En Adviento, nos ponemos en camino

Adviento nos evoca caminos, tiempo nue vo, días de esperanza. Cuando suena la campana de este tiempo, este tiempo tan especialmente esperado y añorado, sus ecos anuncian días de camino y prepa ración para algo grande y decisivo: el encuentro de Dios con el hombre, por el misterio insondable de su encarnación, de su venida al mundo, en aquel lugar concreto de la tierra llamado Belén.

De camino vamos y en camino nos ponemos, para buscar la luz y un poco más de esperanza para este mundo nuestro en el que vivimos, gozamos y también gemimos y luchamos. Él, el Verbo que se hace carne, se pone a venir y nosotros, sus creyen tes, nos ponemos también a ir, a salir para buscar el encuentro salvador.

Y una nota más de ambientación. Es Adviento nuevo y tiempo nuevo. Estos días, los días del año y Adviento de 2009, como todos los de los demás años, son únicos e irrepetibles. Es decir, nos disponemos a vivir y recorrer una experiencia única, la experiencia concreta de este año concreto e irrepetible. Porque todo es así: irrepetible.

 

El camino de Jesús, el camino primero y el camino modelo

Adviento es, ante todo y sobre todo, el camino de Dios que se hace hombre y viene al mundo para salvar al hombre, para elevarlo en dignidad y gracia, en valor y esperanza, para hacerle partícipe de su misma vida.

Para comprender el camino salvador del Adviento, es decir, el camino que hace Dios para salvarnos de todos nuestros males y miserias, nos servimos hoy de un texto evangélico, especialmente iluminador y significativo. Nos referimos al texto del encuentro entre el centurión y Jesús. El centurión tiene el mal en su propia casa. Se lo dice, expresamente, a Jesús:

“Señor, tengo en casa un criado que está en cama, paralítico, y sufre mucho”.

Jesús actúa sin tardanza. Como el que tiene ganas de curar y hacer el bien, de llevar vida y alegría a los demás. Jesús, en este caso, no se hace esperar.

“Jesús le contestó: Voy yo a curarlo … “

Este es Jesús, y esta su misión en el mundo. Je sús, el Verbo del Padre hecho hombre, se ha puesto en camino, y camino permanente hacia nosotros. Él ha dicho de una vez por todas: voy yo a curarlo; voy yo a curar al hombre, a todos y a cada uno de los hombres.

Ha venido, y sigue viniendo a curarnos y salvar nos. En esta hora concreta que vivimos, año 2009, en este Adviento que nos disponemos a estrenar, y a vivir dentro de cuatro días, El vuelve a repetir: voy yo a curarlo; voy a curar a este hombre concreto que hoy, en este siglo XXI, lucha, trabaja, goza y sufre; voy a curar a este hombre que sigue oprimido por tanto mal, tanto pecado y tanta desesperanza.

 

Nosotros, los cristianos, también nos ponemos en camino

En la casa del mundo, de este mundo de la téc nica, la globalización y los avances más espectacu lares, de este mundo que avanza hacia la conquista del espacio y se goza de cada uno de sus triunfos y mejoras, hay todavía mucho mal. .. En esta casa hay muchos criados que están paralíticos, que se les ha acabado la esperanza, y que sufren mucho y todos los días. Algunos ni pan tienen…

La última encíclica del Papa Benedicto XVI, titu lada Caritas in veritate (La caridad en la verdad), es un buen testimonio de lo que afirmamos. En ella analiza el Papa la realidad de este mundo, señalando sus luces y sus sombras, todas sus bondades y también muchas de sus maldades. y maldades muy trascendentales.

Con el Papa, y ante la realidad compleja de la glo balización, es necesario repetir y afrontar la situación actual con un determinado espíritu y compromiso:

«Por tanto, hay que esforzarse incesantemente para favorecer una orientación cultural personalista y comunitaria, abierta a la trascendencia, del proceso de integración planetaria» (n 42)

 

Nos ponemos en camino, y buscamos los enfermos más cercanos

Cuando hablamos del mundo y sus males, males tan complejos y dramáticos, nos puede sobrevenir y atenazar esta fácil y socorrida tentación: ¿qué puedo hacer yo ante ese mundo? No puedo hacer nada ni cambiar nada … Esa es la tentación. Para ponernos en camino en este Adviento de 2009, y ponernos al estilo y según el espíritu del Señor, podemos y debemos hacer mucho. Señalamos tres cosas bien concretas, para que nadie se pierda en el intento y nadie se sienta excluido del empeño de curar, me jorar o salvar.

En primer lugar, quizás lo más importante, poner el corazón propio a ritmo del corazón del Señor, es decir, en conciencia de camino hacia el necesitado: “voy yo a curarlo”. Como seguidores del Señor, que vino a curar y salvar, lo nuestro no puede ser otra cosa. Cada día que amanece nos debemos poner en camino para curar y salvar, para ayudar a quien sea y como sea. Sin esta conciencia, difícilmente arre glaremos nada ni salvaremos a nadie.

En según lugar, hay que ser muy conscientes de la inmensidad del mal, y también de la diversidad del mal. Existen, para que nos entendamos, los grandes males y los males más pequeños. Existen los males planetarios y los males del barrio, los más estructurales y los más coyunturales. Conviene distinguirlos para saber cuáles podemos erradicar y cuáles no; cuáles son de alcance más comunitario y cuáles más de tipo personal. Distinguir cuáles podemos curar cada uno.

Finalmente, en este Adviento se nos pide ponemos en camino a las casas concretas de los centuriones concretos, que se cruzan en nuestros caminos y en nuestras vidas de cada día. Al comprometernos en este Adviento a repetir con Jesús: voy yo a curarlo, lo tenemos que hacer pisando tierra; lo tenemos que hacer mirando e individualizando rostros y vidas, personas concretas que viven no sólo en el mundo, sino en nuestro mundo. Preguntándonos, en concre to, ¿cuáles puedo y debo curar yo?

A este camino, camino de búsqueda, encuentro y salvación, nos convoca el nuevo Adviento.

“La contaminación idológica de la Historia”: cuando los hechos no importan

¿Sabían ustedes que el derecho de Pernada no existió jamás? A pesar de que salga en todas las novelas y en muchos libros de Historia, el derecho de Pernada es una falacia. A partir de la Revolución Francesa, la historia se convierte en un arma de proyección ideológica fundamental y de lo que se trata es de dar un sentido a la existencia colectiva, ese sentido se basa en considerar el pasado como algo malo que sólo podía terminar dando lugar al paraíso contemporáneo. Eso se llama “contaminación ideológica de la historia”.

Portada del libro

El libro de Estanislao Cantero publicado en Libros Libres nos abre los ojos ante las deformaciones de la historia, fruto en muchas ocasiones de la ambición política. Un libro valiente frente a los intereses oscuros de quienes inventan un pasado que no ocurrió o de quienes intentan imponer un pensamiento único. Abogado de profesión, Estanislao se vuelca en la historia por vocación.

Y es que los grandes nombres de la versión oficial de la historia pasan a convertirse en una fuente de autoridad inapelable, y esa precisamente es la herencia en la que hoy vivimos. A Estanislao le molestan los errores del pasado, pero sobre todo, el orgullo y la soberbia de algunos, como ha comprobado en la guerra emprendida contra la Iglesia católica. Todos tienen la intención de aprender con un libro, asegura, y denuncia que haya historiadores que ocultan la verdad, por desconocimiento o mala voluntad, aunque Estanislao da más credibilidad a la segunda opción.

Estudio e ira, por tanto. El escritor Cantero concluye afirmando que “la verdad termina por imponerse” y que “todos los historiadores acaban perdiendo las antiojeras”.