Carta del Papa en la proclamación del Año para la renovación interior de los sacerdotes.

Benedicto XVI

Carta del Papa en la proclamación del Año para la renovación interior de los sacerdotes

En víspera del año dedicado a “promover la renovación interior de todos los sacerdotes”, se publica la carta en la que Benedicto XVI propone el modelo y la enseñanza de san Juan María Vianney a cada presbítero del mundo: el sacerdocio como don, la identificación con la propia misión sacerdotal, la necesaria santidad, la presencia activa en la parroquia, la colaboración con los laicos, el testimonio de vida, la catequesis eucarística, la vivencia del sacramento de la confesión, el apostolado de la misericordia divina, la práctica de pobreza, castidad y obediencia, la importancia de la ascesis y la unidad con el obispo. El Papa alienta a los sacerdotes: “¡Dejaos conquistar por Cristo y también vosotros seréis, en el mundo de hoy, mensajeros de esperanza, de reconciliación y de paz!”.

Mañana, en la Basílica de San Pedro, Benedicto XVI abrirá oficialmente el Año Sacerdotal con la celebración de Vísperas en la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, jornada tradicionalmente dedicada a la oración por la santificación del clero y 150º aniversario de la muerte de Juan María Vianney (1786-1859), el santo patrono de todos los párrocos del mundo.  

 De la mano del Cura de Ars, el Papa convoca este Año Sacerdotal por la renovación interior de todos los presbíteros a fin de que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea “más fuerte e incisivo”. El vínculo de la Solemnidad del viernes y de san Juan María Vianney se expresa en la habitual cita del párroco francés: “El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”. Así inicia Benedicto XVI la carta que dirige a todos los sacerdotes del mundo por el Año que les dedica, cuya clausura será en la misma Solemnidad de 2010.  

 Publicada este jueves –por el momento en italiano e inglés-, la misiva del Papa –por la apertura del Año Sacerdotal- contempla “las innumerables situaciones de sufrimiento en la que muchos sacerdotes están inmersos” porque participan en el dolor humano o porque “son incomprendidos por los destinatarios mismos de su ministerio”. “¿Cómo no recordar a los muchos sacerdotes ofendidos en su dignidad, impedidos en su misión, a veces perseguidos hasta el supremo testimonio de su sangre?”. 

 Pero también existen “desgraciadamente situaciones, nunca lo suficientemente deploradas –subraya Benedicto XVI-, en las que es la Iglesia misma la que sufre por la infidelidad de algunos de sus ministros”. Para tales casos, propone, como provechoso, más que detenerse en las debilidades de aquellos, tomar “una renovada y gozosa conciencia de la grandeza del don de Dios”: el sacerdocio.  

 “Significativo punto de referencia” que brinda el Papa a todos los sacerdotes: Juan María Vianney, “humildísimo –‘parecía sobrepasado por un ilimitado sentido de responsabilidad’-, pero consciente, en cuanto sacerdote, de ser un don inmenso para su gente”, y reconocía que “un buen pastor, un pastor según el corazón de Dios, es el mayor tesoro que el buen Dios puede conceder a una parroquia y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina”. 

 Abundan las enseñanzas del Cura de Ars, citadas por Benedicto XVI en su carta por la proclamación del Año Sacerdotal. “Suprimido el sacramento del Orden, no tendríamos al Señor –decía el santo párroco-. ¿Quién lo ha reservado en el tabernáculo? El sacerdote. ¿Quién ha acogido vuestra alma en cuanto entrasteis en la vida? El sacerdote. ¿Quién la alimenta para darle la fuerza de cumplir su peregrinación? El sacerdote. ¿Quién la preparara para presentarse ante Dios, lavándola por última vez en la sangre de Jesucristo? El sacerdote, siempre el sacerdote. Y si ésta alma muriera [por el pecado], ¿quién la resucitará, quién le dará la serenidad y la paz? De nuevo el sacerdote… Después de Dios, ¡el sacerdote es todo!… Él mismo no se comprenderá bien más que en el cielo”. 

 Total identificación con el propio ministerio: es uno de los rasgos fundamentales que Benedicto XVI destaca del Cura de Ars y recuerda al sacerdote de hoy. “En Jesús, Persona y Misión tienden a coincidir: toda su acción salvífica era y es expresión de su ‘Yo filial’ que, desde toda la eternidad, está ante el Padre en espera de amorosa sumisión a su voluntad. Con humilde, pero verdadera analogía, también el sacerdote debe anhelar esta identificación”, advierte el Santo Padre.  

 Y así como la eficacia “sustancial” del ministerio “es independiente de la santidad del ministro”, “no se puede descuidar cuán fructífero es el encuentro entre santidad objetiva del ministerio y santidad subjetiva del ministro”, recalca.  

 Otra lección del Cura de Ars: “supo ‘habitar’ activamente en todo el territorio de su parroquia”, un ejemplo que mueve al Papa a “evidenciar los espacios de colaboración que es debido extender cada vez más a los fieles laicos, con quienes los presbíteros forman un único pueblo sacerdotal”.  

 Igualmente el santo párroco “enseñaba sobre todo con el testimonio de vida”, punto que destaca el Papa indicando la oración, el fervor eucarístico, el sacramento de la reconciliación.  

 Los sacerdotes jamás deberían resignarse a ver desiertos sus confesionarios ni limitarse a constatar el desapego de los fieles respecto a este sacramento”, advierte Benedicto XVI. “Del Santo Cura de Ars los sacerdotes podemos aprender no sólo una inagotable confianza en el sacramento de la Penitencia que nos impulse a ponerlo en el centro de nuestras preocupaciones pastorales, sino también el método del ‘diálogo de salvación’ que en él se debe desarrollar”, insiste.  

 Y es que Juan María Vianney tenía una manera distinta de tratar con los penitentes: “quien acudía a su confesionario atraído por un necesidad íntima y humilde del perdón de Dios, en él encontraba el aliento a sumergirse en el torrente de la misericordia divina” –explica el Papa-; “y si alguno estaba afligido con el pensamiento de la propia debilidad e inconstancia, temeroso de futuras recaídas, el Cura le revelaba el secreto de Dios con una expresión conmovedora belleza: ‘El buen Dios lo sabe todo. Antes aún de que os confeséis, ya sabe que pecaréis de nuevo y sin embargo os perdona. Qué grande es el amor de nuestro Dios que se empuja hasta olvidarse voluntariamente del futuro, con tal de perdonarnos’”; también lograba que naciera “el arrepentimiento en el corazón de los tibios”. 

 El secreto de que el Cura de Ars supiera transformar el corazón y la vida de tantas personas es que logró que percibieran “el amor misericordioso del Señor”. “Urge también en nuestro tiempo un anuncio así y un testimonio semejante de la verdad del Amor: ‘Dios es amor’”, pide Benedicto XVI a los sacerdotes del mundo.  

 Igualmente les señala el ejemplo de ascesis y de mortificación de san Juan María Vianney, y la necesidad de que “en el mundo de hoy, como en los difíciles tiempos del Cura de Ars”, “los presbíteros se distingan en su vida y acción por un fuerte testimonio evangélico”, porque, como decía Pablo VI, “el hombre contemporáneo escucha con más gusto a los testigos que a los maestros; o si escucha a los maestros lo hace porque son testigos”. 

 La “fisonomía ascética” de este estilo de vida se plasma en los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia adaptados a la condición de presbítero –no de religioso o monje-, según traza Benedicto XVI, siempre tras las huellas del Cura de Ars.  

 Por ejemplo, respecto a su pobreza, sabía que todo lo que recibía era donado a su iglesia. “Mi secreto es sencillo: dar todo y no conservar nada”, decía. Vivía la castidad como quien debe “tocar habitualmente la Eucaristía” y donarla a sus fieles, quienes reconocían que en el Cura de Ars “la castidad brillaba en su mirada”. La obediencia se encarnó en la “sufrida adhesión a las exigencias cotidianas de su ministerio”. “La regla de oro para una vida obediente le parecía ésta –apunta el Papa-: ‘Hacer sólo lo que se puede ofrecer al buen Dios’”. 

 Partiendo de la “espiritualidad alimentada por la práctica de los consejos evangélicos”, el Santo Padre invita en especial a los sacerdotes “a saber acoger la nueva primavera que el Espíritu está suscitando en nuestros días en la Iglesia, no en último lugar a través de los Movimientos eclesiales y nuevas Comunidades”. Con el adecuado discernimiento, “los sacerdotes deben descubrir con sentido de fe los carismas, sean humildes o eclesiales, que bajo múltiples formas se conceden a los laicos” y “deben admitirlos con alegría y fomentarlos con diligencia”, recuerda; tales dones “pueden aprovechar no solo a los fieles laicos, sino a los propios ministros”.  

 “Fraternidad sacerdotal efectiva y afectiva”: es otro de los llamamientos del Papa a los sacerdotes, respecto a la comunión que deben mantener entre sí y con el propio obispo. Y es que el ministerio ordenado “tiene una radical forma comunitaria”. “Sólo así –indica- los sacerdotes sabrán vivir en plenitud el don del celibato y serán capaces de hacer que florezcan comunidades cristianas en las que se repitan los prodigios de la primera predicación del Evangelio”.  

 Contemplando la devoción mariana del Cura de Ars, Benedicto XVI confía el Año Sacerdotal a la Virgen, pidiéndole “que suscite en el alma de cada sacerdote un generoso impulso a los ideales de total donación a Cristo y a la Iglesia”.

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