Posteado por: Toni Bandín | 15 diciembre, 2009

SAN PRÓSPERO DE AQUITANIA

SAN PRÓSPERO DE AQUITANIA

 (†  d. 455)

Es bien poco lo que conocemos sobre la vida de San Próspero de Aquitania. En la historia de la Iglesia se nos presenta como un gran luchador contra los semipelagianos y como el gran defensor de San Agustín y su doctrina sobre la gracia. Así, pues, su figura nos es conocida más bien por sus escritos y por la polémica que mantiene en ellos contra estos herejes o heretizantes. Sin embargo a través de todas estas luchas en defensa de la verdad aparece suficientemente su acrisolada virtud y su férrea perseverancia.

 Según el testimonio del historiador Gennadio, Próspero era natural de Aquitania, y de hecho es siempre designado como Próspero de Aquitania. Nacido, pues, a fines del siglo IV, recibió una formación literaria y religiosa muy completa, como apareció luego en las grandes controversias en que tomó parte activísima. Ya en su primera juventud frecuentó, según parece, el monasterio de San Víctor de Marsella, donde tanta fama gozaba en este tiempo su célebre abad Juan Casiano († 435), y en este tiempo debió componer uno de los primeros escritos que llevan su nombre. Titúlase Poema de un esposo a su esposa, y, si bien algunos críticos niegan que fuera suyo, ciertamente tiene un sentido profundamente cristiano. De él han deducido los autores que Próspero estaba casado. Ciertamente no era eclesiástico y se mantuvo siempre en el estado seglar.

 El poema ofrece una excelente meditación sobre las miserias de este mundo, de donde se deduce que deben despreciarse los honores, las riquezas y todos los placeres terrenos y poner la esperanza únicamente en Dios. Tal es la primera obra que, si es realmente de Próspero de Aquitania, nos lo presentaría como un cantor sublime de la vida ascética y de retiro del mundo, a la que tantos se entregaban entonces en los desiertos del Oriente, y que tanto comenzaba a cundir en el Occidente. La estancia de Próspero en el monasterio de San Víctor, uno de los centros más típicos del monacato occidental, sería un buen indicio de la paternidad de Próspero sobre esta obra.

 Son realmente deliciosas y de gran valor ascético algunas reflexiones que se hacen en dicho poema. “¿Qué sufrimiento puedo yo rechazar —se dice en él—, teniendo la esperanza de tantos bienes como la bondad de Dios me prepara? ¿Qué cosa me podrá separar de Él? Si se me encierra en un oscuro calabozo y se me carga de cadenas, yo podré siempre, a pesar de todo, elevar mi espíritu a Dios. No puedo temer el destierro, pues el mundo entero es la morada de todos los hombres. Podrán someterme a sufrir hambre corporal. Pero yo me preocupo muy poco de ello. La palabra de Dios será mi alimento. Pero esta fuerza no me vendrá de mí mismo. Sois Vos, oh Jesús, quien ponéis en mi boca estas palabras y me concederéis la gracia para cumplirlas. De mi mismo no puedo prometerme absolutamente nada. Toda mi esperanza está puesta en Vos. Vos nos mandáis luchar y Vos nos hacéis vencer”.

 Empapado, pues, en estos sentimientos e ideas dirige a su esposa estas humildes expresiones: “Procurad reprimirme si el orgullo me levanta. Sed mi consuelo en medio de mis penalidades. Démonos mutuamente el ejemplo de una vida santa, verdaderamente cristiana. Cumplid conmigo los deberes que yo estoy obligado a cumplir con vos. Velad por quien está obligado a velar por vos. Levantadme si caigo. Esforzaos por levantaros cuando yo os advierto de una falta. No nos contentemos de formar los dos un solo cuerpo; seamos también una sola alma”.

 Pero lo que más caracteriza toda la obra y actividad de San Próspero de Aquitania y pone bien de manifiesto la santidad de su vida y los profundos sentimientos cristianos que le animaban son las enconadas luchas que tuvo que mantener a partir del año, 426 en defensa de la gracia y de la doctrina de San Agustín contra los semipelagianos.

 A principios del siglo V se había presentado Pelagio con la halagadora doctrina de que el hombre, con sus propias fuerzas y sin necesidad de ningún auxilio sobrenatural, podía evitar todos los pecados y obrar el bien, realizando toda clase de obras sobrenaturales. Frente a esta concepción, que ha sido designada como la soberbia pelagiana, se levantó San Agustín y, con todo el peso de su poderosa inteligencia, propuso con toda claridad y defendió con toda evidencia la doctrina de la gracia interna sobrenatural y enteramente necesaria para toda obra buena. Por todo ello San Agustín mereció justamente el dictado de Doctor de la gracia. Los concilios por él dirigidos en Cartago, entre 416 y 418, condenaron decididamente los diversos puntos contrarios a la doctrina fundamental católica sobre la gracia. Todas estas decisiones, al ser adoptadas posteriormente por los papas, adquirieron el carácter de doctrina oficial de la Iglesia. En este primer estadio de las discusiones sobre la gracia, según parece, Próspero no tuvo intervención ninguna, pero se hallaba al lado de San Agustín y se compenetró con él en la más profunda estima de la ayuda sobrenatural de Dios y de su más absoluta necesidad en toda obra sobrenatural del hombre. Precisamente esta íntima convicción es la que late en los sentimientos del poema anteriormente citado y que debió componerse por este tiempo.

 Pero no todos se dieron por satisfechos con la doctrina de San Agustín sobre la necesidad absoluta y general de la gracia interior para todos los actos sobrenaturalmente buenos y meritorios del hombre; no a todos gustaban los principios por él establecidos acerca del poder absoluto de Dios sobre todas las obras y, por consiguiente, sobre la predestinación del hombre. Así, pues, en el sur de Francia, y particularmente en el monasterio de San Víctor de Marsella, se levantaron algunos monjes, a cuya cabeza iba el bien conocido escritor y teólogo Juan Casiano, quienes admitían la doctrina general, proclamada contra los pelagianos, pero afirmaban que Dios “no ha podido dejar al hombre en la impotencia de querer y obrar el bien”. Sostenían, pues, estos monjes marselleses que debía depender del hombre la primera elección, el primer impulso hacia el bien, el primer acto bueno o sobrenatural, lo que ellos designaban como initium fidei. Sólo así, decían, se puede explicar, por una parte, la verdadera libertad humana en la elección del bien o del mal, y, por otra, la voluntad verdaderamente universal de Dios de que se salven todos los hombres. Dios ofrece, según esa concepción, indistintamente a todos los hombres los auxilios necesarios y suficientes para salvarse. El que unos se salven y otros no, esto depende exclusivamente del hombre.

 Con esta doctrina, que, a semejanza de la de Pelagio, tanto halaga la soberbia humana, atrajeron los monjes marselleses a muchos incautos; mas, por poco que se examine, se ve fácilmente que es un pelagianismo disimulado o vergonzante, pues si el auxilio sobrenatural de la gracia divina es necesario para elevar sobrenaturalmente cualquiera obra, lo es también para la primera. La razón es la misma para ésta que para todas las demás. El primero, pues, que cayó plenamente en la cuenta del verdadero peligro latente en esta doctrina fue Próspero de Aquitania, quien se hallaba precisamente entonces en la Provenza. Por esto él fue quien informó detenidamente a San Agustín sobre aquella corriente, que entonces se designó como doctrina de los marselleses o de las Galias. El apelativo de semipelagianismo no se le dio hasta el siglo XVI, en que se renovaron las grandes discusiones sobre la gracia.

 Así lo hizo, en efecto, San Próspero en una célebre carta, escrita en 428, en la que expone a San Agustín las objeciones que se ponían a su doctrina y le suplica les dé la debida orientación en tan delicada materia. Como se deduce de esta carta, la única que se ha conservado, parece que ya anteriormente le había enviado algunas otras sobre el mismo asunto. Rápidamente comprendió San Agustín todo el alcance de esta ideología y su estrecho parentesco con la pelagiana. Así, pues, aunque ya de avanzada edad, compuso a fines de 428 y principios del 429 dos de sus obras básicas: Sobre el don de la perseverancia y De la predestinación de los santos. En ellas expone abiertamente la opinión católica, contraría por completo a la de los marselleses o semipelagianos.

Naturalmente, esto no satisfizo a los monjes de San Víctor de Marsella. Tanto Casiano como sus discípulos continuaron aferrados a sus opiniones; mas, por el respeto que les merecía la autoridad de San Agustín, no quisieron, mientras él vivió, oponérsele abiertamente. Pero no tuvieron que esperar mucho tiempo. Muerto San Agustín el año siguiente, 430, volvieron a la carga, haciendo propaganda de sus ideas. Al exponer la doctrina de San Agustín exageraban algunos de sus puntos, insistiendo principalmente en que su doctrina no era compatible con la libertad humana. Esta, repetían, sólo puede salvarse si se admite que el hombre puede, con solas sus propias fuerzas, determinarse hacia el bien, es decir, si puede poner, sin ayuda sobrenatural, el initium fidei.

En momentos tan críticos entra plenamente en actividad San Próspero de Aquitania, a cuyo lado aparece constantemente otro laico semejante a él, llamado Hilario. Imbuido plenamente en la ideología de San Agustín, que era la ortodoxa católica, y sintiéndose sinceramente representante de la misma, Próspero compuso una serie de obras que constituyen el núcleo principal de sus producciones literarias. En realidad, después de las de San Agustín, son, indudablemente, las mejores que se escribieron sobre la gracia a lo largo de toda esta controversia. Con ellas se ha podido afirmar con razón que, aunque laico, San Próspero de Aquitania completó lo que sobre ella había escrito San Agustín.

Su principal intención iba dirigida contra Juan Casiano, quien gozaba de un prestigio extraordinario y en sus célebres Colaciones enseñaba expresamente que Dios esperaba el primer movimiento de la voluntad del hombre para darle entonces la gracia sobrenatural, con la cual pudiera seguir realizando obras meritorias. Toda esta doctrina la refutó maravillosamente San Próspero en su opúsculo Contra el autor de las “Colaciones“. Aparte otros tres opúsculos, en los que refutaba las objeciones de los obispos galos y exponía otros puntos fundamentales, sus trabajos principales fueron, ante todo, una epístola titulada Sobre la gracia y el libre albedrío, donde, basándose en toda la concepción de San Agustín, trataba de armonizar debidamente la gracia sobrenatural y la absoluta dependencia de Dios con el libre albedrío del hombre. Asimismo compuso un célebre poema, titulado De los ingratos, donde en mil dos hexámetros trata de probar que no hay cosa que denote mayor ingratitud que el creer que poseen por sí mismos y con su libre albedrío lo que sólo nos viene de la misericordia y de la omnipotencia del Salvador.

Mas como su calidad de laicos restaba autoridad a las refutaciones de Próspero de Aquitania y su amigo Hilario, se dirigieron ambos a Roma, con el objeto de invocar la intervención del Romano Pontífice. Tal fue la ocasión de la primera intervención pontificia en las controversias de los monjes galos o marselleses. Como los tiros de éstos iban dirigidos contra San Agustín, que gozaba de una autoridad general e indiscutible, no costó mucho a Próspero mover al Papa a tomar su defensa. Gobernaba entonces la Iglesia el papa San Celestino I (422-432), bien avezado a las cuestiones teológicas. Así, pues, en un escrito dirigido a los obispos de las Galias expuso la verdadera doctrina católica, ensalzando en particular a San Agustín y exhortando a todos a la verdadera sumisión al magisterio de la Iglesia.

Con esto se llegó al punto culminante en toda esta controversia. Como el Papa no definía ninguna cuestión y sólo recomendaba el respeto a la autoridad de San Agustín, continuaron las discusiones durante los decenios siguientes, aun después de la muerte de Casiano, ocurrida en 435. Del lado de éste se pusieron, entre otros, Gennadio de Marsella, Fausto de Riez y San Vicente de Lerins.

Contra todos ellos continuaron batallando con nuevos escritos Hilario y sobre todo Próspero de Aquitania. Todavía hacia el 450 publicó la obra titulada La vocación de todos los gentiles, donde suavizaba un tanto algunos puntos de la doctrina de San Agustín, pero manteniendo la más estricta ortodoxia.

Este espíritu estrictamente eclesiástico y ortodoxo de Próspero de Aquitania, su tenacidad en la defensa de la doctrina de San Agustín, es decir, la sobrenaturalidad más absoluta de la gracia, y juntamente su vida íntima, señalada por la práctica de todas las virtudes cristianas, todo ello movió al nuevo papa San León Magno (440-461) a llamarle a Roma y tomarle como secretario particular suyo. Así nos lo comunica expresamente el historiador Gennadio, nada simpatizante con sus ideas. El mismo insinúa la idea de que, con su extraordinaria erudición, fue desde entonces el mejor auxiliar de este gran Papa en la redacción de sus cartas y de sus principales obras. Indudablemente, pues, constituye esto una de las principales glorias de San Próspero de Aquitania. Sus eximias virtudes y su defensa constante de la ortodoxia católica recibían de esta manera la debida recompensa.

Así, pues, como secretario particular del papa San León, San Próspero colaboraría con él en la redacción de la célebre Epístola dogmática, dirigida por San León Magno a la Iglesia de Oriente, donde tan magistralmente se expone el misterio de la Encarnación, declarando contra Nestorio la unión personal, y contra Eutiques y los monofisitas las dos naturalezas en Cristo. En todo caso han observado los más sagaces críticos que, si se atiende al estilo de la epístola, se ve en ella más bien la mano de San León, De un modo semejante debió ayudar al santo Papa en la respuesta y solución a las cuestiones que le llegaban de todas las partes del mundo.

En esta forma se desarrolló la última etapa de su vida, en la cual compuso todavía una especie de Historia, designada con el título de Crónica de San Próspero. Sobre la fecha de su muerte no tenemos noticia ninguna, sino que debió ocurrir después del año. 455, puesto que la Crónica llega hasta esta fecha. La fama de su virtud y de sus méritos como gran defensor de la fe ortodoxa fue constantemente en aumento después de su muerte.

San Próspero de Aquitania no debe ser confundido con San Próspero de Riez ni con otro San Próspero, obispo de Reggio.

 

San Próspero de Aquitania

(siglo V)

 

 Conmemoración de san Próspero de Aquitania, quien, instruido en filosofía y en letras, llevó con su esposa una vida íntegra y modesta. Habiendo abrazado la vida monástica en Marsella, defendió enérgicamente contra los pelagianos la doctrina de san Agustín sobre la gracia divina y el don de la perseverancia, y en Roma fue escribano del papa san León I Magno (c. 463).
Falleció en Aquitania, Francia.

Vida y milagros de San Próspero de Aquitania

Si no fuera por sus escritos, todos marcados por la controversia semipelagiana, y por el testimonio del historiador Gennadio no sabríamos gran cosa de su vida que destaca por su virtud, por la perseverancia en la lucha por la ortodoxia y por el apasionamiento por la verdad.

Parece ser que era natural de Aquitania y así se añade a su nombre, como apellido, el de su patria y vió la luz a finales del siglo IV. Debió recibir una buena y sólida formación y parece ser que frecuentó la compañía de los monjes que estaban en el monasterio de san Víctor, en Marsella, al sur de Francia. Consta que nunca entró en el mundo de los clérigos, siempre permaneció en el estado seglar y hay indicios prudentes que llevan a pensar que estuvo casado; de hecho, se le atribuye el «Poema de un esposo a su esposa» en cuyo caso no habría duda sobre su estado matrimonial e incluso se le podría aplicar la profundidad de pensamiento y las claras actitudes de vida cristiana que en él aparecen, pero no puede afirmarse con total seguridad por negar algún autor de peso la autoría prosperoniana del poema.

Bien conocida es la controversia teológica suscitada en el siglo V por la desviada enseñanza de Pelagio contraria al pensar cristiano poseído pacíficamente en la Iglesia. La reacción de san Agustín -con toda clase de argumentos bíblicos y teológicos- no se hizo esperar en defensa de la fe y la sanción de los concilios de Cartago en los años 416 y 418 con la posterior aceptación del papa parecía haber solucionado para siempre el problema. Pero no fue así y es aquí donde entra en juego Próspero de Aquitania.

Los monjes de san Víctor en Marsella empiezan a inficionar las Galias con un pelagianismo camuflado que enseña el abad Casiano, escritor y teólogo, secundado por sus monjes. Dice en sus «Colaciones» que admite la doctrina contra los pelagianos expuesta por san Agustín y aprobada por los concilios y los papas, pero sostiene con sus monjes que depende del hombre la primera elección que en términos teológicos se denominará desde entonces el «initium fidei». Este es el pensamiento teológico que en el siglo XVI recibirá el nombre de semipelagianismo. Próspero detecta el mal larvado y habla, y discute, y visita, y escribe a Agustín propiciando la escritura de los tratados maduros agustinianos «Sobre el don de la perseverancia» y «De la predestinación de los santos» que escribió, ya anciano, el obispo de Hipona. Es toda una controversia de alto nivel. Como es laico y su fuerza termina en su pobre persona, no cede en la verdad teológica y marcha a Roma para implicar en la defensa de la fe al mismo papa Celestino I que era ya un hombre avezado en este tipo de discusiones y escribió a los obispos galos pidiendo sometimiento al magisterio de la Iglesia recogido de san Agustín.

Se trataba de intrincadas cuestiones que, en sus matices, son para especialistas teólogos y en las que los incautos son fácil presa al engaño. En juego está la idea de Dios y del hombre, el valor de la Redención y la necesidad de los sacramentos. No era poca cosa la que estaba sobre el tapete. Había que saber conciliar la evidencia del absoluto poder de Dios, su voluntad salvífica universal, y su absoluta libertad con la libertad del hombre que es un ser dependiente y el papel que le concierne en su propia salvación, correspondiendo personalmente a la gracia. Si se concedía excesivo protagonismo a la libertad humana se llegaba al extremo inaceptable de que el hombre puede llegar a la salvación sobrenatural por sus propias fuerzas; si, por el contrario, se acentuaba la absoluta dependencia del hombre con respecto a Dios, se hacía a Dios responsable de la condenación, cosa igualmente imposible. Llegar a la expresión técnica de la fe era cosa de preclaras inteligencias, grandes teólogos y extraordinarios santos.

Muerto Casiano y fallecido también san Agustín, no se acabó la discusión entre los seguidores del fraile y tuvo que ser el laico o seglar Próspero quien mantuviera firme y alta la bandera de la ortodoxia. Que se sepa, escribió «La vocación de todos los gentiles», «Contra el autor de las Colaciones», «Sobre la Gracia y el libre albedrío» y «De los ingratos».

Terminó sus días el seglar Próspero siendo secretario nada menos que del papa san León Magno y hasta se piensa que pudo poner su aportación en la Epístola Dogmática escrita a los Orientales para exponer magisterialmente el misterio de la Encarnación, declarando la unión Personal en Cristo contra la herejía de Nestorio y contra Eutiques y los monofisitas las dos naturalezas de Cristo.

Murió después del año 455, sin que se pueda aventurar con más exactitud la fecha de su muerte en el actual estado de investigación.

Da gusto ver en el siglo V la entrega de un laico sabio y santo responsable de su misión y puesto en la Iglesia sin renunciar al estado que Dios quiso para él. Aunque en aquella época no se hablaba aún de «promocionar al laicado», ni de «laicos comprometidos», se demuestra una vez más que, para cada uno en particular, la santidad no depende del modo de ser Iglesia en la Iglesia, sino de la fidelidad a la gracia de Dios y del esfuerzo por poner en juego todos los dones recibidos.

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