de visita de las Hijas de la Caridad en Chatillon-sur-Seine, el retrato de aquel sacerdote, de cuya mirada nunca se había podido olvidar y supo que era San Vicente de Paúl, fundador de las Hijas de la Caridad. A los 23 años, después de una larga lucha con su padre que no aceptaba su vocación, entró como postulante, en la casa de las Hijas de la Caridad de Chatillon-sur-Seine, donde había descubierto quién era aquel sacerdote que había visto en el sueño. Poco después entró en el noviciado de las Hijas de la Caridad, en la Rue du Bac, en París, a donde había sido trasladado el cuerpo incorrupto de San Vicente de Paúl, desde la catedral de Nôtre-Dame.

 EL CORAZÓN DE SAN VICENTE

Los restos de San Vicente de Paul, fueron trasladados a la iglesia de los Padres Paules a poca distancia del noviciado. El brazo derecho fue llevado a la capilla del noviciado. Durante la novena, Catalina vio el corazón de San Vicente en varios colores.  De color blanco, signo de la unión que debía existir entres las congregaciones fundadas por él. De color rojo, signo de la propagación de las mismas. De color rojo oscuro, signo de la tristeza por el sufrimiento que ella padecería, mientras oía interiormente una voz: “el corazón de San Vicente está profundamente afligido por los males que van a venir sobre Francia”.  ” El corazón de San Vicente está mas consolado porque ha obtenido de Dios, por la intercesión de la Virgen María, que ninguna de las dos congregaciones perezca en medio de estas desgracias, y que Dios hará uso de ellas para reanimar la fe “.

VISIONES DEL SEÑOR EN LA EUCARISTÍA

Durante los 9 meses de su noviciado en la Rue du Bac, sor Catalina veía al Señor en el Santísimo Sacramento. El domingo de la Santísima Trinidad, 6 de junio de 1830, vio al Señor como un Rey, con una cruz en el pecho. De pronto, los ornamentos reales de Jesús la cruz cayeron por tierra, como unos despojos inútiles. “Inmediatamente – escribe sor Catalina – tuve las ideas más negras y terribles: que el Rey de Francia estaba perdido y sería despojado de sus vestiduras reales. Sí, se acercaban malos tiempos “. Dios quiere confiarte una misión; te costará trabajo, pero lo vencerás pensando que lo haces para la gloria de Dios. Tu conocerás cuán bueno es Dios. Tendrás que sufrir hasta que lo digas a tu director. No te faltarán contradicciones; pero te asistirá la gracia; no temas. Háblale a tu director con confianza y sencillez; ten fe, no temas. Recibirás inspiraciones en la oración

CATALINA SUEÑA CON VER A LA VIRGEN

Todo era silencio en la sala donde dormía Sor Catalina y cerca de las 11:30 oyó que por tres veces la llamaban por su nombre. Se despertó y apartando un poco las cortinas de su cama miró y vio a un niño vestido de blanco, que parecía tener como cuatro o cinco años, y el cual le dijo: “Levántate pronto y ven a la capilla; la Santísima Virgen te espera”. Sor Catalina vacila; teme ser vista por las otras novicias; pero el niño responde a su preocupación interior y le dice: “No temas; son las 11;30; todas duermen profundamente. Ven yo te espero”. Se viste con presteza y se pone a disposición de su misterioso guía, “que permanecía en pie sin separarse de la columna de su lecho.” 

CONDUCIDA POR EL NIÑO

Vestida Sor Catalina, el niño comienza a andar, y ella lo sigue caminando a “su lado izquierdo”. Por donde pasaban se encendían las luces. El cuerpo del niño irradiaba vivos resplandores y a su paso todo quedaba iluminado. La puerta de la capilla está cerrada; pero el niño toca la puerta con sus dedos y se abrió la puerta. Dice Catalina: “Mi sorpresa fue mayor cuando, al entrar a la capilla, vi encendidas todas las velas, lo que me recordaba la Misa de media noche”. El niño la llevó al presbiterio, junto al sillón del Padre Director, desde donde predicaba y allí se arrodilló.  El niño permaneció de pie. La espera le pareció muy larga, ya que estaba ansiosa por ver a la Virgen.

MIRA A LA VIRGEN

Miraba con inquietud hacia la tribuna derecha, por si las hermanas la veían. Por fin el niño le dijo: “Mira a la Virgen, mírala aquí” Sor Catalina oyó como un rumor, como el roce de un traje de seda, que partía del lado de la tribuna, junto al cuadro de San José. Vio que una señora de extremada belleza, atravesaba majestuosamente el presbiterio, “fue a sentarse en un sillón sobre las gradas del altar mayor, al lado del Evangelio”. Sor Catalina en el fondo de su corazón dudaba si verdaderamente estaba en presencia de la Reina de los Cielos, pero el niño le dijo: “Mira a la Virgen”. Le era imposible describir lo que experimentaba en aquel instante, lo que pasó en su interior, y le parecía que no veía a la Virgen. El niño le habló, no como niño, sino como el hombre más enérgico y palabras muy fuertes: -“¿Es que no puede la Reina de los Cielos aparecerse a una criatura mortal en la forma que mas le agrade?”  “Entonces, mirando a la Virgen, me puse en un instante a su lado, me arrodillé con las manos apoyadas en las rodillas de la Virgen. “Allí pasé los momentos más dulces de mi vida; me sería imposible decir lo que sentí”. Ella me dijo cómo debía portarme con mi director, la manera de comportarme en las penas y acudir al pie del altar y desahogar allí mi corazón, pues allí recibiría todos los consuelos de que tuviera necesidad. Entonces le pregunté que significaban las cosa que yo había visto, y ella me lo explicó todo Su confesor, el padre Juan María Aladel, no creyó sus visiones y le dijo que las olvidara. La Virgen le dijo cómo había de comportarse en las penas, paciencia, mansedumbre, gozo – Acudir siempre a arrojarse al pie del altar y desahogar su corazón, pues allí recibiría todos los consuelos de que tuviese necesidad.

 LA VIRGEN CON UN TRAJE BLANCO AURORA

“El día 27 de Noviembre de 1830, vi a la Santísima Virgen. Era de estatura mediana, estaba de pie, vestida con un traje de seda blanco aurora, con mangas lisas y un velo blanco que le cubría la cabeza y descendía de cada lado hasta abajo. Bajo el velo, vi sus cabellos lisos, separados en el medio. El rostro bastante cubierto, los pies apoyados sobre media esfera, y en las manos tenía una esfera de oro, que representaba el Globo. Tenía las manos a la altura de la cintura, de una manera muy natural, y los ojos elevados al Cielo. Su rostro era magníficamente bello. Yo no sabría describirlo. Y poco después, vi en sus dedos, anillos con piedras, unas más bellas que las otras, unas mayores y otras menores, que despedían rayos, a cual más bello. Partían de las piedras mayores los más bellos rayos, siempre ensanchándose hacia los extremos, llenando toda la parte de abajo.

LA ESFERA

La Santísima Virgen bajó los ojos, y me miró fijamente. Oí una voz que me dijo: -“La esfera que ves representa el mundo entero, y cada persona en particular. – “Aquí yo no sé expresar lo que sentí y lo que vi, la belleza y el fulgor, los rayos tan bellos… “- “Esos rayos son el símbolo de las gracias que derramo sobre las personas que me las piden”. Me hacía así comprender cuán agradable es rezar a la Santísima Virgen y cuán generosa es con las personas que le rezan; cuántas gracias concede a las personas que le ruegan; qué alegría siente concediéndolas. “En ese momento, se formó un cuadro en torno de la Santísima Virgen, un poco ovalado, y en la parte superior leí estas palabras escritas en letras de oro: “Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos”. Una voz me dijo: “Haz acuñar una medalla según este modelo”. Todas las personas que la lleven con confianza recibirán grandes gracias. En ese instante, el cuadro me pareció volverse, y vi el reverso de la medalla. Preocupada por saber lo que había que poner del lado reverso de la medalla, tras muchas oraciones, un día, en la meditación, me pareció oír una voz, que me decía: “La M y los dos Corazones dicen lo suficiente”.

 PROFECIAS.

Los tiempos son muy calamitosos. Lloverán desgracias sobre Francia. El trono será derribado. El mundo entero se verá afligido por calamidades de todas clases (al decir esto la Virgen estaba muy triste). Ven a los pies de este altar, donde se prodigarán gracias a todos los que las pidan con fervor; a todos, grandes y pequeños, ricos y pobres. Deseo derramar gracias sobre tu comunidad; lo deseo ardientemente. Me causa dolor que haya grandes abusos en la observancia, que no se cumplan las reglas, que haya tanta relajación en ambas comunidades a pesar de que hay almas grandes en ellas. Díselo al que está encargado de ti, aunque no sea el superior. Pronto será puesto al frente de la comunidad. El deberá hacer cuanto pueda para restablecer el vigor de la regla. Cuando esto suceda otra comunidad se unirá a las de vosotras. Vendrá un momento en que el peligro será grande; se creerá todo perdido; entonces yo estaré contigo, ten confianza. Reconocerás mi visita y la protección de Dios y de San Vicente sobre las dos comunidades..Mas no será lo mismo en otras comunidades, en ellas habrá víctimas..Lágrimas en los ojos. El clero de París tendrá muchas víctimas..Morirá el Arzobispo. Hija mía, será despreciada la cruz, y el Corazón de mi Hijo será otra vez traspasado; correrá la sangra por las calles (la Virgen no podía hablar por el dolor, las palabras se anudaban en su garganta; su semblante era pálido). El mundo entero se entristecerá . Ella piensa: ¿cuando ocurrirá esto? y una voz interior asegura: cuarenta años y diez y después la paz. La Virgen, después de estar con ella unas dos horas, desaparece de la vista de Sor Catalina como una sombra que se desvanece. En esta aparición la Virgen le habla de una misión que Dios le quiere confiar. La prepara con sabios consejos para que hable con sumisión y confianza a su director. Le anuncia futuros sucesos para afianzar la fe de los que pudieran dudar de la aparición. Le Regala una relación familiar de madre-hija: la ve, se acerca a ella, hablan con familiaridad y sencillez, la toca y la Virgen no solo consiente, sino que se sienta para que Catalina pueda aproximarse hasta el extremo de apoyar sus brazos y manos en sus rodillas.Todas las profecías se cumplieron: La misión de Dios le fue indicada con la revelación de la medalla milagrosa. Una semana después de esta aparición estalla la revolución. Los revoltosos ocupaban las calles de París, saqueos, asesinatos, y finalmente era destronado Carlos X, sustituido por el “rey ciudadano” Luis Felipe I, gran maestre de la masonería. El P. Aladel, su director es nombrado en 1846 Director de las Hijas de la Caridad, establece la observancia de la regla y hacia la década del 60 otra comunidad femenina se une a las Hijas de la Caridad. En 1870, a los 40 años, llegó el momento del gran peligro, con los horrores de la Comuna y el fusilamiento del Arzobispo Mons. Darboy y otros muchos sacerdotes. solo queda por cumplir la ultima parte.

 SIMBOLOGÍA DEL ANVERSO DE LA MEDALLA.

En él se lee la invocación: “¡Oh Maria, sin pecado concebida!», como la exposición de su Inmaculada Concepción. “Rogad por nosotros que recurrimos a Vos”. Nos indica: que recurramos a Ella en todas nuestras necesidades, porque Ella es el refugio de los pecadores y el consuelo de los afligidos. Los rayos, simbolizan a Maria Mediadora de todas las gracias, como lo confirma la misma Virgen a Catalina: «Estos rayos son símbolos de las gracias que derramo sobre los que me las piden». Dice San Bernardo, que «Dios ha puesto en María la plenitud de todo bien para que todas las gracias de esperanza y salvación vengan por Ella». Dios y Cristo se sirven de Maria y quieren que pasen por Ella, como el cuello del Cuerpo Místico, todas las gracias que nos confieren. Su acción por su medio, se impregna de ternura sin perder su fuerza divina. Nos comunica a través de nuestra Madre la vida divina.

 SIGNIFICADO DE LA ESFERA

Es el globo terrestre y simboliza la universalidad del reinado de María, que se extiende en todo el ámbito del reino de Cristo, reino de amor, de bondad y de bendición, y tierno y delicado como el de una madre, que no tiene límites ni en el tiempo ni en el espacio. María es Reina del cielo porque tiene poder y autoridad sobre los ángeles y los santos. Es Reina del purgatorio porque consuela, socorre y libera a las almas que esperan su purificación. Es Reina de la tierra porque impide, deshace y destruye las maquinaciones de los demonios. La esfera inferior representa el mundo y cada persona. La serpiente es el símbolo más exacto del triunfo de la Madre de Dios sobre el demonio. La antigüedad pagana representaba al vencido bajo los pies del vencedor y el Antiguo Testamento hace pasar a los vencedores sobre las cabezas de los vencidos. Todo ello nos recuerda las palabras del protoevangelio: «Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer. Y entre tu linaje y el suyo; éste te aplastará la cabeza» (Gén 3,15). Desde muy antiguo se ha interpretado en este sentido este texto de María y el Beato Pío IX lo aplica a María en el misterio de su Inmaculada Concepción.

SIMBOLISMO DEL REVERSO DE LA MEDALLA.

El monograma de María y la cruz, indican la corredención de María. La cruz es símbolo de la redención. La cruz sostenida por una barrita que atraviesa la letra M indica que María estaba junto a la Cruz (Jn. 19,25). Por esta comunidad de sentimientos y sufrimientos María conmereció con justicia proporcional la reparación de todo el género humano caído. Y de esta manera ha sido constituida la dispensadora de todos los tesoros adquiridos por su Hijo Jesús. A Ella hemos de recurrir en las tentaciones, en las caídas, y en cualquier contratiempo y adversidad. Los corazones son el símbolo del amor que Jesús y María tienen a los hombres. El de Jesús, coronado de espinas, indica que está herido por los pecados. El de María, traspasado por una espada, nos recuerda la profecía del anciano Simeón: «Una espada atravesará tu alma» (Lc 2,34). Hemos de sintetizar el amor que debemos a Dios, en el amor a los Sagrados Corazones de Jesús y María. El Corazón de Jesús posee todos los dones y tesoros de la gracia. A María hay que conocerla en su corazón; cuanto mas estudiemos su amor más conoceremos a María y la reclamaremos. Las estrellas de la Medalla nos recuerdan a la mujer del Apocalipsis, a quien san Juan vio envuelta en el sol y coronada de doce estrellas (Ap 12,1), que son el símbolo de todas las gracias y privilegios que Dios concede a Maria y la protección que le ha dispensado continuamente. La devoción a la Virgen bajo la advocación de Milagrosa, es eminentemente eficaz y la medalla es escudo fortísimo contra todas las asechanzas de los enemigos y seguridad en los peligros de los que la llevan con fe, confianza y coherencia. La Medalla Milagrosa nos hace presente la mirada de la Madre de Dios, mirada “cuán santa, cuán serena, cuán benigna, cuán amena”. La mirada celestial y virginal, purísima, sacratísima, regia, maternal, que nos observa en todos los momentos de nuestra vida. La Virgen María aparece sosteniendo un globo de oro, rematado por una pequeña cruz. De los mismos anillos, adornados con piedras preciosas irradiaba, con intensidades diversas, la misma luz: “Es imposible expresar lo que sentí – dice Catalina – y todo cuanto comprendí en el momento en que la Virgen ofrecía el Globo a Nuestro Señor”. Y la voz en el fondo de mi corazón: “Estos rayos son el símbolo de las gracias que la Santísima Virgen obtiene para las personas que se las piden”. El Padre Aladel, confesor de Santa Catalina, a quien ella le confiaba todo, se mostraba frío e incrédulo, considerándola soñadora, visionaria y alucinada. Transcurrieron dos años de tormento: “Nuestra Señora quiere… Nuestra Señora está descontenta… es necesario acuñar la medalla”, le insiste la Santa.

APROBACIÓN DEL ARZOBISPO DE PARÍS

Ante la insistencia de Catalina, su director espiritual obtuvo del Arzobispo de París, Mons. de Quélen, el permiso de hacer grabar la Medalla. Era el año 1832. El arzobispo pidió que le enviaran las primeras medallas para utilizarlas en la conversión del arzobispo de Malinas, uno de los obispos constitucionales. La popularidad de la Medalla se incrementó con la ruidosa conversión del judío Alfonso de Ratisbona, ocurrida en Roma en 1842. A partir de entonces, la «Medalla Milagrosa» adquirió la propagación de las grandes devociones marianas. La Iglesia aprobó esta devoción con el decreto de institución de la fiesta de la Medalla Milagrosa, el 27 de noviembre, sancionado por el Papa León XIII.

CONVERSION DE RATISBONNE

Un joven banquero, judío de raza y religión, se convirtió súbitamente en la Iglesia de San Andrea delle Fratte. La Santísima Virgen se le apareció con las mismas características de la Medalla Milagrosa: “Ella no dijo nada, pero yo lo comprendí todo”, declaró Alfonso Tobías Ratisbonne, que poco después rompió su noviazgo y se hizo jesuita, con el nombre de Padre Alfonso María Ratisbonne. Cuatro días antes, a instancias de su amigo el Barón de Bussíres, había prometido rezar todos los días el “Acordaos” de San Bernardo, y había aceptado llevar al cuello la Medalla Milagrosa. Cuando la Santísima Virgen se le apareció, tenía la medalla puesta. Alfonso Ratisbone era abogado y banquero, y tenía 27 años. Odiaba a los católicos porque su hermano Teodoro se había convertido, y ordenado sacerdote, tenía como insignia la medalla milagrosa y luchaba por la conversión de los judíos. Alfonso pensaba casarse con una hija de su hermano mayor, Flora, diez años menor que él, cuando en enero de 1842, haciendo un viaje de turismo a Nápoles y Malta, por una equivocación de trenes llegó a Roma, donde visitó a un amigo de la familia, el barón Teodoro de Bussiere, protestante convertido al catolicismo. El barón le recibió con toda cordialidad y se ofreció a enseñarle Roma. En una reunión donde Ratisbone hablaba horrores de los católicos, este barón lo escuchó con mucha paciencia y al final le dijo: “Ya que usted está tan seguro de si, prométame llevar consigo esta medalla. Alfonso la rechazó indignado y el barón replicó: “Según sus ideas, el aceptarla le debía dejar a usted indiferente. En cambio a mi me causaría satisfacción.” Se echó a reír y se la puso comentando que él no era terco y que era un episodio divertido. El barón se la puso al cuello y le hizo rezar el Acordaos.

ORACION POR RATISBONE

El barón pidió oraciones a varias personas entre ellas al conde La Ferronays quien le dijo: “si le ha puesto la medalla milagrosa y le ha hecho rezar el Acordaos, seguro que se convierte.” El conde murió de repente dos días después. Fue a la basílica de Sta. María la Mayor a rezar cien Acordaos por la conversión de Ratisbone. Por la Plaza España se encuentra el barón con Ratisbone en su último día en Roma y le invita a pasear. Pero antes tenía que pasar por la Iglesia de San Andrés a arreglar lo del funeral del conde. Ratisbone le acompaña a la Iglesia. He aquí su testimonio de lo que entonces sucedió: “a los pocos momentos de encontrarme en la Iglesia, me sentí dominado por una turbación inexplicable. Levanté los ojos y me pareció que todo el edificio desaparecía de mi vista. En una de las capillas se había concentrado toda la luz, y en medio de aquel esplendor apareció sobre el altar, radiante y llena de majestad y de dulzura, la Virgen Santísima tal y como está grabada en la medalla. Una fuerza irresistible me impulsó hacia la capilla. Entonces la Virgen me hizo una señal con la mano como indicándome que me arrodillara… La Virgen no me habló pero lo he comprendido todo.”  El barón lo encuentra de rodillas, llorando y rezando con las manos juntas, besando la medalla. Poco tiempo mas tarde es bautizado en la Iglesia del Gesu en Roma. Por orden del Papa, se inicia un proceso canónico ssosbre el hecho, y fue declarado “verdadero milagro”.

Alfonso Ratisbone entró en la Compañía de Jesús. Ordenado sacerdote, fue destinado a París donde ayudó a su hermano Teodoro en las catequesis para los judíos. Después de haber sido 10 años Jesuita, salió de la Congregación con permiso y fundó en 1848, las religiosas y las misiones de Ntra. Sra. de Sión. En los diez primeros años Ratisbone consiguió la conversión de 200 judíos y 32 protestantes. Trabajó lo indecible en Tierra Santa, logrando comprar el antiguo pretorio de Pilato, que convirtió en convento e Iglesia de las religiosas. También consiguió que estas religiosas fundasen un hospicio en Ain-Karim, donde murió santamente en 1884 a los 70 años. Esta conversión conmovió a toda la aristocracia europea y tuvo repercusión mundial, haciendo aún más conocida, buscada y venerada la Medalla Milagrosa.

 CATALINA LABOURÉ, IGNORADA

Nadie, ni la Superiora de la Rue du Bac, ni el Papa, sabían quién era la religiosa escogida por Nuestra Señora. Sólo el Padre Aladel la conocía. Santa Catalina, por humildad, mantuvo durante toda su vida una absoluta discreción y jamás dejó traslucir el celeste privilegio. Sólo le importaba la difusión de la medalla: esa era su misión. Cuando recibió las primeras Medallas, dijo: “Ahora, es necesario propagarla.”

SIMBOLOGÍA DEL ANVERSO DE LA MEDALLA.

En él se lee la invocación: “¡Oh Maria, sin pecado concebida!», como la exposición de su Inmaculada Concepción. “Rogad por nosotros que recurrimos a Vos”. Nos indica: Que recurramos a Ella en todas nuestras necesidades, porque Ella es el refugio de los pecadores y el consuelo de los afligidos. Los rayos, simbolizan a Maria Mediadora de todas las gracias, como lo confirma la misma Virgen a Catalina: «Estos rayos son símbolos de las gracias que derramo sobre los que me las piden». Dice San Bernardo, que «Dios ha puesto en María la plenitud de todo bien para que todas las gracias de esperanza y salvación vengan por Ella». Dios y Cristo se sirven de Maria y quieren que pasen por Ella, como el cuello del Cuerpo Místico, todas las gracias que nos confieren. Su acción por su medio, se impregna de ternura sin perder su fuerza divina. Nos comunica a través de nuestra Madre la vida divina.

 SIGNIFICADO DE LA ESFERA

Es el globo terrestre y simboliza la universalidad del reinado de María, que se extiende en todo el ámbito del reino de Cristo, reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz, y tierno y delicado como el de una madre, que no tiene límites ni en el tiempo ni en el espacio. María es Reina del cielo porque tiene poder y autoridad sobre los ángeles y los santos. Es Reina del purgatorio porque consuela, socorre y libera a las almas que esperan su purificación. Es Reina de la tierra porque impide, deshace y destruye las maquinaciones de los demonios. La esfera inferior representa el mundo y cada persona. La serpiente es el símbolo más exacto del triunfo de la Madre de Dios sobre el demonio. La antigüedad pagana representaba al vencido bajo los pies del vencedor y el Antiguo Testamento hace pasar a los vencedores sobre las cabezas de los vencidos. Todo ello nos recuerda las palabras del protoevangelio: «Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer. Y entre tu linaje y el suyo; éste te aplastará la cabeza» (Gén 3,15). Desde muy antiguo se ha interpretado en este sentido este texto de María y el Beato Pío IX lo aplica a María en el misterio de su Inmaculada Concepción.

SIMBOLISMO DEL REVERSO DE LA MEDALLA.

El monograma de María y la cruz, indican la corredención de María. La cruz es símbolo de la redención. La cruz sostenida por una barrita que atraviesa la letra M indica que María estaba junto a la Cruz (Jn. 19,25). Por esta comunidad de sentimientos y sufrimientos María conmereció con justicia proporcional la reparación de todo el género humano caído. Y de esta manera ha sido constituida la dispensadora de todos los tesoros adquiridos por su Hijo Jesús. A Ella hemos de recurrir en las tentaciones, en las caídas, y en cualquier contratiempo y adversidad. Los corazones son el símbolo del amor que Jesús y María tienen a los hombres. El de Jesús, coronado de espinas, indica que está herido por los pecados. El de María, traspasado por una espada, nos recuerda la profecía del anciano Simeón: «Una espada atravesará tu alma» (Lc 2,34). Hemos de sintetizar el amor que debemos a Dios, en el amor a los Sagrados Corazones de Jesús y María. El Corazón de Jesús posee todos los dones y tesoros de la gracia. A María hay que conocerla en su corazón; cuanto mas estudiemos su amor más conoceremos a María y la reclamaremos. Las estrellas de la Medalla nos recuerdan a la mujer del Apocalipsis, a quien san Juan vio envuelta en el sol y coronada de doce estrellas (Ap 12,1), que son el símbolo de todas las gracias y privilegios que Dios concede a Maria y la protección que le ha dispensado continuamente. La devoción a la Virgen bajo la advocación de Milagrosa, es eminentemente eficaz y la medalla es escudo fortísimo contra todas las asechanzas de los enemigos y seguridad en los peligros de los que la llevan con fe, confianza y coherencia. La Medalla Milagrosa nos hace presente la mirada de la Madre de Dios, mirada “cuán santa, cuán serena, cuán benigna, cuán amena”. La mirada celestial y virginal, purísima, sacratísima, regia, maternal, que nos observa en todos los momentos de nuestra vida.EL ROSARIOEl Papa Juan Pablo II, en una de sus intuiciones geniales, tan clarividentes desde la fe profunda de su espiritualidad, en su Carta Apostólica “Rosarium Virginis Mariae”, declaró un Año del Rosario. Era una invitación a orar, que ya había anticipado en la Tertio Adveniente Millenio, proclamando que la Iglesia insista en la oración y que las comunidades cristianas se conviertan en escuelas de oración. No es otra la intención de la Virgen al entregarnos LA MEDALLA MILAGROSA, que una invitación, un mandato sugestivo de orar y de una manera sencillísima y sin complicaciones, con una jaculatoria popular y al alcance de todos: ¡Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos! Añadiendo el resplandor de las gracias y dones que, como Madre, se goza en conceder con abundancia, a quienes se las piden. “Esos rayos son el símbolo de las gracias que derramo sobre las personas que me las piden”. Me hacía así comprender -refiere Santa Catalina Labouré – cuán agradable es rezar a la Santísima Virgen y cuán generosa es, cuántas gracias concede a las personas que le ruegan; y cuánta alegría siente cuando las concede. La Virgen nos invita a orar. Siempre lo ha hecho: En Lourdes, en Fátima, siempre. Algo debe de tener la oración cuando tanto y con tanta insistencia nos la pide, en un mundo cada vez más secularizado y lejos de Dios, que en medio de tantas catástrofes, y por lo tanto, más necesitado de Dios, se olvida y se prescinde de lo que puede ser su remedio, como decía Tertuliano: “Solutio totius difficultatis, Cristus”.

JESUS MARTI BALLESTER

 

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