SAN PRÓSPERO DE AQUITANIA

SAN PRÓSPERO DE AQUITANIA

 (†  d. 455)

Es bien poco lo que conocemos sobre la vida de San Próspero de Aquitania. En la historia de la Iglesia se nos presenta como un gran luchador contra los semipelagianos y como el gran defensor de San Agustín y su doctrina sobre la gracia. Así, pues, su figura nos es conocida más bien por sus escritos y por la polémica que mantiene en ellos contra estos herejes o heretizantes. Sin embargo a través de todas estas luchas en defensa de la verdad aparece suficientemente su acrisolada virtud y su férrea perseverancia.

 Según el testimonio del historiador Gennadio, Próspero era natural de Aquitania, y de hecho es siempre designado como Próspero de Aquitania. Nacido, pues, a fines del siglo IV, recibió una formación literaria y religiosa muy completa, como apareció luego en las grandes controversias en que tomó parte activísima. Ya en su primera juventud frecuentó, según parece, el monasterio de San Víctor de Marsella, donde tanta fama gozaba en este tiempo su célebre abad Juan Casiano († 435), y en este tiempo debió componer uno de los primeros escritos que llevan su nombre. Titúlase Poema de un esposo a su esposa, y, si bien algunos críticos niegan que fuera suyo, ciertamente tiene un sentido profundamente cristiano. De él han deducido los autores que Próspero estaba casado. Ciertamente no era eclesiástico y se mantuvo siempre en el estado seglar.

 El poema ofrece una excelente meditación sobre las miserias de este mundo, de donde se deduce que deben despreciarse los honores, las riquezas y todos los placeres terrenos y poner la esperanza únicamente en Dios. Tal es la primera obra que, si es realmente de Próspero de Aquitania, nos lo presentaría como un cantor sublime de la vida ascética y de retiro del mundo, a la que tantos se entregaban entonces en los desiertos del Oriente, y que tanto comenzaba a cundir en el Occidente. La estancia de Próspero en el monasterio de San Víctor, uno de los centros más típicos del monacato occidental, sería un buen indicio de la paternidad de Próspero sobre esta obra.

 Son realmente deliciosas y de gran valor ascético algunas reflexiones que se hacen en dicho poema. “¿Qué sufrimiento puedo yo rechazar —se dice en él—, teniendo la esperanza de tantos bienes como la bondad de Dios me prepara? ¿Qué cosa me podrá separar de Él? Si se me encierra en un oscuro calabozo y se me carga de cadenas, yo podré siempre, a pesar de todo, elevar mi espíritu a Dios. No puedo temer el destierro, pues el mundo entero es la morada de todos los hombres. Podrán someterme a sufrir hambre corporal. Pero yo me preocupo muy poco de ello. La palabra de Dios será mi alimento. Pero esta fuerza no me vendrá de mí mismo. Sois Vos, oh Jesús, quien ponéis en mi boca estas palabras y me concederéis la gracia para cumplirlas. De mi mismo no puedo prometerme absolutamente nada. Toda mi esperanza está puesta en Vos. Vos nos mandáis luchar y Vos nos hacéis vencer”.

 Empapado, pues, en estos sentimientos e ideas dirige a su esposa estas humildes expresiones: “Procurad reprimirme si el orgullo me levanta. Sed mi consuelo en medio de mis penalidades. Démonos mutuamente el ejemplo de una vida santa, verdaderamente cristiana. Cumplid conmigo los deberes que yo estoy obligado a cumplir con vos. Velad por quien está obligado a velar por vos. Levantadme si caigo. Esforzaos por levantaros cuando yo os advierto de una falta. No nos contentemos de formar los dos un solo cuerpo; seamos también una sola alma”.

 Pero lo que más caracteriza toda la obra y actividad de San Próspero de Aquitania y pone bien de manifiesto la santidad de su vida y los profundos sentimientos cristianos que le animaban son las enconadas luchas que tuvo que mantener a partir del año, 426 en defensa de la gracia y de la doctrina de San Agustín contra los semipelagianos.

 A principios del siglo V se había presentado Pelagio con la halagadora doctrina de que el hombre, con sus propias fuerzas y sin necesidad de ningún auxilio sobrenatural, podía evitar todos los pecados y obrar el bien, realizando toda clase de obras sobrenaturales. Frente a esta concepción, que ha sido designada como la soberbia pelagiana, se levantó San Agustín y, con todo el peso de su poderosa inteligencia, propuso con toda claridad y defendió con toda evidencia la doctrina de la gracia interna sobrenatural y enteramente necesaria para toda obra buena. Por todo ello San Agustín mereció justamente el dictado de Doctor de la gracia. Los concilios por él dirigidos en Cartago, entre 416 y 418, condenaron decididamente los diversos puntos contrarios a la doctrina fundamental católica sobre la gracia. Todas estas decisiones, al ser adoptadas posteriormente por los papas, adquirieron el carácter de doctrina oficial de la Iglesia. En este primer estadio de las discusiones sobre la gracia, según parece, Próspero no tuvo intervención ninguna, pero se hallaba al lado de San Agustín y se compenetró con él en la más profunda estima de la ayuda sobrenatural de Dios y de su más absoluta necesidad en toda obra sobrenatural del hombre. Precisamente esta íntima convicción es la que late en los sentimientos del poema anteriormente citado y que debió componerse por este tiempo.

 Pero no todos se dieron por satisfechos con la doctrina de San Agustín sobre la necesidad absoluta y general de la gracia interior para todos los actos sobrenaturalmente buenos y meritorios del hombre; no a todos gustaban los principios por él establecidos acerca del poder absoluto de Dios sobre todas las obras y, por consiguiente, sobre la predestinación del hombre. Así, pues, en el sur de Francia, y particularmente en el monasterio de San Víctor de Marsella, se levantaron algunos monjes, a cuya cabeza iba el bien conocido escritor y teólogo Juan Casiano, quienes admitían la doctrina general, proclamada contra los pelagianos, pero afirmaban que Dios “no ha podido dejar al hombre en la impotencia de querer y obrar el bien”. Sostenían, pues, estos monjes marselleses que debía depender del hombre la primera elección, el primer impulso hacia el bien, el primer acto bueno o sobrenatural, lo que ellos designaban como initium fidei. Sólo así, decían, se puede explicar, por una parte, la verdadera libertad humana en la elección del bien o del mal, y, por otra, la voluntad verdaderamente universal de Dios de que se salven todos los hombres. Dios ofrece, según esa concepción, indistintamente a todos los hombres los auxilios necesarios y suficientes para salvarse. El que unos se salven y otros no, esto depende exclusivamente del hombre.

 Con esta doctrina, que, a semejanza de la de Pelagio, tanto halaga la soberbia humana, atrajeron los monjes marselleses a muchos incautos; mas, por poco que se examine, se ve fácilmente que es un pelagianismo disimulado o vergonzante, pues si el auxilio sobrenatural de la gracia divina es necesario para elevar sobrenaturalmente cualquiera obra, lo es también para la primera. La razón es la misma para ésta que para todas las demás. El primero, pues, que cayó plenamente en la cuenta del verdadero peligro latente en esta doctrina fue Próspero de Aquitania, quien se hallaba precisamente entonces en la Provenza. Por esto él fue quien informó detenidamente a San Agustín sobre aquella corriente, que entonces se designó como doctrina de los marselleses o de las Galias. El apelativo de semipelagianismo no se le dio hasta el siglo XVI, en que se renovaron las grandes discusiones sobre la gracia.

 Así lo hizo, en efecto, San Próspero en una célebre carta, escrita en 428, en la que expone a San Agustín las objeciones que se ponían a su doctrina y le suplica les dé la debida orientación en tan delicada materia. Como se deduce de esta carta, la única que se ha conservado, parece que ya anteriormente le había enviado algunas otras sobre el mismo asunto. Rápidamente comprendió San Agustín todo el alcance de esta ideología y su estrecho parentesco con la pelagiana. Así, pues, aunque ya de avanzada edad, compuso a fines de 428 y principios del 429 dos de sus obras básicas: Sobre el don de la perseverancia y De la predestinación de los santos. En ellas expone abiertamente la opinión católica, contraría por completo a la de los marselleses o semipelagianos.

Naturalmente, esto no satisfizo a los monjes de San Víctor de Marsella. Tanto Casiano como sus discípulos continuaron aferrados a sus opiniones; mas, por el respeto que les merecía la autoridad de San Agustín, no quisieron, mientras él vivió, oponérsele abiertamente. Pero no tuvieron que esperar mucho tiempo. Muerto San Agustín el año siguiente, 430, volvieron a la carga, haciendo propaganda de sus ideas. Al exponer la doctrina de San Agustín exageraban algunos de sus puntos, insistiendo principalmente en que su doctrina no era compatible con la libertad humana. Esta, repetían, sólo puede salvarse si se admite que el hombre puede, con solas sus propias fuerzas, determinarse hacia el bien, es decir, si puede poner, sin ayuda sobrenatural, el initium fidei.

En momentos tan críticos entra plenamente en actividad San Próspero de Aquitania, a cuyo lado aparece constantemente otro laico semejante a él, llamado Hilario. Imbuido plenamente en la ideología de San Agustín, que era la ortodoxa católica, y sintiéndose sinceramente representante de la misma, Próspero compuso una serie de obras que constituyen el núcleo principal de sus producciones literarias. En realidad, después de las de San Agustín, son, indudablemente, las mejores que se escribieron sobre la gracia a lo largo de toda esta controversia. Con ellas se ha podido afirmar con razón que, aunque laico, San Próspero de Aquitania completó lo que sobre ella había escrito San Agustín.

Su principal intención iba dirigida contra Juan Casiano, quien gozaba de un prestigio extraordinario y en sus célebres Colaciones enseñaba expresamente que Dios esperaba el primer movimiento de la voluntad del hombre para darle entonces la gracia sobrenatural, con la cual pudiera seguir realizando obras meritorias. Toda esta doctrina la refutó maravillosamente San Próspero en su opúsculo Contra el autor de las “Colaciones“. Aparte otros tres opúsculos, en los que refutaba las objeciones de los obispos galos y exponía otros puntos fundamentales, sus trabajos principales fueron, ante todo, una epístola titulada Sobre la gracia y el libre albedrío, donde, basándose en toda la concepción de San Agustín, trataba de armonizar debidamente la gracia sobrenatural y la absoluta dependencia de Dios con el libre albedrío del hombre. Asimismo compuso un célebre poema, titulado De los ingratos, donde en mil dos hexámetros trata de probar que no hay cosa que denote mayor ingratitud que el creer que poseen por sí mismos y con su libre albedrío lo que sólo nos viene de la misericordia y de la omnipotencia del Salvador.

Mas como su calidad de laicos restaba autoridad a las refutaciones de Próspero de Aquitania y su amigo Hilario, se dirigieron ambos a Roma, con el objeto de invocar la intervención del Romano Pontífice. Tal fue la ocasión de la primera intervención pontificia en las controversias de los monjes galos o marselleses. Como los tiros de éstos iban dirigidos contra San Agustín, que gozaba de una autoridad general e indiscutible, no costó mucho a Próspero mover al Papa a tomar su defensa. Gobernaba entonces la Iglesia el papa San Celestino I (422-432), bien avezado a las cuestiones teológicas. Así, pues, en un escrito dirigido a los obispos de las Galias expuso la verdadera doctrina católica, ensalzando en particular a San Agustín y exhortando a todos a la verdadera sumisión al magisterio de la Iglesia.

Con esto se llegó al punto culminante en toda esta controversia. Como el Papa no definía ninguna cuestión y sólo recomendaba el respeto a la autoridad de San Agustín, continuaron las discusiones durante los decenios siguientes, aun después de la muerte de Casiano, ocurrida en 435. Del lado de éste se pusieron, entre otros, Gennadio de Marsella, Fausto de Riez y San Vicente de Lerins.

Contra todos ellos continuaron batallando con nuevos escritos Hilario y sobre todo Próspero de Aquitania. Todavía hacia el 450 publicó la obra titulada La vocación de todos los gentiles, donde suavizaba un tanto algunos puntos de la doctrina de San Agustín, pero manteniendo la más estricta ortodoxia.

Este espíritu estrictamente eclesiástico y ortodoxo de Próspero de Aquitania, su tenacidad en la defensa de la doctrina de San Agustín, es decir, la sobrenaturalidad más absoluta de la gracia, y juntamente su vida íntima, señalada por la práctica de todas las virtudes cristianas, todo ello movió al nuevo papa San León Magno (440-461) a llamarle a Roma y tomarle como secretario particular suyo. Así nos lo comunica expresamente el historiador Gennadio, nada simpatizante con sus ideas. El mismo insinúa la idea de que, con su extraordinaria erudición, fue desde entonces el mejor auxiliar de este gran Papa en la redacción de sus cartas y de sus principales obras. Indudablemente, pues, constituye esto una de las principales glorias de San Próspero de Aquitania. Sus eximias virtudes y su defensa constante de la ortodoxia católica recibían de esta manera la debida recompensa.

Así, pues, como secretario particular del papa San León, San Próspero colaboraría con él en la redacción de la célebre Epístola dogmática, dirigida por San León Magno a la Iglesia de Oriente, donde tan magistralmente se expone el misterio de la Encarnación, declarando contra Nestorio la unión personal, y contra Eutiques y los monofisitas las dos naturalezas en Cristo. En todo caso han observado los más sagaces críticos que, si se atiende al estilo de la epístola, se ve en ella más bien la mano de San León, De un modo semejante debió ayudar al santo Papa en la respuesta y solución a las cuestiones que le llegaban de todas las partes del mundo.

En esta forma se desarrolló la última etapa de su vida, en la cual compuso todavía una especie de Historia, designada con el título de Crónica de San Próspero. Sobre la fecha de su muerte no tenemos noticia ninguna, sino que debió ocurrir después del año. 455, puesto que la Crónica llega hasta esta fecha. La fama de su virtud y de sus méritos como gran defensor de la fe ortodoxa fue constantemente en aumento después de su muerte.

San Próspero de Aquitania no debe ser confundido con San Próspero de Riez ni con otro San Próspero, obispo de Reggio.

 

San Próspero de Aquitania

(siglo V)

 

 Conmemoración de san Próspero de Aquitania, quien, instruido en filosofía y en letras, llevó con su esposa una vida íntegra y modesta. Habiendo abrazado la vida monástica en Marsella, defendió enérgicamente contra los pelagianos la doctrina de san Agustín sobre la gracia divina y el don de la perseverancia, y en Roma fue escribano del papa san León I Magno (c. 463).
Falleció en Aquitania, Francia.

Vida y milagros de San Próspero de Aquitania

Si no fuera por sus escritos, todos marcados por la controversia semipelagiana, y por el testimonio del historiador Gennadio no sabríamos gran cosa de su vida que destaca por su virtud, por la perseverancia en la lucha por la ortodoxia y por el apasionamiento por la verdad.

Parece ser que era natural de Aquitania y así se añade a su nombre, como apellido, el de su patria y vió la luz a finales del siglo IV. Debió recibir una buena y sólida formación y parece ser que frecuentó la compañía de los monjes que estaban en el monasterio de san Víctor, en Marsella, al sur de Francia. Consta que nunca entró en el mundo de los clérigos, siempre permaneció en el estado seglar y hay indicios prudentes que llevan a pensar que estuvo casado; de hecho, se le atribuye el «Poema de un esposo a su esposa» en cuyo caso no habría duda sobre su estado matrimonial e incluso se le podría aplicar la profundidad de pensamiento y las claras actitudes de vida cristiana que en él aparecen, pero no puede afirmarse con total seguridad por negar algún autor de peso la autoría prosperoniana del poema.

Bien conocida es la controversia teológica suscitada en el siglo V por la desviada enseñanza de Pelagio contraria al pensar cristiano poseído pacíficamente en la Iglesia. La reacción de san Agustín -con toda clase de argumentos bíblicos y teológicos- no se hizo esperar en defensa de la fe y la sanción de los concilios de Cartago en los años 416 y 418 con la posterior aceptación del papa parecía haber solucionado para siempre el problema. Pero no fue así y es aquí donde entra en juego Próspero de Aquitania.

Los monjes de san Víctor en Marsella empiezan a inficionar las Galias con un pelagianismo camuflado que enseña el abad Casiano, escritor y teólogo, secundado por sus monjes. Dice en sus «Colaciones» que admite la doctrina contra los pelagianos expuesta por san Agustín y aprobada por los concilios y los papas, pero sostiene con sus monjes que depende del hombre la primera elección que en términos teológicos se denominará desde entonces el «initium fidei». Este es el pensamiento teológico que en el siglo XVI recibirá el nombre de semipelagianismo. Próspero detecta el mal larvado y habla, y discute, y visita, y escribe a Agustín propiciando la escritura de los tratados maduros agustinianos «Sobre el don de la perseverancia» y «De la predestinación de los santos» que escribió, ya anciano, el obispo de Hipona. Es toda una controversia de alto nivel. Como es laico y su fuerza termina en su pobre persona, no cede en la verdad teológica y marcha a Roma para implicar en la defensa de la fe al mismo papa Celestino I que era ya un hombre avezado en este tipo de discusiones y escribió a los obispos galos pidiendo sometimiento al magisterio de la Iglesia recogido de san Agustín.

Se trataba de intrincadas cuestiones que, en sus matices, son para especialistas teólogos y en las que los incautos son fácil presa al engaño. En juego está la idea de Dios y del hombre, el valor de la Redención y la necesidad de los sacramentos. No era poca cosa la que estaba sobre el tapete. Había que saber conciliar la evidencia del absoluto poder de Dios, su voluntad salvífica universal, y su absoluta libertad con la libertad del hombre que es un ser dependiente y el papel que le concierne en su propia salvación, correspondiendo personalmente a la gracia. Si se concedía excesivo protagonismo a la libertad humana se llegaba al extremo inaceptable de que el hombre puede llegar a la salvación sobrenatural por sus propias fuerzas; si, por el contrario, se acentuaba la absoluta dependencia del hombre con respecto a Dios, se hacía a Dios responsable de la condenación, cosa igualmente imposible. Llegar a la expresión técnica de la fe era cosa de preclaras inteligencias, grandes teólogos y extraordinarios santos.

Muerto Casiano y fallecido también san Agustín, no se acabó la discusión entre los seguidores del fraile y tuvo que ser el laico o seglar Próspero quien mantuviera firme y alta la bandera de la ortodoxia. Que se sepa, escribió «La vocación de todos los gentiles», «Contra el autor de las Colaciones», «Sobre la Gracia y el libre albedrío» y «De los ingratos».

Terminó sus días el seglar Próspero siendo secretario nada menos que del papa san León Magno y hasta se piensa que pudo poner su aportación en la Epístola Dogmática escrita a los Orientales para exponer magisterialmente el misterio de la Encarnación, declarando la unión Personal en Cristo contra la herejía de Nestorio y contra Eutiques y los monofisitas las dos naturalezas de Cristo.

Murió después del año 455, sin que se pueda aventurar con más exactitud la fecha de su muerte en el actual estado de investigación.

Da gusto ver en el siglo V la entrega de un laico sabio y santo responsable de su misión y puesto en la Iglesia sin renunciar al estado que Dios quiso para él. Aunque en aquella época no se hablaba aún de «promocionar al laicado», ni de «laicos comprometidos», se demuestra una vez más que, para cada uno en particular, la santidad no depende del modo de ser Iglesia en la Iglesia, sino de la fidelidad a la gracia de Dios y del esfuerzo por poner en juego todos los dones recibidos.

Benedicto XVI advierte peligro de “panteísmo neopagano” que pone a la naturaleza por encima del hombre

En su mensaje para la 43° Jornada Mundial de la Paz que se celebrará el próximo 1 de enero de 2010, titulado “Si quieres promover la paz, protege la creación”, el Papa Benedicto XVI explicó que “una correcta concepción de la relación del hombre con el medio ambiente no lleva a absolutizar la naturaleza ni a considerarla más importante que la persona misma“.

En el texto presentado esta mañana en conferencia de prensa en la Sala Stampa de la Santa Sede, el Santo Padre explica que “el Magisterio de la Iglesia  manifiesta reservas ante una concepción del mundo que nos rodea inspirada en el ecocentrismo y el biocentrismo, porque dicha concepción elimina la diferencia ontológica y axiológica entre la persona humana y los otros seres vivientes. De este modo, se anula en la práctica la identidad y el papel superior del hombre, favoreciendo una visión igualitarista de la ‘dignidad’ de todos los seres vivientes“.

“Se abre así paso –prosigue el mensaje– a un nuevo panteísmo con acentos neopaganos, que hace derivar la salvación del hombre exclusivamente de la naturaleza, entendida en sentido puramente naturalista. La Iglesia invita en cambio a plantear la cuestión de manera equilibrada, respetando la ‘gramática’ que el Creador ha inscrito en su obra, confiando al hombre el papel de guardián y administrador responsable de la creación, papel del que ciertamente no debe abusar, pero del cual tampoco puede abdicar”.

“En efecto, también la posición contraria de absolutizar la técnica y el poder humano termina por atentar gravemente, no sólo contra la naturaleza, sino también contra la misma dignidad humana”, explica el Santo Padre.

Luego de recordar que la Iglesia tiene “una responsabilidad respecto a la creación y se siente en el deber de ejercerla también en el ámbito público, para defender la tierra, el agua y el aire, dones de Dios Creador para todos, y sobre todo para proteger al hombre frente al peligro de la destrucción de sí mismo”, el Papa resalta que “la degradación de la naturaleza está estrechamente relacionada con la cultura que modela la convivencia humana, por lo que ‘cuando se respeta la ‘ecología humana’ en la sociedad, también la ecología ambiental se beneficia’“.

“No se puede pedir a los jóvenes que respeten el medio ambiente, si no se les ayuda en la familia y en la sociedad a respetarse a sí mismos: el libro de la naturaleza es único, tanto en lo que concierne al ambiente como a la ética personal, familiar y social”, añade.

Benedicto XVI asegura luego que “los deberes respecto al ambiente se derivan de los deberes para con la persona, considerada en sí misma y en su relación con los demás. Por eso, aliento de buen grado la educación de una responsabilidad ecológica que, como he dicho en la Encíclica Caritas in veritate, salvaguarde una auténtica ‘ecología humana’ y, por tanto, afirme con renovada convicción la inviolabilidad de la vida  humana en cada una de sus fases, y en cualquier condición en que se encuentre, la dignidad de la persona y la insustituible misión de la familia, en la cual se educa en el amor al prójimo y el respeto por la naturaleza. Es preciso salvaguardar el patrimonio humano de la sociedad”.

“Este patrimonio de valores tiene su origen y está inscrito en la ley moral natural, que fundamenta el respeto de la persona humana y de la creación”, agrega.

Recordando el título del mensaje: “Si quieres promover la paz, protege la creación“, el Pontífice destaca que “la búsqueda de la paz por parte de todos los hombres de buena voluntad se verá facilitada sin duda por el reconocimiento común de la relación inseparable que existe entre Dios, los seres humanos y toda la creación“.

Ante esta tarea, prosigue, “los cristianos ofrecen su propia aportación, iluminados por la divina Revelación y siguiendo la Tradición de la Iglesia. Consideran el cosmos y sus maravillas a la luz de la obra creadora del Padre y de la redención de Cristo, que, con su muerte y resurrección, ha reconciliado con Dios ‘todos los seres: los del cielo y los de la tierra’. Cristo, crucificado y resucitado, ha entregado a la humanidad su Espíritu santificador, que guía el camino de la historia, en espera del día en que, con la vuelta gloriosa del Señor, serán inaugurados ‘un cielo nuevo y una tierra nueva’, en los que habitarán por siempre la justicia y la paz“.

Por ello, dice el Papa, “proteger el entorno natural para construir un mundo de paz es un deber de cada persona. He aquí un desafío urgente que se ha de afrontar de modo unánime con un renovado empeño; he aquí una oportunidad providencial para legar a las nuevas generaciones la perspectiva de un futuro mejor para todos. Que los responsables de las naciones sean conscientes de ello, así como los que, en todos los ámbitos, se interesan por el destino de la humanidad: la salvaguardia de la creación y la consecución de la paz son realidades íntimamente relacionadas entre sí“.

Finalmente Benedicto XVI invita a “todos los creyentes a elevar una ferviente oración a Dios, Creador todopoderoso y Padre de misericordia, para que en el corazón de cada hombre y de cada mujer resuene, se acoja y se viva el apremiante llamamiento: Si quieres promover la paz, protege la creación”

En su mensaje para la 43° Jornada Mundial de la Paz que se celebrará el próximo 1 de enero de 2010, titulado “Si quieres promover la paz, protege la creación”, el Papa Benedicto XVI explicó que “una correcta concepción de la relación del hombre con el medio ambiente no lleva a absolutizar la naturaleza ni a considerarla más importante que la persona misma“.

En el texto presentado esta mañana en conferencia de prensa en la Sala Stampa de la Santa Sede, el Santo Padre explica que “el Magisterio de la Iglesia manifiesta reservas ante una concepción del mundo que nos rodea inspirada en el ecocentrismo y el biocentrismo, porque dicha concepción elimina la diferencia ontológica y axiológica entre la persona humana y los otros seres vivientes. De este modo, se anula en la práctica la identidad y el papel superior del hombre, favoreciendo una visión igualitarista de la ‘dignidad’ de todos los seres vivientes“.

“Se abre así paso –prosigue el mensaje– a un nuevo panteísmo con acentos neopaganos, que hace derivar la salvación del hombre exclusivamente de la naturaleza, entendida en sentido puramente naturalista. La Iglesia invita en cambio a plantear la cuestión de manera equilibrada, respetando la ‘gramática’ que el Creador ha inscrito en su obra, confiando al hombre el papel de guardián y administrador responsable de la creación, papel del que ciertamente no debe abusar, pero del cual tampoco puede abdicar”.

“En efecto, también la posición contraria de absolutizar la técnica y el poder humano termina por atentar gravemente, no sólo contra la naturaleza, sino también contra la misma dignidad humana”, explica el Santo Padre.

Luego de recordar que la Iglesia tiene “una responsabilidad respecto a la creación y se siente en el deber de ejercerla también en el ámbito público, para defender la tierra, el agua y el aire, dones de Dios Creador para todos, y sobre todo para proteger al hombre frente al peligro de la destrucción de sí mismo”, el Papa resalta que “la degradación de la naturaleza está estrechamente relacionada con la cultura que modela la convivencia humana, por lo que ‘cuando se respeta la ‘ecología humana’ en la sociedad, también la ecología ambiental se beneficia’“.

“No se puede pedir a los jóvenes que respeten el medio ambiente, si no se les ayuda en la familia y en la sociedad a respetarse a sí mismos: el libro de la naturaleza es único, tanto en lo que concierne al ambiente como a la ética personal, familiar y social”, añade.

Benedicto XVI asegura luego que “los deberes respecto al ambiente se derivan de los deberes para con la persona, considerada en sí misma y en su relación con los demás. Por eso, aliento de buen grado la educación de una responsabilidad ecológica que, como he dicho en la Encíclica Caritas in veritate, salvaguarde una auténtica ‘ecología humana’ y, por tanto, afirme con renovada convicción la inviolabilidad de la vida humana en cada una de sus fases, y en cualquier condición en que se encuentre, la dignidad de la persona y la insustituible misión de la familia, en la cual se educa en el amor al prójimo y el respeto por la naturaleza. Es preciso salvaguardar el patrimonio humano de la sociedad”.

“Este patrimonio de valores tiene su origen y está inscrito en la ley moral natural, que fundamenta el respeto de la persona humana y de la creación”, agrega.

Recordando el título del mensaje: “Si quieres promover la paz, protege la creación“, el Pontífice destaca que “la búsqueda de la paz por parte de todos los hombres de buena voluntad se verá facilitada sin duda por el reconocimiento común de la relación inseparable que existe entre Dios, los seres humanos y toda la creación“.

Ante esta tarea, prosigue, “los cristianos ofrecen su propia aportación, iluminados por la divina Revelación y siguiendo la Tradición de la Iglesia. Consideran el cosmos y sus maravillas a la luz de la obra creadora del Padre y de la redención de Cristo, que, con su muerte y resurrección, ha reconciliado con Dios ‘todos los seres: los del cielo y los de la tierra’. Cristo, crucificado y resucitado, ha entregado a la humanidad su Espíritu santificador, que guía el camino de la historia, en espera del día en que, con la vuelta gloriosa del Señor, serán inaugurados ‘un cielo nuevo y una tierra nueva’, en los que habitarán por siempre la justicia y la paz“.

Por ello, dice el Papa, “proteger el entorno natural para construir un mundo de paz es un deber de cada persona. He aquí un desafío urgente que se ha de afrontar de modo unánime con un renovado empeño; he aquí una oportunidad providencial para legar a las nuevas generaciones la perspectiva de un futuro mejor para todos. Que los responsables de las naciones sean conscientes de ello, así como los que, en todos los ámbitos, se interesan por el destino de la humanidad: la salvaguardia de la creación y la consecución de la paz son realidades íntimamente relacionadas entre sí“.

Finalmente Benedicto XVI invita a “todos los creyentes a elevar una ferviente oración a Dios, Creador todopoderoso y Padre de misericordia, para que en el corazón de cada hombre y de cada mujer resuene, se acoja y se viva el apremiante llamamiento: Si quieres promover la paz, protege la creación”.

Mensaje del Papa para la Jornada para la Paz 2010

MENSAJE DE SU SANTIDAD
BENEDICTO XVI
PARA LA CELEBRACIÓN DE LA
XLIII JORNADA
MUNDIAL DE LA PAZ

 1 DE ENERO DE 2010

 SI QUIERES PROMOVER LA PAZ, PROTEGE LA CREACIÓN

 1. Con ocasión del comienzo del Año Nuevo, quisiera dirigir mis más fervientes deseos de paz a todas las comunidades cristianas, a los responsables de las Naciones, a los hombres y mujeres de buena voluntad de todo el mundo. El tema que he elegido para esta XLIII Jornada Mundial de la Paz es: Si quieres promover la paz, protege la creación. El respeto a lo que ha sido creado tiene gran importancia, puesto que «la creación es el comienzo y el fundamento de todas las obras de Dios»[1], y su salvaguardia se ha hecho hoy esencial para la convivencia pacífica de la humanidad. En efecto, aunque es cierto que, a causa de la crueldad del hombre con el hombre, hay muchas amenazas a la paz y al auténtico desarrollo humano integral —guerras, conflictos internacionales y regionales, atentados terroristas y violaciones de los derechos humanos—, no son menos preocupantes los peligros causados por el descuido, e incluso por el abuso que se hace de la tierra y de los bienes naturales que Dios nos ha dado. Por este motivo, es indispensable que la humanidad renueve y refuerce «esa alianza entre ser humano y medio ambiente que ha de ser reflejo del amor creador de Dios, del cual procedemos y hacia el cual caminamos»[2].

2. En la Encíclica Caritas in veritate he subrayado que el desarrollo humano integral está estrechamente relacionado con los deberes que se derivan de la relación del hombre con el entorno natural, considerado como un don de Dios para todos, cuyo uso comporta una responsabilidad común respecto a toda la humanidad, especialmente a los pobres y a las generaciones futuras. He señalado, además, que cuando se considera a la naturaleza, y al ser humano en primer lugar, simplemente como fruto del azar o del determinismo evolutivo, se corre el riesgo de que disminuya en las personas la conciencia de la responsabilidad[3]. En cambio, valorar la creación como un don de Dios a la humanidad nos ayuda a comprender la vocación y el valor del hombre. En efecto, podemos proclamar llenos de asombro con el Salmista: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder?» (Sal 8,4-5). Contemplar la belleza de la creación es un estímulo para reconocer el amor del Creador, ese amor que «mueve el sol y las demás estrellas»[4].

3. Hace veinte años, al dedicar el Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz al tema Paz con Dios creador, paz con toda la creación, el Papa Juan Pablo II llamó la atención sobre la relación que nosotros, como criaturas de Dios, tenemos con el universo que nos circunda. «En nuestros días aumenta cada vez más la convicción —escribía— de que la paz mundial está amenazada, también […] por la falta del debido respeto a la naturaleza», añadiendo que la conciencia ecológica «no debe ser obstaculizada, sino más bien favorecida, de manera que se desarrolle y madure encontrando una adecuada expresión en programas e iniciativas concretas»[5]. También otros Predecesores míos habían hecho referencia anteriormente a la relación entre el hombre y el medio ambiente. Pablo VI, por ejemplo, con ocasión del octogésimo aniversario de la Encíclica Rerum Novarum de León XIII, en 1971, señaló que «debido a una explotación inconsiderada de la naturaleza, [el hombre] corre el riesgo de destruirla y de ser a su vez víctima de esta degradación». Y añadió también que, en este caso, «no sólo el ambiente físico constituye una amenaza permanente: contaminaciones y desechos, nuevas enfermedades, poder destructor absoluto; es el propio consorcio humano el que el hombre no domina ya, creando de esta manera para el mañana un ambiente que podría resultarle intolerable. Problema social de envergadura que incumbe a la familia humana toda entera»[6].

4. Sin entrar en la cuestión de soluciones técnicas específicas, la Iglesia, «experta en humanidad», se preocupa de llamar la atención con energía sobre la relación entre el Creador, el ser humano y la creación. En 1990, Juan Pablo II habló de «crisis ecológica» y, destacando que ésta tiene un carácter predominantemente ético, hizo notar «la urgente necesidad moral de una nueva solidaridad»[7]. Este llamamiento se hace hoy todavía más apremiante ante las crecientes manifestaciones de una crisis, que sería irresponsable no tomar en seria consideración. ¿Cómo permanecer indiferentes ante los problemas que se derivan de fenómenos como el cambio climático, la desertificación, el deterioro y la pérdida de productividad de amplias zonas agrícolas, la contaminación de los ríos y de las capas acuíferas, la pérdida de la biodiversidad, el aumento de sucesos naturales extremos, la deforestación de las áreas ecuatoriales y tropicales? ¿Cómo descuidar el creciente fenómeno de los llamados «prófugos ambientales», personas que deben abandonar el ambiente en que viven —y con frecuencia también sus bienes— a causa de su deterioro, para afrontar los peligros y las incógnitas de un desplazamiento forzado? ¿Cómo no reaccionar ante los conflictos actuales, y ante otros potenciales, relacionados con el acceso a los recursos naturales? Todas éstas son cuestiones que tienen una repercusión profunda en el ejercicio de los derechos humanos como, por ejemplo, el derecho a la vida, a la alimentación, a la salud y al desarrollo.

5. No obstante, se ha de tener en cuenta que no se puede valorar la crisis ecológica separándola de las cuestiones ligadas a ella, ya que está estrechamente vinculada al concepto mismo de desarrollo y a la visión del hombre y su relación con sus semejantes y la creación. Por tanto, resulta sensato hacer una revisión profunda y con visión de futuro del modelo de desarrollo, reflexionando además sobre el sentido de la economía y su finalidad, para corregir sus disfunciones y distorsiones. Lo exige el estado de salud ecológica del planeta; lo requiere también, y sobre todo, la crisis cultural y moral del hombre, cuyos síntomas son patentes desde hace tiempo en todas las partes del mundo.[8] La humanidad necesita una profunda renovación cultural; necesita redescubrir esos valores que constituyen el fundamento sólido sobre el cual construir un futuro mejor para todos. Las situaciones de crisis por las que está actualmente atravesando —ya sean de carácter económico, alimentario, ambiental o social— son también, en el fondo, crisis morales relacionadas entre sí. Éstas obligan a replantear el camino común de los hombres. Obligan, en particular, a un modo de vivir caracterizado por la sobriedad y la solidaridad, con nuevas reglas y formas de compromiso, apoyándose con confianza y valentía en las experiencias positivas que ya se han realizado y rechazando con decisión las negativas. Sólo de este modo la crisis actual se convierte en ocasión de discernimiento y de nuevas proyecciones.

6. ¿Acaso no es cierto que en el origen de lo que, en sentido cósmico, llamamos «naturaleza», hay «un designio de amor y de verdad»? El mundo «no es producto de una necesidad cualquiera, de un destino ciego o del azar […]. Procede de la voluntad libre de Dios que ha querido hacer participar a las criaturas de su ser, de su sabiduría y de su bondad»[9]. El Libro del Génesis nos remite en sus primeras páginas al proyecto sapiente del cosmos, fruto del pensamiento de Dios, en cuya cima se sitúan el hombre y la mujer, creados a imagen y semejanza del Creador para «llenar la tierra» y «dominarla» como «administradores» de Dios mismo (cf. Gn 1,28). La armonía entre el Creador, la humanidad y la creación que describe la Sagrada Escritura, se ha roto por el pecado de Adán y Eva, del hombre y la mujer, que pretendieron ponerse en el lugar de Dios, negándose a reconocerse criaturas suyas. La consecuencia es que se ha distorsionado también el encargo de «dominar» la tierra, de «cultivarla y guardarla», y así surgió un conflicto entre ellos y el resto de la creación (cf. Gn 3,17-19). El ser humano se ha dejado dominar por el egoísmo, perdiendo el sentido del mandato de Dios, y en su relación con la creación se ha comportado como explotador, queriendo ejercer sobre ella un dominio absoluto. Pero el verdadero sentido del mandato original de Dios, perfectamente claro en el Libro del Génesis, no consistía en una simple concesión de autoridad, sino más bien en una llamada a la responsabilidad. Por lo demás, la sabiduría de los antiguos reconocía que la naturaleza no está a nuestra disposición como si fuera un «montón de desechos esparcidos al azar»[10], mientras que la Revelación bíblica nos ha hecho comprender que la naturaleza es un don del Creador, el cual ha inscrito en ella su orden intrínseco para que el hombre pueda descubrir en él las orientaciones necesarias para «cultivarla y guardarla» (cf. Gn 2,15)[11]. Todo lo que existe pertenece a Dios, que lo ha confiado a los hombres, pero no para que dispongan arbitrariamente de ello. Por el contrario, cuando el hombre, en vez de desempeñar su papel de colaborador de Dios, lo suplanta, termina provocando la rebelión de la naturaleza, «más bien tiranizada que gobernada por él»[12]. Así, pues, el hombre tiene el deber de ejercer un gobierno responsable sobre la creación, protegiéndola y cultivándola[13].

7. Se ha de constatar por desgracia que numerosas personas, en muchos países y regiones del planeta, sufren crecientes dificultades a causa de la negligencia o el rechazo por parte de tantos a ejercer un gobierno responsable respecto al medio ambiente. El Concilio Ecuménico Vaticano II ha recordado que «Dios ha destinado la tierra y todo cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos»[14]. Por tanto, la herencia de la creación pertenece a la humanidad entera. En cambio, el ritmo actual de explotación pone en serio peligro la disponibilidad de algunos recursos naturales, no sólo para la presente generación, sino sobre todo para las futuras[15]. Así, pues, se puede comprobar fácilmente que el deterioro ambiental es frecuentemente el resultado de la falta de proyectos políticos de altas miras o de la búsqueda de intereses económicos miopes, que se transforman lamentablemente en una seria amenaza para la creación. Para contrarrestar este fenómeno, teniendo en cuenta que «toda decisión económica tiene consecuencias de carácter moral»[16], es también necesario que la actividad económica respete más el medio ambiente. Cuando se utilizan los recursos naturales, hay que preocuparse de su salvaguardia, previendo también sus costes —en términos ambientales y sociales—, que han de ser considerados como un capítulo esencial del costo de la misma actividad económica. Compete a la comunidad internacional y a los gobiernos nacionales dar las indicaciones oportunas para contrarrestar de manera eficaz una utilización del medio ambiente que lo perjudique. Para proteger el ambiente, para tutelar los recursos y el clima, es preciso, por un lado, actuar respetando unas normas bien definidas incluso desde el punto de vista jurídico y económico y, por otro, tener en cuenta la solidaridad debida a quienes habitan las regiones más pobres de la tierra y a las futuras generaciones.

8. En efecto, parece urgente lograr una leal solidaridad intergeneracional. Los costes que se derivan de la utilización de los recursos ambientales comunes no pueden dejarse a cargo de las generaciones futuras: «Herederos de generaciones pasadas y beneficiándonos del trabajo de nuestros contemporáneos, estamos obligados para con todos y no podemos desinteresarnos de los que vendrán a aumentar todavía más el círculo de la familia humana. La solidaridad universal, que es un hecho y beneficio para todos, es también un deber. Se trata de una responsabilidad que las generaciones presentes tienen respecto a las futuras, una responsabilidad que incumbe también a cada Estado y a la Comunidad internacional»[17]. El uso de los recursos naturales debería hacerse de modo que las ventajas inmediatas no tengan consecuencias negativas para los seres vivientes, humanos o no, del presente y del futuro; que la tutela de la propiedad privada no entorpezca el destino universal de los bienes[18]; que la intervención del hombre no comprometa la fecundidad de la tierra, para ahora y para el mañana. Además de la leal solidaridad intergeneracional, se ha de reiterar la urgente necesidad moral de una renovada solidaridad intrageneracional, especialmente en las relaciones entre países en vías de desarrollo y aquellos altamente industrializados: «la comunidad internacional tiene el deber imprescindible de encontrar los modos institucionales para ordenar el aprovechamiento de los recursos no renovables, con la participación también de los países pobres, y planificar así conjuntamente el futuro»[19]. La crisis ecológica muestra la urgencia de una solidaridad que se proyecte en el espacio y el tiempo. En efecto, entre las causas de la crisis ecológica actual, es importante reconocer la responsabilidad histórica de los países industrializados. No obstante, tampoco los países menos industrializados, particularmente aquellos emergentes, están eximidos de la propia responsabilidad respecto a la creación, porque el deber de adoptar gradualmente medidas y políticas ambientales eficaces incumbe a todos. Esto podría lograrse más fácilmente si no hubiera tantos cálculos interesados en la asistencia y la transferencia de conocimientos y tecnologías más limpias.

9. Es indudable que uno de los principales problemas que ha de afrontar la comunidad internacional es el de los recursos energéticos, buscando estrategias compartidas y sostenibles para satisfacer las necesidades de energía de esta generación y de las futuras. Para ello, es necesario que las sociedades tecnológicamente avanzadas estén dispuestas a favorecer comportamientos caracterizados por la sobriedad, disminuyendo el propio consumo de energía y mejorando las condiciones de su uso. Al mismo tiempo, se ha de promover la búsqueda y las aplicaciones de energías con menor impacto ambiental, así como la «redistribución planetaria de los recursos energéticos, de manera que también los países que no los tienen puedan acceder a ellos»[20]. La crisis ecológica, pues, brinda una oportunidad histórica para elaborar una respuesta colectiva orientada a cambiar el modelo de desarrollo global siguiendo una dirección más respetuosa con la creación y de un desarrollo humano integral, inspirado en los valores propios de la caridad en la verdad. Por tanto, desearía que se adoptara un modelo de desarrollo basado en el papel central del ser humano, en la promoción y participación en el bien común, en la responsabilidad, en la toma de conciencia de la necesidad de cambiar el estilo de vida y en la prudencia, virtud que indica lo que se ha de hacer hoy, en previsión de lo que puede ocurrir mañana[21].

10. Para llevar a la humanidad hacia una gestión del medio ambiente y los recursos del planeta que sea sostenible en su conjunto, el hombre está llamado a emplear su inteligencia en el campo de la investigación científica y tecnológica y en la aplicación de los descubrimientos que se derivan de ella. La «nueva solidaridad» propuesta por Juan Pablo II en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990 [22], y la «solidaridad global», que he mencionado en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2009 [23], son actitudes esenciales para orientar el compromiso de tutelar la creación, mediante un sistema de gestión de los recursos de la tierra mejor coordinado en el ámbito internacional, sobre todo en un momento en el que va apareciendo cada vez de manera más clara la estrecha interrelación que hay entre la lucha contra el deterioro ambiental y la promoción del desarrollo humano integral. Se trata de una dinámica imprescindible, en cuanto «el desarrollo integral del hombre no puede darse sin el desarrollo solidario de la humanidad»[24]. Hoy son muchas las oportunidades científicas y las potenciales vías innovadoras, gracias a las cuales se pueden obtener soluciones satisfactorias y armoniosas para la relación entre el hombre y el medio ambiente. Por ejemplo, es preciso favorecer la investigación orientada a determinar el modo más eficaz para aprovechar la gran potencialidad de la energía solar. También merece atención la cuestión, que se ha hecho planetaria, del agua y el sistema hidrogeológico global, cuyo ciclo tiene una importancia de primer orden para la vida en la tierra, y cuya estabilidad puede verse amenazada gravemente por los cambios climáticos. Se han de explorar, además, estrategias apropiadas de desarrollo rural centradas en los pequeños agricultores y sus familias, así como es preciso preparar políticas idóneas para la gestión de los bosques, para el tratamiento de los desperdicios y para la valorización de las sinergias que se dan entre los intentos de contrarrestar los cambios climáticos y la lucha contra la pobreza. Hacen falta políticas nacionales ambiciosas, completadas por un necesario compromiso internacional que aporte beneficios importantes, sobre todo a medio y largo plazo. En definitiva, es necesario superar la lógica del mero consumo para promover formas de producción agrícola e industrial que respeten el orden de la creación y satisfagan las necesidades primarias de todos. La cuestión ecológica no se ha de afrontar sólo por las perspectivas escalofriantes que se perfilan en el horizonte a causa del deterioro ambiental; el motivo ha de ser sobre todo la búsqueda de una auténtica solidaridad de alcance mundial, inspirada en los valores de la caridad, la justicia y el bien común. Por otro lado, como ya he tenido ocasión de recordar, «la técnica nunca es sólo técnica. Manifiesta quién es el hombre y cuáles son sus aspiraciones de desarrollo, expresa la tensión del ánimo humano hacia la superación gradual de ciertos condicionamientos materiales. La técnica, por lo tanto, se inserta en el mandato de cultivar y guardar la tierra (cf. Gn 2,15), que Dios ha confiado al hombre, y se orienta a reforzar esa alianza entre ser humano y medio ambiente que debe reflejar el amor creador de Dios»[25].

11. Cada vez se ve con mayor claridad que el tema del deterioro ambiental cuestiona los comportamientos de cada uno de nosotros, los estilos de vida y los modelos de consumo y producción actualmente dominantes, con frecuencia insostenibles desde el punto de vista social, ambiental e incluso económico. Ha llegado el momento en que resulta indispensable un cambio de mentalidad efectivo, que lleve a todos a adoptar nuevos estilos de vida, «a tenor de los cuales, la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien, así como la comunión con los demás hombres para un desarrollo común, sean los elementos que determinen las opciones del consumo, de los ahorros y de las inversiones»[26]. Se ha de educar cada vez más para construir la paz a partir de opciones de gran calado en el ámbito personal, familiar, comunitario y político. Todos somos responsables de la protección y el cuidado de la creación. Esta responsabilidad no tiene fronteras. Según el principio de subsidiaridad, es importante que todos se comprometan en el ámbito que les corresponda, trabajando para superar el predominio de los intereses particulares. Un papel de sensibilización y formación corresponde particularmente a los diversos sujetos de la sociedad civil y las Organizaciones no gubernativas, que se mueven con generosidad y determinación en favor de una responsabilidad ecológica, que debería estar cada vez más enraizada en el respeto de la «ecología humana». Además, se ha de requerir la responsabilidad de los medios de comunicación social en este campo, con el fin de proponer modelos positivos en los que inspirarse. Por tanto, ocuparse del medio ambiente exige una visión amplia y global del mundo; un esfuerzo común y responsable para pasar de una lógica centrada en el interés nacionalista egoísta a una perspectiva que abarque siempre las necesidades de todos los pueblos. No se puede permanecer indiferentes ante lo que ocurre en nuestro entorno, porque la degradación de cualquier parte del planeta afectaría a todos. Las relaciones entre las personas, los grupos sociales y los Estados, al igual que los lazos entre el hombre y el medio ambiente, están llamadas a asumir el estilo del respeto y de la «caridad en la verdad». En este contexto tan amplio, es deseable más que nunca que los esfuerzos de la comunidad internacional por lograr un desarme progresivo y un mundo sin armas nucleares, que sólo con su mera existencia amenazan la vida del planeta, así como por un proceso de desarrollo integral de la humanidad de hoy y del mañana, sean de verdad eficaces y correspondidos adecuadamente.

12. La Iglesia tiene una responsabilidad respecto a la creación y se siente en el deber de ejercerla también en el ámbito público, para defender la tierra, el agua y el aire, dones de Dios Creador para todos, y sobre todo para proteger al hombre frente al peligro de la destrucción de sí mismo. En efecto, la degradación de la naturaleza está estrechamente relacionada con la cultura que modela la convivencia humana, por lo que «cuando se respeta la “ecología humana” en la sociedad, también la ecología ambiental se beneficia»[27]. No se puede pedir a los jóvenes que respeten el medio ambiente, si no se les ayuda en la familia y en la sociedad a respetarse a sí mismos: el libro de la naturaleza es único, tanto en lo que concierne al ambiente como a la ética personal, familiar y social[28]. Los deberes respecto al ambiente se derivan de los deberes para con la persona, considerada en sí misma y en su relación con los demás. Por eso, aliento de buen grado la educación de una responsabilidad ecológica que, como he dicho en la Encíclica Caritas in veritate, salvaguarde una auténtica «ecología humana» y, por tanto, afirme con renovada convicción la inviolabilidad de la vida humana en cada una de sus fases, y en cualquier condición en que se encuentre, la dignidad de la persona y la insustituible misión de la familia, en la cual se educa en el amor al prójimo y el respeto por la naturaleza.[29] Es preciso salvaguardar el patrimonio humano de la sociedad. Este patrimonio de valores tiene su origen y está inscrito en la ley moral natural, que fundamenta el respeto de la persona humana y de la creación.

13. Tampoco se ha de olvidar el hecho, sumamente elocuente, de que muchos encuentran tranquilidad y paz, se sienten renovados y fortalecidos, al estar en contacto con la belleza y la armonía de la naturaleza. Así, pues, hay una cierta forma de reciprocidad: al cuidar la creación, vemos que Dios, a través de ella, cuida de nosotros. Por otro lado, una correcta concepción de la relación del hombre con el medio ambiente no lleva a absolutizar la naturaleza ni a considerarla más importante que la persona misma. El Magisterio de la Iglesia manifiesta reservas ante una concepción del mundo que nos rodea inspirada en el ecocentrismo y el biocentrismo, porque dicha concepción elimina la diferencia ontológica y axiológica entre la persona humana y los otros seres vivientes. De este modo, se anula en la práctica la identidad y el papel superior del hombre, favoreciendo una visión igualitarista de la «dignidad» de todos los seres vivientes. Se abre así paso a un nuevo panteísmo con acentos neopaganos, que hace derivar la salvación del hombre exclusivamente de la naturaleza, entendida en sentido puramente naturalista. La Iglesia invita en cambio a plantear la cuestión de manera equilibrada, respetando la «gramática» que el Creador ha inscrito en su obra, confiando al hombre el papel de guardián y administrador responsable de la creación, papel del que ciertamente no debe abusar, pero del cual tampoco puede abdicar. En efecto, también la posición contraria de absolutizar la técnica y el poder humano termina por atentar gravemente, no sólo contra la naturaleza, sino también contra la misma dignidad humana[30].

14. Si quieres promover la paz, protege la creación. La búsqueda de la paz por parte de todos los hombres de buena voluntad se verá facilitada sin duda por el reconocimiento común de la relación inseparable que existe entre Dios, los seres humanos y toda la creación. Los cristianos ofrecen su propia aportación, iluminados por la divina Revelación y siguiendo la Tradición de la Iglesia. Consideran el cosmos y sus maravillas a la luz de la obra creadora del Padre y de la redención de Cristo, que, con su muerte y resurrección, ha reconciliado con Dios «todos los seres: los del cielo y los de la tierra» (Col 1,20). Cristo, crucificado y resucitado, ha entregado a la humanidad su Espíritu santificador, que guía el camino de la historia, en espera del día en que, con la vuelta gloriosa del Señor, serán inaugurados «un cielo nuevo y una tierra nueva» (2 P 3,13), en los que habitarán por siempre la justicia y la paz. Por tanto, proteger el entorno natural para construir un mundo de paz es un deber de cada persona. He aquí un desafío urgente que se ha de afrontar de modo unánime con un renovado empeño; he aquí una oportunidad providencial para legar a las nuevas generaciones la perspectiva de un futuro mejor para todos. Que los responsables de las naciones sean conscientes de ello, así como los que, en todos los ámbitos, se interesan por el destino de la humanidad: la salvaguardia de la creación y la consecución de la paz son realidades íntimamente relacionadas entre sí. Por eso, invito a todos los creyentes a elevar una ferviente oración a Dios, Creador todopoderoso y Padre de misericordia, para que en el corazón de cada hombre y de cada mujer resuene, se acoja y se viva el apremiante llamamiento: Si quieres promover la paz, protege la creación.

Vaticano, 8 de diciembre de 2009

BENEDICTUS PP. XVI


“El CO2 no es malo, es un gas fundamental para la historia de la vida”

Jorge Alcalde derriba las mentiras sobre el CO2, un gas considerado venenoso y tóxico pero que en realidad es fundamental para la supervivencia de los seres vivos. Nosotros mismos lo producimos.

“En la cumbre de Copenhague se están reuniendo estos días los mandamases de todo el planeta para tomar medidas para combatir el demonio del CO2. Incluso la protección del medio ambiente de EE.UU quiere darnos a entender que el dióxido de carbono es un gas venenoso y tóxico pero ellos saben que esto no es cierto. La única razón por la que EE.UU dice esto es para poder reducir la emisión de gases de CO2 y reducir la contaminación en sus estados sin tener que pasar por el juzgado”, así de claro habla Alcalde.

Muy pocas veces se cuenta la verdadera historia de este gas. La realidad es que sin él no existiríamos ni nosotros, ni los animales ni las plantas y ahora mismo la cantidad de CO2 en el aire es mucho inferior a la de antes pese que las industrias hayan aumentado su presencia en el aire. De cada millón de moléculas que hay en el aire 385 son de dióxido de carbono, mientras que en el periodo del cámbrico, hace 540 millones de años, en la mayor explosión de vida, había 7.500 partes por millón.

Jorge Alcalde considera que la clave radica en que “han encontrado un gran negocio a partir de la obsesión del CO2, la locura del CO2. Nuestra respiración genera CO2 naturalmente y tenemos 50.000 partes de este gas por millón. Forma parte de la combustión de los alimentos y en un residuo puro y sano”.

Otro de los mitos del ecologismo queda desmitificado.



El presidente del Supremo “abochornado” por las filtraciones en el CGPJ

El presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial se ha declarado “abochornado” por las filtraciones que han afectado al máximo órgano de gobierno de los jueces, pero ha asegurado que se están poniendo “todos los medios” para buscar la “forma reglamentaria” que ayude a solucionarlo.

Carlos Dívar

El presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), Carlos Dívar, se ha declarado “abochornado” por las filtraciones que han afectado al máximo  órgano de gobierno de los jueces, pero ha asegurado que se están poniendo “todos los medios” para buscar la “forma reglamentaria” que ayude a solucionarlo.

Dívar respondía así, en la Comisión de Justicia del Congreso de los Diputados, a los diputados del PP, Federico Trillo, y CiU, Jordi Jané, quienes le preguntaron por las filtraciones que emanan del Poder Judicial y, en concreto, por las que afectan al propio CGPJ.

El presidente del CGPJ, diferenció entre las filtraciones que tienen que ver con el CGPJ y las que afectan al Poder Judicial, al que, explicó, “se confunde” en ocasiones con el órgano de gobierno de los jueces.

No se trata de que las filtraciones que se han producido en el CGPJ nos llenen de orgullo.  Por Dios, nos han abochornado”. El Consejo ha sido criticado tras las filtraciones de las comparecencias ante este órgano de algunos candidatos a la Presidencia de la Audiencia Nacional, entre ellos los jueces Baltasar Garzón, Javier Gómez Bermúdez y Angel Juanes, así como de la entrevista del presidente del Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana (TSJCV), Fernando de la Rúa, para continuar en el cargo.

Según explicó, es “muy difícil” aclarar estos casos, pero recordó que el CGPJ ha ordenado dos investigaciones y que “por primera vez” incluso “ha presentado sus excusas a una persona que pretendía el TSJ de una comunidad“, en referencia a De la Rúa. “Estamos buscando los medios, la forma reglamentaria adecuada, legal, para tratar de solucionarlo”.

En lo que se refiere a las filtraciones que se producen en los procesos judiciales, Dívar subrayó que son “más graves“, porque son “del orden jurisdiccional“. Sin embargo apuntó que en estos casos “intervienen una multitud de personas”, desde los jueces, a los fiscales y los abogados, pasando por los policías y por “tantas y tantas personas” que se ven implicadas.

Pons: “El Gobierno quiere controlar en internet lo que no puede fuera”

El vicesecretario de comunicación del PP ha sido entrevistado en Es la mañana de Federico, donde ha hablado sobre la disposición del Gobierno de cerrar el acceso a webs sin autorización judicial. Pons ha vuelto a exigir la dimisión de Sinde y ha anunciado que “continuarán con la batalla”.

Esteban González Pons, con respecto a la disposición del Ley de Economía Sostenible del Gobierno, que autoriza el cierre de páginas web sin autorización judicial.

Para el vicesecreatario de comunicación, el problema real que plantea el anteproyecto, no son las descargas de música, sino que pone en riesgo “al mundo de la cultura, sobre todo los medios de comunicación, todos vosotros que trabajais en internet, es lo que está en peligro”.

Pons considera que las continuas reivindicaciones de los artistas de la ceja por la supuesta ruina del sector musical están injustificadas, porque con el desarrollo de las nuevas tecnologías “la música es quien menos riesgo corre, ya existen distintos modelos de negocio”, ha asegurado, “el debate de verdad está en los contenidos literarios, periodísticos y el cine”.

Yo eliminaría la expresión ‘piratería’ y hablaría de violación de derechos autor” ha querido puntualizar Pons, porque “los derechos de autor son algo sagrado que hay que proteger, aunque yo no hablo de subvenciones, hablo de protección“. No obstante, ha roto una lanza a favor del intercambio cultural a través de la Red: “Si podemos intercambiar libros fuera de internet, deberíamos poder intercambiarnos libros también dentro”.

Por ello, pone el acento en lo que, a su entender “está en juego de verdad con esta ley”, que es que “el Gobierno quiere controlar en internet todo aquello que no puede controlar fuera de internet“. De hecho, Pons detecta la misma intención en Sitel que en esta ley “controlar todo aquello que escapa a su control” asegura “y eso no podemos permitirlo porque lo que ocurre en internet es lo que ocurre en la vida cotidiana, y hay que protegerlo con los mismos derechos”.

Las exigencias del PP son las mismas en Sitel que en este anteproyecto: “Una ley orgánica que lo regule, y exigir intervención judicial si se va a restringir o a bloquear”, ha dicho el vicesecretario.

González Pons mantiene su petición de dimisión de la ministra de cultura, Ángeles González Sinde porque “intentar atentar contra los derechos fundamentales es para marcharse” ha asegurado. No obstante, ha lamentado de que “no podremos pedir la dimsión en el Congreso de los Diputados porque ya ha anunciado que no podrá estar“.

Por último, el vicesecratario de comunicación considera que “en lo que respecta a internet ningún partido debe ser movilizador del movimiento, que ha sido espontáneo y natural, que nadie lo ha dirigido“, ha dicho, “No debemos capitalizar este movimiento, sino cooperar con ellos”, aspotilló.

Para ello el PP ya ha comenzado la ronda de contactos con los internautas, que inciará este jueves la vicesecretaria de Organización, Ana Mato junto a González Pons, reuniéndose con los sucriptores del Manifiesto en Defensa de Libertad de Internet.

Hasta 10 años de cárcel para los islamistas que planeaban volar el metro de Barcelona

La Audiencia Nacional ha condenado a penas de entre 8 y 10 años de prisión por integración en organización terrorista a once presuntos terroristas islamistas, diez paquistaníes y un indio, detenidos en 2008 cuando supuestamente preparaban un atentado suicida contra el metro de Barcelona.

Los once detenidos durante la primera sesión del juicio en la Audiencia

La Audiencia Nacional ha condenado  a penas de entre 8 y 10 años de prisión por integración en organización terrorista a once presuntos terroristas islamistas, diez paquistaníes y un indio, detenidos en 2008 cuando preparaban supuestamente un atentado suicida contra el metro de Barcelona.

El principal acusado, Mahroof Ahmed Mirza, ha sido condenado a diez años y seis meses de cárcel en calidad de “dirigente” del grupo.

El tribunal, sin embargo, no ha condenado a los acusados de conspiración para atentar, a pesar de la solicitud del fiscal en este sentido; y les ha absuelto del delito de tenencia de explosivos.