Posteado por: Toni Bandín | 29 octubre, 2009

LA VOCACIÓN DE SAN PEDRO

Jesucristo no le eligió por ser el más inteligente o el más culto de los apóstoles

 
La pesca milagrosa, de Rafael
 

 

 

Si hoy se le hiciera un test psicológico nadie le admitiría para dirigir una gran empresa (la inestabilidad pone en peligro los negocios); sus antecedentes no inspiran confianza, y un partido político se guardaría mucho de convertirle en su líder; lo cual demuestra una vez más que nuestros criterios de eficacia tienen poco que ver con los de Dios.

Porque aquel pescador tan magníficamente promocionado no defraudó, lo hizo muy bien.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pescador y príncipe de los apóstoles, primer papa y piedra sobre la cual se edifica la Iglesia. Éste es Pedro. Esta variedad de funciones lleva a que nos preguntemos cómo era este hombre al que encargaron responsabilidades tan abrumadoras. Los evangelios lo pintan muy bien, muy real, no como ejemplo de perfección, sino como una intensa paradoja humana de atractivas virtudes y de grandes limitaciones que le confieren un perfil singular.

Enseguida se ve que Jesucristo no le eligió por ser el más inteligente o el más culto de los apóstoles; en él se advierte un corazón impetuoso y fuerte, lleno de arrebatos no siempre oportunos, menos inquebrantable de lo que hubiera sido de desear, pero con una mezcla de fe, entusiasmo y bondad que sin duda respondían al deseo del Maestro.

Si hoy se le hiciera un test psicológico nadie le admitiría para dirigir una gran empresa (la inestabilidad pone en peligro los negocios); sus antecedentes no inspiran confianza, y un partido político se guardaría mucho de convertirle en su líder; lo cual demuestra una vez más que nuestros criterios de eficacia tienen poco que ver con los de Dios. Porque aquel pescador tan magníficamente promocionado no defraudó, lo hizo muy bien.

  San Pedro, de El Greco  
  San Pedro, de El Greco

Chesterton nos ofrece como respuesta una de sus paradojas: “Cuando nuestra civilización quiere catalogar una biblioteca o descubrir un sistema solar, o alguna otra fruslería de este género, recurre a sus especialistas.

Pero cuando desea algo verdaderamente serio reúne a doce de las personas corrientes que encuentra a su alrededor. Esto es lo que hizo, si mal no me acuerdo, el fundador del Cristianismo”.

Ninguna vocación puede explicarse por los méritos y cualidades poseídos; la vocación sólo encuentra su explicación en la sabiduría divina. Por otra parte, si observamos fríamente cómo realizó la tarea encomendada, vemos que lo hizo bastante bien.

Es muy posible que muchos intelectuales u hombres de gestión hubiesen fracasado en la empresa; ejemplos los podemos encontrar con frecuencia a lo largo de la historia: hasta el listísimo Platón fue un político fracasado, y muchos más.

Vale la pena intentar vislumbrar cómo la gracia actúa en un hombre normal, para comprobar su transformación en santo. Y con unos frutos verdaderamente extraordinarios.

Una breve biografía sacada de los datos de los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles nos sitúa en los grandes trazos de su vida. Simón Pedro era -como la mayoría de los primeros discípulos del Señor- natural de Betsaida, ciudad de Galilea, en la ribera nordeste del lago de Genesare.

Lo mismo que su padre Juan y su hermano Andrés, era pescador. Estaba casado, pues el Evangelio nos refiere cómo Jesús curó a su suegra, que vivía en Cafarnaúm.

Antes de conocer a Cristo, había sido -probablemente- discípulo del Bautista, como su hermano Andrés. Fue éste quien le condujo a Jesús. Asiste al primer milagro de Jesús en las bodas de Caná. En Cafarnaúm, mientras ejercitaba su oficio de pescador, escucha las enseñanzas y presencia los milagros del Señor hasta recibir la llamada a seguirle como discípulos dejándolo todo.

  La estatua de San Pedro en el Vaticano  
 
La estatua de San Pedro en el Vaticano

Antes del Sermón del Monte es elegido como uno de los Doce. En todas las listas del nuevo Testamento aparece el primero. Junto a Santiago y Juan forma parte del grupo de los más íntimos del Señor, los únicos testigos de la resurrección de la hija de Jairo, de la Transfiguración del Señor, y de su agonía en el Huerto de los Olivos.

En muchas ocasiones Pedro se hace portavoz de los demás apóstoles: pide al Señor que le explique la parábola de la pureza de corazón; pregunta cuál será la recompensa para ellos por haberlo abandonado todo.

Después del discurso eucarístico en la sinagoga de Cafarnaúm, a consecuencia del cual muchos de los discípulos abandonan al Maestro, es también Pedro quien habla en nombre de los demás apóstoles: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros hemos creído y conocido que Tú eres el Santo de Dios” .

Tiene condiciones humanas de líder, que son indicio, aunque no motivo, de su elección como primero entre los Doce.

Destaca en la vida de Pedro el episodio de Cesarea de Filipo donde Jesús le confiere el primado en la Iglesia. Pedro escucha con asombro los poderes nuevos de atar y desatar en el cielo y en la tierra, y la asistencia perpetua en el gobierno de una Iglesia invencible frente al poder de Satanás.

No desconoce Jesús la debilidad y las negaciones de Pedro: “Simón, Simón, he aquí que Satanás os ha reclamado para cribaros como el trigo. Pero yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca tu fe; y tú cuando te conviertas, confirma en la fe a tus hermanos” , pero eso no es obstáculo para seguir confiando en él.

Tras la Ascensión del Señor, Pedro ocupa, sin discusión alguna, el primer puesto entre los apóstoles: propone y preside la elección de Matías, en sustitución del traidor Judas, estableciendo los requisitos que debe cumplir el candidato ; pronuncia el primer discurso evangelizador al pueblo el día de Pentecostés ; obra en nombre de Jesús los primeros milagros ; toma la palabra en el Sanedrín, justificando la predicación de los apóstoles; condena a Ananías y Safira, así como a Simón el mago. Instruído en una visión del Señor, admite en la Iglesia a la primera familia pagana, la de Cornelio.

  La muerte de San Pedro, de Caravaggio  
 
La muerte de San Pedro, de Caravaggio

El mismo San Pablo, una vez convertido, y a pesar de haber recibido el evangelio por una revelación de Jesucristo, subió alrededor del año 39 a Jerusalén, para ver a Cefas -así le suele llamar habitualmente- y permaneció con él quince días: señal clara de la veneración que San Pablo tenía hacia el elegido por el Señor como cabeza visible de la Iglesia.

También las autoridades judías se daban cuenta de la posición preeminente de San Pedro en la Iglesia primitiva, por lo que Herodes Agripa I -alrededor del año 43- mandó encarcelarlo con el propósito de matarlo.

En tal ocasión “la Iglesia rogaba incesantemente por él a Dios”. Liberado milagrosamente de la cárcel, “salió y partió para otro lugar”. Se encaminó a Antioquía, pero no es seguro que fuera en ese momento. La tradición afirma que Pedro ocupó por un tiempo la sede antioquena.

Sabemos con certeza que asistió el año 49 al concilio de Jerusalén: allí, una vez más, San Pedro desempeña una misión fundamental para la unidad de la Iglesia.

Existe la tradición comprobada de la estancia de San Pedro en Roma, ejerciendo allí el episcopado, así como de su muerte bajo el emperador Nerón. La fecha más probable de su muerte es el año 67. Según la tradición murió crucificado cabeza abajo.

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