Domingo 2º de Adviento Ciclo A

 
DAR LOS FRUTOS DEL ESPIRITU
 
 
         1. Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea predicando: “Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos” Mateo 3, 1. Que significa: Cambiad de vida que está cerca Jesús, es decir: Volveos a Dios, porque Dios se ha vuelto a los hombres. “Este que viene, es el que anunció Isaías: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”. Preparamos el camino del Señor poniéndonos de acuerdo entre nosotros, acogiéndonos con paciencia y alegría, como Cristo nos ha acogido.       
 
         2  Pero Isaías 11, 1 había dicho mucho más: “Sobre el vástago del tronco, casi muerto, de Jesé, padre de David, se posará el Espíritu del Señor, de ciencia y discernimiento, de consejo y valentía, de piedad y temor del Señor. No juzgará por apariencias, que tantas veces engañan, defenderá con justicia al desamparado. Herirá al violento, al que provoca la guerra, con el látigo de su Palabra. Será justo y fiel. Y llenará de paz al pueblo: paz. Los que estaban en guerra harán en su reino las paces. Lobos y cabritos, panteras y corderos, novillos y leones, vacas y osos juntos. Niños que juegan con las serpientes, y meten las manos en sus madrigueras sin que les muerdan. Y llenará el país de la ciencia del Señor, como las aguas colman el mar”.
Un maestro hindú llevó un día a sus discípulos a la orilla de un río. Extrajo de la corriente una piedra. La partió. Estaba seca por dentro. Y dijo: Así son los cristianos: sumergidos dos milenios en la corriente viva del evangelio, tienen el corazón seco. La avaricia y la tacañería no les deja absorber el amor de Cristo. Les impiden su egoísmo y su vanidad practicar la caridad que predican.
 
         3  La consecuencia de este reino de paz y de justicia es la armonía total de toda la creación. Isaías ve este paraíso nuevo en el tiempo en que reine Jesús, como resultado de la acción dinámica del Espíritu. Otros sitúan la felicidad en una sociedad de consumo manejada por el espíritu contrario al de Dios. Nosotros sabemos que sólo está en Cristo, Alfa y Omega, Principio y Fin.
 
         4  Y la gente iba buscando a Juan al desierto. El desierto, lo necesitamos tanto, es el lugar donde con más facilidad nos encontramos con Dios. Ahí en el desierto, que debemos hacer donde podamos, aunque sea breve cada día, sobre todo en Adviento, es donde, apagadas las voces de fuera, atendemos a la Voz que nos habla dentro, oímos nuestra conciencia que, rectamente formada, es la voz de Dios. Ella nos dirá lo que hemos de rectificar. No dejemos el orgullo fuera del campo de la conversión. No se ventila una conversión de cosillas, de distracciones en la oración, o de mentiras sin hacer daño, sino una conversión total a Dios, al amor, sostenidos por la esperanza de la Resurrección, “con nuestra paciencia y el consuelo que dan las Escrituras”.
 
         5  La gente confesaba sus pecados y se bautizaba, incluso fariseos y saduceos, a quienes Juan les dice: “Raza de víboras, (así les llamará Jesús después), ¿quién os ha enseñado a escapar de la ira inminente?” ¿Es que Dios tiene ira? La ira de Dios tiene por objeto el pecado, pero el hombre pecador es mirado por Dios con misericordia infinita, por eso le llama a la conversión. Y si nos hemos convertido, demos frutos, obras, de conversión. No os hagáis ilusiones con que sois hijos de Abraham: “Mirad que el hacha está puesta en la raíz del árbol. Porque todo árbol que no produce frutos buenos, será cortado y echado al fuego”.
 
         6  Dejemos paso a Jesús para que nos bautice con Espíritu Santo, como le dejó María que, porque ofreció la tierra limpia para que El viniera, vino y se quedó. Esta tierra limpia fue preparada con fe, virginidad, humildad y sabiduría. “El tiene la pala en la mano para aventar el trigo. El trigo lo depositará en el granero del cielo, la paja en una hoguera que no se apaga”.
 
         7  Envíanos tu Espíritu y conviértenos a Tí, por la Sangre de tu Cruz y el poder de tu Resurrección, con la intercesión de María, tu Madre y Madre nuestra. “Para que en tus días florezca la justicia, en nuestras personas, en nuestras familias, en la sociedad humana entera; para que la paz abunde eternamente. Para que escuches nuestra oración, la oración de los afligidos que están sufriendo porque no tienen padrino ni protector, para que te apiades de los pobres e indigentes” Salmo 71. Preparemos en este Adviento el Adviento del tercer milenio con nuestra conversión al Evangelio y nuestro manjar para el camino: la eucaristía.

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