El Papa pone en guardia a los eclesiásticos de la tentación del poder

La tentación de la carrera o del poder no excluye a los eclesiásticos: una advertencia que ha lanzado hoy Benedicto XVI proponiendo las lecciones de actualidad del santo español Domingo de Guzmán, ejemplo de «dedicación y humildad» en su servicio a la Iglesia, en la que también hoy «debe siempre arder un fuego misionero».

Ante miles de fieles y peregrinos, durante la audiencia general de los miércoles en el Aula Pablo VI del Vaticano, el Papa centró su catequesis en esta figura «fundamental para la renovación de la Iglesia de su tiempo», el fundador de la Orden de Predicadores –los padres dominicos-, santo Domingo (1170-1221). De los testimonios de santo Domingo para nuestro tiempo, Benedicto XVI señaló su rasgo fundamental: «hablaba siempre con Dios y de Dios». Y recalcó su interés por el estudio de la Sagrada Escritura y su amor por los necesitados. Y es que «en la vida de los santos, el amor por el Señor y por el prójimo, la búsqueda de la gloria de Dios y de la salvación de las almas, caminan siempre juntas», subrayó.  Ordenado sacerdote, Domingo de Guzmán fue elegido canónigo de la catedral de Osma, papel que podría representar para él motivo de prestigio en la Iglesia y en la sociedad. Pero Domingo «no lo interpretó como un privilegio personal, ni como el inicio de una brillante carrera eclesiástica, sino como un servicio que hay que prestar con dedicación y humildad», apuntó el Papa, trazando la biografía del santo español.  E interrogó: «¿No es tal vez una tentación la de la carrera, la del poder; una tentación de la que no son inmunes ni siquiera quienes tienen un papel de animación y de gobierno en la Iglesia?».  Benedicto XVI reiteró entonces cuanto dijo en la homilía en la ordenación episcopal de cinco prelados, el pasado septiembre: «No buscamos poder, prestigio, estima para nosotros mismos. Sabemos cómo sufren las cosas en la sociedad civil, y no raramente en la Iglesia, por el hecho de que muchos a quienes les ha sido conferida una responsabilidad, trabajan para ellos mismos y no para la comunidad». Gracias a las misiones diplomáticas que tuvo que desarrollar en Europa, santo Domingo constató los enormes desafíos de evangelización para la Iglesia de su tiempo. Por ello se convirtió en su meta apostólica «la acción misionera hacia quien no conoce el Evangelio» y la «re-evangelización de las comunidades cristianas», dedicando el resto de su vida a «predicar al Buena Nueva». De aquí otra lección de actualidad que subrayó el Papa: «En el corazón de la Iglesia siembre debe arder un fuego misionero que impulse incesantemente a llevar el primer anuncio del Evangelio y, donde sea necesario, a una nueva evangelización», porque «Cristo es el bien más precioso que los hombres y las mujeres de todo tiempo y de todo lugar tienen derecho a conocer y amar». «Qué consolador es ver que también en la Iglesia de hoy son muchos –pastores y fieles laicos, miembros de antiguas órdenes religiosas y de nuevos movimientos eclesiales- quienes, con alegría, emplean su vida en este ideal supremo: ¡anunciar y testimoniar el Evangelio!», constató Benedicto XVI.  Los «predicadores», como «mendicantes» -sin grandes propiedades de terrenos que administrar- estaban «más disponibles para el estudio y la predicación itinerante», además de que «constituía un testimonio concreto para la gente». Y santo Domingo quiso que sus seguidores tuviera una sólida formación teológica, enviándoles a las universidades de su tiempo. Se incidía así en la importancia del estudio como preparación al apostolado. Se trata de «un estudio fundado en el alma de todo saber teológico, esto es, en la Sagrada Escritura, y respetuoso con los interrogantes que plantea la razón».  Nuevamente el Papa extrajo de ello una indicación para el presente: «El desarrollo de la cultura impone a quienes desarrollan el ministerio de la Palabra, en distintos niveles, que estén bien preparados. Exhorto por lo tanto a todos, pastores y laicos, a cultivar esta “dimensión cultural” de la fe, para que la belleza de la verdad cristiana pueda comprenderse mejor y la fe pueda ser verdaderamente alimentada, reforzada e incluso defendida».  En particular, en este Año Sacerdotal, Benedicto XVI invita «a los seminaristas y a los sacerdotes a estimar el valor espiritual del estudio», porque «la calidad del ministerio sacerdotal también depende de la generosidad de aplicación al estudio de las verdades reveladas». «Domingo, que quiso fundar una orden religiosa de predicadores-teólogos, nos recuerda que la teología tiene una dimensión espiritual y pastoral que enriquece el alma y la vida. Los sacerdotes, los consagrados y también todos los fieles –subrayó el Papa- pueden hallar una profunda “alegría interior” al contemplar la belleza de las verdades que proceden de Dios, verdades siempre actuales y siempre vivas». Canonizado a los trece años de su muerte, santo Domingo de Guzmán, «con su santidad, nos indica dos medios indispensables para que la acción apostólica sea incisiva» -añadió-: «ante todo la devoción mariana» -de hecho la Orden de Predicadores tiene “el gran mérito de la difusión del santo Rosario”, “verdadera escuela de fe y de piedad”-; en segundo lugar «el valor de la oración de intercesión para el éxito del trabajo apostólico».  «¡Sólo en el Cielo comprenderemos hasta qué punto la oración de las claustrales acompaña eficazmente la acción apostólica!», reconoció Benedicto XVI, dirigiendo su pensamiento afectuoso y agradecido a cada consagrada.