LOS PROTOMARTIRES DE ROMA 30 JUNIO

LA       CALUMNIA

Si a Oriente, Jerusalén, le       bastó un Prrotomártir, Esteban, porque le había       precedido la       Cabeza, Cristo, a Occidente, la Capital del Imperio, Roma, a       quien alude, le hizo falta la multitud innumerable del Apocalipsis, los       Protomárties de Roma, de cuya historia nos dan       testimonio Tacito, Dion Casio y Plinio el Joven       por la historia civil, Tertuliano y San Clemente I papa, por la de       la Iglesia.       En el año 64 un incendio devastó 10 de los 14 barrios de       Roma. Fue un incendio tan voraz que dispersó a los vecinos por todas       partes enloquecidos por la fuerza de las llamas. Gritaban las mujeres,       chillaban los niños y en su desesperación algunos ya se daban por vencidos       y se dejaban alcanzar por el fuego trepidante. El emperador Nerón, fue       acusado por el pueblo de haber provocado él mismo el incendio con la       intención de satisfacer su orgullo de querer alzar una nueva  Roma, sobre los escombros de la       vetusta y cochombrosa Roma. Siempre ha ocurrido,       para alzar una Constitución nueva y derrumbar un Estado, se busca un chivo       expiatorio sobre el que se carguen los muertos a base de mentiras,       silencios  y trampas.

LOS ANALES DE       TACITO

El gran historiador Tácito       Cornelio (54-120), senador y cónsul, describirá este acontecimiento       escribiendo en tiempo de Trajano sus Anales. Cuando los rumores se       hicieron públicos, Nerón, encontró los culpables, los cristianos. Con ello       empieza la primera, gran persecución que durará hasta el 68 y acabará con       la vida entre otros de los apóstoles Pedro y Pablo. Sometió a       refinadísimas penas a los cristianos, que ya eran mal vistos por las       infamias que se les atribuían. El nombre de cristianos venía de Cristo,       quien bajo el reinado de Tiberio había sido condenado al suplicio por       orden del procurador Poncio Pilato. Momentáneamente adormecida, esta       maléfica superstición irrumpió de nuevo no sólo en Judea, sino también en       Roma, adonde todo lo que es vergonzoso y abominable viene a confluir.       Primeramente fueron arrestados los que hacían abierta confesión de su fe.       Después, tras denuncia de estos, fue arrestada una gran muchedumbre, no       tanto porque acusados de haber provocado el incendio, sino porque se los       consideraba encendidos en odio contra el género humano.

LOS       TORMENTOS

Aquellos que iban a morir eran       también expuestos a las burlas: cubiertos de pieles de fieras, morían       desgarrados por perros, o eran crucificados, o quemados vivos como       antorchas que iluminaban las tinieblas, puesto el sol. Nerón ofreció sus       jardines para gozar de tal espectáculo, mientras él anunciaba los juegos       del circo y vestido de auriga se mezclaba con el pueblo, o aparecía       erguido en su carroza.

JUICIO PERSONAL DE       TACITO

Los cristianos eran, pues,       considerados también por Tácito como gente despreciable, capaz de crímenes       horrendos, como el infanticidio ritual, la renovación de la Cena del Señor, en la       que se alimentaban de la Eucaristía, era interpretada       como el asesinato de un niño para comérselo. Lo que originó la disciplina       del arcano, que prohibía divulgar el sacramento de la eucaristía. También       interpretaban como incesto el abrazo de paz que se hacía en la celebración       de la       Eucaristía «entre hermanos y hermanas»). Estas       acusaciones, nacidas del chismorreo de la gentuza, fueron sancionadas por       la autoridad del emperador, persiguiendo a los cristianos y condenándolos       a muerte. Desde ese momento, nos lo atestigua Tácito, se añadió a la       imputación contra los cristianos también un nuevo crimen,: el odio contra el género humano. Plinio el joven, irónicamente, escribirá que con una       acusación semejante se habría podido en lo sucesivo condenar a muerte a       cualquiera.

ACUSADOS DE       ATEISMO

El historiador griego Dión Casio, que en Roma fue pretor y cónsul, en el       libro 67 de su Historia Romana afirma que bajo Domiciano fueron acusados y       condenados «por ateísmo» (ateótes) el consul Flavio Clemente y su mujer Domitila, y con ellos muchos otros que «habían       adoptado los usos judaicos».

La acusación de ateísmo, es       dirigida contra quien no considera divinidad suprema la majestad imperial.       Domiciano, durísimo restaurador de la autoridad central, pretende el culto       máximo a su persona, centro y garantía de la «civilización humana».

Parece mentira que un       intelectual como Dión Casio llame «ateísmo» el       rechazo del culto al emperador, lo que significa que en Roma no se admitía       ninguna idea de Dios que no coincida con la majestad imperial. Quien tiene       una idea diversa es eliminado como gravemente peligroso para la       «civilización humana».

LA COARTADA       DE NERON

Sobre los cristianos en       consecuencia, descargó Nerón, las acusaciones que se le habían hecho a él,       condenándolos a terribles suplicios. Aparte de que la doctrina  cristiana eran un desafío a los       dioses paganos celosos y vengativos… “Los paganos—dirá Tertuliano—       atribuyen a los cristianos todas las calamidades públicas, cualquier       catástrofe. Si las aguas del Tíber se desbordan       e inundan la ciudad, si por el contrario el Nilo no se desborda ni inunda       los campos, si hay sequía, carestía, peste, terremoto, la culpa es toda de       los cristianos, que desprecian a los dioses, y por todas partes se grita:       ¡Los cristianos a los leones!”.

ANTORCHAS       HUMANAS

Nerón tuvo la responsabilidad       de haber iniciado la absurda hostilidad del pueblo romano, más bien       tolerante en materia religiosa, respecto de los cristianos: la ferocidad       con la que castigó a los presuntos incendiarios no se justifica ni       siquiera por el supremo interés del imperio. Antorchas humanas, rociadas       con brea ardiendo en los jardines de la colina Oppio, mujeres y niños vestidos con pieles de animales       en las garras de las bestias feroces en el circo, fueron espectáculos tan       horrorosos que suscitaron un sentido de compasión y de horror en el mismo       pueblo romano. “Entonces —dice Tácito—se manifestó un sentimiento de       piedad, aunque se tratara de gente merecedora de los más ejemplares       castigos, porque se veía que eran eliminados no por el bien público, sino       para satisfacer la crueldad de un individuo”, Nerón. La persecución no       terminó en aquel fatal verano del 64, sino que continuó hasta el año 67.       La gente sin embargo pensaba que había sido el propio emperador Nerón, “el       loco”, quien lo provocó, y es famosa la imagen del emperador tocando el       arpa en su palacio mientras observaba las llamas destruyendo la capital       del imperio. Hay muchas teorías: desde la simple y llana demencia de Nerón       hasta una compleja maniobra política con vistas a replantear todo el       urbanismo de Roma. El caso es que, hoy por hoy, no podemos afirmar con       seguridad si Nerón fue o no el culpable. Lo que si sabemos es que el       emperador empezó a preocuparse cuando sus súbditos comentaron que él era       el pirómano.

De modo que buscó a un       responsable que pagara las culpas, alguien en quien descargar la ira y la       frustración del pueblo romano. Los cristianos no adoraban a los dioses del       imperio, tenían fama de raros y hasta se decía que eran caníbales. La       gente de la calle estaba dispuesta a echarles mano, y que pagaran tal       atrocidad. Así comenzó la primera persecución de cristianos Decapitados,       crucificados, quemados en la hoguera, pero los       romanos.

“PAN Y       CIRCO”

Era uno de los lemas favoritos       de los emperadores; de modo que hicieron del martirio de estos hombres y       mujeres una diversión para el pueblo romano. Los cristianos eran       conducidos al coliseo, donde eran devorados por las fieras ante el asombro       y sobrecogimiento del público, que rompía en aplausos o carcajadas cada       vez que un mártir era devorado por un león. La costumbre parece que tuvo       éxito, y durante años los cristianos fueron perseguidos y asesinados.       Primero por el incendio, después por el odio que se había inculcado hacia       ellos y, por último, porque eran peligrosos, porque crecían, pudo escribir       Tertuliano, “somos de ayer y llenamos todo el orbe” y porque negaban la       legitimidad misma de un imperio basado en la divinidad del gobernante. El       historiador Tácito (120) da cuenta en sus Anales de la muerte de «esas       gentes a las que el vulgo denominaba cristianos. Eran, según dice, «una       inmensa multitud», estos son los que vienen de la gran tribulación, dice       Juan en el Apocalipsis. Su muerte «fue organizada como una diversión.       Unos, cubiertos con pieles de fieras, fueron desgarrados por perros; otros       fueron izados a cruces en las que, al caer el día, se convirtieron en       antorchas vivas, a fin de iluminar la noche. Nerón había ofrecido sus       jardines para semejante espectáculo. Facilitaba juegos en el circo,       mezclándose entre la multitud, vestido de auriga  de cuadrigas o bien tronando sobre       su vehículo. Por eso, aun cuando estas gentes fueran unos culpables dignos       de los últimos suplicios, uno se sentía lleno de compasión al ver cómo       eran inmolados no para el bien público, sino por crueldad de uno solo».

EL SEPULCRO DE       PEDRO

El apóstol San Pedro fue uno de       los crucificados en esta noche atroz, puesto que su cuerpo se hallaba       depositado en la ladera de la colina vaticana. Posteriormente, el lugar       fue identificado y se construyó el primer templo conmemorativo. Hoy, en el       centro de la       Basílica, bajo la cúpula de Bernini es, precisamente donde se encontró su cuerpo.       Importantes excavaciones realizadas con todo el rigor científico durante       el Pontificado de Pío XII encontraron los restos del Apóstol Pedro hecho       datado y acreditado con toda seguridad.

LA TUMBA       DE PABLO

San Pablo fue decapitado en       Tre Fontane, Tres       Fuentes y enterrado muy cerca en el mismo sitio donde hoy se alza       la       Basílica de San Pablo extramuros, en la Vía Ostiense. Allí, además, del cuerpo de       Pablo está también la cabeza de Pedro. En el interior del templo hay dos       impresionantes estatuas de los dos Santos Apóstoles. Pedro exhibe las       llaves del Reino. Pablo, la espada de su palabra. Se llama Extramuros       porque se encuentra fuera del recinto de la muralla de Roma. Esta       basílica, muy importante, es como un santuario dedicado a las Iglesias de       Oriente y su arquitectura guarda la inspiración de los grandes templos       orientales. El lugar se denominó Tre Fontane por las tres fuentes que brotaron en los tres       rebotes que dio la cabeza en tierra al ser       decapitada.

JESUS MARTI       BALLESTER

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