Misa de desagravio capilla universitaria de Somosaguas

Homilía del obispo César Franco

«Cristo es nuestra paz»

(Homilía para la misa de reparación en la capilla de Somosaguas)

Textos de la liturgia del Viernes de la Primera Semana de Cuaresma

18 de Marzo de 2011

Madrid

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,

Queridos profesores y alumnos,

hermanos y hermanas en el Señor.

 Con sentimientos muy encontrados celebramos la eucaristía en este viernes de Cuaresma que nos invita a la conversión del corazón. Revivimos en primer lugar los sentimientos de indignación y repulsa por la profanación de esta capilla de nuestra querida Universidad. Al mismo tiempo, pedimos al Señor que convierta hacia sí el corazón de quienes lo hicieron y recapaciten sobre su conducta y actitudes blasfemas, que han herido hasta lo más hondo nuestras creencias religiosas. Al levantar nuestras manos al cielo suplicamos la paz del corazón para perdonar a los autores de estas graves ofensas contra Cristo y su Iglesia. La celebración de la Eucaristía es el acto de culto por excelencia de la fe cristiana porque actualiza el Misterio Pascual de Cristo que nos reconcilia con Dios. En su Muerte y Resurrección, Cristo ha expiado los pecados del mundo y nos ha otorgado el don de la Paz. Cristo, dice san Pablo, es nuestra paz. Al reunirnos hoy en esta capilla, queremos reparar el mal cometido mediante la acción redentora de Cristo, que se ofrece para perdón de los pecados. Nuestra oración, unida a la suya se convierte en instrumento de paz y de concordia para el mundo.

 La profanación de un lugar de culto, atenta, según la mente de la Iglesia, contra uno de los elementos más sagrados de nuestra fe. Los misterios que celebramos por medio de los sacramentos no son simple memoria del pasado sino actualización de la salvación de Cristo que alcanza a todos los hombres. La liturgia sagrada une el cielo y la tierra en un lugar santo, que queda invadido por la presencia de Dios. Desde la zarza ardiendo, Dios le pidió a Moisés que se descalzara porque pisaba tierra sagrada. Isaías fue purificado por un ángel, que tocó los labios del profeta con un carbón encendido para poder oficiar un culto agradable a Dios en el templo. El templo es un lugar consagrado a Dios, dedicado al culto y a la oración personal y comunitaria de los fieles. Por ser la casa de Dios, está abierto a todos, creyentes o no, y son muchos los que, al entrar en el templo, han recuperado la fe, la paz interior, y el sentido de su misma existencia. Cuando se inaugura un templo, se bendice o consagra con ritos especiales que significan su dedicación a Dios y su carácter de lugar sagrado, que queda separado del ámbito profano para ser morada de Dios entre los hombres y casa de oración. Cualquier persona con un mínimo sentido ético, aun sin poseer la fe religiosa, sabe que un templo debe ser respetado por todos los hombres. De todos es conocida la reacción de Cristo cuando contempló la profanación del templo de Jerusalén realizada por vendedores y cambistas.

 Con profundo dolor, por tanto, lamentamos y reprobamos que esta pequeña capilla, lugar de culto y oración, que ofrece a los universitarios la posibilidad de encontrarse con Cristo en la eucaristía diaria y en la liturgia de la Iglesia, haya sido profanada con blasfemias, ataques a la Iglesia y a su Magisterio y con gestos y actitudes indignos de la persona humana. Aun sin participar de la fe cristiana o religiosa, todo ciudadano está moralmente obligado a respetar las creencias ajenas en virtud del derecho de libertad religiosa, propio del ser humano. En una sociedad libre, plural y democrática existen cauces de diálogo y de debate para manifestar las propias opiniones y discrepancias. El mismo ámbito universitario, nacido precisamente a impulsos de la Iglesia para buscar la verdad y lograr el conocimiento de las ciencias sobre el hombre, el cosmos, y el mismo Dios, es un lugar propio para la reflexión y diálogo sobre la realidad considerada en su conjunto. De ahí, la palabra universitas. Por eso, resultan aún más incomprensibles a la recta razón y al sentido ético natural, los actos que, bajo pretexto de libertad de expresión o de reivindicación de determinadas corrientes ideológicas, se han realizado en esta capilla hiriendo la sensibilidad religiosa de quienes profesan la fe en Cristo, de la que participa la mayor parte de nuestro pueblo.

Es verdad que la relación de cooperación, cordial y fecunda, de la Universidad Complutense con la Iglesia de Madrid, que se remonta, mediante convenios y acciones conjuntas, a la segunda mitad del siglo pasado y dura hasta nuestros días, no queda empañada por la acción de grupos minoritarios, que no representan al conjunto de la juventud universitaria, que, con generosidad y esfuerzo, se dedica al estudio con la mirada puesta en una sociedad mejor. Desde aquí quiero dar gracias a Dios por el testimonio de tantos universitarios que asumen su vocación universitaria, ayudados por sus profesores y tutores, con verdadero espíritu de servicio y con un afán incansable de buscar la verdad. Por ello, estos hechos, gracias a Dios aislados, nos sorprenden e inquietan porque resultan contradictorios no sólo con una sociedad que proclama el respeto a las creencias ajenas, la tolerancia y el diálogo, sino con la misma finalidad de la institución y el quehacer verdaderamente universitarios. Todos debemos estar atentos y rezar para que estas situaciones, que denigran a quienes las provocan, no vuelvan a suceder.

 La Palabra de Dios que hemos proclamado en este viernes de Cuaresma ilumina estas circunstancias con la luz poderosa de la verdad revelada. El profeta Ezequiel recuerda que cada hombre es responsable de sus actos ante Dios. El hombre tiende a excusarse de sus actos escudándose en el mal de muchos. Fácilmente olvidamos nuestra responsabilidad personal, dejándonos arrollar por la masa o eximiéndonos del ejercicio de la libertad personal. Ezequiel rompe con la opinión judía de que los hijos son responsables de los pecados de los padres y llama al examen personal de la conciencia ante Dios: Sólo quien se convierte de los pecados cometidos vivirá. Si ha sido pecador y se convierte de corazón, alcanzará el perdón. Y al contrario: si el justo se aparta de la justicia y peca, se le pedirá cuenta de su pecado. El hombre, dice Ezequiel, vive en el presente de Dios y a él debe dar cuenta de sus actos, sin excusarse en los pecados de los demás. Dios nos sitúa ante nuestra propia libertad. Y lo hace, no con el deseo de condenar, sino precisamente con la voluntad de salvar. ¿Acaso quiero yo la muerte del pecador y no que se convierta de su camino y viva? La Cuaresma es un camino de conversión que nos sitúa ante Dios en la verdad de lo que somos. Quizás algunos jóvenes que participaron en estos actos no fuesen plenamente conscientes de lo que hacían, o se dejaron llevar por impulsos irreflexivos de masa, o por otros compañeros que les indujeron a esta acción reprobable. Pidamos por ellos para que reciban la luz de la verdad, se conviertan y vivan en la verdad. Dios es pura e infinita misericordia. Dios quiere nuestro bien y nuestra felicidad. Pidamos para que encuentren verdaderos amigos. Decían los clásicos que la amistad no entiende el consorcio para el mal. La verdadera amistad siempre tiende al bien y a la plena realización de la persona en la verdad de su vida. Y la Universidad es un tiempo precioso para establecer verdaderas relaciones de amistad basadas en la verdad y el bien.

 La fe cristiana no busca sólo la relación con Dios, sino también con el prójimo. En el evangelio de hoy Jesús nos recuerda que la moral cristiana no se queda en el cumplimiento del precepto tal como se establecía en la Ley de Moisés. Frente al «no matarás» de Moisés, Jesús progresa en la dirección de un amor más pleno y perfecto, que debe evitar el insulto, el enfrentamiento con el prójimo, el considerarlo «imbécil» o «renegado». Esto nos exige, dice Jesús, una justicia que va más allá de la que enseñaban y practicaban los letrados y fariseos de su tiempo. Es la justicia del amor, de la caridad. También hay que amar a nuestros enemigos y perdonarlos de corazón. Sólo esta actitud nos asemeja a Cristo, que perdonó a quienes le ultrajaron y le llevaron a la cruz. La dinámica del amor pasa por el perdón sincero de aquellos que nos han ofendido. De otra manera, no podemos presentar nuestra ofenda con un corazón puro y reconciliado. Quizás haya muchos cristianos que no entiendan esta actitud evangélica, que está en los fundamentos de la oración y del culto cristiano. Por eso, la celebración de la Eucaristía puede expiar y reparar plenamente lo que nuestras simples fuerzas – ni siquiera nuestras buenas intenciones – pueden hacer. Sólo Dios repara el pecado totalmente. Sólo Dios puede expiar el mal del mundo. Quien entiende esto, se une a Cristo y perdona y ama a su propio enemigo, como siempre han hecho los santos, testigos de la caridad perfecta. Pidamos, pues, que al celebrar ahora el sacrificio de la reconciliación universal, el Señor convierta a los pecadores, los ilumine con la fuerza de su amor y nos conceda la gracia de reparar el mal de otros con el bien que nosotros podemos aportar, unidos a Cristo y a la Iglesia que es su Cuerpo. Al renovar ahora el sacrificio de Cristo sobre este humilde altar, suplicamos que su eficacia alcance a todos los hombres con el perdón y la misericordia y que su casa sea siempre respetada como lugar de oración y de culto.

 Que Santa María la Virgen nos conceda la gracia de vivir las actitudes de Cristo y ser siempre para los demás signos vivos de amor y de perdón. Amén.

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