Cristo Rey del Universo

 

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO
DOMINGO 34 A

Lectura del libro del profeta Ezequiel (34, 11-12. 15-17)

Salmo Salmo 22

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (15, 20-26. 28)

Evangelio

† Lectura del santo Evangelio según san Mateo (25, 31-46)

 

ÚLTIMO DOMINGO DEL AÑO LITÚRGICO:

Cristo es el Rey del universo y de cada uno de nosotros.

Es una de las fiestas más importantes del calendario litúrgico, porque celebramos que Cristo es el Rey del universo. Su Reino es el Reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, del amor y la paz.

Un poco de historia

La fiesta de Cristo Rey fue instaurada por el Papa Pío XI el 11 de Marzo de 1925.
El Papa quiso motivar a los católicos a reconocer en público que el mandatario de la Iglesia es Cristo Rey.

Posteriormente se movió la fecha de la celebración dándole un nuevo sentido. Al cerrar el año litúrgico con esta fiesta se quiso resaltar la importancia de Cristo como centro de toda la historia universal. Es el alfa y el omega, el principio y el fin. Cristo reina en las personas con su mensaje de amor, justicia y servicio. El Reino de Cristo es eterno y universal, es decir, para siempre y para todos los hombres.

Con la fiesta de Cristo Rey se concluye el año litúrgico. Esta fiesta tiene un sentido escatólogico pues celebramos a Cristo como Rey de todo el universo. Sabemos que el Reino de Cristo ya ha comenzado, pues se hizo presente en la tierra a partir de su venida al mundo hace casi dos mil años, pero Cristo no reinará definitivamente sobre todos los hombres hasta que vuelva al mundo con toda su gloria al final de los tiempos, en la Parusía.

Si quieres conocer lo que Jesús nos anticipó de ese gran día, puedes leer el Evangelio de Mateo 25,31-46.

En la fiesta de Cristo Rey celebramos que Cristo puede empezar a reinar en nuestros corazones en el momento en que nosotros se lo permitamos, y así el Reino de Dios puede hacerse presente en nuestra vida. De esta forma vamos instaurando desde ahora el Reino de Cristo en nosotros mismos y en nuestros hogares, empresas y ambiente.

 Jesús nos habla de las características de su Reino a través de varias parábolas en el capítulo 13 de Mateo:

“es semejante a un grano de mostaza que uno toma y arroja en su huerto y crece y se convierte en un árbol, y las aves del cielo anidan en sus ramas”;

“es semejante al fermento que una mujer toma y echa en tres medidas de harina hasta que fermenta toda”; “es semejante a un tesoro escondido en un campo, que quien lo encuentra lo oculta, y lleno de alegría, va, vende cuanto tiene y compra aquel campo”;

“es semejante a un mercader que busca perlas preciosas, y hallando una de gran precio, va, vende todo cuanto tiene y la compra”.

En ellas, Jesús nos hace ver claramente que vale la pena buscarlo y encontrarlo, que vivir el Reino de Dios vale más que todos los tesoros de la tierra y que su crecimiento será discreto, sin que nadie sepa cómo ni cuándo, pero eficaz.

La Iglesia tiene el encargo de predicar y extender el reinado de Jesucristo entre los hombres. Su predicación y extensión debe ser el centro de nuestro afán vida como miembros de la Iglesia. Se trata de lograr que Jesucristo reine en el corazón de los hombres, en el seno de los hogares, en las sociedades y en los pueblos. Con esto conseguiremos alcanzar un mundo nuevo en el que reine el amor, la paz y la justicia y la salvación eterna de todos los hombres.

Para lograr que Jesús reine en nuestra vida, en primer lugar debemos conocer a Cristo. La lectura y reflexión del Evangelio, la oración personal y los sacramentos son medios para conocerlo y de los que se reciben gracias que van abriendo nuestros corazones a su amor. Se trata de conocer a Cristo de una manera experiencial y no sólo teológica.

Acerquémonos a la Eucaristía, Dios mismo, para recibir de su abundancia. Oremos con profundidad escuchando a Cristo que nos habla.

Al conocer a Cristo empezaremos a amarlo de manera espontánea, por que Él es toda bondad. Y cuando uno está enamorado se le nota.

El tercer paso es imitar a Jesucristo. El amor nos llevará casi sin darnos cuenta a pensar como Cristo, querer como Cristo y a sentir como Cristo, viviendo una vida de verdadera caridad y autenticidad cristiana. Cuando imitamos a Cristo conociéndolo y amándolo, entonces podemos experimentar que el Reino de Cristo ha comenzado para nosotros.

Por último, vendrá el compromiso apostólico que consiste en llevar nuestro amor a la acción de extender el Reino de Cristo a todas las almas mediante obras concretas de apostolado. No nos podremos detener. Nuestro amor comenzará a desbordarse.

Dedicar nuestra vida a la extensión del Reino de Cristo en la tierra es lo mejor que podemos hacer, pues Cristo nos premiará con una alegría y una paz profundas e imperturbables en todas las circunstancias de la vida.

A lo largo de la historia hay innumerables testimonios de cristianos que han dado la vida por Cristo como el Rey de sus vidas. Un ejemplo son los mártires de la guerra cristera en México en los años 20´s, quienes por defender su fe, fueron perseguidos y todos ellos murieron gritando “¡Viva Cristo Rey!”.

La fiesta de Cristo Rey, al finalizar el año litúrgico es una oportunidad de imitar a estos mártires promulgando públicamente que Cristo es el Rey de nuestras vidas, el Rey de reyes, el Principio y el Fin de todo el Universo.

QUE VIVA MI CRISTO

Que viva mi Cristo, que viva mi Rey
que impere doquiera triunfante su ley,
que impere doquiera triunfante su ley.
¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Cristo Rey!

Mexicanos un Padre tenemos
que nos dio de la patria la unión
a ese Padre gozosos cantemos,
empuñando con fe su pendón.

Él formó con voz hacedora
cuanto existe debajo del sol;
de la inercia y la nada incolora
formó luz en candente arrebol.

Nuestra Patria, la Patria querida,
que arrulló nuestra cuna al nacer
a Él le debe cuanto es en la vida
sobretodo el que sepa creer.

Del Anáhuac inculto y sangriento,
en arranque sublime de amor,
formó un pueblo, al calor de su aliento
que lo aclama con fe y con valor.

Su realeza proclame doquiera
este pueblo que en el Tepeyac,
tiene enhiesta su blanca bandera,
a sus padres la rica heredad.

Es vano que cruel enemigo
Nuestro Cristo pretenda humillar.
De este Rey llevarán el castigo
Los que intenten su nombre ultrajar.

   

 
 
A LA TARDE NOS JUZGARAN EN EL AMOR
         1 “He aquí que yo voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío” Ezequiel 34, 11. Después de la requisitoria del Señor contra los pastores de Israel, que no apacientan las ovejas, sino a sí mismos: se comen su enjundia, se visten con su lana, matan las gordas, no fortalecen a las débiles, ni curan a las enfermas, ni vendan a las heridas, ni recogen a las descarriadas, ni buscan las perdidas y maltratan brutalmente a las fuertes, que han sido devoradas por las fieras salvajes por falta de pastor, se enfrenta con los pastores, les reclama las ovejas, les destituye de pastores, y se proclama él mismo en persona, pastor que buscará las ovejas, las congregará de los países donde se dispersaron un día de oscuridad y nubarrones, buscará las perdidas, recogerá las descarriadas, vendará a las heridas y curará a las enfermas.
 
         2  Se dispersaron las ovejas por la filosofía inspiradora del ambiente: el fin justifica los medios. Todo vale y todo es lícito si es eficaz para enriquecerse, conseguir el éxito y avanzar en el campo científico. Por el clima de corrupción que corrompe la sociedad. Se escandalizaron por el despilfarro de los caudales públicos en gastos superfluos. Por la falta de ejemplaridad económica en las esferas del poder político. Se corrompieron por la reducción de la dimensión sexual a la satisfacción del placer. Por las campañas oficiales de demolición de valores básicos. Por la agresión a la conciencia ciudadana. Por la utilización por parte del Gobierno de los medios públicos de comunicación, sobre todo de la televisión, en campañas ordinarias y chabacanas, que agreden y humillan a la sociedad, transgrediendo los derechos fundamentales de las familias. Porque los gobiernos se arrogaron el derecho de implantar en la sociedad una determinada concepción del hombre y de la moral, desarticulando la vida moral del pueblo. Ante un panorama tan desolador si en nuestra sociedad no surgen personas y grupos capaces y decididos a vivir y a proponer unos modos de vida más adecuados al ser del hombre, las consecuencias serán muy graves (Conf. “La verdad os hará libres” (Episcopado español).
 
         3  En esta situación, como en la de los tiempos de Ezequiel, escuchamos la voz del Señor: “Yo mismo apacentaré mis ovejas, buscaré las perdidas, haré volver a las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas”. 
         ¡Qué cambio, de aquellos pastores al Pastor! ¡Qué revolución de paz y sosiego para las ovejas! Van a sentir la mano del Señor en sus cuidados, en su palabra, en sus desvelos. Y el juicio será benévolo para las ovejas y duro para los carneros y machos cabríos, que han hollado con las pezuñas el pastizal que las ovejas han de pacer; y han enturbiado el agua clara, que las ovejas tienen que beber.        
 
         4. Ahora sí que pueden estar seguras las ovejas y cantar el Salmo 22: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. El se cuida de todo: de que tengan fuentes tranquilas, mesa preparada, perfume para la unción de la cabeza y copa rebosante.
 
         5. “Cuando venga en su gloria el Hijo del Hombre…separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda”. Atendamos a la coincidencia de este texto con el de Ezequiel: “He aquí que voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío”. “Tuve hambre y me disteis de comer, sed y me disteis de beber…” -“¿Cuándo te vimos con hambre y sed?”. -“Cuando lo hicisteis con uno de éstos mis humildes hermanos”. Ni los situados a la derecha ni los de la izquierda han reconocido a Jesús en los necesitados, pero quien ha recibido el pan y el agua, la visita en la cárcel, el vestido y el hospedaje, ha sido Jesús, que se ha identificado con los pobres, marginados, olvidados: -“A mí me lo hicisteis” Mateo 25, 31.
 
         6  Un día de invierno crudo, partió Martín su clámide con un mendigo aterido de frío. La noche siguiente vio en sueños a Jesús vestido con aquel fragmento de su manto y oye de él estas palabras: “Martín, todavía catecúmeno, me ha dado este vestido”. Juan de Dios que cargó en sus hombros a un pobre abandonado, casi moribundo; cuando fue a lavarle los pies, vio que estaban taladrados, y reconoció en el enfermo a Jesús, que le dijo: “Todo lo que haces a los pobres a mí me lo haces. Sus llagas son mis llagas, y a mí me lavas los pies cuando a ellos se los lavas”. 
 
         7  “Una santa religiosa de la comunidad, dice Teresa del Niño Jesús, tenía el don de desagradarme en todo; no me contentaba con rezar por ella, sino que procuraba hacerle cuantos favores podía, con una amable sonrisa. Un día me dijo ella con aire de gozo: -“¿quiere decirme lo que la atrae tanto hacia mí? No la encuentro ninguna vez que no me dirija la más graciosa sonrisa”. -“Lo que me atraía era Jesús oculto en el fondo de su alma; Jesús, que dulcifica lo más amargo”.
 
         8  Un médico a la hora de la muerte, dio a leer a un sacerdote, asombrado por la serenidad y la paz del moribundo, un cuaderno. En todas sus páginas, se leía: “En tal día atendí a un enfermo, que al pasarle la cuenta me dijo: “Dios se lo pague, que yo no tengo con qué”. Como tengo lleno el cuaderno de remuneraciones de las que Dios responde, ha llegado el momento de presentar mis cuentas al cobro, y espero que Dios sí que tendrá con qué pagarme”.
 
         9. Jesús deja en manos de la comunidad a los pobres. Si somos pobres, sintámonos arropados por la Iglesia, que nos alimenta, nos cuida, nos da la palabra y los sacramentos. Y  atendamos preferentemente a los pobres, porque Jesús se  identifica con ellos. Si los cristianos viviéramos cada día este principio de identidad proclamado por Jesús en la parábola, nuestras comunidades serían espejo de Cristo y nuestros hermanos sentirían el calor de su mirada y afecto a través de nuestra ayuda, apoyo, atención, comunicación interpersonal. ¡Ah, cuando veamos a Cristo en nuestros hermanos, no temeremos la palabra posible: “¡Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno!”. El último encuentro con Cristo o es para el gozo de una eternidad feliz, o para el misterioso sufrimiento de una ausencia de Dios.
 
         10  El Señor viene a nosotros en la sagrada eucaristía para participarnos su corazón lleno de amor. Dejémosle que reine en nuestro corazón, y que ponga en él a sus enemigos, mundo, demonio, carne y muerte, como estrado de sus pies 1 Corintios 15, 20. Para que podamos escuchar, convertidos en hombres nuevos, la voz dulce del Rey: “Venid a poseer el Reino: de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz. Amén.

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