Video. Conferencia, “Los monjes jerónimos y la parroquia de San Jerónimo de Valencia”.

Conferencia en la Ermita de San Jerónimo de Valencia.

martes, día 20 de septiembre

a las 18:30 h.

“Los monjes jerónimos y la parroquia de San Jerónimo de Valencia“.

Por D. Francisco Jiménez Ambel. Doctor en Derecho.

Con un propósito, divulgativo, se da a conocer la razón por la que nuestra querida parroquia está dedicada, precisamente, a San Jerónimo, que es una devoción que nos trajeron los “jerónimos” y ya se constataba en la Ermita y Fiesta del santo.

Homilía del Cardenal de Valencia, Monseñor Antonio Cañizares en la Jornada Mundial de Oración por la Paz

Día de oración por la paz: unión a la oración del Papa

El Santo Padre ha convocado hoy una Jornada Mundial de oración por la paz: ha convocado a la Iglesia entera, ha convocado a los cristianos de todas las partes, y ha convocado también a los representantes de las religiones del mundo a orar por la paz en Asís, la patria de san Francisco, hermano universal, maestro de la paz. Con el Papa nos unimos desde todas las partes del mundo para elevar al cielo una plegaria unánime que pide a Dios la paz, el cese de toda violencia, el final de todo terrorismo, la terminación de toda guerra, la aniquilación de todo odio, la implantación de toda justicia, la realización de la unidad verdadera que tiene como vínculo la caridad, el perdón, el amor. Con gran fuerza resuenan entre nosotros las palabras de Pablo a los Colosenses: “Como elegidos de Dios, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia.

Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando uno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado, haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta, Que la paz de Cristo reine en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados”. La paz es la vocación de todo hombre, especialmente de nosotros creyentes en Jesucristo. Qué gozo vivir en la paz. Sin embargo la paz está rota o amenazada en tantos lugares.

Esta tarde, uniéndonos a un clamor universal, venimos a ofrecer el sacrificio mismo de Jesucristo que derramó su sangre en ofrenda para la reconciliación y para la curación de toda herida de separación y derribar el muro del odio que separa a los hombres. Presentamos a Dios el sacrificio de propiciación por los pecados de los hombres que hemos generado la división y la injusticia, y hemos impuesto en nuestras relaciones la violencia o los intereses propios. Venimos a orar con Cristo al Padre que, desde la Cruz, pide el perdón para los que le crucifican, promete el Paraíso al arrepentido y entrega su espíritu al Padre derramando todo su amor en favor de los hombres hasta el extremo. Estamos aquí, unidos al Papa, para orar por la reconciliación y la paz. Paz en todas las partes y países donde haya conflicto cuyos nombres todos tenemos en nuestras mentes, paz donde se extienda la violencia del tipo que fuere, paz para los que están desagarrados por dentro o en su interior carecen de ella y almacenan sentimientos, de odio, de venganza, o de cerrazón en la propia.
Paz en todos los lugares del mundo donde está amenazada o rota; me atrevo a decir que está amenazada en todas partes.

Uno no sólo piensa en los países calcinados por el sufrimiento y la terrible destrucción de la guerra, sino que también piensa en tanta hambre de los países subdesarrollados, en las víctimas del hambre, en los niños de la calle y abandonados o víctimas de tanta sinrazón de los mayores, en los pueblos cada día más lejanos al desarrollo normal, en continentes enteros excluidos del progreso, en las innumerables víctimas de la injusticia, en las destrucción masiva de la familia, en la violencia callejera, en tantos jóvenes sin trabajo, explotados o degradados por la droga y sus traficantes: Ahí no hay paz. Y uno piensa también, y de una manera particular, en ese fenómeno terrible, en esa lacra corrosiva de los últimos tiempos que corroe la humanidad, el fenómeno espantoso y vil del terrorismo que nuestra patria sufrió durante tantísimo tiempo, y que países tan cercanos y de nuestra área sociocultural lo están sufriendo –sin ir más lejos ayer en Estados Unidos–. Uno piensa, todavía horrorizado, en lo que supuso el atentado de hace unos años en Madrid, o aquel 11 de septiembre en Nueva York que cambiaron el rumbo de la historia, o los acaecidos en París o Bruselas meses atrás, cuyas consecuencias aún desconocemos para un mundo que parecía seguro, tranquilo, poderoso y feliz. Esa violencia se extiende y domina otros ámbitos de periferias en ciudades o países; y no digamos nada de la violencia, que en miles de formas, atenta contra la vida, y que todos tenemos en mente; o las persecuciones religiosas que acaecen ante la pasividad de tantos sin poner ningún remedio.

Insisto en el terrorismo porque se basa en el desprecio de la vida del hombre –ese desprecio, por lo demás, por la vida que está socavando los cimientos de la sociedad con una cultura invasora de muerte, que lucha feroz batalla contra el hombre–. Precisamente por eso, el terrorismo no sólo comete crímenes intolerables, sino que en sí mismo, en cuanto recurso al terror como estrategia política y económica, es un auténtico crimen contra la humanidad, como otras formas de desprecio o de atentado contra la vida de inocentes, recordemos el aborto. Nunca, ni siquiera las injusticias existentes en el mundo pueden usarse como pretexto para justificar los atentados terroristas, y nunca otras excusas pueden ponerse para atentar contra la vida de inocentes, si queremos paz. La pretensión del terrorismo de actuar en nombre de los oprimidos o de las víctimas de las injusticias es una falsedad patente, una falacia, de modo análogo, podríamos decir de otras maneras de violencia.

Venimos a pedir la paz, porque sabemos que es un don de Dios, es la suma de los bienes que el hombre puede realizar en la vida, y eso está vinculado siempre a la misericordia de Dios y a la obediencia a Él. Porque la paz está permanentemente amenazada en el corazón de los hombres; el odio, la mentira, la no verdad, la soberbia que divide, la envidia, el resentimiento, la injusticia, y la ignominia. El primer lugar donde hay que combatir la guerra es en el propio corazón, y tenemos experiencia de cómo esas pasiones nos derrotan una y mil veces. Por lo tanto la actitud más razonable es la de suplicar a Dios el don de la paz, la gracia y la misericordia que elimine los obstáculos que hay en el corazón de cada uno, la conversión para la paz. Así podremos ser constructores de un mundo en paz, y seremos proclamados dichosos porque trabajamos por la paz como hijos de Dios.

Habrá paz en la medida en que toda la humanidad sepa redescubrir su vocación a ser hombres que tienen inscrita en su gramática personal la llamada a la paz, o su vocación a ser una familia, que constituye la base del ser humano y la primera e imprescindible matriz y escuela de paz, en la que la dignidad y grandeza del hombre en medio de sus fragilidades y con sus derechos inalienables, sean reconocidos como anteriores y por encima de cualquier diferencia. Es fundamental, y muy gozoso, cumplir el deber de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, llamados a comprometerse por la paz, a trabajar por la paz, a educar para la paz y en la paz, a desarrollar estructuras de paz e instrumentos de no violencia, a sembrar y cultivar sentimientos de amor y justicia, de verdad y auténtica libertad que generan paz, a crear, superado todo egoísmo e interés particular, una cultura de la paz, una nueva civilización de la verdad y el amor, a generar un ambiente social en todas las partes regido por la moralidad que se asienta en la búsqueda y pasión por el bien, por lo bello, lo bueno, lo verdadero, es decir por el hombre y que apueste por el hombre, como Dios ha apostado por nosotros en su Hijo.

Tenemos que oponernos juntos, con firmeza a la tentación del odio y de la violencia, que sólo dan la ilusión de resolver los conflictos y procuran pérdidas reales y permanentes. Pero, ¿cuál es el camino que conduce al pleno restablecimiento del orden moral y social, violado tan bárbaramente por los atentados terroristas o por la guerra injusta? Dijo el Papa San Juan Pablo II: “La convicción a la que he llegado es que no se restablece completamente el orden quebrantado, si no es conjugando la justicia con el perdón. Los pilares de la paz verdadera son la justicia y esa forma particular del amor que es el perdón”. Hay, pues, un camino para empezar de nuevo, para construir un mundo más justo y solidario el camino del perdón. El perdón, nota distintiva de la fe cristiana, que podría parecer debilidad presupone, sin embargo, una gran fuerza espiritual y asegura ventajas a largo plazo. Para todos, creyentes y no creyentes, vale la regla de hacer a los demás lo que queremos que nos hagan. Este principio ético, aplicado a un nivel social e internacional, constituye una vía maestra para construir un mundo más justo y solidario.

En un mundo globalizado, donde las amenazas a la justicia y a la paz tienen repercusiones a escala mundial, se impone una globalización también de las conciencias: no hay que desalentarse ante las pruebas de la Historia, sino perseverar en el compromiso de orientar en la dirección justa las opciones personales, familiares y sociales, así como las grandes líneas del desarrollo nacional e internacional.

Hoy, en Asís, el Papa Francisco, con gentes de diferente raza, cultura y religión, procedentes de todos los rincones del planeta, quieren demostrar al mundo entero que es posible convivir en paz, que es posible tener esperanza. El secreto está en pedir el don de la paz al único que puede darla. A Dios, el Señor de la paz. ¡La paz parece, a veces, una meta verdaderamente inalcanzable! En un clima hostil por la indiferencia y envenenado frecuentemente por el odio, ¿cómo esperar que venga una era de paz, que sólo los sentimientos de solidaridad y amor pueden hacer posible? Podemos y debemos esperar una verdadera paz en el mundo, habrá un futuro de paz en la tierra. ¡La paz es posible! No se trata de un slogan, sino de una certeza, de un compromiso. Es posible siempre, si se quiere verdaderamente. Y si la paz es siempre posible, es objeto de un deber imperioso.

Ante una paz tan amenazada y rota, en una situación tan difícil para la paz como la que atravesarnos, nuestra mirada se dirige a Cristo. Los que en El creemos, pensamos que problemas tan graves no se pueden resolver sin hacer referencia a Él; sin Él no es posible resolver los problemas que se complican de día en día. En Él está la fuente de la fraternidad, la abundancia de la misericordia, la capacidad para el perdón sincero y real que alcanza a los enemigos, la superación de toda división, la implantación del derecho y la justicia. No podernos cruzarnos de brazos, o permanecer atenazados por el temor o la incertidumbre. Necesitarnos intervenir. Todos. Los Papas no cesan de recordarnos que una de las intervenciones más poderosa reside en la oración. Ella entraña un enorme poder espiritual, sobre todo cuando va acompañada del sacrificio y del sufrimiento.

La oración nos ha de unir a todos ante Dios, Padre justo y rico en misericordia. La oración es la única arma de la Iglesia para lograr la paz, particularmente en manos de los pobres, de los oprimidos, de las víctimas de la injusticia. La oración, resistente como el acero cuando se templa bien en el fuego del sacrificio y del perdón, es la sola arma eficaz para penetrar hasta el corazón, que es donde nacen los sentimientos y las pasiones del hombre.

Oremos, pues, sin cesar, con toda confianza y con todo el corazón pidiendo fuerza espiritual para acabar con la guerra y la violencia, para que la paz se implante y se destierre de manera definitiva la violencia, el terrorismo, el odio, la injusticia. ¡Unámonos con toda amplitud, sin reserva alguna, al Papa que en este día ha estado rezando en Asís de manera especialísima por la paz y con él también los líderes de las confesiones religiosas!

Que Dios, dador de todo bien –y ¿qué bien es comparable a la paz y la concordia?– conceda al mundo una paz estable, fundada en la justicia, el amor, la verdad, el perdón y la libertad. Que se busquen y encuentren soluciones adecuadas a los numerosos conflictos que atormentan el mundo. Que cese todo terrorismo sobre la faz de la tierra. Que quienes han sufrido o sufren las consecuencias del terrorismo y de la guerra hallen la solidaridad necesaria y el consuelo que alivie su gran sufrimiento. Con San Francisco decirnos: “¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz! /Que allí donde haya odio, ponga yo amor; / donde haya ofensa, ponga yo perdón; / donde haya discordia ponga yo unión; /donde haya error, ponga yo verdad; /donde haya duda, ponga yo fe;/donde haya desesperación, ponga yo esperanza, /donde haya tinieblas, ponga yo luz; donde haya tristeza, ponga yo alegría. / ¡Maestro! que no busque yo tanto /ser consolado como consolar/; /ser comprendido, como comprender; / ser amado, como amar. / Porque dando es como se recibe. / olvidando, como se encuentra; / perdonando, como se es perdonado; /muriendo, como se resucita a la vida eterna”. Santa María, reina de la paz, ruega por nosotros y consíguenos la paz, la paz de tu Hijo Jesús, que no es la de este mundo, sino la suya que transforma e ilumina los corazones y las mentes.

SAN MATEO APOSTOL Y EVANGELISTA

JESÚS empezaba a llamar discípulos. El Reino de Dios no es obra exclusiva de él. Se ha dignado trabajar en equipo, participar a los hombres tan gran dignidad. Ha querido que compartamos los sudores con él como quiere que llevemos la cruz con él. Los elegidos le acompañaban por los pueblos de Galilea y del mundo y participaban sus más ín­timos secretos. Ya tenía seis elegidos, frutos de su oración al Padre: los dos hijos de Jonás, los Bar-Jona, los dos hijos del Zebedeo, Felipe y Bartolomé; todos pobres, sencillos, rudos e ignorantes. Vivieron junto al Verbo de vida, escucharon sus palabras, recogieron sus lati­dos. Eran simples pescadores galileos. Ningún sacerdote, ningún escriba, ningún fariseo, ningún rabino. Hubo, en cambio, un publicano; despreciable y odioso. Los evangelistas dan a San Mateo el nombre de Leví, sólo Marcos lo llama, “hijo de Alfeo”. Posiblemente Leví era su nombre original y adoptó el mismo el nombre de Mateo cuando se convirtió en seguidor de Jesús. Era galileo predicó la doctrina de Cristo en oriente, pero nada cierto se sabe de ese periodo de su existencia. La Iglesia también lo venera como mártir, aunque hasta la fecha, se desconocen las causas y el lugar de su muerte.

LOS PUBLICANOS
Los .publicanos del Evangelio no tenían la categoría propia de los recaudadores de Roma. Eran simples subordinados, cobraban, vigilaban y exigían en nombre de las grandes compañías, que por estos empleados extendían sus redes en todo el Imperio. Todos eran mirados con des­precio y ojeriza. Nadie escogía ese oficio, o muy mal tenía que estar para ganarse la vida ejerciéndolo. Por eso tenían que buscar a gente sin prestigio que perder y sin escrúpulos que sufrir. Gente con entrañas duras, para que no se apiadasen de las lágrimas ni de la miseria. Dice un escritor de aquella época, que eran lobos de la sociedad; y según Marco Tulio, los más viles de los hombres.

SACRILEGOS
En Judea, el cobrador tenía un estigma más infamante aún, porque el pago del tributo a los romanos estaba prohibido por la Ley, era un sacrilegio; el que colaboraba en ese sacrilegio, hacía traición a su patria, se vendía a los gentiles. Jerusalén era una teocracia. Es el  pueblo de Dios. Al ser invadida por los romanos, Jerusalén deja de pertenecer a Dios convertida en provincia romana, gobernada por el emperador de Roma. Así es como la condición de los publicanos sólo podía compararse con la de los criminales y las prostitutas. Por eso una de las acusaciones que dirigían contra Jesús, es que andaba con los publicanos y comía con ellos. Y no solamente comía con ellos, sino que sacó de entre ellos a uno de sus apóstoles.

EN CAFARNAUM. “SIGUEME”
Fue en Cafarnaún, después de sus primeras excursiones a través de Galilea, después de su encuentro con la Samaritana. Situado Cafarnaum en un cruce de caminos, centro de las contrataciones entre Tiro y Damasco, entre Séforis y Jerusalén, Cafarnaún era un centro mercantil, residencia de mercaderes y traficantes, de ten­deros y comisionistas, y, punto estratégico para los cambistas y los recaudadores, oficina importante de los publicanos de Galilea.
Baja Jesús hacia el puerto. Ha visto a Leví, sentado en el telonio, banco de la recaudación de la contribución, se acerca y le dice: “Sígueme.” Y él, dejándolo todo, se levantó y echó a andar con el Señor. La llamada la hace el Señor. “No me habéis elegido vosotros, soy yo quien os he elegido”. Nuestra vocación desciende de Dios. Seámosle fieles, que es una llamada de predilección. Para Leví fue una llamada inesperada y su respuesta fue una adhesión tan espontánea como la de Pedro, una aceptación súbita, completa, definitiva. Leví deja un negocio lucrativo, una ganancia segura y creciente. Se había hecho rico, y pudo ofrecer un banquete de despedida a todos sus amigos y a sus compañeros nuevos; un banquete presidido por el Señor. Pero la plata había terminado para él, y había dejado los rimeros de siclos y de dracmas y el mostrador donde temblaban los agricultores y artesanos de Galilea. Jesús había sub­yugado su corazón, y ya sólo recogerá palabras de vida y tesoros de verdad. Ni siquiera será él quien lleve la bolsa del colegio apostólico.
Odiaba su pasado. Ya no se llamará Leví, sino Mateo, don de Dios. En actitud humilde sigue a Jesús por los caminos, admira a Pedro, que había sido un pescador honrado, mira a Juan con envidia porque halló al Nazareno tan joven. Camina en silencio, casi avergonzado de si mismo; no habla, ni se exhibe, ni promete.
Escucha atento las parábolas del Salvador, y la rumia y las pesa, con el cuidado que antes ponía en pesar los dineros. Más tarde las recogerá en un libro; escribirá la historia de aquellos dos años de vida misionera; una historia en que él se oculta, como antes se ocultaba entre el grupo de los doce. Sólo una vez hablará de si mismo, y precisamente para decir que era publicano; para recordar la dignación infinita de Jesús al levantarlo desde el abis­mo de la miseria hasta las cimas de la gloria.
EVANGELISTA
Además de apóstol, Mateo fue evangelista. A él le debemos, según San Papías, discípulo de los discípulos de Jesús, la más antigua recopilación de dichos y hechos memorables del Señor, que constituirán el primer Evangelio. Antes de separarse de sus compañeros para predicar en tierras lejanas la doctrina que había escuchado con tanta avidez, quiso de­jarnos un gran tesoro. Debemos estar agradecidos a este recaudador amable. Acostumbrado a los números, hecho a extender letras y recibos, era casi un letrado al lado de Pedro, y tal vez se distinguía también entre los demás por sus relatos de la vida de Jesús, por la facilidad de la palabra, y por el arte de llevar el evangelio a las inteligencias y a los corazones de los hijos de Israel. Pero un día tuvo que alejarse, como los demás, y entonces fue cuando los primeros cristianos de la Ciudad Santa consiguieron de él que les dejase por escrito lo que con tanto gusto le habían oído exponer de viva voz. Así explica Eusebio el origen de la primera historia de la vida de Cristo.

LA LENGUA MATERNA DE JESUS
Mateo la escribió en la lengua de sus com­patriotas, en arameo, la lengua en que Cristo había pronunciado sus discursos y sus parábolas. Hoy sólo tenemos la traducción griega, un griego correcto y casi clásico: pero delata su origen semita, desde las primeras palabras, desde las genealogías del primer capitulo.
Entre los ritmos de los oradores del ágora saltan de vez en cuando las palabras rudas de los pescadores del lago de Genesaret -raca, córbona, gábba­ta-: y cuando nos parece oír a un discípulo del Museo alejandrino, nos encontramos sumergidos en aquella Judea orgullosa de sus tradiciones mosaicas y de su ciudad sagrada, en aquella Jerusalén orgullosa de su templo y de sus sacerdotes, en aquel templo donde se pagaba el diezmo de la menta y el comino, donde los des­cendientes de Aarón se paseaban arrogantes, ostentando sus filacterias de pergamino ante la multitud devota que les rodea y les aclama: “Rabbi, rabbi.” Es la Jerusalén de Agripa y de Gamaliel, la que vivía ya entre los primeros presagios de la tormenta, pero aún no presentía el castigo del deicidio. La memoria de Cristo estaba fresca todavía: apenas quince años habían pasado desde que expiró en la cruz, cuando el antiguo publicano recogía en un libro sus hechos y sus discursos.

CONSERVAR LA DOCTRINA
El único objeto que le guiaba era fijar la predicación oral, que, al dispersarse por el mundo los Apóstoles, podría perder la uniformidad y aquella autoridad que habla tenido hasta entonces. Lucas, Marcos y Juan, se propondrán la misma finalidad. Los tres escribirán la vida de Jesús, reproduciendo la enseñanza apostólica y recogiendo las expresiones consagradas durante quince años. Esto explica sus concordancias y divergencias.
El Cristo de San Mateo, se nos figura menos familiar que el de San Marcos, tan indulgente siempre frente a la rudeza de sus discípulos: En Lucas aparece el Salvador dé los hombres; y Juan nos dará a conocer más tarde el Verbo de Dios. Juan es el revelador de la vida interior de Jesús y empieza a destacar la familia de Jesús  que en su Evangelio aparece ya con el nombre de la Iglesia. Jesús, Dulce y humilde de corazón, no extingue la mecha humean­te, ni remata la caña cascada, pero resiste a los hipócritas y los desenmascara. Mateo nos dice que el Mesías es un legislador superior a Moisés, que habla en su propio nombre y con autoridad divina: es el Hijo único de Dios, a quien Israel ha desconocido, perdiendo así sus privilegios para transmitírselos a la Iglesia. Esta tesis hace al primer Evangelio el más didáctico entre los sinópticos. Se trata de demostrar el gran hecho histórico de que el profeta condenado unos años antes por los judíos como blasfemo por usurpar el nombre de Hijo de Dios, era realmente el Mesías, de quien es­taban llenos todos los libros del Antiguo Testamento. Como consecuencia, los soberbios habían sido rechazados y los humil­des escogidos para continuar la obra del Crucificado y extenderla por todas las naciones. La preocupación apologética se manifiesta en el afán de señalar la realización de los oráculos proféticos en la vida de Jesús.

DIFERENTES ESTILOS
Pero lo que San Mateo se pro­pone, ante todo, es enseñar, recogiendo fielmente los discursos de su Maestro.
No tiene el realismo expresivo que Marcos sabe dar a su narración, ni la gracia conmovedora de San Lucas, ni la mirada penetrante de San Juan, pero es más abundante; nos ha conservado más palabras de Jesús, palabras sencillas y directas, y tan vivas, que nos parece oírlas con el acento, con la entonación que tenían al salir de los labios del Hombre-Dios. Sin el sentido cronológico de Lucas, Mateo tiene en la composición una lucidez que no tiene Marcos; menos vida, pero más orden, más lógica, más claridad.
Antes de que Cristo le llamase a ocupar uno de los primeros puestos en el reino de los Cielos, según su expresión favorita, debió de ser apreciado por sus jefes por el cuidado y la regularidad con que llevaba sus cuentas y sus papeles.

Jesus Marti Ballester

“Cuando nos prohibieron ser mujeres… y os persiguieron por ser hombres”

“Cuando nos prohibieron ser mujeres… y os persiguieron por ser hombres”

El libro lo ha escrito Alicia V. Rubio Calle, coordinadora del Área de Educación de Profesionales por la Ética, y  yo he tenido el privilegio de prologarlo. Y lo califico de imprescindible porque presenta nuevos aspectos sobre la controvertida ideología de género, que ha calado en todas las facetas de nuestra vida y es necesario conocer, identificar y combatir. Su título, “Cuando nos prohibieron ser mujeres… y os persiguieron por ser hombres”, con el colofón en el interior”… y os utilizaron por ser niños”, resulta especialmente clarificador sobre lo que vas a encontrar a lo largo de su lectura.

 

La primera parte desmiente  la ideología de género desde campos tan diversos como la antropología, la neurofisiología, la anatomía, e incluso, la realidad, el sentido común y la experiencia cotidiana con un lenguaje claro y divulgativo.
También se explica el origen, la expansión y la relación con los lobbies homosexualistas de este constructo social, así como la imposición a las mujeres de un modelo masculinizado que les niega como tales depreciando sus deseos, gustos, comportamientos, percepciones y capacidades, y cuanto de diferente y valioso tiene la identidad femenina.

 

Y en la segunda parte se desarrollan las ramificaciones de la ideología de género, la persecución de la masculinidad, las técnicas de manipulación utilizadas para implantarse, sus formas de financiación, las legislaciones que impone, el adoctrinamiento a los menores (en unos clarificadores capítulos desde la visión “de primera mano” de la autora, docente en un centro público) y sus implicaciones en la sociedad y la familia. Te adjunto de todas formas un resumen más ampliado.

 

Un libro que, tristemente, es hoy más necesario que nunca. Puedes encontrarlo en Amazon, en este enlace.

https://www.amazon.es/Cuando-prohibieron-mujeres-persiguieron-hombres/dp/8460896013/ref=cm_sw_em_r_dp_e_p_0EfUxb9X8YZ0M_tt

Un abrazo,

 

Leonor Tamayo

Presidente

PROFESIONALES POR LA ÉTICA

España

ORAR POR LA PAZ Y EL CESE DE TODA VIOLENCIA

Convocatoria del Sr. Cardenal a toda la diócesis, para este martes, en unión con el papa Francisco

Queridos diocesanos: El Santo Padre, el Papa Francisco, nos ha pedido a toda la Iglesia, que nos unamos a él en su oración por la paz. El martes, día 20 va a Asís, lugar emblemático para la paz por san Francisco, a orar por la paz, siguiendo lo que ya hicieron los papas San Juan Pablo II y Benedicto XVI. La paz está muy amenazada, incluso rota: como el Papa ha señalado en más de una ocasión nos encontramos en medio de una guerra: no hay paz.

Hemos de invocar a la misericordia de Dios, especialmente en este .Año de la Misericordia, por el establecimiento de la paz: necesitamos apremiantemente orar por la paz y el cese del terrorismo en el mundo entero que no se acaba.

Necesitamos el auxilio y el favor de Dios ante los problemas tan arduos e intrincados de la paz en el mundo: paz, por lo demás, tan rota y amenazada hoy en tantos lugares de la tierra. Con la mirada puesta en el Niño que yace indefenso en el pesebre de Belén o en el patíbulo de la cruz de donde cuelga el Justo Jesús, ajusticiado injustamente, pidamos confiadamente a Dios, fuente inagotable de todo amor y misericordia, que nos libre de todo odio, de toda violencia, de todo terrorismo, de todas las destrucciones de vidas humanas, de todo mal que se oponga a la paz verdadera, la que no es posible sin la base de la ley moral universal, esto es, sin la base del seguimiento del bien y del rechazo del mal, del no dejarse vencer por el mal, antes bien, del hacer posible que se venza al mal a fuerza de bien, con el perdón y la reconciliación.

Es preciso pedir a Dios que cesen tantas formas de creciente violencia, causa de indecibles sufrimientos; que se apaguen tantos focos de tensión, que corren el riesgo de degenerar en conflictos abiertos y aún mayores; que se consolide la voluntad de buscar soluciones pacíficas, respetuosas de las legítimas aspiraciones de los hombres y de los pueblos; que aliente Él mismo las iniciativas de diálogo y de reconciliación y perdón; y que nos ayude a comprender que la única vía para construir la paz es huir horrorizados del mal y buscar siempre y con valentía el bien. Que cada uno en la parte que le corresponda, contribuyamos a la edificación de un futuro de justicia, de solidaridad y de paz para cada nación, derribando fronteras y superando divisiones.

Oremos para que no golpee, o que deje ya de golpear, o que nunca más ya golpee el terrorismo en ninguna parte del mundo,­ como en Irak, Siria, Libia, Egipto, Turquía, Europa.. .que todos estemos unidos y seamos como una “piña” frente a él; que se multiplique la misericordia de Dios y la solidaridad, la ayuda de la caridad y de la justicia de los hombres en favor de sus víctimas. Que crezca en todos los ciudadanos y personas de bien un verdadero amor al hombre, a todo hombre sin excepción alguna ni marginación de ningún tipo; que se respete la vida del hombre en todas y cada una de las fases de su existencia, desde el principio de su ser hasta su muerte natural, ni se le manipule, ni se le instrumentalice para otras causas o intereses, aunque puedan tener apariencia de nobles. Que la ciencia se ponga al servicio del hombre, no a la inversa, que se ejerza con conciencia para que no se vuelva contra el propio hombre. ¡Que Dios nos conceda la paz, que sólo él puede dar! Que Él nos dé su gracia para que todos seamos personas que trabajan decididamente por la paz: así seremos dichosos, hijos de Dios, nuestro Padre, llamados a edificar día tras día la paz en la justicia, la verdad, la libertad y el amor.

Oremos de manera especialmente intensa y ferviente, en estos momentos, por la paz en Siria, en Oriente medio, en Turquía, en tantos otros lugares donde se viven los terribles y espantosos horrores de la guerra, o se sufren las amenazas de destrucción y violencia … Por eso, uniéndonos al Papa, también en nuestra diócesis, como en el resto de las diócesis españolas y del mundo entero, el martes 20 de septiembre, nos sumaremos en oración ferviente al Dios de la misericordia y al Príncipe de la paz, su Hijo Jesucristo, invocando la paz, como un clamor o grito que se eleva hasta el cielo desde la tierra calcinada por la violencia y la locura de la guerra o de la no paz.

Invito a que, quienes podáis, participéis en la oración y eucaristía que tendrá lugar ese día, martes 20, a los 8 de la tarde en la Iglesia Catedral de Valencia; y a quienes por diversas causas no podáis participar en la Catedral, os pido que os unáis en vuestras parroquias y comunidades a la oración que se convoque; que ninguna parroquia, ni ninguna comunidad religiosa deje de orar el martes, 20, por la paz. Invito, así mismo, a los hermanos de otras confesiones cristianas y a todos los creyentes a que del modo que estimen oportuno se unan a esta plegaria, clamor universal al Cielo, por la paz.

Muchas gracias a todos por vuestra respuesta.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo-Cardenal de Valencia

El Cardenal D. Antonio Cañizares, abre la causa de canonización de monseñor Jesús Pla

El cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares, ha presidido este, sábado, la apertura de la causa de canonización de monseñor Jesús Pla Gandía (Agullent, 1915- Valencia, 2000), que fue obispo auxiliar de Valencia y titular de la diócesis de Sigüenza-Guadalajara, al que ha definido como “cristiano ejemplar, de vida santa” que nos ayuda en la “apasionante tarea de renovación pastoral”.

“En los momentos cruciales de la Iglesia, han sido siempre los santos quienes han aportado luz, vida y caminos de renovación” y, por ello, según ha expresado el Cardenal “necesitamos- en este tiempo crucial en el que vivimos- santos y modelos de santidad”.

El Arzobispo de Valencia ha calificado, igualmente, a monseñor Pla como “hombre recio, ejemplar, un sacerdote conforme al corazón de Dios, que siempre buscaba dar a los fieles lo mejor que les podía dar: la fe”.

Durante la apertura de la causa, celebrada esta mañana en la Catedral de Valencia, también ha destacado que monseñor Pla fue un “obispo señero” y “buen pastor, entregado a los suyos”, con una “dedicación completa a los duros trabajos del Evangelio sin escatimar nada, olvidándose de si”.

Según ha asegurado el cardenal Cañizares, siendo “obispo como él”, su causa de canonización, “no sólo me emociona y llena de alegría sino que me abre un camino a seguir”.

Igualmente, el Cardenal, que ha dado gracias a la diócesis de Sigüenza- Guadalajara por la “comunión”- junto a la de Valencia- para llevar adelante este proceso- ha destacado la sencillez de monseñor Pla que “además nos enseña ante un mundo de necesidades y nuevas pobrezas, ir al grano, a lo prioritario y fundamental de las cosas”.

“Una Iglesia de santos será una Iglesia cuyos miembros unidos a Cristo serán testigos de la caridad y de la entrega servicial de los hombres, siguiendo el camino de Cristo”, ha añadido el Arzobispo.

El acto ha contado también, entre otros prelados, con la participación del obispo de Sigüenza-Guadalajara, monseñor Atilano Rodríguez, que ha señalado el “recuerdo imborrable” que tiene de monseñor Pla de su “rostro afable, alegre y bondadoso, reflejo sin duda de su experiencia espiritual”.

Asimismo, ha destacado de Jesús Pla “su valentía- manifestada en sus escritos y declaraciones- a la hora de defender la fe de la Iglesia y de orientar su acción evangelizadora en unos tiempos en los que ya comenzaba a ser casi normal el pensamiento único y la dictadura del relativismo”.

De igual forma, ha recordado el cariño que siempre han sentido todos hacia él “por su vivencia heroica de la fe y de la esperanza, y su disposición para pedir y ofrecer el perdón a sus semejantes”.

Para la diócesis de Sigüenza-Guadalajara “es motivo de gran alegría la apertura de esta causa” y su testimonio de vida “es una llamada para todos nosotros a progresar con decisión y confianza en el camino de la santidad”.

También, monseñor Atilano Rodríguez ha dado gracias por participar en este encuentro eclesial de apertura de la causa de beatificación y canonización de monseñor Pla, y personalmente al Cardenal por dar los pasos necesarios para que pueda llevarse a cabo, así como a los familiares de Jesús Pla, por su “entusiasmo y acogida”.

Acto de apertura

Durante el acto de la apertura de la fase diocesana de la causa, promovida conjuntamente por el arzobispado de Valencia y el obispado de Sigüenza-Guadalajara, ha quedado constituido el Tribunal, la comisión de peritos en Historia y Archivística y los teólogos censores han prestado juramento.

Por su parte, el postulador de la causa, el canónigo de la Catedral de Valencia Arturo Climent Bonafé, ha resaltado de monseñor Pla su “entrega a Cristo y a la Iglesia” y su “capacidad de tomar decisiones de gobierno”. Después de enumerar sus frutos pastorales y recordar datos de su biografía, Climent ha destacado del obispo Pla su “austeridad, su trabajo incansable, serenidad de espíritu, y su vocación y misión en la Iglesia”. Así, “no era amante de los honores, más bien los rehuía; tampoco pretendió privilegios especiales”, ha indicado.

Los miembros del tribunal se encargarán de recopilar la declaraciones de los testigos y la documentación necesaria que deberá recoger los testimonios, las pruebas y los documentos, a favor y en contra, sobre cómo monseñor Jesús Pla practicó las virtudes cardinales, teologales y las propias de su estado.

Al acto de apertura han asistido varios arzobispos y obispos de España, como el arzobispo emérito de Madrid, el Cardenal Antonio Maria Rouco; el arzobispo de Sevilla, monseñor Juan José Asenjo; el arzobispo emérito de Mérida-Badajoz, monseñor Santiago García Aracil; el arzobispo emérito de Zaragoza, monseñor Manuel Ureña; el obispo emérito de Mondoñedo-Ferrol, monseñor José Gea; el obispo emérito de Lleida, monseñor Juan Piris; el obispo de Orihuela-Alicante, monseñor Jesús Murgui; el obispo emérito de Orihuela-Alicante, monseñor Victorio Oliver; el obispo de Ibiza, monseñor Vicente Juan; y el obispo auxiliar de Valencia, monseñor Esteban Escudero.

Igualmente, entre los primeros bancos de la Catedral de Valencia se encontran ubicados familiares de monseñor Pla, varias decenas de sobrinos, muchos de ellos procedentes de la localidad de Agullent, en donde Jesús Pla nació. También, han participado vecinos y fieles de la localidad de Moncada, en donde fue director espiritual del Seminario Mayor y párroco, y de la localidad de Genovés, su primer destino parroquial, desde donde se han desplazado en autobús hasta Valencia.

Cuando concluya la fase diocesana, la documentación se enviará a Roma para que continúe el proceso en la Congregación vaticana para las Causas de los Santos. Allí “realizarán los estudios pertinentes para que, llegado el caso, monseñor Pla pueda ser declarado beato y posteriormente santo”.

La Santa Sede dio su autorización para la apertura de la causa de canonización el pasado mes de julio. Así, la Congregación para las Causas de los Santos dio su preceptivo “nihil obstat” (nada hay en contra) para el comienzo de la causa de canonización del obispo.

Monseñor Jesús Pla Gandia

Monseñor Jesús Pla Gandia nació en la localidad valenciana de Agullent el 24 de diciembre de 1915 y fue ordenado sacerdote en 1942. Su primer destino fue como párroco de Genovés, ministerio que desempeñó hasta 1946, cuando fue nombrado director espiritual del Seminario Mayor de Valencia en Moncada durante cinco años. En esta localidad permaneció 20 años más y en los que desempeñó los cargos de arcipreste y párroco de San Jaime Apóstol.

En Abril de 1967 fue nombrado Vicario General de la diócesis y en marzo de 1971 fue nombrado por el papa Pablo VI obispo auxiliar de Valencia, siendo arzobispo metropolitano el venerable monseñor José María García Lahiguera, que le encomendó diversas delegaciones.

El 5 de mayo de 1981, el papa Juan Pablo II nombró a monseñor Jesús Plá obispo de Sigüenza-Guadalajara, cargo que desempeñó hasta el 11 de septiembre de1991, cuando se jubiló.

Falleció en la ciudad de Valencia el día 8 de noviembre del año 2000. Sus venerados restos mortales descansan en la capilla de la Inmaculada Concepción de la Catedral de Sigüenza.

 

AVAN