Monseñor Munilla sobre la Asignatura de Religión en la escuela y otros “telares”

Antes de abordar el tema de la asignatura de Religión de forma específica, me
vais a permitir que describa brevemente esa mentalidad laicista a la que me he
referido. Es preciso distinguir entre la laicidad positiva, y el “laicismo” que
añade un componente excluyente y negativo con respecto a la sana laicidad. El
problema radica en que se confunde laicidad con laicismo:

+ La laicidad del Estado y de las instituciones públicas, supone neutralidad
ante las diversas creencias religiosas, y al mismo tiempo, colaboración con
todas ellas en la medida en que contribuyan al bien común de la sociedad. El
Estado debe reconocer el derecho a la libertad religiosa de los ciudadanos como
un bien positivo para el individuo y para la sociedad; derecho que ha de ser
protegido por los poderes públicos.

Por su parte, el Estado tiene el deber de discernir y colaborar, según el
principio de subsidiariedad, con las iniciativas sociales impulsadas desde la
sensibilidad religiosa o laica de los ciudadanos. En consecuencia, la laicidad
rectamente entendida, es garantía de libertad, igualdad y convivencia.

+ Sin embargo, el laicismo, a diferencia de la laicidad, parte de unos
supuestos bien distintos: el Estado laicista no reconoce la vida religiosa de
los ciudadanos como un bien positivo para el individuo y para la sociedad, que
deba ser protegido por los poderes públicos. Por el contrario, lo considera como
una sensibilidad privada, solo tolerable en la medida en que no tenga
pretensiones de impregnar la vida social o de influir en ella. Se da por
supuesto que las religiones no pueden proporcionar un conjunto de convicciones
morales comunes capaces de fundamentar la convivencia en una sociedad plural.
Más bien, se parte del falso prejuicio de que las religiones son fuente de
intolerancia y de dificultades para la pacífica convivencia.

En consecuencia, el laicismo entiende que la religiosidad debe ser recluida a
la vida privada, y que ha de ser sustituida en el ámbito público por un conjunto
de valores a modo de “señas de identidad” del estado democrático, sin referencia
religiosa alguna.

De esta forma, una vez descartadas las convicciones religiosas en la vida
pública, le correspondería al poder político configurar una nueva conciencia
moral pública de los ciudadanos en sustitución de su conciencia religiosa.

Es claro, que esos presupuestos laicistas están llenos de falsos prejuicios y
que son deudores de algunas de las leyendas negras que se han vertido contra el
cristianismo; además de que desconocen la riqueza de la doctrina social
católica. En realidad, la convivencia en una sociedad plural, no debe “dejar en
el banquillo” o “poner entre paréntesis” los propios ideales y las propias
convicciones de sus ciudadanos, para acoger una “ética común de estado”,impuesta
desde la misma enseñanza. Por el contrario, los ciudadanos están llamados a
encontrar en su propia conciencia religiosa, o en su visión laica de la vida,
los fundamentos eficaces para el respeto a la libertad de los demás, actitudes
de colaboración en la búsqueda del bien común, etc.

Citando a Mons. Fernando Sebastián, el futuro no puede estar en un “laicismo
obligatorio”, sino en el diálogo honesto y sincero entre las religiones y con
los sectores laicos. El cometido del Estado no es el de ser el formador de las
conciencias de los ciudadanos, según un “mínimo común ético constitucional”.

****

Y bien, hecha la explicación de lo que entendemos por laicismo, y por
laicidad positiva o sana laicidad, paso a abordar directamente el título de esta
conferencia: “La asignatura de Religión en la escuela”. Tal vez alguno podría
matizarme diciendo que lo que está en discusión no es la clase de Religión en sí
misma, sino solamente su presencia en la escuela pública. Pero creo que quien
piense tal cosa se está equivocando. Me explico:

El laicismo anticristiano es astuto, y suele tener la “estrategia” de
plantear sus objetivos por etapas: primero, despenalización del aborto en casos
muy extremos y conmovedores; pasados unos años, cuando ya haya “madurado la
conciencia social”, el aborto libre pasa a ser reconocido como un “derecho
democrático”…; finalmente se termina por no respetar ni siquiera el derecho a la
objeción de conciencia de quien no quiere ser copartícipe del aborto. He aquí un
caso práctico del fenómeno que Benedicto XVI ha descrito con el término de
“dictadura del relativismo”.

Pero no se asusten, que no es mi intención hablar aquí del aborto. Lo he
citado simplemente como ejemplo y como método –¡espero que eficaz!- para
reclamar la atención de quienes pudiesen estar un poco distraídos en este
desayuno del“Fórum Europa, Tribuna Euskadi”…

En el caso de la clase de Religión, creo que está ocurriendo algo por el
estilo: se empieza por poner todo tipo de “palitos” en las “ruedas” al estatus
de la asignatura (evaluable o no evaluable; troncal o secundaria; con asignatura
alternativa o sin alternativa; en horario escolar o extraescolar; etc, etc,
etc); se sigue por reivindicar su exclusión del sistema público de enseñanza, en
nombre de una malentendido concepto de “escuela laica”; y se terminará -a medio
plazo- por forzar su salida del curriculum de la misma enseñanza privada
concertada. Como he dicho al principio, la asignatura de Religión está sometida
a un verdadero acoso… Lo que está en juego no es ya su inserción en el sistema
público, sino su misma razón de ser en la enseñanza reglada.

Pero vamos a dejar de hablar por unos momentos de nuestros problemas. Ahora
quiero expresar en positivo una serie de razones pedagógicas que fundamentan la
necesidad y la razón de ser de la asignatura de Religión en el sistema de
enseñanza:

1ª.- La clase de Religión es un derecho, no un privilegio: A
base de tanta polémica sobre esta asignatura, algunos católicos pueden estar
arrastrando una especie de complejo, como si hubieran logrado hacerles creer que
la presencia de la clase de Religión en la escuela, es una reminiscencia del
antiguo régimen en esta sociedad democrática. Muy al contrario: se trata de un
derecho, reconocido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la
ONU (1948): “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de
conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de
religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su
creencia individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la
enseñanza
–repito por si a alguno se le ha escapado el matiz: “¡por la
enseñanza!”-, la práctica, el culto y la observancia”.

Nuestro marco constitucional reconoce también este derecho, como luego
desarrollaré. Y no estaría de más, conocer en detalle cómo la asignatura de
Religión tiene, en la actualidad, un tratamiento bastante más relevante en la
mayoría de los países europeos que en España. En aproximadamente la mitad de los
países europeos, la asignatura de Religión es obligatoria en el sistema
educativo; y en la otra mitad, es de libre elección. Como podemos comprobar,
insertar la religión en el ámbito escolar es, entre otras muchas cosas, una
forma de “converger con Europa”.

Tampoco estará de más recordar que el dinero con el que se paga a esos
profesores de Religión, al contrario de lo que parece desprenderse de algunas
críticas contra la Iglesia, no sale del bolsillo particular de ningún gobierno,
sino del de los propios padres de los alumnos, quienes pagan “religiosamente”
los impuestos al Estado laico.

2ª.- La clase de Religión no es equiparable ni sustituible por la
Catequesis
: La asignatura de Religión está destinada principalmente a
una formación intelectual, aún con la peculiaridad de ser confesional; mientras
que en la Catequesis se procura introducir al alumno en el seguimiento personal
de Jesucristo. Aun a riesgo de simplificar la cuestión, podríamos decir que la
clase de Religión y la Catequesis se diferencian y se asemejan, de forma similar
a como lo hacen el “conocer” y el“amar”.

3ª.- La clase de Religión ayuda a entender la cultura que hemos
heredado:
Un joven no podrá entender la pintura, la música, la
escultura, la arquitectura, la filosofía, la historia, la política, el folclore,
las tradiciones… en definitiva, sus propias raíces; si no conoce en profundidad
los fundamentos de la religión católica. Y lo mismo cabría decir, en un nivel
más genérico, de una comprensión mínima de las demás religiones, para poder
asomarnos a esta “aldea global” en la que
vivimos.

4ª.- La Religión ofrece una cosmovisión frente
a la fragmentación del saber:
Hoy en día existe una gran“parcelación”
del saber humano, acompañada de una sobreacumulación de datos, tanto en las
disciplinas científicas como en las humanísticas. Se trata de una fragmentación
que ha contribuido notablemente al auge de una cierta crisis de identidad
cultural, de valores, de certezas…


Con frecuencia se recurre a la simple explicación de que esa fragmentación es
fruto inevitable de la especialización en el saber, olvidando que la exclusión
del hecho religioso también nos está dificultando la integración de todos estos
conocimientos en una sabiduría global de la existencia.

5ª.- La religión responde al sentido de la existencia: Una
enseñanza global debe responder a las preguntas clave sobre el sentido de
nuestra existencia. ¿De qué me sirve conocer la evolución del Universo, si nadie
me explica por qué y para qué estamos en esta vida? ¿Cómo podemos fundamentar
los derechos del ser humano sin dar razón de la diferencia esencial entre el
animal irracional y el hombre racional? ¿Cabe hablar con optimismo de los
avances científicos y de la sociedad del futuro, si no tenemos fundamentada
nuestra esperanza en el más allá de la muerte?…

6ª.- Diálogo interreligioso: Somos sobradamente conscientes
del grave problema que para la paz mundial representan los fundamentalismos.
Cada vez vemos con más claridad que la estabilidad internacional, e incluso
nuestra convivencia con un buen número de inmigrantes, necesita estar sustentada
en el diálogo interreligioso. Ahora bien, sólo puede dialogar quien tiene
conciencia y conocimiento de su punto de partida. De lo contrario, más que a una
“alianza de civilizaciones”, estamos abocados a la desaparición de la
nuestra.

7ª.- Educación moral: Está claro que una educación integral
debe incluir la dimensión moral. De poco servirá la acumulación de conceptos en
la enseñanza, si no existe un espacio específico en el que se eduque en
comportamientos morales como la sinceridad, la solidaridad, la justicia, el
respeto, la generosidad… He aquí otra dimensión esencial de la asignatura de
Religión: la moral.

****

Permitidme ahora insistir en el primero de los siete puntos a los que he
hecho referencia: Estamos oyendo, una y otra vez, la retórica de que la
existencia de la clase de Religión está fundamentada en un Concordato
Internacional entre el Estado español y la Santa Sede; Concordato que ya estaría
caduco… Sin embargo, se calla lo principal: el fundamento jurídico determinante
de la presencia de la asignatura de Religión en la escuela, está en el artículo
27.3 de la Constitución Española: “Los poderes públicos garantizan el
derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación
religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones
”. Es
decir, nuestra legislación reconoce que los padres tienen derecho a marcar la
orientación moral y religiosa de la formación de sus hijos, y las autoridades
tienen el deber de poner los medios para que esto se lleve a cabo.

El desarrollo plasmado en el Concordato del Estado español con la Santa Sede,
sobre esta materia concreta de la asignatura de Religión, no hace sino vehicular
el derecho reconocido por la Constitución Española. Tengo para mí, que una buena
parte de quienes critican el Concordato de 1979 –obviamente, reconozco que
también existirán posiciones críticas más matizadas-, tienen un problema de
fondo inconfesable: se sienten incómodos con el artículo 27.3 de la
Constitución, que reconoce el derecho de los padres a la educación moral y
religiosa de sus hijos. ¡¡Cómo les gustaría poder derogarlo!! Da la impresión de
que les falta la valentía suficiente para expresar abiertamente su ideología de
partida: a medio camino entre el marxismo, el liberalismo y la ideología de
género.

Hasta que tuvieron lugar las reformas educativas de la LODE y la LOGSE, la
asignatura de Religión era evaluable y tenía la asignatura de Ética como
alternativa de libre elección. La gran mayoría de los sectores sociales,
entendían que aquélla era una solución pacífica y justa. Existía la posibilidad
de elegir entre una enseñanza moral confesional o una ética aconfesional. La
gran pregunta es: ¿Por qué se derogó algo tan razonable que funcionaba bien?
Aquellas reformas hicieron que la enseñanza religiosa, abocara, en la práctica,
a una lenta y progresiva agonía…Cada posterior retoque, ha supuesto otra vuelta
de tuerca más, en orden a un progresivo arrinconamiento de dicha asignatura.

A finales del pasado año, recibimos una buena noticia, como fue el traspaso
al Gobierno Vasco de las competencias en lo referente al profesorado de Religión
de Primaria. Pero paradójicamente, la mejora del estatus de estos profesores de
Religión, coincide con una situación límite de la asignatura de Religión en las
aulas.

Hace pocas semanas los periódicos vascos publicaron diversos reportajes en
los que algunos profesores de Religión, en un ejercicio de responsabilidad y
valentía que quiero agradecer desde aquí, denunciaban las numerosas
irregularidades que sufre la asignatura de Religión en el País Vasco: muchos
centros ni siquiera la ofertan; se ejercen presiones sobre los padres que la han
elegido; hay falta de seriedad en la asignatura alternativa a Religión; hay
discriminación de los profesores de Religión en los centros, etc, etc. Recuerdo
que todavía continuamos esperando la resolución definitiva del recurso judicial
presentado por la Iglesia al “Decreto de Bachillerato de 2009 de la asignatura
de Religión”, por el que se eliminó la asignatura alternativa a la Religión en
la Comunidad Autónoma Vasca. Esto ha conllevado que la asignatura de Religión
haya entrado en estado de coma en el Bachillerato…

****

Me parece de rigor concluir haciendo una referencia a la toma de postura de
la llamada Federación de Asociaciones de Padres de Alumnos de Euskal Herria,
contraria a que la asignatura de Religión pueda ofertarse en la escuela pública.
La citada asociación ha realizado un sorprendente envío de cartas a los padres,
pidiéndoles que no matriculen a sus hijos en la asignatura de Religión, de forma
que esas horas puedan destinarse a otras materias obligatorias. Se trata de una
presión para sacar la asignatura de Religión del horario escolar, y en
definitiva, de la escuela pública. Al respecto quisiera hacer dos
consideraciones:

En mi experiencia como obispo de Palencia, antes de ser destinado por el
Santo Padre a la Diócesis de San Sebastián, fui testigo del siguiente fenómeno:
En Castilla León la gran mayoría de los padres–el 80 % en Palencia- matriculaban
a sus hijos en la asignatura de Religión, en la escuela pública; y sin embargo,
las asociaciones de padres, al igual que en Euskadi, pedían públicamente la
expulsión de la Religión de la escuela pública. ¿Cómo se explica esto? ¿Puede
darse un dato más contradictorio?… Es obvio que tenemos que empezar por hacer
una seria autocrítica: La tradicional pasividad de los católicos en el escenario
de la vida pública, es corresponsable del avance del laicismo en nuestra
sociedad. La participación de los católicos en la vida pública ha sido y es,
notablemente inferior a la de los grupos laicistas… ¡Nosotros mismos hemos
mordido el anzuelo de quienes han querido recluirnos al ámbito de las
sacristías!

Pero, en segundo lugar, fijémonos en la situación de la Comunidad Autónoma
Vasca, y partamos de la suposición de que dicha asociación de padres fuese
verdaderamente representativa de la voluntad de los padres cuyos hijos están
integrados la escuela pública de Euskadi. (No tengo datos para ponerlo en duda,
pero permitidme que me limite a exponerlo como hipótesis). El derecho de una
supuesta mayoría de los padres a que sus hijos no reciban clase de Religión, no
puede impedir a la supuesta minoría católica la educación de sus hijos conforme
a sus convicciones. Existe un adagio que dice: “Cuando no se respetan los
derechos de las minorías; en realidad, es que no se respetan los “derechos
humanos”, sin más
”.

Creo sinceramente que nuestra sociedad necesita, como agua de mayo, un
movimiento reivindicativo por la auténtica laicidad; la laicidad positiva y no
excluyente. Una reivindicación que puede y debe ser sostenida tanto por los
católicos como por los miembros de otras religiones; más aún, que puede y debe
ser sostenida también desde posiciones laicas y agnósticas. Está en juego la
naturaleza de la escuela pública, que tiene que ser de todos y para todos, y en
consecuencia, ha de dar cabida a todas las visiones de la vida, una de las
cuales es la religiosa.

****

La cuestión jurídica ha ocupado una buena parte de mi exposición; pero no me
cabe la menor duda de que las violaciones de los derechos en el ámbito
educativo, son la punta del iceberg de la crisis del proyecto educativo. Cuando
partimos de no saber quién es el hombre, es lógico que demos palos de ciego en
los planteamientos pedagógicos.

Como signo muy positivo y esperanzador, me llama la atención la confluencia
de diagnósticos entre personajes tan experimentados y tan complementarios como
son Benedicto XVI y el dirigente de la Unión Europea Jacques Delors. El primero
ha denunciado proféticamente en diversos foros la “emergencia educativa” en la
que se encuentra Occidente. El segundo, plenamente consciente de esta realidad,
elevó un informe educativo a la ONU en 2008, bajo el título “La Educación
encierra un tesoro”, en el que habla de la importancia de superar la tensión
entre lo material y lo espiritual.

En el citado informe, Delors establece cuatro finalidades de la educación:
aprender a aprender, aprender a hacer, aprender a vivir juntos y aprender a ser.
La síntesis de la educación, en la que se condensa todo lo demás es “aprender a
ser”; esto es, que la persona se realice como tal, que alcance
su propia identidad, para lo cual obviamente, es necesaria una educación
integral. “Aprender a ser” exige desarrollar todas las dimensiones y facetas
constitutivas de la persona.

Sólo cuando sabemos que venimos del amor y que volvemos a él, venciendo el
sufrimiento y la muerte, es cuando podemos dar lo mejor de nosotros mismos con

desinterés y alegría. ¡¡Por esto, reivindicamos la enseñanza religiosa!!

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