23 de octubre. Así os envio Yo… Domund 2011

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Por D. Anastasio Gil García
Director Nacional de Obras Misionales Pontificias en España

Tríptico informativo de la Jornada Domund 2011

Ver guión pedagógico

Decir DOMUND es decir misiones, misioneros, y recordar a tantas personas que gozosamente están en un lugar prácticamente desconocido, mostrando con sus palabras y su vida el rostro amable de Dios. El contacto real con ellos hace sentir en el corazón que, a pesar de las dificultades, sigue habiendo personas que se olvidan de sí mismas para darse a los demás. Esta es la razón por la que “nos caen muy bien” estos hombres y estas mujeres que, con sencillez de corazón, ponen su mirada y vida cerca de los más pobres y abandonados. El DOMUND es una nueva oportunidad para actualizar el reencuentro con los que han partido, y dedicar un tiempo especial a gozar y “presumir” de que muchos “de los nuestros” estén haciendo posible y realidad el amor de Dios.

La celebración de la Jornada Mundial de las Misiones tiene lugar dentro del llamado “Octubre Misionero”, y se ofrece como el punto de partida de un largo recorrido, en el que los fieles tienen la oportunidad de confesar la fe, celebrar el Misterio de Dios y servir al mundo con el ejercicio de la caridad. El pórtico de entrada no puede ser otro que la fiesta de Santa Teresa del Niño Jesús, Patrona de las Misiones. Cruzado este umbral, la Iglesia introduce en las cuatro estancias de este templo sagrado: la oración, la ofrenda de la vida, la vocación a la misión y el compromiso de la donación. Con este aliento, los fieles recorren un itinerario misionero, hasta llegar al momento culminante de la entrega de crucifijos a algunos de los que van a ser enviados, en la fiesta de San Francisco Javier, Patrono universal de las Misiones. Este reto, con palabras del Papa, “implica a todos, todo y siempre” (Mensaje DOMUND 2011).

Todos

Efectivamente, así se lo decía el Papa recientemente a los Directores Nacionales de las OMP: “En realidad cada cristiano debería hacer propia la urgencia de trabajar para la edificación del Reino de Dios. Todo en la Iglesia está al servicio de la evangelización: cada sector de su actividad y también cada persona, en las varias tareas que está llamada a realizar. Todos deben ser partícipes de la misión ad gentes: obispos, presbíteros, religiosos y religiosas, laicos. Ningún creyente en Cristo puede sentirse extraño a esta responsabilidad que proviene de la pertenencia sacramental al Cuerpo de Cristo”. Esto se concreta cuando los responsables de la pastoral hacen que la dimensión misionera esté presente en cualquiera de las actividades pastorales de la comunidad cristiana.

Para promover esta corriente misionera y evangelizadora en el interior de la Iglesia, existen las Obras Misionales Pontificias. Así se lo recordaba recientemente Benedicto XVI: “Queridos amigos, os agradezco el trabajo de animación y formación misionera que, como Directores Nacionales de las Obras Misionales Pontificias, desarrolláis en vuestras Iglesias locales. Las Obras Misionales Pontificias, que mis predecesores y el Concilio Vaticano II han promovido y alentado (cf. AG 38), permanecen como un instrumento privilegiado para la cooperación misionera y para un profundo intercambio del personal y de los recursos financieros entre las Iglesias”.

Todo

Nada queda excluido del ámbito misionero. Sería un error hacer de esta actividad y su necesaria corporación compartimentos estancos. La misión afecta a los que están lejos lo mismo que a los que están cerca. A los pobres de los países en procesos de desarrollo y empobrecidos, y a los grandes núcleos urbanos donde Dios es un desconocido o ha sido excluido. A los niños que se inician en la vida a través del proceso educativo, y a quienes en su madurez buscan el sentido a su existencia, que solo pueden encontrar en Cristo Jesús.

A esta amplia gama de necesidades las OMP responden en esta Jornada con la elaboración y distribución de instrumentos pastorales que sirven para despertar el interés por salir el encuentro del otro. Desde los niños, con sus catequesis y guiones para las clases de Religión y con la lectura de la revista Gesto, hasta la cuestación por medio de las huchas y de los sobres. También los jóvenes son invitados a arrimar el hombro en esta tarea, y a su servicio están la revista Supergesto, las catequesis y la Vigilia de la Luz. Los adultos asumirán la máxima responsabilidad, con su oración perseverante y su cooperación económica. También los mayores tienen parte activa en esta maravillosa sinfonía, que sonará armónicamente, si todos hacen lo que les corresponde, según las indicaciones de su respectivo obispo.

La cooperación que se promueve con motivo del DOMUND es esencialmente de carácter espiritual. No se trata solo de ayudas económicas, sino de impulsar una corriente arterial de oración y sacrificio en orden a que Dios pueda acercarse al corazón de cada hombre y cada mujer para hacerle partícipe de su salvación. En unos casos, para cooperar con él en el anuncio del Evangelio; en otros, para abrir la mente y el corazón a la gracia de Dios, que “desde siempre” está llamando con fuertes aldabonazos. A esta cooperación espiritual se suma la económica, con la limosna evangélica. Así lo hicieron los primeros cristianos con la colecta promovida por Pablo a favor de la Iglesia de Jerusalén. No lo hacían por mera filantropía, sino por compartir la vida con los que tienen dificultades, y este gesto se transforma en un servicio, revestido de sacralidad. A las Obras Misionales Pontificias se les ha encomendado promover y gestionar estos donativos “sagrados”.

Siempre

La mejor expresión de esta cooperación misionera son los misioneros y misioneras que han partido de nuestras tierras para seguir el rastro del Maestro, enviado a su vez por el Padre. Ellos salieron de una familia donde fueron iniciados a la fe y a la vida cristiana; de una diócesis, porque su vocación cristiana no se circunscribe a los límites geográficos de la Iglesia particular; de un monasterio, desde cuya atalaya contemplativa han ido barruntando cómo el amor de Dios se hace presente en otros lugares de la Tierra; o desde la asunción de los compromisos misioneros en una asociación de fieles que, con plena autonomía laical, se expande por el mundo, como puede verse en los testimonios que se recogen en esta revista. Estos misioneros y misioneras han tomado el testigo de otros que les han precedido, y lo entregarán a quienes Dios llame para continuar su labor, porque en el origen de cada comunidad cristiana siempre hay un misionero que hace visible el Misterio pascual de Jesús.

Así os envío yo” es la expresión final de la Eucaristía, en la que, después de oír la Palabra de Dios y ser alimentado con el Cuerpo y Sangre de Cristo, el creyente es enviado a anunciar el Evangelio: “Podéis ir en paz…”. Este envío ha de resonar en el corazón y en la mente con fuerza sobrenatural para transformar la existencia en implicación misionera para la Jornada, el mes, el año, la vida: para siempre. Así lo recuerda el Papa en su Mensaje: “La dimensión misionera de la Iglesia es esencial”, y es importante que tanto cada bautizado como las comunidades eclesiales se interesen en la misión de forma constante; “la misma Jornada Mundial de las Misiones no es un momento aislado en el curso del año, sino que es una valiosa ocasión para detenerse a reflexionar si respondemos a la vocación misionera y cómo lo hacemos; una respuesta esencial para la vida de la Iglesia”.

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