Mensaje de Navidad, Cardenal Jaime Ortega Alamino, Arzobispo de La Habana.

Queridos hermanos y hermanas:
Al dirigirles mi mensaje anual en ocasión de la celebración del nacimiento de Jesús, les deseo, ante todo, una Feliz Navidad y un nuevo año con salud y esperanza.
En estos días en muchas de nuestras casas y en nuestras iglesias brillan las luces del árbol de Navidad. La luz produce alegría, los niños se detienen a contemplar su parpadeo. De hecho cada ser humano es un buscador de la luz.
Desde tiempos remotos los cristianos iluminaban con grandes antorchas los árboles del bosque o de su jardín la noche de Navidad. Este es el origen del árbol de Navidad.
Celebraban así la fiesta del nacimiento de Jesucristo, Nuestro Señor, porque Jesús es la luz de Dios que viene a este mundo. Nos dice el evangelista San Juan: “Vino al mundo la luz que ilumina a todo hombre”
Sí, los cristianos celebramos con luces la alegría de la Navidad. La luz es símbolo del gozo que debe llenar nuestros corazones por el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios.
Hace años, siendo sacerdote joven, en la querida parroquia de la ciudad de Cárdenas, iba los viernes a visitar el asilo de ancianos y allí encontraba arreglando su habitación, barriendo el piso, o haciendo siempre algo, a una anciana ciega, que al reconocer mi voz, manifestaba alegría y afecto con una gran sonrisa. Un día le dije cuánto admiraba, al hallarla siempre activa y de buen ánimo, a una persona que no podía ver. Ella me respondió sin perder su serena y amplia sonrisa: ¡Ay, padre, a mí me falta la luz de afuera, pero tengo aquí dentro -y se llevó la mano al pecho- la luz de la fe, la luz de Cristo!
A esta luz me refiero, queridos hermanos, porque nos dice también el evangelista San Juan acerca de Jesús que: “la luz brilló en las tinieblas y las tinieblas no la recibieron”. Dios siempre respeta nuestra libertad.
En efecto, la luz de adentro a que se refería la anciana ciega, esa luz del corazón, puede no ser acogida por nosotros y permanecemos entonces en la oscuridad, y nuestro mundo interior se puebla de tinieblas.
Por eso la Navidad no es una simple conmemoración de un hecho histórico. Cada Navidad, y pudiera ser también para ti cada día, la luz de Cristo viene a nosotros, pero si no nos dejamos iluminar por El, las posibilidades de paz y felicidad que nos da las podemos ahogar en la oscuridad de nuestros corazones. Se apaga así la luz de la Fe. Y cuánto necesitamos esa fe en la vida.
No sólo las cosas exteriores pueden alegrarnos o satisfacernos. La sede de la felicidad es la interioridad del corazón humano. Allí pueden anidar las tinieblas del odio, del desaliento, de la desesperanza, de la apatía, que ahogan la luz de la fe y siembran desasosiego e intranquilidades.
Cuántos caminos equivocados tomamos envueltos en esa bruma interna que no nos permite ver el bien más allá de lo que me agrada, me satisface, o me resulta de provecho material.
Cuántas veces se toman desde esa oscuridad interior las decisiones de romper una unión matrimonial, de cobrarnos el mal que nos han hecho con otro mal o, simplemente, vivimos desencantados, tristes, sin esperanza. La fe verdadera lleva consigo el amor y la esperanza.
Aunque la situación económica sea preocupante y me afecte a mí y a los míos, aunque la enfermedad, dificultades de convivencia u otras nos limiten, aunque nuestros justos deseos de bien y de equidad no se cumplan, la fe sigue brillando como una luz en nuestra mente y en nuestro corazón, porque ponemos todos nuestros anhelos y deseos en manos de Jesús y El, que es la luz de mundo, nos hace salir de esa oscuridad. La luz de Cristo siempre vence las tinieblas, y en cada recodo del camino está Jesús convocándonos: “Vengan a mí todos los cansados y agobiados y yo los aliviaré”, “no teman, pequeño rebaño mío, yo he vencido al mal”. No des por lo tanto espacio en tu corazón al desaliento y la desesperanza.
Que nuestras familias no se dejen vencer por las tinieblas, que brille la luz de Cristo en nuestros hogares, no sólo en el árbol de Navidad de estos días hermosos, sino en lo que es más importante, en los corazones de todos sus miembros cuando en la noche del 24 de diciembre, que es nochebuena, se reúnen a comer juntos, cuando van a la iglesia a la Misa de Medianoche de ese día 24, cuando visitan a familiares y amigos el día 25 de diciembre que es Navidad o en la semana final del año que es como un eco de la fiesta navideña. Si en estos días se reconcilian las familias divididas, si tendemos la mano a alguien que la está pasando más mal que yo, si sembramos un poquito de alegría y amor a nuestro alrededor, podrán ustedes imprimirle una nueva dimensión de paz y esperanza a sus vidas en esta Navidad.
Es cierto que siempre faltará en la celebración navideña alguien que partió definitivamente al encuentro del Señor y otros miembros de la familia, quizás los más jóvenes, que se han ido del país. Las familias se alegran este año de poder recibir a familiares de Estados Unidos que deseaban venir a visitarlos y no podían hacerlo. Damos por esto gracias a Dios. Pero entre penas y alegrías debe brillar por encima de todo la estrella de Navidad, la que indicó a los reyes magos dónde estaba Jesús recién nacido, luz del mundo, que trae consigo el amor y la esperanza.
Al aproximarse estos días santos les deseo de nuevo una Feliz Navidad y los bendigo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
+Cardenal Jaime Ortega Alamino
Arzobispo de La Habana

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