Novedades sobre la objeción de conciencia frente a Educación para la Ciudadanía

Coraje y objeción de conciencia Intervención de Fernando López Luengos en el XI Congreso de Católicos y Vida Pública.

En cierta ocasión fui citado a declarar como perito en un contencioso-administrativo de unos padres contra EpC. Antes de entrar en la sala para ratificarme en mi informe pericial coincidí con otros profesores y con una directora de un colegio religioso citados como testigos (yo en cambio iba como perito como he dicho). Me llamó la atención la preocupación común en la que coincidíamos: El currículo publicado en los Reales Decretos nos obliga jurídicamente a dar EpC con una orientación ideológica que ninguno aceptábamos y se entromete abiertamente en la formación de la conciencia moral de los menores a nuestro cargo, ignorando la orientación moral que los padres desean para sus hijos. Esta situación nos violentaba a todos por igual.

Pero lo curioso fue que, cuando entraron a declarar, algunos de ellos se pusieron a hacer complejas contorsiones para evitar pronunciar la frase fatídica “mi conciencia me impide cumplir la ley explicando la asignatura tal y como viene desarrollada en los Reales Decretos”. A casi todos les temblaba la voz pues parecía que en vez de testigos eran posibles inculpados si se atrevían a confesar lo que antes de entrar en la sala habían reconocido en privado. Parecían temer posibles consecuencias a pesar de que ellos no eran más que simples testigos. En el caso de la directora del centro religioso, las contorsiones llegaron a ser realmente grotescas: “yo soy la que va a dar EpC –decía- pero todavía no sé lo que voy a dar (ni siquiera se había leído los Reales Decretos). Esos sí -decía- cumplo la ley pero (y también le temblaba la voz) tienen que dejarme ser fiel al ideario de mi centro”.

En definitiva se trataba de disimular para lograr sostener lo imposible: cumplir los decretos y ser fiel a la conciencia.

La declaración de los testigos duraba unos pocos minutos, mientras que la mía, como perito se prolongó casi dos horas- El abogado del gobierno regional intentó cuestionar una y otra vez mi informe pericial francamente contrario a EpC. Pero la defensa me resultó sencilla como un juego de niños: no tenía más que explicar el contenido de los Decretos por un lado, y explicar abiertamente lo que estoy haciendo en clase. Yo he entregado a mis alumnos (para que lo puedan leer sus padres) un escrito en el que declaro que me niego a construir la conciencia moral de los alumnos como pretenden los Reales Decretos, que me niego a adoctrinar y que, eso sí, daré con gusto EpC pero despojada de toda la carga ideológica que contiene, es decir, que no doy EpC sino la Ética que se daba antes con la LOGSE. En definitiva, por el derecho a la libertad de Cátedra reconocido en la Constitución española declaro públicamente que no doy EpC según la Ley.

Lo fundamental no es que no dé la EpC de los Reales Decretos sino que lo declaro públicamente. ¿Es tan difícil hacer esto? Se trata de no disimular, no mirar para otro lado, no anteponer la seguridad personal a cualquier otra consideración. ¡Claro que me importa mi trabajo y mi sueldo!: tengo una familia y cuatro hijos y solo ingresa en casa mi sueldo. Me consta que estamos siendo molestos a la administración pues en todos los sitios a los que nos llaman hemos ido y hemos explicado la realidad de EpC. Hemos dado en Toledo medio centenar de charlas sobre EpC y hemos llegado a ser la provincia con mayor número de objeciones de conciencia de España después de Madrid. Y esto ha sido con un coste familiar no pequeño. Y en todos los sitios he dicho lo mismo: también cuando entre el público se encontraban varios cargos de la administración pertenecientes al PSOE, incluido mi jefe inmediato: el Sr. Delegado de educación: Que me niego a colaborar con este proyecto ideológico, que en los centros públicos no se pueden cumplir los Reales Decretos sin caer en el adoctrinamiento y que, en los centros concertados religiosos es imposible cumplir los Decretos y ser fieles al ideario católico.

Pero esta libertad interior que puedo ahora disfrutar procede de haber decidido previamente que por grave que sea mi responsabilidad frente a mi familia por el sueldo de mi profesión, no puedo ponerlo como algo absoluto y hacer girar el mundo entero a su alrededor.

 No pretendo decir que la única forma de ser coherente sea arriesgar el puesto de trabajo. Yo no puedo entrar en las conciencias, ni todas las situaciones son idénticas. Pero lo que sí puedo asegurar es que ni un sueldo, ni la propia estabilidad, ni siquiera la estabilidad de un centro de enseñanza pueden considerarse como algo absoluto inamovible por encima de cualquier situación. Que tiene que haber un límite, y que ese límite ha sido traspasado con esta ley. Y esto es algo en lo que todos deberíamos meditar: deberíamos preguntarnos qué es lo que se nos pide, cuál es la intensidad del sufrimiento que se nos concede soportar para testimoniar nuestra fe.

 Pues para un creyente, no es el Evangelio lo que se ha de adaptar a los propios intereses, gustos o deseos, sino justo lo contrario: es la propia vida la que ha de irse poco a poco transformando según el Evangelio hasta configurar el rostro de Cristo. Y del mismo modo no se trata de adaptar el Evangelio a las circunstancias de un centro docente católico, sino justo al revés. Y si un centro católico no puede ser coherente con su fidelidad a la fe es preferible que sea cerrado. De lo contrario nos encontraremos con deformaciones monstruosas como el caso de un centro católico de Albacete cuya directora es atea militante y cuyo profesor de religión les confiesa a sus alumnos en el primer día de clase su ateísmo. Nos hemos acostumbrado a aceptar dentro del nombre de cristiano cualquier cosa. ¡¡Y nos hemos acostumbrado a ir cambiando el Evangelio según nuestras necesidades particulares!!

 EpC ha resultado ser una signo de contradicción: como dijera el anciano Simeón viendo a Jesús niño: “ha sido puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser signo de contradicción (…) a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones” (Lc 2, 34). Pues, efectivamente, en estos años he sido testigo de cómo quedaban al descubierto las intenciones de muchos corazones: por un lado la actitud perversa de sus ideólogos, por otro lado la triste cobardía e incluso la traición de algunos cristianos y, finalmente, la actitud valiente de otros (especialmente muchos padres). EpC nos ha obligado a definirnos sacándonos de la ambigüedad en la que fácilmente vivimos nuestra fe. Ha resultado ser un test de nuestra coherencia y fidelidad manifestada en las diferentes actitudes que comento a continuación.

En primer lugar la actitud de los centros dirigidos por religiosos: Pertenecer a FERE (Federación española de religiosos de la enseñanza) como el mismo hecho de ser bautizado, por ejemplo, no es una garantía de fidelidad al cristianismo sino una ocasión para testimoniarlo. De este modo son muchos los religiosos que regentan centros con un ideario católico coherente, son muchos los que hacen una labor educativa espectacular incluyendo una atención ejemplar a alumnado con deficiencias psíquicas (por ejemplo, el trabajo que realizan algunos centros católicos de Toledo no podrían realizarlo ni de lejos los centros públicos). Son también bastantes los que han sabido decir públicamente la maldad de EpC y apoyar a los padres objetores. Pero también es cierto que no son pocos los que han camuflado su identidad católica para pasar desapercibidos ante la administración. Ellos también han disimulado su identidad hasta llegar incluso a aliarse con la administración. Conozco casos de directores que han intentado asustar a los padres recurriendo a un inspector (que, por cierto, en Andalucía, actúan como comisarios políticos). ¿Hasta dónde están dispuestos a llegar? Me resulta repugnante la forma de colaborar con la administración de estos directores persiguiendo o poniendo todo tipo de trabas a los padres objetores. Ellos ciertamente, actúan como piedra de tropiezo, como piedra de escándalo, pues no solo no son capaces de confesar públicamente ante la administración la fidelidad a su ideario sino que colaboran con los que persiguen a los que sí testimonian su fe defendiendo la educación de sus hijos. He de recordar que algunas de las palabras más duras que podemos leer en el Evangelio están dirigidas a aquellos que escandalizan a otros. Sinceramente, si ya no son capaces de ser coherentes con la fe con la que iniciaron su camino vocacional, deberían quedarse a un lado, apartándose discretamente. Es una inmoralidad utilizar el nombre de cristianos solo como reclamo para captar clientes.

Creo que es útil recordar aquí la experiencia de sufrimiento de los cristianos de los primeros siglos. Ellos tenían claro que debían respetar las leyes romanas, que debían dar al César lo que es del César. Pero cuando el César les ordenó adorarlo, ellos se negaron a hacerlo: una cosa es cumplir las leyes humanas porque debemos convivir en una sociedad plural y otra cosa es renunciar a la propia identidad y a la conciencia. Y no solo eso (y en esto no puedo menos de pensar en los promotores del disimulo) aquellos cristianos se negaron incluso a firmar un papel declarando haber echado en el altar del emperador los granitos de incienso prescritos por la ley aunque de hecho no lo hubieran hecho: tal era la estratagema de algunos jueces piadosos en un intento desesperado de evitar su condena. Es decir, ellos consideraban igualmente repudiable no solo adorar al César, sino también simularlo.

Por eso me parece condenable la forma de disimular la maldad de EpC adoptada por muchos colegios religiosos diciendo que se podía adaptar al ideario. Pero ¿qué es lo que pretenden adaptar al ideario? ¿Acaso enseñar la Constitución necesita adaptación al ideario? ¿No será más bien que se trata de configurar la conciencia moral de los menores según los dictados del gobierno? Y siendo así, ¿qué garantías puedo tener de un centro que ni siquiera es capaz de decir públicamente que el ideario católico repugna ese currículo?

Pero más grave todavía me parece la responsabilidad de aquellos que han inculcado esta cobardía a muchos directores.

EpC como digo, ha puesto al descubierto las intenciones de los corazones: ha puesto de manifiesto en segundo lugar, la actitud perversa de sus ideólogos : los defensores de EpC coinciden todos ellos en un resentimiento hacia la Iglesia y su moral. Peces Barba, Victorino Mayoral, Fernando Savater o el mismo José Antonio Marina han expresado públicamente su rechazo a la iglesia católica y su crítica a la ética cristiana. En ellos, ciertamente, hay que percibir una intención que sobrepasa en mucho cualquier interés meramente docente. Estamos hablando de la ideología en estado puro, como interpretación de la realidad que pugna por imponerse a la fuerza. En el caso del Profesor de Filosofía José Antonio Marina, su cinismo resulta insultante cuando es capaz de hacer creer a muchos religiosos de colegios que es cristiano, cuando su noción del cristianismo es de abierta hostilidad al pensamiento de la Iglesia Católica. Él mismo advierte que es necesario superar la ética del cristianismo y sustituirla por una nueva ética de la que él mismo se considera profeta privilegiado.

 Dentro de este grupo de actitud perversa he de incluir no solo a quienes han participado por acción (con premeditación y advertencia plena) sino a todos aquellos políticos y funcionarios que por omisión han consentido en la imposición totalitaria del proyecto ideológico.

 Pero junto a la actitud perversa de sus defensores, EpC ha puesto al descubierto también nuestra tibieza. Volveré a contar aquí aquella anécdota del capitán italiano pues refleja con precisión la actitud de mucha gente frente a EpC (pienso sobre todo en muchos católicos):

El capitán salió audazmente de la trinchera gritando a pleno pulmón –Avanti tutto!!! Pero a los pocos pasos tuvo que detenerse viendo que sus soldados, todavía dentro de las trincheras, aplaudían con los ojos empapados en lágrimas exclamando: –Che coraggio!

En cierta ocasión vi una asamblea arrancar en aplausos enfervorizados ante las valientes palabras de un obispo defendiendo el derecho de los padres a educar a sus hijos en sus propias convicciones morales y religiosas. Curiosamente buena parte de esa gente fue incapaz de secundar la movilización ciudadana por la objeción de conciencia alegando el criterio de la adaptación de la asignatura al ideario del centro. Ellos también sabían aplaudir el coraggio del capitán, mientras permanecían seguros dentro de la trinchera. Yo he sentido con profundo dolor cómo aquella asamblea de seglares que se celebró en el Encuentro Madrid (y a cuyos miembros considero hermanos), actuó con cobardía. Pero también he de reconocer que ciertamente representan la actitud de no pocos cristianos. Curiosamente para condenar el aborto sí han escrito recientemente un manifiesto muy crítico… al fin y al cabo no tienen nada que perder con esto. ¿Acaso los cristianos solo deben testimoniar la belleza del coraje siempre que no peligre su estabilidad social o económica? En algunos casos no digo que no haya que ser prudentes o astutos, pero estoy convencido que en otros muchos es, sencillamente, cobardía cuando no, traición.

 Finalmente, la tercera actitud que felizmente he encontrado es la de muchos padres que han arriesgado y sacrificado su tranquilidad por pura coherencia, También la de no pocos profesores y directores de centros que han tenido que aguantar las presiones de la administración por defender la libertad de los padres. Son cientos de padres los que con una generosidad sin límites han hecho una labor que ha repercutido realmente en la sociedad y sin la cual, la resistencia al totalitarismo habría sido nula. Gracias a ellos en España se ha frenado buena parte de la maldad de EpC, se ha evitado una agresión mucho más contundente y se ha conseguido mantener alerta a la opinión pública sobre un problema que afecta de lleno al fundamento mismo del sistema democrático. No tengo tiempo ahora de detallar el esfuerzo de esta gente que limitados por sus responsabilidades familiares han llevado a cabo un trabajo que ningún funcionario podría realizar jamás. Sin ellos, el totalitarismo del poder, insisto, no habría sido detenido.

Termino con una cita de Martin Luther King:

“Casi he llegado a la triste conclusión de que la rueda de molino que lleva amarrada el negro, que busca su tránsito hacia la libertad, no proviene del Ku Klux Klan. Proviene del blanco moderado que antepone el “orden” a la justicia, que prefiere una paz negativa –que supone ausencia de tensión– a una paz positiva que entraña presencia de la justicia. Dice continuamente: estoy de acuerdo con el objetivo que usted se propone, pero no puedo aprobar sus métodos de acción directa”. Carta desde la cárcel de Birmingham, 16 de abril de 1963.

 Por mi parte, pienso que en el caso de los cristianos, la pasividad no solo es responsable sino culpable por colaborar con el mal por omisión, y por denegar un testimonio justo en un momento en la que la historia nos lo exige. Sin embargo, la respuesta heroica de muchos cristianos, su entrega y su sufrimiento nos asegura que mientras haya testigos hay esperanza.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s