BEN-HUR CUMPLE 50 AÑOS

  CON 11 OSCARS, ES UNA DE LAS TRES PELÍCULAS MÁS LAUREADAS DE LA HISTORIA

En estos días se cumplen 50 años del estreno de una de las mejores películas que se han realizado en la historia: Ben-Hur. En efecto, ésta se concluyó el 18 de noviembre de 1959 y se estrenó en la primera semana de diciembre. Era la película más esperada del año.

 Dirigida por William Wyler y basada en la novela homónima escrita por Lewis Wallace en 1880, era el remake de una película anterior, estrenada en 1925.

La cinta supuso la consagración de un Charlton Heston que, con sus 35 años de entonces, acabó llevándose un papel que antes habían rechazado, por diversos motivos, actores como Paul Newman, Burt Lancaster o Rock Hudson.

Cuenta la historia de un príncipe judío (Judá Ben-Hur) tras caer en desgracia a raíz de sus enemistad con un antiguo amigo romano de la infancia (Messala). Y en diferentes momentos de su historia va encontrándose con Jesús de Nazaret.

Es una película sobre el valor, el honor, el sufrimiento, la familia y la esperanza.

Y es ahí donde radica la verdadera grandeza de Ben-Hur, en que a lo largo de sus 214 minutos de duración, se entretejen varias historias, a cual más grande, con un objetivo siempre en la mente de su protagonista: encontrar a su madre y a su hermana.

Así, la amistad que se convierte en enemistad entre Judá y Messala; el enamoramiento entre Judá y Esther; su paso por las galeras y su éxito después en Roma; su vuelta a Jerusalén; la carrera de cuádrigas y su posterior ansia de venganza, tienen de fondo la obsesión de Judá, que es su arraigo a su pueblo y a su familia.

Las grandes epopeyas del cine tienen siempre un gran tema de fondo, y en este caso atrapa al espectador desde el principio. Eso, y el porte, la planta, y la calidad interpretativa de Charlton Heston, que con el papel de Ben-Hur saltó al estrellato.

LA PELÍCULA EN CIFRAS

La realización del film, máximo exponente de un cine artesanal ya extinto, fue una odisea de principio a fin. Costó 15 millones de dólares (aunque sólo en un año recaudó 40).

Todo fueron problemas, desde la elección de la banda sonora hasta la del actor protagonista. En un principio se pensó en Paul Newman, Rock Hudson o Burt Lancaster para el papel del principe judío y en el todavía algo desconocido Heston para el de Messala.

Pero Charlton dio tales muestras de su calidad dramática en una prueba, que encandiló a los productores, que se dejaron convencer por un apasionado Wyler.

Precisamente la determinación de Wyler, que se atrevió con un proyecto demasiado grande para lo que él estaba acostumbrado, y el magnífico guion de Karl Tunberg (único nominado al Oscar que no consiguió el galardón) lograron hacer de Ben-Hur una película para la historia.

Fue el film que ganó por primera vez 11 estatuillas doradas (imbatible hasta 1997 con Titanic y 2003 con El retorno del Rey).

En concreto, la película obtuvo el Oscar en las siguientes categorías: mejor actor principal (Heston), mejor actor de reparto (Hugh Griffith), mejor película, director (Wyler), sonido, decorados, montaje, banda sonora, fotografía, efectos especiales y vestuario.

Sus cifras siguen sorprendiendo hoy en día. Para su realización se hicieron más de 100.000 diseños de vestuario, se utilizaron más de 8.000 extras y 300 decorados.

La famosa carrera de cuádrigas tardó 3 meses (toda la película casi nueve) en rodarse en un escenario único construido al efecto dando por resultado 20 minutos de cine 100%.

El resultado fue y será siempre una película enorme, irrepetible, de lo mejor que se ha hecho jamás.

Esta cinta fue filmada en los estudios de Cinecittá bajo la dirección de William Wyler, quien era una gran experto de la transposición con lo que logró no hacer sentir el peso de la novela original, escrita por Lew Wallace en 1880.

En Ben Hur se puede apreciar la habilidad de Wyler en el equilibro entre la historia y las luchas personales de los personajes: la relación de hermandad que se va rompiendo por las razones de Estado que une al protagonista con el tribuno romano Messala, el momento culminante de su encuentro con la madre y la hermana enfermas de lepra, el amor platónico por la hija de un siervo, el gran retorno a la casa natal luego de años de esclavitud.

Todos estos episodios de atmósfera intimista (entre los que también se puede ver la conversión de Ben-Hur al cristianismo) generan un espacio inusual en el contexto de un film de estas proporciones.

LA NOVELA

Recordando al autor de la novela Lew Wallace, podemos afirmar que el libro ha estado durante años entre los más vendidos del mundo y le ha garantizado al autor una fama comparable solo a la de algunos pocos escritores.

Una riqueza en particular acompaña al lector desde las primeras páginas dedicadas al encuentro entre los tres Reyes Magos. Se trata no sólo de la muestra de una erudición ciertamente presente, sino también del deseo de acompañar al lector a un lugar en un lugar y tiempo lejanos, definiendo sus contornos. Así Wallace no sólo dicta los cánones de la moderna novela histórica sino que se acerca sorprendentemente a la antropología cultural.

La Navidad

LOS ORÍGENES DE LA CELEBRACIÓN DE LA NAVIDAD

Los cristianos de la primera generación, es decir, aquellos que escucharon directamente la predicación de los Apóstoles, conocían bien y meditaban con frecuencia la vida de Jesús. Especialmente los momentos decisivos: su pasión, muerte redentora y resurrección gloriosa.

También recordaban sus milagros, sus parábolas y muchos detalles de su predicación.

Era lo que habían oído contar a aquellos que habían seguido al Maestro durante su vida pública, que habían sido testigos directos de todos aquellos acontecimientos.

Acerca de su infancia sólo conocían algunos detalles que tal vez narrara el propio Jesús o su Madre, aunque la mayor parte de ellos María los conservaba en su corazón.

Cuando se escriben los evangelios sólo se deja constancia en ellos de lo más significativo acerca del nacimiento de Jesús. Desde perspectivas diferentes, Mateo y Lucas recuerdan los mismos hechos esenciales: que Jesús nació en Belén de Judá, de la Virgen María, desposada con  José, pero sin que Ella hubiese conocido varón. Además, hacia el final de los relatos sobre la infancia de Jesús, ambos señalan que después fueron a vivir a Nazaret.

Mateo subraya que Jesús es el Mesías descendiente de David, el Salvador en el que se han cumplido las promesas de Dios al antiguo pueblo de Israel. Por eso, como la pertenencia de Jesús al linaje de David viene dada por ser hijo legal de José, Mateo narra los hechos fijándose especialmente en el cometido del Santo Patriarca.

Por su parte,  Lucas, centrándose en la Virgen —que representa también a la humanidad fiel a Dios—, enseña que el Niño que nace en Belén es el Salvador prometido, el Mesías y Señor, que ha venido al mundo para salvar a todos los hombres.

En el siglo II el deseo de saber más sobre el nacimiento de Jesús y su infancia hizo que algunas personas piadosas, pero sin una información histórica precisa, inventaran relatos fantásticos y llenos de imaginación. Se conocen algunos a través de los evangelios apócrifos. Uno de los relatos más desarrollados sobre el nacimiento de Jesús contenido en los apócrifos es el que se presenta en el llamado Protoevangelio de Santiago, según otros manuscritos, Natividad de María, escrito a mediados del siglo II.

En las primeras generaciones de cristianos la fiesta por excelencia era la Pascua, conmemoración de la Resurrección del Señor. Todos sabían bien en qué fechas había sido crucificado Jesús y cuándo había resucitado: en los días centrales de la celebración de la fiesta judía de la Pascua, en torno al día 15 de Nisán, es decir, el día de luna llena del primer mes de primavera.

Sin embargo, posiblemente no conocían con la misma certeza el momento de su nacimiento. No formaba parte de las costumbres de los primeros cristianos la celebración del cumpleaños, y no se había instituido una fiesta particular para conmemorar el cumpleaños de Jesús.

Hasta el siglo III no tenemos noticias sobre el día del nacimiento de Jesús. Los primeros testimonios de Padres y escritores eclesiásticos señalan diversas fechas. El primer testimonio indirecto de que la natividad de Cristo fuese el 25 de diciembre lo ofrece Sexto Julio Africano el año 221. La primera referencia directa de su celebración es la del calendario litúrgico filocaliano del año 354 (MGH, IX,I, 13-196): VIII kal. Ian. natus Christus in Betleem Iudeae (“el 25 de diciembre nació Cristo en Belén de Judea”). A partir del siglo IV los testimonios de este día como fecha del nacimiento de Cristo son comunes en la tradición occidental, mientras que en la oriental prevalece la fecha del 6 de enero.

Una explicación bastante difundida es que los cristianos optaron por ese día porque, a partir del año 274, el 25 de diciembre se celebraba en Roma el dies natalis Solis invicti, el día del nacimiento del Sol invicto, la victoria de la luz sobre la noche más larga del año.

Esta explicación se apoya en que la liturgia de Navidad y los Padres de la época establecen un paralelismo entre el nacimiento de Jesucristo y expresiones bíblicas como «sol de justicia» (Ma 4,2) y «luz del mundo» (Jn 1,4ss.).

Sin embargo, no hay pruebas de que esto fuera así y parece difícil imaginarse que los cristianos de aquel entonces quisieran adaptar fiestas paganas al calendario litúrgico, especialmente cuando acababan de experimentar la persecución.

Otra explicación más plausible hace depender la fecha del nacimiento de Jesús de la fecha de su encarnación, que a su vez se relacionaba con la fecha de su muerte. En un tratado anónimo sobre solsticios y equinoccios se afirma que “nuestro Señor fue concebido el 8 de las kalendas de Abril en el mes de marzo (25 de marzo), que es el día de la pasión del Señor y de su concepción, pues fue concebido el mismo día que murió” (B. Botte, Les Origenes de la Noël et de l’Epiphanie, Louvain 1932, l. 230-33). En la tradición oriental, apoyándose en otro calendario, la pasión y la encarnación del Señor se celebraban el 6 de abril, fecha que concuerda con la celebración de la Navidad el 6 de enero.

La relación entre pasión y encarnación es una idea que está en consonancia con la mentalidad antigua y medieval, que admiraba la perfección del universo como un todo, donde las grandes intervenciones de Dios estaban vinculadas entre sí.

Se trata de una concepción que también encuentra sus raíces en el judaísmo, donde creación y salvación se relacionaban con el mes de Nisán.

El arte cristiano ha reflejado esta misma idea a lo largo de la historia al pintar en la Anunciación de la Virgen al niño Jesús descendiendo del cielo con una cruz.

Así pues, es posible que los cristianos vincularan la redención obrada por Cristo con su concepción, y ésta determinara la fecha del nacimiento. “Lo más decisivo fue la relación existente entre la creación y la cruz, entre la creación y la concepción de Cristo” (J. Ratzinger, El espíritu de la liturgia, 131).

La difusión de la celebración litúrgica de la Navidad fue rápida. En la segunda mitad del siglo IV se va extendiendo por todo el mundo cristiano: por el norte de Africa (año 360), por Constantinopla (año 380), por España (año 384) o por Antioquía (año 386). En el siglo V la Navidad es una fiesta casi universal.

EL ÁRBOL DE NAVIDAD

SU ORIGEN Y SENTIDO CRISTIANO

  EL ÁRBOL DE NAVIDAD

SU ORIGEN Y SENTIDO CRISTIANO

  Mensaje de Benedicto XVI para la Navidad 2008

 “En las próximas semanas el árbol de Navidad será motivo de alegría […] Su forma en punta, su color verde y las luces de sus ramas son símbolos de vida. Además, nos remiten al misterio de la Nochebuena. Cristo, el Hijo de Dios, trae al mundo oscuro, frío y no redimido, al que viene a nacer, una nueva esperanza y un nuevo esplendor. Si el hombre se deja tocar e iluminar por el esplendor de la verdad viva que es Cristo, experimentará una paz interior en su corazón y será constructor de paz en una sociedad que tiene mucha nostalgia de reconciliación y redención” (Benedicto XVI, Audiencia, 12 de diciembre de 2008).

EL ÁRBOL DE LA VIDA, EL AMOR Y LA PAZ

Muchas de las leyendas y antiguas tradiciones que hacen referencia al árbol de Navidad se remontan a tiempos muy antiguos, pero la documentación histórica acerca del árbol tal y como lo conocemos y decoramos hoy en día, sólo apareció en los últimos siglos.

No hay duda, sin embargo, que estas leyendas y tradiciones muestran la convergencia de muchas costumbres, algunas de ellas nacidas fuera de la cultura cristiana y otras de origen estrictamente cristiano.

Vamos a considerar aquí algunas que podrían ser

precursoras del árbol de Navidad.

 

Desde tiempos muy antiguos, los pueblos primitivos introducían en sus chozas las plantas de hojas perennes y flores, viendo en ellas un significado mágico o religioso.

Los griegos y los romanos decoraban sus casas con hiedra. Los celtas y los escandinavos preferían el muérdago y muchas otras plantas de hoja perenne (como el acebo, el rusco, el laurel y las ramas de pino o de abeto) pues pensaban que tenían poderes mágicos o medicinales para las enfermedades.

En la cultura de los celtas, el árbol era considerado un elemento sagrado. Se sabe de árboles adornados y venerados por los druidas de centro-Europa, cuyas creencias giraban en torno a la sacralización de diversos elementos y fuerzas de la naturaleza.

Se celebraba el cumpleaños de Frey (dios del Sol y la fertilidad) adornando un árbol perenne, cerca de la fecha de la Navidad cristiana. El árbol tenía el nombre de Divino Idrasil (Árbol del Universo): en cuya copa se hallaba el cielo, Asgard (la morada de los dioses) y el Valhalla (el palacio de Odín), mientras que en las raíces profundas se encontraba el Helheim (reino de los muertos).

Cuando se evangelizó el centro y norte de Europa, los primeros cristianos de esos pueblos tomaron la

idea del árbol para celebrar el nacimiento de Cristo, cambiando su significado pagano.

 

Una interesante tradición -en parte historia, en parte leyenda-, popular en Alemania, afirma que el árbol de Navidad se remonta al siglo VIII.

San Bonifacio (675-754) era un obispo inglés que marchó a la Germania en el siglo VIII (concretamente a Hesse), para predicar la fe cristiana.

Después de un duro período de predicación del Evangelio, aparentemente con cierto éxito, Bonifacio fue a Roma para entrevistarse con el papa Gregorio II (715-731).

A su regreso a Alemania, en la Navidad del año 723, se sintió profundamente dolido al comprobar que los alemanes habían vuelto a su antigua idolatría y se preparaban para celebrar el solsticio de invierno sacrificando a un hombre joven en el sagrado roble de Odín.

Encendido por una ira santa, como Moisés ante el becerro de oro, el obispo Bonifacio tomó un hacha y se atrevió a cortar el roble sagrado. Hasta aquí lo que está documentado históricamente.

El resto pertenece a la leyenda que cuenta cómo, en el primer golpe del hacha, una fuerte ráfaga de viento derribó al instante el árbol. El pueblo sorprendido, reconoció con temor la mano de Dios en este evento y preguntó humildemente a Bonifacio cómo debían celebrar la Navidad.

El Obispo, continúa la leyenda, se fijó en un pequeño abeto que milagrosamente había permanecido intacto junto a los restos y ramas rotas del roble caído. Lo vio como símbolo perenne del amor perenne de Dios, y lo adornó con manzanas (que simbolizaban las tentaciones) y velas (que representaban la luz de Cristo que viene a iluminar el mundo).

Como estaba familiarizado con la costumbre popular de meter en las casas una planta de hoja perenne en invierno, pidió a todos que llevaran a casa un abeto. Este árbol representa la paz, y por permanecer verde simboliza también la inmortalidad; con su

cima apuntando hacia arriba, se indica, además, el cielo, la morada de Dios.

 

También ofrecen pistas importante sobre el origen del árbol de Navidad, tal como lo conocemos, las obras de teatro medievales

que representaban los misterios y pasajes de la Biblia.

En concreto el árbol del Bien y del Mal en el Paraíso Terrenal. Su propósito era enseñar la religión a los feligreses, que en su mayoría eran analfabetos.

Para difundir y mantener viva la fe y dar a conocer las Sagradas Escrituras, la predicación era esencial, pero no suficiente.

Se pensó que las obras teatrales completaran esa predicación y pronto se hicieron populares en toda Europa.

En la Nochebuena, el 24 de diciembre, se representaba -con grandísimo éxito popular- el episodio del pecado original de Adán y Eva. El árbol del Paraíso terrenal era el centro del escenario.

El árbol debería haber sido un manzano, pero no habría sido adecuado en invierno. Se ponía un abeto en el escenario con algunas manzanas en sus ramas, y obleas preparadas con galletas trituradas en moldes especiales, así como dulces y regalos para los niños. Incluso cuando se abandonaron estas obras teatrales religiosas, el

árbol del Paraíso siguió estando asociado a la Navidad.

 

La opinión más generalizada entre los expertos es que el árbol de Navidad, tal como lo conocemos hoy, decorado e iluminado con luces, deriva de este árbol del Paraíso. Como su lugar de nacimiento se sugiere la orilla izquierda del Rhin, y concretamente la Alsacia.

Uno de los primeros testimonios de esto son los registros de la ciudad de Schlettstadt (1521), en los que fue establecida una especial protección para los bosques en los días previos a la Navidad; los guardabosques eran los responsables de castigar a cualquiera que cortara un árbol para decorar su casa .

Otro documento nos informa de que, en Estrasburgo, la capital de Alsacia, los abetos se vendían en el mercado, para llevar a casa y decorarlos. De Alsacia, la tradición de los árboles de Navidad se propaga a toda Alemania y al conjunto de Europa, y pronto, al resto del mundo cristiano.

ASPECTOS SIMBÓLICOS DEL ÁRBOL

Los árboles han tenido a lo largo de la historia un significado muy especial: en todas las culturas poseen aspectos simbólicos de carácter antropológico, místico o poético.

La idea extendida de los aspectos benéficos de los árboles para el hombre ha dado lugar a distintas leyendas y lo ha relacionado con sentidos mágicos y rituales.

En varias culturas el árbol representa el medio y la unión del cielo y la tierra: ahonda sus raíces en la tierra y se levanta hacia el cielo; por ello en ciertas religiones, sobre todo orientales, el árbol es signo de encuentro con lo sagrado, punto de encuentro entre el ser humano y la divinidad.

Otros significados ampliamente extendidos sobre los atributos mágicos del árbol concernían a

la fecundidad, al crecimiento, a la sabiduría y a la longevidad.

 

El árbol de Navidad recuerda, como hemos visto, al árbol del Paraíso de cuyos frutos comieron Adán y Eva, y de donde vino el pecado original; y por lo tanto recuerda a Jesucristo que ha venido a ser el Mesías prometido para la reconciliación. Pero también representa el árbol de la Vida o la vida eterna, por ser de hoja perenne.

En palabras de Juan Pablo II: “En invierno, el abeto siempre verde se convierte en signo de la vida que no muere […] El mensaje del árbol de Navidad es, por tanto, que la vida es ‘siempre verde’ si se hace don, no tanto de cosas materiales, sino de sí mismo: en la amistad y en el afecto sincero, en la ayuda fraterna y en el perdón, en el tiempo compartido y en la escucha recíproca” (Juan Pablo II, Audiencia, 19 de diciembre de 2004).

La forma triangular del árbol (por ser generalmente una conífera), simboliza a la Santísima Trinidad. A las oraciones que se realizan durante el Adviento se les atribuye por un color determinado, y cada uno simboliza un tipo:

• El azul, para las oraciones de reconciliación.

• El plateado, para las de agradecimiento.

• El dorado, para las de alabanza.

• El rojo, para las de petición.

• Estos colores, junto con el verde del árbol mismo, tal vez sean los más tradicionales para los adornos navideños.

El árbol de Navidad y los regalos propios de estas fechas, son un modo de recordar que del árbol de la Cruz proceden todos los bienes…

Por eso tiene un sentido cristiano la tradición de poner bajo el árbol los regalos de Navidad para los niños:

“Generalmente, en el árbol decorado y a sus pies se colocan los regalos de Navidad. El símbolo se hace elocuente también desde el punto de vista típicamente cristiano: recuerda al ‘árbol de la vida’ (Cf. Génesis 2, 9), representación de Cristo, supremo don de Dios a la humanidad” (Juan Pablo II, Ídem).

LOS ADORNOS NAVIDEÑOS

Los adornos más tradicionales del árbol de Navidad son:

Estrella: colocada generalmente en la punta del árbol, representa la fe que debe guiar la vida del cristiano, recordando a la estrella que guió a los Magos hasta Belén.
Bolas: en un principio San Bonifacio adornó el árbol con manzanas, representando con ellas las tentaciones. Hoy día, se acostumbra a colocar bolas o esferas, que simbolizan los dones de Dios a los hombres.
Lazos: Tradicionalmente los lazos representan la unión de las familias y personas queridas alrededor de dones que se desea dar y recibir.
Luces: en un principio velas, representan la luz de Cristo.

Como nos dice Benedicto XVI “al encender las luces del Nacimiento y del árbol de Navidad en nuestras casas, ¡que nuestro ánimo se abra a la verdadera luz espiritual traída a todos los hombres y mujeres de buena voluntad! … Frente a una cultura consumista que tiende a ignorar los símbolos cristianos de las fiestas navideñas, preparémonos para celebrar con alegría el nacimiento del Salvador, transmitiendo a las nuevas generaciones los valores de las tradiciones que forman parte del patrimonio de nuestra fe y cultura”. (Benedicto XVI, 21 de diciembre de 2005)

SENTIDO CRISTIANOLOS ORÍGENES MÁS RECIENTES DEL ÁRBOL DE NAVIDADOBRAS TEATRALES RELIGIOSAS MEDIEVALESSAN BONIFACIO, OBISPO DEL SIGLO VIIIORIGEN HISTÓRICO

Carta apostólica en forma de Motu proprio «Omnium in mentem» de Benedicto XVI

Carta apostólica en forma de Motu proprio «Omnium in mentem» de Benedicto XVI, por la que se modifican algunas normas del «Código de Derecho Canónico»  

 La Constitución apostólica Sacræ disciplinæ leges, promulgada el 25 de enero de 1983, recordó a todos que la Iglesia, como comunidad espiritual y visible a un tiempo y ordenada jerárquicamente, necesita normas jurídicas «para ordenar correctamente el ejercicio de las funciones confiadas a ella divinamente, sobre todo de la potestad sagrada y de la administración de los sacramentos».

 En dichas normas es menester que resplandezca siempre, por un lado, la unidad de la doctrina teológica y de la legislación canónica, y, por otro, la utilidad pastoral de las prescripciones, mediante las cuales las disposiciones eclesiásticas quedan ordenadas al bien de las almas.

 Con vistas a garantizar de manera más eficaz tanto la necesaria unidad doctrinal aludida como la finalidad pastoral, en ocasiones la autoridad suprema de la Iglesia, una vez ponderadas en profundidad sus razones, estima conveniente modificar normas canónicas o bien introduce en ellas alguna integración. Éste es el motivo que nos induce a promulgar la presente Carta, que atañe a dos cuestiones.

 Ante todo, en los cánones 1008 y 1009 del Código de Derecho Canónico sobre el sacramento del Orden se afirma la distinción esencial entre el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial y, al mismo tiempo, se pone de relieve la diferencia existente entre episcopado, presbiterado y diaconado. Ahora bien, al igual que, oído el parecer de los Padres de la Congregación para la Doctrina de la Fe, nuestro venerado antecesor Juan Pablo II determinó que procedía modificar el texto del número 1581 del Catecismo de la Iglesia Católica con vistas a recoger de manera más adecuada la doctrina que acerca de los diáconos sienta la Constitución dogmática Lumen gentium (n. 29) del Concilio Vaticano II, nosotros también estimamos necesario perfeccionar la norma canónica que se refiere a esa misma materia. Por este motivo, oído el parecer del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, ordenamos que las palabras de dichos cánones se modifiquen según se indica sucesivamente.

 Además, puesto que los sacramentos son los mismos para toda la Iglesia, corresponde exclusivamente a la autoridad suprema aprobar y definir lo que se requiere para su validez, como también decretar lo que se refiere al ritual que debe observarse en su celebración (cf. can. 841), cosas todas, éstas, que son también desde luego aplicables a la forma que debe observarse en la celebración del matrimonio si al menos una de las partes ha sido bautizada en la Iglesia católica (cf. cáns. 11 y 1108).

 El Código de Derecho Canónico establece, sin embargo, que los fieles que se hayan apartado de la Iglesia por «acto formal» no están obligados a observar las leyes eclesiásticas referentes a la forma canónica del matrimonio (cf. can. 1117), a la dispensa del impedimento de disparidad de culto (cf. can. 1086) y a la licencia exigida para los matrimonios mixtos (cf. can. 1124). La razón y el fin de esta excepción a la norma general del canon 11 tenían el objetivo de evitar que los matrimonios contraídos por tales fieles resultaran nulos por defecto de forma o por impedimento de disparidad de culto.

 Sin embargo, la experiencia de estos años demuestra, al contrario, que esta nueva ley ha generado no pocos problemas pastorales. Ante todo, se ha revelado difícil la determinación y la configuración práctica, en cada caso concreto, de ese acto formal de apartamiento de la Iglesia, tanto respecto a su sustancia teológica como en lo que se refiere a su propio aspecto canónico. Han surgido además, muchas dificultades tanto en la acción pastoral como en la praxis seguida por los tribunales. Efectivamente, se observaba que la nueva ley parecía, por lo menos indirectamente, facilitar o, por así decirlo, incentivar la apostasía en aquellos lugares donde los fieles católicos constituyen un número reducido o en los que rigen leyes matrimoniales injustas que establecen discriminaciones entre los ciudadanos por motivos religiosos; además, dificultaba el regreso de aquellos bautizados que deseaban vivamente contraer un nuevo matrimonio canónico tras el fracaso del anterior; por último, omitiendo otros motivos, muchísimos de esos matrimonios se convertían en la práctica, para la Iglesia, en matrimonios denominados clandestinos.

 Considerando todo lo que antecede, y valorados esmeradamente los pareceres tanto de los Padres de la Congregación para la Doctrina de la Fe y del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos como también de las Conferencias Episcopales que han sido consultadas acerca de la utilidad pastoral de conservar o de abrogar esta excepción a la norma general del canon 11, ha parecido necesario abolir esta regla introducida en el cuerpo legal canónico actualmente vigente.

 Ordenamos, pues, que se eliminen del mismo Código las palabras: «y no se ha apartado de ella por acto formal», del can. 1117; «y no se ha apartado de ella por acto formal», del can. 1086 § 1, y también: «y no se haya apartado de ella mediante un acto formal», del can. 1124.

Así, pues, una vez oídos al respecto la Congregación para la Doctrina de la Fe y el Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, y pedido asimismo parecer también a nuestros venerados hermanos cardenales de la Santa Romana Iglesia que presiden los dicasterios de la Curia Romana, venimos en ordenar lo siguiente:

 Art. 1. Queda modificado el texto del can. 1008 del Código de Derecho Canónico, que de ahora en adelante rezará lo siguiente:

«Mediante el sacramento del orden, por institución divina, algunos de entre los fieles quedan constituidos ministros sagrados, al ser marcados con un carácter indeleble, y así son consagrados y destinados a apacentar el pueblo de Dios según el grado de cada uno, con nueva y peculiar calidad».

 Art. 2. El canon 1009 del Código de Derecho Canónico tendrá de ahora en adelante tres apartados, en el primero y en el segundo de los cuales se mantendrá el texto del canon vigente, mientras que el nuevo texto del tercero tendrá la siguiente redacción:

«Quienes son constituidos en el orden del episcopado o del presbiterado reciben la misión y la facultad de actuar en la persona de Cristo Cabeza; los diáconos quedan, en cambio, habilitados para servir al Pueblo de Dios en la diaconía de la liturgia, de la palabra y de la caridad».

 Art. 3. El texto del can. 1086 § 1 del Código de Derecho Canónico queda modificado de la siguiente manera: 

 «Es inválido el matrimonio entre dos personas, una de las cuales fue bautizada en la Iglesia católica o recibida en su seno y otra no bautizada». 

 Art. 4. El texto del can. 1117 del Código de Derecho Canónico queda modificado de la siguiente manera: «La forma arriba establecida se ha de observar si al menos uno de los contrayentes fue bautizado en la Iglesia católica o recibido en ella, sin perjuicio de lo establecido en el can. 1127 § 2».

 Art. 5. El texto del can. 1124 del Código de Derecho Canónico queda modificado de la siguiente manera:

 «Está prohibido, sin licencia expresa de la autoridad competente, el matrimonio entre dos personas bautizadas, una de las cuales haya sido bautizada en la Iglesia católica o recibida en ella después del bautismo, y otra adscrita a una Iglesia o comunidad eclesial que no se halle en comunión plena con la Iglesia católica».

 Lo que hemos deliberado por esta Carta apostólica en forma de Motu Proprio ordenamos que tenga vigencia firme y estable pese a cualquier disposición contraria —incluso digna de especial mención— y que se publique en el boletín oficial Acta Apostolicæ Sedis.

 Dado en Roma, en San Pedro, el día 26 del mes de octubre del año 2009, quinto de nuestro pontificado. 

 BENEDICTUS PP XVI

Leyes deben inspirarse en derecho natural que respeta al hombre, explica el Papa Benedicto

En su habitual catequesis de la Audiencia General celebrada este miércoles en el Aula Pablo VI, el Papa Benedicto XVI se refirió a John de Salisbury, un filósofo y teólogo inglés del siglo XII. De sus enseñanzas, dijo el Papa, se puede aprender que el ordenamiento jurídico de las naciones, las leyes, debe tener como base el derecho natural que respeta la dignidad de todo ser humano.

Al comenzar su catequesis, el Santo Padre relató que habiendo sido educado entre París y Chartres, John de Salisbury, fue consejero de los distintos prelados de la sede de Canterbury, de los que puso a disposición sus amplios conocimientos y dotes diplomáticas. Uno de ellos fue Santo Tomás Beckett, a quien siguió en su exilio a Francia, cuando el arzobispo se contrapuso al rey Enrique II que quería reafirmar su autoridad sobre la Iglesia, limitando así su libertad. Ya anciano fue elegido obispo de Chartres donde permaneció hasta su muerte en 1180.

Seguidamente citó las dos obras fundamentales de John de Salisbury, el “Metaloghicón” (En defensa de la lógica) y el Polycráticus (El hombre que gobierna). En la primera el filósofo escribe que “el creyente y el teólogo que profundizan en el tesoro de la fe se abren también a un saber práctico que guía las acciones cotidianas, es decir a las leyes morales y al ejercicio de las virtudes”.

La tesis central del Polycraticus es la siguiente: “hay una verdad objetiva e inmutable cuyo origen reside en Dios, accesible a la razón humana y que atañe a la acción práctica y social. Se trata de un derecho natural en el que deben inspirarse las leyes humanas y las autoridades políticas y religiosas para promover el bien común”. Esa ley natural se caracteriza por una propiedad que el filósofo “llama ‘equidad’, es decir la atribución a cada persona de sus derechos. De ella se derivan preceptos que son legítimos para todos los pueblos y que no pueden ser abrogados en ningún caso“.

Benedicto XVI resaltó que el tema de la relación entre ley natural y ordenamiento jurídico-positivo, teniendo en cuenta la equidad, conserva su vigencia. “Efectivamente en nuestra época, sobre todo en algunos países asistimos a una separación preocupante entre la razón, que tiene la tarea de descubrir los valores éticos ligados a la dignidad de la persona humana y la libertad que tiene la responsabilidad de acogerlos y promoverlos”, aseguró.

Seguidamente afirmó que “quizás John de Salisbury nos recordaría hoy que son conformes a la equidad solo aquellas leyes que tutelan el carácter sagrado de la vida humana y rechazan la licitud del aborto, de la eutanasia y de los desenvueltos experimentos genéticos, aquellas leyes que respetan la dignidad del matrimonio entre el hombre y la mujer, que se inspiran en una correcta laicidad del Estado –laicidad que lleva aparejada siempre la salvaguardia de la libertad religiosa– y que defienden la subsidiaridad y la solidaridad en ámbito nacional e internacional”.

“Si no fuera así acabaría por instaurarse lo que John de Salisbury define como ‘tiranía del príncipe’ o, como diríamos nosotros ‘la dictadura del relativismo’: un relativismo que como recordaba hace algunos años ‘no reconoce nada como definitivo y considera como última medida solo el propio yo y sus deseos’”, concluyó Benedicto XVI.

En su saludo en español, el Papa se dirigió a los fieles provenientes de “España y diversos países de Latinoamérica, en particular a los sacerdotes recientemente ordenados de la Congregación de Legionarios de Cristo, a sus familiares y amigos, así como a los miembros del Regnum Christi”.

Todavía en español, el Santo Padre recordó a los nuevos presbíteros que “con ocasión del Año Sacerdotal, aprendan de San Juan María Vianney el amor a Cristo y su generoso servicio a la Iglesia. Que vuestra donación sea siempre total, plena y gozosa, sin olvidar nunca la predilección del Señor por vuestras vidas”.

Dirigiéndose luego a los miembros de la Delegación del Estado de México, Benedicto XVI agradeció “cordialmente su visita y la iniciativa emprendida de regalar el Pesebre y el Árbol, que estarán presentes en esta Aula durante estas Fiestas de Navidad y Año Nuevo. Muchas gracias”.