Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI con ocasión de la XVIII Jornada Mundial del Enfermo

“La Iglesia al servicio del amor hacia los enfermos y los que sufren”  

Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI con ocasión de la XVIII Jornada Mundial del Enfermo -11 de febrero de 2010  

 25º Aniversario de la Institución  

 del Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios  

 (para la Pastoral de la Salud)

 El 11 de febrero próximo, memoria litúrgica de la Beata Virgen María de Lourdes, se celebrará en la Basílica Vaticana la XVIII Jornada Mundial del Enfermo. La feliz coincidencia con el 25º aniversario de la Institución del Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios es un motivo más para agradecer a Dios por el camino recorrido hasta ahora en el ámbito de la pastoral de la salud. Deseo de corazón que dicha solemnidad sea ocasión para un empeño apostólico más generoso en el servicio a los enfermos y a las personas que los asisten.

 En efecto, a través de la anual Jornada Mundial del Enfermo la Iglesia quiere sensibilizar capilarmente a la comunidad eclesial sobre la importancia del servicio pastoral en el amplio mundo de la salud, servicio que es parte integrante de su misión, ya que se inscribe en el surco de la misma misión salvífica de Cristo. Él, Médico divino, “pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo” (Hch 10, 38). El sufrimiento humano alcanza su sentido y plenitud de luz en el misterio de su pasión, muerte y resurrección. En la Carta apostólica Salvifici doloris, el Siervo de Dios Juan Pablo II tiene palabras iluminadoras al respecto. “El sufrimiento humano – afirma – ha alcanzado su culmen en la pasión de Cristo. Y a la vez ésta ha entrado en una dimensión completamente nueva y en un orden nuevo: ha sido unida al amor…, a aquel amor que crea el bien, sacándolo incluso del mal, sacándolo por medio del sufrimiento, así como el bien supremo de la redención del mundo ha sido sacado de la cruz de Cristo y de ella toma constantemente su arranque. La cruz de Cristo se ha convertido en una fuente de la que brotan ríos de agua viva” (n. 18).

 En la Última Cena, antes de regresar al Padre, el Señor Jesús se inclinó para lavar los pies a los Apóstoles, anticipando así el supremo acto de amor de la Cruz. Con ese gesto invitó a sus discípulos a entrar en su misma lógica del amor que se dona especialmente a los más pequeños y a los necesitados (Cf. Jn 13, 12-17). Siguiendo su ejemplo, cada cristiano está llamado a revivir, en contextos diferentes y siempre nuevos, la parábola del buen Samaritano que, pasando junto a un hombre que los salteadores habían abandonado medio muerto al borde del camino, “lo vio, tuvo compasión y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, lo llevó al posadero y dijo: «Cuida de él y si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva»” (Lc 10, 33-35).

 Concluyendo la parábola, Jesús dice: “Vete y haz tú lo mismo” (Lc 10, 37). Con estas palabras se dirige también a nosotros. Nos exhorta a inclinarnos sobre las heridas del cuerpo y del espíritu de numerosos hermanos y hermanas que encontramos en los caminos del mundo; nos ayuda a comprender que, con la gracia de Dios acogida y vivida en la vida de cada día, la experiencia de la enfermedad y del sufrimiento se puede convertir en escuela de esperanza. En verdad, como he afirmado en la Encíclica Spe salvi, “lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito” (n. 37).

 En su momento, el Concilio Ecuménico Vaticano II recordaba la importante tarea de la Iglesia de ocuparse del sufrimiento humano. En la Constitución dogmática Lumen gentium leemos que así “como Cristo … fue enviado por el Padre a «evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos» (Lc 4, 18), «para buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19, 10), de manera semejante la Iglesia abraza con su amor a todos los afligidos por la debilidad humana, más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en aliviar sus necesidades y pretende servir en ellos a Cristo” (n. 8). Esta obra humanitaria y espiritual de la Comunidad eclesial hacia los enfermos y los que sufren a lo largo de los siglos se ha expresado en muchas formas y estructuras sanitarias también de carácter institucional. Quisiera recordar aquí aquellas que las diócesis administran directamente  y las que han nacido de la generosidad de varios Institutos religiosos. Se trata de un precioso “patrimonio” que responde al hecho de que “el amor necesita también de organización como presupuesto para un ordenado servicio comunitario” (Enc. Deus caritas est, 20). La creación del Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios, hace ya veinticinco años, forma parte de esta solicitud eclesial por el mundo de la salud. Debo añadir que, en el momento histórico-cultural actual, se advierte más todavía la exigencia de una presencia eclesial atenta y capilar junto a los enfermos, así como de una presencia en la sociedad capaz de transmitir de modo eficaz los valores evangélicos para tutelar la vida humana en todas sus fases, desde su concepción hasta su término natural.

 Quisiera retomar aquí el Mensaje a los pobres, enfermos y a todos los que sufren que los Padres conciliares dirigieron al mundo, al concluir el Concilio Ecuménico Vaticano II: “¡Oh vosotros, que sentís más el peso de la cruz! – dijeron – … Vosotros que lloráis, … vosotros, los pacientes desconocidos, tened ánimo: vosotros sois los preferidos del reino de Dios, el reino de la esperanza, de la bondad y de la vida; vosotros sois los hermanos de Cristo paciente y con El, si queréis, ¡ salváis al mundo!” (Ench. Vat. I, n. 523*, [p. 313]). Agradezco de corazón a las personas que, cada día, “realizan un servicio para con los que están enfermos y los que sufren”, de modo que “el apostolado de la misericordia de Dios, al que se dedican, responda cada vez mejor a las nuevas exigencias” (Juan Pablo II, Cons. ap. Pastor Bomus, art 152).

 En este Año Sacerdotal, mi pensamiento se dirige particularmente a vosotros, queridos sacerdotes, “ministros de los enfermos”, signo e instrumento de la compasión de Cristo, que debe llegar a cada hombre marcado por el sufrimiento. Os invito, queridos presbíteros, a no ahorrar vuestros esfuerzos en proporcionarles cuidado y consolación. El tiempo transcurrido junto a la persona probada se revela fecundo de gracia para todas las demás dimensiones de la pastoral. En fin, me dirijo a vosotros, queridos enfermos, y os pido que oréis y ofrezcáis vuestros sufrimientos por los sacerdotes, para que se mantengan fieles a su vocación y su ministerio sea rico de frutos espirituales, en beneficio de toda la Iglesia.

 Con estos sentimientos, imploro sobre los enfermos, así como también sobre quienes los asisten, la materna protección de María Salus Infirmorum, y a todos imparto de corazón la Bendición Apostólica.

 Desde el Vaticano, 22 de noviembre de 2009, Solemnidad de N. S. Jesucristo, Rey del Universo.

                                                                  Papa Benedicto XVI

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