Posteado por: tonibandin | 24 abril, 2013

Siria: Destruida la última iglesia católica en Mesopotamia

Siria: Destruida la última iglesia católica en Mesopotamia

En la confusión que vive el país, no se sabe si los autores son rebeldes o el ejército regular, informan los capuchinos de Deir Ezzor

Una violenta explosión ha destruido por completo la iglesia y el convento de los Frailes Franciscanos Capuchinos en Deir Ezzor, Mesopotamia.

La noticia llegó a la agencia vaticana Fides a través de fray Tony Haddad, viceprovincial de los franciscanos capuchinos para Oriente Medio, que es el responsable de la presencia capuchina en El Líbano y Siria.

La explosión ocurrió el 15 de abril. “Era la única iglesia en Deir Ezzor que aún permanecía casi intacta”. No está claro cómo se ha destruido. Según algunas reconstrucciones, en la iglesia se abrió una brecha y algunos combatientes de la oposición se habían refugiado allí para dormir. Por eso el ejército regular habría atacado la iglesia, destruyéndola. Otros hablan de un coche bomba colocado al lado de la estructura, dice Fides.

El padre Haddad comenta con gran amargura “todo este odio y profanación”. En esa zona –informa- “ya no quedan cristianos”.

En los últimos meses, dada la situación crítica, “nuestros dos hermanos frailes que vivían en el monasterio han dejado Deir Ezzor al igual que las Hermanas de la Madre Teresa y diez ancianos que vivían con nosotros. Ellos eran los últimos cristianos que quedaban. Doy gracias al Señor porque los dos hermanos están sanos y salvos. La iglesia de piedra se podrá reconstruir en un día futuro, cuando resurja una primavera de paz en nuestro Oriente Medio”, señala el padre Haddad.

Deir Ezzor es una ciudad en el este de Siria, más allá del Éufrates, entre Palmira y la frontera con Irak. “Nuestra presencia allí se remonta a los años treinta del siglo pasado, pero estamos en Oriente Medio desde hace mucho más tiempo”, explica el padre Tony.

“En casi cuatro siglos de historia, nuestra Viceprovincia ha sufrido varias destrucciones y persecuciones, pero siempre ha resurgido, con Cristo resucitado”.

Otra comunidad de frailes franciscanos capuchinos aún permanece en el sur de Siria, en Soueida –todavía tranquila por el momento- donde viven dos hermanos.

Según la información de los activistas de la oposición siria, los aviones del ejército parecen haber bombardeado en los últimos días dos iglesias ortodoxas en Deir Ezzor y las familias cristianas han dejado la ciudad por la intensificación de los enfrentamientos entre el ejercito leal y las fuerzas de la oposición.

La Iglesia Ortodoxa Siria afirma que sus iglesias han sido dañadas en todas las provincias, en Harasta, Arbin, Zabadani, Deraa, Alepo, Damasco, Raqqa.

Zenit

 

Kiko Argüello cuenta la “Gran Misión” que saldrá el próximo domingo contemporáneamente en la capital de Italia y en todo el mundo. Una iniciativa que papa Francisco ha definido “estupenda”…

“Dios ha salvado el mundo a través de la locura de la predicación”. Conscientes de esta frase del apóstol Pablo, los iniciadores del Camino Neocatecumental, Kiko Argüello y Carmen Hernández, a la petición de organizar alguna iniciativa específica por el Año de la Fe, pensaron que sólo una cosa era necesaria: llevar el Evangelio al hombre de hoy. En los cinco domingos de Pascua, por tanto, las comunidades de todo el mundo mantendrán contemporáneamente encuentros temáticos en las plazas de las ciudad cercanas a las parroquias de pertenencia.

En Roma serán cien las plazas ‘invadidas’ pacíficamente por los miembros de este itinerario de iniciación cristiana. Las modalidades serán las normales que el Camino utiliza, desde hace años, en sus misiones a cielo abierto, un escenario, un icono, un ambón, una cruz y grandes grupos de jóvenes con guitarras, panderetas y tambores, y sobre todo el espíritu para testimoniar a los que pasean las maravillas que el Señor ha realizado en sus vidas. El programa ha sido establecido por los iniciadores del Camino y el cardenal vicario de Roma Agostino Vallini, que el sábado 6 de abril, celebrará, en la basílica de San Pablo Extramuros, una liturgia en la que enviará, con su bendición, a todas las comunidades de Roma a la gran misión.

Con este motivo, ZENIT ha entrevistado al fundador del Camino Neocatecumenal, Kiko Argüello.

Kiko, desde hace años las comunidades neocatecumenales anuncian la Buena Noticia por calles y ciudades. ¿Cómo surgió la idea de estos grandes encuentros en cien plazas de Roma?

–Kiko Argüello: Dice san Pablo que “dios ha querido salvar el mundo a través de la locura de la predicación”. Esta carta se ha escrito en griego y en el lugar de la palabra “predicación” san Pablo usa kerygma, que significa Buena Noticia. Podemos decir, por tanto, que fundamentalmente el cristianismo antes de ser una filosofía, una moral o un doctrina, es una “noticia” que debe ser proclamada y que salva a quien la acoge. Es la noticia que Dios ha enviado a su único Hijo para que de la vida por cada hombre. Y si el hombre acepta esta vida que se le ofrece recibe la salvación, la victoria sobre la muerte, porque Cristo se ha ofrecido a sí mismo por cada uno de nosotros para que cada uno de nuestros pecados pueda ser perdonado y podamos recibir al Espíritu Santo que nos hace nuevas criaturas.

En el Año de Fe en curso, pero también en un periodo de nueva Evangelización, y al mismo tiempo de secularización, ¿cómo es de importante anunciar a Jesucristo, a través también de nuevas modalidades?

–Kiko Argüello: En el Camino es fundamental proclamar esta “noticia”. El problema es entender que hoy hay mucha gente que tiene el oído cerrado a cualquier tipo de información, sobre todo de tipo religioso, a causa de prejuicios, conflictos personales o experiencias pasadas. Por esto, antes de proclamar el kerigma es necesario predisponer a las personas a la escucha, como dijo Jesucristo. Pero, ¿cómo es posible hacerlo? Como se lee en los Hechos de los Apóstoles, antes del anuncio del kerigma, Dios hace un milagro, realiza un evento extraordinario que pone al hombre en condición de abrir el oído. Pero estos milagros cesan cuando aparece otro milagro aún más grande: la Iglesia como comunidad de los que se aman.

¿Cuál es el objetivo de estas grandes misiones?

–Kiko Argüello: Salir a las plazas significa para nosotros dar un gran testimonio de tantos jóvenes que con la propia experiencia atraen a la gente que pasa, quizá solo por curiosidad, atraída sobre todo por los cantos, a escuchar la Buena Noticia de Cristo resucitado. Esto es lo que pretende el Camino Neocatecumental y que, entre otras cosas, hacemos desde hace años con las missio ad gentes. Gracias a este tipo de misiones hemos visto muchas conversiones, sobre todo de gente atea o totalmente lejana a la Iglesia, conmocionada y atraída por los cantos, la cordialidad entre los hermanos, las experiencias y la escucha del kerigma, que toca profundamente el espíritu del hombre, desde el momento en que, dice san Pablo, “es el espíritu de Cristo el que da testimonio a nuestro espíritu”

¿Por qué precisamente en las plazas?

–Kiko Argüello: No olvidemos que estamos en un momento histórico de transición. En todas las épocas, los hombres han tratado de encontrar en lo ‘sagrado’ un refugio, algo que les defienda de las catástrofes naturales, de las enfermedades y demás. Hoy, sin embargo, el hombre ya no tiene necesidad de la religión, porque tiene a la tecnología a su lado, los descubrimientos científicos, etc. Así como la Iglesia ha usado la religiosidad, una “catequesis del tiempo”, hoy debemos buscar nuevos métodos que puedan alcanzar al hombre contemporáneo. Algunos dicen que hoy se han abandonado los “templos”, por tanto las instituciones, las iglesias, etc, y sin embargo se llenan las plazas. Precisamente por esto creemos que puede ser un acontecimiento mostrar justo en esos lugares una nueva forma de diálogo con las personas, sobre todo a través de las palabras de los jóvenes.

El pontificado del papa Francisco se ha caracterizado hasta ahora por la continua exhortación a salir, seguir a Cristo, evangelizar. Partiendo precisamente de Roma. Parece que esta iniciativa siga la invitación del santo padre. ¿El papa tiene conocimiento de la iniciativa?

–Kiko Argüello: Después de que Benedicto XVI anunciara el Año de la Fe, en el Camino Neocatecumental pensamos una propuesta para este tiempo tan especial para la Iglesia, podía ser el anuncio del Evangelio en las calles. Cuando después fue elegido el nuevo papa nos sorprendimos al escuchar en sus homilías, en las audiencias, esta invitación constante a “salir” de sí mismos, de las parroquias, de las casas, a ir por las calles y a las periferias a evangelizar. Ha sido por tanto una confirmación. De hecho, cuando hemos propuesto al santo padre la idea de evangelizar en las plazas ha dicho que era una misión “estupenda” y nos ha animado mucho.

¿Cuál es la relación del papa Francisco con el Camino Neocatecumenal?

–Kiko Argüello: Ha sido siempre un padre y un buen pastor con nosotros. El equipo itinerante responsable del Camino en Argentina ha contado que cuando tuvimos problemas en algunas parroquias, él mismo intervino hablando con el párroco, o incluso invitándonos a cambiar de parroquia.

La iniciativa de las cien plazas recuerda un poco a las distintas misiones que los neocatecumenales realizan en las peregrinaciones de la Jornada Mundial de la Juventud. ¿Qué está preparando el Camino para la JMJ de Río de Janeiro?

–Kiko Argüello: Después del encuentro con el santo padre confirmamos el encuentro con todos lo jóvenes del mundo. También el encuentro de Río, como en la plaza Cibeles de Madrid, habrá una llamada vocacional, esta vez dirigida sobre todo a la evangelización en Asia. Invitaremos a chicos y chicas a ser generosos con el Señor, que les está llamando a ayudarle, a llevar la Buena Noticia a todos los rincones de la tierra.

Traducido de la edición italiana de ZENIT por Rocío Lancho García

Posteado por: tonibandin | 19 marzo, 2013

PASE GRATUITO DEL CORTOMETRA​JE

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DERECHO A VIVIR VALENCIA
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Hola a todos.
La sala de proyección FUNDAR, el día 22 de Marzo:
de 10h a 14h
de 16h a 20h
Por la mañana dos sesiones: 10’30 la primera
12 h la segunda
Mesa redonda.

Por la tarde otras dos sesiones: 16’30 h la primera
18 h la segunda
Fundar, en la calle Fuencaliente ,1 VALENCIA

Posteado por: tonibandin | 13 marzo, 2013

Ya hay nuevo Papa de la Iglesia Católica


A las 19:06 horas de Roma salió humo blanco de la chimenea instalada en la Capilla Sixtina. La Iglesia ya cuenta con un nuevo Pontífice. En breve se conocerá al elegido y se escuchará el esperado “Habemus Papam”. Los católicos estamos de fiesta.

El repique de campanas confirmó el signo de la fumata blanca. El nuevo Pontífice fue elegido en el segundo día del Cónclave. Las campanas de las iglesias en todo el mundo no dejan de sonar.

Juan Pablo I en 1978 como León XIII en 1878 fueron elegidos en la cuarta ronda de votaciones. Pío XII fue nombrado sucesor luego de tres rondas en 1939.

Así fueron los últimos Cónclaves:

- Benedicto XVI (2005) 2 días día

- Juan Pablo II (1978): 3 días

- Juan Pablo I (1978): 2 días

- Pablo VI (1963): 3 días

- Juan XXIII (1958): 3 días

- Pío XII (1939): 1 día

- Pío XI (1922): 4 días

- Benedicto XV (1914): 3 días

- Pío X (1903): 4 días

- León XIII (1878): 1 día y medio

- Pío IX (1846): Menos de dos días

- Gregorio XVI (1831): 54 días

- Pío VIII (1829): Más de un mes

- León XII (1823): 26 días

- Pío VII (1799-1800): 3 meses y medio

papa-Francisco-I

Biografía del cardenal Jorge Mario Bergoglio

El cardenal Jorge Mario Bergoglio, S.J., arzobispo de Buenos Aires (Argentina), ordinario para los fieles de rito oriental residentes en la Argentina que no disponen de ordinario de rito propio, nació en Buenos Aires el 17 de diciembre de 1936. Estudió y se diplomó como técnico químico, pero después optó por el sacerdocio e ingresó en el Seminario de Villa Devoto. El 11 de marzo de 1958 pasó al Noviciado de la Compañía de Jesús; cursó estudios humanísticos en Chile, y en 1963, de regreso a Buenos Aires, se licenció en Filosofía en la Facultad de Filosofía del Colegio Máximo San José, de San Miguel.

Entre 1964 y 1965 fue profesor de Literatura y de Psicología en el Colegio de la Inmaculada de Santa Fe, y en 1966 enseñó dichas materias en el Colegio del Salvador de Buenos Aires.

Desde 1967 hasta 1970 estudió Teología en la Facultad de Teología del Colegio Máximo San José, de San Miguel, en el que se licenció.

El 13 de diciembre de 1969 fue ordenado sacerdote.

En 1970-1971 realizó la tercera probación en Alcalá de Henares (España), y el 22 de abril hizo su profesión perpetua.

Fue maestro de novicios en Villa Barilari, en San Miguel (1972-1973); profesor de Teología; consultor de la Provincia y rector del Colegio Máximo. El 31 de julio de 1973 fue elegido provincial de la Argentina, cargo que ejerció durante seis años.

Entre 1980 y 1986 fue rector del Colegio Máximo y de las Facultades de Filosofía y Teología de dicha casa, así como titular de la parroquia del Patriarca San José, en la diócesis de San Miguel.

En marzo de 1986 se trasladó a Alemania para culminar su tesis doctoral; sucesivamente, los superiores lo destinaron al Colegio del Salvador, desde el que pasó a la iglesia de la Compañía en la ciudad de Córdoba (Argentina), en calidad de director espiritual y confesor.

El 20 de mayo de 1992, Juan Pablo II lo nombró obispo titular de Auca y auxiliar de Buenos Aires. El 27 de junio de ese mismo año recibió, en la catedral de Buenos Aires, la ordenación episcopal de manos del cardenal Antonio Quarracino, del nuncio apostólico Ubaldo Calabresi y del obispo de Mercedes-Luján, monseñor Emilio Ogñénovich.

El 3 de junio de 1997 fue nombrado arzobispo coadjutor de Buenos Aires, y el 28 de febrero de 1998 arzobispo de Buenos Aires por sucesión, al morir el cardenal Quarracino.

Es autor de los libros: Meditaciones para religiosos (1982), Reflexiones sobre la vida apostólica (1986) y Reflexiones de esperanza (1992).

Es ordinario para los fieles de rito oriental residentes en las Argentina que no pueden disponer de un ordinario de su propio rito. Es gran canciller de la Universidad Católica Argentina.

Relator general adjunto en la X Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos (octubre de 2011).

Desde noviembre de 2005 hasta noviembre de 2011 fue presidente de la Conferencia Episcopal Argentina.

Creado y publicado cardenal por el Beato Juan Pablo II en el Consistorio del 21 de febrero de 2001, con el título de San Roberto Belarmino.

Es miembro:

- de las Congregaciones: para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos; para el Clero; para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica;

- del Pontificio Consejo para la Familia;

- de la Pontificia Comisión para América Latina.

(Original italiano procedente del archivo informático de la Santa Sede)

Posteado por: tonibandin | 27 febrero, 2013

Última audiencia general de Benedicto XVI

Audiencia de S.S. Benedicto XVI

Venerados hermanos en el episcopado y en el presbiterado, distinguidas autoridades, queridos hermanos y hermanas:

Os doy las gracias por haber acudido en tan gran número a esta mi última Audiencia general.

¡Gracias de corazón! ¡Estoy realmente emocionado! ¡Y veo a la iglesia viva! Y pienso que tenemos también que dar gracias al Creador por el buen tiempo que nos da ahora, pese a ser aún invierno.

Al igual que el apóstol Pablo en el texto bíblico que hemos escuchado, yo también siento en mi corazón el deber, por encima de todo, de dar gracias a Dios, que guía y hace crecer a su Iglesia, que siembra su Palabra y de esta forma alimenta la fe entre su pueblo. En este instante, mi ánimo se dilata y abraza a toda la Iglesia diseminada por el mundo; y doy gracias a Dios por las «noticias» que durante estos años de ministerio petrino he podido recibir acerca de la fe en el Señor Jesucristo, de la caridad que circula realmente por el cuerpo de la Iglesia y la hace vivir en el amor, y de la esperanza que nos abre y nos orienta hacia la vida en plenitud, hacia la patria celestial.

Siento que llevo a todos en mi oración, en un presente que es el de Dios, y en el que recojo cada encuentro, cada viaje, cada visita pastoral. Todo y a todos recojo en la oración para encomendarlos al Señor, para que consigamos un conocimiento perfecto de su voluntad con toda sabiduría e inteligencia espiritual y para que nuestra conducta sea digna del Señor y de su amor y fructifique en toda obra buena (cf. Col 1, 9-10).

En este momento hay en mí una gran confianza, porque sé y sabemos todos que la palabra de verdad del Evangelio es la fuerza de la Iglesia, es su vida. El Evangelio purifica y renueva, fructifica en todo lugar en el que la comunidad de los creyentes lo escucha y acoge la gracia de Dios en la verdad y en la caridad. Esta es mi confianza, esta es mi alegría.

Cuando, el 19 de abril de hace casi ocho años, acepté asumir el ministerio petrino, tuve la firme certeza que siempre me ha acompañado: la certeza de la vida de la Iglesia que procede de la Palabra de Dios. Como ya he contado en más de una ocasión, las palabras que en aquel instante resonaron en mi corazón fueron: «Señor, ¿por qué me pides esto, y qué es lo que me pides? Es un gran peso el que colocas sobre mis hombros, pero si tú me lo pides, por tu palabra, echaré las redes, seguro de que tú me guiarás, a pesar de todas mis debilidades». Y ocho años después puedo decir que el Señor me ha guiado, que ha estado a mi lado y que he podido percibir diariamente su presencia. Ha sido un tramo del camino de la Iglesia que ha tenido momentos de alegría y de luz, pero también momentos no fáciles; me he sentido como San Pedro con los Apóstoles en la barca en el lago de Galilea: el Señor nos ha dado muchos días de sol y de brisa ligera, días en los que la pesca ha sido abundante; pero también ha habido momentos en los que las aguas estaban agitadas, el viento era contrario —como a lo largo de toda la historia de la Iglesia— y el Señor parecía dormir. Pero siempre he sabido que en esa barca está el Señor, y siempre he sabido que la barca de la Iglesia no es mía, no es nuestra, sino suya. Y el Señor no permite que se hunda: es él quien la conduce, ciertamente también por medio de los hombres que ha escogido, porque así lo ha querido. Esta ha sido y es una certeza que nada puede empañar. Y por eso hoy mi corazón rebosa de gratitud a Dios porque nunca ha dejado que falten ni a toda la Iglesia ni a mí su consuelo, su luz y su amor.

Nos encontramos en el Año de la Fe, que he querido celebrar para reforzar precisamente nuestra fe en Dios en un contexto que parece relegarlo cada vez más a un segundo plano. Quisiera invitar a todos a renovar nuestra confianza firme en el Señor, a encomendarnos como niños a los brazos de Dios, seguros de que esos brazos nos sostienen siempre y son los que nos permiten caminar cada día, a pesar del cansancio. Quisiera que cada uno se sintiera amado por ese Dios que entregó a su Hijo por nosotros y que nos mostró su amor ilimitado. Quisiera que cada uno sintiera la alegría de ser cristiano. En una bonita oración que se reza cada mañana se dice: «Te adoro, Dios mío, y te amo de todo corazón. Te doy gracias de haberme creado, hecho cristiano…». Sí: estamos contentos por el don de la fe; ¡es el don más precioso, que nadie puede arrebatarnos! Demos gracias por ello al Señor cada día, con la oración y con una vida cristiana coherente. ¡Dios nos ama, pero espera que también nosotros lo amemos!

Pero no es solo a Dios a quien quiero dar las gracias en este momento. Un papa no está solo al timón de la barca de Pedro, aunque es su primer responsable. Nunca me he sentido solo al llevar la alegría y el peso del ministerio petrino: el Señor ha puesto a mi lado a muchas personas que, con generosidad y amor a Dios y a la Iglesia, me han ayudado y han estado cerca de mí. Ante todo, vosotros, queridos hermanos cardenales: vuestra sabiduría, vuestros consejos, vuestra amistad, han sido preciosos para mí; mis colaboradores, empezando por mi Secretario de Estado, que me ha acompañado con fidelidad durante estos años; la Secretaría de Estado y toda la Curia Romana, así como cuantos, en sus diferentes sectores, prestan su servicio a la Santa Sede. Se trata de muchos rostros que no salen a la luz, que permanecen en la sombra, pero que precisamente en el silencio, con su dedicación diaria, con su espíritu de fe y humildad, han sido para mí un apoyo seguro y fiable. ¡Un saludo especial a la Iglesia de Roma, a mi diócesis! No puedo olvidar a mis hermanos en el episcopado y en el presbiterado, a las personas consagradas y a todo el Pueblo de Dios: en las visitas pastorales, en los encuentros, en las audiencias, en los viajes, siempre he percibido gran atención y profundo afecto; pero yo también he querido a todos y a cada uno, sin distinciones, con esa caridad pastoral que es el corazón de todo pastor, sobre todo del Obispo de Roma, del Sucesor del apóstol Pedro. Cada día he llevado a cada uno de vosotros en mi oración, con corazón de padre.

Después, quisiera que mi saludo y mi agradecimiento alcanzaran a todos: el corazón de un papa abarca el mundo entero. Y quisiera expresar mi gratitud al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, que representa a la gran familia de las naciones. Pienso también en cuantos trabajan con vistas a una buena comunicación, y les doy las gracias por su importante servicio.

Quisiera ahora dar las gracias de todo corazón también a todas las numerosas personas del mundo entero que durante estas últimas semanas me han enviado señales conmovedoras de atención, de amistad y de oración. Sí: el Papa nunca está solo; ahora lo experimento de nuevo, de una manera tan poderosa, que me llega al corazón. El Papa pertenece a todos, y muchísimas personas se sienten muy cercanas a él. Es verdad que recibo cartas de los grandes del mundo: de jefes de Estado, de líderes religiosos, de representantes del mundo de la cultura, etcétera; pero recibo también muchísimas cartas de personas sencillas que me escriben simplemente, de corazón, y me transmiten su afecto, que nace de su unión con Cristo Jesús, en la Iglesia. Estas personas no me escriben como se escribe, por ejemplo, a un príncipe o a un grande al que no se conoce; me escriben como hermanos y hermanas o como hijos e hijas, con el sentido propio de un vínculo familiar muy afectuoso. Aquí se puede palpar lo que es la Iglesia: no una organización, una asociación con fines religiosos o humanitarios, sino un cuerpo vivo, una comunión de hermanos y hermanas en el Cuerpo de Jesucristo, que a todos nos une. Experimentar la Iglesia de esta manera y poder casi palpar la fuerza de su verdad y de su amor es motivo de alegría en un tiempo en el que tantos hablan de su declive. ¡Bien se ve, en cambio, hasta qué punto la Iglesia está viva hoy!

Durante estos últimos meses he notado que mis fuerzas habían disminuido, y le he pedido a Dios con insistencia, en la oración, que me iluminara con su luz para que pudiera tomar la decisión más correcta no por mi bien, sino por el bien de la Iglesia. He dado este paso plenamente consciente de su gravedad y también de su novedad, pero con profunda serenidad de ánimo. Amar a la Iglesia significa también tomar decisiones difíciles, trabajosas, teniendo siempre presente el bien de la Iglesia, y no a uno mismo.

Permitidme aquí que vuelva una vez más al 19 de abril de 2005. La gravedad de mi decisión ha consistido también en el hecho que desde aquel momento me encontraba comprometido siempre y para siempre por el Señor. Siempre: quien asume el ministerio petrino no tiene ya ninguna privacidad; pertenece siempre y totalmente a todos, a toda la Iglesia. A su vida se le quita totalmente, por así decirlo, su dimensión privada. He podido experimentar –y lo experimento precisamente ahora– que uno recibe la vida justo cuando la da. Antes he dicho que muchas personas que aman al Señor aman también al Sucesor de San Pedro y le están muy afeccionadas; que el Papa tiene realmente hermanos y hermanas, hijos e hijas en todo el mundo, y que se siente seguro en el abrazo de vuestra comunión, porque no se pertenece ya a sí mismo, sino que pertenece a todos, y todos pertenecen a él.

El «siempre» es también un «para siempre»: no hay ya vuelta a lo privado. Mi decisión de renunciar al ejercicio activo del ministerio no revoca eso. No vuelvo a la vida privada, a una vida de viajes, encuentros, recepciones, conferencias, etcétera. No abandono la cruz, sino que permanezco de manera nueva cerca del Señor crucificado. No ejerzo ya la potestad del cargo para el gobierno de la Iglesia, pero en el servicio de la oración permanezco —valga la expresión— dentro del recinto de San Pedro. San Benito, cuyo nombre llevo como papa, me servirá de gran ejemplo en esto. Él nos mostró el camino de una vida que, ya sea activa o pasiva, pertenece totalmente a la obra de Dios.

Doy las gracias a todos y a cada uno también por el respeto y la comprensión con que habéis acogido tan importante decisión. Yo seguiré acompañando el camino de la Iglesia con la oración y la reflexión, con la misma dedicación al Señor y a su Esposa que he intentado vivir hasta ahora cada día y que quisiera vivir siempre. Os ruego que me recordéis ante el Señor y, sobre todo, que recéis por los cardenales, llamados a un cometido de tanta importancia, y por el nuevo Sucesor del apóstol Pedro: que el Señor lo acompañe con la luz y la fuerza de su Espíritu.

Invoquemos la intercesión maternal de la Virgen María, Madre de Dios y de la Iglesia, para que acompañe a cada uno de nosotros y a toda la comunidad eclesial; a ella nos encomendamos con profunda confianza.

Queridos amigos: Dios guía a su Iglesia y la sostiene siempre, también y sobre todo en los momentos difíciles. No perdamos nunca esta visión de fe, que es la única visión auténtica del camino de la Iglesia y del mundo. Que en nuestro corazón, en el corazón de cada uno de vosotros, haya siempre la gozosa certeza de que el Señor está a nuestro lado, no nos abandona, está cercano y nos envuelve con su amor.

¡Gracias!

Posteado por: tonibandin | 11 febrero, 2013

Comunicado de S.S. Benedicto XVI

“Queridísimos hermanos,

Os he convocado a este Consistorio, no sólo para las tres causas de canonización, sino también para comunicaros una decisión de gran importancia para la vida de la Iglesia.

Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino. Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo y rezando.

Sin embargo, en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado.

Por esto, siendo muy consciente de la seriedad de este acto, con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro, que me fue confiado por medio de los Cardenales el 19 de abril de 2005, de forma que, desde el 28 de febrero de 2013, a las 20.00 horas, la sede de Roma, la sede de San Pedro, quedará vacante y deberá ser convocado, por medio de quien tiene competencias, el cónclave para la elección del nuevo Sumo Pontífice.

Queridísimos hermanos, os doy las gracias de corazón por todo el amor y el trabajo con que habéis llevado junto a mí el peso de mi ministerio, y pido perdón por todos mis defectos.

Ahora, confiamos la Iglesia al cuidado de su Sumo Pastor, Nuestro Señor Jesucristo, y suplicamos a María, su Santa Madre, que asista con su materna bondad a los Padres Cardenales al elegir el nuevo Sumo Pontífice. Por lo que a mi respecta, también en el futuro, quisiera servir de todo corazón a la Santa Iglesia de Dios con una vida dedicada a la plegaria.

Vaticano, 10 de febrero 2013.”

Posteado por: tonibandin | 6 febrero, 2013

Se llama Carlos Morín y se ríe de la justicia.

Hazte Oir
Se llama Carlos Morín y se ríe de la justicia.
Ha practicado centenares de abortos a mujeres embarazadas de 7 y 8 meses. Al principio, mataba a los bebés con sus propias manos, pero luego, contrató a otros que le ayudaron a ganar más dinero y más deprisa.
Se ríe porque la Audiencia Provincial de Barcelona acaba de absolverlo del exterminio de vidas humanas y podrá seguir siendo inmensamente rico con su atroz negocio.
Se ríe porque, para las leyes y para la Justicia española, el derecho a la vida es un chiste.
No sé si el ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, ha visto la risa de Morín.
Tienes que ayudarme a que la vea y reflexione sobre su significado.
 
Firma hoy a petición de HazteOir.org y Derecho a Vivir al ministro Gallardón, para que acabe de una vez con la brutal realidad del aborto en España.
Haz clic para enviar tu petición:
http://hazteoir.org/alerta/50710-firma-nunca-m-s-mor-n-nunca-m-s-aborto

Nunca más esta risa. Nunca más Morín. Nunca más el negocio de eliminar vidas humanas.

¡Paremos esta masacre!
Detrás de la risa de Morín, resuena el llanto silencioso de sus víctimas: bebés indefensos masacrados sin piedad. Que su dolor sirva para algo. Que su muerte no sea en vano.
Que la risa desalmada de Morín no prevalezca. Si tú quieres, si actúas ahora, será un punto de inflexión para los derechos humanos en España.

Exige al ministro Gallardón que presente ya la reforma del aborto en España y ponga fin al exterminio silencioso de vidas humanas.

Haz clic para firmar ahora tu petición

Dile “basta ya” a la barbarie cotidiana del aborto. Ni un día más con la Ley Aído en vigor.
Exige una ley que proteja el derecho a la vida e impida el coladero abortista de la ley de 1985.

Actúa por el fin de la impunidad de la risa de Morín y de todos los empresarios del aborto en España.

 

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Derecho a Vivir

Posteado por: tonibandin | 4 febrero, 2013

Natalidad 2013 – España está en el furgón de cola de Europa

Instituto Política Familiar

El índice de fecundidad de España (1,36 en 2011) está lejos de la media europea (1,56) y del nivel de reemplazo generacional (2,1)

Además, si no fuera por la inyección de nacimientos extranjeros, estaríamos más abajo todavía, superándonos tan solo Polonia, Rumania y Hungría.

España está a la cola de Europa en natalidad

La crisis económica está haciendo caer la leve recuperación de la fecundidad en España. Desde el 2008, la natalidad ha caído vertiginosamente año tras año y está anulando el leve repunte que estábamos teniendo.

La fecundidad es tan baja e insuficiente en España que se necesitan 280.000 nacimiento más al año para asegurar el nivel de reemplazo generacional.

la política de apoyo a la familia y a la natalidad desarrollada por países como Francia y Reino Unido han conseguido que sus índices de fecundidad alcancen el nivel de reemplazo generacional. Se constata la relación entre políticas de apoyo a la familia y índice de fecundidad elevados

Murcia, Cataluña y Navarra son las comunidades con mayor índice de fecundidad. Por el contrario, Canarias (1,05), Asturias (1,05), Galicia (1,07) y Castilla León (1,18) son las comunidades con menor índice fecundidad. Estarían por debajo de todos los países de la UE27

PDF natalidad 2013

UNIVERSIDAD CATOLICA DE
VALENCIA SAN VICENTE MARTIR
Sede “SANTA ÚRSULA”
C/ Guillen de Castro, 94
VALENCIA

Martes, día 5 de Febrero – 19:00 h.


CONFERENCIA

a cargo del
Excmo. y Rvdmo. Mons.

D. Juan Antonio Reig Plá
Obispo de Alcalá de Henares

Que tratará sobre el siguiente tema:
Más allá de la Ideología de
Género. Reflexiones en torno
al Documento de la C.E.E. “La
Verdad del Amor Humano”.

TEXTO COMPLETO DEL MENSAJE DEL PAPA PARA CUARESMA:
MENSAJE DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
PARA LA CUARESMA 2013

Creer en la caridad suscita caridad
«Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16)
Queridos hermanos y hermanas:
La celebración de la Cuaresma, en el marco del Año de la fe, nos ofrece una ocasión preciosa para meditar sobre la relación entre fe y caridad: entre creer en Dios, el Dios de Jesucristo, y el amor, que es fruto de la acción del Espíritu Santo y nos guía por un camino de entrega a Dios y a los demás.
1. La fe como respuesta al amor de Dios
En mi primera Encíclica expuse ya algunos elementos para comprender el estrecho vínculo entre estas dos virtudes teologales, la fe y la caridad. Partiendo de la afirmación fundamental del apóstol Juan: «Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16), recordaba que «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva… Y puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4,10), ahora el amor ya no es sólo un “mandamiento”, sino la respuesta al don del amor, con el cual Dios viene a nuestro encuentro» (Deus caritas est, 1). La fe constituye la adhesión personal ―que incluye todas nuestras facultades― a la revelación del amor gratuito y «apasionado» que Dios tiene por nosotros y que se manifiesta plenamente en Jesucristo. El encuentro con Dios Amor no sólo comprende el corazón, sino también el entendimiento: «El reconocimiento del Dios vivo es una vía hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto único del amor. Sin embargo, éste es un proceso que siempre está en camino: el amor nunca se da por “concluido” y completado» (ibídem, 17). De aquí deriva para todos los cristianos y, en particular, para los «agentes de la caridad», la necesidad de la fe, del «encuentro con Dios en Cristo que suscite en ellos el amor y abra su espíritu al otro, de modo que, para ellos, el amor al prójimo ya no sea un mandamiento por así decir impuesto desde fuera, sino una consecuencia que se desprende de su fe, la cual actúa por la caridad» (ib., 31a). El cristiano es una persona conquistada por el amor de Cristo y movido por este amor ―«caritas Christi urget nos» (2 Co 5,14)―, está abierto de modo profundo y concreto al amor al prójimo (cf. ib., 33). Esta actitud nace ante todo de la conciencia de que el Señor nos ama, nos perdona, incluso nos sirve, se inclina a lavar los pies de los apóstoles y se entrega a sí mismo en la cruz para atraer a la humanidad al amor de Dios.
«La fe nos muestra a Dios que nos ha dado a su Hijo y así suscita en nosotros la firme certeza de que realmente es verdad que Dios es amor… La fe, que hace tomar conciencia del amor de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús en la cruz, suscita a su vez el amor. El amor es una luz ―en el fondo la única― que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar» (ib., 39). Todo esto nos lleva a comprender que la principal actitud característica de los cristianos es precisamente «el amor fundado en la fe y plasmado por ella» (ib., 7).
2. La caridad como vida en la fe
Toda la vida cristiana consiste en responder al amor de Dios. La primera respuesta es precisamente la fe, acoger llenos de estupor y gratitud una inaudita iniciativa divina que nos precede y nos reclama. Y el «sí» de la fe marca el comienzo de una luminosa historia de amistad con el Señor, que llena toda nuestra existencia y le da pleno sentido. Sin embargo, Dios no se contenta con que nosotros aceptemos su amor gratuito. No se limita a amarnos, quiere atraernos hacia sí, transformarnos de un modo tan profundo que podamos decir con san Pablo: ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí (cf. Ga 2,20).
Cuando dejamos espacio al amor de Dios, nos hace semejantes a él, partícipes de su misma caridad. Abrirnos a su amor significa dejar que él viva en nosotros y nos lleve a amar con él, en él y como él; sólo entonces nuestra fe llega verdaderamente «a actuar por la caridad» (Ga 5,6) y él mora en nosotros (cf. 1 Jn 4,12).
La fe es conocer la verdad y adherirse a ella (cf. 1 Tm 2,4); la caridad es «caminar» en la verdad (cf. Ef 4,15). Con la fe se entra en la amistad con el Señor; con la caridad se vive y se cultiva esta amistad (cf. Jn 15,14s). La fe nos hace acoger el mandamiento del Señor y Maestro; la caridad nos da la dicha de ponerlo en práctica (cf. Jn 13,13-17). En la fe somos engendrados como hijos de Dios (cf. Jn 1,12s); la caridad nos hace perseverar concretamente en este vínculo divino y dar el fruto del Espíritu Santo (cf. Ga 5,22). La fe nos lleva a reconocer los dones que el Dios bueno y generoso nos encomienda; la caridad hace que fructifiquen (cf. Mt 25,14-30).
3. El lazo indisoluble entre fe y caridad
A la luz de cuanto hemos dicho, resulta claro que nunca podemos separar, o incluso oponer, fe y caridad. Estas dos virtudes teologales están íntimamente unidas por lo que es equivocado ver en ellas un contraste o una «dialéctica». Por un lado, en efecto, representa una limitación la actitud de quien hace fuerte hincapié en la prioridad y el carácter decisivo de la fe, subestimando y casi despreciando las obras concretas de caridad y reduciéndolas a un humanitarismo genérico. Por otro, sin embargo, también es limitado sostener una supremacía exagerada de la caridad y de su laboriosidad, pensando que las obras puedan sustituir a la fe. Para una vida espiritual sana es necesario rehuir tanto el fideísmo como el activismo moralista.
La existencia cristiana consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de éste, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios. En la Sagrada Escritura vemos que el celo de los apóstoles en el anuncio del Evangelio que suscita la fe está estrechamente vinculado a la solicitud caritativa respecto al servicio de los pobres (cf. Hch 6,1-4). En la Iglesia, contemplación y acción, simbolizadas de alguna manera por las figuras evangélicas de las hermanas Marta y María, deben coexistir e integrarse (cf. Lc 10,38-42). La prioridad corresponde siempre a la relación con Dios y el verdadero compartir evangélico debe estar arraigado en la fe (cf. Audiencia general 25 abril 2012). A veces, de hecho, se tiene la tendencia a reducir el término «caridad» a la solidaridad o a la simple ayuda humanitaria.
En cambio, es importante recordar que la mayor obra de caridad es precisamente la evangelización, es decir, el «servicio de la Palabra». Ninguna acción es más benéfica y, por tanto, caritativa hacia el prójimo que partir el pan de la Palabra de Dios, hacerle partícipe de la Buena Nueva del Evangelio, introducirlo en la relación con Dios: la evangelización es la promoción más alta e integral de la persona humana. Como escribe el siervo de Dios el Papa Pablo VI en la Encíclica Populorum progressio, es el anuncio de Cristo el primer y principal factor de desarrollo (cf. n. 16). La verdad originaria del amor de Dios por nosotros, vivida y anunciada, abre nuestra existencia a aceptar este amor haciendo posible el desarrollo integral de la humanidad y de cada hombre (cf. Caritas in veritate, 8).
En definitiva, todo parte del amor y tiende al amor. Conocemos el amor gratuito de Dios mediante el anuncio del Evangelio. Si lo acogemos con fe, recibimos el primer contacto ―indispensable― con lo divino, capaz de hacernos «enamorar del Amor», para después vivir y crecer en este Amor y comunicarlo con alegría a los demás.
A propósito de la relación entre fe y obras de caridad, unas palabras de la Carta de san Pablo a los Efesios resumen quizá muy bien su correlación: «Pues habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios; tampoco viene de las obras, para que nadie se gloríe. En efecto, hechura suya somos: creados en Cristo Jesús, en orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios que practicáramos» (2,8-10). Aquí se percibe que toda la iniciativa salvífica viene de Dios, de su gracia, de su perdón acogido en la fe; pero esta iniciativa, lejos de limitar nuestra libertad y nuestra responsabilidad, más bien hace que sean auténticas y las orienta hacia las obras de la caridad. Éstas no son principalmente fruto del esfuerzo humano, del cual gloriarse, sino que nacen de la fe, brotan de la gracia que Dios concede abundantemente. Una fe sin obras es como un árbol sin frutos: estas dos virtudes se necesitan recíprocamente. La cuaresma, con las tradicionales indicaciones para la vida cristiana, nos invita precisamente a alimentar la fe a través de una escucha más atenta y prolongada de la Palabra de Dios y la participación en los sacramentos y, al mismo tiempo, a crecer en la caridad, en el amor a Dios y al prójimo, también a través de las indicaciones concretas del ayuno, de la penitencia y de la limosna.
4. Prioridad de la fe, primado de la caridad
Como todo don de Dios, fe y caridad se atribuyen a la acción del único Espíritu Santo (cf. 1 Co 13), ese Espíritu que grita en nosotros «¡Abbá, Padre!» (Ga 4,6), y que nos hace decir: «¡Jesús es el Señor!» (1 Co 12,3) y «¡Maranatha!» (1 Co 16,22; Ap 22,20).
La fe, don y respuesta, nos da a conocer la verdad de Cristo como Amor encarnado y crucificado, adhesión plena y perfecta a la voluntad del Padre e infinita misericordia divina para con el prójimo; la fe graba en el corazón y la mente la firme convicción de que precisamente este Amor es la única realidad que vence el mal y la muerte. La fe nos invita a mirar hacia el futuro con la virtud de la esperanza, esperando confiadamente que la victoria del amor de Cristo alcance su plenitud. Por su parte, la caridad nos hace entrar en el amor de Dios que se manifiesta en Cristo, nos hace adherir de modo personal y existencial a la entrega total y sin reservas de Jesús al Padre y a sus hermanos. Infundiendo en nosotros la caridad, el Espíritu Santo nos hace partícipes de la abnegación propia de Jesús: filial para con Dios y fraterna para con todo hombre (cf. Rm 5,5).
La relación entre estas dos virtudes es análoga a la que existe entre dos sacramentos fundamentales de la Iglesia: el bautismo y la Eucaristía. El bautismo (sacramentum fidei) precede a la Eucaristía (sacramentum caritatis), pero está orientado a ella, que constituye la plenitud del camino cristiano. Análogamente, la fe precede a la caridad, pero se revela genuina sólo si culmina en ella. Todo parte de la humilde aceptación de la fe («saber que Dios nos ama»), pero debe llegar a la verdad de la caridad («saber amar a Dios y al prójimo»), que permanece para siempre, como cumplimiento de todas las virtudes (cf. 1 Co 13,13).
Queridos hermanos y hermanas, en este tiempo de cuaresma, durante el cual nos preparamos a celebrar el acontecimiento de la cruz y la resurrección, mediante el cual el amor de Dios redimió al mundo e iluminó la historia, os deseo a todos que viváis este tiempo precioso reavivando la fe en Jesucristo, para entrar en su mismo torrente de amor por el Padre y por cada hermano y hermana que encontramos en nuestra vida. Por esto, elevo mi oración a Dios, a la vez que invoco sobre cada uno y cada comunidad la Bendición del Señor.

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