Mensaje final de la II Asamblea Especial del Sínodo para África que llama a la reconciliación

La sala de prensa de la Santa Sede ha acogido esta mañana la presentación del mensaje de la II Asamblea Especial para África, en la que intervinieron el presidente de la Comisión y arzobispo de Abuja en Nigeria, Mons. John Olorunfemi Onaiyekan; el obispo del Cairo de los caldeos de Egipto y vicepresidente de la Comisión, Mons. Youssef Ibrahim Sarraf; y el obispo de Chimoio en Mozambique y segundo vicepresidente del simposio de las conferencias episcopales de África y Madagascar y miembro de la Comisión para el mensaje, Mons. Francisco João Silota.

 Precisamente, durante esta mañana ha tenido lugar la décimo octava congregación general, con la presentación y votación del mensaje final. Sobre los trabajos realizados esta mañana en el Aula nueva del sínodo tenemos con nosotros a nuestra enviada especial Alina Tufani Diáz: 

“África no está a abandonada al fracaso. Nuestro destino esta todavía en nuestras manos. África levántate…”. Así concluye, el Mensaje Final del II Sínodo para África que fue aclamado, esta mañana, en presencia del Santo Padre Benedicto XVI, a quien describen como “un verdadero amigo de África y de los africanos”, por acompañar al continente “en sus luchas y por defender su causa con todo el peso de su autoridad moral”.

Esta vez no hubo necesidad de oprimir botones para acordar por unanimidad el documento que fue leído en los cuatro idiomas oficiales del sínodo y que fue largamente aplaudido por los padres sinodales. Una radiografía del continente, a veces dolorosa, aunque no lastimera, precisa en sus denuncias y firme en su autocrítica, pero sobre todo compacta en su propósito de ser una guía eficaz en esa reconciliación, justicia y paz que se propone la Iglesia en África.

Dividido en siete capítulos el mensaje comienza describiendo las contradicciones y profundas crisis que vive África: la trágica situación de los refugiados, una pobreza escandalosa, el hambre, la guerra y los conflictos. Una situación causada por personas que no se interesan por el bien común, y unidas en una criminal complicidad con los dirigentes locales y extranjeros. “Cualquiera sea el nivel de la responsabilidad imputable a los intereses extranjeros no es menos vergonzosa y trágica que la connivencia con los gobernantes locales: políticos que venden a sus naciones, hombres de negocios que se unen a voraces multinacionales, africanos que venden y trafican armas, sobre todo ligeras, que provocan la destrucción de vidas humanas, agencias locales de organizaciones internacionales que son pagados para difundir ideologías nocivas en las que ni ellos mismos creen”.

A las grandes potencias de este mundo, los obispos piden que “traten a África con respeto y dignidad”. Es necesario un cambio en el orden mundial pero no sobre la base de los intereses de los ricos sobre los pobres. Retomando los principios de la Caritas in veritate, de Benedicto XVI, el mensaje reclama “un cambio en relación con el peso de la deuda de las naciones pobres que literalmente está matando a los niños. Las multinacionales deben parar la devastación criminal del ambiente y la explotación insaciable de los recursos naturales. Es una táctica de corto visión fomentar guerras para lucrarse rápidamente gracias al desorden provocado, que cuesta vidas y sangre humano”

¿No existirá nadie que quiera o sea capaz de detener tales crímenes contra la humanidad?, se preguntan los padres sinodales en este mensaje, en el que también, sin dejar de reconocer la labor de la ONU en su territorio, le pide que sea coherente y transparente, que verifiquen que sus programas sean realmente buenos, y “que cesen en sus intentos de destruir y minar los valores africanos de la familia y de la vida humana”, esto refiriéndose al artículo 14 del Protocolo de Maputo sobre del derecho de las mujeres al aborto.

Sin duda, la iglesia en África fue llamada en causa desde los primeros capítulos. Conciente de su “deber de ser instrumento de paz y reconciliación según el corazón de Cristo” exhorta a sus miembros a una autentica conversión “pues sólo así se romperá el circulo vicioso de la ofensa, la venganza y la retaliación, para lo cual, el perdón y el reconocimiento de las culpas, es crucial”. En particular, llama a los sacerdotes a ser ejemplos de reconciliación, “sobrepasando las fronteras tribales y raciales”, y cumpliendo sus votos de castidad y desapego a las cosas materiales.

El mensaje pide un impulso y reconocimiento al rol de la mujer católica dentro de la iglesia, exige la formación de los laicos, en especial de los políticos en la Doctrina Social de la Iglesia, reconoce la vasta labor de los misioneros y la vida consagrada en África, llama a un mayor diálogo ecuménico e interreligioso, pero es enfático en reclamar a los países de mayoría musulmana el derecho a la libertad religiosa. “Dado que el mundo musulmán acoge con placer a los cristianos que deciden cambiar de religión, también deberían respetar la reciprocidad en este campo”.

En fin, un mensaje que en su amplitud y densidad llama ante todo a la esperanza y a la unidad. Como está escrito en sus páginas con este proverbio africano: “Un ejército de hormigas bien organizadas es capaz de abatir a un elefante”.

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