Lo que es la Cruz desde el alba del cristianismo

I. PADRES GRIEGOS

 S. IRENEO DE LYON (m. 202)

 El SIGNIFICADO ULTRATEMPORAL Y ULTRAMUNDANO DE LA CRUZ

 «Jesucristo apareció como hombre en la plenitud de los tiempos y como Palabra de Dios reunió en sí todas las cosas, las del cielo y las de la tierra. El unió al hombre con Dios y restableció de nuevo la comunión y armonía entre Dios y los hombres. De otro modo, si él no hubiera venido a nosotros, nosotros no habríamos estado en condiciones de tomar parte legal en la inmortalidad. Pues si hubiese permanecido invisible y desconocida la inmortalidad, no nos hubiese traído la salvación.

 Así pues, se hizo visible, para que nosotros en cierto sentido tengamos parte en el regalo de la inmortalidad. La desobediencia de nuestro primer padre Adán nos había enrollado en los lazos de la muerte. Por eso fue necesario y justo que las cadenas de la muerte fuesen rotas por la obediencia de aquél que se hizo hombre por nosotros. Puesto que la muerte reinaba sobre el cuerpo, fue necesario y justo que, mediante el sometimiento del cuerpo, librase así al hombre de su esclavitud. La Palabra se hizo carne para que el cuerpo, por el que el pecado había conseguido su dominio, tomado posesión y gobernaba, obligado precisamente por él mismo, fuera también otro en nosotros. Y por eso tomó nuestro Señor el mismo cuerpo que el de Adán, para luchar en favor de los padres y, mediante Adán, vencer al que mediante Adán nos había afectado.

 «¿De dónde procede la naturaleza de la primera creación? Procede de la volun­tad y sabiduría de Dios y de la tierra virgen. “Pues Dios” -dice la Escritura- “no había enviado la lluvia antes de que fuese creado el hombre y éste estuviera allí para cultivar la tierra” (Gén 2, 5). De esta tierra, cuando todavía era virgen, formó Dios al hombre del polvo como principio del género humano. En la reproducción de este hombre quería Dios obrar de la misma manera la imagen del cuerpo, en cuanto que él nació de la Virgen por voluntad y sabiduría de Dios. Así debía mostrarse en la for­mación de su propio cuerpo la semejanza con la de Adán y dar cumplimiento a lo que está escrito: “En el principio, el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios” (Gén 1, 26).

 «Y así como por la desobediencia de una virgen el hombre fue llevado a la caída, se derrumbó y murió, así el hombre, animado de nuevo con vida, recibió la vida de una virgen que escuchó la palabra de Dios. Pues el Señor ha venido para buscar de nuevo a la oveja perdida, ya que el hombre estaba perdido. Así tampoco fue hecho una nueva criatura, sino que conservó la correspondencia creadora con aquella que procedía de Adán. Pues era necesario y equitativo que en la reproducción de Adán en Cristo lo mortal fuese asumido por lo inmortal y absorbido en él Eva María, para que la Virgen sea la intercesora, y la descendencia de una virgen perdiera su fuerza y fuese elevada por la obediencia de otra virgen. La trasgresión que tuvo lugar por medio del árbol fue borrada por el árbol de la obediencia en el que fue crucifi­cado el Hijo del Hombre en total sumisión a Dios. En él dominó al conocimiento del mal y dio entrada al conocimiento del bien, y lo sujetó. Es malo desobedecer a Dios, como es bueno obedecerle. En relación a esta actividad salvadora dice la Pala­bra por medio del profeta Isaías en una predicción de los futuros acontecimientos -pues por esto se llaman profetas, porque predicen el futuro-: “No he sido rebelde, no me he echado atrás. Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban, y mis mejillas a quienes me mesaban la barba, no hurté mi rostro a los ultrajes y a los salivazos’, (Is 50, 6). Mediante la obediencia hasta la muerte de cruz borró la vieja desobedien­cia comenzada en el madero.

 «El mismo es la Palabra del Dios Todopoderoso que nos penetra a todos en un presente invisible y por eso abarca todo el mundo, su anchura y largura, su altura y profundidad. Pues por la Palabra de Dios todas las cosas son conducidas según un orden. Y el Hijo de Dios ha sido crucificado en ellas, en cuanto que él ha puesto la impronta de la cruz en todas ellas. Sin embargo, fue justo y equitativo que, al hacerse él mismo visible, imprimiese en todas las cosas visibles su comunión de cruz con todas ellas. Su eficacia debía mostrar, en las cosas visibles y en forma visible, que él es el que ilumina las alturas, esto es, el cielo, y alcanza los abismos, en los cimien­tos de la tierra; el que ensancha las llanuras desde el oriente hasta el occidente y desde el norte hasta el sur, guía la anchura y convoca al conocimiento del Padre a todo lo desperdigado por todas partes.»

                                                                                     (Prueba de anuncio apostólico, 31-34)

 ORIGENES (m. 253/54)  

 SEGUIMIENTO DE CRISTO COMO OFRENDA PERFECTA

«Ofrecer un hijo o una hija, ganado o tierra: todo esto queda fuera de nosotros. Ofrecerse a sí mismo a Dios y agradecer no con el trabajo ajeno sino con el propio: esto es más perfecto y elevado que todos los votos. Quien obra así es seguidor de Cristo. Dios concedió al hombre la tierra, el mar y todo lo que contienen”. Hasta el mismo cielo le dio en servicio. El concedió también el sol, la luna y las estrellas a los seguidores de los hombres, regaló a éstos la lluvia, el viento y todo lo que existe en el mundo. Pero después de todo esto, se dio a sí mismo. “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su único Hijo para la vida del mundo” (Jn 3, 16). ¿Qué hace de grande el hombre cuando se ofrece a Dios, a El que se ofreció el primero? Pues cuando tú “tomas tu cruz” y “sigues” a Cristo, cuando dices: “Yo vivo, pero no soy yo el que vive, sino que es Cristo el que vive en mí” (Gál 2, 20); cuando nuestra alma anhela y está sedienta de “volver a casa y estar con Cristo” (Flp 1, 23), entonces es cuando uno se ha ofrecido a sí mismo, esto es, su  ofrenda a Dios.»

                                                                           (Homilías sobre el libro de los Números, 24, 2).

 S. ATANASIO (295-373)

 LA REVELACION DE LA SALVACION DEL MUNDO MEDIANTE LA CRUZ

 «Los paganos se burlan con lengua calumniosa y se ríen de nosotros, aunque saben que nosotros presentamos siempre sólo la cruz de Cristo. Y precisamente por eso se quiere sobre todo lamentar su locura, porque ellos, los que se burlan de la cruz, no ven cómo su fuerza llena todo el mundo y cómo, mediante la cruz, se hacen mani­fiestas a todas las obras del conocimiento divino. Pues si ellos fuesen gente con recto sentido y mirada para su divinidad, no se burlarían de algo tan grandioso. No, más bien deberían también ellos reconocerle y verle como Salvador del mundo, ya que la cruz no se ha hecho para perdición de la criatura, sino para su salvación. Pues si con la entrada de la cruz en el mundo llegó el final de todo servicio idolátrico, si toda fantasmagoría de los demonios cede a esta señal y en adelante Cristo es vene­rado y el Padre reconocido por medio de él; si los adversarios quedan avergonzados, pero él hace callar cada día a los corazones de aquellos que le contradicen: ¿cómo se puede pensar -puede uno preguntarse con justicia- en una obra del hombre, en vez de confesar que es el Logos (esto es, la Palabra) de Dios y el Salvador del mundo el que ha subido a la cruz? A éstos les pasa lo que a aquél que insulta al sol que se oculta detrás de las nubes y, sin embargo, admira su luz porque ve que toda la creación es iluminada por él. Pues como la luz es hermosa y más hermoso todavía el sol como fuente de luz, ya que el estar lleno todo el orbe terráqueo del conoci­miento de Dios es una obra divina, el Creador y Guía de obra tan maravillosa ha de ser Dios y Logos (Palabra) de Dios.»

                                                                                                          (Contra los gentiles,1)

 S. CIRILO DE JERUSALEN (313-387)

 LA CRUZ, NUESTRA MAS ALTA GLORIA

 «Para la Iglesia católica cada hecho de Cristo es objeto de gloria. Pero el objeto de más alta gloria es la cruz. Así lo reconoce Pablo cuando dice: “lejos de mí el gloriarme si no es en la cruz de Cristo” (Gál 6, 14). Fue algo maravilloso el que un ciego de nacimiento recobrase la vista en la piscina de Siloé. Sin embargo, ¿qué supone un ciego contra los ciegos de todo el mundo? Algo grande, sobrenatural fue el que Lázaro, que llevaba cuatro días muerto, resucitase de entre los muertos. Sin embargo, sólo en él se manifestó la gracia. Pero, ¿qué supone un Lázaro frente a aquellos que mueren por causa de sus pecados sobre la tierra? Fue un milagro el que cinco panes alcanzasen para alimentar a cinco mil hombres. Sin embargo, ¿qué son cinco mil hom­bres frente a aquellos que sufren hambre en toda la tierra, porque viven en la ignorancia? Fue maravillosa la liberación de la mujer que estaba encadenada por Sata­nás desde hacía dieciocho años. Pero, ¿qué supone una mujer frente a todos nosotros que estamos atados por las cadenas de nuestros pecados? La corona victoriosa de la cruz ha traído luz a los ciegos espirituales, ha liberado a todos los que yacen bajo el pecado y salvado a toda la humanidad.

 No te admires de que fuese salvado todo el mundo. El que murió por él no era un hombre corriente, sino el Hijo único de Dios. El pecado de un solo hombre, Adán, hace entrar la muerte en el mundo. Pero si, por la caída de uno, vino la muerte a reinar en el mundo, ¿no debe reinar mucho más la vida por el acto justo de Uno? Si en su tiempo nuestros primeros padres fueron arrojados del paraíso por causa de un madero del cual habían comido, ¿no deberán entrar fácilmente los creyentes en el paraíso a causa del madero de Jesús? Si el que fue formado de la tierra trajo la muerte a todos, el que lo había formado de la tierra ¿no debía traer la vida ya que él mismo es la vida?

 «Así, pues, no queremos avergonzarnos de la cruz del Salvador, sino más’ bien ¡gloriarnos de ella! La enseñanza de la cruz es escándalo para los judíos y necedad para los gentiles, pero para nosotros es salvación- para los que se pierden es nece­dad, pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios. Pues el que ha muerto por nosotros no fue -como se dijo- un hombre corriente, sino el Hijo de Dios, Dios hecho hombre. Si el cordero que se sacrificó por orden de Moisés, alejó al exterminador, ¿no debería mucho más librarnos del pecado el cordero de Dios que tomó sobre sí los pecados del mundo? Si la sangre de un cordero irracional rea­lizó la salvación, la sangre del Hijo único ¿no traerá con mayor motivo la salvación?»

                                                                                          (Catequesis del Bautismo, 13, 1-3)

 FUNDAMENTO DEL USO DEL SIGNO DE LA CRUZ

 «No queremos avergonzarnos de la cruz de Cristo. Que otros la hagan, tú debes hacer la señal de la cruz públicamente, para que los demonios, cuando vean la señal real, tiemblen y se alejen. Haz la señal de la cruz en la comida y en la bebida, cuando te sientes, te acuestes y te levantes, cuando hables, camines, en una palabra: en todas tus ocupaciones. Pues el que fue crucificado sobre ese lugar (Gólgota) está arriba en el cielo. Si hubiera permanecido en el sepulcro después de la crucifixión y sepultura, entonces tendríamos motivo de avergonzarnos (de la cruz). Pero el que fue crucificado sobre el Gólgota ha subido al cielo desde el monte de los olivos situado en el este. En ese lugar (sobre el Gólgota) descendió al infierno y volvió a nosotros. Allí (sobre el monte de los olivos) nos ha dejado de nuevo para subir al cielo; pues el Padre le ha dicho: “Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos como estrado de tus pies” (Sal 109, 1).»

                                                                                             (Catequesis del Bautismo, 4, 14)

 LA CRUZ COMO DISTINTIVO DE LOS CREYENTES

«El árbol de la vida fue plantado en la tierra, para que la tierra maldecida gozase de bendición y los muertos sean salvados. ¡No nos avergoncemos, pues, de confesar al Crucificado! ¡Sellemos llenos de confianza con el dedo la frente, hagamos la señal de la cruz sobre todas las cosas, sobre el pan que comemos, sobre la copa que bebe­mos! ¡Hagámosla al salir y al volver, antes del sueño, al acostarnos y al levantarnos al andar y al descansar! Grande es este medio de protección. Es gratuito en atención a los pobres, no supone esfuerzo por causa de los débiles. La gracia viene de Dios. La cruz es el distintivo de los creyentes, el terror de los demonios. “Mediante la cruz, Cristo ha triunfado sobre ellos y los ha desenmascarado públicamente” (Col 2, 15). Cada vez que contemplan la cruz, se acuerdan del Crucificado. Ellos temen a aquél que ha aplastado las cabezas del dragón. No desestimes el sello porque se te haya dado gratuitamente; ¡no, honra precisamente por esto tanto más al bienhechor!»

                                                                                      (Catequesis del Bautismo, 13, 35-36)

 PSEUDO-MACARIO (300-390)  

 EL SELLO DEL SEÑOR EN NOSOTROS

 «¡Aspiremos a llevar en nosotros la marca y el sello del Señor! Pues en el instante del juicio, cuando se haga por Dios la separación y sean reunidos todos los pueblos de la tierra, toda la descendencia de Adán, cuando el pastor llame a su rebaño, todos los que tienen la marca conocerán a su pastor y el pastor conocerá a los que lleven el sello particular y los reunirá de todos los pueblos. Pues los suyos oyeron su voz y le siguieron (Jn 10, 27). El mundo será dividido en dos partes: un rebaño de tiniebla que va al fuego eterno, y un rebaño lleno de luz que es conducido a la herencia celes­tial (Mt 25, 31ss). Precisamente esto que ahora poseemos en nuestra alma, brilla entonces y se manifiesta y reviste nuestros cuerpos con gloria. Para el tiempo del mes Xanthikos (abril) brotan y empujan fuera las raíces, que están cubiertas, sus frutos, sus flores y su hermosura. Así se manifiestan las buenas raíces y salen a la luz las que producen espinas. En aquel día cada uno mostrará en su cuerpo sus obras; lo bueno y lo malo se hará manifiesto. Pues en ello consiste el juicio completo y la recompensa.»

                                                                                            (Homilías espirituales, 12, 13-14)

 PADECER CON CRISTO

«Todos los justos caminaron por el “camino estrecho” y angosto. Fueron perse­guidos, maltratados y padecieron afrentas, “vivieron en pieles de cabra, en cuevas, en las hendiduras de la tierra” (Hb 11, 37). Igualmente el Apóstol: “Hasta este momento” -dice Pablo- “pasamos hambre, sed y desnudez, somos injuriados y andamos errantes” (1 Cor 4, 11l). Algunos de ellos fueron decapitados, otros crucifi­cados y otros martirizados de distintas formas. Y ¿cómo caminó él, el Señor de los profetas y apóstoles, el que se olvidó igualmente de su gloria divina? El se hizo nues­tro modelo, pues por burla llevó sobre su cabeza una corona de espinas, le escupieron, le golpearon y le crucificaron. Si Dios caminó así sobre la tierra, también tú debes imitarle. Y si los apóstoles y profetas caminaron así, también nosotros, que queremos ser edificados sobre el cimiento del Señor y de los apóstoles, debemos imitarlos.

 Pues el Apóstol dice en el Espíritu Santo: “Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo” (1 Cor 4, 16). Pero si amas la gloria humana, quieres ser venerado, buscar deleite, entonces te has salido del camino. Pues tú debes ser crucificado con el Crucificado, sufrir con el que sufre, para que seas glorificado con el Glorificado. Sí, la esposa debe sufrir con el esposo y así hacerse compañera y “coheredera de Cristo” (Rom 8, 17). No es posible, sin padecer y sin un camino áspero, estrecho y angosto, entrar en la ciudad de los santos desc r reinar con el Rey en una eternidad sin fin.»

                                                                                               (Homilías espirituales, 12, 4-5)

S. GREGORIO NISENO (335-394)

 El SENTIDO ESCONDIDO DE LA CRUZ

 «Si la cruz contiene un sentido más profundo, lo sabrán todos los que más entien­den sobre el significado del secreto. Lo siguiente lo conocemos a través de la tradición. En todos los hechos y dichos que se nos narran en el Evangelio, subyace una inten­ción sublime y divina, y no se encuentra en ellos nada que, además de los rasgos humanos, no lleve el carácter divino. Aun cuando los hechos y dichos parezcan demos­trar puramente la impronta humana, el sentido escondido puede descubrir el fundamento divino. Tal como exige la lógica, también aquí hay que tener en cuenta una parte sin pasar por alto la otra, contemplar lo humano en la muerte, pero de forma y modo que se tome muy en serio el significado divino que resalta todavía más clara­mente. Corresponde a la divinidad penetrar todo y, según la naturaleza de las cosas, dilatarse en todas sus partes…

 «De esta forma la cruz, mediante su figura dirigida en cuatro direcciones, al salir claramente cuatro maderos de su punto central, que los mantiene unidos, quiere ense­ñarnos que él, que en su muerte según el plan de Dios fue extendido en ella, es el mismo que une en sí al universo y le da una unidad armoniosa al sintetizar la multi­plicidad de cosas en un todo único. Pues respecto a las cosas miramos hacia arriba o hacia abajo, o nuestra investigación se dirige hacia ambos lados. Ojalá pienses en lo que hay en el cielo o bajo la tierra o a ambos lados. La divinidad va al encuentro de tu mirada contemplativa en todas partes, es sólo conocida en las cosas y en cada una de sus partes, y contiene todas las cosas en su ser. Si a esta naturaleza presente en todas partes hemos de denominarla Dios o Palabra o Sabiduría o Poder o cual­quier otra cosa que sea elevada y que pueda designar mejor al Altísimo, nuestra fe no discute acerca de palabras, expresiones y usos de imagen. Puesto que toda la crea­ción mira a él y está alrededor de él y por él guarda su unidad y conjunto armonioso , por eso no deberíamos dejarnos llevar sólo por el oído al recto conocimiento de Dios, sino también el ojo debería ser el maestro de verdades más altas.

 «Refiriéndose a la cruz, el gran Pablo imparte una enseñanza profunda a la comu­nidad de Efeso cuando quiere capacitarla para entender cuál es la altura y profundidad, la anchura y la largura (Ef 3, 18). Pues a cada uno de los maderos de la cruz les presenta él ante los ojos con un nombre particular: a la parte de arriba del vertical la designa altura, a la parte de abajo profundidad, y a las horizontales, anchura y lar­gura. De una forma más clara todavía distingue este concepto, creo yo, en la carta a los Filipenses a quienes escribe: “Al nombre de Dios  toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el abismo” (Flp 2, 10). El usa aquí una sola palabra para el madero del medio y que cruza, refiriendo a la tierra todo lo que se encuentra entre el cielo y el abismo.»

                                                                                                       (Gran Catequesis, 32, 2)

 S. JUAN CRISOSTOMO (350-407)

 LA CRUZ NUESTRA GLORIA Y NUESTRA FUERZA

 «Nadie se avergüence de la venerable seña de nuestra salvación, el mayor de todos los beneficios, por la cual vivimos y existimos. Antes bien queremos llevar la cruz de Cristo como una corona, pues mediante la cruz se realiza nuestra total salva­ción. Cuando uno nace, la cruz está allí; cuando uno se alimenta con aquel manjar misterioso, siempre que uno es consagrado, siempre que se realiza cualquier otra acción, en todas partes está a nuestro lado esta señal de victoria. Por eso marcamos con ella, llenos de celo, las casas, paredes y ventanas, la frente y el corazón. Ella es el símbolo de nuestra salvación, de nuestra común liberación, así como de la bondad de nuestro Señor. “Como un cordero fue llevado al matadero” (Is 53, 7). Cada vez que haces la señal de la cruz, toma a pecho todo lo que contiene la cruz, modera la ira y el resto de las pasiones.

 «Cuando te persignas, llena tu frente de más confianza, libera a tu alma. Vosotros sabéis ciertamente de dónde nos viene la libertad. Para ganarnos esta libertad, San Pablo menciona la cruz y la sangre del Señor cuando dice: “Habéis sido comprados a un precio alto; no os hagáis esclavos de los hombres- (1 Cor 7, 23). Quiere decir: piensa en el precio que se ha pagado por ti y no serás esclavo de nadie. El llama a la cruz precio de compra.

 «Pero la cruz no ha de hacerse simplemente sólo con el dedo, sino en primer lugar con el corazón, lleno de fe interior. Cuando te persignes de esta forma en la frente, no se te acercará ningún espíritu impuro, porque verá el arma que le ha herido, la espada que le ha asestado el golpe mortal. Si nosotros nos estremecemos al con­templar los lugares de suplicio, ¡qué no sentirá el diablo ante la contemplación del arma con la que Cristo ha roto todo su poder y ha decapitado al dragón!

 «Así pues, no te avergüences de un bien tan grande para que Cristo tampoco se avergüence de ti, cuando venga en su gloria y aparezca ante él su señal, más brillante que los rayos del sol. Sí, entonces vendrá la cruz y predicará alto mediante su apari­ción, dará públicamente testimonio en favor de] Señor sobre toda la tierra y enseñará que éste no ha omitido nada de lo que depende de él. Esta señal tuvo ya en tiempos de nuestros antepasados, y tiene todavía ahora, la fuerza de abrir puertas cerradas, hacer inofensivo el veneno, quitar a la cicuta su efecto, curar la mordedura de anima­les venenosos; pues si ella abre las puertas, la entrada al paraíso, y hace saltar las cadenas del diablo, ¿por qué maravillarse de que sea más poderosa que las bebidas venenosas y que toda otra clase de cosas de este tipo?

«Graba, pues, profundamente en tu memoria esta verdad e imprime la salvación de nuestras almas en tu corazón. Pues esta cruz ha salvado y convertido al mundo, ha disipado el error, traído la verdad, transformado la tierra en cielo, hecho de los hombres ángeles. Con la cruz no hay que temer más al diablo, sino despreciarlo; la muerte ya no es muerte, sino sólo un sueño.»

                                                                                                     (Comentario a Mt 54, 4-5)

  PROTECCION MEDIANTE LA CRUZ, NO MEDIANTE AMULETOS Y FORMULAS MAGICAS

 «¿Qué se debe decir de aquellos que se ocupan en fórmulas mágicas y amuletos, y se atan monedas de hierro de Alejandro el Macedonio en la cabeza y en los pies? Así pues, ¿se hubiera pedido a nuestra esperanza que vinculásemos la esperanza de la conservación de nuestra vida a la imagen de un rey gentil después de la cruz y muerte de nuestro Señor? ¿No conoces la fuerza y la bendición de la cruz? La cruz ha aniquilado a la muerte, borrado los pecados, arrebatado su trofeo al infierno, roto el poder del diablo, y nosotros ¿no debemos confiar en que nos puede guardar la salud del cuerpo? El ha levantado de nuevo a todo el mundo, y tú ¿no tienes con­fianza en él? Di: ¿qué hubieras merecido tú para ello?

 « … ¿No te avergüenzas de que te dejes seducir por tales pasiones, después de haber aceptado la doctrina elevada del cristianismo? Una cosa hace a este engaño todavía más siniestro. Cuando advertimos y amonestamos, se nos contesta como si fuera una disculpa: “La señora que hace ese juramento es una cristiana y no expresa otra cosa que el nombre de Dios”. Precisamente por eso la odio y detesto más, porque se sirve del nombre de Dios para pecar, porque se presenta como cristiana y sin embargo realiza obras paganas. También los demonios pronuncian el nombre de Dios y son demonios. Ellos dijeron al Señor: “Sabemos quién eres: el santo de Dios”. Pero sin tenerlo en cuenta, el Señor los reprendió y arrojó. 

 «Así os amonesto yo, para que os apartéis de ese engaño y os apoyéis, como en un báculo, en aquellas palabras: “Yo te rechazo, Satanás”. Así como tú no te atreve­rías a ir al mercado desnudo y descalzo, tampoco deberías salir sin esas palabras. Cada vez que atravieses el umbral debes repetir antes: “Yo te rechazo, Satanás, y a tus pompas y a tu servicio. Y a ti, Cristo, estoy a tu lado”. Nunca debes salir sin esta fórmula; así poseerás un báculo, un arma, un bastión invencible. Con estas palabras hazte la señal de la cruz en la frente. Así nadie podrá hacerte daño, quienquiera que sea el que se encuentre contigo. Ni el mismo diablo podrá hacerte daño, si estás armado con esta armadura en cualquier parte donde él te vea.»

                                                                                       (Instrucción a los catecúmenos 2, 5)

 S. JUAN DAMASCENO (675-749)

 LA DIFERENCIA ENTRE CREYENTES Y NO CREYENTES A TRAVES DE LA CRUZ

 «La palabra de la cruz es una necedad para los que se pierden, pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios” (1 Cor 1, 18). Pues “el hombre espi­ritual juzga todo, el hombre animal no capta las cosas del espíritu” (1 Cor 2, 14s). Necedad es la palabra de la cruz para aquéllos que no la aceptan en la fe y no pien­san en la bondad y el poder de Dios, sino que investigan lo divino con pensamientos humanos y naturales. Pues todo lo que es de Dios está por encima de cualquier natu­raleza, palabra y pensamientos. Si uno piensa cómo y por qué Dios ha llamado todo de la nada al ser y quiere fundamentarlo con pensamientos naturales, no entenderá nada. Pues este conocimiento es animal y demoníaco. Pero si, guiado por la fe, uno tiene a la divinidad por buena, todopoderosa, verdadera, sabia y justa, encontrará todo liso y llano y un camino recto. Sin fe es imposible ser salvado. Sobre la fe des­cansa todo, lo humano como lo espiritual. Sin fe no abre el surco el labrador, ni el comerciante confía su vida al mar embravecido sobre una pequeña embarcación, ni se fundan matrimonios, ni sucede nada de lo que ocurre en la vida. Mediante la fe reconocemos que todas las cosas han conseguido llegar de la nada al ser por el poder de Dios. Mediante la fe llevamos a cabo todo lo divino y lo humano. Pero la fe es asentimiento sin vacilación.

 «Claro que cada acción y acto milagroso de Cristo es sumamente grande, divino y maravilloso; pero mucho más maravilloso que todo es su cruz preciosa. Pues no de otra forma ha sido aniquilada la muerte, borrado el pecado de Adán, despojado el infierno, regalada la resurrección, se nos ha dado la fuerza, el presente, sí, el des­preciar la misma muerte, llevar a buen término la vuelta a la felicidad primitiva, abrir las puertas del paraíso, colocar nuestra naturaleza a la derecha de Dios; (no de otra forma) hemos sido hechos hijos de Dios y herederos mediante la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Todo fue hecho mediante la cruz. El Apóstol dice: “Todos los que hemos sido bautizados en Cristo nos hemos revestido de Cristo” (Gál 3, 27). “Cristo es fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1 Cor 1, 24). Mira, la muerte de Cristo o la cruz nos ha revestido con la sabiduría y la fuerza de Dios. Pero la fuerza de Dios es la palabra de la cruz, porque por medio de ella nos ha dado a conocer la fuerza de Dios o la victoria sobre la muerte, o porque por la fuerza de Dios ha mantenido unidas la altura y la profundidad, la largura y la anchura, es decir, toda la creación visible e invisible, así como las cuatro terminales de la cruz están unidas y sostenidas por su punto central.

 «Esta cruz nos ha sido dada como señal en la frente, pues mediante ella nos diferenciamos los creyentes de los no creyentes y nos reconocemos. Es escudo y arma y señal de victoria contra el demonio. Es un sello para que el ángel estrangulador no nos toque, como dice la Escritura (Heb 11, 28). Ella levanta a los caídos, es sostén para los que están en pie, apoyo de los débiles, báculo de los tullidos, guía para los conversos, perfección para los que progresan, salud del alma y del cuerpo, defensa de todo mal, garantía de todos los bienes, destrucción del pecado, vástago de la resurrección, árbol de vida eterna. Hay que venerar este leño verdaderamente precioso y digno de veneración en el que Cristo mismo se ha ofrecido por nosotros, puesto que uno es curado mediante el contacto del cuerpo y de la sangre, igualmente los clavos, la lanza, los vestidos y sus lugares sagrados, como son: el pesebre, la cueva, el Gólgota que trae la salvación, el sepulcro que da la vida, Sión, el castillo de las iglesias y cosas semejantes. Si para nosotros son queridos la casa, la cama y los vesti­dos de los seres queridos, cuánto más ha de ser lo que es de Dios y del Salvador, y por lo que hemos sido salvados.

 «Nosotros veneramos la imagen de la cruz preciosa de la que proviene la vida, sea del material que sea. Nosotros no veneramos el material —lejos de nosotros­— sino la imagen como símbolo de Cristo. Pues así lo aclaró él a sus discípulos: “Enton­ces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del Hombre” (Mt 24, 30), esto es, la cruz. Por eso, también el ángel de la resurrección dijo a las mujeres: “Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado” (Mc 16, 6). Y el Apóstol: “Nosotros predicamos a Cristo cru­cificado”. Hay muchos cristos pero sólo un Crucificado. El no dijo: el traspasado por la lanza, sino el Crucificado. Por eso hay que venerar la señal de Cristo. Pues donde está la señal, allí estará también él. Al material de que está hecha la cruz, aunque fuese oro o piedras preciosas, después de una eventual destrucción de la imagen, no hay que venerarlo. Por consiguiente, cuando le veneramos a él (Dios), veneramos todo lo que está consagrado a Dios.»                                                               

(Exposición de la fe ortodoxa, 4, 11)

II. PADRES LATINOS

 

MINUCIO FELIX (Finales s. II y principios s. III)

 

LA SEÑAL DE LA CRUZ EN EL USO PAGANO

 

«Cuando declaráis a un malhechor y su cruz como objeto de nuestra veneración, os alejáis de la verdad si creéis que para nosotros sirve como Dios uno que ha mere­cido un castigo y que sólo ha hecho cosas terrenas. En realidad es digno de compasión el que pone toda su esperanza en un hombre mortal; pues toda ayuda termina con la muerte de ese hombre… Tampoco nosotros adoramos la cruz ni la deseamos. Voso­tros, que veneráis dioses de madera, adoráis quizás cruces de madera como parte integrante de vuestros ídolos. ¿Qué otra cosa son si no los emblemas militares, estan­dartes y banderas sino cruces adornadas y doradas? Vuestros signos de victoria no tienen sólo la forma de una cruz sencilla, sino que recuerdan también a un crucifi­cado. El signo de la cruz lo vemos igualmente sin afectación sobre el barco cuando navega a velas desplegadas o cuando se desliza con los remos extendidos. Cuando se levanta un travesaño, se origina el signo de la cruz; también cuando un hombre adora a Dios en espíritu con las manos levantadas. Así, se da la forma de cruz, en parte debido a las relaciones naturales y en parte a nuestros usos.»

 

                                                                                                         (Octavio, 29, 2-3, 6-8)

 

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LACTANCIO (250-318)

 

 

EFICACIA Y PODER DE LA CRUZ

 

«Ahora quiero hablar del secreto de la cruz. Nadie debe objetar: “Si Cristo debía tomar la muerte sobre sí, ¿por qué una muerte tan deshonrosa e ignominiosa?, ¿por qué no una muerte que hubiese llevado consigo gloria?”. Yo al menos sé de muchos que se espantan ante el nombre de la cruz y por tanto vuelven las espaldas a la ver­dad, siendo que la cruz tiene un significado profundo y un gran poder. Puesto que Cristo fue enviado precisamente para abrir a los más pequeños el camino de la salva­ción, él se humilló a sí mismo para salvar a los humildes. Por eso tomó sobre sí aquella clase de muerte que se suele infligir a los humildes, para dar a todos la posibilidad de la imitación. Y puesto que él había de resucitar de nuevo, por eso no se debía mutilarle ninguna parte del cuerpo, ni ser roto ningún hueso, como sucedía en la ejecución mediante la espada. Así la cruz ofrecía la ventaja de salvaguardar el cuerpo para la resurrección sin mutilar los huesos. A esto se añade la circunstancia de que Cristo debía ser levantado después de haber asumido libremente su pasión y muerte. Pero la cruz le ha levantado, en la realidad y en la apariencia, hasta tal punto que, al mismo tiempo que su pasión, su grandeza y su poder se han hecho manifiestos a todo el mundo. Al extender sus brazos en la cruz, ha extendido sus alas sobre el oriente y el occidente, para que bajo estas alas se reúnan para descansar todos los pueblos de ambas partes del mundo. Pero cuán grande sea la eficacia y el poder de esta señal, aparece claramente cuando todo el ejército de demonios es perseguido y arrojado mediante esta señal. Y así como Cristo antes de su pasión ahuyentó a los demonios mediante su palabra poderosa, así también son arrojados ahora los espíri­tus inmundos que se han introducido en los cuerpos de los hombres, mediante el nombre y la señal de la pasión de Cristo, mientras ellos se confiesan demonios bajo los tormentos y ceden a la mano castigadora de Dios.»

 

                                                                             (Compendio de las instrucciones divinas, 40)

 

 

S. JERONIMO (347-419)

 

LA CRUZ EN El ALMA

 

«Cuando hablo de la cruz, pienso no en el madero, sino en la pasión. Por lo demás esta cruz se encuentra en Bretaña, en India y en toda la tierra. ¿Qué se dice en el Evangelio? “Si no lleváis mi cruz y no me seguís diariamente” (Lc 14, 27). ¡Fíjate lo que dice! Si un alma no tiene cariño a la cruz como yo lo tuve por vosotros, enton­ces no podéis ser mis discípulos. Dichoso quien lleva en su alma la cruz, la resurrección, el lugar de nacimiento y de la ascensión de Cristo. Dichoso aquél que tiene en su corazón a Belén, aquél en cuyo corazón Cristo nace cada día. ¿Y qué significa Belén? Casa de pan. Seamos también nosotros una casa de pan, aquel pan que ha bajado del cielo. Cada día muere Cristo en la cruz por nosotros. Estamos crucificados para el mundo y Cristo está crucificado en nosotros. Dichoso aquel en cuyo corazón Cristo resucita cada día cuando hace penitencia por sus pecados, tam­bién los leves. Dichoso quien sube cada día desde el monte de los olivos al reino de los cielos, donde crecen los olivos ubérrimos de] Señor, donde amanece la luz de Cristo, donde están los huertos de olivo del Señor. “Yo, como un olivo frondoso en la casa de Dios” (Sal 51, 10). ¡Encendamos también nuestras lámparas con el aceite de aquel olivo e inmediatamente entraremos con Cristo en el reino de los cielos!»

 

                                                                                                              (Sobre el Salmo 95)

 

 

S. AGUSTIN (354-430)

 

UNION CON El CRUCIFICADO A TRAVES DE LA CRUCIFIXION

 

DE LAS CONCUPISCENCIAS CARNALES

 

«Predicar a Cristo significa no sólo decir lo que se debe creer de Cristo, sino tam­bién lo que debe tener en cuenta el que quiere entrar en comunión con el cuerpo de Cristo. Debe decirse todo lo que hay que creer de Cristo: de quién es Hijo, de quién es engendrado según su divinidad y de quién según la carne, qué ha sufrido y por qué, sobre qué se fundamenta la fuerza de su resurrección, qué clase de don del Espíritu Santo ha prometido y concedido realmente a sus creyentes; pero también qué clase de miembros busca como cabeza, enseña, ama, libera y conduce a la vida eterna de la gloria. Cuando tales cosas se dicen, entonces se predica a Cristo ora más corto y escaso, ora de forma más amplia y rica, pero no se ha de hablar sólo de lo que se refiere a la fe, sino también de lo que pertenece a la vida moral de un creyente.

 

«Así es como se comprenden también las palabras del apóstol Pablo: “Yo no pre­tendo saber entre vosotros más que a Jesucristo y éste crucificado” (1 Cor 2, 2). Deben saber que el concepto “Cristo, el crucificado” tiene mucho que decir al hombre; ante todo, que nuestro hombre viejo fue crucificado al mismo tiempo con él para que el cuerpo fuese despojado del pecado y nunca más sirvamos al pecado (Rom 6, 6). Por eso también dice el Apóstol de sí mismo: “Lejos de mí el gloriarme de otra cosa que no sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la que el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo” (Gál 6, 14). Por eso hay que poner mucha atención a cómo es enseñado y aprendido Cristo el crucificado; así reconocerán que pertenece a su cruz el que también nosotros estemos crucificados para el mundo en su cuerpo. Bajo esto se entiende todo dominio de la mala concupiscencia.

 

«También el apóstol Pedro recuerda respecto al sacramento de esta cruz, esto es, de la pasión de Cristo, que todos los consagrados por ella deberían dejar el pecado. Escribe: “Así, pues, ya que Cristo padeció en la carne, armaos también vosotros de este mismo pensamiento, pues el que murió en la carne ha terminado de pecar, a fin de no vivir ya más el resto de su vida para los deseos humanos, sino para la volun­tad de Dios” (1 Pd 4, 1 s). Con esto enseña correctamente que sólo pertenece a Cristo crucificado, que ha sufrido en la carne, quien en su propio cuerpo ha crucificado sus deseos carnales y vive bien por medio del Evangelio.»

 

                                                                                         (De la fe y las obras, 9, 14-10, 15)

 

REUNION DEL GENERO HUMANO

 

«- Respetad me”, os dice la Iglesia. “Respetadme, aun cuando no queráis ver”. Los creyentes que en aquellos tiempos estaban en Judea aprendieron como presentes el nacimiento maravilloso de una Virgen, la pasión, la resurrección, la ascensión de Cristo y todas las palabras y obras de Dios. Vosotros no las habéis visto, por eso os negáis a creer. Así contemplad esto, poneos en tensión, pensad como propia con­templación lo que no os es contado como pasado ni anunciado como futuro, sino que os es mostrado como algo presente. ¿Acaso os parece nada o fácil y tenéis por nada o por pequeño milagro de Dios el que todo el género humano se transforme al nombre de un Crucificado?»                                              (Sobre la fe en lo invisible, 4, 7)

 

 

LA CRUZ COMO ESPERANZA DE LOS PUEBLOS

 

«Su rostro resplandece sobre el monte, su fama sobre toda la tierra. No fue roto o destrozado; no cedió en su propia persona ni en la Iglesia a los perseguidores, como si hubiera dejado de existir. Y así no ha sucedido ni sucederá lo que sus enemigos dijeron y dicen: “¿Cuándo morirá y desaparecerá su apellido?” (Sal 40, 6). No suce­derá “hasta que juzgue a la tierra”. ¿Quién? El, en quien hemos visto ya cumplida la última palabra del texto: “En su nombre pondrán los pueblos su esperanza”. Ojalá que uno se elevase, de la mano de hechos tan innegables, a la fe en cosas que siem­pre se ponen en duda de forma descarada. ¿Quién hubiera esperado el cambio repentino, cuyos testigos oculares están ahora con nosotros, los que no quieren toda­vía creer en Cristo y rechinan los dientes sobre él y arden de ira, porque no pueden ponerlo en duda? ¿Quién, digo yo, hubiera esperado que los pueblos pusieran su esperanza en el nombre de Cristo, quién lo hubiera esperado cuando Cristo fue arres­tado, atado, golpeado, injuriado y crucificado, cuando sus propios discípulos perdieron la esperanza que habían depositado en él? Lo que entonces apenas esperó uno de los criminales en la cruz, eso es lo que esperan ahora todos los pueblos y, para no caer en la muerte eterna, se marcan con la cruz en la que él sufrió la muerte.»

 

                                                                                                    (La Ciudad de Dios, 20, 30)

 

 

S. LEON MAGNO (m. 461)

 El MODELO DEL SEÑOR CRUCIFICADO

 

«En medio de este mundo petulante, nosotros no debemos hacernos necios petu­lantes, que fallan cuando les toca una desgracia; pues por una parte nos lisonjea un engañoso placer y por otra se levanta cada vez más amenazador el esfuerzo y la preo­cupación. No, “puesto que la tierra está llena de la bondad del Señor” (Sal 32, 5), por eso está a nuestro lado Cristo con su victoria. Así se cumplen sus palabras: “No temáis: yo he vencido al mundo” Un 16, 33). Siempre que luchemos contra la adula­ción del mundo o contra las pasiones de nuestra carne o contra las flechas afiladas de los herejes, ¡sea siempre la cruz del Señor nuestra arma! Cuando permanecemos alejados de—la levadura de la antigua maldad”, entonces celebramos la pascua duradera. En medio de todos los sucesos cambiantes de esta vida, tan ricos en sufri­mientos diversos, debemos tener presente el aviso del Apóstol que nos amonesta con estas palabras: “Debéis tener los sentimientos que tuvo Jesús, quien, a pesar de tener la forma de Dios, no se aferró a su derecho a ser igual a Dios, sino que se despojó a sí mismo adoptando la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres y presentándose como hombre en lo externo. El se rebajó a sí mismo haciéndose obe­diente hasta la muerte y una muerte de cruz. Por eso Dios, a su vez, lo exaltó y le otorgó un nombre que está sobre todo nombre, para que, ante el nombre de Jesús, doblen la rodilla todos los seres del cielo, de la tierra y del abismo, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre” (Flp 2, 5ss).

 

«Cuando hayáis comprendido correctamente el misterio del gran amor del Señor y tengáis presente lo que el Hijo único de Dios ha realizado para la salvación de los hombres, entonces debéis tener el mismo sentimiento del que fue lleno Cristo Jesús, cuya humillación no debe despreciar el rico, ni tener por menos el noble. Sin embargo, la felicidad de ningún hombre puede levantarse a tal altura, que deba con­siderar como algo vergonzoso el que Dios, que siempre permanece Dios, no haya tenido por indigno el hacerse siervo. Tomad, pues, como ejemplo las obras del Señor. ¡Amad lo que él ha amado y encontraréis en vosotros la gracia de Dios! ¡Contemplad en él, llenos de gozo, vuestra propia naturaleza! Cristo se hizo pobre sin perder su riqueza, se humilló sin disminuir su gloria, sufrió la muerte sin perder su eternidad. Por eso, también vosotros debéis andar el mismo camino y pisar las mismas huellas: también vosotros debéis despreciar lo terreno para participar del reino de los cielos. Quien carga con la cruz debe matar su concupiscencia, extinguir sus vicios, evitar toda vanidad y apartarse de toda enseñanza falsa. Pues ningún libidinoso, ningún siba­rita, ningún soberbio y ningún codicioso puede celebrar la pascua del Señor.»

 

                                                                                                           (Predicación, 72, 4-5)

 

 

S. GREGORIO MAGNO (540-604)

 

DE LAS FORMAS DE LLEVAR LA CRUZ

 

«De dos formas llevamos nosotros la cruz: dominando la carne mediante la conti­nencia y teniendo en cuenta sus necesidades como nuestras mediante una verdadera compasión con el prójimo. El que en una enfermedad del prójimo siente el dolor en sí mismo, ése lleva consigo la cruz. Pero hay que tener en cuenta que hay hom­bres que dominan su carne mediante la continencia, pero no por voluntad de Dios, sino por una ambición vana. Y hay también otros, muchos por cierto, que se compa­decen de sus semejantes no de una forma espiritual, sino carnal, de tal manera que los ayudan no por virtud, sino por su gran sensibilidad, más bien como carga. Todos éstos parecen llevar la cruz del Señor, pero no imitan al Señor. Por eso dice la Verdad con toda razón: “Quien no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo”. Pues el cargar con la cruz e ir detrás del Señor significa renunciar totalmente a los deseos carnales o compadecer al prójimo con verdadero deseo de hacerle feliz. Quien realiza lo último sólo con intención temporal, ciertamente lleva la cruz, pero no sigue al Señor.»

 

                                                                                   (Homilía en la fiesta de un santo Mártir)

 

 

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