Aprobación en el Congreso español del aborto.

El todavía proyecto de ley ha de ser ahora tramitado en el Senado para volver en el mes de marzo al Congreso.

A tenor de la crudeza de la situación: la crisis económica es, ante todo, crisis moral, la crisis económica es efecto visible y lacerante de una profunda crisis ética de nuestra sociedad que ha hecho del dinero, del hedonismo y del individualismo la guía y el norte de su existencia.

 Y así nos lo recuerdan ahora los obispos de la CEE con la publicación de una oportuna declaración ante la crisis moral y económica. Sí, moral y económica, por este orden, por el orden de las causas hasta llegar a los efectos. Con sobriedad y esencialidad nuestros obispos, a la luz de la encíclica «Caritas in veritate» del Papa Benedicto XVI, nos ofrecen en esta declaración un diagnóstico preciso de la actual situación y trazan algunas propuestas, algunas «terapias», en orden a la salida y recuperación de la crisis. Y en este sentido, el recordatorio, la interpelación de que «no hay verdadero desarrollo sin Dios» es una de las principales aportaciones del nuevo documento de la CEE.

 ¿Y es que no ha adorado nuestro mundo al becerro de oro, al dios falso, del enriquecimiento fácil, del «todo vale», de la codicia desmedida, de la falta de honradez, de la insoportable insolidaridad? «Dios –escribe certeramente el Papa en su última y luminosa encíclica– es el garante del verdadero desarrollo del hombre en cuanto, habiéndolo creado a su imagen, funda también su dignidad trascendente y alimenta su anhelo constitutivo de “ser más”». Este mensaje, esta obviedad avalada por la historia pasada y reciente, tiene ahora especial vigencia cuando, por ejemplo, tantas personas, se disponen a celebrar y a vivir unas fiestas navideñas como si Dios no existiera. Dios, el Dios de los cristianos, no es enemigo del hombre, ni del progreso, ni de la modernidad. Dios es el eje y el motor de la existencia y del desarrollo verdaderamente humano.

 Por ello, la crisis ha de ser una ocasión para «poner en Dios –como escribe la CEE– la referencia verificadora de nuestras actitudes y comportamientos. Sólo teniendo en cuenta la dimensión trascendente de la persona, podemos lograr un desarrollo humano integral». Sin Dios, con el olvido de Dios o proscribiendo o silenciando en nuestro entorno público y privado su nombre, su culto y sus signos, no saldremos auténticamente de la crisis.

 Tampoco saldremos de la crisis con la actual ceguera y perversión con respecto al principal de los derechos de la persona como es el derecho a la vida, de toda la vida –desde su concepción hasta su ocaso natural– y de la vida de todos. Produce, por ello, estupefacción, perplejidad y consternación la deriva hacia la que se encamina la ley del aborto en España. Las políticas antinatalistas están en la base de la actual crisis económica. Con palabras de Benedicto XVI en su última encíclica, asumidas por los obispos en su declaración, «la apertura moralmente responsable a la vida es una riqueza social y económica. Grandes naciones han podido salir de la miseria gracias también al gran número y a la capacidad de sus habitantes. Al contrario, naciones en un tiempo florecientes pasan ahora por una fase de incertidumbre, y en algún caso de decadencia, precisamente a causa del bajo índice de natalidad».

 Precisamente en estos días se ha sabido que Francia, uno de los primeros países en salir de la crisis, atribuye a sus recientes políticas a favor de la natalidad su recuperación económica. Y es que la vida nunca es una amenaza y una pobreza sino una oportunidad y una fuente inestimable de riqueza. «La apertura a la vida –subraya el Papa– está en el centro del verdadero desarrollo. Cuando una sociedad se encamina hacia la negación y la supresión de la vida, acaba por no encontrar la motivación y la energía necesaria para esforzarse en el servicio del verdadero bien del hombre. Si se pierde la sensibilidad personal y social para acoger una nueva vida, también se marchitan otras formas de acogida provechosas para la vida social», como puede ser la solidaridad. ¿Por qué entonces ignorar o despreciar esta hoja de ruta para salir de la crisis y persistir en los errores de fondo que nos han llevado a ella?

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